Un padre atraviesa la rutina frenética de una mañana cualquiera, desayuno, mochilas, niños, jardín, trabajo y cansancio. Pero una llamada inesperada interrumpe ese orden doméstico y abre una grieta imposible entre la vida cotidiana y la inmensidad del espacio. A través de una voz familiar, el protagonista se enfrenta a una distancia que no puede medir ni resolver, mientras descubre que el miedo no siempre viene de lo desconocido, sino de aquello que amamos y no podemos alcanzar.
Nº 70 | Narrativa | Ciencia ficción | 2970 palabras | Chile
El miedo y el terror
Simón Ergas
El cielo es negro y estrellado porque afuera de la atmósfera no hay cielo. Camino firme y seguro por los anillos exteriores de un mundo hecho de gas. Allá dentro —o abajo—, si bien la promesa es la asfixia, corren experimentales arroyuelos de un agua repleta de nutrientes incompatibles con las células del cuerpo. Quiero beber. Quiero arrojarme a lo desconocido.
Abro los ojos y presiento el día que se cuela por las cortinas. El insoportable ruido que hace el despertador de mi teléfono demora en hacerme reaccionar. Me froto los ojos, adivino a mi pareja sentándose espejeada en la cama detrás de mí, estiro los brazos y, con un gran bostezo, comienzo a devorar los imprescindibles de cada mañana a una velocidad que ahoga.
Prefiero no pensar cómo es la cosa, porque hay que hacerla y es mejor hacerla sin pensarla. La cosa es así: tengo una hora y poco para llegar a la cocina, preparar el desayuno antes de que aparezcan los niños, armar una colación y meterla en las mochilas con sus respectivos pañales y vasos de agua, preparar los almuerzos y organizarlos dentro de las loncheras considerando fondos, ensaladas, postre y cubiertos, perseguir a los niños que juegan por toda la casa mientras trato de convencerlos para vestirse. Si lo logro, uso enseguida un método de dudosa reputación como YouTube para lavarles los dientes, abrigarlos un poco, embadurnarlos con bloqueador solar, discutir si nos vamos a ir en coche, en bicicleta de niños, en bicicleta de grandes o en auto, con frecuentes cambios de opinión hasta partir. Todo mientras intento ducharme yo y/o mi pareja, además de vestirnos y asearnos como si tuviéramos espacio para hacerlo, mientras cada tanto debemos separar a los niños que se pelean, y poco a poco van penetrando también a nuestras mentes los otros problemas, esos que parecen importantes: llevarlos al jardín, pero pagar el jardín, pagar un montón de cosas más, y para eso trabajar y resolver las cosas del trabajo y deshacerse de los niños lo más rápido posible para tener el tiempo de hacerlo.
El nivel de frenesí es alto. Por eso mi turno en el baño es sagrado. Me aíslo por pocos minutos bajo el campo de fuerza que genera el agua caliente. Además, el vapor copa ese limitado espacio y evita que ingrese otra tormenta más. Hubiera asegurado que aquí estoy a salvo. Entonces mi teléfono vibra. Lo miro con ternura, dispuesto a rechazar la llamada, pero como en la pantalla aparece un código que no soy capaz de descifrar, decido aceptarla, principalmente para que no me vuelva a molestar. Tardo demasiado. Cuando me pongo al auricular no hay nadie ahí.
Dejo caer el pijama y entro a la ducha. Seguro me buscaba un vendedor con alguna oferta que no quiero o alguien del trabajo llenaría mi cabeza de preocupaciones e inmediatez. Sea como sea, de haber contestado habría tenido que vestirme con el teléfono en la oreja, sujetándolo con el cuello doblado, enojándome más y más por la invasión en mi pequeña isla de quietud. En vez, me deshago con el dulce calor del baño y aprovecho el silencio que me cuesta cada vez más encontrar, precisamente desorientado por sonidos como el del teléfono.
Pero vuelve a ocurrir. El teléfono vibra, chilla y me llama. Cierro el agua y me envuelvo lento en la toalla, demostrándole desprecio. Para el poco conocimiento que manejo de telefonía, el número me parece largo e inconsistente. Una fila de ceros abiertos como bocas da la sensación de que algo se tragará la pequeña paz que tengo en este pequeño baño. Contesto y espero. Si fuese una grabadora u operadora, razones por las cuales ya quemamos con antorchas los teléfonos fijos, cortaría de inmediato. Sin embargo, no oigo nada. A través del auricular percibo un mutismo tan grande o expansivo que me hace imaginar un fondo oscuro. De pronto, pequeños toques, como si alguien moviera un micrófono.
—¡Aló! ¡Sí, sí! —me gritan desde el otro lado.
Una frecuencia lejana entra sorpresivamente a mi espacio junto con una voz que reconozco al instante. La distorsión me recuerda a las llamadas de larga distancia que hacíamos a finales del siglo XX desde teléfonos colgados de cables escondidos tras la pared.
—¡Saimon! —dice—. ¿Estás ahí?
Sin razón aparente, recuerdo mi sueño con el espacio exterior, donde la lógica es puesta en duda y las preguntas sin respuesta bailan burlándose de ella.
—¿Richín? —pregunto incrédulo.
Quien me habla es uno de mis mejores amigos. Crecimos juntos, fuimos compañeros de colegio, él vivía prácticamente en mi casa mientras nos cuidaba una señora que no tenía familia y cocinaba puras cosas ricas. Más adelante estudió en Río de Janeiro, cosa que redujo nuestros encuentros a una o dos veces al año. Le tengo prometida una visita a su ciudad paraíso que no he concretado.
Siempre para mí será un placer tener la oportunidad de verlo, escucharlo o hasta leerlo en cualquiera de los sistemas de chat; pero una llamada y a esa hora, existiendo tantas vías para comunicarse sin pagar, me hace pensar en un apuro.
—¡Saimon! ¿Cómo estamos?
—Todo en orden —mido mi apremio ante su manera impuesta con naturalidad, no voy a ser yo quien declare una emergencia—. ¿Y tú, dónde estás?
Un llanto me devuelve a la realidad. Mi tiempo en el santuario debe acabar. Tengo que salir del baño a colaborar con la maratón diaria de llegar lo más completos posible al jardín. Abro la puerta esperando que el caos no interrumpa la conversación.
—¿Dónde estoy? —responde mi amigo—. ¿Dónde estoy?
Mi mañana es propulsada rápido y en otra dirección. En vez de un avión subiendo en diagonal, este día es un verdadero cohete perpendicular al horizonte buscando arrancar de los tentáculos de la gravedad. Ya estoy vestido. Tengo que entrar a escena con el teléfono y mi viejo amigo en el oído.
—¿No estás en Brasil? —le digo.
Hago la pregunta caminando por el pasillo directo a la acción. Mientras me acerco, los gritos de los niños jugando y peleando o los llamados de su mamá con instrucciones van tapando lo que llega por el auricular.
—No sé dónde estoy, Saimon.
Lo oigo apenas. No es solo la rutina doméstica, su voz se distorsiona con una interferencia.
—Sé dónde, sé más o menos. Escúchame —y las cosas toman rumbo—. Necesito que me ayudes.
El cielo es negro y estrellado porque afuera de la atmósfera no hay cielo. Allá, si un astronauta fuera sometido a la despresurización del ambiente, su cerebro desmoldaría y oscilaría como agua dentro de un envase en movimiento.
Justo cuando vamos a hablar en serio y mi amigo me va a pedir algo, un niño vestido con un casco gigante y duro me embiste, haciéndome soltar el teléfono. La realidad se impone como una guillotina que corta finalmente la cabeza de la comunicación.
Recupero el aparato cuando mi hijo levanta sus pies y dudo si devolver la llamada. Si lo hago al mismo tiempo que el Richín, como el burro Platero, la conexión no será efectiva. Pero por lo mismo, él, desde el extranjero, pidiéndome ayuda, ¡tengo que llamar a mi amigo! Decidido, presiono la pantalla en los lugares indicados. No tengo que esperar ni un tono ni dos. El sistema no reconoce los números discados, o palpados.
La llamada no es más que silencio. Mientras, todo sigue su curso: el tiempo que transcurre, la rotación de los planetas, la vida impostergable de los niños, mi pareja pidiéndome ayuda un poco enojada porque he estado dedicado a mi teléfono. Olvido como puedo el misterio y terminamos de vestirnos, desayunar, tomamos las mochilas, salimos esta vez con un niño en bicicleta y el otro en coche, nos metemos al jardín, cada uno lleva a uno a su sala, pero hay un poco de camorra porque los dos quieren ir con la mamá. Afortunadamente me toca con la guagua fácil, porque me siento a jugar un ratito con ella sin poder despreocuparme del teléfono en mi bolsillo. En cualquier momento va a vibrar y necesito contestarlo.
No sé cuánto transmite uno con la energía a los niños, no sé cuánto perciben de lo no dicho, pero apostaría a que es mucho más de lo que en principio parece, aun cuando pareciera que es mucho. Estamos en medio de una operación delicadísima. Inserto un cordón de zapatos a través de unas figuras triangulares de plástico, le enseño a un montón de niños a tirar de la puntita cuando esta sale por el otro lado, luego todos nos ponemos los collares. En el mismo instante en que siento la vibración del teléfono, mi guagua me mira y dice: “Quiero que te vayas”. Estira sus brazos y me da un beso mal dado en la mejilla. A una velocidad mayor que el resto de los días, salgo de la sala y no espero a salir del jardín para contestar. A través de mi oreja, caigo otra vez por un túnel hacia lugares llenos de eco y tanta energía que jamás algo así pudo haber estado delante de mis ojos.
¿Desde dónde me llama el Richín? ¿Por qué su voz me atrapa? ¿Qué hay cerca de él para contaminar esta conexión con un ambiente extraño? Ya está bueno de rodeos. Estoy decidido a despejar la nebulosa.
—Richín —una ansiedad masca como chicle cada uno de mis nervios.
—Yo sé que va a sonar raro —me interrumpe—. No sé en realidad cómo va a sonar, pero necesito que me ayudes.
—¡Dime, por favor!
—Te estoy llamando de lejos.
—Son más de 3.500 kilómetros a Brasil.
—Más lejos.
—¡Habla!
—Estoy en una cápsula espacial entre las lunas de Marte.
Toda la curiosidad despierta por el pedido de ayuda es revertida como un espejo de agua que en su cuenca alberga el infinito. La imagen de mi amigo en traje de baño, con chinelos, una tabla de surf en una mano y una morocha de la cintura en la otra, es transgredida con el miedo a la nada y a estar desprendido de la especie humana por una distancia inconcebible. Algo no me permite respirar. No es suspicacia: le creo. Tampoco siento preocupación. Un pánico propio comienza a manipular la frecuencia y el bombeo en mis arterias; un desgaste inexplicable me fatiga calamitosamente al pensar en la imposibilidad, solo allá en la sombra, sumido en el silencio, y necesitar de una mano para subsistir.
—¿Saimon? —estoy sin habla—. Necesitaban un arquitecto. Son todos doctores. En física, en computación, en bacterias. No tienen idea cómo habitar un planeta. ¡Y me vine! No podrías creer lo que estoy viendo aquí, amarrado a esta silla. La falta de gravedad te puede volver loco. ¡Pero no hablemos de eso! ¡No ahora! —¡¿cuándo entonces?!, pienso, pero no lo grito—. Ayúdame. Llevo días dando vueltas a un asteroide que se llama Deimos, es una piedra lisa, no tiene nada. Gris y pálida. Puedo ver Marte, Saimon. Algo está fallando en esta nave y no sé cómo volver.
El cielo es negro y estrellado porque afuera de la atmósfera no hay cielo. Un paisaje de páramos asolados por tormentas de arena roja, la opción de gritar hasta que la garganta salga desgarrada por la boca, el sol que no da calor, un abrazo a años luz, la desposesión, el cariño inalcanzable. Las imágenes y preguntas que vienen a mi cabeza al oír las palabras de mi amigo estrujan mi corazón como si dos manos lo estuviesen apretando hasta sacarle la última gota de jugo. Siento tristeza, pero no por él. La sensación es aterradora.
—Richín —quiero decir algo, cualquier cosa—, ¿sabes lo que significa Deimos?
—No sé cómo volver, Saimon —seguramente lo sabe—. Esta máquina se echó a perder. No sé cómo manejarla. ¿Si me equivoco y caigo en Marte? ¿O en la otra luna que es más fea todavía?
—Richín… —repito su nombre para no poner en mis labios el de esa otra roca que también flota en torno al cuarto planeta desde el sol.
—Este aparato lo manejaban desde allá. No sé qué habrán hecho: de repente me metieron entre los satélites de Marte y no los escuché más. ¡La nave no se movió más! ¡Se apagó! ¡Quedé flotando! ¡Todo es oscuro! ¡Hace frío!
—¿Y el teléfono?
—Apretando botones encontré la manera de llamar. No entiendo por qué. Tu número es el único que me sé desde que éramos chicos. ¡El único!
Un fuerte golpe sobre una ventana y un coro de gritos indescifrables me traen de vuelta. Sigo en el patio del jardín. Desde una sala, mi hija con un grupete me convierte en el centro de atracción. Cuando la saludo, huyendo hacia la calle, me doy cuenta de que agito el brazo con la mano en la que sostengo el teléfono y sostengo al Richín.
¿Cómo pensar? ¿Cómo hablarle? Desde acá, a salvo en la superficie, lo que él está haciendo parece imposible. Es una proeza y, como tal, vestido con grandes símbolos, me llama para que lo ayude a salir del extraño problema en el que peligra su vida. Mis desafíos son llegar con los niños al jardín para poder llegar yo al trabajo. ¡Nada más! ¡Nada pesa! Si el Richín no encuentra el camino, puede perderse. ¡Depende de mí si es llovido a un planeta transformado en una estrella fugaz! O, mucho peor, si termina deambulando por el plasma hasta acabarse el aire.
—A ver —enfrío mis pensamientos y lo intento sintiéndome ridículo—, ¿está el sol?
—Sí, al fondo, la bola brillante.
Ambos vemos lo mismo. Estamos separados por todo lo que hay entre dos planetas de nuestro sistema, pero aun así, nuestras miradas se encuentran sobre un solo cuerpo celeste.
—Anda hacia allá.
—¿Cómo? ¡No! ¿Y si quema? —¿está bromeando?—. ¿Y si me deja ciego tenerlo enfrente?
—No sé cómo decirte esto —de verdad no lo sé—. Estás en medio del universo. No hay hitos que te ayuden. Lo único que tienes es que todo da vueltas alrededor de la bola brillante, como le dijiste. La Tierra, lo sabes bien si ya estás allá, queda un anillo al interior. ¡Hacia el sol! ¡No te queda otra!
El cielo es celeste porque la atmósfera dispersa la luz azul y hace el cielo. Detrás de ese manto oxigenado, más allá de esa ilusión de ozono, se extiende la jungla más fiera de todas, en la que no hay nada y es la peor prueba por la que puede pasar la humanidad. Más peligroso que la intemperie donde animales salvajes acechan y exhiben su hambre jugosa, es el infinito, el lugar donde nos perderemos porque, justo al revés, no hay nada que nos amenace ni tampoco que nos ame.
—Richín —digo mirando hacia arriba, buscándolo con la mirada—, dime lo que ves.
—Están estas rocas que dan vueltas a Marte. Está Marte, que es gigante. Muy lejos está el fuego del sol. Se ve chico desde acá. Está lleno de cosas. Pelotas que parecen planetas. Un espectáculo. ¡El espacio vacío está lleno! No quiero volver a encerrarme en un solo lugar.
—¡No digas eso! —me lo tomo con gracia—. ¡Vuelve! ¡Vuelve a Chile!
Equivocadamente con gracia: esas palabras realizan la distancia entre nosotros. Él es testigo de las luces de la antigüedad. Puede intuir el origen tras la inabarcable lejanía entre su nave y el telón de fondo. En millones de kilómetros no palpita otro corazón.
¡Ey! Casi me pisa una camioneta. No me di cuenta de que estaba cruzando una calle. La esquivo de un salto y el teléfono vuela de mi mano en alguna dirección. Lo veo frente a una casa, sobre el césped, apuntando al firmamento. Siento una desolación que no me explico. Mi mejor amigo, lejos y solo, no tiene a nadie con quien hablar, nadie con quien estar, en dimensiones espaciales y temporales para siempre. Quisiera atreverme a ir hasta allá, hacerme parte del valor de salir de mi madriguera, exponerme a encontrar lo que nunca estuve buscando y acompañarlo. Pero al recoger el teléfono me reflejo en su pantalla apagada y entiendo que lo único que quiero es volver al jardín a sacar a mis hijos.
El nudo de mi garganta se aprieta. Mantengo alejado el micrófono para que ese pequeño explorador del cosmos no perciba mi angustia.
—¿Cómo está la Delfi? —pregunta de pronto.
Con una mano sobre mi boca, evito que la emoción que arranca lágrimas de mis ojos traspase la barrera del aire y sea oída en el exterior. La Delfi es la señora que nos cuidaba cuando éramos niños. Nos preparaba exquisitos almuerzos de pollo frito y puré de papas mientras jugábamos. En medio del caos, mi amigo rendido a la noche quiere oír de ella.
—¿Por qué no la llamas? —respondo tratando de olvidar que él está perdido en el espacio—. Aprovecha el teléfono y salúdala.
—¡Buena idea! ¿Tienes su número?
No puedo explicarle por qué de pronto comienza a llegar hasta la órbita de Marte un griterío de voces agudas que ríen. Le pido que espere en línea mientras busco el número, pero no lo hago. Estoy de nuevo en el jardín y encuentro a mi hija en la ventana donde el rebaño completo se agolpa. Ese minúsculo contacto es el universo.
Sin quitar la mirada, tomo el teléfono. Un silencio capaz de absorber incluso la acústica de este mundo es la única señal que recibo. Repito el nombre de mi amigo hasta que la comunicación se corta. Quizás alguna vez vuelva a recibir algo de su gente cuando sea encontrado al arrastre de un cardumen de meteoritos o sea visto recostado, inmóvil, con los ojos brillantes, sobre las rocas calientes de Marte.
El cielo es negro y estrellado porque afuera de la atmósfera no hay cielo. Afuera de la atmósfera está él.
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Simón Ergas
Simón Ergas. Escritor y editor chileno, nacido en Santiago en 1983. Cofundador y director editorial de La Pollera Ediciones y exdirector de La Furia del Libro. Autor de De una rara belleza, Delitos de poca envergadura (Premio Cámara Chilena del Libro 2017), Tierra de aves acuáticas, La Oficina del Agua y Libro de reclamos (2026).…

