Un joven se reencuentra con un antiguo compañero de colegio que parece profundamente cambiado tras una ruptura. Lo que comienza como una conversación incómoda deriva en una búsqueda por entender una extraña forma de deterioro ligada a la soledad, el amor y la necesidad de ser mirado por alguien. Entre Santiago, recuerdos escolares y vínculos rotos, el cuento explora el abandono afectivo como una fuerza capaz de transformar el cuerpo y la percepción del mundo.
Nº 72 | Narrativa | Terror | 3054 palabras | Chile
Qué hago tan solo acá
Matías Saá Leal
Ayer vi una película
sobre el fin, los últimos días,
sobre Dios, sobre el bien y el mal,
y me pregunto qué hago tan solo acá.
Él mató a un policía motorizado
Ya estaba oscuro, y ni siquiera eran las seis. Salí del café con el vaso tibio entre las manos, esquivando gente que caminaba apurada y repartidores en bicicleta que zigzagueaban entre los autos. Era jueves por la tarde y me dirigía al estreno de la nueva película de Pablo Stoll. Iba pensando en eso, en la peli, cuando sentí un leve empujón en la espalda.
—¿Eres Christopher? —me preguntó alguien, arrastrando cada sílaba.
Era un muchacho más o menos de mi edad. Muy delgado, demasiado delgado. Se le veían los huesos. Estaba pálido y con unas ojeras enormes. Caminaba con los brazos en alto y levantaba las piernas con esfuerzo, como si marchara en un desfile, pero lentamente, sin energía. Emitía un sonido extraño, lleno de hipos y tartamudeos. Llevaba la ropa rota: un abrigo que alguna vez pareció costoso, pero ahora estaba deteriorado y sucio, manchado con pasta de dientes, pelos de animal y restos de salsa de tomate, o kétchup, y mayonesa.
—Sí —le dije—, soy Christopher. ¿Tú quién eres?
—Soy yo —me dijo—. ¿Es que ya no me reconoces?
Pausé la conversación y me quedé mirándolo fijamente durante unos segundos.
—¿Chino? —pregunté.
—Soy yo —repitió.
Estaba muy cambiado. Recuerdo que Chino era una persona alegre, o al menos con una energía normal. Pero ahora se veía decaído, apagado. Solo lo reconocí por una cicatriz en su rostro, una línea que tenía en la mejilla izquierda, justo bajo el ojo. Se la había hecho una mañana de educación física, cuando trotaba como calentamiento previo y Diego —así se llama, Diego— chocó contra el mástil de la bandera y se le enterró la polea en la cara. La recuperación fue dolorosa, pero con el tiempo aprendió a tomárselo con humor.
«Scarface», así le puso el profesor.
Nos conocimos en el colegio. Él era un año menor, pero nos veíamos en los recreos. Fumábamos marihuana en el baño o en el patio, cuando armábamos partidos, de esos donde jugaba cualquiera que quisiera. Se sumaban compañeros de todos los cursos de la media, y después íbamos a su casa a jugar Play. Chino tenía muchos intereses: el fútbol, la lucha libre, el emo punk. Juntos escuchábamos My Chemical Romance y veíamos animes.
Pero cuando lo vi después de tanto tiempo, nada de eso parecía importarle. Solo tenía una cosa en mente: encontrar el amor. O al menos una pareja.
Caminamos juntos hasta llegar a la Alameda. Santiago estaba extraño: pasaban ambulancias, había humo por todas partes, más incluso que el que salía de las parrillas de los vendedores ambulantes, y una niebla espesa cubría la atmósfera de una ciudad infernal.
—Diego —le dije—, ¿qué estás haciendo?
—Naaaaaaa-da —respondió de inmediato.
—¿Estás estudiando?
—Psi-co-co-co-co-logía —dijo, como burlándose de sí mismo.
No le gustaba la carrera. Me explicó que, cuando iba a clases, se quedaba en el patio comiendo papas fritas.
Le hablé de la película de Pablo Stoll.
—No me gustan las películas latinoamericanas —dijo, haciendo un gran esfuerzo por pronunciar cada palabra.
—¿Y qué te gusta? Antes veíamos todos los partidos de la Libertadores, jugábamos hasta tarde…
—Na-da —repitió.
—¿Estás con alguien?
—Terminé hace dos semanas —dijo, frotándose nerviosamente la nuca y desviando la mirada—. Hace muy poquito empecé a salir con una chica. A veces —dijo de pronto, con una claridad que no le había escuchado en toda la conversación— siento que, si nadie me está mirando, dejo de existir.
Se quedó en silencio, como si le sorprendiera haberse escuchado a sí mismo.
—¿Te pasa? —preguntó.
No quise responder.
—¿Cuánto duró? —pregunté.
—Dos años —respondió, y justo ahí se acercó demasiado. Levantó los brazos, me sostuvo la cabeza con una de sus manos y abrió la boca, muy abierta. Un olor a comida descompuesta salió de ahí. Sus dientes estaban amarillentos y la saliva caía por sus labios.
Tuve que pegarle con el puño cerrado en la frente para que volviera en sí.
Retrocedió un par de pasos. Desde ese momento, solo respondió con monosílabos: contestaba lo que le preguntaba, pero no decía nada más. La conversación no avanzaba.
—Se me hace tarde —le dije—. Debo irme.
Caminé rápidamente, sin mirar atrás, hasta que llegué al cine y me sentí a salvo, ya con las luces apagadas.
*
Había un bullicio insoportable en el bar. Gente por todos lados, la música a todo volumen, y los garzones se movían a toda velocidad con montones de platos en las manos. Diego estaba sentado frente a mí, cada vez más verdoso, y botando aún más saliva que el día anterior.
—Una relación. Ahora. Cualquiera. Con quien sea.
No dejaba de repetir que necesitaba estar con alguien, y murmuraba una y otra vez el nombre de la única mujer que creía haber amado:
—Maltiiiiiilde… Matiiiiiilde…
Le pegué una cachetada con mucha fuerza.
—¡Reacciona! —le grité.
Le mostré un video con las mejores jugadas de Neymar en el Santos. Le puse Three Cheers for Sweet Revenge en el Wurlitzer.
Él me miraba con una mirada seca, sin reaccionar. Una mirada fija, sin pestañear.
—Estás vacío —le dije—. No hay nada en ti.
—Quiero estar con alguien. Quiero amor —dijo.
Hizo una pausa. Luego se inclinó hacia mí con torpeza y agregó:
—Igual esto que estamos haciendo… está bien, ¿cierto? Digo, tú y yo… tomando algo… hablando…
Me quedé callado un segundo.
—No, Diego —le dije, despacio—. Esto no es una cita.
—Entonces, ¿qué es? —insistió—. Porque yo vine pensando que sí.
No supe qué decir. Miré alrededor, buscando algo que me sacara de ahí: un garzón, una pantalla, cualquier cosa. Pero todo seguía igual de ruidoso, igual de lleno, y aun así, lo único que existía era él.
—Pero estás acá conmigo —insistió—. Viniste. Me escuchaste. Eso… eso es algo, ¿no?
Yo empezaba a incomodarme cada vez más. No solo por lo que decía, sino por cómo lo decía. En medio del estruendo, su voz lograba colarse como un eco desagradable, rasposo, insistente. Era lo único que lograba escuchar con claridad.
—Matiiiilde… Matiiiilde.
—¡Estás muerto! —le dije.
—¿Y tú? —me dijo, muy tranquilo—. Después de todo, estás aquí conmigo, ¿no? ¿También estás solo? ¿O te sientes vivo?
No respondí. Solo pedí un auto y lo llevé hasta su casa.
*
Su departamento era un completo desastre. Por donde miraras había basura: tarros de papas fritas, botellas, comida podrida en ollas y sartenes. Migas de pan estaban esparcidas en la cama, la alfombra y la mesa. Cucarachas caminaban por la cocina, incluso en el baño. Papeles manchados de sangre y mocos se encontraban en cada rincón del departamento. El olor era una mezcla entre toalla mojada y moho. La tele estaba encendida, pero nadie la miraba.
Pasé los días siguientes en la biblioteca, buscando literatura que arrojara algo de luz sobre su enfermedad. Al principio tomé libros de ficción; después, ensayos; después, cualquier cosa que tuviera palabras subrayadas por otros. Empecé a fijarme en eso: en las marcas. Frases destacadas con lápiz grafito, signos de interrogación al margen, páginas dobladas.
En más de un libro encontré lo mismo subrayado:
“No puede estar solo”.
No era el mismo libro. No era el mismo autor. Pero la frase se repetía, como si alguien hubiera pasado antes que yo dejando señales. O como si todos hubieran llegado a la misma conclusión.
Pero siempre acababa naufragando en libros antiguos, escritos por autores que ya habían muerto o vivían demasiado lejos. No podía hablar con Mary Shelley, Richard Matheson ni Stephen King.
Seguí investigando, pero no encontré nada más allá de análisis académicos y cuentos fantásticos de mitos y leyendas. Parecía que algo así no había ocurrido nunca en la historia, al menos no fuera de la ficción, o, si había pasado, no quedaba registro ni constancia alguna. Solo había dudas. Nada tenía sentido; todo parecía un absurdo.
Entrevisté a compañeros del colegio por Zoom, a profesores que quizás sabían algo, pero nunca quisieron decirlo.
En medio de ese estancamiento, di con algo. Encontré a una escritora chilena que escribió sobre un personaje con rasgos similares a los de Diego: no podía estar solo y, cada vez que lo estaba, su cuerpo parecía deformarse.
Descubrí que daría un coloquio sobre la monstruosidad en la Universidad Católica. Era joven, tenía alrededor de treinta y cinco años y se llamaba Cheri.
En el conversatorio, una académica hizo un análisis sobre su cuento:
—Tus textos son un estudio desde la perspectiva de lo abyecto según Kristeva —dijo la académica invitada—. Es evidente que tu inspiración proviene de los límites de la repulsión visceral, abordada desde una mirada filosófica y corporal, como crítica a los cuerpos subalternos y marginados por el capitalismo.
—No —respondió Cheri—, fue un sueño que tuvo una amiga.
*
Llegué a la casa y estaba solo. El mensaje de Maura en WhatsApp lo abrí horas después: decía que había salido a pasear a la Laica. No le creí. Hace un par de semanas supe la verdad: deja a la perra en la casa de su mamá y se junta con Gabriel, su exmarido, del que nunca terminó de separarse. Se divorciaron hace ocho años, firmaron papeles, todo en regla, pero nunca dejaron de verse. Se juntan cada semana a escondidas, sacan a pasear a la Laica y después Maura la devuelve donde su mamá. Luego caminan por ahí, como si nada.
Para mí, esto se acabó en el momento en que lo supe, aunque todavía no encuentro cómo decírselo. En realidad, ya nada me importa demasiado: si llega o no, si me pregunta cómo estoy. Hace rato dejó de hacerlo. A veces pienso que, si desapareciera un par de días, no se daría cuenta de inmediato. Tal vez asumiría que estoy en la universidad, o trabajando, o simplemente en otra pieza. La idea no me duele tanto como debería.
Llega, se queja de su trabajo, habla mal de la Laica: que desde que apareció todo es un desorden, que le rompe los zapatos, que se caga en cualquier parte, que exige atención. Yo sé que no habla de la perra. Sé que habla de mí. Y, aun así, me da igual.
Esa noche hago como que leo. Tengo abierto Los detectives salvajes, una novela lo suficientemente larga como para perderse sin que nadie note en qué página voy. Empiezo fingiendo, pero en algún momento la lectura me agarra y avanzo de verdad, como si el libro pudiera sostenerme ahí, en silencio, sin tener que decir nada.
Maura llega tarde, cansada. Se saca el abrigo y su cartera de un rojo intenso y vibrante, y los deja sobre la cama, sin mirarme. Se pone el pijama y se mete en la cama. Intenta hablarme. Yo no levanto la vista. Después de un rato, se da media vuelta. El colchón se hunde apenas. Saca el celular y empieza a escribir por WhatsApp, escondiendo la pantalla. No alcanzo a ver nada.
Está bien, me digo. Y sigo leyendo.
—¿Cómo lo pasaste? —le pregunté al final.
—Bien —dijo—, pero la Laica se portó como el hoyo. La llevé al parque y les robó las zapatillas a dos chicos que estaban sentados a pie pelado. Creo que me tengo que deshacer de ella. Darla en adopción. No puede seguir viviendo aquí. El lugar es muy chico, no hay espacio para nada. Todo lo rompe, es un torbellino. No puedo estar tranquila. Estoy cansada.
—Podemos llevarla a un refugio.
—No —dice—. Sería como botarla. Me daría mucha pena saber que la botaron dos veces.
—¿Y qué hacemos entonces?
Se queda mirándome. Tiene los ojos tristes, pero igual son los más lindos que he visto en mi vida. Tiene la cara chica y los ojos grandes, como una mantis religiosa, o como un Gollum, pero bonito. Pienso que, si no tuviera esa cara, todo sería más fácil. Me sería más fácil alejarme.
Empieza a llorar.
—No sé —dice—. Quizás debería mudarme a un lugar más grande.
Después se queda en silencio un momento, como si estuviera pensando en otra cosa.
—Hice una acuarela mientras estabas en la universidad —dice de pronto.
Se levanta de la cama y vuelve con una hoja. Es un pájaro, o algo que intenta ser un pájaro: un loro, tal vez. Los colores están corridos, las alas desarmadas. Es feo.
—Me gusta mucho —le digo, y la abrazo.
Ella me abraza de vuelta, fuerte, y algo se me quiebra por dentro.
—Me inspiré en ti —dice—. Te siento como un ave. Siento que en cualquier momento te vas a ir, como se fue mi papá.
*
Manejé hacia nuestra antigua ciudad. Aunque está cerca, el trayecto se me hizo largo y monótono. Al llegar, sentí que la ciudad estaba acabada. Apenas me crucé con gente en las calles. Reconocí algunos lugares: negocios que solíamos frecuentar, una farmacia, un kiosco… pero todo tenía un aire de abandono. Las cortinas estaban bajas, los letreros oxidados, los carteles torcidos y las fábricas, clausuradas desde hacía años.
Fui directamente al colegio donde habíamos estudiado. No me crucé con ningún alumno; todo estaba silencioso y desierto. Ni un alma en pena. En la oficina del inspector encontré el único indicio de presencia humana, aunque apenas lo reconocí: tenía el pelo completamente blanco y una barba gris, larga y desordenada, cubría gran parte de su rostro. Ya no usaba la clásica cotona blanca, sino una especie de poncho, y llevaba puestos unos lentes gruesos. Estaba sentado, absorto, leyendo un libro sin título.
—¿Qué pasó aquí? —le pregunté al inspector.
—Ándate y no vuelvas —me dijo—. Es el mejor consejo que te puedo dar.
Guardó silencio unos segundos y luego agregó:
—Esta ciudad succiona a la gente. Uno cree que puede salvar a alguien, pero termina atrapado en el mismo pantano.
—Diego —dije.
Él movió la cabeza afirmativamente, en silencio.
Le pedí revisar los archivos de años anteriores. En su curso había una Matilde. Me dio su apellido y lo anoté con apuro al borde de una hoja vieja y arrugada. Salí rápido del colegio.
No me costó encontrar su dirección. Era una casa pequeña, pareada, en un barrio donde lo único que destacaba era una cancha de baby fútbol sin arcos y sin jugadores. La pintura de las casas estaba descascarada, y las ventanas, tapadas con cartones y trozos de madera. Toqué el timbre, y el sonido rompió el silencio; pareció retumbar por toda la cuadra. Unos pasos se escucharon desde adentro hasta que una chica salió. Tenía el pelo morado, la piel muy blanca, piercing en los labios. Llevaba una falda, el cabello corto y una chasquilla recta que le caía sobre los ojos.
—¿Matilde? —le pregunté al borde del susurro.
—Sí —respondió—. Ese es mi nombre. ¿Quién eres tú?
—Diego se está muriendo —fue lo único que pude decir.
Ella se acercó con cautela, mirando de reojo hacia la puerta, sin soltar la manilla.
—No puedo estar con él —me dijo en voz baja.
—¿Por qué?
—No se puede vivir siendo el motor de otro —dijo—. Yo también me estaba enfermando.
Hizo una pausa. Bajó la mirada.
—No puedo volver —agregó con tristeza—. No quiero ser su medicina. No quiero que nadie dependa de mí. Tienes que entenderme. No soy una mala persona, pero…
No alcanzó a terminar la frase cuando un hombre joven, alto, con una nariz enorme, salió de la casa. Se acercó con ternura y la rodeó por la espalda.
—¿Está todo bien?
—Sí —respondió Matilde—. Solo es alguien que estaba buscando a mi hermano —hizo una pausa—. ¿Cierto? —me preguntó.
—Sí.
Y, sin decir nada más, con amabilidad, se dieron media vuelta y cerraron la puerta con suavidad.
*
Esa noche encontré a Diego en la azotea de su edificio, sentado sobre un banquito, mirando las luces que se estaban apagando de a poco en toda la ciudad. Estaba más flaco, pero había algo que me hacía pensar que podía mejorar. Como si, finalmente, estuviera dispuesto a aceptarlo.
—¿Fuiste a verla? —preguntó, sin mirarme.
Asentí.
—¿Y?
—Está bien. Tiene a alguien. No va a volver.
Diego cerró los ojos. No lloró. Solo dejó escapar un suspiro largo.
—Lo sabía —murmuró.
Nos quedamos en silencio. Abajo, en las calles, comenzaban a escucharse los alaridos. Era como si su deterioro hubiera despertado a otros. Como si el hambre emocional se contagiara, y ahora decenas de zombis erráticos comenzaran a aparecer en las esquinas, tambaleándose, buscando a alguien que los amara.
Fue entonces cuando los vi.
Entre las luces intermitentes de la avenida, dos figuras avanzaban juntas, torpes, pegadas una a la otra como si todavía se necesitaran para no caerse. Caminaban lento, descoordinados, chocando con la gente, arrastrando los pies.
La reconocí por su cartera roja, que brillaba en la oscuridad.
Maura.
Y Gabriel.
No tuve que acercarme más. Incluso desde arriba supe que eran ellos. La forma en que se inclinaban, cómo se buscaban sin mirarse, cómo seguían juntos incluso así.
No dije nada.
—Tengo una escopeta —me dijo Diego.
A mí ya no me importaba nada. Me la pasó.
—No tengo fuerzas para disparar —me dijo.
Yo no sabía disparar bien, pero bastaba con apuntar a la cabeza, supuse.
—¿Te quedas? —me preguntó Diego.
—Sí.
Nos sentamos juntos en el borde del techo. El viento era frío, pero por primera vez en mucho tiempo no me dolía. Disparé dos veces. Uno cayó. El otro siguió caminando, como si no supiera que estaba muerto.
—¿A todas estas personas contagiaste?
—Solo a un par —dijo tranquilo.
Diego apoyó la cabeza en mi hombro. Tenía los ojos cerrados. Sonreía. Su piel ya no era verde, sino pálida, como la de cualquier chico encañado. No botaba saliva. Solo respiraba. Con calma.
—Te amo —me dijo.
—Yo también —le mentí, acariciándole la cabeza.
Volví a mirar hacia la calle, pero ya no pude distinguirlos entre los otros cuerpos.
Yo sentía que todo estaba bien, al menos por esa noche. Hasta que vi mis uñas. Tenían un color oscuro en la base. Como si algo estuviera creciendo por debajo.
No dije nada.
Solo cargué la escopeta de nuevo.
Y lo dejé quedarse ahí, apoyado en mí, por un rato más.
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Matías Saá Leal
Matías Saá leal (San Felipe, 1997) es estudiante de literatura y actualmente trabaja en Centro Arte Alameda. Lee al autor en IMAGI

