Nº 78 | Narrativa | Terror | 982 palabras | México

Hendidura

Karen Padilla

Cuando mi hermano nació, mamá ya no oía ratones.

Durante el embarazo no hablaba de otra cosa. Decía que empezaban a rascar las orillas apenas apagábamos las luces, como si los ratones solo hicieran ruidos en la oscuridad.

—Ahora —susurraba desde el pasillo.

Papá movía los sillones, levantaba las trampas intactas cada mañana y las sacudía delante de su cara.

—Mira. Nada.

—No dejan rastro —decía ella.

—Te compro un gato, ¿sí?

—Ya te dije que no. Los gatos enferman a las embarazadas. Y los domésticos son bobos. Se les olvida cómo hacer trabajo de gatos.

Al día siguiente, papá trajo dos callejeros en una caja. Nos hizo salir al patio mientras los soltaba.

—Si hay algo, lo encuentran —dijo.

Veíamos a los gatos desde afuera, con las caras pegadas a la ventana. Olieron las esquinas, arañaron el tapete. Ni siquiera buscaron.

—¿Ves? —dijo papá.

Mamá no contestó.

Cuando mamá se arrodillaba, con la panza venosa apoyada en los muslos y la oreja contra el piso, yo me agachaba con ella.

—Ahora, ahora, ahora —decía.

Nos quedábamos así, agazapadas, como si esperáramos que algo cruzara el comedor.

Papá me decía en voz baja:

—Tú tranqui. Está nerviosa.

Tranqui y nerviosa eran palabras nuevas. Difíciles. Después dijo:

—Son las hormonas.

Esa palabra ya la había escuchado antes, cuando mamá lloraba sin razón o se enojaba por algo pequeño. Luego papá dijo loca, pero ya no enfrente de mí.

Cuando Josepe nació, alguien comentó lo del labio.

—Es frecuente —dijo una enfermera.

—¿Nació así? —preguntó papá.

—Sí.

Yo quise asomarme para verle la boca, pero mamá lo envolvió con la cobijita y me estiró su manita.

—Mira qué deditos tan perfectos.

No vi nada perfecto. Vi cinco dedos pequeños, rosados, con la piel fina como papel húmedo.

Cuando llegamos a casa, intenté mirar otra vez. A veces recuerdo el labio entero, apenas hinchado. Otras veces lo veo ya abierto, partido a la mitad como si alguien hubiera pasado unas tijeras.

Esa misma noche tuvo esa fiebre.

La piel le brillaba. Lloraba bajito, pero lloraba todo el tiempo. Papá hablaba por teléfono en el pasillo.

Anotó algo en un papel y se lo guardó en el pantalón.

Lo primero que me inquietó fue el silencio. No había ruidos de roedores.

Dormimos los cuatro en la misma habitación. Mamá dijo que necesitaba escucharnos a todos respirar. Papá dejó la puerta entreabierta.

—Para que circule el aire —le dijo a mamá.

Yo pensé que, si entraba algo, aunque fuera pequeñito, lo veríamos. Me dormí esperando.

Me despertó un ruido. No eran las garritas de la pared. Era algo más blando, como un peluche contra otro peluche.

Mamá ya estaba sentada en la cama, con Josepe en brazos. No prendía la luz.

—Ahora sí —dijo.

—¿Ahora qué? —murmuró papá, levantándose con los ojos hinchados.

Tropezó con un juguete mío y maldijo. Encendió la luz. Todo parecía en orden. Los lagrimales de Josepe, rojizos, pero no lloraba. Tenía los ojos abiertos.

Había una línea roja que le bajaba del labio a la barbilla.

—Es la piel —dijo papá rápido—. Está muy fina.

Mamá no contestó.

Yo miré la ventana. Estaba cerrada. La cortina se movía. Tal vez por el ventilador. Tal vez por tantas respiraciones juntas.

Luego, la sombra deslizándose.

—¿La vieron? —quise decir.

En el hospital dijeron que podía pasar. Que las heridas a veces se abren. Que los bebés como Josepe se raspan solos.

—Nació así —repetía papá.

Le pusieron un nombre a la infección y otro al labio. Papá repetía con precisión solo lo del labio. Mamá no volvió a mencionar los ratones durante semanas.

Después empezaron otra vez.

Pero ya no arrastraban. No parecían querer entrar.

—Están afuera —decía mamá—, en el patio. Debajo de la tierra.

Papá dejó de mover muebles.

A veces mamá abría la puerta trasera al anochecer y se quedaba ahí, quieta, como esperando que algo se le apareciera.

—No hay nada —decía papá desde la cocina.

—Hay que escuchar mejor —respondía ella.

Yo escuchaba. A veces creía oír unas patitas. A veces nada.

A Josepe le hicieron una cirugía.

—Casi no se nota —dijo el doctor.

El labio se nota si uno sabe dónde mirar.

En la escuela me preguntaban.

—¿Nació así?

—Sí.

Otras veces decía:

—Lo mordió una rata.

Me gustaba ver qué cara ponían.

Hay días en que estoy segura de que la herida ya estaba. Que así llegó Josepe. Otros días recuerdo con nitidez la piel brillante y el corte limpio, como si alguien hubiera pasado una garra afilada.

También está la puerta.

—Estaba cerrada —dice papá siempre—. Yo la cerré.

—No me acuerdo de eso —dice mamá, pero nunca aclara qué es eso de lo que no se acuerda.

Yo recuerdo haber pensado que nada podía entrar. Pero también recuerdo la esquina húmeda cuando la toqué después. No sé si la toqué antes o después.

No sé si eso entró.

O si alguien lo dejó entrar.

A veces pienso que el ruido que mamá oía durante el embarazo no venía de las paredes, sino de adentro. Que cuando apoyaba la oreja en el piso estaba escuchando su propia sangre, el movimiento de algo acomodándose. Y que la noche que dijo ahora sí no anunciaba una llegada.

Josepe no recuerda nada.

—Inventas historias —dice—. Diario nacen nueve niños como yo.

No le tiene miedo a la oscuridad. Ni a la tierra.

Mamá envejeció afinando el oído. A veces, en medio de una conversación, levanta la mano.

—Ahora.

Nos quedamos quietos. Contenemos la respiración.

Siempre nos pasa. Nunca sabes cuándo lo va a hacer.

Papá ya no discute.

Casi nunca se oye nada.

Pero hay momentos en que creo percibir un roce leve, como tela contra tela.

No sé si viene de la pared o de mi propia boca cuando paso la lengua por la cicatriz que no tengo y que, sin embargo, siempre encuentro.

  • Karen Padilla

    Karen Padilla

    Karen Padilla (León, Guanajuato) es escritora y psicoterapeuta Gestalt. Fue una de las ganadoras del Certamen Nacional de Cuento de Escritoras Mexicanas y seleccionada como autora participante en el Encuentro Internacional de Narrativa Breve Edmundo Valadés. Es autora de ¿Dónde está Bebé?, libro dirigido a madres que han atravesado una pérdida gestacional. En 2025 publicó…