Durante el embarazo de su madre, una niña aprende a escuchar los ruidos que parecen esconderse en las paredes de su casa. Tras el nacimiento de su hermano Josepe, el silencio reemplaza a los ratones, pero nuevas señales comienzan a alterar la memoria familiar. Entre heridas, sonidos apenas perceptibles y recuerdos que se contradicen, Hendidura explora la infancia, la maternidad y aquello que puede crecer en los límites entre el miedo y la imaginación.
Nº 79 | Narrativa | Terror | 2740 palabras | Chile
Almuerzo dominical
Fernanda Carrasco González
Pancho extiende el mantel blanco sobre la mesa y luego camina hacia el mueble de los platos y apila tres. Se los lleva en las manos, los pone sobre la mesa; abre el cajón de los cubiertos y saca tres tenedores y tres cuchillos. Toma una silla del comedor, la lleva a la cocina y se sube en ella. Baja con tres vasos en las manos y después con el servilletero vacío. Elige las servilletas especiales, las grandes, las de domingo. Procura que todo quede acomodado en la mesa como le gusta a su papá: impecable, en orden, pero sencillo y familiar. Observa la mesa para comprobar que todo esté derecho y perfecto, y se sienta en el sillón de cuero un poco desgastado y espera. Son las once de la mañana y espera con ansias. Mira la tele que habla de cosas de adultos que no entiende del todo: de política, cosas que probablemente su papá entiende mucho mejor y que quizás su mamá pudo entender y discutir alguna vez, antes de que se convirtiera en una vigilante.
Almuerza con su papá y su mamá todos los domingos a la una de la tarde. Su papá lleva el almuerzo, lo pone en la mesa y le dice a Pancho que abra las bolsas, que lo acomode todo mientras él va a buscar a la mamá. Esa tarde comerán pollo asado con papas fritas, un almuerzo bien usual de domingo, pero no por eso menos delicioso. A Pancho le cruje la guata por el hambre acumulada por más tiempo del que debería acumularse. Cruje la guata de Pancho, crujen las bolsas del supermercado y tintinean las llaves de la pieza de la mamá. El papá se demora un poco en vestirla, quizás en perfumarla y quién sabe en qué más. Pero cuando la mamá llega a la mesa, arrastrada por el papá, Pancho piensa que valió la pena esperar porque se ve hermosa con su vestido negro con flores rojas. Le parece, sí, que es un poco primaveral para el frío que hace afuera, pero la mamá siempre ha sido fría. Llega a su nariz un aroma conocido, dulce, un poco fuerte, mezclado con algo un poco más sucio y recurrente que el perfume. Sabe que su mamá solía ser más hermosa antes, pero ahora su belleza es distinta, algo que Pancho nunca ha visto fuera de la casa. Quizás sea un efecto particular, gracias a la espera que lo hace disfrutar más de las cosas. Los tres se ubican en sus puestos. El papá lo mira desde la cabecera de la mesa y le sonríe. Su mamá, a mano izquierda de su papá, mira hacia el frente, como hace todos los días, y el papá de Pancho hace una oración mientras toma a su hijo y a su esposa de las manos. Agradece por la comida, por el dinero y por la salud y, después, cuando termina y antes de comer su primer trozo de pollo, le da de comer a su esposa, llenándole la boca con pollo que cae al plato, sin masticar, y «¿Está rico?», le pregunta. Pancho está acostumbrado a esto y, como cada vez, se imagina una respuesta y una sonrisa cálida, un «Sí, está rica. Muchas gracias, mi amor»; a veces incluso se imagina un apretón de manos desde el otro lado de la mesa, una mano caliente sobre la suya y un «Los amo» que ninguno de los dos ha escuchado desde que la mamá de Pancho dejó de comunicarse con ellos. El almuerzo dura una hora; así está estipulado. El perro se queda en el patio. La tele permanece apagada, pero suenan himnos, himnos de domingo. El papá, entonces, cuenta sus logros en el trabajo, cosas distintas cada semana y que Pancho no logra entender del todo. Y cuando el almuerzo termina, después de un largo silencio y de miradas eternas, el papá de Pancho le dice que levante los platos y que vaya a lavarlos mientras él lleva a la mamá a la pieza. Pero Pancho preferiría que la mesa nunca se levantara y que el silencio y las miradas y las sonrisas de su padre fueran inmortales al menos durante todo el domingo. Aun así, Pancho se levanta y no se permite dejar pasar un segundo después de la orden de su papá; no puede cometer una desobediencia. Los platos, los vasos y los cubiertos se lavan, el mantel blanco de domingo se remoja con cloro, se lava y se dobla, la mamá de Pancho se esconde en su pieza y el rostro amable de su padre se desvanece hasta el domingo siguiente.
Camina solo durante la noche, lleva en sus brazos una bolsa de basura y mira alrededor. Busca el lugar perfecto, algo que esté vacío y que sea poco transitado. Piensa que la línea del tren es probablemente el mejor lugar para cavar un hoyo, pero por el medio, escondido, lejos de los cruces. Ilumina el lugar con una pequeña linterna, buscando alguna apertura hecha por manos humanas en la rejilla de metal y esperando no encontrarse con ningún peligro. Encuentra más de una apertura, pero se decide por la más pequeña, la más desapercibida. Cuando la cruza, solo ahí se da cuenta de que no llevó nada para cavar, quizás por el apuro y por salir de casa sin que nadie lo viera, ni su papá ni su mamá, sobre todo la última, que puede mirar a través de las paredes. Comienza a arañar la tierra con las manos, que está dura y extremadamente seca y que, después de unos minutos, le lastima las uñas y le hace sangrar los dedos. Pancho no se da cuenta de que alguien lo está mirando y sigue excavando y piensa en por qué no está llorando. Lleva su mano a la bolsa y la acaricia con una pena fingida que nadie tendría por qué ver, pero Pancho siempre tiene público, a Pancho siempre lo vigilan. Y no se equivoca. Después de un par de arañazos más a la tierra, a Pancho le hablan: «¿Andái enterrando un muerto o qué?». Pancho se da vuelta, espera una cara de horror o una amenaza, pero se encuentra con algo diferente: «Si querís, te ayudo». No sabe qué responder a eso, nunca sabe qué responder. El joven enfrente suyo se ríe. «Ese es mi hoyo», le dice, apuntando a la rejilla. «Yo lo abrí». «Disculpa», responde Pancho, rápido, lo escupe, y se queda tieso. El otro se ríe de nuevo y esta vez no ofrece nada. «Te ayudo», dice, sin cuestionar nada y sin preguntarle si quiere su ayuda. Saca una navaja de su bolsillo y a Pancho se le eriza la piel, pero logra respirar cuando se da cuenta de que la usa para excavar. Entonces, Pancho hace lo mismo y continúa con su misión principal. Tiene miedo, pero también se siente curioso. Podría ser casi de su edad o un par de años más grande, eso piensa cuando mira al otro niño. Pero ninguno le pregunta nada al otro. Pancho le da las gracias, el otro asiente, pasan minutos, una media hora o un poco menos, y cuando el hoyo en la tierra está del tamaño perfecto y la bolsa de basura queda enterrada, decide despedirse de su contenido. Hace una oración rápida, de memoria, y acaricia nuevamente la bolsa antes de que se convierta en un montículo de tierra; pero esta vez, para su sorpresa, se siente casi sincero, casi como triste y también esperanzado. Mira al niño enfrente suyo y vuelve a darle las gracias. El otro no le dice nada, lo mira, pero Pancho no necesita una respuesta, solo quiere irse. Se pone de pie y se despide rápido, se da la media vuelta, atraviesa la rejilla y entonces se da cuenta de que el miedo nunca se fue. Nadie lo persigue ni se da vuelta a observarlo ni le entierra una navaja por la espalda cuando se va, pero aun así decide correr a su casa.
La casa de Pancho pasa vacía durante la semana. La última vez que lo visitó un amigo del colegio le preguntó por qué su casa olía así, un olor inexplicable, pútrido, asqueroso, «y sin exagerar, no te estoy exagerando», y por qué su mamá ya no lo recibía con esos pancitos amasados que les hacía siempre. Ese día, ambos se sientan en la mesa a hacer la tarea de matemática, pero el amigo tiene otra idea y saca un mazo de cartas que Pancho jamás podría coleccionar. Juegan un rato, aunque, en realidad, el amigo juega solo a ganarle al otro niño que no sabe las reglas. Siente algo en las piernas, es el perro que se pasea y se acaricia solo. Se le notan las costillas más de lo normal y lo mira como si tuviera pena; pero los perros no sienten pena, eso le dijo su papá, lo único que sienten es hambre, sed y unas ganas vergonzosas de que los quieran, nunca pena. Entonces, mientras el amigo revuelve las cartas sobre la mesa, con los cuadernos olvidados dentro de su mochila, Pancho siente que debe explicarse, por el olor y por la ausencia de su mamá, que en realidad nunca está ausente, y entonces le explica que está enferma, que es algo incurable y terrible, o que eso le dijo su papá, y que por eso su mamá ya no lo recibe así, como antes. «No puede salir de la pieza, es peligroso». Además, le explica que él también tiene prohibido ir a la pieza durante la semana, y Pancho es muy obediente. Su amigo se queda en silencio, concentrado en sus cartas, pero después le pregunta si la enfermedad es contagiosa. Le responde que no lo es, aunque no está seguro, y el otro niño se queda pensando en algo; eso cree Pancho porque se le nota una incipiente sonrisa. Su amigo es tan niño como él en ese entonces y a Pancho no le gusta pasar las tardes sin compañía, por eso lo invita a estudiar, o eso es lo que le dicen a la mamá de su amigo, que van a estudiar y a hacer las tareas. El amigo sigue revolviendo las cartas, le pasa un par no sin antes mirarlas y seleccionar cuáles debería usar Pancho, y mientras lo hace le dice que su mamá le dijo otra cosa: que la mamá de Pancho los abandonó a él y a su papá, por eso ya no se le ve en la casa ni en la verdulería ni en las reuniones de apoderados. Mira a Pancho a los ojos y le pregunta si eso es así, si es verdad que su mamá lo abandonó. Pancho mira sus cartas y siente ganas de llorar porque su mamá nunca lo abandonaría. Mira los cartones en silencio, aleja al perro un poco con su pierna, un poco brusco porque el perro chilla sin fuerzas, y piensa si a su amigo le dolería que lo golpearan en la cara con el florero que está enfrente suyo. Pancho es un niño, con la fuerza de un niño, y reacciona como tal y no se da cuenta. Entonces, el amigo sangra, llora y la nueva forma de su nariz deja a Pancho sin palabras. Se queda inmóvil en su asiento. Aun así, el amigo parece tener algo de energía que usa para decirle que solo se junta con él porque a su mamá le da pena que sea un guacho. Pancho lo mira y ve cómo su amigo, con el resto de energía que le queda, se levanta del piso, tambaleándose, y sale de su casa gritando por la puerta de entrada y dejando su mazo de cartas y su mochila atrás. Pancho reacciona después de un rato. Ordena las cartas en la mesa, recoge la silla y el florero roto del piso, barre y limpia las gotas rojas que quedaron en él y también aprovecha de cerrar la puerta de la calle que su amigo dejó abierta. Luego hace su tarea, como tenía previsto, y piensa, mientras observa el mazo de cartas de su amigo, en que no es la primera vez que tienen que reemplazar el florero.
Espera durante una semana a que su papá llegue a la casa para que se entere, por medio de la vecina, de lo que le hizo Pancho a su hijo. Si es que la señora no llega antes. Ahora a Pancho nadie lo va a ver a su casa. Su mamá sigue en la misma pieza y el olor nunca se ha ido, pero Pancho ya no pasa todas las tardes ahí, salvo durante el día domingo. Tiene trece años y un nuevo amigo con el que se encuentra después del colegio, cerca de la línea del tren. Su nuevo amigo no hace tareas de matemática ni de lenguaje; es un poco mayor y dejó el colegio porque, según él, ahí no se aprende nada. Pancho lo sigue para todas partes, caminan por la línea, recogen cachureos y se sientan en un sillón abandonado a consumir cosas que Pancho no tiene muy claro qué son, pero que hacen que se sienta muy bien, muy mal y que a veces hacen que no sienta nada en particular. «Yo tengo un don, ¿sabís?», le dijo el amigo de la línea una vez. «No te lo puedo mostrar, pero lo tengo, un día lo vai a saber». A veces piensa que su amigo habla de cosas que no se entienden, tal como lo hacía su papá, como si tuviera un código y como si supiera cosas que él fuera incapaz de comprender. Por eso el amigo de la línea es importante, irremplazable incluso, al menos por ahora: él sabe cosas que Pancho no sabe y no es tan grande ni tan fuerte como su papá para ocultarlas por siempre. El amigo extiende el brazo; Pancho lo rechaza. «Mi papá llega hoy día», le dice. «Tengo que estar aquí». El amigo se ríe, estira las piernas, se guarda algo en el pantalón y se limpia las manos en el sillón que, en realidad, debe dejárselas más sucias. «Tá bien». El amigo de la línea no lo cuestiona. Pasan la tarde esperando a que pase el tren al menos una vez para que se lleve la bolsa de basura del día. Entonces el amigo se va primero, que tiene unas cosas que hacer, dice, y se le está haciendo tarde y no quiere que lo castiguen como otras veces. Pancho lo duda, nunca ha conocido su casa ni a sus papás. Pero ¿quién es él para cuestionarlo? Se queda un rato más mirando hacia el cielo hasta que el sol se va, entonces él también se va a su casa y de pronto siente que debe apurarse, como si lo estuvieran llamando con urgencia; pero esa noche el papá no llega ni tampoco llega al día siguiente, ni a la semana siguiente, ni al mes siguiente, y Pancho, dentro de todo eso que no sabe, entiende que los dones que vienen desde la tierra no deben ser cosechados todos los días.
Hace poco aprendió a abrir candados gracias a un truco que le aprendió al amigo de la línea del tren. Se da cuenta de que el olor ya no es el mismo, ahora es un poco distinto, un poco más diluido, y hay una frialdad en la pieza de su mamá que lo recibe y que es más terrible que el invierno, pero aun así siente una calidez que le llena el pecho y que le calienta las manos al acercarse a la cama. Su sangre corre con fuerza, así como el canto que suena desde la radio favorita de su mamá: Exáltate, oh, gran Cordero. Esos himnos en volumen íntimo que suenan todos los días. La mujer observa el techo, inmóvil, certera, pero Pancho sabe que lo está mirando todo y que no puede ocultarle nada, que sus cuencas vacías son un símbolo de extensión y que ella, desde hace meses, estaba esperando a que Pancho por fin desobedeciera a su padre. Por eso se recuesta sobre las piernas duras, apoya su cabeza en dirección al vientre de su madre y cierra los ojos y le pregunta, casi como una plegaria, si sabe cuándo vendrá el siguiente domingo. La mujer no le responde, pero Pancho juraría que una mano estuvo a punto de acariciarle el pelo.
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Fernanda Carrasco González
Fernanda Carrasco González (Santiago, 1996). Licenciada en literatura y licenciada en educación. Se desempeña como docente en lengua y literatura. Actualmente, reside en la comuna de Pedro Aguirre Cerda. Se interesa, principalmente, por la lectura de autoras y, a veces, de filosofía política. Además, como pasatiempo, es aficionada a la fotografía. Lee al autor en…

