Nº 66 | Narrativa | Ficción especulativa / policial fantástico | 3818 palabras | Chile

Asesinato verbal

Andrés Urrutia Ruiz

El informe describía, aparentemente, un asesinato verbal. La víctima perdió la vida en la Ciudad de las Letras, un lugar de difícil acceso. Hasta ahora, las autoridades habían logrado cercar la zona, pero ningún perito había peinado la escena del crimen. Por esta razón, no tuve más remedio que investigar dicha muerte dentro del lenguaje. ¿Pero cómo tomar huellas, recrear hechos, encontrar pistas en medio de las palabras? ¿Cómo puede un detective entrar allí?

La fiscal Mariana Ocampo me presionaba: que me apresurara en conseguir los permisos para introducir mi equipo forense en el idioma, que pidiera los salvoconductos adecuados o hablara con las autoridades competentes. ¿Pero eso no es su trabajo? ¿Quién soy yo, la niña de los mandados? No soy muy buena leyendo ese tipo de situaciones. ¿Contará como acoso laboral? Mi padre decía que necesitaba un carácter fuerte contra el mundo, porque el mundo no tiene misericordia. Puede ser un golpe, una zancadilla, una palabra; no importa, vendrán por ti para humillarte. Tal vez debería consultar con un abogado. La fiscal seguía esperando, haciendo sonar sus tacones con ritmo marcial, mientras miraba el reloj de su muñeca con una pose de revista. Todos sus símbolos parecían decir: soy mejor que tú, muévete, tonta. No me quedó otra que lograr lo que me pedía, a cualquier costo.

Conversé con la presidenta de la Academia de Letras. Ella no pareció entender la urgencia del problema y dijo que hablaría con la Real Academia Española de la Lengua para consultar el conducto regular. Yo le decía que podría darme un permiso provisional hasta que tuviera autorización, al menos para entrar al dialecto chileno; sin embargo, ella recalcó la importancia del debido proceso. ¿Con qué cara me habla ella de procesos? No tenía idea de lo urgente que era tener todas las pistas para respetar el dichoso proceso.

Hablé con el Ministerio de Cultura. La ministra me observó como si fuera un bicho raro. Me dijo que ella no tenía autoridad sobre el lenguaje, que el ministerio solo se encargaba de entregar fondos para artistas hambrientos, pero que no regulaba qué hacía cada persona con el arte. Si necesitaba ayuda, en todo caso, podía postular por ventanilla abierta para un pasaje al idioma, pero tenía que hacerlo con varios meses de anticipación. Le dije gracias por nada y me fui.

El Ministerio de Educación dijo que me faltaban competencias, que diera la PAES y que entrara a una carrera para estudiar. El Ministerio de Ciencias, que no tenía suficientes artículos indexados en revistas internacionales. El Ministerio del Interior, que no tenía autorización para ingresar al idioma por temas de seguridad interior del Estado. Finalmente, saqué un Permiso Temporal Individual de Desplazamiento General en Comisaría Virtual y me introduje en el lenguaje sin preguntar. Después de todo, no había ningún cordón sanitario que me fiscalizara.

La entrada al idioma es un camino largo y mal pavimentado, una carretera concesionada cuyo operador abandonó hace siglos. Pronto, los altos edificios blancos taparon el horizonte, como papeles rasgados del cielo, manchados de tinta, borradores olvidados, notitas abandonadas. Una ciudad confusa, invadida y saqueada por cientos de ejércitos. También una nación invasora, enriquecida por tesoros lingüísticos de otros reinos. La librería-ciudad de todas nuestras palabras.

En la esquina de Sujeto con Predicado encontré el cadáver de la víctima. Se encontraba de frente en el suelo; en su espalda, una enorme tachadura donde debió estar su corazón. Pero me estaba adelantando. Aunque el idioma estaba vacío —no vi ningún civil ni oficial de orden en kilómetros—, tomé mi cinta policial y delimité la zona. Enormes letras T hacían de postes, y ellas me ayudaron a marcar un cuadrado perfecto alrededor del cuerpo. Si hubiese pasado un auto —con ruedas de O, puertas de G, ventanas de D, etc.—, hubiese tenido problemas, pero no había tráfico en el lenguaje.

Siendo la única científica en la escena, estaba encargada de la inspección ocular, en busca de indicios y evidencias. Comencé por lo principal y más importante, eso que nunca sale en las series de detectives: ponerme un traje completo de protección, un plástico muy poco glamoroso que evita la contaminación de la escena del crimen. El mundo de las letras es un mundo higiénico, como si no cupiese polvo entre palabras, y lo que menos quería era manchar las hojas. Luego debía indicar todos los indicios, cualquier trozo fuera de lugar, poner un numerito en cada charco de sangre, huella y resto, además de fotografiarlos. Encontré solo lo típico: un gran charco negro de sangre-tinta, algunos trozos de órganos-palabras y, por último, unas sospechosas huellas que huían fuera del crimen. Seguí el rastro hasta un callejón a media cuadra del cadáver —una oración oscura entre dos párrafos—, donde encontré el arma homicida: un NOTEAMO ensangrentado, manchando el asfalto de papel. También le puse un número y le disparé mi cámara. El rastro ensangrentado cruzaba el callejón y se internaba en la ciudad, perdiendo intensidad hasta desaparecer.

Recién cuando terminé mi labor, llegó el resto del equipo. Los idiotas pidieron disculpas por el atraso, aduciendo que en un cordón sanitario los habían fiscalizado, como si yo no supiera que el lenguaje es un lugar sin ley donde cualquiera puede matar sin consecuencias. Les pedí que se encargaran de llevar el cuerpo al Servicio Médico Legal, junto con las muestras que había tomado. En especial, que tuvieran cuidado con el arma homicida, que la llevaran directo al laboratorio. No quería ningún fonema objetado durante el juicio. Tomaron cada palabra derramada con sumo cuidado. El trabajo forense requiere esa atención para que la integridad de las pistas no pueda ser discutida. Eso es tan real en la antropología forense como en la lingüística.

De vuelta en el laboratorio, desparramo todas las pistas en el mesón, esperando que me hablen. Todas las palabras me devuelven un significado que yo debiese entender: sangresangresangre construía un charco bajo el cuerpo; intrincadas huellashuellashuellas dactilares; un gran NOTEAMO con forma de cuchillo. ¿No suena todo pasional? No. El científico forense se preocupa de quién, dónde, cómo y cuándo, pero nunca de los porqués. No se pueden determinar científicamente los porqués. Y menos literariamente. ¿Venganza, rencor, dinero, defensa propia? ¿Qué importa la intención del autor? Dentro de las bolsas herméticas hay palabras derritiéndose, y las pistas podrían desaparecer para siempre si no analizo los datos pronto.

El nombre de la víctima era Simona Montag, una joven abogada de veintinueve años, recién egresada de la Universidad de Chile, con un cargo en el Ministerio de Justicia. Sé que hay una ironía en el asunto, pero me cuesta encontrarle gracia. Su familia había puesto una denuncia por presunta desgracia hacía menos de un día. Eso quiere decir que no volvió, al menos, una noche a la casa de sus padres. ¿Llegó al lenguaje sola y se encontró con alguien o llegó acompañada? Dejo esas preguntas en una nota mental para más tarde.

Llevo el NOTEAMO al espectrógrafo, esperando que, al menos, me cuente sobre la composición del arma. Antes busco huellas de quien pudo empuñar estas palabras, pero no encuentro ninguna. Olvido que las palabras no se lanzan con las manos. El espectrógrafo no arroja resultados. ¿De qué está hecho un NOTEAMO? ¿De desidia? ¿De dolor? Apago la luz, abandono el laboratorio, lo cierro con llave para que nadie entre. Si no tuviera que volver a entrar, me tragaría la llave; nada debe violar este territorio sagrado.

Flash-forward: estoy en el Servicio Médico Legal para conversar con la médica forense. Ella me muestra de nuevo el cadáver, esta vez de frente, su torso cortado en forma de Y, una letra nueva sobre su piel, pintada por la Ciudad de las Letras. Dentro de su cuerpo: palabras inscritas, tachaduras, borrones —borrones—, vacíos —vacíos—. Ella me dice lo que ya intuyo: muerte por desangramiento debido a herida punzante. Hay más heridas de apuñalamiento, pero fueron innecesarias, con alevosía, palabras que no aportaron y solo dolieron más. El resto de signos en su cuerpo no son más que heridas post mortem debido a la exposición a los elementos lingüísticos.

De vuelta en mi laboratorio, encuentro de nuevo a la fiscal, esperándome en la puerta, en su pose girlboss que nunca me ha agradado. Tiene una serie de cartas en la mano. Me dice que deberemos suspender la investigación, que mi ingreso al lenguaje no fue autorizado y que tenemos una serie de reclamos de los ministerios de Cultura, Educación, Ciencia, Interior, etc. No estoy segura de qué responder. Mi relación con mi jefa está en su peor momento. Le consulto por mi relación con esos reclamos, si yo hice todo lo necesario para asegurar las pistas, siguiendo sus órdenes. Ella me responde:

—Puede ser, pero debido a tu impulsividad, todas las pistas del texto se arruinaron. No las podemos utilizar. Tengo que cerrar tu caso. Y es tu culpa.

Me quedo en blanco. Jamás había tenido un momento tan tenso con un superior. ¿Qué hago? ¿Qué digo? Mi mano tiembla, también mi boca y mi voz. Me siento forzada a aceptar la culpa de algo que ella me forzó a hacer. Entre tartamudeos, se lo digo en la cara.

—¿Esa es la forma de hablar con tu superior? Tienes hasta que entregue este documento, que será en media hora, cuando vuelva la jueza. Vas a necesitar suerte.

Me abandona sin agregar palabras. Me parece muy sospechoso que primero me presionara para entrar de cualquier forma al lugar del crimen y luego me criticara por lo que me ordenó. Me pregunto si será algo circunstancial, emocional o algo más político. No lo sé, y las causas, en este preciso instante, no son lo más importante. Si no puedo entrar al lenguaje sin autorización, debo encontrar otra pista aquí, en el mundo real, donde los objetos físicos me den respuestas materiales e incuestionables, no las pistas ambiguas de las letras, que pueden llevar a cualquier lugar. Debo enfocarme en cómo Simona llegó al lenguaje. Y debo encontrar la respuesta antes de que cierre el caso.

Al otro lado del teléfono escucho un «¿aló?» con perfecto desgano. Estoy llamando al Ministerio de Justicia para consultar por Simona. Me contestan que ella no estaba cumpliendo ninguna diligencia y que no saben las razones de su presencia en el lugar. Sí me advierten que hubo varios rumores —así lo dice, en cursiva— sobre la vida privada de Simona. Que tenía polola. Que tal vez en qué andaba metida. Le digo que no puedo creer en los estándares de justicia del Ministerio de Justicia y cuelgo con tanta fuerza que pierdo toda posibilidad de volver a llamar. Entonces marco a otro lugar y me contesta una madre llorando. Me dice que tampoco sabe por qué su hija andaba donde andaba, ni por qué ella era como era, pero sí estaba segura de que la quería como la quería y que jamás había sentido un dolor tan grande, que por favor encontráramos a quien hizo esto. Le aseguro que no descansaré hasta hallar al culpable. Me quedo mirando hacia la ventana con persianas; apenas me dejan ver afuera y me pregunto si no estaré equivocada. Tal vez es un caso de lesbofobia, no pasional, y la verdad no quiero elegir, porque ¿quién puede elegir cuando hay una mujer muerta manchando las páginas de la historia? Son tantas que las hojas están rojas y las letras coaguladas, y el libro apenas se cierra de tanto horror. Un crimen de odio tiñe las páginas, pero nadie las lee. Me siento la guardiana de este libro y mis manos están tan manchadas como las de quienes me invistieron con esta vigilia.

Vuelvo al laboratorio. Aquí me encierro cuando el mundo deja de tener sentido. El espacio del laboratorio tiene todas sus variables controladas, cada prueba cuidada por manos de ángel, asépticas, con precisión matemática, o eso me gusta pensar. Sé que no es verdad, pero es mi forma de entender el mundo. Mis sueños de control se expresan en palabras inútiles, en documentos oficiales, en informes que prueban más allá de toda duda razonable; sin embargo, en opinión de esta perito, nada tiene sentido y todos nuestros esfuerzos ante la realidad son inútiles. Estos pensamientos son claras muestras de estrés, así que huyo al laboratorio, el único lugar que puedo controlar, a llorar lágrimas positivistas, las cataratas de la razón.

Vuelvo a sacar las pruebas. El cuchillo-palabras, la sangre-letras. A pesar del cuidado que tuve al guardarlas, parece que el material del que estaban hechas empieza a disolverse. Las palabras son muy frágiles dentro de la realidad. Abarcan mucho, se estiran y se reblandecen, como cereal con demasiada leche. ¿Por eso el sospechoso eligió realizar el crimen en la Ciudad de las Letras? ¿Fue planeado?

No, debo detenerme ahí. Estoy especulando desde información incompleta. Si sigo esa línea sin tener más pruebas no sería mejor que cualquier conspiranoico, cuyos inventos tienen una leve cercanía con la realidad y, cuando aciertan, se desencajan en obviedades y razones. Todo estaba muy claro. Por supuesto que esta era mi intención. Esto era lo que quería decir. ¿Pero qué importa lo que digan los autores? Tal vez el crimen fue un error, nunca quiso llegar a tanto, fue el único lugar donde se pudieron juntar, fueron hacia allá por una variable que desconozco. Infinitas posibilidades, y yo aquí tratando de armar el relato de un delito sin pruebas reales.

Una de las pistas no se deshace. El celular. Imposible de abrir sin la contraseña. La madre de Simona tampoco se la sabía. Le queda 12% de batería; en cualquier momento se va a apagar, pero no puedo tomarlo con mis manos para cargarlo, no debo sacarlo de la bolsa hasta el juicio. Necesito esperar una orden judicial para intervenir el aparato. Para lograr tener cargos hoy, es imposible. Reviso el aparato por todos los rincones, rogando un pixel de indicio. Tiene una carcasa de anime, con dos jóvenes varones besándose. La bolsa me incomoda, pero logro sacar la cubierta. Un papelito rueda hacia el fondo del envase transparente. Hay muchos elementos dentro —un celular, una carcasa y un papel—, pero logro ver bien el documento. Es una boleta de un motel. Un motel que recuerdo estaba camino hacia la Ciudad de las Letras. El motel Páginas Secretas.

Corro hacia mi oficina como si hubiera un terremoto. La gente me mira extrañada, porque murmuro como un mantra todas las ofensas contra mí que se me ocurren. ¿Cómo fui tan estúpida? Abro mi computador, hago una búsqueda rápida y encuentro el teléfono del motel. Suena el tono de espera.

Tuuuuuuuuuuuuuuut.

Suena eterno, mientras las onomatopeyas escapan del auricular.

Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuut.

Siento que ya no doy más de recursos literarios, solo quiero la verdad. ¿Nadie trabaja en este motel de mierda?

—Aloooooo, Motel Páginas Secretas, su aventura está a salvo entre nuestras hojas. ¿Con quién tengo el gusto?
—Hola, soy la detec…
—Tenemos promociones por tres horas, seis horas o toda la noche. Tenemos habitaciones temáticas sobre literatura: una habitación Como agua para chocolate, otra de El Señor de los Anillos, otra de Rayuela para las señoritas que se creen la Maga. La habitación de Lolita está cerrada actualmente debido a una situa…
—¡Por favor, pare! No llamo como cliente, llamo desde la PDI. Soy la detective Fernanda…
—Ahhhhh, no, no más gente de la pe-de-í, no webeen más, por favor. No queremos más problemas.
—¿Qué problemas?
—Anoche dos señoritas me dejaron el desastre acá, peleando, y la de mayor edad me terminó mostrando una placa para que no llamara a los pacos. ¡Es el colmo el tipo de gente que…!
—¿Tiene el nombre? ¿Tiene una foto? Lo que sea.
—Tengo un número de tarjeta. Déjeme verlo en el computador. Solo no webeen más, ¿sí, porfa? Ehm, ya, anote.

Tecleo el número. Cuelgo sin dar las gracias. Copio y pego el número, lo meto en el sistema. Y el peor nombre aparece en la pantalla.

CUENTA CORRIENTE 000086721534
MARIANA OCAMPO

¿La fiscal? ¿Mi fiscal? Entonces algo baja en mi cabeza, un sentimiento que llevaba guardado por horas. No soy alguien que cree en presentimientos, pero algo me picaba las entrañas desde la mañana, algo que no calzaba y que no lograba conectar. ¿Por qué la fiscal me haría ir sola a levantar información? ¿Por qué con tanta urgencia? ¿Por qué tantas trabas? Aún más importante: ¿quién nos avisó que el cuerpo de Simona estaba en la Ciudad de las Letras? Busco entre los informes de la investigación, doy vuelta la carpeta buscando el número desde el que se hizo la denuncia, pero no aparece. Eso solo puede significar que actuamos de oficio, pero para eso nosotras debimos saber primero del cadáver. ¿Quién le avisó a la fiscal? Tengo un momento de silencio interno, cuando llegan certezas sin palabras, desde la más profunda capa cerebral. Recuerdo las pisadas en la escena del crimen: dos marcas rojas por pie, un tacón de aguja. La foto de las huellas tiembla en mi mano, en el mismo ritmo de los tacones de mi jefa caminando por un pasillo imaginario. No estoy segura de si puedo probar esas pisadas, pero antes tengo que estar segura, muy segura, completamente segura.

Si quiero atrapar a Mariana, debe ser por libro. Nada de ideas justicieras. Aun así, no sé cómo hacerlo, menos cuando ella está tan cerca de cerrar el caso. ¿Podría llamar directamente a algún juez? ¿O a la brigada anticorrupción? No, ninguno es competente. ¡Asuntos Internos! Se creó hace poco una unidad especial en Inspectoría General. ¿Cuál es el número? Estoy nerviosa, creo que nunca había estado así antes. Busco el contacto asustada y tecleo el número, pero no conecta. Reviso el teléfono, todo parece en orden. Llamo a cualquier otro lugar y tampoco conecta. Siento pasos de tacones que se alejan por el pasillo. Salgo rápido de mi oficina, pero no la encuentro.

Esta mujer, ¿cómo es capaz de matar a alguien y utilizar su poder para encubrir el crimen? Cree que puede cortarme el teléfono, pero no puede detenerme. Tomo mis cosas y salgo lo más rápido posible hacia las oficinas del Alto Mando, ubicadas en el centro. Corro hacia mi auto. Entonces veo a alguien esperándome.

Ella misma, en su pose particular.

—¿Es este el horario de salida? ¿Deberías irte ahora, cuando hay una investigación de alta sensibilidad en curso?

—Según tenía entendido, dicha investigación debía cerrarse, en específico por mi culpa.

—Eso no quiere decir que puedas abandonar tus obligaciones. De hecho, creo que debes permanecer aquí, de forma permanente, hasta que esa situación se regularice.

Esa frase produce en mi cuerpo una especie de risa nerviosa que surge a borbotones. Legalmente, ella no tiene ninguna atribución para bloquear mi desplazamiento. Y, sin embargo, no me permite abrir el auto. Su cuerpo bloquea la puerta. La intento hacer a un lado, pero ella tiene más fuerza y se resiste. Nuestros cuerpos terminan muy cerca. Siento su aliento frente al mío. Toma mi mano, que tiene las llaves, y…

—Por favor, Fernanda, no hagas tonteras.

—La que hace “tonteras” acá eres tú, Mariana. No puedes prohibirme salir.

—Por supuesto, no te puedo prohibir hacer nada. Solo te puedo llevar a otro lugar.

Me empuja y, de una forma que no entiendo, no caigo en el suelo del estacionamiento. Al chocar mi piel con el asfalto, no toca asfalto: toca papel, que va transformando mi piel en piel, mis dedos en dedos. Lentamente, las llaves del auto pierden su forma física, se convierten en el símbolo de llave. Mi brazo y el objeto quedan atrapados en la hoja. No me puedo despegar, no puedo escapar. Levanto la vista, encuentro sus ojos enormes viendo mi cuerpo-palabras, y entiendo que no es la primera vez que ve esta transformación. Estamos rodeadas de edificios-oraciones, en medio de una calle-morfemas. Me trajo a la Ciudad de las Letras y no me puedo mover.

—¿Cómo haces esto? ¿Cómo puedes entrar y salir de aquí?

—Escribiendo. La gente piensa que no hay forma de ser libre. ¿Sabes dónde siempre puedes escapar? En las palabras. Puedes decir lo que quieres. El mundo físico se limita a normas, a posibilidades. Las letras son más blandas. Todos somos autores, Fernanda, todos podemos entrar a nuestra ciudad. Aquí lo único que te limita es tu habilidad. Y tú eres demasiado racional para moverte libremente. Desde que entraste, solo intentaste limitar y entender el crimen como si fuera un texto. De acá jamás podrás salir.

Palabras como hormigas caminan por mis brazos y mis piernas, arrugando mi traje, ensuciándolo con tinta. Presionan, y no me puedo mover.

—O tal vez no. Tal vez te vas a poder liberar. ¿Sabes que en el fondo no importa? Tendré que irme del país. Tal vez ya esté en una playa paradisiaca cuando estés fuera de la ciudad.

—¡Mariana! ¿Por qué la mataste?

(Un silencio incómodo en medio del texto).

—No importa si la maté o no. Lo importante es que intenté ocultarlo aunque fuera lo último que hiciera. Así que es mi culpa. ¿Sabes, Fernanda? El lenguaje es amplio y da para mucho. No hay objetividad aquí. No importa si lo hice o no. Yo disparé palabras, y esas palabras mataron a alguien. Y por eso tengo que huir.

—Esta investigación se terminó.

Se va. Camina lejos de mi vista. Escucho sus tacones resonar en los papeles que hacen la calle de la Ciudad de las Letras. Suenan con un eco puro, perfecto, un eco parecido al estacionamiento, como si nunca nos hubiésemos ido. Y, como ella dice, tal vez nunca nos fuimos de aquí.

—¿La amabas? ¿A Simona?

Los tacones se detienen.

—Eso no debería importarte.

—¿Y qué si lo hago? Soy una detective. La única forma que tengo de entender el mundo es querer resolverlo. Dame la respuesta. Y luego puedes desaparecer.

(Un nuevo silencio incómodo).

—¿Por qué no me matas como la mataste a ella? ¿Cuáles son las palabras mortales? ¿NOTEAMO?

—¡¡NOOOOOO!!
LAS PALABRAS MORTALES SON UN TEAMO.

Y su TEAMO sale como un cuchillo que provoca una tachadura en el borde de mi rostro. Brota sangre convertida en palabras sangre. Mariana retrocede, aterrada por sus palabras. Quisiera hablar, pero quedo muda, como si de una puñalada me quitaran las palabras. ¿Cómo un TEAMO puede cortar así, tan terrible como un NOTEAMO?

Los pasos de Mariana son más rápidos y torpes. Huye despavorida, perdiendo todo lo que quedaba de perfección. Yo permanezco atrapada en la Ciudad de las Letras, mientras lentamente la sangre de mi mejilla oscurece las blancas paredes del pasillo textual. Solo puedo pensar en el caso que dejé inconcluso, y en los reportes que deberé llenar, y en lo poco premeditadas que son las palabras de los autores en sus delitos, y en las pocas habilidades que tengo para resolverlos. Espero algún día poder escribir este crimen, ocupando como abecedario las huellas rojas que dejó Mariana con sus tacones ensangrentados: un perfecto asesinato verbal.

  • Andrés Urrutia Ruiz

    Andrés Urrutia Ruiz

    Andrés Urrutia Ruiz Andrés Urrutia Ruiz (Talca, 1990) es sociólogo por la Universidad de Chile y magíster en Literatura por la Universidad de Santiago. Otaku e investigador de cosas ñoñas y fletas, su trabajo cruza ficción especulativa, ciencia ficción, fantasía, cultura popular y literatura LGBTIQ+. Su primera novela, Hijos de la Ira (Loba Ediciones, 2017),…