Nº 89 | Narrativa | Ciencia ficción | 2760 palabras | Chile

Sin miedo a morir

Catalina Jorquera

No deja de parecerme irónico lo mucho que me he aferrado a la vida.

Desde que se desató la plaga la muerte me aterra. Y yo solía ser la persona que repetía como un mantra retorcido: me quiero morir. Ya no pienso eso en los días malos, simplemente sigo yendo al trabajo.

A los dieciocho entré como apoyo navideño a la tienda. Han pasado diez años y sigo aquí.

Cuando esas cosas invadieron todo, estuvimos unas semanas en casa por precaución. Sin embargo, era importante abrir nuevamente el comercio, volver a la normalidad, recuperar los espacios. Debo admitir que, en ese entonces, estar en la casa tampoco me gustaba ya que perdía mis bonos y tenía menos plata.

Camino al trabajo las calles están más vacías. Casi nadie trabaja afuera si puede evitarlo. El muro que está cerca de mi casa tiene una nueva frase: somos la carnada.

Mi momento favorito del día es el viaje en metro. Es el lugar más seguro, esterilizado y funcional, además ya nunca está tan lleno. En la casa, con el ir y venir, nunca sé qué esperar. Pienso todo el rato si le entró un bicho a mi mamá al ir al trabajo, o a mi hermana en la cafetería en que trabaja o en cualquier parte donde ande paseando. La situación global no le quitó el deseo de salir y tener vida social. Yo soy más temerosa, nunca salí mucho, pero ahora casi nunca. Por eso me emociona el panorama que tengo hoy en la noche: ir al cine a ver una película mala con mi polola. Cuando nos conocimos y nos dimos cuenta que ambas amamos ese tipo de películas, sentí que podía ser mi pareja oficial y estable. Quizás el amor de mi vida.

Me fijo en los zapatos de las personas que me rodean. La mayoría usa suelas metálicas, como yo. Es el uniforme tácito a estas alturas. En las calles hay vendedores ofreciendo almohadillas y plantillas para hacer más llevadera la experiencia. Los primeros días mis pies, acostumbrados a los turnos de diez horas, se llenaron de ampollas.

Siempre estoy con audífonos, pero hay un ruido que sobrepasa la música. Pongo pausa y presto atención. Veo a un hombre caminando lentamente por el pasillo del tren, le cuesta avanzar y está tapado con una frazada, anda descalzo y con el cabello canoso despeinado. Habla pero no se le entiende, es más un murmullo. Se desmorona y empieza a vomitar. Veo el líquido rojo salir de su cuerpo y avanzar por el piso. Entiendo lo que significa. Todos entendemos.

Mientras me alejo lo más posible del cuerpo tirado en el suelo, desbloqueo el celular para avisar en el trabajo que llegaré un poco tarde.

Frente a mí tengo el afiche informativo que nos dice qué hacer:

Mantener la calma.

Esperar las indicaciones del conductor.

Evacuar el tren.

Reunirse de forma ordenada en la zona demarcada en el andén.

Esperar la prueba de sangre para descartar infección.

Luego de eso puedes seguir tu camino tomando el siguiente tren.

Es la tercera vez que veo algo así. Por lo general la gente más pobre sufre estos ataques en público.

En mi trabajo nos hacen usar ropa negra desde antes de que fuera la norma universal. Los colores oscuros son menos llamativos para estos bichos. Dicen que no tienen buena vista y son atraídos por los tonos vivos como el rojo, amarillo, blanco y toda la gama de colores neón. Recomiendan usar negro, café y gris. Chile no es un país muy festivo ni colorinche, pero sigue sintiéndose raro vernos a todos uniformados. Se disparó la venta de sacapelusas.

Mi jefa me escribe que todo está bien y que no me preocupe. Prefiero no contarle a mi polola, al menos no por mensaje. Tengo ganas de estar con ella y comer cabritas. Se me escapa una sonrisa de anticipación. Anoche me dijo que ha estado viendo departamentos en el centro y me ha mandado varios anuncios del Portal Inmobiliario preguntando mi opinión.

Trabajo en el barrio alto, donde ya no hay árboles ni rosas ni pasto. Todo fue reemplazado por el frío metal. Rosas de metal, árboles de metal. El plástico también es una alternativa decorativa (solo decorativa) aprobada y segura, pero demasiado ordinaria para esta gente.

Mi mamá se puso triste cuando tuvo que deshacerse de sus plantas. «Un hogar sin plantas es un hogar sin alma», dijo muy cabizbaja cuando en el matinal recomendaron eliminar todo lo que viviera en la tierra. Ese es el hábitat natural de los bichos. Se ha negado a comprar plantas de plástico porque, al igual que las señoras de Las Condes, ella piensa que es de lo más flaite. Su realidad periférica no la hace inmune al buen gusto. Podemos ser pobres, pero no vernos como tal. Sus palabras, no las mías.

Después de bajarme del metro debo caminar unos veinte minutos por casas y edificios enormes y blindados. Alguna vez fantaseé con vivir por aquí, con tener una vida como las que muestran las teleseries o los comerciales. Hoy mis prioridades han cambiado. Si logro vivir y mantener mi trabajo con todas las extremidades y ojos, todo estará bien. Ojalá poder arrendar en algún lado con mi polola, en un edificio con un sistema de seguridad de último nivel, de esos que tienen una pasarela de inspección sanitaria para asegurar que no tienes nada adentro.

Me es inevitable escuchar la conversación de dos hombres jóvenes que están cerca. Parecen de mi edad, pero tienen ese aire próspero que solo te da la plata. Abajo de sus chaquetas y polerones negros usan unas camisas celestes.

—Mi viejo ya se compró el barco.

—Buena, dicen que ese es el futuro.

—Sí, cacha que estas hueás no viven en el agua, entonces toda la vida se va a ir para allá.

Subo la música y los adelanto. Solo voy a llegar media hora tarde, menos mal.

Vendemos jabones, cremas y productos de cuidado corporal hechos a base de aceites naturales, plantas y frutas. Nuestras ventas no han bajado, todo lo contrario.

Los últimos descubrimientos en torno a esta plaga han sido beneficiosos para mi bono. Se supone que los olores cítricos y mentolados los repelen. Se ha disparado la venta del jabón de verbena y la crema de menta.

Cuando llego a la tienda veo que colocaron un nuevo cartel en la vitrina. Es una foto fresca y jugosa, con limones y agua salpicando una piel radiante y sana, la mano sostiene una barra de jabón que se muestra triunfante con el eslogan: ¡Cuidarte está de moda!

Mi jefa me recibe con un beso en la mejilla. Paso a dejar mi bolso a la bodega que es del porte del baño de mi casa y, mientras me abrocho el delantal, le pregunto cómo ha estado la mañana.

—Lentísima. Pero igual he vendido como trescientas lucas.

Trescientas lucas no es precisamente una mañana «lenta», pero a ella le gusta bajar el perfil al sacrificio. De esa forma puede exigirnos más.

—Harto.

—Sí, es que vino una señora y compró jabón para toda la familia. De hecho nos van a traer más mañana. Somos la tienda que más vende. —No puede evitar la sonrisa orgullosa que se dibuja en su cara.

Las horas pasan y deseo que la tienda se llene. Así el tiempo pasa más rápido.

El desfile de señoras del mall siempre me ha parecido excéntrico, pero la crisis ha acentuado aún más la extravagancia de la gente acomodada. Hace frío, así que sacan a relucir sus mejores abrigos y pañuelos.

Las personas con más plata usan colores fuertes. Fucsia, azul rey, amarillo neón. Esto debe ser por las marcas de lujo. La última campaña de una diseñadora muy exclusiva se tituló: «Sin miedo a morir», y esta incluyó una colección de colores chillones, incluso calzones. Por otro lado, las que creen en el lujo silencioso se envuelven en chaquetones más sobrios, negros y grises, con texturas, para ponerle más estilo.

Estoy atendiendo a una señora cuando escucho el ruido seco. Segundos después, los gritos. Las dos nos sobresaltamos y cruzo miradas con mi jefa que está en la caja.

Los suicidios han aumentado.

Incluso en esta comuna.

Va a comenzar mi hora de colación cuando mi jefa exclama:

—¡Por la mierda, se me olvidó! Tengo una reunión en la oficina, nos citaron a las seis, pero se me olvidó arreglar el horario para que no estuvieras sola en este rato. ¡Perdón!

Hemos trabajado mucho tiempo juntas como para entender lo que pasa: no podré ir a comer porque si no la tienda cerraría y eso es inaceptable.

Muchas personas fueron desvinculadas. Había miedo cuando recién se supo lo de los bichos. Las empresas y el tono que el gobierno usó fue de hacer sacrificios, austeridad, apretarse el cinturón. Hubo despidos, con foco en las que llevaban poco tiempo y no eran tan caras de indemnizar. Las tiendas que antes funcionaban con cinco personas ahora lo hacen con dos o tres.

Tengo otra compañera que hoy está en su día libre. Mi jefa propone llamarla y pagarle horas extras, pero yo sé que planeó este día para estar con su hijo por su cumpleaños. Le digo que no.

—Yo voy a estar bien, el mall no está tan lleno. Cualquier cosa, coloco la cinta en la entrada no más.

Mi jefa me agradece, me promete que me va a comprar un chocolate y que me va a contar todo el chisme. Me siento en la silla de la caja, la única silla de toda la tienda, y me pongo a comer mis nuggets fríos. Miro hacia arriba y veo la cámara de seguridad que apunta directamente hacia mí, la luz roja indica que está funcionando. Me meto un nugget completo a la boca.

Estar sola en la tienda no es tan malo. Puedo poner la música que quiero y pensar en mi futuro mientras me exfolio las manos. ¿Cómo me voy a ir de la casa de mi mamá? Tengo plata ahorrada, pero no tiene mucho sentido abandonar a la familia en un contexto así. Qué fea la palabra abandono, no estoy abandonando a nadie. El mundo sigue, quizás yo debería seguir también. ¿O no?

—¿Usted atiende aquí?

Estoy adelantando algunas labores de cierre, barriendo y ordenando jabones, cuando mi jefa entra a la tienda. Su cara está contraída y no importa cuánto bótox se haya puesto en la frente, las expresiones luchan por salir y escribirse en su cara.

—Están estudiando las propiedades de los bichos y los laboratorios de la marca están haciendo pruebas para hacer productos con ellos. Mira, nos dieron una muestra de ungüento para las cicatrices.

Mi jefa saca de su abrigo un pote blanco con una etiqueta escrita en inglés. Introduce una paleta de plástico para mover el contenido y veo una sustancia amarillenta que me recuerda al pus y claras de huevo.

Qué asco.

—¿Es como la baba de caracol? —le pregunto.

—Incluso dicen que sirve para quemar grasa.

Mi mamá amaría un producto así.

—Pensé en ti, que tienes esa cicatriz en tu manito.

Bajo la mirada a mi mano derecha. El dorso está atravesado por un queloide rosado. Recuerdo de la última vez que vi a mi papá.

Siento mucha gratitud, pero no confío. Al contrario, me retuerce la guata. Citando a Shakira: le agradezco, pero no. Para zafar, suelto un discurso aprendido y repetitivo sobre el amor propio y aprender a amar las cicatrices que no me creo del todo, pero sueno convincente.

Los minutos pasan lento, pero yo soy rápida. Quiero cerrar la tienda a las nueve en punto, trotar camino al metro, agarrar un asiento, escuchar música y caminar al cine con el aire frío golpeando mi cara. Contarle sobre mi día y que ella me cuente sobre el suyo. Ahora aprecio mucho las cosas pequeñas de lo que significa estar viva. Me pongo a barrer con el mejor humor, lleno el balde con agua tibia y remojo el trapo.

Mi jefa me pregunta si no sería mejor que fuéramos al cine de este mall, me queda acá mismo y es más lindo.

—Es que el otro está cerca de nuestras casas y podemos volver caminando después —respondo mientras sigo trapeando.

Cuando ya estamos casi listas me dice que me ponga crema de menta en las manos y me echa una de nuestras colonias cítricas por todo el cuerpo. Me hace girar mientras aprieta el atomizador.

—Quién sabe si es verdad, pero mejor prevenir —dice.

Siento que huelo a ensalada.

El camino de vuelta en metro pasa sin ningún contratiempo. Y cuando llego al cine la veo en la entrada esperándome mirando su celular, está usando la bufanda negra que le regalé. Siempre llega antes que yo.

Por unos segundos no está pasando nada malo en el mundo y solo soy una casi treintañera que va al cine con su polola.

Pasa un rato y nos damos cuenta que la película es pésima. Nos asusta bastante y casi nunca se ve nada, ya que usan en exceso el recurso de las escenas oscuras. De todos modos, es entretenido asustarnos juntas.

Hay un olor húmedo en el aire, pero debe ser algo normal considerando que estamos en un cine de la periferia de Santiago.

De repente, una escena de mucha luz ilumina la sala y nos damos cuenta. La sala está llena. Ni siquiera se ve la alfombra. Solo esos bichos blandos y mojados que se retuercen buscando qué comer. Algunos se suben a los asientos, a los vasos, a las cajas con cabritas.

Los gritos inundan todo y salimos corriendo. No pensamos en nadie, no ayudamos a nadie. Siento que algo sube por mi pierna, helado y resbaloso, pero lo sacudo, sin mirar.

En el pasillo nos revisamos y nos vemos bien, pero no es seguro. Buscamos detrás de las orejas, del pelo y del ombligo. Se meten en cualquier parte. Miramos nuestros pies y notamos que hay un agujero pequeño en mi zapato. Compartimos el silencio, ninguna de las dos lo quiere decir, pero veo el pánico en sus ojos y mi pecho se endurece. Con la voz rasposa digo que voy al baño. No sé si me responde.

Los pasillos del cine comienzan a llenarse. El pánico se desborda. El baño está vacío y me encuentro sola en esa luz blanquecina y estéril, con el olor a desinfectante ardiendo en mi nariz. Por unos segundos me miro al espejo y noto mi piel con un tono mortecino. Me pregunto si ya estoy muerta. ¿Soy un cadáver como esos que he visto en la calle y el metro?

Entro a un cubículo. Recuerdo respirar de forma consciente. Inspirar, expirar. Es imposible que ese hoyo sea por nada.

Sentada en la taza, me saco el zapato y el calcetín. Puedo ver las heridas en el dorso de mi pie, parecen rasguños de gato. No siento dolor. El tajo tiene forma irregular, es largo, como un río ondulado. Me recuerda al corte que recibí en la mano cuando defendí a mi mamá de mi papá. Lo toco y siento que la piel se mueve, como un pellejo. Está suelta. Es un trozo mutilado, cortado. Lo levanto y veo a una de esas cosas ahí dentro. Es oscura, gorda y amorfa, parece que palpita.

No grito. Atino a tomarla, como cuando era chica jugando con babosas y caracoles en una caja de zapatos. Es húmeda, está llena de sangre, le cuelga un hilo de saliva. Se retuerce ante mi agarre.

La lanzo al agua y tiro la cadena.

Aunque mi pie parece desinflado, no siento dolor. Compruebo que puedo mantenerme erguida y caminar. Recuerdo al hombre que vi morir hoy, y a todas las personas de estos últimos meses.

Su saliva te duerme el área cuando atacan, es por eso que puedes pasar meses con una dentro sin sentir nada. Te comen y no te enteras hasta que ya es demasiado tarde.

Con manos temblorosas coloco la piel en su lugar. Deslizo el calcetín, con cuidado, subiendo lentamente, luego el zapato, y salgo del baño. Aunque intento no llorar, las lágrimas brotan, nublando mi vista.

Su agarre me devuelve a la realidad.

—Tenía una en el pie —le digo en voz baja—. Voy a perder el pie… Voy a perder el pie… ¿Cómo voy a ir a trabajar mañana?

  • Catalina Jorquera

    Catalina Jorquera

    Catalina Jorquera es licenciada en Literatura Creativa por la Universidad Diego Portales. Sus primeras incursiones en la escritura fueron unos fanfics malos de Crepúsculo. Tiene un blog donde habla de sus lecturas. Lee al autor en IMAGI