Nº 73 | Narrativa | Terror | 2700 palabras | Perú

El Bajo

Sandra Verónica

En el borde de las aceras, entre los barrotes estrechos que solo se abren para dejar entrar algo de luz después de las doce, aparecían siempre las manos mugrosas de todos los Cardos. Dedos gordos de uñas largas, que recibían cajas de comida y bolsas de leche, palpaban el suelo frío durante ese ratito de luz y aire.

Cuando les llegaba el momento de abrir sus pocilgas ante la gratitud del Programa de Asistencia y Apoyo que habían diseñado los Luxi Mayores, aprovechaban para anunciar una que otra petición, pero más que anuncios eran gritos arrojados dentro de un sinfín de ruidos, estímulos e imágenes que, entre lo urbano, veloz y práctico de la ciudad, pasaban ignorados al noventa por ciento. A veces era libertad, a veces un poquito más de luz, y en otras ocasiones pedían alguna cosa, cualquier cosa, que quitara esa maldita humedad; algo para secarlo todo adentro, pues ¿cómo no entendían? A veces, entre los fierros corroídos, también aparecían manitas de guaguas, todas cochinas y heladas, ojos verdes de legañas y llenos de mocos como caño abierto; sabría Dios cómo les entraba tanto fluido dentro. Así, vivir en El Bajo era entonces pasar por congestiones, enfermedades y todo tipo de hongos. Y detrás de los infantes pálidos se podía ver el rostro de algunos Cardos que los sostenían en brazos como mendigando para que alguien se los llevara, para que alguien se apiadara de su maldita suerte de haber nacido como inútil, lento, baboso y nada de hábil, listo o prolijo como un Luxi; para que alguien se llevara a sus crías a darles quizás otra vida, una que pudiera volverlos aptos para el ecosistema supremo que allí afuera había estado obteniendo resultados.

Malnacidos, había gritado un viejo que paseaba a su perro cuando el animal empezó a lengüetear la mano babosa de un niño Cardo que jugaba con un cartón bajo los barrotes estrechos del suelo, pero enseguida, y antes de ponerse a gritar que por Dios alguien saque a los escuincles de ese putrefacto hoyo, se arrepintió y tomó rápidamente la primera micro que se detuvo a su costado. Se hacía el loco seguro, pensó Tatiana, que había pasado por aquel camino cuando el viejo ese lanzó un grito; lo más seguro era que el hombre no tuviera conciencia de dónde estaba parado, ni qué día era, ni quién gobernaba, porque a nadie en su sana pensadera se le ocurriría hacer una afrenta en contra del orden a plena luz del día, ¿cómo? Al contrario, tendrían que haber estado agradecidos más bien, porque los flojonazos podían pasar todo el día abajo, en su mugre, sin mover un dedo para la prosperidad de su tierra y, aun así, se estaban con las barrigas bien llenas allí adentro. Muy inteligente y ágil me ha salido la bebita, lo juro, señorita, llévesela, dijo una de las mujeres Cardo allá abajo, jaloneando la prenda de lino gris que colgaba cerca del pie de Tatiana; por instinto, pero también porque tenía clarito cuál era su lugar, metió fuerza a la pata para liberarse como quien se quita de encima a un jodido perro.

Antes de convertirse en El Bajo, solo podían respirar allí los ratones, ¿y reproducirse?, nomás las cucarachas. Pero cuando la región se dio cuenta de que los perezosos e idealistas estaban arruinando las economías creativas, saboteando a las generaciones nuevas de emprendedores y frenando la reproducción del hombre, los mandaron para abajo. Para eso se hicieron muchos intentos y se cagaron a algunos entre prueba y prueba, pero, de que servía, servía. O al menos así era para los Luxi. ¿Qué importaba la lloradera? Los porros que nunca se sacaban más de un cuatro, los chicos que pasaban cesantes porque no encontraban trabajo en lo que estudiaron y que tampoco se atrevían a ensuciarse las manitas lavando platos, los que llevaban pololeando siete años sin comprometerse, las chicas que no podían soportar más de seis meses en un mismo oficio, todos pa abajo. Cada decisión, cada elección, cada minuto. Todo contaba con un resultado y un veredicto.

Cuando Tatiana prendió el televisor para su niña, porque la chiquita estaba jode y jode, apareció Sofía con la mitad de un queso sobre una tabla, una ramita de rúcula y una bolsa de pan en su puerta. La escuincla chillona que cargaba Tatiana rabiaba y jalaba su pelo para ser observada con toda atención. Marcela y sus tres años no entendían las mil cosas que tenía que hacer su madre para poder mantener su estatus en el centro de la ciudad.

—¿Otra vez te envió a hacer los mandados? —empezó Tatiana una vez que ya se habían instalado en el living.

—Sí, pero no me quejo. Peor sería que trabajara en contabilidad o algo así.

—Deberías buscar otra cosa y largarte de ahí. No seas cojuda.

—No, es que de verdad no la odio —respondió Sofía mientras hacía tiritas con el queso.

—Pero te habló feo. ¿Qué se cree?

—Justo por eso no la odio. Me está molestando porque su vida ahora es una mierda. Si mi marido hubiera hecho lo que el suyo hizo, yo también andaría podrida por la vida tratando de joderme a todos.

—¿Y qué? ¿Por eso acaso hay que aguantarle?

—No se ha recuperado, Tatiana.

—Y capaz que se lo merece por hacerse la mustia sin dar ninguna declaración.

—Pero al final sí lo hizo.

—Sí, pero ya ni caso tiene.

Sí, cuando empezaron esa reforma en el nuevo orden y, una vez hubieron clasificado a Cardos y Luxis, se habían perfeccionado como sociedad; viviendo en abundancia y rendimiento, mostrando todo lo bello y eficiente que era ese nuevo mundo, ni hablar de las utilidades que generaban, ya sin los defectuosos no había nada que les entorpeciera el camino. Los jóvenes brillaron en sus oficios y se vivía un entorno lleno de pura gente pilas y entradora. El espacio, tecnológica y urbanamente hablando, ya se veía igualito que en esas películas de ciudades desarrolladas, ¿y las mujeres?, anduvieron con parejas todas excepcionales, ya fueran solteras o casadas, contaban con ingresos propios lo suficientemente cuantiosos para no verse en la necesidad de someterse a una unión conyugal; ningún sonsonazo les metía el cuento del vamos viendo tampoco. Lo malo estaba en que, porque no hay cosa buena sin una cochinada metida al fin y al cabo, nadie en la región podía hacer nada que no significara una retribución fiscalizada por los Luxi Mayores. No tenían espacio o tiempo para ocio, ni para hobbies; toda actividad generaba un crecimiento económico que, si no estaba en números, al menos estaba en potencial inversión para subirle el nivel a alguna habilidad o quehacer que pudiera bien verse reflejada en plata ganada a futuro para sus bolsillos; para que después no anduvieran de pobretones y mendigos. Y aunque esa bonanza de orden y lujos les duró varias décadas, llegó el tiempo de un cansancio que les pesaba en cada dedo, en cada párpado, en cada pelo.

Tatiana y todos los demás siempre creyeron que eso era todo culpa de los Cardos, claro, si en alguien había que depositar el veneno toda vez que las emociones y el estado de ánimo no se veían como en las publicidades Luxi que le reventaban el teléfono cada fin de semana, recordándole el propósito de vivir como uno de ellos. Claro, si el sacrificio de los Cardos había frenado esa mancha de mediocridad que había crecido en la ciudad un día y que casi se los lleva a todos a la chingada, de no ser porque una de las familias con más activos tuvo la generosa idea de proponer y financiar un nuevo orden que no incluía a ninguno de los ociosos esos; infelices. Tenía que haber funcionado al pie de la letra, carajo, sin que nadie se saliera de la raya, sin que los Luxi empezaran a desviar su impecable conducta del camino de Dios. ¿Para qué, si no, habían reubicado a todos los vagonetas en una profundidad oscura? Si acaso había sido solo para traer el orden y limpiar el mugrerío que era la tierra en ese entonces, no duró tanto y no le mejoró la vida a todos, ni siquiera a los mismos Luxi. Atrás habían quedado los tiempos en que los deseos más asquerosos del hombre se hacían realidad bajo la mirada hipócrita de una seguridad vigilante. De todos modos, habían encontrado la manera, una pequeña manera de acercarse lo más parecido a ese placer que nadie entendía. Ellos, porque no siempre eran mujeres Cardos las que hacían el trabajo, sacaban sus manos, regordetas de pan, leche y cereales, sus bocas secas y todo lo que pudieran sacar afuera para cumplir bien rico, y en un ratito hacían apagar la mente de los Luxi que lo requerían. Porque, pasando y pasando, y porque nada es gratis en esta puta vida, ni siquiera en la vida de prisioneros condenados al confín por el resto de sus miserables días, los Luxi más perturbados, antes de partir ligeritos, pasaban objetos y revistas, todo nuevo o recién publicado, cualquier cosa, lo más reciente que pudiera traer algo de novedad para ellos, los de El Bajo, los que nunca podrían ver ese futuro.

No seas mala, ayúdame con la chiquita. Así había terminado el lonche al que se había autoinvitado Sofía, y como dijo que solo iban a ser unos días, Tatiana no pudo decirle que no, que no, que ni loca que estuviera para andar metiendo a su casa a una de esos, por mucha pena que le dieran. Que no sería tan difícil, había dicho la Sofi, si solo era una escuincla pequeñita que nadie iba a notar, ni siquiera se hacía problema si la dejaba encerrada en alguno de los baños de la casa durante esos días. Lo único importante para Sofía era mantener a la mocosa Cardo alejada de esos pinches barrotes que últimamente ya hasta asco daba pisarlos, y ni qué decir de los ruidos o escenitas que uno se enteraba a través de algún vecino chismoso o de los mismos trabajadores de la limpieza que, aunque no acusaban ni llamaban a la policía, se calentaban viendo todo el espectáculo como pajeros. No seas pendeja, si yo también tengo mi hija, le puede pegar sus bichos, había dicho Tatiana, además, ¿cómo sé que no trae ya una cría pegada en la tripa?, pero terminó aceptando solamente porque la niña en verdad estaba muy pequeña como para tener esa porquería dentro.

Dicen que la niña se veía bastante normal, salvo por los dientecitos finos y su lengua larga, y debía tener solo un año o dos más que la suya propia. Era como sonsa al comienzo, si ni hablaba la tontonaza. No tenía nombre tampoco, así que empezó a llamarla «Chica». Apenas la vio supo que de verdad tenía la sangre de la Sofi: una niña de pelo castaño y muy corto, más bien como niñito; si tan solo no fuera una estirpe de Cardos, pensó, estaría dispuesta a dejarla chivatear por la terraza como mascota nuevecita y de paquete. Chica había llegado a El Bajo solo por destino, le había contado Sofía antes de dejarle a la mocosa en la puerta del dúplex de Tatiana, junto a una pila de cachivaches, juguetes y chilpes rotos. Bien raro hubiera sido que dejaran entrar a un niño o a una embarazada a ese asqueroso agujero de El Bajo, si tan mal no estaba el sistema. Porque, a ver, en el programa territorial que diseñaron los Luxi, ni fregando esperaban que el sitio, el agujero hediondo ese, quedara sobrepoblado. Chica había sido un caso distinto, decían las tías de su familia, que la mujercita y madre de Chica había ocultado el embarazo, se puso bien mosca entonces para lograr mantener su hogar unido una vez que los tiraron para abajo junto a esas tuberías roñosas y llenas de moho.

Ya con Tatiana, Chica empezó a comer dentro de un plato junto al pasillo. No eran dos, era uno solo, y en ese se le llenaba la comida y el agua. No hablaba, no lloraba, solo olfateaba profundamente en las esquinas del interior de la casa, siempre buscando el movimiento, siempre toqueteando los objetos de cada habitación en la que lograba asomar la choya y después ya el cuerpo agilito. La nana que cuidaba a ambas sabía que Chica no podía asomarse a las ventanas, aunque no sabía por qué, si con esos trapos se veía como un niño como cualquiera, medio pobretón y con la piel muy blanca, casi como que no tuviera sangre, pero normal al fin y al cabo. Solo cuando la mocosa abría la boca para soltar algún quejido se le notaba que no era una Luxi, como la otra niña, como la Marcela. La primera vez que tuvieron que darle las indicaciones de cómo cuidarla, la joven nana lo entendió como un capricho de niños; ya había escuchado antes sobre criaturas infantiles que quieren comer en el plato del perro y actuar como perros. Y bueno, si gustos hay para todos, había visto esos extraños casos hasta en viejonazos. De cuando en cuando las miraba, mientras leía alguna revista o avanzaba sus tareas en un pequeño dispositivo, pero casi siempre las dejaba que jugaran a lo que les diera su santa gana, si tanto alboroto no podían hacer unas chamacas que no llegaban ni al metro de altura.

Cuando se cansaba de olfatear, Chica andaba toda pegote con Marcela, siguiéndola por toda la casa, imitándola, oliéndola y probándose sus ropas y cachivaches. Los ojitos amarillos de infección se le limpiaron, ni siquiera tuvo que lavárselos. Aunque Tatiana había tenido que continuar el tratamiento durante más de tres días, hasta el cabello a Chica le brillaba distinto y sus mejillas dejaron de descascarse en trozos blancos de pellejos seborreicos. La mocosa estaba siendo una rata manipuladora o de verdad solo un cuerpo chico en busca de días más secos y luminosos, como tratando de aferrarse a ese nuevo hogar, fuera de ese infierno fúngico en donde quién sabe qué otros fluidos se vertían. Ya no tenía de otra que quedársela, ¿no cierto?, y a lo mejor esa había sido siempre la intención de la Sofía, quizás ni su sangre era como había dicho, quizás solo quería alejar lo más posible a la escuincla de tanto cochinero y tanto Luxi enfermo que aprovechaba del encierro de esa pobre gente. ¿Y qué importaba si llegó con puras mentiras?, la niña era revoltosa, activa y decidida, era alguien con potencial y podría nunca ser descubierta.

Está bien que sea una Cardo, pero no por eso la voy a andar regalando como perro, le había dicho la Sofía, y muchas gracias, gracias, pero ahora tráemela para acá, que me están reclamando. Ya estaba llegando a su departamento cuando empezó a sentir una culpa tan grande como bola atravesada en el cogote, ni siquiera tenía que haberle dicho «Chica» todos esos días; bien mala había sido, ¿no?, si nada le costaba haberle puesto un nombre: Isabela, Carla, Fernanda, tantos nombres que le habrían costado ni un puto peso. Tatiana también pensó en sacar algo de los ahorros y comprarla como a un golden retriever, si el fin era bueno, ¿por qué no hacerlo? A fin de cuentas, que ella la iba a cuidar mejor que cualquiera en El Bajo. Si ni Sofía podría haberla cuidado bien, qué sabía esa mujer que ni hijos propios tenía.

Chica ha pasado todo el día lengüeteando los rincones de la casa en los que Marcela pasa sus dedos baboseados, pero olfatear no es suficiente. La niñera estúpida pasa treinta y dos minutos en el baño luego de cagar. Trac, hace sonar Chica con sus manos pequeñas y rápidas. Trac, un hueso finito y vital quebrado con sus uñas gruesas. Su lengua como cerdas de un cepillo, como si de agujillas de cartílago se tratara, pasa por hendiduras y pellejos como bolsas. Y aparecen los tajos expuestos como gajitos de mango en la alfombra, todos rojos. Chica ha hablado. Dientitos finos de guagua que rompen las fibras humectadas y tersas de Marcela. Qué sabor, dijo al fin.

  • Sandra Verónica

    Sandra Verónica

    Sandra Verónica es una escritora peruana y gestora cultural. Vive en Santiago de Chile desde 2022. Se ha dedicado al trabajo de edición y actualmente se desempeña en Contenidos y Comunicaciones de Trama. Ha colaborado en Catáloga Revista y su escritura aborda la literatura realista, con un interés especial por presentar personajes que convergen en…