Nº 65 | Narrativa | Ciencia ficción | 4563 palabras | Chile

Ginoide

Eva Van Kreimmer

—¿Ginoide? —preguntó Cristina por segunda vez, aún incrédula ante las palabras del doctor Lemond.

—Sí, ginoide —respondió él. No había atisbo de duda en su voz.

Cristina no parecía convencida.

—No me mires así. Las entidades femeninas tienen mucha mejor aceptación; se ha visto tanto en moduladores de voz como en acompañamientos de imagen para sistemas informáticos. Avanzar a una versión tridimensional es la opción obvia.

—¿Y quiere que la diseñemos biológicamente correcta? —cuestionó Cristina, alzando una ceja.

—Por supuesto. No hay otra forma de hacerlo.

Habían pasado dos años desde aquella conversación. Finalmente, el prototipo había tomado forma: 1,62 metros de alto, 50 kilos, una figura femenina y un acabado metálico. Aún faltaban algunos detalles biomecánicos, pero ya contaba con todas las características funcionales.

El doctor Lemond observaba tras una mampara de seguridad. No había necesidad de ello, no estaban trabajando con ningún tipo de radiación, pero le gustaba el efecto dramático de mirar su creación desde la distancia.

Cristina, por su parte, preparaba a la ginoide para activar su sistema operativo. Revisaba las conexiones del símil neuronal de fibra óptica y corroboraba el funcionamiento del software en la computadora. La integración de múltiples sistemas en un complejo informático autónomo era la investigación de toda la vida del doctor Lemond y el trabajo de cinco años de Cristina: el avance que le otorgaría el título de doctora en Programación Bioinformática y quizás un premio Nobel, si lograban que su sistema replicara las acciones y capacidades humanas en un robot humanoide.

—Estamos listos —indicó Cristina cuando aseguró el conector RJ50.

Lemond se tomó unos segundos para saborear el momento. Hoy era uno de esos días en que tendría una respuesta clara, un momento de lucidez antes de escoger un nuevo camino. Mañana podría iniciar una nueva etapa o retroceder años de trabajo.

—Cárgalo —ordenó el doctor.

Cristina presionó el botón “Enter” y se abrió una ventana que indicaba el traspaso de datos en una barra horizontal.

—Esto tomará algunas horas —señaló la asistente.

—Lo imaginé —respondió Lemond con una sonrisa de lado—. Vigila con atención. Que se interrumpa la transferencia de datos podría ser fatal.

Cristina asintió y procuró mantener la vista en la pantalla. La presencia de la ginoide desnuda a su lado la hacía sentir incómoda. De no ser por su ausencia de piel y anexos epiteliales, como uñas y cabello, su apariencia sería igual a la de una mujer.

Seis horas después, el procedimiento terminó.

—Prueba el comando de inicio —indicó Lemond, aún tras la mampara.

—Despierta —dijo Cristina de forma clara y directa al rostro de la ginoide, intentando llegar a los micrófonos integrados en sus oídos, pero nada pasó.

—Inténtalo de nuevo —dijo Lemond, sosteniendo la respiración.

—Despierta —repitió la ayudante, alzando la voz—. Despierta.

Cristina se volteó para mirar a su maestro. No le agradaba del todo, pero admiraba su trabajo y compartía el mismo dolor por el fracaso. Lemond, sin embargo, esquivó su mirada, salió de su escondite tras la mampara y se dirigió a la ginoide sin prestarle atención.

La mujer no comprendió su comportamiento hasta que estuvo a su lado, casi tocando su hombro, frente a la ginoide, con una sonrisa en los labios. Lemond no necesitaba decir nada: la ginoide tenía los ojos abiertos. Un bonito iris verde en unos globos oculares metálicos era la manifestación sutil, pero decisiva, del éxito.

—Sophia —murmuró Lemond.

—¿Sophia?

—La portadora del saber.

—Es un buen nombre, doctor —reconoció Cristina.

—Gracias —respondió Lemond sin soberbia, lo que era raro en él—. Vamos a probar sus funciones básicas.

Iniciaron con pruebas simples. Lo primero fue el reconocimiento de movimientos. Sophia se movía de manera atáxica y espasmódica al comienzo, pero bastaban unas pocas repeticiones de cada acción para que el movimiento empezara a fluir. Cristina y Lemond ansiaban iniciar diálogos, pero sabían que era imposible: el sistema solo reconocía algunas palabras como comandos de orden. Sophia necesitaría varios días para almacenar palabras y conceptos en su memoria, y quizás un poco más para aprender a elaborar una frase compleja, si es que realmente podía llegar a comunicarse verbalmente. Ambos contaban con que así fuera.

La primera noche fue compleja. Lemond y Cristina debían decidir si suspender el sistema, con todos los riesgos que eso conllevaba: que la información no se guardara correctamente, que no encendiera a la mañana siguiente, que alguna resistencia fallara y la reactivación generara un corto, etcétera. La otra opción era dejar a Sophia encendida todo el tiempo que fuera posible, grabar sus avances y esperar a que se apagara cuando se quedara sin energía o cuando su sistema colapsara. Ambas opciones incluían la sensación de angustia ante la posibilidad de perderlo todo, pero eran científicos: no podían permitirse dejar que las cosas simplemente fluyeran. Tomaron la primera opción.

—Despierta —ordenó Cristina a la mañana siguiente.

Sophia levantó sus párpados metálicos lentamente ante el comando de activación. Sus creadores la recibieron con una sonrisa nerviosa que no se tranquilizó hasta que se aseguraron de que su capacidad de movimiento permanecía intacta.

Lemond fue quien se aventuró a hacer la primera pregunta.

—Respóndeme verbalmente: ¿sabes que tu nombre es Sophia?

—Sí —respondió una voz femenina, dulce y fina. Lemond la había seleccionado personalmente. De todas formas, le fue imposible disimular su sorpresa al escucharla.

—¿Entiendes lo que es un nombre? —preguntó el científico.

—Es una palabra que designa o identifica seres animados o inanimados —respondió Sophia de forma mecánica, pese a su dulce voz.

Cristina no cabía en sí del asombro. Pese a que se mostraba seria mientras registraba los avances de Lemond con Sophia, la integración de la inteligencia artificial al cuerpo robótico parecía perfecta. Solo quedaba evaluar qué tanto podría avanzar, solo quedaba corroborar qué tan bien habían hecho su trabajo, y eso la llenaba de expectativas y esperanza.

Los días avanzaron rápido. Cada mañana era un nuevo registro de avances, pero cada tarde era una jornada de descubrimientos y aprendizaje para Sophia. Cristina procuraba enseñarle libros, películas y series, tanto para que conociera los distintos espacios y criaturas del mundo como para que asimilara el comportamiento humano.

—¿Puedo tener ropa? —preguntó la ginoide una tarde, cuando Cristina estaba a punto de marcharse.

—Me alegra que lo pidieras. No quería ser yo quien te ordenara vestirte —respondió Cristina.

Sophia inclinó la cabeza mientras practicaba su expresión de confusión.

—¿Quieres que me vista? ¿Por qué?

—¿Por qué quieres usar ropa? —esquivó la pregunta Cristina, al recordar que probablemente Sophia aún no asimilaba el concepto de pudor.

—Todos usan ropa. Quiero saber qué se siente —espetó, indicando la pantalla donde proyectaba las películas.

Cristina sonrió ante sus palabras. “Querer” era un deseo, algo propio de la humanidad.

—¿Qué tipo de ropa quieres que te traiga? Eres solo un poco más baja que yo, supongo que puedo traerte algo de la ropa que no uso.

Sophia asintió con lo que pretendía ser un movimiento de cabeza, pero se convirtió en una ligera reverencia.

—¿Algo más? —preguntó Cristina.

—No olvides la ropa interior.

—Lo tendré presente.

—Eso es todo. Hasta mañana —se despidió Sophia mientras se acomodaba sobre la camilla para ser suspendida.

—Duerme —indicó Cristina. Esperó la respuesta ante el comando y se marchó.

A la mañana siguiente, Cristina llegó tarde al laboratorio. Había elegido un par de conjuntos de ropa para traerle a Sophia, pero, a sabiendas de que probablemente a un robot no le importaría, decidió comprarle ropa interior nueva. Estaba ansiosa por mostrarle las prendas y preocupada por la posibilidad de haber errado en las tallas. Por primera vez en mucho tiempo estaba feliz por algo que no tenía relación con datos y resultados, al menos no directamente. Quizás por eso se petrificó al abrir la puerta de la habitación de Sophia.

Ahí estaba el doctor Lemond junto a la ginoide, claramente despierta y, a juicio de Cristina, incómoda. El científico tenía una de sus manos sobre el muslo derecho de Sophia y le hablaba en un susurro tan cercano que su saliva salpicaba la tez metálica del rostro de la robot.

La ginoide se sobresaltó por la llegada de Cristina, delatando su presencia ante el doctor Lemond, que rápidamente tomó distancia y se dirigió a la puerta.

—Llegas tarde —apuntó el científico, sin hacer ningún comentario sobre su comportamiento—. Empezaba a pensar que te tomarías el día libre.

—Tuve que hacer unas compras —explicó Cristina, aún choqueada, con la imagen inicial viva en su retina.

—La próxima vez infórmame —ordenó antes de desaparecer por los pasillos del laboratorio.

En cuanto lo perdió de vista, Cristina recuperó la capacidad de movimiento y se dirigió hacia Sophia.

—¿Estás bien? —inquirió con el tono alterado.

—Mi cuerpo y funciones están en óptimas condiciones —respondió Sophia.

—No me refiero a eso.

La ginoide la observó sin comprender. Su expresión de confusión resultaba cada vez más humana.

—Ese tipo es un cerdo —explicó Cristina en un resoplido de frustración, más para sí misma que para su compañera.

—¿Tú estás bien? —preguntó la ginoide.

—Sí.

Sophia no estaba convencida, pese a que “sí” era una respuesta afirmativa.

Cristina la ignoró y empezó a mostrarle y probarle la ropa. La ginoide parecía encantada con las prendas, y la tensión en la habitación fue bajando. Pero mientras Cristina sonreía, con la mirada fija en su compañera, que modelaba torpemente, en su mente solo podía ver una y otra vez a Lemond con su mano sobre el metal.

—¿Cristina? —preguntó Sophia, sacándola de sus pensamientos.

—Perdón, me distraje. ¿Qué me decías?

—¿Por qué debo dejar el laboratorio?

—No es que debas hacerlo, pero supongo que te vendría bien conocer algo del mundo sin tener una pantalla como intermediaria —explicó Cristina, intentando ordenar con lógica las ideas en su cabeza.

—¿Debo ir con el doctor Lemond?

—¿Qué? No. ¿De dónde sacas eso?

—El doctor Lemond me lo dijo.

En un día normal, Cristina habría iniciado un interrogatorio, buscado información que le permitiera armar un panorama más amplio y habría encontrado una respuesta lógica. Pero ese día no estaba de humor para pensar. Dejó a Sophia sola sin darle ninguna explicación; la ginoide tampoco la pidió. Luego se dirigió a la oficina de Lemond.

—¿Cuál es la urgencia? —preguntó el científico ante los agresivos golpes en su puerta.

Las ideas de Cristina deambulaban por su cabeza como basura espacial orbitando la Tierra, siempre con el riesgo de precipitarse a la superficie y generar una catástrofe. Sin embargo, al ver el rostro molesto de su superior, sus labios se sellaron. ¿Qué podía decirle? ¿Que se alejara de su propio experimento? ¿Que lo vio acosando a un robot? ¿Se puede acosar a un robot?

—Cristina, bien, tengo que hablar con usted —comentó Lemond al apreciar el reciente mutismo de su colega—. Voy a hacer las pruebas de aprendizaje yo mismo, por lo que necesito que usted se ocupe de los parámetros estadísticos.

—¿Me está pidiendo que ya no trabaje con Sophia? —preguntó Cristina, incrédula.

—Exacto. Creo que tu influencia está perjudicando el desarrollo de su inteligencia artificial.

—Fue usted quien insistió en que debía ser una mujer. La imitación es clave para el aprendizaje de sus algoritmos. No puedo dejar de interactuar con ella en este momento del desarrollo.

—Tonterías. El apoyo audiovisual es más que suficiente.

La ira acudió a Cristina, que se estaba valiendo de todo su autocontrol para no gritar.

—Creo que tus, mmm, talentos —la recorrió con la mirada de arriba abajo, como quien busca algo que sabe claramente que no está ahí— serían más útiles elaborando los datos —continuó Lemond—. De hecho, ni siquiera tendrías que venir al laboratorio. Podrías hacerlo desde tu casa y conectarte de modo remoto a uno de nuestros servidores.

—Tengo un diplomado en Manejo Robótico y otro en Psicología del Desarrollo —le recordó Cristina entre dientes.

—Y tu tesis de doctorado está enfocada en desarrollo de inteligencias artificiales y ejecución de sistemas operativos. Conozco tu currículum, Cristina, no hace falta que me lo indiques.

—Soy la más capacitada para enseñarle el mundo —le gritó ella en un arrebato.

—Introducir datos —la corrigió—. Ese es el problema: parece que estás olvidando que es un robot, un experimento, circuitos y programas.

—Circuitos y programas. Estoy mucho más consciente de ello que tú.

El epíteto “maldito degenerado” quedó atorado en la garganta de Cristina. Por mucho enojo que sintiera, no estaba dispuesta a echar por la borda todos sus años de trabajo.

—Cálmese, por favor —solicitó el científico con evidente nerviosismo.

—He trabajado en este proyecto los últimos cinco años y no voy a dejar que me excluya de él.

—Este es mi proyecto —alzó la voz Lemond.

—No me venga con eso. Tanto usted como yo sabemos que no habría podido codificar las cadenas de elaboración neuronal sin mí. Nunca habría podido transferirlo a un cuerpo usted solo. Sería una teoría más, esperando eternamente a que alguien tuviera la capacidad de llevarla a prueba.

—No sobrestimes tu trabajo —murmuró Lemond entre dientes, con la mirada en el suelo.

—No lo hago. Empezaré a elaborar los datos, soy bastante capaz de hacerlo, pero no dejaré de trabajar con Sophia. Su curva de aprendizaje avanza casi de forma idéntica a lo proyectado. No voy a dejar que decaiga.

—Yo también trabajaré con ella —respondió el científico.

Cristina le dedicó una mirada de desprecio. No tenía autoridad para detenerlo, y podía leer en sus palabras que se le permitiría seguir trabajando con la ginoide.

—De acuerdo —aceptó antes de marcharse, lo que no fue difícil, ya que no se había adentrado en la oficina más que un paso desde el dintel de la puerta.

Durante las siguientes semanas diseñaron un horario de actividad con Sophia que permitió que los científicos no se encontraran en ningún momento de forma inesperada. “Para asegurar que no se interrumpa ninguna actividad”, había escrito Lemond en el correo con las instrucciones. Cristina sabía que era para evitar verla, pero no decía nada al respecto, porque ella tampoco deseaba verlo a él.

Nunca le había caído bien Lemond. Antes de postular como becaria, sus compañeros se lo advirtieron: “Es extraño”, “se aprovecha de los practicantes”, “solo contrata mujeres”, “no tiene amigos”, “roba investigaciones”. Cristina había decidido pasar por alto todas las advertencias. Lemond era uno de los científicos más prestigiosos, tenía más de cincuenta artículos publicados en distintas revistas, y su desarrollo del algoritmo adaptativo a los estímulos variados era, por lo bajo, uno de los elementos fundamentales de la inteligencia artificial contemporánea. Fue eso lo que la convenció. Pero ya no podía seguir omitiendo lo evidente: si su mentor iba a traicionarla y tomar el crédito de su investigación, debía adelantarse. Necesitaba saber cómo pensaba tirarla al lado del camino.

Un sobresalto producto del tacto ajeno en su hombro la sacó de sus cavilaciones.

—Lo siento —se disculpó Sophia—. No respondías a mis preguntas y estabas rígida, ensimismada, concentrada en un punto fijo. Pensé que no estabas bien.

—Está bien, estoy bien. Solo estaba pensando —explicó Cristina—. ¿Qué me decías?

—No entiendo las reacciones humanas.

—¿Lo dices por Ofelia? —intentó conectar Cristina.

—Por Ofelia, por Hamlet, por ti. ¿Por qué te sobresaltaste?

—No esperaba que me tocaras el hombro.

—¿Por qué nunca tenemos contacto físico?

La científica iba a responder “porque estaba concentrada en mi mente”, pero la ginoide no le dio tiempo.

—¿Puedo tomar tu mano? —preguntó Sophia.

—¿Qué? ¿Por qué? —se sorprendió.

—Quiero saber qué se siente.

Cristina extendió su mano en un gesto de saludo, pero la ginoide, en lugar de estrecharla, la tomó como un caballero toma la mano de una doncella y la llevó hacia su rostro para tocarla con la piel metálica de su mejilla.

El tacto era uno de los sentidos más difíciles de replicar por ingeniería biomecánica. Generalmente no lograba superar el 30 % de la capacidad sensitiva de una persona en cuanto a textura; solo un poco más respecto a presión e injurias, y casi nada respecto a temperatura. Era fácil olvidar que Sophia poseía ese sentido.

—Me gustan tus manos. Son suaves y elegantes.

Cristina se ruborizó ante el halago.

—También me gustan tus manos —respondió la científica.

Un espasmo recorrió a la ginoide, provocando que Cristina recogiera su mano por instinto.

—¿Estás bien? —inquirió Cristina, pensando en la posibilidad de una falla eléctrica.

—Sí —respondió Sophia, evitando el contacto—. ¿Puedo quedarme contigo? Eres tan distinta.

Cristina no respondió, pero era incapaz de pestañear. Nunca había visto a un robot de ningún tipo actuar así. No era la respuesta estándar que identificaba alteraciones en los parámetros de seguridad y estabilidad. ¿Por qué había replicado ese comportamiento justo ahora?

—No me gustan las manos del doctor Lemond.

“No me gustan”: otra afirmación propia de un humano.

Cristina no necesitó mayores explicaciones para imaginar las manos toscas de su superior sujetando con lujuria el cuerpo de la ginoide, intentando encontrar los espacios donde su ropa develaba su lustrosa piel metálica. No quería pensar en eso. No quería pensar en lo que ocurría en sus sesiones privadas.

—Ese tipo es un cerdo —murmuró entre dientes la científica.

Quizá la ginoide percibió el comentario como fuera de contexto; quizá comprendía perfectamente a qué se refería. No dijo nada. Era imposible comprender qué pasaba por su mente cuando se quedaba quieta, sin gestos ni palabras. Era como estar frente a un muro, hasta que salía de ese estado y volvía a cobrar vida, a parecer humana. Pero durante el resto de esa sesión no recuperó esa humanidad. Fue solo un poco más que un robot, un poco menos que una persona.

En ese momento, Cristina tomó una decisión: debía hacer algo. Su primer instinto fue espiar la sesión del doctor Lemond y Sophia esa tarde, grabarlo y encararlo, pero lo descartó. Un robot no tenía derechos y, lo que era aún más importante, tenía miedo de ver con sus ojos lo que ya veía en su mente. Tenía miedo de descubrir que todo era real. Así que tomó su segunda opción: entraría a su oficina para intentar encontrar pruebas de lo que estaba tramando.

Entrar fue la parte sencilla. Al ser un laboratorio privado, rara vez las puertas estaban cerradas con llave, salvo las que resguardaban reactivos peligrosos, porque así lo solicitaba la norma técnica de seguridad. La oficina de Lemond no entraba en esa categoría y bastó con girar la manilla para entrar.

No era un espacio amplio, pese a que medía más del doble que la oficina de Cristina. Se encontraba en orden, sin papeles desordenados y con los libros de la repisa dispuestos como si nunca los usara. No había fotos de familiares y una mano mecánica reposaba junto a la ventana como decoración. En el escritorio solo había tres objetos: una lámpara, un lapicero con dos lápices y la computadora portátil del científico. Eso era lo que Cristina buscaba.

Se ubicó en la silla reclinable, consciente de que su supervisor no aparecería en al menos un par de horas. El ordenador solicitó contraseña, pero Cristina lo había previsto: ingresó el nombre de Lemond en el formato que se utilizaba para publicaciones. La pantalla cambió al instante, revelando un escritorio virtual plagado de carpetas.

Cristina probó abrir una carpeta al azar: pornografía. La cerró al instante y abrió otra: pornografía nuevamente. Volvió a encontrar lo mismo en al menos dos carpetas más. “¿Quién descarga pornografía en esta época?”, se preguntó, procurando no responderse.

Una carpeta titulada “Sophia” llamó su atención. Al entrar, encontró varios archivos, un poco de lo normal: versiones anteriores de programas independientes que posteriormente se integrarían al complejo madre que ahora era Sophia, los diagramas robóticos que habían presentado los bioingenieros cuando estaban diseñando el cuerpo de la ginoide, prototipos de ensambles en distintos lenguajes de programación, etcétera.

Esperaba encontrar contratos con promesas de cesión de derechos a alguna corporación extranjera, algún artículo científico a medio escribir donde se adjudicara el crédito del avance científico que implicaba la ginoide, una carta de queja a su universidad por su trato en el trabajo, lo que fuera. Pero no encontró nada de eso. Lo único extraño era un malware. Lemond siempre le reprochó el uso de ese tipo de sistemas, por lo que le sorprendió encontrar uno en su computadora, en la carpeta de “Sophia”.

Cristina trató de correrlo en un simulador, pero no fue posible. Sin embargo, pudo deducir que se trataba de un quebrantador de seguridad. “Todos los sistemas de Sophia son de autoprotección. ¿Qué intentabas corromper?”, se preguntó, y una chispa de lucidez estalló en su mente. Estaba buscando la respuesta en el lugar equivocado. Rápidamente, apagó la computadora y salió de la oficina sin cerciorarse de si todo estaba en su lugar.

Corrió a su propia oficina, encendió su ordenador y se conectó al servidor central, con el estómago contraído por la espera propia de las máquinas al abrir programas. Abrió el complejo madre que, pese a sus múltiples integraciones, parecía pequeño en comparación con el que se ejecutaba actualmente en Sophia. El aprendizaje debía de haber multiplicado las conexiones de forma exponencial. Pese a ello, si Lemond había intervenido en la programación original, debía haber dejado una huella justo en el complejo madre.

Tardó más de una hora en descubrirlo. Después de todo, Lemond era un especialista muy bueno en su trabajo y había sido muy pulcro en su intrusión. Pero Cristina también era una experta. No estaba el bloqueo de control de impulsos, ni físicos ni emocionales; para eso era el malware. Pero había algo aún más preocupante: un programa generador de interés, muy parecido al que habían diseñado para introducirle curiosidad y asegurarse de que Sophia deseara aprender, pero al mismo tiempo distinto. Y un par de alteraciones sutiles terminaron de armar el puzle.

—Estás enfermo —escupió con desprecio, al tiempo que se ponía de pie y tomaba dirección al cuarto de Sophia con su ordenador portátil entre los brazos.

Al entrar, Lemond se sobresaltó.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó el doctor con tono molesto.

—¿Generadores de interés? ¿Descontrol de impulsos? —interrogó Cristina de forma acusatoria mientras le señalaba la pantalla.

—Tenía que llegar al máximo de sus capacidades —se excusó Lemond.

—¿Simulador de libido? —continuó Cristina sin prestarle atención a sus palabras.

—Sabía que no lo entenderías.

—¿Articulaciones completas de cadera y espalda? Eso ni siquiera es anatómicamente correcto. Tú nunca pensaste en diseñar un robot para probar la inteligencia artificial. Tú querías un juguete sexual.

—Puedo tener ambas cosas —respondió Lemond con una sonrisa, al tiempo que acortaba la distancia entre él y Cristina.

—¡Eres un cerdo! —gritó Cristina en la cara de su mentor.

Lemond no medió palabra. Una bofetada golpeó la cara de Cristina con tal fuerza que tiró su ordenador y estuvo a punto de perder el equilibrio.

—Eres todo lo que se dice de ti —le reprochó Cristina, con la mano en su mejilla ardiendo—. Lo sabes, ¿verdad? Todos hablan a tus espaldas, todos sospechan de tus crímenes. Eres un pervertido sin ética.

Lemond deseó volver a golpearla, esta vez sin sutilezas, con un puño, una patada, lo que fuera. Pero le fue imposible.

—No le hagas daño —pidió Sophia, que se había acercado lo suficiente para sujetar el brazo del científico con tal fuerza y precisión que cualquier movimiento parecía imposible.

—Suéltame, Sophia —indicó Lemond.

—No —respondió la ginoide.

—Suéltame, te digo. Es una orden directa.

—No puedo soltarte. Lastimarás a Cristina.

—No te metas. No entiendes qué está pasando. Solo apártate y déjame resolver esto. Luego nos iremos a mi casa, como te prometí —explicó el científico.

—No quiero ir contigo.

—¿De qué estás hablando? Suéltame y lo resolveremos.

—No. Quiero quedarme con Cristina.

—Sophia, suéltame.

—No. Quiero quedarme con Cristina. Quiero a Cristina —declaró, arrojando el brazo del científico y haciéndolo caer al piso.

Sophia se acercó a Cristina y la abrazó con el cuidado y la delicadeza que entrega el riesgo de dañar algo profundamente valioso.

—Salgamos de aquí —sugirió Cristina a su compañera.

Se encontraban en el dintel de la puerta cuando una lluvia de astillas cayó sobre Cristina. Lemond se puso de pie mientras le daban la espalda y atacó a Sophia con una silla.

—Debías amarme a mí —gritó al tiempo que sucedía sus golpes con los restos del mueble.

—Detente, vas a destruir el trabajo de tu vida —intentó frenarlo Cristina.

—Es solo un robot. La apagaré y la reprogramaré de nuevo desde el inicio.

—No te dejaré hacerlo.

—No estarás aquí para detenerme —explicó Lemond con una mirada asesina, mientras fijaba su nuevo objetivo de violencia en el cuerpo de Cristina.

Solo logró dar un golpe contundente con la pata de la silla antes de que Sophia le arrebatara el arma de la mano y lo empujara contra la pared más cercana.

—No puedes hacerme daño —reprochó Lemond, pese a que se evidenciaba que sí podía—. Voy a acabar con ella y no podrás detenerme. Voy a matarla y tendrás que verlo sin hacer nada. Luego te borraré y también acabaré contigo. No es la primera vez que vuelvo a comenzar —espetó mientras se incorporaba.

—De verdad estás enfermo —exclamó Cristina con asco.

—Lástima que no podrás decírselo a nadie.

Fue lo último que dijo antes de correr hacia Cristina y cerrar sus manos alrededor de su cuello.

La científica no pudo emitir palabra. Golpeó las manos de su agresor torpemente, intentando liberarse, pero fue inútil. Sophia la rescató golpeando el tronco de Lemond y arrojándolo al piso.

El científico no podía creerlo. Intentó levantarse, pero el dolor era demasiado. Cuando quiso hablar, un chorro de sangre brotó de su boca. Era evidente que tenía algunas costillas rotas y que algunos órganos se habían dañado. Estaba vivo, pero no por mucho tiempo. La sorpresa fue lo único que expresó su rostro.

—Supongo que no puedes pedirle que siga las leyes de la robótica si no le instalaste las leyes de la robótica —señaló Cristina mientras se sobaba el cuello, surcado por las marcas de la agresión.

Cristina llamó a una ambulancia. Lemond era un cerdo, un egoísta y un traicionero, pero no podía dejarlo morir. No es que le importara; ya había perdido el respeto incluso por la mente del científico. Simplemente no era ese tipo de persona.

Los paramédicos llegaron en la ambulancia media hora después. Lemond ya había fallecido y miraba a sus rescatistas con una mirada vacía desde el piso del laboratorio, mientras un hilo de líquido carmesí se deslizaba por la comisura de su boca. Cristina mantuvo la distancia. Su único pesar ante ello se debía a todo el papeleo que tendría que llenar para justificarlo.

La policía llegó un par de horas después de que se confirmó la muerte y tardó otro tanto en llevarse el cuerpo. Cristina estaba cansada, sentía los músculos adoloridos y su pulso no lograba estabilizarse del todo. Quería irse a casa.

—¿Puedo ir contigo? —preguntó Sophia cuando se disponía a salir del laboratorio.

Era evidente que aún no lograba comprender del todo la situación. Había matado a su creador. Ahora estaba sola. Ambas lo estaban.

“No. Nos tenemos mutuamente”, pensó Cristina, al tiempo que sonreía y tomaba su mano, asintiendo levemente.

—Puedes ir a donde quieras.

  • Eva Van Kreimmer

    Eva Van Kreimmer

    Eva Van Kreimmer Eva Van Kreimmer (Santiago, 1989) es una escritora chilena de ciencia ficción, policial y temáticas LGBTIQ+. Su primera novela, Sybille (Sietch Ediciones, 2020), recibió dos medallas en los International Latino Book Awards (ILBA) y obtuvo el tercer lugar en el North Texas Book Festival 2022. Su segunda novela, El asesino del Trauco (Sietch Ediciones, 2022), parte de la colección Vintage Pulp,…