En un futuro dominado por un imperio corporativo, la resistencia latinoamericana desarrolla un autómata llamado Valentín para cumplir una misión: recuperar el cráneo perdido de Pancho Villa, cuyo material genético podría cambiar el destino de la revolución. Equipado con inteligencia artificial y una peculiar apariencia inspirada en un cantante mexicano, Valentín emprende un peligroso viaje por territorios ocupados. Sin embargo, mientras descubre el mundo y sus propias capacidades, comienzan a surgir preguntas que desafían los límites de su programación y el propósito de la guerra.
Nº 86 | Narrativa | Ciencia ficción | 3070 palabras | México
Valentín
Víctor Gutiérrez Gándara
Casi una centuria y media antes, la cabeza de Pancho Villa fue cercenada del cuerpo y robada de su tumba. La mente detrás del crimen fue, tal vez, el general Francisco Durazo y sus cómplices, pero algunas malas lenguas acusaron que habrían sido los gringos quienes ordenaron la profanación, específicamente aquellos que integraban la sociedad Skulls and Bones de la Universidad de Yale.
En el apogeo de la Revolución Latina, una sección de la resistencia se dispuso a planear la recuperación del cráneo, en una operación que denominaron la Misión Arango. Razones había de sobra, pero la principal era que, según habían teorizado los miembros del grupo, autonombrado Los Centauros, el ADN de Villa contenía la clave para la victoria definitiva.
—¿Qué nombre le pondremos? —preguntó Nemesio, en tanto que hacía los últimos ajustes en el cableado que el autómata llevaba en la parte interior y superior de la cabeza.
—¡Valentín! —propuso Lluvia.
—¿Valentín? —repitió Miquel, extrañado.
—Sí, en honor a Valentín Elizalde. Podríamos, incluso, imprimirle su máscara del mismísimo Vale y ponerlo a usar un sombrero. ¿Qué tal?
—Pues no parece mala idea —intervino Nemesio.
—¿No quieren que de una vez lo pongamos a bailar? —cuestionó Miquel.
—No estaría mal —dijo Lluvia sin darle atención al sarcasmo del comentario. Miquel rio tímidamente.
—Bueno —dijo Nemesio—, que sea Valentín. Ahora tenemos que decidir si lo enviamos con alguno de los comandos o si ha de ir solo.
—Ya sabemos que estos autómatas pueden desplazarse de forma sigilosa y que son capaces de escabullirse con éxito si el caso lo amerita. Enviarlo con algún comando o tropa incrementa el riesgo de que sea identificado y luego aniquilado. Enviémoslo solo —dijo Miquel.
—Es verdad —intervino Lluvia—, pero tal vez convenga que, cuando menos en los territorios con mayor ocupación enemiga, le acompañen grupos aliados que apoyen en distraer la atención.
—Sí —concordó Nemesio—. Miquel, habla con Rayna, pídele que nos facilite un comando que nos apoye en el traslado de Valentín hacia el golfo, y pregúntale si puede coordinar un plan con los grupos aliados que están en los territorios del este.
—Está bien. Ya vuelvo —dijo y salió del laboratorio.
—Lluvia, ayúdame con el trazo e impresión de la máscara del Vale. Hay que buscarle un sombrero que se pueda amarrar o adherir a su cabeza y… ¿qué opinas, le programamos alguna canción?
—¡Vencedor!
—Sí, sí… no podía ser más apropiado. A darle.
Nemesio ajustó la última pieza y selló la cabeza del autómata con una lámina que aseguró con tornillos de plata, luego conectó un cable en una ranura cercana a la zona en la que estaría una oreja humana y, desde el ordenador, transfirió un programa de inteligencia artificial creado especialmente para la Misión Arango, que el autómata Valentín habría de llevar a cabo. Lluvia ingresó medidas en otro ordenador y luego imprimió la máscara y unos guantes resistentes que, más que proteger al autómata de algún daño físico, tenían el objetivo de esconder su naturaleza.
Cuando se estableció la Segunda Colonia de la Edad Moderna (SCEM), un decreto planetario prohibió que los civiles tuvieran acceso a cualquier tipo de tecnología robótica o de inteligencia artificial que no estuviera bajo el control del imperio, pero la resistencia fundó sus propias reglas en los subterráneos y bases recónditas que robaron al enemigo y que luego debieron proteger de contraataques; no librados, sin embargo, de bajas colaterales. Durante los años previos a la SCEM, algunos países, antes en subdesarrollo, estuvieron a punto de consolidarse como nuevas potencias mundiales, pero ocurrió un ataque inminente donde el vencedor, conocido entonces como el Empresario, ascendió al trono para erigirse como gerente y emperador de un mundo devenido en una suerte de hipercorporación, cuya sede se estableció en América, en tanto que un par de cuasihomólogos del Empresario fueron designados para los continentes más allá de los océanos. Algunas décadas más tarde subió al mando un segundo sucesor.
Miquel regresó al laboratorio acompañado por Rayna, cargaba consigo un sombrero, botas y un traje de mezclilla negra de una pieza con un corte parecido al que tienen los uniformes que usan los aviadores de la milicia, en tanto que Lluvia y Nemesio ponían la máscara en el autómata; las medidas eran tan exactas que poco o nada podía percibirse que se trataba de un disfraz humano.
—Traemos esto para Valentín —dijo Miquel.
—Hay que ponérselo —dijo Nemesio y, con apoyo de Lluvia y Miquel, vistieron al autómata.
—¿De quién fue la idea? —preguntó Rayna.
—¿Cuál idea? —se adelantó Nemesio.
—La de darle este aspecto.
—Mía —dijo Lluvia—, la victoria debe ser épica y con buena música.
—¿También lo harán cantar? —preguntó Rayna.
—Solo cuando el caso lo amerite —dijo Nemesio.
—Hm —expresó Rayna, pensativa, llevándose la mano a la barbilla—. Tal vez no haga falta decirlo, pero solo procuren que sí tenga un sentido de la discreción.
—Sí —dijo Nemesio—, solo hará falta que los aliados del este sepan de la misión, para que nos ayuden con ello. Si, como Lluvia dijo antes, pudieran distraer el paso de Valentín, aunque sea en los terrenos más difíciles, será un gran aliciente.
—Hablé con ellos —señaló Rayna—, pero unos piden favores a cambio. El comandante Lee, de la Texas oriental, quiere un autómata, y no quiere otro que no sea de tu autoría, dice que tú eres el mejor.
—No hay problema, puedo empezar con eso ya.
—Bien, estaré en contacto con los comandantes para rastrear el camino de Valentín. ¿Cuándo sale?
—Hoy mismo… ya está prácticamente listo.
Hubo un silencio en el que todos contemplaron al autómata, interrumpido por una duda que emergió en Lluvia.
—¿No se han preguntado si acaso la cabeza de Pancho Villa permanece en Yale? Son casi ciento cincuenta años desde que surgió esa leyenda.
—La verdad es que no estoy seguro —dijo Nemesio—, sin embargo, no será una misión en vano porque, aunque Valentín logre llegar y se encuentre con nada, su presencia en esos lugares puede servir para otras cosas, ¿o no?
—La información que tenemos apunta a que la cabeza sigue allí —intervino Rayna—, además, esa área es uno de los pocos lugares que mantiene a sus dueños originales… a sus herederos, quiero decir. No hay razones para que alguien más la haya tomado, salvo que ellos mismos lo hayan hecho. Y esa seguridad en el lugar hace más difícil la misión.
—Ya se sabrá si la cabeza sigue ahí —dijo Miquel—. Yo confío en que este autómata haga buen trabajo y logre llegar. Los ejemplares de Nemesio se distinguen por su capacidad de sigilo. Hábiles para escabullirse, prácticamente indetectables; claro, salvo que los tengas frente a los ojos.
—Dejemos de llamarle autómata —instó Lluvia—, ya le dimos un nombre. No se olviden de que en versiones anteriores algunos tuvieron esbozos de conciencia, y eso es algo que puede suceder en cuanto encendamos a Valentín, o después, no sé.
Los otros miraron a Lluvia con un detenimiento.
—¿Saben? —reflexionó Rayna—. Tengo un sueño recurrente que hace poco apareció con mucha intensidad. Me observo medio siglo atrás, sentada en el borde de un precipicio. Llevo en las manos —dijo simulando el gesto— una piedra plana con el grabado de un lenguaje desconocido, pero que puedo entender; dice el mejor futuro posible, y bajo la leyenda hay dos figuras paralelas, un cuadrado y un círculo, la primera, al tocarla, muestra una visión que en el sueño es futura, pero que sucede en nuestro presente, es todo lo que ustedes pueden vivir hoy. La segunda figura no enseña otra cosa que la destrucción total, una destrucción tan absoluta que ya nadie queda aquí. Saco de mi bolsillo un grafito que debo usar para tallar una opción, una de las figuras, es decir, el mejor futuro posible. Por tonto que parezca, dudo sobre mi elección. Entonces despierto.
Luego de algunos segundos de silencio, Lluvia se animó a hablar.
—Después de todo, el círculo parece la mejor opción.
—No sé —dijo Miquel—, no tomaría una decisión tan drástica. Hoy hemos logrado algunas victorias; no son muchas, pero son importantes.
—Tal vez no se trata de la victoria —replicó Lluvia—, sino de cuánto tiempo más estamos dispuestos a luchar, cuánto tiempo estamos dispuestos a perseguir la zanahoria.
—Bueno —intervino Rayna—, no era mi intención abrir un debate sobre esto, tan solo recordé mi sueño porque Lluvia mencionó la conciencia de los autómatas. Pero, en fin, ¿por qué no lo encendemos de una vez?
—Claro, ahora mismo —dijo Nemesio, e ingresó una clave en un dispositivo móvil que lo hizo activarse.
Cuando la activación llegó al cien por ciento, los ojos de Valentín adquirieron un particular brillo que le confirió cierta presencia, por la cual los presentes pudieron sentirse cómodos e identificados.
—¿Valentín? —se adelantó Nemesio.
—Hola, ¿con quién hablo? —respondió.
—Me llamo Nemesio, soy el programador de esta sección —dijo a la vez que miró a cada uno de sus compañeros.
—Lluvia, programadora adjunta, pirata, hacker. Mucho gusto.
—Miquel, soldado y estratega.
—Hola, Valentín, soy Rayna, directora de la Sección Oeste Número Nueve.
—Estoy encantado de conocerlos.
—¿Entiendes lo que has de hacer a partir de ahora? —preguntó Nemesio.
—Sí. La Misión Arango.
—Es correcto. ¿Tienes algo que preguntar?
—La pirámide…
—¿Qué pirámide?
—Chichén Itzá. La serpiente. ¿Cuándo podré ir ahí?
Los demás se miraron mutuamente.
—Ya veremos. Por ahora hay que resolver esto otro —respondió Nemesio.
—¡Excelente! Les cuento que mientras hablo con ustedes, simultáneamente aprendo y ajusto mi lenguaje con el fin de parecerles más familiar. No tienen que molestarse en explicarme otra cosa, ya conozco mis tareas, y las haré con gusto en cuanto me lo pidan. Por cierto, si bien me han llamado Valentín y me pusieron una máscara que asemeja al rostro de Valentín Elizalde, no tengo algo en común con él, salvo que puedo acceder a su biografía y acervo musical. Fue un gran personaje que legó grandes canciones, si quieren puedo cantarles una.
—Gracias, Valentín, pero ahora no —dijo Rayna—. Hay que alistarnos para tu misión.
—De acuerdo, Rayna directora.
—Bien, acompáñame. Miquel, tú también vienes conmigo. Lluvia, Nemesio… empiecen a trabajar en el autómata para Lee, pongan énfasis en las habilidades de combate. Me voy a reportar cuando haya novedad; de todas formas, pueden seguir el rastro de Valentín si acaso les interesa esa información.
Rayna salió del laboratorio con Miquel y Valentín siguiendo sus pasos.
—Ajusta su lenguaje, ¿eh? —comentó Lluvia—. No sabía que añadiste esa función.
—La idea es que su lenguaje no sea perfeccionista como en los modelos anteriores —dijo Nemesio, entrecomillando con las manos—, es mejor que se parezca lo más posible al que nosotros usamos.
—¿Por qué estamos enviando a Valentín? Yo sé que lo hemos diseñado para el sigilo, pero fue un trabajo muy complejo y costoso, quizá podría ayudarnos mucho aquí en el laboratorio, con otras tareas.
—Originalmente mi propuesta fue que un comando de élite hiciera la Misión Arango, pero Rayna no lo aprobó porque es una tarea de muy alto riesgo y no quiso arriesgar al grupo. No puedo culparla; recuerda que la idea fue nuestra, y si bien Rayna está de acuerdo con traer de regreso la cabeza de Villa, es más por su valor simbólico que por el genético.
—Pareciera que Rayna no tiene mucha fe en que la cabeza robada contenga la respuesta que buscamos.
—Si me pusiera en su lugar, nos juzgaría igual.
—En fin… a trabajar.
Bajo el umbral de la compuerta construida en la zona sur de un cerro ubicado en la antigua frontera oeste, Rayna y Miquel despidieron a Valentín y al comando que lo escoltaría durante un tramo del viaje. Transcurrieron largas semanas, y hubo bajas que tal vez no superaron los dedos de una mano, pero que fueron sorpresivas dada la naturaleza de la misión, ya que esta no fue planeada para combatir, no por lo menos durante el trayecto. Pese a los obstáculos, Valentín logró acercarse a unos cuantos cientos de metros de Yale. A partir de ese instante, y hasta que lograra huir con la cabeza de Villa, el autómata quedaba a su suerte.
Al caer la noche, Valentín hackeó todo el sistema eléctrico de la zona, esto le dio tiempo suficiente —antes de que los guardias pudieran reactivarlo— para llegar hasta The Tomb. En el camino tuvo que derribar a tres agentes; cada uno fue dejado inconsciente, inmóvil, amordazado. Se infiltró en el edificio y activó un escáner que le permitió rastrear todos los cráneos presentes. Algunos de los estantes estaban vacíos y, finalmente, encontró uno etiquetado como Pancho Villa, pero la cabeza no estaba allí y no había vestigios de ella en ninguna parte del sitio.
No había más tarea para Valentín, por lo que escapó del edificio y corrió tan rápido como un ciclista de maratón, aunque antes de que pudiera ir más lejos, balas de los guardias en Yale lo impactaron, destruyéndole así un brazo y parte del torso; no por ello, sin embargo, se detuvo, y siguió velozmente hasta lograr alcanzar a un comando que lo esperaba oculto en las cercanías. Cuando arribó con ellos, su torso terminó por deshacerse, y lo que quedaba de él se partió en dos partes. Entre cuatro compañeros lo subieron en la parte trasera de una camioneta que después arrancó rumbo a un lugar seguro antes de que algún carro del enemigo pudiera alcanzarlos.
Hubo un momento de silencio en el que los miembros del comando trataron de dilucidar lo ocurrido; finalmente, uno de ellos se atrevió a hablar.
—Vas a estar bien, Valentín… alguien te va a arreglar —dijo uno de ellos.
—Lo sé. Fallé. No estaba el cráneo —respondió con una voz que por el daño sonó con estática.
—No es tu culpa, después de todo, no sé para qué hicimos esto. Nosotros te vamos a llevar de vuelta. Mientras tanto, estás a salvo.
—Gracias.
Muchas preguntas comenzaron a generarse dentro del autómata, como si de pronto su algoritmo hubiera seguido una tangente no provista de las instrucciones fundamentales del programa que se le insertó, las cuales se limitaban a cumplir una misión. Lo dicho por su compañero un momento antes resumió, en parte, el punto central de sus cuestionamientos: «¿Para qué hicimos esto? ¿Por qué hice esto? ¿Y por qué me trajeron aquí? Yo no quería estar aquí… no quería estar de regreso». Pero no fueron las palabras del sujeto, sin embargo, las que despertaron estas reflexiones en él, y aunque su sistema registró conversaciones ocurridas en el laboratorio antes de que lo encendieran (palabras como las de Lluvia, quien meditó sobre la condena de perseguir eternamente una zanahoria, pero nunca alcanzarla), algo en él le hizo «pensar» en torno a su precedencia, el haber empezado a existir antes que un conjunto de cables y piezas electrónicas, el haber entrado en ese cuerpo, ahora despedazado, para descubrir lo inútil de la guerra que se estaba efectuando.
Decidió distraer aquellos tormentos tarareando quedamente una canción que el músico Raúl Enrique de la Mora había compuesto décadas atrás:
…Y aunque todo lo perdiera,
mientras tú me quisieras,
me declaro ante el mundo
vencedor…
Días después, las piezas de Valentín fueron entregadas en el laboratorio de la Sección Oeste Número Nueve. Mientras Nemesio reparaba al autómata, Rayna, Lluvia y Miquel discutían sobre la posibilidad de reiniciar la Misión Arango.
—Podemos fabricar más autómatas, tantos como para cubrir, con ellos, todos los posibles nuevos paraderos de la cabeza de Villa —dijo Miquel.
—No sabemos cuándo se retiró el cráneo de Yale, ni siquiera sabemos si alguna vez estuvo allí, no podemos, entonces, arriesgar más tiempo y recursos en empezar otra vez. De verdad que esto es algo que quiero hacer, pero vale más que, por ahora, paremos aquí —instó Rayna.
—No, ¡no! Qué pronto pierden la esperanza.
—Estoy de acuerdo con Rayna —intervino Lluvia—, ya no hay más que hacer en este momento, y vean cómo regresó, ¿lo expondremos otra vez? ¿Expondremos a otros tantos cuando ni siquiera sabemos a dónde hay que ir?
—Se te olvida que estás hablando de un robot —respondió Miquel—. Es por la naturaleza del caso que lo enviamos a él y no a nuestros compañeros humanos.
Nemesio terminó de ajustar a Valentín. Aunque algunos remaches resaltaban a la vista, el resto de sus funciones —incluso— mejoraron.
—Estás listo, Vale —dijo Nemesio—. Lamento lo que has tenido que pasar, pero te prometo que estos parches que ahora tienes no son nada comparados con todo lo que mejoró.
—Lo he notado —respondió Valentín a la vez que se puso de pie—. Gracias.
Nemesio le devolvió una sonrisa. Miquel los miró con recelo.
—¿Listo para la batalla? —preguntó Miquel.
—¿Y por qué no lo dejamos decidir a él? —intervino Lluvia.
—Adelante, qué más da, no tengo voto aquí.
—Valentín, ¿te gustaría retomar la Misión Arango? —preguntó Rayna.
Miquel entrecerró los ojos; tuvo un sentimiento de incomprensión mezclada con incredulidad. Valentín, en tanto, se tomó un minuto para reflexionar la pregunta de Rayna, prolongando así la expectativa de los demás. Finalmente respondió.
—No. Gracias por repararme, Nemesio el programador, pero ahora no quiero hacer eso que de mí se demanda, librar batallas que tan solo perpetúan un círculo en el que no deseo estar.
—Podríamos apagarte si no cumples tu función, ¿para qué tenerte?
Valentín guardó un silencio que, más que consternación, mostró indiferencia; podrían apagarlo en ese mismo instante y no le importaría.
—Nadie me va a tener. Me iré.
—Puedes irte —dijo Rayna.
Miquel se llevó las manos a la cabeza en un impulso de contenida desesperación y observó desafiantemente a Rayna, pero ella devolvió una mirada tan severa que le provocó encogerse de hombros.
Valentín, con honroso aire de liberación, finalmente se despidió.
—Rayna directora, Lluvia hacker, Nemesio programador, Miquel soldado… gracias a los cuatro. Nos volveremos a encontrar.
Caminó lentamente hacia la puerta, se detuvo, echó un vistazo atrás y luego continuó. Rayna, Lluvia, Nemesio y Miquel se quedaron largo rato mirando hacia el umbral, como si estuvieran procesando lo ocurrido; se miraron mutuamente y luego, cabizbajos, fueron a sus tareas. Las horas transcurrieron con un dejo de melancolía.
Días más tarde, Valentín se abrió paso entre los arbustos para tener, por vez primera y frente a él, la Pirámide de Kukulkán; distinguida y bella entre la maleza y la desolación. Poco antes de que atardeciera, logró ver a una serpiente emplumada descendiendo desde lo alto de la pirámide. Lágrimas humanas no hubieran podido describir a semejanza el asombro que Valentín sintió.
-
Víctor Gutiérrez Gándara
Víctor Gutiérrez Gándara (México, 1989) es psicólogo de formación, doctor en humanidades y autor de la novela El ruiseñor metálico (Concurso del Libro Sonorense 2016). Ha publicado en diferentes revistas académicas y literarias. Lee al autor en IMAGI

