Un hombre aislado y desencantado con su vida cotidiana encuentra consuelo en los antiguos mensajes de una usuaria de internet llamada @soledadsonora. Fascinado por la empatía y humanidad que transmiten sus palabras, comienza a rastrear su identidad a través de foros, redes sociales y fotografías. La búsqueda se transforma en una obsesión que lo lleva a recorrer la ciudad y a enfrentarse con los límites entre la compañía, la ficción digital y aquello que creemos conocer de los demás.
Nº 76 | Narrativa | Ciencia ficción | 2700 palabras | Chile
El desconectado
Andrés Varas Madrid
En su soledad, las personas son capaces de muchas cosas. En la mía, he perseguido fantasmas. Sentía, desde hace ya un tiempo, que la monotonía de esta tormentosa cotidianidad había acabado conmigo. Aunque no han sido pocos los intentos que había hecho de conversar con las personas que trabajaban junto a mí en esa oficina, ninguno de aquellos me bastaba para sentir algo significativo en nuestros intercambios. Como mucho, recordaba haber aprendido uno que otro nombre que, a día de hoy, ya no ocupa lugar en mi memoria. ¿Qué hay de trascendente en ello? ¿Cómo puede bastarle a alguien conocer solo un nombre? Se ha de ser mediocre para satisfacerse con eso. Así solo se caracteriza a un ser que se ha tomado molestias hasta en hablarme de sus miedos y pasiones. Como Tom Hanks en aquella película del náufrago, donde un rostro y un nombre grabados con sangre en un balón bastaban para sentir que la soledad ya no habitaba consigo.
Puede ser que quizás haya mentido. Recordaba nombres, pero no nombres como tal. Nicknames. Esas inscripciones de antaño que muchos adolescentes —como fui hace no mucho— utilizábamos en juegos y páginas de internet para sostener algo de anonimato o bien para encarnar esa imagen de nosotros que, por aquellos días turbulentos, nos brindaba algo de fortaleza. Sabía que tuve muchos amigos en su momento, y cualquiera en mi situación seguro habría pensado que era buena idea acudir a ellos. Por supuesto, fue lo que hice. Una mañana pretexté un horrible dolor de estómago y me llevé la laptop a escondidas a ese cubículo del baño apenas iluminado y al que, como descubrí hace ya un tiempo, le llega internet suficiente como para descargar algo. Ingresé con mi cuenta a ese juego MMORPG que jugaba y ahí estaba todo lo que fui: un caballero de armadura y espada, grande, fuerte, con los recursos para viajar entre naciones sin miedo a no llegar a fin de mes. Sin embargo, eso era todo lo que quedaba. Un caballero errante. Todas las ciudades estaban vacías y el contador de usuarios conectados era tan bajo que encontrar a alguien en la infinitud de ese espacio sería poco menos que un milagro. La época dorada de mi refugio había terminado.
Ocurrió cierta tarde, en la que me punzaba el cerebro como si me atacaran con un picahielos, que entré a los foros de ese mismo juego en los que solía también conversar. Me consolaba en la pestaña de «desahogos», donde los usuarios compartían problemas de su vida de forma anónima y otros respondían con ápices de futuros terapeutas. Ahí fue que la conocí. La mujer que, entre años de inhumanidades, escribía desde el pasado respuestas de amor y empatía. No me cabía duda de que @soledadsonora había sido el consuelo de muchas personas que buscaban dónde esconderse.
La leí durante muchas semanas. Entré en su perfil y vi cada una de sus respuestas: agraciada, gentil. Incluso sin conocer su nombre, en cada palabra desbordaba una humanidad que me habría tardado en conseguir tanto como quien busca un mineral precioso. A veces atendía problemas adolescentes que, a mi parecer, eran ridículos; peleas dentro del juego que eran más comunes de lo que parecían. De la misma manera, también tenía la habilidad de ser atingente con aquellas angustias que valían la pena. Angustias con las que podía empatizar sin creer que eran una pérdida de tiempo. Por ella dejé de saludar cuando entraba a la oficina; continué almorzando afuera. Me convertí en la misma mierda reemplazable que compone al resto de los engranajes sentados en los asientos próximos y cuyos rostros se asimilan más a la parte trasera de una pantalla que a los rasgos de un humano.
La inquietud me brotó como un vacío en lo profundo del estómago cuando, con las semanas, la página ya no pudo seguir deslizándose hacia abajo. Había leído todos los comentarios. Todo el registro de la existencia de esa mujer lo había devorado para completarme y, aun así, no me bastó. Intenté replicar lo mismo con otros usuarios, pero ninguno tenía su carisma. Probablemente, tampoco tendrían la gracia que seguro tendría ella en persona. Fantaseé por momentos con cómo sería alguien con ese nombre de usuario. No tenía fotos suyas en ninguna parte, pero estaba seguro de que, con el tiempo, había sido capaz de poner melodía a su risa escrita. Sus palabras, en conjunto, me resultaban una caricia, una que me dolía profundamente cuando se veían interrumpidas por un nombre que no era el mío. Moría por verlo escrito. Tal vez moría también por escucharlo.
Me armé de valor y abrí el prehistórico chat de conversaciones de ese foro. Envié una respuesta que, durante días, implicó que revisara cada una de mis notificaciones esperando que se tratara de ella. Cuando pasaron las jornadas suficientes como para asumir que mi mensaje no bastaría, entré a su perfil y me encontré con el trágico detalle que había pasado por alto en mi lectura: su última respuesta databa de 2017; de ahí en adelante, dejó de contestar todos los mensajes que le llegaban. Unos pocos usuarios que, tal como yo, también la amaban preguntaban por su bienestar. El que no hubiera pronunciamiento al respecto me cayó como una corriente de agua fría directo a la nuca. ¿Qué sería de ella? Tal vez, igual que hice cuando entré a la universidad, dejó de convivir mucho tiempo en línea, confiando en que la compañía sería perpetua. Tal vez la suya sí lo había sido y por eso no había vuelto. Quizá encontró el amor, podría estar armando una familia, tener hijos. La idea de que sus palabras abrazaran a alguien sin que yo pudiese estar ahí hizo mi pecho hervir de angustia.
¿Y si no era así? Si, tal y como yo, se encontraba de cara a un montón de maniquíes, tenía que encontrarla, decirle que no era la única. Advertirle que no solo tenía que escuchar a un montón de desconocidos, sino que podía conocerme. Que podía escucharme, que yo también podía escucharla. Consideré que pudo perder su contraseña, como me pasó muchas veces, y ahora estar transitando algún rincón de internet al que sería incapaz de llegar por mis propios medios. Consideré tantas cosas que, de no haberme detenido, se me habría escapado la vida pensando en lo que pudo ser, así como tantas veces ocurrió por culpa de mi inacción. No iba a dejar que fuese así, no con ella.
Su presencia no era la única en haberse convertido en un fantasma. Si en el juego solo restaban un par de usuarios, en el foro el panorama era profundamente más desolador. Como mucho, la esperanza para algunos estaba en esos comentarios de un par de nostálgicos buscando señales de vida sin recibir respuestas. Por lo mismo, decidí ampliar mi búsqueda a otros sitios. Muchas páginas y personas tenían su nombre, pero no eran ella. ¿Entienden ahora lo que les digo? Para mi fortuna, la conocía; reconocía su forma de escribir como quien memoriza lunares en la piel. Encontré su nickname en otro sitio, una red social. Arriba de su nickname estaba su nombre real: Amanda.
Fanática de sacar fotografías a todo, menos a su cara. Enigmática, cuanto menos. Debía creer que había cosas más importantes que recordar, pero, por primera vez, deseé que se dejara de lado a sí misma para complacer mi deseo por conocer de qué color tendría los ojos, si acaso su nariz estaría torcida o si sus labios eran delgados o prominentes. No porque me importara, sino porque lo que tenía de Amanda ya no me bastaba. Las palabras inmortalizadas en la red no alcanzaban para cubrir la soledad que desbordaba con el pasar de los días. Por eso la busqué en sus registros. Fotografió un par de bandas tocando en la Blondie, esa discoteca que evité por mucho tiempo, pero a la que consideré ir si acaso con ello tendría una pista de su paradero. No fue necesario. Adelanté trabajo para tener tiempo durante el día y así triangular una ubicación con sus fotos y comentarios. Tenía una imagen de sus amigos, más bien sus siluetas, entrando a comprar a una botillería que se encontraba en la esquina de Maturana. Corroboré en los mapas: seguía ahí. Hablaba de que le molestaba escuchar los campanazos de una iglesia al mediodía. Finalmente, encontré unas fotografías de otoño de la Plaza Yungay tomadas desde lo alto, desde un departamento.
Al caer el invierno, el tiempo que tenía para explorar la zona después del trabajo era más bien breve. La noche caía y amenazaba con volverse riesgosa, por lo que sobra decir que tampoco me interesaba morir apuñalado sin agradecerle antes a esa persona que me rescató por momentos. Estuve seguro de haber localizado el edificio. Para corroborarlo, un sábado por la mañana fui a comprobar cuán frustrantes eran los campanazos al mediodía, y cada retumbar me acercó a la corazonada de que había dado con el lugar correcto. Lo más cerca que podía estar de Amanda sin que mis deducciones cayeran en manos del azar era apostando por el piso en el que viviría, contando las ventanas de los edificios contiguos que alcanzaban a salir en la fotografía antes de desaparecer en sus márgenes. Repasé cálculos una y otra vez hasta decidirme. Piso seis de la Torre B.
Subí la escalinata de la entrada un domingo por la mañana. Había elegido ese día porque era altamente probable que se encontrara en su departamento. Durante la semana tal vez tenía un trabajo; los viernes en la noche quizá seguía saliendo y, si iba un sábado, podía correr con la suerte de encontrarla fuera por estar haciendo trámites o visitando a algún familiar, como se suele hacer. Entré con un pantalón formal, una camisa y una gabardina, un conjunto de ropa que solo utilizaba con clientes antes de que me expulsaran del equipo de ventas. El portero que custodiaba la entrada a los ascensores era un anciano, al que le insistí con mucha urgencia que me hiciera un favor: llamar a todos los departamentos del piso seis e intentar localizar a Amanda. Me advirtió, por supuesto, que su memoria no almacenaba a ninguna Amanda viviendo en ese edificio. Hice caso omiso y le insistí con molestia en que solo intentara lo que le había pedido. Me calmé considerando su paciencia con la situación, pese a las pocas explicaciones que le había dado. Una negativa tras otra me fueron acercando a la vergüenza de tener que disculparme con el viejo por desconfiar de sus años de trabajo y, cuando finalmente creí haber errado, la puerta del ascensor al final del pasillo se abrió.
Un hombre, un poco mayor que yo, se acercó mientras me escaneaba de pies a cabeza. Entonces pronunció lo que me dejó helado al instante:
—¿Estás buscando a Amanda?
—Sí. ¿La conoces? —pregunté a la defensiva.
—Sígueme, te llevo.
El ruido blanco de las luces al interior del elevador me absorbió por completo en un ascenso que parecía no querer acabar jamás. Me observé al espejo, luego observé al hombre desaliñado. ¿Quién sería? ¿Algún familiar o amigo de Amanda? Me negaba a creer que alguien como ella hubiese terminado escogiendo salir con alguien tan descuidado con su aspecto como él. No nos dirigimos la palabra hasta que el ascensor se detuvo en el piso seis y lo seguí por el pasillo, bajo el eco de nuestros pasos, en dirección a una puerta de madera que, me pareció, la escondía a ella.
—Con permiso —dije al entrar.
Miré en todas direcciones, buscando algún otro rostro humano en un departamento que estaba completamente a oscuras, pese a ser ya de día.
—Toma asiento. ¿Quieres algo de tomar? —preguntó el desconocido.
Negué con la cabeza. El hombre caminó a la cocina y sacó una lata de bebida del refrigerador con una calma que no pude tolerar demasiado tiempo. Cuando se sentó en el sofá frente a mí, abrió la lata y dio un trago profundo, preparando la charla. Irrumpí con impaciencia:
—¿Dónde está Amanda? ¿Eres familiar de ella?
Un cosquilleo se me subió al pecho.
—Te seré sincero. En mi vida, creo que nunca he conocido a alguien que se llame Amanda. Y mira que he conocido todo tipo de mujeres.
Su broma no me causó gracia y lo notó.
—Sé que has venido aquí buscando a alguien llamada Amanda y no andaré con rodeos. Amanda no existe.
—¿Cómo que no existe?
—No existe —contestó con frialdad, ignorando que sus palabras me habían apuñalado—. Y no te asustes, porque, si estuviste hablando con ella hace un tiempo y, por alguna de esas casualidades de la vida, te llegaste a enamorar, no se trataba de mí. No te enamoraste de una persona.
Mi rostro palideció. Mi garganta se secó y, por momentos, deseé haberle aceptado algo de beber. Era casi como si hubiera adivinado lo que estuve sintiendo durante los últimos meses. Al ver que era incapaz de ofrecerle una respuesta, el hombre continuó:
—Soy informático. Trabajo desde 2015 configurando bots en internet. Hay páginas en decadencia que ruegan por algo de actividad. Algunas empresas me contrataron como freelancer varias veces para poner a un par de inteligencias artificiales a conversar entre sí, conversar con usuarios…
—No puedo… no puedo creerte.
Mi voz escapó en un hilo.
—Vi sus fotografías. Sé que a Amanda le gustaba ir a la Blondie, salir a pasear por el parque, comprar en la esquina…
—Esas imágenes son reales. Trabajamos con un repositorio bastante amplio de fotografías y creamos perfiles falsos por si algunas personas investigan más de la cuenta. Un bot que puede desenmascararse fácilmente es señal de un trabajo mal hecho. Yo… de verdad lo siento.
Si su rostro expresó compasión o no, fui incapaz de verlo.
—Si te hace sentir mejor, no eres el único que se ha equivocado. Por algún motivo, son varios los que han venido a buscar a alguien que en realidad no existe. He pensado incluso cambiarme de departamento.
—¿Los recuerdas? —pregunté—. ¿Recuerdas a las personas que han venido?
—Te diré la verdad. No recuerdo ni sus nombres.
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Andrés Varas Madrid
Andrés Varas Madrid (Santiago, 2003) es escritor chileno y psicólogo egresado de la Universidad Andrés Bello. Su obra explora la humanidad y sus matices mediante la ficción, especulando sobre mundos imposibles y otros inquietantemente cercanos. Su cuento Espectador (2024) fue finalista del concurso internacional de la Cátedra Vargas Llosa. Actualmente trabaja en la escritura de…

