Nº 64 | Narrativa | Ciencia ficción | 3204 palabras | Venezuela

Transmutación

Dawarg

La gente ya no me llamaba por mi nombre. Simplemente decían “la hija de Consuelo” cuando se referían a mí, señalando la casa en ruinas de la esquina. En algún punto dejé de ser Ángela, la de los rizos indomables y la cara risueña, para convertirme en eso, la dueña de esas paredes destrozadas por un caso desafortunado.

Supongo que todo comenzó aquel viernes de diciembre, mucho antes de mancharme las manos de sangre una vez más y revelar a otra persona mi verdadero poder. Me parece lejano, e incluso tonto, recordar que solía quedarme dormida hasta tarde.

La alarma de mi teléfono sonó tres veces ese día. Ignoré el primer llamado, seducida por la comodidad de la cama. Al segundo, comencé a reaccionar, escuchaba gritos y algarabía en la calle, acompañados de explosiones y derrumbes que resonaban cada vez más cerca. Al tercero, me levanté de golpe al ver que la pared de mi habitación, antes sólida y protectora, estaba hecha añicos.

Caminé para evaluar los daños. Los más evidentes estaban en el pasillo hacia el baño y en la flamante cocina de cuya remodelación solía alardear. También en las habitaciones, en la terraza y en casi todo lo visible de aquel espacio que mi madre me había dejado como humilde herencia.

En mitad del living, sobre los restos del comedor de madera, había caído una piedra de dimensiones colosales. Sin causar más daño que el provocado por su voluptuoso peso, la roca emanaba un calor comparable al de diez calderas encendidas a máxima potencia.

—No va a incendiar nada… pero ni se le ocurra tocarla. ¿Está bien? —preguntó un sujeto, agitado, mientras se incorporaba sin quitar la vista del objeto.

Lo observé con detalle. Si el circo hubiese llegado a la ciudad, aquel hombre habría sido su payaso principal. Vestía un overol colorido y desgastado, bajo una capa ancha de color rojo con evidentes signos de maltrato. Su rostro estaba magullado y tenía moretones en el contorno de los ojos. Se volteó, me miró de reojo y escupió sangre junto a lo que me pareció un diente. Luego, alzó el vuelo por el mismo agujero por el que había entrado junto a la piedra.

Tardé en procesar que era uno de esos “defensores” que obtuvieron poderes tras la tormenta, seres que los medios idolatraban por combatir injusticias sin escatimar en daños colaterales. Este, en particular, no había dejado en pie el vivero que cultivé con esfuerzo, ni la pared donde colgaba mis pinturas, ni el rincón donde acepté la propuesta de matrimonio.

No tenía certeza de si me estaba defendiendo de un contrincante o si intentó detener la roca desde el cielo. De lo único que estaba segura era de que aquel lugar que solía llamar hogar era ahora inhabitable.

Respiré profundo varias veces. Me pasé los dedos por la bata, limpiándome el polvo como si fuera harina tras hornear una torta. Me acomodé el cabello y me senté en el borde de la escalera a contemplar el panorama. No sabía si era mejor llorar o gritar. Era temprano, pero juré que un poco de alcohol en el café me habría venido bien; lástima que hasta mi taza preferida estaba rota.

Mientras miraba al horizonte, llegó don Eduardo, maestro de obra y vecino de toda la vida que siempre había estado presente en los peores momentos. Al ver el desastre, revisó cada esquina para comprobar qué podía salvarse.

—No hay mucho por hacer. Déjeme terminar de acomodar los escombros —dijo con tranquilidad.

Con la cara a medio lavar y vestido de blanco, mantenía las manos en el aire mientras hacía flotar objetos entre las ruinas.

—¿Y la piedra? ¿Podemos quitarla de ahí? —pregunté con premura.

Él midió sus palabras, pero su rostro reflejaba frustración. Al notar mi desilusión, abandonó su tarea y se sentó a mi lado. Interrumpió nuestra sesión de miradas al vacío para darme una información crucial.

—Es difícil reunir gente para arreglar esto —dijo, agitando las manos para no hacer volar nada por accidente—. Pero ¿y si usted sola pudiera?

Fue allí donde escuché por primera vez sobre la transmutación. Don Eduardo mencionó la posibilidad de transformar cualquier material a voluntad para moldear lo que uno quisiera, convertir piedras en techos o escombros en paredes. Lo más importante era que esta habilidad podía conseguirse intercambiándose por la que uno ya tuviese, como si fuera una barajita de un álbum.

—¿Todavía tiene ese poder suyo? —preguntó, calculando la estabilidad de unos tubos que flotaban cerca.

Me di cuenta de que no recordaba cuál le había dicho. Había mentido tantas veces sobre este tema que terminé sin conocimiento sobre mi posesión actual ante el mundo. No siempre fue así. Alguna vez incluso estuve aliviada por haberlo descubierto tarde y no durante esa temporada donde obligaban a todos a aislarse en sus casas por manifestar estas “singularidades”.

En esa época, Lucas era parte de esos lotes masivos de otroras humanos que, con el pasar del tiempo, terminaron siendo precursores, generando en la población todas las emociones que podrían esperarse de un virus, incertidumbre, miedo y, finalmente, aceptación. Para entonces pololeábamos, y él ya emitía música a su alrededor.

Me encantaba verlo. Solía estar calmado y siempre se escuchaba a su alrededor algo como El Danubio azul, de Strauss; o, cuando lograba realmente desconectar su mente, se daba todo un concierto con La pequeña serenata nocturna, de Mozart. Una noche, sin embargo, sonó distinto.

Estábamos sentados en el sofá viendo el documental sobre el décimo aniversario de la tormenta cuando nos interrumpió Linger, de The Cranberries. Me levanté de su regazo y volteé a verle el rostro. ¡Sudaba frío y estaba pálido!

—¿Estás bien? —le pregunté mientras me levantaba para alcanzar un vaso con agua.

Antes de poder llegar a la mesa, me jaló hacia él y me rodeó en un abrazo hasta quedar muy cerca uno del otro. Recuerdo sentir su barba acariciando mi mejilla y sus labios susurrándome tiernamente al oído:

—Cásate conmigo —dijo sin moverse.

No respondí. Me quedé paralizada hasta que empujé con mi sonrisa su cálido rostro y mojé con mis lágrimas su polerón. Asentí. Volvimos a vernos de frente para cerrar el acuerdo con un beso, mientras dejaba sonando algo de Frank Sinatra de fondo.

Esa proposición fue tan íntima y especial que me juré a mí misma que, sin importar las circunstancias, nunca buscaría hacerle daño. Por el contrario, lo cuidaría con todo mi ser. Lamento haber roto de la peor manera esa promesa cuando se reveló mi poder. Por eso, por más que pudiera confiar en don Eduardo en aquella mañana de diciembre, no iba a decirle la verdad.

—Sí, todavía lo mantengo —me apresuré a mentir mientras quitaba de las suelas de mis zapatillas los escombros de la casa.

Él procedió a hurgar en sus bolsillos. De allí sacó un puñado de papeles que fue revisando con la misma tranquilidad de alguien que pela una naranja para disfrutarla en una tarde de verano. Al final llegó a una boleta ruñida y manchada.

—Aquí, mire —dijo señalando un extremo, muy cerca del cobro total de un kilo de carne molida—. Vaya a esta dirección y pregúntele al encargado por el que colecciona habilidades.

Lo leí dos veces antes de darme cuenta de que yo sabía de ese lugar y de su dueño por otras razones. De entre todas las cosas que se pueden hacer en un mundo que colapsaba con noticias como de gobiernos reclutando hombres con poderes, aquel sujeto prefirió instalarse como empresario en un tranquilo rincón de la ciudad y usar su poder para vivir de la venta de carnes. Era conocido por su increíble parsimonia y por multiplicar células de animales muertos.

No recuerdo con exactitud su rostro, pero sí su mirada penetrante y su manera de hablar pausada. Tiempo después me enteraría de que él alguna vez mató a una vaca, un pollo y a un cerdo, y nunca más tuvo la necesidad de volver a hacerlo.

Así lo encontré. No me costó llegar hasta él; todos en la comunidad querían ayudar a la hija de Consuelo. Estuve encerrada en la habitación junto a ese hombre mientras trabajaba, obligada a usar una prenda protectora parecida a la de un astronauta. Sentí náuseas al verlo hacer lo suyo.

—Recuérdeme, por favor, joven. ¿Por qué quiere eso? —preguntó sin moverse.

—Solo quiero reconstruir mi casa —dije sin dudar.

Él se volteó. Parecía mucho más alto gracias a su casco. Sus ojos negros brillaban.

—Que no la engañe ese hombre —decía en un susurro—. Alguna vez me contrató porque creía que podía ayudarle con su situación, pero no funcionó. ¿Segura que quiere hablar con él?

Apreté los puños y le confirmé.

—Muy bien. Entonces espero que tenga suerte. Y, de antemano, lamento mucho lo que tengo que hacerle.

Levantó sus manos hacia mi frente y mi vista se nubló. Caí al impecable suelo mientras él abría la puerta. Quedé inconsciente, pero mi mente se activó. Tuve un sueño donde regresaba a cada escena de mi vida. Llegué al instante en el que Lucas y yo volvíamos del funeral de mamá.

Pese a que los médicos dijeron que ella falleció por un infarto, la expresión de su rostro al encontrarla me hizo pensar que había algo más. En esa tarde, Lucas se aseguró de que me sentara en la mesa mientras servía té. Se escuchaba una canción tan triste como solemne que nunca logré identificar. Él intentaba mostrar fortaleza, pero la música revelaba una preocupación mayor.

Comencé a llorar.

—Tranquila, todo va a estar bien —dijo acercándose con un pañuelo.

—¡NO! ¡NO VA A ESTAR BIEN! —le grité. Un dolor de cabeza punzante me asaltó. Mi respiración se entrecortó. Imaginé lo peor y entonces le vi, inmóvil frente a mí.

El sueño comenzó a verse afectado. Ya no estaba él ni las luces de aquella tarde después de haber enterrado a mamá. El recuerdo se desvanecía y me invadía un olor putrefacto. ¿Lo estaba soñando también o me sucedía en verdad?

Abrí los ojos y me encontré recostada en una cama con dosel. Las cortinas y el faldón, de un rosa salmón, contrastaban con el fuerte aroma a detergente que intentaba, sin éxito, enmascarar un hedor entre menta y orina.

Ese fue el preámbulo con el que conocí a El Coleccionista. Era un anciano aparentemente de baja estatura, con apenas cabello en su cabeza. Su piel estaba tan arrugada que me dio la impresión de que estuvo por horas en una piscina o había estado metido en el agua. Su cuello estaba ladeado hacia la izquierda, mientras que con su mano derecha manipulaba el control mecánico de su silla de ruedas. Respiraba con cierta dificultad, pero su voz se escuchaba clara y fuerte.

—Le doy la bienvenida a mis aposentos. Póngase cómoda, por favor —dijo mientras estiraba la mano en una clara invitación a sentarse en un sillón. Si este era el mismo diablo en la Tierra, su amabilidad le habría hecho merecedor del cielo.

Rodó con agilidad hacia una mesita donde liberó su mano para servir té. Se tomó el tiempo para echar el agua caliente, ajustar dos tazas en una bandeja y llevarla en su respaldo hasta donde yo estaba. Ahí tomó una y la extendió sobre mi pierna.

—Es de jazmín. De las pocas cosechas que quedaron después de la tormenta. Espero que lo disfrute —y procedió a instalarse frente a mí.

Bebimos en silencio. Solo nos interrumpía de vez en cuando el sonido de un radiador y el ocasional tintineo de la loza. No dejaba de mirarme; solo cortaba su visión cuando se llevaba el líquido a los labios.

—Sabe, conocí a Alan hace muchos años. Había escuchado que multiplicaba células muertas y él quería sacarle provecho a su habilidad cuando comenzó a escasear la carne en el planeta. ¡Qué noble misión se propuso! Yo quería, en cambio, algo más egoísta, que arreglara mi columna. Al final no pudo, pero nunca perdimos el contacto, y ahora es quien me da lo que necesito cada vez que quiero organizar asados.

Ahí entendí “su situación”. Quería saber más, pero antes de poder terminar mi té, El Coleccionista puso a un lado su taza y se alejó hacia el otro extremo de la habitación, hacia una repisa.

—Esta mañana me ha dicho por teléfono que una hermosa joven quería reconstruir su casa y que estaba interesada en hacer un intercambio. Incluso dijo que tenía algo que me pudiese interesar —se detuvo en seco y volteó para mostrarme su cara. Tenía una sonrisa que, bajo esa iluminación, no podría describirse de otra forma que perversa—. Verá, mi poder es tomar su habilidad e intercambiarla por una de estos recipientes. Tardé mucho en aprender a hacerlo, créame. Antes besaba a los portadores o me quedaba fijo mirándolos, esperando que pasara la magia. Al principio me divertía, pero el mundo se volvió frívolo. Ahora solo quieren consumir el contenido y desecharlo cuando se aburren. Ya no hay un elemento sorpresa para denotar amor o aprecio, como cuando se grababa un casete. Por eso me he puesto más selectivo y le he añadido algo, digamos… de emoción.

El final de sus palabras coincidió con una tos tenue de mi parte. Lo que antes era un delicioso sabor floral ahora dejaba una sequedad punzante que se resolvió en un carraspeo.

—Alan me dijo que usted tenía para darme la habilidad de predecir el clima, pero no lo creo. Siento que usted tiene algo más para ofrecerme —mencionó acercándose hacia mí.

Se me escapa el detalle de lo que me dijo a continuación, pero sé que hizo énfasis en el contenido de mi taza. Era una manera de obligarme a canjear la maldición que yo poseía, bajo el riesgo de morir envenenada por no hacerlo. Pero ni yo misma sabía cómo activarla.

El Coleccionista sonreía mientras mi tos evolucionaba a algo más. Sentía que mi garganta se cerraba y que la respiración era cada vez más difícil. Propuso entregar un frasco con un supuesto antídoto si solo escupía en otro para cerrar “la transacción” y le daba mi poder. Ambos estaban sobre la mesa.

—Démelo —le supliqué, o al menos eso articulé antes de que él se llevara las manos a la cabeza en señal de un fuerte dolor.

Su mirada se tornó igual a la de Lucas en esa tarde del funeral. El rojo cubrió sus globos oculares, y pronto el fluido rojizo escapó de sus cuencas. En un principio en pequeñas gotas y luego en cantidades exageradas.

Me levanté hacia él mientras me señalaba. Ahí estábamos ambos, buscando respirar e intentando no morir frente al otro por diferentes razones. En una clara señal de desespero, él cayó sobre la mesa, derribando los frascos. Yo, en un movimiento que solo puedo describir como audaz, logré alcanzar el que me había indicado como el remedio y bebí el contenido antes de que se perdiera en el suelo.

Luego me mantuve tirada en el piso, viéndolo desangrarse lentamente mientras pensaba en la ironía: quería mi poder y yo se lo di de la peor manera. Él no tuvo que descubrirlo como el hombre de mi vida y, posiblemente, mi mamá; lo recibió de golpe, como un impacto seco.

Seguía boca arriba mientras reflexionaba en todo lo que sucedió, en paralelo a él, mientras su sangre se acercaba a mí. Recordé entonces que mi poder no era predecir nada, sino una empatía inversa que convertía mi sufrimiento en un golpe físico para los demás. Mi dolor no se quedaba en el pecho; salía de mí para destruir a quien estuviera cerca. Así debió morir mamá al verme llorar, y así se marchitó Lucas al intentar consolarme.

Un rato más tarde solo me paré y continué, como quien se levanta obligada un lunes para ir a trabajar. Caminé hacia la repisa y la mesa de El Coleccionista. Busqué entre las botellas hasta encontrar el recipiente vacío que me había descrito y seguí el ritual para abandonar la carga que me había tocado.

Tan pronto como escupí en él, sentí un leve mareo que hizo que me afirmara en la pared. Fue un desprendimiento silencioso, como si algo que siempre me había pesado finalmente me soltara. Quedé contemplativa, mirando el cuerpo inerte, ahora que por fin podía estar sola sin miedo a matar a nadie.

Salí de allí al amanecer. Caminé por las calles solitarias con la ropa manchada de una sangre que no era mía, pero a nadie le importó. En un mundo roto por superhombres y desastres, una mujer ensangrentada era parte del paisaje. Solo la prensa especializada se dedicó años más tarde a reconstruir los hechos y a explicar científicamente lo que a mí me costó la vida de todos los que amé.

Regresé a la casa, entré por la terraza y me desplomé sobre mis rodillas. El llanto me desgarró, como si estuviera lamentando todas las muertes que se habían acumulado sobre mí en tan poco tiempo. Llevaba conmigo una sensación de tristeza que nunca había experimentado; ahora que mi poder se había ido, el dolor ya no mataba a los demás, pero me estaba matando a mí. Se quedaba conmigo, pesado y asfixiante.

Me acerqué a la piedra colosal que seguía en el living. Aquel meteorito de violencia que el “héroe” había dejado como una marca de su indiferencia. Extendí las manos. Ya no sentía el calor del que fui advertida, pero, al tocarla, sentí una vibración que recorrió mis huesos.

Cerré los ojos y, por primera vez, no busqué protegerme del mundo. Busqué fundirme con él.

La piedra comenzó a ceder. Bajo mis dedos, la roca se volvió maleable, pero no era solo mineral lo que fluía: era el recuerdo del olor a té de mi madre, era la melodía de Mozart que Lucas emitía antes de que mi presencia lo desangrara, era la culpa de haber dejado a El Coleccionista en su charco de sangre. “Transmutar”, entendí entonces, no era cambiar una cosa por otra. Era darle un lugar al vacío.

Vi cómo las astillas del comedor de madera se entrelazaban con el granito fundido. Las vigas retorcidas se enderezaron con un suspiro metálico, y el polvo que cubría mis fotos se convirtió en un barniz que selló las grietas. Cada centímetro de pared que se levantaba era un pedazo de mi historia que dejaba de doler porque ahora tenía una forma sólida. Reconstruí la cocina, ya no para alardear, sino para encerrar allí el silencio de las mañanas. Levanté el muro de mi habitación como un escudo contra los cielos donde volaban esos falsos salvadores.

Cuando terminé, la casa no era la misma de antes. Era más blanca, más fría, casi solemne. Era un mausoleo construido con los restos de todo lo que había perdido.

Ya no era “la hija de Consuelo”, ese eco de alguien que ya no estaba. Ni la sombra de la viuda de Lucas.

Me puse de pie en el centro de mi hogar, respirando el aire nuevo que olía a piedra recién cortada, para convertirme en Ángela, la mujer que aprendió a transformar su tragedia en cimiento, y que ahora habitaba un refugio que nadie, nunca más, tendría el poder de derrumbar.

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    Dawarg

    Dawarg Periodista dedicado a la redacción creativa y a la creación de contenido digital. Firme creyente de que las mejores ideas nacen mientras se corre un maratón, se nada en una piscina o se come algo frito. Lee al autor en IMAGI