Nº 83 | Narrativa | Ciencia ficción | 2250 palabras | Chile

Contra natura

Barbara March

Fue por culpa del calor; el infame calor que descompone los nervios de la gente. Las noches de verano siempre han sido las más feroces, y para confirmarlo están esas pesadillas que la hacen derretirse sobre el colchón. Anoche soñó otra vez con el general Toledo. Lo vio deambular desnudo por la casa —como antes de morirse—, encaramado a los lugares más extraños. Toledo se ahorcó en agosto, se atrevió a hacerlo en la cocina y, desde entonces, Ángela Germán no apaga la radio.

—Investigadores de la Oficina Meteorológica del Reino Unido confirman que la Tierra se calentará este fin de semana 2,5 °C por encima de su temperatura media anual…

La voz es húmeda y cavernosa. Da la impresión de que el receptor va a ensancharse y el joven comentarista de Noticias en 4 emergerá por cualquiera de los orificios del viejo radiecito portátil, dispuesto a restregar la calentura del planeta en el oído de Ángela. Aunque a ella le gusta dormitar con ese pensamiento, prefiere sacudirse el sueño. Ha pasado la madrugada entre bochornos, pegajosa y empapada, y a estas horas la envuelve un sudor agrio. Huele a vieja.

—Hoy es viernes 31 de julio de 2037. Debido al aumento de la temperatura media anual, se pronostican fenómenos meteorológicos extremos para este fin de semana. Si vive entre la Zona Norte y los acantilados, conserve la calma y manténgase en sintonía. Les saluda… Iker Santovenia. Buenos días.

Ángela se levanta y alarga el brazo hacia la mesita de noche. Coge la radio y la mete en el bolsillo delantero de su bata de dormir. El bolsillo recuerda al marsupio de la hembra del canguro: ella es la madre y el locutor, su cría. La mujer avanza con dificultad; arrastra los pies. Aunque la casa es pequeña y, a primera vista, acogedora, ella percibe cómo cada mañana el trayecto hasta la cocina se le hace más difícil, como si al comedor le brotaran nuevas porosidades en el suelo y en las paredes, esquinas filosas que tiene que volver a domar.

A medio camino, se detiene frente a un mueble bajo. Es un armario de caoba con flores talladas en relieve y puertas de cristal. Sobre él descansa la foto de Toledo, flanqueada por los restos de dos velas que ardieron durante la noche. El esperma blanco e inodoro delata su importancia: otras dos entre los cientos de velas iguales que Ángela guarda en el almacencito. Abre las puertas de la vitrina y saca otro par. Tantea en busca de los fósforos, pero no los encuentra. Duda un instante; enseguida se introduce los dedos en el bolsillo y culpa a Iker Santovenia de esconderle las cosas. Toma la caja de fósforos y la sacude cerca de su cara para asegurarse de que aún tiene cerillas. Tras comprobar el sonido, la abre como si no le gustaran las sorpresas, como si, a su edad, confiara más en su oído que en su vista.

Enciende el fósforo y lo acerca primero al vidrio que protege la fotografía. Amenaza con quemar el rostro del general Toledo, que reluce bajo la llama. En el retrato se le nota la papada rugosa, los labios encogidos y una sonrisa postiza. Sobre el torso luce tantas medallas de honor que, para alguien poco instruido en asuntos castrenses, resultaría más sensato contemplarlas en conjunto que una por una, como si fuesen las piezas coloridas de un vitral religioso. Ángela lo encuentra repugnante. Para ella, desde el día en que le tomaron esa fotografía, ya estaba muerto. Mucho antes de quedarse sola, se acostumbró a ser la viuda de un cadáver.

A punto de quemarse los dedos, dirige el fósforo hacia una vela nueva. La mecha prende con lo que queda de la llama, que no es mucho, y se apaga en el acto. Ángela murmura alguna cosa, como siempre, y vuelve a guardarse la cajita en la inmensidad del bolsillo.

Mientras avanza hacia la cocina, escucha las advertencias de Iker. Empeoran cada verano. Cuando Toledo se ahorcó, murieron cuarenta y tres personas más; ahora ya no se cuentan los muertos. Todo comenzó con casos esporádicos de descomposiciones intestinales, problemas de riñón o manchas en la piel. La gente enfermaba gradualmente hasta que, en el más dulce de los casos, moría fulminada por un infarto. La mayoría eran jóvenes que gozaban de buena salud. Luego, el rumor acerca de un hombre cuyo abdomen se hinchó hasta reventar atrajo la atención de la prensa. Los muertos tenían algo en común: el agua de los acantilados. Esa agua era un cúmulo de lluvias cada vez más extrañas, fluidos de un planeta semidesierto que comenzaba a descomponerse tras la guerra.

El general fue de los primeros en enfermarse. Se le veía amarillento y deambulaba todo el día en la obsesión de comunicarse por radio. No soportaba la ropa ni se dejaba tocar. Le crecieron volcanes de pus en la espalda y llagas en el pecho que supuraban un líquido apestoso. Lo que quedaba de su piel parecía tan frágil que una simple caricia habría bastado para mancharse las yemas de los dedos. Ángela lo veía dar cabezadas en el sofá, acuclillarse sobre el retrete o echarse como un perro en la alfombra de su antiguo despacho. Recuerda, con un peculiar agobio, el día en que comprendió que el viejo diván donde solían acostarse juntos quedaría, desde entonces, reservado solo para él.

En la cocina, la mujer desarma la cafetera. Nunca ha necesitado ayuda para eso ni para nada. A sus setenta y cinco años posee, al fin, la vida que siempre deseó. No tuvo hijos; en realidad, el general no podía tenerlos, pero Ángela cargó con la culpa y jamás se ha arrepentido de esa mentira. No le gusta la gente. Hace mucho que vive en los límites de la Zona Norte y puede contar con los dedos de sus manos —curtidas por el trabajo en la huerta— las pocas veces que ha debido abandonar su granja, ya fuera por placer o por necesidad: una con la llegada del nuevo milenio y otra hace poco más de siete días, cuando anunciaron la tormenta. Ahora está segura de que nunca más volverá a salir. Mira a través de la ventana mientras el aroma del café la envuelve y recuerda que, sobre el estante de la cocina, dentro de una lata que antaño guardó bizcochos, conserva todo lo que no debe mojarse. En una bolsa grande, sellada con sumo cuidado, atesora los papeles que alguna vez significaron algo para ella y para su difunto marido, aunque hoy sean, en su mayoría, solo recuerdos.

—Insisto en que no abandonen sus viviendas…

Desde el bolsillo de Ángela, Iker Santovenia a veces suena un poco más humano; solo algunas veces no es un producto creado y envasado por los medios.

—Ante la amenaza de un fenómeno meteorológico, recoja la basura, limpie los desagües y canales para evitar acumulación de… —la voz se apaga de golpe.

La mujer se sorprende de que las baterías del radiecito hayan durado tan poco. ¿Cuándo fue la última vez que las cambió? ¿O fueron las de la linterna? «No importa, no importa, no importa», se repite. «En el segundo cajón hay baterías suficientes para otro apocalipsis». Le toma un segundo resucitar al joven Santovenia, quien, al volver al aire, ni siquiera saluda. Actúa como si nada. Razón de más para que Ángela decida que hoy no compartirán el café.

Se calza las botas de fango y sale al patio. Recoge la basura esparcida en la huerta. Otra vez los cimarrones han volcado el cubo de los desperdicios. Ni con toda la comida del mundo renuncian a esa manía de hurgar en la inmundicia, de meter el hocico en asuntos ajenos. ¿O será que, en realidad, no se trata de perros? Imposible, piensa Ángela. Ya no vive nadie a kilómetros a la redonda. Todo el mundo se murió o se fue. Quedan esos grupos de excursionistas imbéciles y curiosos de los acantilados, pero nunca llegan tan cerca de su casa. Aun así, Ángela duda. Con Iker Santovenia de Noticias en 4 como único testigo, camina hasta el fondo de la huerta, coge una pala y comienza a cavar. Desconfiada, lanza miradas a ambos lados, por encima del hombro. El locutor sigue parloteando sobre un contacto de última hora con un reconocido científico estadounidense especialista en fenómenos naturales.

Cava durante unos segundos que parecen minutos y después se inclina sobre el hueco que ha abierto en la tierra. Tira del asa de un maletín negro, brillante y pesado. Lo limpia, abre el zíper y dedica un instante a admirar su contenido: el nuevo fusil M16.

A simple vista, podría creerse que el juguete de Ángela no es más que un capricho, que, a estas alturas del cataclismo, una mujer no necesita un aparato como ese. «¡De ninguna manera! ¿Perdiste la razón?», le había dicho el general Toledo muchos años atrás, cuando aún se pensaba que la guerra sería solo entre hombres. A ella le pareció un comentario hipócrita y, ahora que él ha muerto, no podrá impedirle usarlo. Por eso, la semana pasada fue a la ciudad. Llevaba gafas oscuras, una bufanda en plena canícula y un nombre que no era el suyo. Compró el fusil y, durante el camino de regreso, decidió cuál era el mejor lugar para ocultarlo. Aunque vive sola, acompañada únicamente por el retrato de su marido y la voz de un locutor que ignora su existencia, no ha podido resistir el impulso de enterrar su deseo, de sepultarlo.

Ángela acaricia su arma con delicadeza. Es mucho más que placer; es libertad. Sabe que escogió bien. La culata cuenta con doce programas de vibración: seis ritmos intensos y seis más suaves. Las vibraciones se distribuyen por el pecho, capaces de estimular intensamente tanto el brazo como el hombro; descienden por el abdomen y alcanzan toda la parte inferior del cuerpo. El material es agradable al tacto, muy cómodo y sin fricción. El gatillo es intuitivo: permite encontrar la posición favorita con solo pulsarlo.

Su atracción por las armas comenzó la primera vez que Toledo llevó un revólver a la casa. Era un calibre treinta y ocho de cañón corto. El general lo guardó bajo llave en la mesita de noche y le prohibió tocarlo. Fue como si una tercera persona se hubiera mudado con ellos a la granja. Ángela percibía su presencia latente dentro del cajón de madera, como si la llamara. Por las noches, mientras Toledo dormía, pensaba en el arma: en cómo sería apretarla contra su vientre, deslizarla por sus piernas, sentir el frío y la dureza del cañón contra su sexo. La posibilidad de que se disparara, lejos de asustarla, la sumergía en un estado extraño, entre el miedo y el insomnio, aunque sabía que no era ni una cosa ni la otra.

Una noche, no pudo soportarlo más. Cogió la llave que Toledo escondía en el bolsillo del pantalón, sacó el revólver de la gaveta y se lo llevó al cuarto de baño. Lo tocó, lo olió, rozó con el cañón su vientre plano y sintió que el arma le susurraba algo al oído. Cuando Toledo abrió la puerta, ella estaba en el suelo, empapada por el maldito calor, con el cañón del revólver metido en la boca.

Por más que trató de explicarse, su marido interpretó aquello como un intento de suicidio. Ángela había regresado de la consulta con el doctor y el terrible diagnóstico de esterilidad. Aquello sucedió al filo del nuevo milenio y nunca volvió a saber del revólver. Pero soñó con él muchas veces, sobre todo en verano, cuando los sueños se convertían en pesadillas en las que Toledo se apuntaba a la sien y se volaba los sesos. Sin embargo, una vez tomada la decisión de acabar con su miseria, el general prefirió colgarse de un travesaño de la cocina.

Y ahora, ya demasiado vieja, la mujer saca el rifle de su escondite, ajusta la culata al hombro y juega un poco. Separa las piernas, respira, afloja el semblante. Apunta hacia abajo, a un lado y al otro, y finalmente alza la cabeza. A través de la mirilla rastrea un punto inespecífico del horizonte encapotado. Entre las nubes negras que se agrupan con violencia, ve un relámpago rasgar el cielo y, un par de segundos después, oye el rugido feroz de la borrasca. «¿Quieres pelear, naturaleza?», murmura.

Apunta a la nada. Dispara en seco. Y casi enseguida regresa esa sensación interior de vacío, una tristeza fría y hermética.

Rebusca en el maletín, encuentra una cajita de municiones y la guarda en su bolsillo. Patea el montón de tierra, se cuelga el arma al hombro y se apura a volver; deambular a la intemperie puede ser peligroso.

—Titulares: la Organización Meteorológica Mundial confirma que la Tierra se calentará este fin de semana por encima de 2,5 °C —anuncia Iker mientras caen las primeras gotas de una llovizna pegajosa e incolora.

No parece lluvia; otra vez es diferente.

—Tenemos reportes de que ha empezado a caer un aguacero denso en algunos puntos entre la Zona Norte y los acantilados. En nuestro programa, contamos con un experto en el tema que asegura que podría compararse con… líquido preseminal.

El locutor calla, incómodo.

—¿Estamos ante una tormenta de semen?

La palabra «semen» suena contra natura en la voz familiar de Iker Santovenia.

—Después de la pausa, volvemos con más.

Ángela alza la vista al cielo. Algunas gotas le caen sobre la frente y las mejillas.

  • Barbara March

    Barbara March

    Barbara March (Cuba, 1990) es narradora y guionista. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha publicado en la revista Orsai (n.º 12) y en la antología Moiras (Fera, 2026). Su novela El resto del tiempo (Sequoia Editions, 2026) obtuvo el Premio Sequoia Editions 2025. Ha desarrollado una amplia trayectoria en la creación…