Una maga regresa, años después de la guerra, al campo donde su compañera y casi hermana la traicionó. Entre recuerdos de aprendizaje, poder y violencia, reconstruye la figura de Sivene, prodigio temido y fascinante, cuya ambición la llevó a volverse contra los suyos. Herida y abandonada, la narradora sobrevivió para presenciar el castigo divino. En un paisaje cubierto de flores nacidas de la masacre, descubre a Sivene transformada en una criatura enraizada a la tierra, condenada a existir entre carne y árbol. Este relato explora la lealtad, la traición y la implacable, inquietante idea de una justicia ejercida por los dioses.
Nº 63 | Narrativa | Fantasía | 1100 palabras | Chile
La perfecta justicia de los dioses
Emilio Araya Burgos
Dicen que en el prado de la masacre crecieron un millar de flores para las que entonces no teníamos nombre.
No lo supe sino hasta muchos años después. Abandoné aquellos campos malditos con un puñal en el hombro y solo el arte de un buen amigo pudo salvarme de la fiebre y el veneno. Para cuando sané, el ancho mundo me había separado para siempre de Sivene. Apenas acababa de enjugarme la muerte de la frente cuando Duval me dijo al oído que los dioses misericordiosos la habían castigado. “Su cuerpo”, dijo, “nunca podrá abandonar el campo de batalla”. Había quedado prendida para siempre a la tierra que había mancillado.
No recuerdo qué dije, si acaso respondí con algo más que un gruñido fatigado a las noticias de su porvenir. Sivene había sido mucho más que una hermana para mí. Juntas habíamos desentrañado los secretos del Arte y domesticado la salvaje voluntad de la palabra. Aunque jóvenes, nos habíamos hecho magas de combate y visto, acaso demasiadas veces, cómo la palabra que engendraba era, también, capaz de destruir. Aún recuerdo, con estremecimiento, cómo mi entonces compañera se regocijaba en el terror de aquella dualidad irremontable. Sivene amaba el poder como un poeta amaba su estrella, pero sin sentirse impertérrita ante su presencia. Su arte era feroz, agresivo y avasallador. Más de alguna vez la escuché reír de dicha al aplastar una trabuca con los carbones meteóricos que lograba conjurar. Su talento escalaba a la par que la malicia que padecía el encierro de sus pensamientos más profundos.
No gastaré mucho tiempo en hablaros de ella. Podría contaros nuestras aventuras. Material hay para que los bardos y escribas llenen volúmenes de poesía. Pero, ah, qué caso tiene y por qué hacerlo. El mero hecho de invocarla en el recuerdo remece heridas que he tardado una vida en sanar. Además, quién soy yo para poner en entredicho la perfecta justicia de los dioses, que no olvidaron mi dolor ni el de aquellos que cayeron bajo el negro manto de su traición. Aquel día terrible, cuando la sal del mar y mis entrañas se unieron en el lamento de la brisa, Sivene hirió mi carne buscando destruirla. Me buscó a hurtadillas, sabiendo que mi arte habría podido contenerla e incluso someterla.
Duval me encontró arrodillada, con la hoja saliéndome por la juntura del hombro y la clavícula. Apenas recuerdo cómo me llevaron hasta el carretón que me sacó del lugar de la catástrofe. Solo sé, con absoluta certeza, que todos estaban consternados por la traición de nuestra estrella. Nadie, acaso yo misma, podía atisbar siquiera que en la voluntad de Sivene hubiera algo más que el característico exceso de ambición que coronaba con su ímpetu los días de una maga adolescente. Incluso Esravel, que siempre había recelado de sus métodos, cayó en la más profunda desolación cuando supo que el cuchillo emponzoñado había venido de su mano empuñada. Tal era su encanto. Incluso sus rivales y enemigos confiaban en la rectitud de sus propósitos.
Al sacarme del tablero enferma y moribunda, Sivene dejó indefenso a nuestro contingente de hechiceros. Despojado de mi protección, el pelotón de artesanos quedó a merced de arqueros y lanceros. Varios murieron atravesados por alabardas o con hachas de mano incrustadas en el pecho. Años después, escuché que Sivene en persona mató a varios de nuestros amigos, blandiendo una cimitarra encantada con fuego granate, que deja quemaduras incurables que arden incluso en carne muerta. ¿Por qué, Sivene? ¿Por qué te volviste de pronto contra tus amigos? ¿Por qué renegaste de tus maestros? ¿Qué te ofreció el Oeste que creíste que podrías escapar de la perfecta justicia de los dioses?
Cuentan que la perdición de Sivene vino tan pronto como Duval y los otros lograron llevarme lejos del horror y del fuego. Los bardos cantan que un polvillo blanco cayó del cielo, semejante a una lluvia de esporas, una nevazón sin frío. Si la historia es cierta, dicen que aquella lluvia silenciosa cubrió los cuerpos de los vivos y los muertos sin causarles ningún daño. Sin embargo, Sivene habría caído de rodillas, llevándose las manos de afilados dedos al rostro, porque la arenilla le quemaba la piel y las yemas de los dedos, causándole un dolor espantoso y encorvando su cuerpo contra el suelo hasta doblegarlo y romperlo. Los dioses vieron tu mano, amiga mía, y mostraron su misericordia. El ardor que sanó a algunos quemó tu carne hasta convertirla en una mano deforme que se hizo una con la tierra. La liviandad que trajo paz y liberó a otros te hundió para siempre con el rostro blanco contra el lodo, la sangre y la ceniza.
Hoy vuelvo a ti más vieja y encorvada, pero sana. La herida en mi hombro cicatrizó por completo. Las artes de Esravel apenas dejaron una impronta visible de tu maldad, para que mi cuerpo recordara lo que mi corazón, acaso, correría el riesgo de olvidar. Si he de morir, será la edad la que me entregue al destino. No tú, que ahora yaces en el mismo lugar en el que los dioses te humillaron. Aquí, en este hermoso campo de flores, lecho de redención de los hermanos y hermanas que mataste, yace tu cuerpo condenado a sobrevivir. Aquí estás, enraizada al suelo que entregaste al enemigo, sometida a las raíces que tiran de ti hacia el centro de la tierra. Eres carne y eres árbol, quimera improbable, nacida de un cadáver a medio morir, erguida sobre una planicie donde alguna vez campearon la muerte, la traición y la masacre.
Háblame. Quiero oír tu voz.
Frente a mí, entre los pliegues de un tronco nudoso, asoma el rostro de una joven fea, dientona, de ojos pequeños pero fulgurantes. Su boca entreabierta pareciera respirar, rodeada de colonias de hongos que emergen de sus pómulos como pústulas blanduzcas. Aquí y allí asoman partes de un cuerpo por siempre estanco en la primera juventud, tan unidas al brote putrefacto que ni siquiera un cirujano élfico podría separarlas. Eres el fruto de tu intriga, Sivene, un vástago de tu negro corazón. Los dioses te convirtieron en árbol para que nos sobrevivieras.
Mañana, cuando yo no esté, seguirás anclada a este campo de flores. Tu mirada seguirá buscando tus raíces invisibles. Tu boca entreabierta seguirá intentando hablar, pero la muerte hará de todos los campos del mundo un páramo desierto. No habrá nadie que te escuche, incluso cuando los dioses te permitan confesar.
Oh, altísimos. Perfecta es vuestra justicia. Y qué terrible. Qué terrible es tentar la ira de vuestro rostro inescrutable.
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Emilio Araya Burgos
Emilio Araya Burgos Osorno,1987. Es escritor de fantasía y profesor de lengua y literatura inglesa. Estudió Letras Inglesas en la Pontificia Universidad Católica de Chile e hizo su maestría de especialidad en la Universidad de Leeds en Inglaterra. Actualmente se dedica a dar clases particulares de inglés y a ofrecer asesorías comunicativas en segunda lengua…

