Una mujer descubre desde muy joven que su deseo está unido a una forma inquietante de hambre. Años después, en una noche de seducción y aparente intimidad, ese impulso vuelve a abrirse paso con una calma perturbadora. Hambre es un cuento oscuro, sensual y macabro, construido con una voz precisa y envolvente, donde el cuerpo, el apetito y el deseo se confunden hasta volverse una amenaza.
Nº 71 | Narrativa | Terror | 4169 palabras | Chile
Hambre
Camila Bralic Muñoz
Mi primera vez fue a los veinte. Lo recuerdo bien. Mis padres estaban de viaje y tenía la casa para mí sola por el verano. Con mi novio habíamos hecho el amor toda la tarde, sin descanso, como si no pudiéramos hartarnos el uno del otro. ¿No es así el amor a los veinte? ¿Insaciable? Llevábamos varias jornadas así, con breves interrupciones de algunas horas, que se nos hacían eternas, en las que él regresaba a su casa a cambiarse de ropa y marcar tarjeta con su madre quien, si bien era bastante permisiva, se preocupaba después de unos días sin verlo. Fue una de esas tardes. Estábamos en la cocina, desnudos, preparándonos algo de comer entre besos, caricias y risas cómplices. Él se encargaba de rebanar el pan mientras yo buscaba más ingredientes, cuando lo escuché gritar de dolor. Saqué la cabeza del refrigerador y lo vi agarrándose la mano ensangrentada.
Pero me estoy adelantando. Empecé mal. Sé que no es lo que preguntaste, pero el verdadero origen viene de mucho antes.
Una noche, cuando tenía doce, estaba sola en mi habitación cosiendo la basta de mi uniforme de colegio. Lo hacía a media luz, a escondidas, porque no tenía permiso de mi madre para acortar mi falda, que para ella ya era escandalosa. A esa edad poco sabía coser y la hazaña estaba resultando más difícil de lo planeado. En un gesto de frustración, dejé la falda a un lado y sentí como la aguja se enterraba por completo en mi palma. Automáticamente me la llevé a la boca.
Cuando saboreé mi propia sangre sentí un calor que se expandía desde mi ombligo hacia el resto del cuerpo. Percibí claramente como se me erizaban los pelos y se me endurecían los pezones. Sin parar de chupar la herida, llenando ávidamente mi boca, empecé a tocar mi cuerpo con la otra mano, hasta llegar a mi entrepierna, que encontré empapada. Metí un dedo buscando el origen mismo del calor que me quemaba, sin dejar de chupar y chupar la otra mano, lo cual por suerte acalló mis gemidos.
Desde ese día, para darme placer siempre he procurado sangrar un poco, aunque sea un leve pinchazo en un dedo. Hasta el día de hoy, en el cajón de mi velador, junto a mis «juguetes», guardo también un par de cuchillos y una colección de agujas prolijamente limpias y ordenadas. Y, como en este mundo nadie habla de estas cosas, mucho menos las mujeres, llegué a los veinte pensando que era completamente normal.
Ahora creo que entenderás mejor lo que me pasó cuando vi a mi novio cubierto de sangre. Apenas si noté su mueca de dolor. Solo vi su cuerpo desnudo, el mismo cuerpo que yo deseaba cada día, manchado de rojo. Me abalancé sobre él como una fiera. Lo besé apresurada, en la boca, el cuello, los hombros. Tironeándole el pelo, lo abracé con las piernas en una embestida que lo hizo caer al suelo. Me senté a horcajadas sobre él y, mientras lo montaba, busqué con la boca su mano para succionar su sangre, como quien bebe de una llave, y le chupé toda la que le había caído encima, en los brazos, el pecho, el vientre.
Perdona que me ponga roja. No es pudor. Recordar esa tarde es casi como volver a saborearla, y siento de nuevo ese calor que me quemaba desde dentro.
Cuando acabé, me tendí a su lado, agotada. Me reí con ganas y le acaricié el rostro con cariño. Solo ahí me di cuenta. Estaba demasiado quieto. Me incorporé y lo observé sorprendida. Sí, fue más que nada sorpresa. No miedo ni asco. Casi curiosidad. Ahí estaba mi novio, muerto, desangrado. Le faltaban tres dedos y tenía pedazos de carne desgarrados. Su boca no tenía labios, dejando al descubierto una sonrisa macabra. Y yo estaba satisfecha, de comida y de amor.
Sé que te estarás haciendo muchas preguntas. Pero una sola es la importante. ¿Qué hice con el cuerpo? Pues me lo comí, eso hice. Pero te diré que no es asunto fácil comerse a un hombre. Un comensal normal consume entre doscientos cincuenta y trescientos gramos de carne de una vez. Alguien muy hambriento llegará a comerse medio kilo. Y mi novio debe haber pesado unos setenta y cinco kilos. Así que primero tuve que faenarlo, cortarlo en pedazos, deshacerme de las partes incomibles –el pelo, los huesos, los dientes– y buscar cómo conservarlo.
¿Te conté que mi papá era albañil? Tenía un taller en el patio de atrás, con todo tipo de herramientas y un mesón de corte con una sierra de mesa a la que siempre me había advertido no acercarme.
Trasladar el cuerpo al taller era un reto. La cocina era fácil de limpiar, bastaba con trapear las baldosas. Pero arrastrarlo por el patio sin duda dejaría una marca. Finalmente opté por la opción más simple. Tapé muros y muebles de cocina con plástico y encontré varias herramientas que me facilitaron el trabajo: un hacha, una sierra y un esmeril. Los cuchillos de cocina que mi madre mantenía siempre afilados, los mismos que habían causado todo en un inicio, me permitieron terminar los cortes más finos. Al amanecer, tenía la cocina nuevamente limpia, una gran bolsa con restos humanos que enterraría en el patio al día siguiente, y una torre de tupperwares llenos de carne hasta el tope. Ahí me di cuenta de que no cabrían en el refrigerador. Así que a pesar del cansancio, me puse a cocinar. ¿Te gusta cocinar?
*
Ana conoció a Sofía en un bar de Barrio Bellavista al que iba de vez en cuando. La vio al comenzar la noche, sentada sola en un rincón, pero asumió que esperaba a su pareja o a amigos. Un par de horas después, ya algo borracha, desde la pista de baile la volvió a ver en la misma mesa, moviendo ligeramente el pie al ritmo de la música y mirando atenta a las mujeres que bailaban frente a ella. Entonces la observó con más atención. Era algo mayor que las asistentes habituales quienes, en promedio, estaban entre los veinte y los treinta, mientras Sofía parecía bordear los cincuenta, aunque muy bien llevados. La encontró atractiva, con su pelo corto semi canoso y sus labios rojos cuidadosamente pintados. Tenía la apariencia de una mujer independiente, entradora y coqueta, pero la actitud de una niña tímida que no sabe bien qué hacer con su cuerpo; cambiaba de posición continuamente, alternando una y otra pierna, tamborileaba con los dedos sobre la mesa y daba pequeños sorbos a un vaso al que no le quedaba más que algunos hielos casi derretidos.
Le pareció evidente que no frecuentaba lugares como ese y le llamó la atención que hubiera elegido ir sola. En general las mujeres de cierta edad, que experimentan por primera vez en un bar lésbico, van con una pareja de amigos gay o con un grupo de amigas solidarias.
La vio rechazar con una sonrisa nerviosa dos invitaciones a bailar y se le cruzó por la mente que la estaba esperando a ella. Ana no solía tomar la iniciativa con las mujeres. En general le bastaba bailar sola en la pista un rato para que se le acercara alguien y le hablara al oído. Pero había bebido lo suficiente como para sentirse más osada y la excitó la idea de ser la primera experiencia de una mujer mayor. Así que fue a la barra, pidió dos cocteles y se dirigió decidida hacia Sofía.
–¿Has probado las caipiriñas que hacen aquí? Son las mejores –dijo mientras se sentaba.
–Sí, me acabo de tomar una –dijo Sofía tímidamente, levantando su vaso vacío. Ana, por supuesto, ya sabía eso.
–Pero no te has tomado una acompañada. Saben mucho mejor –contestó Ana con una sonrisa, acercándole el vaso a Sofía y alzando el suyo.
Sofía pareció dudar por un momento. Miró de reojo su celular y finalmente pareció tomar una determinación. Sacudió un poco la cabeza, sonrió de oreja a oreja, dejando ver unos dientes hermosos, y alzó también su vaso.
Conversaron un rato, se contaron superficialmente sus vidas y cuando se terminaron el trago, Ana se puso de pie, le ofreció la mano a Sofía y la sacó a bailar.
A esa hora, ya entrada la madrugada, la DJ del local ponía temas más lentos y el ambiente se volvía más sensual. Ana se abrió paso por la pista de baile, entre otras mujeres que bailaban y se besaban, llevando la mano de Sofía pegada a su espalda. Se detuvo en el rincón más oscuro, se dio vuelta y, mirándola seria a los ojos, la atrajo hacia sí. Le puso la mano derecha en la cintura, con la otra le rodeó el cuello, y con su boca muy cerca de la de Sofía, como si quisiera besarla pero sin franquear el último centímetro, empezó a bailar. Sofía parecía nerviosa, Ana podía sentir su corazón palpitar y su respiración acelerada. Llevó la mano derecha, de la cintura, a la espalda de Sofía, apretándola más contra su cuerpo, y con la mano izquierda le acarició los pelos del cuello. Sofía la abrazó torpemente, se rio un poco, como disculpándose, y Ana la sintió temblar bajo su tacto. Entonces, y solo entonces, rozó levemente su boca con sus labios y la empujó hasta un muro.
Apretó su cuerpo contra el de Sofía, que a estas alturas la abrazaba con fuerza. La besó en la boca y luego le recorrió el cuello con la lengua. Buscó bajo su blusa hasta encontrar su pecho, y jugueteó con su pezón con la yema de los dedos. Y con la pierna entre las piernas de Sofía fue subiéndola por el muro, hasta que ya casi no tocaba el suelo con los pies. Entonces, en un susurro le dijo al oído:
–Vámonos. ¿Tu casa o la mía?
*
Perdona que te haga preguntas, sé que no puedes contestar. Puse un tranquilizante bien potente en el vaso de agua que te tomaste. La idea es que guardes silencio y no te muevas, pero que no te duermas por completo. La fuerza de la costumbre me hace preguntar tonteras mientras hablo. La verdad es que me da lo mismo si te gusta cocinar. A mí me encanta, como ya sabes. Me enseñó mi madre, desde pequeña. Platillos árabes y comida chilena. Un poco de sus dos mundos. Pero me estoy yendo por las ramas.
Cometí muchos errores esa primera vez. Fue solo por suerte que nadie se dio cuenta. Todos asumieron que mi novio seguía vivo, pasando el verano conmigo, y solo lo dieron por desaparecido una semana después. Eso me dio tiempo para acabarme su carne, enterrar sus restos y borrar todo tipo de rastro. Cuando llegó la policía a interrogarme, lloré como una Magdalena y conté la historia de una pelea, un desengaño y un triste quiebre. Se había ido de mi casa, les dije, varias noches atrás, borracho y furioso. No sabía a dónde. Por suerte, como te dije, nadie indagó más, nadie revisó el taller de mi padre, ni el patio donde se notaba a simple vista un parche de tierra en medio del pasto. Poco después encontraron convenientemente su chaqueta en el Mapocho y dieron por cerrado el caso.
Las siguientes veces fui más cuidadosa. Había probado la carne humana y no había vuelta atrás. Era algo que había estado dentro de mí desde siempre, un hambre que formaba parte de quien era, de quien soy. No pienses que no me sentí culpable. Después de todo él era mi novio y yo lo quería. Lo extrañé muchísimo. Me dio pena pensar en el dolor que debe haber sentido. Así que me propuse eliminar ese factor. Alimentarme sin víctimas. Entré a trabajar a la incineradora de un hospital, donde me abastecí de miembros amputados. Pero pronto me di cuenta de que no era lo mismo. Es como haber comido un filet mignon y que después te ofrezcan una hamburguesa del McDonald’s. No tienen comparación. Y para obtener el filete, debía matar.
Lo pensé mucho y lo planifiqué bien. No quería que la culpa me arruinara la cena, así que decidí buscar a seres malvados, asesinos, violadores, abusadores, torturadores. Me sentí bien con la decisión y me imaginé a mí misma como una suerte de vengadora anónima, una heroína del mundo real. Mientras elegía a mi objetivo, junté dinero para arrendar una bodega haciendo diversos trabajos, todos los cuales me servían para abastecerme de los elementos necesarios. No volví a usar las herramientas de mi padre, no quería involucrarlo, así que trabajé un tiempo en una ferretería. Renuncié, como renuncié a todos esos trabajillos, antes de que se dieran cuenta de que les estaba robando mercadería: cuerdas, plásticos para cubrir, una buena sierra eléctrica, candados, cadenas y más. Trabajé también en una farmacia y en una veterinaria, donde obtuve jeringas y tranquilizantes, parecidos al que te di a ti hoy. Incluso trabajé en una empresa de aseo, a quienes les robé directamente, pero más importante, a través de ellos hice aseo por un tiempo en un sanatorio mental, de donde saqué estas preciosas correas. No, no trates de gritar. Aunque pudieras nadie te oiría. Tengo el departamento completamente sellado a prueba de sonido. Te voy a amarrar con cuidado, no te preocupes. Sigo creyendo en que sea todo sin dolor. Eventualmente el tranquilizante va a dejar de hacer efecto y no quiero que me des la pelea. Tengo muchas tareas pendientes antes de hacerme cargo de ti.
Te sigo contando. Arrendé la bodega y me abastecí de los insumos necesarios… solo faltaba el elegido. A través de una abogada amiga de la familia, aprendí a revisar las fichas públicas del sistema judicial. Ahí encontré al hombre perfecto: violador de niñitas. Un canalla. La mayoría de sus víctimas eran menores de edad, pero también había un par de denuncias de mujeres de veinticinco a treinta años, como yo. (Sí, calculas bien. Todo este proceso me tomó años. Soy una mujer paciente). El tipo este era el tercer hijo de una familia poderosa, padre senador, un hermano alcalde del barrio alto, otro hermano fiscal. Por eso todas las denuncias quedaban en vacíos legales y burocráticos. La idea de matarlo me dio mucho gusto. Incluso fantaseé con matar a toda su familia. Pero ya se me salía de las manos.
Me acerqué poco a poco a su círculo. Me hice amiga de su asistente, conseguí trabajo en su oficina, me aseguré de vestirme y peinarme como la mayoría de sus víctimas. Lo estudié bien.
Llegó el inevitable día en que me pidió que me quedara trabajando horas extra y, una vez solos, se me echó encima. Yo llevaba semanas usando un portaligas con una jeringuilla escondida en el muslo y había practicado meses en sacarla en un abrir y cerrar de ojos. Pero no había practicado hacerlo con un hombre robusto encima, toqueteándome, besuqueándome y tratando de quitarme los calzones. Por supuesto, se encontró con la jeringa antes de que yo la alcanzara. La tiró a un lado y siguió con su cometido. No pude defenderme, era mucho más grande y fuerte que yo. Traté de gritar, pero me cerró la boca de un puñetazo que me dejó claro lo que me haría si me resistía. «No te hagas la inocente, putita», me decía mientras me pasaba la lengua por los pechos. Me tiró al suelo, me puso en cuatro patas, me abrió de piernas y me metió los dedos por atrás. Entonces hubo una pausa, algo murmuró sobre su pantalón, «espérame un cachito, putita», dijo mientras forcejeaba con su cierre éclair. En ese momento la vi. Justo frente a mí estaba la jeringa llena de mi salvación. En un segundo la había tomado y abierto, tal como había practicado, y me di vuelta y se la enterré en el cuello.
Lo bueno de la droga que usé esa tarde (y que usé por varios años), es que no te hace perder la conciencia, pero te vuelve «blando», por así decirlo; maleable a la voluntad de otro, a mí voluntad. Llevarlo a mi auto y luego a la bodega fue como llevar a un amigo borracho pero dócil: tenía que sujetarlo, porque se tambaleaba, pero no se resistía.
De todas las personas que me he comido, él fue el único al que hice sufrir. Lo primero que me comí, en pedacitos crudos con limón y sal de mar, fue su pene. Y lo hice verme mientras lo hacía. Saboreé cada trozo, lentamente, mientras le contaba, entre bocado y bocado, qué le iba a hacer.
No te voy a dar más detalles. Solo te diré que todas esas niñas obtuvieron su venganza, aunque no lo sepan.
*
–Vivo cerca de aquí –dijo Sofía tomando el rostro de Ana entre ambas manos y mirándola casi con devoción.
Ana no se sorprendió. Sospechaba que la había hecho sentir como nunca antes se había sentido, y sabía que, si la llevaba ahora a la cama, la haría sentir cosas mil veces más intensas.
–Dime por dónde –le contestó, tomándola de la mano y sacándola del local que ya comenzaba a cerrar.
Al entrar, lo primero que le llamó la atención a Ana fue el buen gusto del departamento de Sofía. Era grande, antiguo, con una decoración que bien podría haber salido en una de las revistas couché de diseño y estilo. Tenía la mesa de comedor montada como para un banquete, con seis puestos, cada uno con varios cubiertos de plata y copas de cristal. El elegante centro de mesa rodeaba un ramo de calas negras con cirios de cera. Pero Sofía tomó nuevamente el rostro de Ana, sacándola de sus observaciones, y la besó apasionadamente.
–Pasa, siéntate, ponte cómoda –le dijo, sacándose el bolso y colgándolo en la percha de entrada–. ¿Quieres algo para tomar? Tengo vino tinto y whisky. ¿O algo para comer? Ayer hice niñitos envueltos y quedaron algunos. Están para morirse. Aunque la recomendación venga de cerca –rio un poco forzadamente, atropellándose con sus palabras.
–Vino está bien, gracias –contestó Ana tranquila, y al crujir de una tripa agregó–: y no estaría mal comer algo; recuperar energías.
–No te preocupes por nada, siéntate en el living, pon algo de música, vuelvo al tiro.
Sofía se sacó los zapatos, imitando a Ana, y desapareció descalza por la puerta de la cocina. Ana miraba su impecable colección literaria cuando Sofía volvió con dos copas en una mano y una botella de vino en la otra.
–La comida se está calentando –dijo, y se rio como si hubiera contado un chiste–. Disculpa, son los nervios. La comida está en cinco minutos –agregó y tomó un sorbo de vino.
–No tienes nada por qué estar nerviosa. Vamos lento, tranquilas –dijo Ana agarrando la copa de Sofía, dejándola en la mesa de centro y tomándola de la mano.
Se sentaron en el sofá y empezaron a tocarse lentamente, primero las manos, los brazos y el resto del cuerpo. Ana fue ayudando a Sofía a desnudarse, pero su propia ropa se la sacó sola, en un solo movimiento, mientras se echaba hacia delante, quedando arriba de Sofía.
–Vamos lento, tranquilas –repitió y empezó a recorrer su cuerpo suavemente con los labios, la lengua y los dedos. Poco a poco, tomándose todo el tiempo del mundo, fue acariciando cada rincón del cuerpo de Sofía: el lóbulo de la oreja, el cuello, el hombro; los párpados, los labios, la lengua; se quedó un rato jugueteando con la forma de su clavícula, y con los dedos bajó hasta el ombligo; con la boca fue rozando sus pechos casi sin tocarlos, evitando los pezones, a los que se demoró en llegar.
Sofía estaba abandonada al placer, movía la cabeza de un lado al otro e iba pasando las manos por el tapiz del sofá. Entonces Ana se las tomó y la fue guiando por su propio cuerpo, mostrándole la suavidad de la piel de una mujer. Con cuidado, con la mano en su nuca, la invitó a lamerla, a saborearla, bajando por su vientre hasta perderse entre sus piernas, donde Sofía se quedó largamente, explorando y tocando cada pliegue.
Ana la volvió a tomar de la cabeza y la subió nuevamente para besarla, sintiendo su propio sabor en los labios de Sofía. La llevó a la habitación y la tendió de espaldas en la cama, se acostó encima y bajó con los dedos desde su ombligo, mientras rodeaba su pezón con los labios, chupando y mordiendo suavemente. Entonces Sofía se contoneó a un ritmo cada vez mayor, arqueando la espalda y gimiendo palabras ininteligibles.
Rendida, Sofía cayó en un sueño profundo entre los brazos de Ana, y durmieron juntas, con las piernas entrelazadas.
*
¿Cómo te sientes? ¿Sigues conmigo? Si te comportas puedo darte un poco de agua. Sin drogas esta vez, lo juro. Así, muy bien.
Después de esa experiencia, de la que me salvé por un pelo, no volví a atreverme a buscar a seres despreciables para saciar mi hambre. Hasta ahí quedaron mis ensueños de heroína vengadora. Por un tiempo me limité a buscar pacientes terminales y ancianos al borde de la muerte. Y, de tiempo en tiempo, cuando la ocasión se presentaba, me devoraba a algún empresario, de los de sueldo mínimo y horas extra, de los que exigen lealtad hacia «la empresa» pero al primer revés dejan en la calle a los leales, sin arriesgarse a adelgazar sus bolsillos. Pero con los años fui dejando atrás los discursos políticos. Me fui poniendo vieja y me fui aburguesando. Cambié la bodega por este departamento, mejoré la calidad de mis herramientas y de los fármacos que uso y me empecé a dar gustos, por así decirlo, gourmet.
Con la explosión de las redes sociales, encontré a otros como yo. Se trata de una comunidad pequeña, repartida alrededor del mundo y fuertemente blindada contra ojos indiscretos. Pero está ahí. Ellos me aceptaron tal como soy y me enseñaron a hacer lo mismo. Ellos me mostraron que la gente que come vacas o cerdos, y que no es juzgada por ello, puede ser mucho más cruel e inhumana que nosotros, porque todos en la comunidad creemos en el sacrificio indoloro de nuestras comidas, y en cambio la gente se lava las manos en la ignorancia y no asume su responsabilidad con los seres que dieron sus vidas para alimentarlos. Ellos me enseñaron el origen sagrado del hambre y me invitaron a celebrarlo. Incluso, con ellos entendí que aquella primera vez, la más ingenua y espontánea, fue el mayor acto de amor que podría haberle ofrecido a mi novio.
Una vez al año, nos reunimos alrededor de la mesa de uno de nosotros, elegido al azar, y disfrutamos juntos de una cena preparada por el anfitrión de turno. Esta noche me toca a mí. Quiero lucirme, lo admito. Tengo todo listo. Las entradas, las guarniciones, el postre. Pero para el plato principal lo arriesgué todo, porque quiero que sea lo más fresco posible. Por eso estás aquí hoy. Como en el restaurante en el que los clientes eligen la langosta entre todas las que están nadando en el acuario, así mis invitados elegirán qué parte de tu cuerpo quieren que les sirva mientras todavía estás viva. Serás el platillo estrella de un banquete de dioses.
Te sedaré, no te preocupes. Ya te dije que no sentirás dolor. Pero está en ti la opción de ser testigo de este festín. Puedo anestesiarte solamente, o puedo dormirte. Tú eliges.
*
Ana despertó asustada de una pesadilla y le costó unos segundos recordar dónde estaba. Se incorporó levemente y vio a Sofía sentada, mirándola, con un vaso de agua en la mano.
–Estabas soñando –le dijo y le acercó el vaso.
Ana bebió con ganas, le devolvió el vaso a Sofía, le acarició el rostro sonriendo y se quedó dormida de nuevo, tranquila.
Cuando volvió a despertar ya era de día, el sol entraba por la ventana y sintió una resaca desproporcionada a lo que había bebido la noche anterior, que, según ella, no era tanto. Sin embargo, no se arrepentía. «Lo comido y lo bailado…», pensó y sonrió.
–¿Qué hora es? –preguntó al aire.
–Es casi mediodía, dormilona –contestó Sofía dulcemente.
–¿Qué? ¡Tengo que irme! –dijo Ana incorporándose en la cama, aunque un fuerte dolor de cabeza le impidió moverse mucho.
–No, por favor. No te vayas todavía. Debes tener hambre, anoche al final no comimos nada. Y quiero agradecerte por todo. Fue una noche muy especial.
–Fue una noche muy linda, es verdad –dijo Ana, tratando de no ser insensible. Decidió quedarse un rato, solo un rato, para no herir los sentimientos de Sofía–. ¿Fue tu primera vez, cierto?
Sofía se demoró un momento en contestar. Tomó la muñeca de Ana y se la acarició con el dedo pulgar. Luego se puso de pie y, sacando un bolso negro del clóset, respondió:
–No. Mi primera vez fue a los veinte. Lo recuerdo bien.
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Camila Bralic
Camila Bralic estudió Letras Hispánicas y, durante los últimos quince años, se ha desempeñado como traductora y editora. Se especializó en libros infantiles y actualmente lidera la línea LIJ de Zig-Zag. Además, cofundó y formó parte del colectivo Rufián Revista por más de una década. Antes de cumplir los cuarenta, fue diagnosticada con Párkinson, cuyos…

