Nº 87 | Narrativa | Terror | 1050 palabras | Chile

Magia negra

Armando Rosselot

Tomaste el bus para ir a cumplir lo que te habías prometido años atrás. Todavía era temprano y no asomaba ningún tipo de arrepentimiento. Debías terminar con el conjuro.

Las calles se encontraban bastante vacías, con alguna que otra persona sin cabeza en la cuneta, además de restos deformes repletos de ansias y desenfreno, lo cual te recordaba esos otros días; los que nunca más iban a existir, ni tampoco volverías a recordar.

Llegaste más rápido de lo pensado, caminaste tres cuadras hasta entrar en el pasaje. Estaba oscuro, parecía un inmenso cuerpo de concreto exhalando sus últimos momentos en un día de nubes grises y viento tibio.

La casa te recibió abierta, mostrando su gran cantidad de pisos; dos, tres, cuatro o cinco: no importaba, siempre variaba dependiendo de la época del año y era otoño. Varios pájaros muertos te esperaban en la entrada; una reja metálica negra, cerrada con un latón del mismo color para que los curiosos no miraran, hacía de baluarte. Entraste por la puerta doble del estacionamiento, el cual se encontraba vacío.

La escala de cemento se te presentó al frente, llena de hojas secas y otras podridas, con musgo en sus esquinas y una fila de hormigas en el segundo escalón. La puerta de la cocina estaba a medio abrir, como siempre.

Entraste.

Aún se encontraban las tazas y platos del desayuno en la mesita de diario y era pasado el mediodía. Corriste una silla para salir de la cocina por la puerta que daba al pasillo hacia la derecha. Se encontraba oscuro. Se oían los ronquidos del viejo al fondo. Con seguridad, pensaste, la bruja se encontraba en el baño. Sonreíste. Te tocaste el bolsillo y sentiste la forma del puñal y tu libreta de notas.

Avanzaste.

Tras la puerta del dormitorio apareció ella. Baja, algo rellena, de cabello corto y rizado, piel oscura y ojos brillantes. ¿A qué vienes?, te preguntó sin saludar y cerrando la puerta a sus espaldas. No hay plata ni almuerzo, además el viejo está resfriado. No lo escucho toser, replicaste. Está durmiendo, ¿o no oyes los ronquidos? No me dejó dormir en toda la noche. ¿Están solos?, preguntaste. Ella asintió con cara de asco. Pensaste que ese era el momento oportuno para terminar de una vez con el maldito montaje y huir. Nadie te iba a ver e irías a cualquier lugar; al norte, al sur, a la cordillera. Serías libre al fin.

Atacaste.

Fueron dos apuñaladas en su cuello. Como que algo me cayó mal, alcanzó a balbucear antes de desplomarse. Cayó al piso y comenzó a sufrir espasmos, a lanzar sangre y saliva por esa boca coloreada con pintalabios rosado.

Tú, perplejo, la tomaste del cabello y comenzaste a patearla, para después zamarrearla. La bruja, con cada sacudida, botaba más sangre y dejaba de resistirse. Sus brazos y piernas se movían como una muñeca de trapo hasta que comenzó a reír, a desarmarse de a poco, esparciéndose. Cada trozo creció como una copia de ella misma, para luego juntarse y abrazarse formando, otra vez, a la vieja. Era todo lo necesario para ser un nuevo cuerpo blando y gigante.

El olor a grasa llenó el lugar.

Espantado, retrocediste por el pasillo. Pisaste unas margaritas, varios pensamientos, para luego meter un pie en una poza al costado de un gomero. ¿Qué hace todo esto aquí?, te preguntaste en voz alta. La bruja rio botando su bilis por la comisura de sus labios rosados, para luego responderte que tú eras lo mismo que las flores: frágil, que ella era la única semilla y también el fruto, que el viejo nunca lo vio así, pues él solo deseaba sexo, sudor, halagos y un guiso de carne por las noches.

La bruja no dejó de crecer. Lo hizo hasta ser un árbol inmenso; un sauce de grueso tronco agitando sus ramas como látigos y sus raíces se movían como patas de insecto. ¡Soy la transfiguración de este hogar inmundo!, gritó.

Y la vieja fue un escorpión, negro y enorme.

El dolor y el miedo te paralizaron hasta que, al huir, caíste a una piscina repleta de peces dorados, los que susurraban tu nombre y decían que era el momento de unirte a ellos, pero el escorpión deseaba clavarte su aguijón y metió una de sus delgadas y peludas patas al agua y tú se la quebraste, con facilidad. De él salió una sangre amarilla que infectó el agua y los peces murieron agitándose hasta quedar como caracolas en el fondo. Tú no querías tragar esa agua y gritaste hasta que el escorpión se hundió y estalló, para luego brillar y que unas palabras irreconocibles llenaran el aire. Así, de un instante a otro, volvió a ser quien siempre fue, para luego llamarte, incólume, desde el borde de la piscina, avisándote que la mesa estaba servida y que el viejo te esperaba en el comedor. Saliste del agua con dificultad; estabas mojado con culpas y deseos no cumplidos. La vieja bruja te dio la mano para ayudarte y te murmuró al oído que tu fruto sería pervertido, para luego volver a reír con estridencia y vulgaridad.

Era el hechizo, lo recordaste.

La tomaste del cuello para ahorcarla. Lo hiciste cinco veces: cinco veces los puñales. Cinco veces el árbol. Cinco veces el escorpión. Cinco veces los peces. Cinco veces la risa. Cinco veces las palabras.

Aceptaste el conjuro y la dejaste sola hablando al borde de la piscina. No la escuchabas. Fuiste decidido a sentarte con el viejo, pero la mesa estaba servida solo para un comensal: ese eras tú.

El guiso estaba allí, humeante y sabroso. Esperando una vez más por tu aprobación, por el frío y el anhelado término de estación.

Te reíste, ¿qué más podías hacer? La magia de ese tipo es muy difícil de combatir, siempre lo supiste y nada en ese mundo u otro te iba a librar de esa maldición. Tú la elegiste, tú dejaste lo otro, tú disfrutaste y gozaste.

Quedaste satisfecho, entre las sábanas, con tu tos, tus ronquidos y ese sueño que te persigue por siempre; desde aquella tarde que se apagó la música junto con la voz de los niños, a quienes nunca más volviste a ver una vez que creíste despertar de esa noche inmensa.

Pero nunca lo harás.

  • Armando Rosselot

    Armando Rosselot

    Armando Rosselot. Santiago, 1967. Ingeniero en sonido y diplomado en literatura infantil y juvenil. Narrador y poeta. Ha publicado, entre otros: Tarsis, El Orden, Entidad, El Informe 5002, Thrasher y otros ruidos (junto a Cristina Mars), Toki, El Puente Infinito, Reina Madre, Extinción, Cementerio de Mundo y Bicéfalo. Fue finalista en concurso de Cuentos Paula…