Nº 74 | Narrativa | Terror/weird | 2884 palabras | Chile

Sin noticias de Segismundo

Luis Saavedra Vargas

En el sueño, el sol se había ocultado y ambos, la niña y el anciano, estaban recogidos alrededor de una mortecina lámpara. La luz fluctuante caía sobre el rostro de la niña, pero era imposible saber qué había allí. Solo parecía haber un agujero negro, un vórtice de estrellas opacas danzando y hundiéndose dentro de la cabeza. El espacio de la habitación estaba lleno de corrientes y suspiros, y la frialdad de un contacto inexpresado recorría la espalda del viejo. El hombre se movió hacia la luz y la niña esbozó una sombra que le sirvió de boca en forma de una «o» asustadiza. El anciano dio un respingo que hizo retroceder a la niña. «¿Quién eres?», le preguntaba al viejo, «¿quién eres?». Y el sueño se hizo impreciso y se convirtió en una quebrada de murmullos.

Recuperar la conciencia era un proceso diario, esforzado y caracolesco. Los quejidos que escuchaba y los braceos en el aire eran todos suyos. Ese era su cuerpo totalmente despierto, envuelto en un torbellino de referencias caóticas, y luego venía su yo emergiendo desde el subconsciente. En la habitación fría apenas eran las siete de la mañana y los rayos de luz que se colaban por los postigos eran un flujo pesado de partículas en suspensión. Su mente agitada dejó de patalear, se alejó del torbellino de referencias que lo atacaba, se desenredó de las sábanas y se incorporó. Un frío calaba en él, un frío que no era solo físico, sino también un momento cristalino de silencio. El torbellino volvió para acosarlo y huyó de la habitación, como si el huracán fuera una presencia física que lo buscara. Era un tipo de caos que cambiaba las cosas de lugar, los rostros y los días. Si entraba en una habitación de la casa, tenía la sensación de que acababa de salir de ella. Si recordaba un rostro, su nombre flotaba delante de él hasta que se desdibujaba y se convertía en miles de nombres. Si miraba por la ventana, ya era de noche o de día, quién sabe, aunque siempre el cielo se encontraba enrojecido, atravesado por relámpagos eternos, como una herida definitiva en el cuero cabelludo del mundo.

El laberinto de la casa estaba plagado de trampas y recovecos. Pilas de diarios y libros que se agazapaban en los rincones, estrechos pasillos que culebreaban hasta eternizarse. Le llevaba una hora, dos, quién sabe, encontrar finalmente la despensa de la cocina, como si la habitación siempre estuviera en un lugar diferente cada vez. Hambriento, abría la gaveta y miraba las miles de latas en un muro monolítico. Alguna rodaba bajo el mueble. Alguna caía entre sus manos, que intentaban temblorosamente abrirla. Eso demoraba otros largos minutos u horas, quién sabe. Pero lo lograba, con la ayuda de una cuchara o un tenedor, y devoraba cada gramo de alimento y volvía a calmarse. Arrojaba la lata vacía al rincón en donde se acumulaban y hedían, espantando las cucarachas que habían construido una megápolis compleja y pujante. Caminaba sin rumbo y murmuraba una palabra, la palabra del día, la que flotaba por sobre la medianía de las sombras en su mente y se instalaba apenas despertaba. Hallaba el sofá y se sentaba, sin sonreír, sin llorar, solo masticando la palabra del día. Sus manos se abrían y cerraban en rutinas cíclicas incontrolables; la luz avanzaba y finalmente retrocedía en el polvo de las persianas. Siempre perseguido por una sensación eterna de algo perdido y difícil de encontrar, su rostro había extraviado la calidad humana entre las greñas y las arrugas y los labios caídos, y lo que restaba se concentraba en sus ojos asustados, siempre alertas e inquietos, nunca en paz con nada, ni con la geometría de la casa ni con el cuenco roto de su cabeza. En la oscuridad de la sala de estar se escuchaban los murmullos del exterior, los gritos profundos y las carcajadas, que no venían de ningún ser humano. Era la orgía de la noche que se desplazaba alrededor de su casa pidiendo entrar. Era voluble, y a veces hasta seductora con sus ofrecimientos, con sus rumores de una muerte definitiva, misericordiosa; y a veces era violenta con sus amenazas de mil dientes y sufrimiento perdurable, que le trepanarían por dentro y regenerarían la carne por siempre y para siempre. Pero el anciano no escuchaba el caos de los rasguños y expulsaba cadenas recombinatorias de su palabra del día hasta que, en un instante, se detendría, miraría a su alrededor nervioso, se incorporaría quejándose del dolor de las articulaciones entumecidas, e iniciaría un viaje en reversa que le demoraría una o dos o tres horas, quién sabe, hasta su lecho y capullo. Como una bestia arrebatada, se metería bajo las sábanas percudidas y sucias, escuchando solamente el ritmo de su corazón, que también le horrorizaba. Afuera, la orgía de la noche crecía y se festejaba. La palabra del día finalmente moría en los labios resecos, reemplazada por el llanto del viejo. Y hasta eso también se acababa cuando el bendito sueño arropaba su mortaja a su alrededor. Entonces aparecía la niña de rostro de agujero negro. Su pregunta eterna lo hundía en la tristeza y desesperación: «¿Quién eres?».

La palabra del día era «adobe». Junto con la palabra surgieron imágenes entrelazadas de lluvia, nubes plomizas, charcos en los que se reflejaba el sol desfalleciente, animales mansos que mugían un saludo, fuego, fuego dentro de una hornilla, calor, pan, el vapor que subía de un poncho mojado, una vieja amasandera, un niño comiendo queso que era él mismo. Cinco o seis o siete décadas atrás, quién sabe. Hoy no había sufrido la visita de la niña, o no la recordaba. Recorrió el laberinto buscando la cocina y demoró aún más que los días anteriores, suponiendo que lo recordara. La cocina finalmente estaba al terminar un pasillo que cruzaba un jardín en ruinas, en un día iluminado. Un día normal, no aquellos que ya eran la normalidad, con sus cielos enrojecidos del color de la sangre y el odio a la humanidad. Un día normal que se parecía a una nueva alucinación, cada vez más sofisticada, rutilante en sus detalles, y que se sentía como saltar dentro de un agujero de conejo. En el jardín había una figura de yeso que sostenía una jarra. De la jarra hacía tiempo que no caía ni una gota de agua. La niña estatuada le pareció familiar durante un segundo o dos, quién sabe. Estaba descalza y vestía un vestido muy sencillo de una sola pieza; el rostro mutaba rápidamente y la jarra entre sus manos estaba rota, aunque la niña sostenía un fragmento con una mano, como evitando que se rompiera totalmente. Se la quedó observando, pero finalmente la urgencia de la palabra del día lo obligó a moverse hacia la siguiente habitación. La luz volvió a su tono mortecino familiar y recorrió las estanterías buscando una lata sin abrir. Una diferencia le susurró inquietud en la oreja. Por más que buscaba, no podía encontrar una lata en condiciones y la palabra del día fue reemplazada por la alarma. Sus manos recorrieron las texturas oxidadas y la madera de las gavetas. Nerviosamente, aterradas. Manoseó tarros que le devolvieron su reflejo asustado. Rebuscó con desesperación en la pila de latas vacías hasta encontrar un trocito aún comestible. Dos o tres trocitos, quién sabe, que le calmaron en algo el hambre, y resurgió la idea de tener una palabra del día. No la recordaba, así que eligió una nueva. «Adobe». Caminó hacia el sofá todavía golpeándole el corazón en el pecho, pero no sabía precisar por qué. Removió libros y papeles del sofá; una página de periódico le mostró una imagen que la ocupaba por completo. El cielo como todos los días, rojo y blanco, atravesado por grietas, y en medio un agujero del que salía una garra. Una bajada en letras blancas lo atravesó con urgencia, en un idioma que estaba en alguna parte de su conocimiento. Los símbolos bailaron evitando su mirada. Comenzó a temblar y a quejarse; las manos se le crisparon. ¿Qué le decían esos símbolos? Se ahogó en un profundo llanto que lo tumbó en el sofá hasta que su mirada se remontó a un punto de fuga en la pared.

El mismo día u otro, pero era de noche y ya tenía que estar en cama. La orgía de la oscuridad estaba en su apogeo, pero nunca lo inmutaba. El ruido en su cabeza era más sonoro. Se acercó a la ventana y vio los espectros. Manoseaban la reja de la entrada, la deseaban, deseaban traspasarla. Abrió la puerta principal y se enfrentó a los contorsionistas. Con solo la luz sangrante del cielo nocturno, súcubos e íncubos babeaban a dos metros solamente. Garras y cachos, colmillos y huesos, ojos nictálopes y lenguas bífidas. Palabras blasfemas expulsadas al aire, ofensas antiguas vomitadas en latín vulgar. Miembros erectos y vaginas tumefactas con vida propia. Un muro de extremidades se extendía hacia él y lo llamaba seductoramente, o lo insultaba, y las fauces se relamían con anticipación. Rugían por un consentimiento que no iba a llegar: sin un nombre que fuera una palabra de poder, el anciano simplemente vacilaba un paso adelante y un paso atrás. Se sintió muy cansado, su élan caracoleaba hacia la punta de las garras como el humo de una vela. La raza infernal temblaba de placer y aprovechaba cada centímetro cúbico del alma humana, apiñándose contra la reja. Solo era un poco, apenas unas gotas del amplio océano de vida que contenía cada ser humano, pero era suficiente para orgasmos luciferinos. Una entidad gigantesca se arrastró entre la multitud, despejando violentamente el paso con grandes arcos de sus brazos amplios como palas. Al llegar a la reja, que superaba ampliamente en altura, descansó los miembros sobre el hierro, que gruñó y amenazó con colapsar. El rostro era un esfínter pulsátil y supurante; la fetidez manaba lentamente y se desbarrancaba sobre el cuerpo arrugado. El anciano retrocedió ante la violencia física del hedor, que incluso le hizo olvidar la palabra del día. El miedo le congeló la mueca del rostro y se aferró al umbral con una mano debilitada, como si fuera a levantarse una tromba que lo lanzara al aire y la noche. La entidad se incorporó, giró sobre sí misma y se inclinó presentando el trasero. El antirrostro abrió los ojos legañosos, las aletas de la antinariz se extendieron y la antiboca escupió una materia blancuzca. Un hedor más fétido barrió al anciano como la ola de un tsunami, y apenas pudo respirar. Bajó la mirada deseando que todo desapareciera. El engendro habló:

—Buenas noches, vecino. Estábamos preocupados por usted; cada vez se le ve menos. —Los antiojos parpadearon y producían un sonido metálico—. ¿Nos quiere invitar a pasar a su casa? Se debe sentir muy solo en esa completa oscuridad.

La raza infernal estalló en risotadas y se abalanzó contra la cerca, azotándola con violencia. El engendro aulló su rabia al verse interrumpido y destrozó los cuerpos infernales a puñetazos. Le costó imponer orden y, cuando el ambiente ya estaba calmo, a los pies del viejo rodó un globo ocular.

—Es tan solo una visita de cortesía, don Antonio. Antonio, ¿verdad? ¿O tal vez Sergio? ¿Carlos? Su familia debe extrañarlo. —Un murmullo de placer y carcajadas aisladas—. No hay nada como la familia, Ernesto. Nosotros podríamos ser su familia; tal vez lo seamos, Luchito.

El viejo levantó la vista, con una nueva palabra del día a flor de labios: «Adobe». Recordaba la visita de alguien que ya no venía desde hacía uno, dos o tres días, quién sabe. Todo el truco se encontraba en qué tanta alucinación había en esa figura que le ofrecía ser su familiar. La referencia a los suyos abrió un espacio en su memoria en donde pudo enfocar la mirada, todavía borrosa, sobre un grupo de tres. ¿Aquellos eran los suyos? ¿El engendro era parte de ese grupo? No lo sabía y otra vez la incertidumbre nubló el espacio de su mente como una tormenta de arena. Empuñó las manos y las arrojó contra su rostro, como si el dolor le pudiera traer de vuelta la lucidez. La raza infernal, incluido el engendro, rio y murmuró insultos: «Viejo de mierda, estás solo. No te queda nada de vida. Viejo miserable, ya no tienes con qué resistir». Los puñetazos en el rostro se detuvieron con el golpeteo insistente en la ventana de la sala de estar. Se detuvo y giró. Allí estaba la niña sin rostro, que huyó apenas la vio.

—¡Puta, puta, maraca! —estalló el engendro, enrabiado—. ¡No vas a servir de nada! ¡Tú no eres nadie! ¡El Rey no los perdonará! ¡Terminarán en nuestras fauces!

El anciano aprovechó para cerrar la puerta detrás de sí. Desesperado, recorrió los pasillos laberínticos hasta encontrar su cama y enterrarse entre las cobijas. La noche pasó entre sus propios gritos y llantos, y el caos de la orgía. Lo llamaron Hugo, Martín, Mateo, Daniel, Alejandro, Pablo. Adrián, Mario, Enzo, Diego. Marcos, Javier, Bruno, Juan. Gael. Adán. El ruido se fue convirtiendo en una sábana blanca y perdió el conocimiento misericordiosamente.

La palabra del día no vino a él cuando despertó. El aire frío trajo algo diferente, afilado y preciso. Ya no existía la tormenta de arena pendiendo sobre él. Un evento que no ocurría desde hacía una o dos o tres semanas, quién sabe. Se sentía agotado y demolido, pero purificado. Las dimensiones espaciales eran ahora mucho más pequeñas y le tomó solo media hora levantarse y recorrer su hogar. Todos los rincones olían a moho y mierda. En el baño se reconoció en el espejo con una mirada larga y melancólica. En la cocina, encontró varias latas sin abrir y las ordenó en un sitio bien visible en el gavetero. Ya solo quedaban para poco más de un mes. Su hogar de tantas generaciones se había reducido a esquinas negras y pilas de papel impreso que amenazaban con derrumbarse al mero toque de una mano. Oteó con miedo por la ventana y afuera la luz rojiza y submarina le descubrió un mundo destrozado. Edificios escaldados y cadáveres vehiculares que se habían detenido en medio de un viaje. Árboles escuálidos que se extendían hacia el cielo, muertos. La tierra negra y el cemento cuarteado. En la lejanía, dos o tres o cuatro kilómetros, quién sabe, como un faro monstruoso de antivida, el Rey reinaba omnipresente con su cabeza plagada de ojos y tentáculos, con su cuerpo que hormigueaba de íncubos y súcubos, sentado cómodamente en mitad del mundo que fue humano y que ahora le pertenecía. El viejo no pudo sostener la mirada por mucho rato sin sentir una profunda desolación y dolor físico. La profundidad bestial del coloso era un concepto imposible de digerir. Se alejó de la ventana con el corazón hecho un tizón triste, solitario y final. Se sentó en el sofá con su recuperada percepción y su mirada vagó entre el papel hasta alcanzar el expediente médico. Lo abrió y miró la mancha de un rostro que se fue aclarando. Segismundo Humberto Masferrer González era él, sin el vello facial, sin el miedo y la mirada hundida. La ficha clínica era sencilla, el pronóstico también. La niña sin rostro se manifestó a su lado y, al igual que su imagen en la ficha, adquirió detalles hasta enfocarse completamente.

—Porotita —dijo el viejo a su nieta, con esperanza—, te quedaste. ¿Y tus papás?

Ella sonrió lentamente, como si no lo hubiera hecho ya hacía tres o cuatro o mil días, quién sabe.

—Sí, abuelo, yo me quedé contigo. Solo quedamos nosotros dos.

El viejo estaba confundido. Extendió una mano para tocar el rostro de la niña, pero solo consiguió atravesar el espacio.

—¿Eres real o es que solo estoy más enfermo?

—Abuelito, fui real, pero sigo aquí contigo.

—Es que no lo entiendo, no entiendo nada de nada estos días. Como esa cosa allá afuera. —Y el viejo señaló con un índice hacia el Rey. La niña ni siquiera miró.

—Eso no importa. Me gusta que estés aquí de nuevo. Yo te estoy cuidando.

—¿Y tu mamá? ¿Y Marcos? ¿Y…? —¿Cuál era la palabra en la punta de sus labios? La palabra del día tal vez. No tenía una palabra del día desde hacía uno, dos o tres años, quién sabe. ¿Quién era esa niña tan bonita? Le recordaba a alguien, esos ojos misericordiosos que se desdibujaban, todo el rostro que se desvanecía en un vórtice de estrellas. «Abismo» fue la palabra del día y toda su atención se destinó a musitarla. El mundo exterior quedó en segundo plano.

—Yo te voy a cuidar, abuelito. Hasta el final.

La niña se desvaneció en la tormenta de arena de su mente. Las referencias de una vida antigua se mezclaron en el enorme caldero de su mente, roto e imposible de parchar, manchando las paredes de recuerdos sin contexto. Su corazón se aceleró y sus manos temblaron de nuevo. Otra vez lanzado al pozo de un tipo de terror pánico que no tenía competencia. Ni siquiera la orgía de la raza infernal que despertaba tenía poder sobre la demolición de sí mismo. El viejo ya había perdido su nombre, blindado en el sudario del olvido.

  • Luis Saavedra Vargas

    Luis Saavedra Vargas

    Luis Saavedra Vargas (Santiago, 1971) es escritor, editor y una figura clave de la ciencia ficción y el fantástico chileno. Fue director del fanzine Fobos entre 1998 y 2004, editor de las antologías Púlsares y miembro fundador del Grupo Poliedro, colectivo fundamental para la circulación de la literatura fantástica en Chile. Sus relatos han sido…