Nº 81 | Narrativa | Terror | 2560 palabras | Chile

Causa limeña

Maximiliano C. Jarmett

Diamela estaba yerma, seca como la paja. De su matriz no salía nada más que la muerte, salvo un par de huesos defectuosos que aparentaban la figura de un teratoma y le recordaban que, de algún modo u otro, su figura había sido castigada de modo divino. Embarazos había tenido miles —o al menos eso sentía—, y a cierto modo el microquimerismo había empezado a surtir efecto en sus entrañas, pues sus células autónomas se habían unido a cientos de individuos que algún día habrían llevado su nombre, compartido su sangre. Tanto había intentado ya que tras el último flujo anémico de la ducha dijo basta y pensó en buscar otro camino que solventase sus deseos de amar y ser perfecta, entregar la vida a algo más que un tejido compuesto que su cuerpo no podría gestar.

Tan taciturna como puede estar una persona que abandona sus sueños por obligación del partido es que Diamela estuvo semanas enteras sin emitir palabra, sin comunicarle a Victorino —su esposo— los motivos de tan drástica decisión. Bien podría haber supuesto que su matrimonio estaba roto, que no quedaba opción más allá del divorcio; pero la realidad de las cosas es que él conocía a su mujer a un grado tal que sabía que debía de darle tiempo y espacio para reparar sus heridas y seguir adelante, que la paciencia era solución más que suficiente. Y así fue, al menos a niveles superficiales.

Pasado un par de meses después del aborto espontáneo fue que Diamela empezó a hacer vida ordinaria alrededor del barrio. Visitar la plaza principal, dar vueltas por las ferias libres con la esperanza de encontrar algún artilugio que decorase la vitrina. Y entre esas actividades fue que una tarde terminó dentro del bazar de unos vecinos suyos de origen peruano, que tenían un cuadro enorme a la entrada de la tienda, que ilustraba el perfil de una religiosa cuyo nombre no conocía.

—Es santa Rosa de Lima, pues. ¿Es que acaso no la conoce? —le decía don Niseldo Quispe mientras sonaba «Adiós, pueblo de Ayacucho, perlaschallay» por los parlantes—. Mujer más buena que ella no ha existido en este mundo. Le recomiendo ir a la iglesia y conocer más sobre su trabajo; de veras que no tiene desperdicio.

En efecto, Diamela era ignorante con las figuras católicas de Latinoamérica, y más allá de la beata Laurita Vicuña no conocía a ningún personaje que llamase su atención. Sin embargo, había algo en la mirada ilustrada de esa mujer limeña, tal vez su corona de flores o su crucifijo entre las manos, que cautivaba su interés, su deseo de aprender sobre su vida e incluso seguir sus pasos.

Inmersa en una curiosidad que no sentía desde su primer embarazo fallido, terminó visitando la iglesia del barrio días después, hablando así tendido con el párroco Gutiérrez, a quien le había negado la penitencia apenas un par de semanas atrás. «Si súbitamente sientes el llamado de Cristo, hija mía —decía—, sin importar el intermediario, debes ser capaz de escuchar las palabras que tiene para ti. En la entrega y en la fe hay una belleza que el vulgo no conoce y tú tienes hoy la posibilidad de hacerlo».

Mas ella estaba confundida. La respuesta del sacerdote no le convencía, y el peso de tantos casos hipotéticos le empezaban a pesar dentro del cuerpo. Probablemente habría terminado olvidando todo este disparate, abandonándolo como hizo con tantos intereses en su vida, si es que no hubiese tenido la conversación necesaria en medio de sus sueños.

Fue una noche cualquiera, donde el tiempo parecía haberse detenido en medio de los árboles y los pájaros estaban particularmente callados. Diamela dormía tranquila entre las sábanas de seda que le habían regalado en matrimonio, soñando nimiedades varias que probablemente dejaría en la mañana tras ver la luz del alba. Como muchas otras veces, se veía a sí misma extasiada en caminos de naturaleza y flores silvestres, como si fuera una princesa medieval de las tierras de Baviera. Y de repente apareció ahí, sin motivo ni explicación aparente, tan prístina e inmaculada como la primera vez que la vio detrás de un cristal. Isabel Flores de Oliva en persona: ¡la mismísima santa Rosa de Lima!

Ella no podía creerlo.

Sí, pese a ser víctima del subconsciente y estar más bien lúcida dentro de su viaje onírico, había algo en la experiencia que le llamaba particularmente la atención; pues sentía todo el encuentro como si fuera un hecho real, como si fuera la figura de su mentora carne palpable. Esto hizo que bajara la cabeza de manera inmediata, cautiva de la vergüenza y el misterio que le significaba la escena. Sin embargo, eso no evitó que su tutora no empezara el parlamento:

Mela, hijita querida —le dijo—, ¿por qué rechazas así mi cariño?

—¿Yo?… ¡No! No es eso, madre. Malentiende usted mi distancia. Es solo que me siento indigna, incapaz de recibir las palabras que usted desea entregarme.

—¿Pero por qué? ¿Es que acaso no he sido clara? ¡Si yo te he elegido a ti, Diamela Gallegos, a ti! Tú eres mi única y verdadera sucesora. Quiero que mis preocupaciones sean las tuyas, que mi sacrificio esté encarnado en tus penitencias. ¡No esperes más y empieza tu obra desde ya! ¡Ahora es el momento!

Despertó asustada.

No, las cosas no podían ser de este modo. Simplemente no podían. ¿Por qué ella? ¿Por qué de esa manera? ¿Sucesora? ¿A qué se refería? Nada parecía tener sentido y, sin embargo, lograba ser su panorama lo suficientemente coherente para calar hondo en sus inquietudes personales, presionar para fomentar el movimiento.

Salió de la cama y corrió las cortinas. Sintió cómo un hilo de luz le pegaba directo en la frente; permaneció inmóvil algunos segundos. Pensó en la importancia de la bondad como virtud humana, lo redimible que podía significar para una mujer como ella, maldita de nacimiento, transformarse en una santa. Tal vez no era todo tan loco después de todo; no es que quisiera ella cometer un delito o algo por el estilo. Apenas deseaba ser una mujer buena, tan buena como pudiera, para lograr el perdón que la biología le había negado con tanto desdén.

Lo primero fue hacer votos de insomnio. Y es que, mientras más despierta fuese a estar, más posibilidades tendría de meditar, de seguir adelante en el camino del bien que su visión le había encomendado. De esto Victorino no sospechaba mucho, pues, cansado por el trabajo después de jornadas extenuantes, no hacía más que llegar a dormir sin siquiera un encuentro cariñoso, apenas un par de palabras de pequeña cortesía.

Noches atrás, esto habría sido un motivo de pelea. Pero no, ya no. Esto de pasar despierta largo rato era liberador a su manera y le permitía reenfocar sus pensamientos más allá de su punición inherente. Poco tenía de importancia los mecanismos que debía tomar para combatir la modorra, como atarse alcayatas al cabello o colocar sus manos en agua fría. Las cosas para sí parecían ir mejor.

Vino después el ayuno y, más allá del pan y el agua —en respectiva mesura—, dejó de comer todo alimento que no fuese estrictamente necesario para subsistir. A diferencia de su vigilia interrumpida, este comportamiento no tardó en revelar su empirismo, y la recepción de su entorno fue más bien positiva, ignorantes de la realidad del asunto: «Oye, Mela, ¡pero es que estás regia!»; «No, amiga, es que me tienes que dar tus secretos. ¡Yo no bajo ni medio quilo desde hace más de tres años!». Diamela sentía que los comentarios amorosos que recibía eran prueba viva de su benevolencia, y que, tal como hacía por las noches, el camino indicado seguía ante los consejos que le daba una santa. Sin embargo, la verdad empezaba a relucir ante su esposo.

Victorino no podía evitar notar cómo se pudrían las hortalizas en la casa, cómo las compras del mes se apilaban en la despensa. Intuía lo peor y, armado de valor, un día le preguntó a su mujer por su proceder tan extraño. Indiferente, no obtuvo más que una respuesta seca de su parte.

—Si de hambre me estoy cayendo y de sed me estoy secando, es mi problema. Por favor, no te metas en estas cosas.

Y así hizo, pues no quería más problemas, al menos no por ahora. No obstante, y como último acto de preocupación, invitó una tarde al párroco Gutiérrez a la casa, justificando un almuerzo familiar por el cumpleaños de su mujer. A Diamela no le dijo nada, y esa mañana estuvo cocinando platillos en exceso sin que ella lo notase, al estar preocupada de sus cultos de latría, hiperdulía y dulía.

A eso de la una y cuarto, levemente retrasado por los oficios de la misa de las doce, apareció el padre tras la puerta saludando jubiloso. Ella se sentía confundida.

—¡Padre Gutiérrez! Buenas tardes. ¿Qué hace por aquí?

—¿Cómo? ¿Es que acaso no te dijo tu marido? ¡Seguro que era una sorpresa, Dios mío!

—¡Efectivamente! —dijo Victorino—. Para celebrar tu cumpleaños, Melita. Pero no se preocupe, padre. Pase, pase, por favor.

El ambiente se sentía incómodo; sin embargo, el esposo obvió la situación y preparó el almuerzo como la tarde demandaba. Comieron consomé, salmón ahumado, una porción pequeña de castañas en almíbar. Los sabores del menú persistían en sus lenguas, y, a cierto modo, era como si el dulzor de las frutas cocidas evitase decir las cosas que nadie quería mencionar, pese a sentirse tan presentes en toda la casa.

Para la sobremesa, Victorino excusó un dolor de estómago falso y los dejó solos por un tiempo, a fin de que conversaran más a gusto y pudiera alertar el padre algún posible incongruente. Fingió retorcijones inexistentes, malestares gástricos que apenas le servían para escuchar palabras vacías tras la puerta de madera.

Tras un cuarto de hora, regresó a la mesa y, a eso de los pocos minutos, Diamela se levantó diciendo que se sentía indispuesta. Que la perdonaran, pero debía dormir un poco para continuar el día. En su mirada, Victorino no percibía el enojo usual que este tipo de situaciones le provocaban, sino que, más bien, podía notar la decepción que vivía su mujer ante la incomprensión de los demás. Se sintió apenado, incluso un poco culpable, pero dentro de sí sabía que su pesquisa no era mera intromisión: era preocupación genuina que no sabía cómo gestionar. La miró subir por las escaleras y, casi murmurando, le confesó al sacerdote:

—Sabrá usted perdonarme, padre, pero debo sincerarme con usted y decirle que, pese a que disfruto de su compañía, también lo invité porque estoy preocupado por la salud de Diamela, y solo usted puede ayudarme.

—No te preocupes, hijo mío. Ya lo sabía. Donde esté la palabra de Dios estaré yo también. Saben que están en mis pensamientos, aunque no vayan tan seguido a la iglesia y Diamela… pues…

—¿Qué pasa con ella? ¿Le dijo algo mientras no estaba presente?

—La verdad, sí, Victorino. Son cosas preocupantes. Ella tiene buenas intenciones, pero sus comportamientos están lejos de contentar al Señor, que es lo que desea. ¿Puede usted comprender prácticas como atarse pellejos calientes? ¿Usar cilicios de metal? ¡En estos tiempos! ¡Si lo más sensato que dice es flagelarse para sentir el dolor de la Pasión… y ni siquiera podría justificarlo del todo!

—Yo la he visto débil, pero no puedo decir mucho. Está muy defensiva y tengo miedo de que se aleje más de mí por creer que estoy en contra suya.

—Va más allá de eso. Ella siente una conexión especial con Rosa de Lima y…

—¿Qué, la santa?

—Sí, la misma. Diamela ve en su figura un ideal de pureza y advocación que debe seguir a rajatabla, ignorando que Rosa de Lima es un personaje de su época, y esos comportamientos hoy están alejados de la sanidad psicológica.

—Es complicado, padre. Deberé pensar en el mejor camino para esto, hablar con sus padres. Creo que lo amerita. Tengo mucho miedo.

Se vistió el espacio de silencio y, pese a que ambas partes emitiesen palabra de cuando en cuando, no había mucho más que añadir al asunto. Se retiró el padre Gutiérrez del hogar y le recomendó al esposo el don del juicio: que fuera capaz de encontrar la solución más sensata; que el camino más fácil no siempre era el más cómodo. Victorino le dio la razón y supo que debía comunicarse con sus suegros, buscar un término prudente al capítulo bochornoso de la obsesión sacra.

Juntos acordaron velar por la terapia psicológica, conflicto que Diamela no supo recibir del todo bien. «Yo estoy sana, estoy bien… ¿Por qué me hacen esto? ¿Es que acaso siguen viendo en mí a la pecadora que alguna vez tuvieron por hija y por mujer? ¡Vergüenza debería de darles! Caer siempre en las tentaciones de la vida mundana es pecado, un despropósito deleznable. Yo, que vi la luz, les digo: ¡ustedes también pueden hacerlo! Aunque quieran perjudicarme, ¡todavía pueden!». Contactaron con profesionales de la salud colmados de títulos académicos y experiencia laboral, que recomendaron la derivación a recintos de psiquiatría para el tratamiento requerido.

De este modo, viajaron una tarde en familia hasta avenida La Paz, en Recoleta, lugar que se convertiría en el hogar definitivo de Diamela por tiempo indefinido. Entre todos prometieron ir a visitarla con frecuencia, obviando la mezcla de confusión que le aturdía por dentro. Y allí quedó, cerrada entre cuatro paredes, llena de incertidumbres, cuestionamientos. De deseos de mantener la mortificación corporal, de ser tan buena como pudiera.

Trató de escapar un par de veces y, en más de una ocasión, logró ser percibida como una persona más del montón. Sin embargo, siempre le delataba su discurso confuso centrado en la religión católica, y sin siquiera notarlo volvía a despertar en la camilla, medio sedada, con los brazos amarrados a las manillas.

Carente de opciones, tras el paso del tiempo, se entregó a la rutina impuesta del sanatorio y poco a poco fue ganando el respeto y cariño de sus cuidadores. «Doña Mela, ¿cómo está? ¡Qué gusto verla hoy!»; «¡Cómo se nota que está más tranquila! ¿Ve que sí sirven estas pastillas?». Las cosas parecían ir mejor.

Y, en efecto, así fueron hasta la noche final, la noche fría en que soñó con santa Rosa de Lima otra vez más.

Perdida en esas imágenes del sueño que son imposibles de describir, Diamela daba vueltas sobre el colchón. Se veía a sí misma en un jardín floreado, lleno de arbustos de cantutas y pasto regado. A lo lejos apareció su inspiración, Isabel Flores de Oliva, rodeada de niños alegres, ansiosos de abrazarla.

Hija mía, no creas que me he olvidado de ti. Sé que han sido tiempos difíciles, y el entendimiento de la gente no siempre es el que nosotras esperamos, pero te prometo que todo tu esfuerzo se verá retribuido; serás tan feliz como mereces ser.

—¿Pero por qué, madre? ¿Por qué deben ser así las cosas? He sufrido demasiado.

—Por ellos, Melita, por todos estos muchachitos preciosos que me acompañan hoy. Dime: ¿es que acaso no los reconoces?

—No. Lamento decepcionarla, pero…

—¡Son tus hijos! Todos estos niños que, siendo tan santos y angelicales, regresaron al paraíso antes de nacer. Ese mismo lugar al que tú estás prometida por tus sacrificios y eterna devoción… ¡Por ellos, Diamela, por ellos es que debes de seguir!

  • Maximiliano C. Jarmett

    Maximiliano C. Jarmett

    Maximiliano C. Jarmett (Santiago de Chile, 1998) es Licenciado en Gestión de Información, Bibliotecología y Archivística de la Universidad Alberto Hurtado. Escribe en sus tiempos libres, además de editar y dirigir la Revista Jauja (2810-7136) del Colectivo Letra Suelta. Todavía no publica ningún libro, aunque ya tiene bastantes guardados por ahí. Lee al autor en…