Entre el humo, el silencio y una intimidad cada vez más perturbadora, el encuentro se transforma en una experiencia de horror corporal donde los límites entre placer, asco, violencia y origen comienzan a deshacerse. Dulce es un relato extremo sobre la obsesión, la degradación del cuerpo y la búsqueda imposible de volver a una forma primaria de pertenencia.
Nº 67 | Narrativa | Terror | 614 palabras | Chile
Dulce
Pablo Guerrero Videla
Me acerco a la puerta de la pieza y observo desde el pasillo camuflándome con las sombras que acechan desde los rincones. La habitación está sumergida en una luz azul tenue que apenas revela las formas de los objetos, mientras el humo estancado envuelve todo como un velo denso y asfixiante. Permanezco inmóvil, disfrutando ese olor animal y sucio que me llena los pulmones y humedece mis calzoncillos.
En la cama veo a un hombre recostado de espaldas. Prendo un cigarro y el breve destello revela su postura: una pierna en el suelo, la otra flexionada. Al notar mi presencia separa los muslos con una lentitud calculada. Sus ojos son dos pozos negros que brillan con una complicidad que no necesita palabras. Él viste apenas un jockey y una polera de black metal cuyo nombre es indescifrable. De la cintura hacia abajo, su desnudez es un territorio de vello gris, sombra y quietud.
Me arrodillo ante sus pies mugrientos. Recorro con mi lengua sus dedos callosos sintiendo el sabor a tierra y encierro. Los introduzco en mi boca con una fuerza que me desgarra el paladar, dejando que mi saliva se mezcle con las costras de sus uñas. Él ríe en silencio y, con un movimiento brusco, presiona su talón contra mi boca hasta que siento el crujido de mis dientes. Al instante un gusto metálico baña mi lengua. Recoge el cigarro que he dejado en el suelo y lo apaga en mi espalda.
Subo por sus piernas, lamiendo sus tatuajes borrosos. Al llegar a sus muslos, el aroma se vuelve más denso, una mezcla de sudor rancio y fruta olvidada. Me hundo en su entrepierna. Mi nariz se entierra en su ano e inhalo ese aroma dulce, casi fétido, que me persigue desde hace años. Lamo la piel rugosa, trazando círculos con la lengua mientras el sabor a mierda y a piel vieja se me pega en el paladar.
Introduzco mis dedos con violencia. Él puja y yo tiro, sintiendo cómo el esfínter se resiste y cede. Mis dedos salen manchados de oscuridad espesa que me llevo a la boca con un hambre que me deforma el rostro. Él gime: un sonido que se quiebra entre el placer y la agonía. Él es el origen de todo mi asco y mi deseo incestuoso.
Hundo los dientes en los bordes de su ano, arrancando a mordiscos aquella carne que mastico con devoción. La sangre, caliente y espesa, brota con un ritmo arterial empapando mi mentón y el colchón roto. El sabor dulce se vuelve insoportable, metálico. Lamo la herida abierta, metiendo la lengua entre los restos de mierda y sangre para saborearlo una vez más. Mi cara es una amalgama de fluidos.
El deseo se vuelve furia. Tomo mi pene con las manos lubricadas por su sangre y sus desechos, masturbándome con violencia frente a su mirada de alegría atroz. Él, ofreciéndome su destrucción como regalo.
Me posiciono entre sus piernas y hundo mi cara salvajemente en su cavidad desgarrada. Siento el crujido de sus huesos cediendo ante mi cráneo. La presión es infernal. Sus músculos se contraen alrededor de mis sienes, asfixiándome. Pero no busco salir. Empujo con el cuello, con los hombros, desgarrando su recto, sus intestinos, abriéndome paso hacia su interior con una fuerza que rompe mi piel.
Ya no hay dos cuerpos. Estoy enterrado hasta los hombros dentro de él, respirando su sangre, convertido en el feto de un hombre que muere mientras me da a luz. Él me abraza mientras se desangra y por fin me siento en casa. Otra vez somos uno: un montón de carne rota, dulce y enferma bajo una tenue luz azul.
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Pablo Guerrero Videla
Pablo Guerrero Videla es periodista experto en rock y música popular. Es lector empedernido. Ve al menos cuatro películas por semana. Sueña con publicar un libro antes de cumplir 45 años. Lee al autor en IMAGI

