Nº 77 | Narrativa | Ciencia ficción | 1000 palabras | Chile

Las pasiones de las brisas

Esmeralda Calíope

Sin dejar nunca de caminar, su pequeño rastro se perdía en la vastedad calcinada del manto desértico. De día, el aire en Daar es a momentos irrespirable, no solo por las altas temperaturas que se condensan y arremolinan, sino por las nubes de polvo que llegan a lijar la piel.

En los oídos de ellas dos, las vibraciones rasposas se introducían junto con la arena, desorientando sus delicados aparatos sensitivos. Durante milenios habían tenido que aprender a sobrevivir y leer la noche, llegando a transformar sus arcaicos paleo ojos en receptores de radiación desértica. El manto nocturno no guardaba secretos a su capacidad de ecolocalización y sensibilidad cromática de temperatura. Pero, de día, no eran más que un par de presas fáciles moviéndose lentamente por las dunas.

A ratos, ella podía oler el miedo de su hermana y temía que la pequeña pudiera hacerlo de vuelta. La calmaba, haciéndole saber que el punto de entrada estaba cada vez más cerca. Y, si notaba que se impacientaba demasiado, se sacudía un poco para que oyera las reservas de grasa que llevaba en sus alforjas dorsales, como una promesa de que pronto harían una parada para hidratarse.

Las oleadas de sobrecogedor calor diurno hacían que sus órganos radiosensibles se confundieran. Creía percibir masas enormes que se movían en distintas direcciones, gigantes piernas que atravesaban la llanura en peregrinaciones cruzadas.

Ambas iban manteniendo pequeños intercambios comunicacionales, apenas distinguibles entre los alaridos del viento, hasta que la mayor se detuvo en seco. La otra notó que se detenían y oyó cómo hacía una inhalación profunda. A pesar de las ilusiones del desierto, entre todos los fantasmas que las rodeaban, había en el aire una marca indudable. A ninguna se le hacían familiares esos trazos de feromonas, pero más valía apresurarse antes de que eso o esos las alcanzaran.

La pequeña chasqueó su órgano comunicacional, dando a entender que se estaba deshidratando. La otra le contestó arrastrando y rozando la arena: no podían activar sus receptores de agua; las dejaría en evidencia a kilómetros a la redonda. Hubo otro chasquido a modo de queja, pero siguieron andando.

Un rato después volvió la protesta, pero ahora con un ritmo enérgico, rascándose un brazo. Verdaderamente, sus biomas requerían algún tipo de líquido. La mayor pisó el suelo frustrada y se rascó un brazo a su vez para que la otra oliera cómo estaban en la misma situación. Los olores de su alrededor la inquietaban cada vez más y su intensidad iba en aumento.

La tercera protesta fue tajante. La pequeña dejó de caminar y le lanzó un puñado de arena en los bioapoyos inferiores, ya a modo de insulto, y la primogénita no tuvo más remedio que detenerse y comenzar una improvisada conversión ahí mismo. Destapó sus alforjas dorsales, sacando un tubo y enterrándolo en la arena para que el olor a humedad no quedase en el aire. Luego se insertó un pequeño fuelle en la espalda, arqueando sus vértebras para hacerlo funcionar. Mientras contorsionaba su paleo torso para hacer la activación molecular, la pequeña aplastaba y masajeaba la manguera para apresurar el proceso de extracción de agua.

Un sonido hizo que la mayor se detuviera y le ordenó a su hermana que hiciera lo mismo. Su acato duró unos pocos segundos, hasta que el pequeño espécimen saltó al suelo, desenterró la manguera, desesperada, y comenzó a beber de ella. Instantáneamente, a una distancia que ninguna pudo calcular, una especie de terremoto o cascada hacía círculos alrededor suyo. Eso olía cada gota en sus paleo labios.

Tomó con fuerza la mano de la menor y corrieron, sintiendo que toda la duna sobre la que andaban comenzaba a desarmarse. No solo eso: incluso en las turbulencias del aire les parecía reconocer cosas que se movían distintamente del polvo. Detonaciones contra el suelo, pisadas bestiales que se arremolinaban en su escape.

Mientras corrían, se sacó la manguera para no portar marcas de ningún tipo y la lanzó hacia atrás, sin jamás soltar a su pequeña acompañante, sintiendo cómo sus pasitos se tropezaban torpemente entre sí, dejando con su sudor renovado un señuelo demasiado obvio a su paso.

La entrada estaba a pocas secciones de distancia, pero cada vez era más evidente que no llegarían. No así. El hambre del desierto no iba a renunciar a una presa y solo estaría satisfecho tras haberla engullido por completo.

Así es como la mayor dejó de correr. Su acompañante tiró de su extremidad con todas sus fuerzas, apuñalando el suelo con sus pequeños apoyos, tratando de escapar. De pronto, sintió cómo su cuidadora le acariciaba la superficie del semblante, lo que alguna vez fue un paleo rostro, como la máxima muestra de amor que permitía el lenguaje de su especie.

El tiempo se detuvo allí mismo cuando notó que los paleo dedos que la acariciaban ya no la estaban sosteniendo. Lo último que sintió de ella fue cómo quitaba la humedad de sus paleo labios y la colocaba en los suyos. El desierto la abrazó, como una mortífera canción de cuna, mientras sus últimas gotas de saliva volaban en un sonido ronco. La vorágine no duró más que su respiración sostenida. Antes de que se pusiera el sol, sus latidos ya eran parte del paisaje.

Al atardecer, cuando las dunas se tiñen con el rojo de los últimos rayos y la ira del desierto comienza a calmarse, se delineaban las huellas de una figura solitaria, dejando escrito con sus pasos un corto poema de duelo, antes de caer también deshidratada, finalmente, en la alfombra dorada. El horizonte tomó su último aliento y lo hizo parte de las gentiles brisas de la noche. Y, bajo la dulce quietud del manto estelar, las ráfagas retomaron su calma nocturna, desenredando la furia de sus remolinos y permitiendo que la arena volviese a decantar en su ahora fresco lecho. Finalmente, es en la tregua silenciosa de la noche que el ciego estómago daarino puede reposar satisfecho.

  • Esmeralda Calíope

    Esmeralda Calíope

    Esmeralda Calíope (Santiago de Chile, 2004) es escritora transdisciplinar y autora de los libros Serendipias y Las ventanas son para destripar paisajes. Su obra explora el biofuturismo, el surrealismo y la paleopoesía mediante diversos lenguajes y formas narrativas. Criada en Limache, actualmente reside en Santiago, donde cursa su formación en psicoanálisis en la Universidad de…