Desde que rompe el cascarón, una joven paloma descubre un mundo dominado por gigantes indiferentes, peligros invisibles y una muerte que parece formar parte inevitable de la existencia. Entre la pérdida, el aprendizaje del vuelo y la búsqueda de compañía, intenta comprender las reglas de un entorno donde sobrevivir exige acostumbrarse al miedo. A medida que crece, establece nuevos vínculos y comienza a imaginar un futuro diferente al de sus padres.
Nº 85 | Narrativa | Ciencia ficción | 2130 palabras | Venezuela
Dejar de temblar
Daniel Klíe
No siento las garras, me arde la espalda. Apenas puedo girarme. Estoy totalmente cubierto de sangre.
Respiro muy lento. Me ahogo. Anhelo poder abrir mis primarias, pero no me puedo despegar del piso. Gruño para ver si los gigantes se apiadan o si algún conocido voltea por algo más que migajas.
Debo encerrarme, conservar el calor que me queda. Concéntrate, mantén la compostura. Tiemblo de manera familiar, los párpados se me caen aunque aún hay luz. El dolor me eriza el pelaje.
Todo se desenfoca mientras escudriño el piso manchado.
I
Cualquier sitio solía estar bien para vivir. No importaba si era alto, bajo o pequeño. Nos conformábamos con un espacio que nos permitiría ver y estar cómodos.
Un tío decía que nos llamaban «las ratas aladas», pero si fuéramos tan rápidas, no nos pasaría lo de siempre.
Papá y mamá se asentaron sobre las ramas hechas de hilos negros, esas que estaban pegadas a un palo. Debajo siempre pasaban los gigantes con prisa. Sobre todo cuando salía y se ocultaba el Luminoso.
Mis primeros recuerdos me transportan a aquellos golpes sordos, cuando todo vibraba. Percibía el calor cuando papá y mamá se turnaban; él hacía un arrullo grave y ella, uno más agudo. Papá olía a excremento y humedad, mientras que mamá, a pasto y lluvia.
Muy cerca, sentía unos leves rasguños, como si algo intentara saludarme mediante golpecitos. A medida que notaba más calor o frío y la luz atravesaba la cáscara, los oí menos.
Cuando finalmente salí, apenas podía ver. Tenía un plumón amarillo en mis secundarias. Mi cuerpo se sacudía solo. Mamá me abrazaba para intentar calmarme. Papá se mantenía distante en una esquina del nido, movía la cabeza de un lado a otro —no sé si me asentía o él era así—.
Nunca abrieron el otro huevo que olía podrido, nadie dijo nada, dejaron que adquiriera otro color. Era parte del nido, incluso con sus insectos que me trajeron como desayuno.
¿Quiénes estaban abajo? ¿Por qué eran tan grandes? Mamá y papá les temían muchísimo, pero, a la vez, solo veían si ingerían o masticaban algo.
Para callar la curiosidad y los temblores, mis padres se acercaban invasivamente: introducían su pico dentro del mío, el pecho se les inflaba, soplaban e iban pasándome la leche de buche. Mamá parecía que me diera un besito, papá lo hacía incómodo y molesto, moviendo aún más la cabeza hacia los lados. Asentía más, estaba orgulloso de mí.
—El viento está pesando —comentó papá.
—Deberíamos buscar otro refugio, él no puede soportar tanto aún —contestó mamá, preocupada.
—Solo son gotas. Tiene que acostumbrarse —sentenció papá.
Los dos miraban mucho para todos lados. Papá solía hacerlo más que mamá, ella solo observaba hacia las matas de al fondo. Yo me quedaba congelado esperando la leche de ambos. Estaba ansioso por saber qué pasaría mañana, pero, a la vez, algo aburrido y un poco resignado.
—No es normal que una de las ramas negras se esté pelando, está más blanca cerca del inicio —explicó papá.
—No es importante. Varias aves han estado posándose ahí, pero no es nuestro problema, dejémoslo así —señaló mamá, indiferente.
Papá dio un par de saltos cortos hacia el inicio de las ramas. Estaban unidas a algo cuadrado. Bajó el pico con confianza y lo acercó a las ramas negras y finas. Dio tres golpecitos leves con la cabeza y su cuerpo se sacudió. Tembló como yo al principio, pero era distinto. A su alrededor salía humo, quemándose. Asintió muchas veces —¿estaba orgulloso?—. Su cuerpo se relajó, no parecía poder controlar sus primarias ni secundarias. Una de las garras se enganchó a uno de los hilos y quedó colgando, tambaleándose.
Mamá lo miró torciendo la cabeza dos o tres veces y luego revisó el nido. Quise preguntarle por qué no iba a verlo, por qué papá dormía como los de las alas largas oscuras, dado vuelta. Por qué ya no nos hablaba, pero mamá insistía en que lo dejara así, que ya no importaba, que me comiera mis gusanos y dejara de temblar.
II
Ya no me costaba tanto ver. Para aquel entonces, mamá casi nunca me daba leche. En su lugar, traía semillas y gusanos.
En mi caso, tenía el plumaje más desordenado, había dejado casi de temblar y estaba desesperado por salir del nido. Estábamos ubicados muy arriba, pero la imagen de lo que quedaba de papá y el huevo asqueroso me empujaba a saltar.
Salté fuera del nido y moví extasiado mis plumas primarias, cortando el aire. Caí al vacío. Mi cuerpo se suspendió. Era muy liviano, moví mis secundarias de manera torpe, buscando el equilibrio, pero a la vez seguía cayendo. La emoción se convirtió en miedo, vi hacia arriba, hacia la masa amorfa rodeada de moscas que era papá, ya no me asentía. Iba a estrellarme, me estriparía de lleno. Era el fin.
Mamá se acercó sin inmutarse y vocalizó suavemente:
—Mantente estable. No te desarmes —dijo, aunque seguía cayendo en picado, se volvió parca como papá.
Batí las alas cada vez más calmo. Solté algo líquido sin controlarlo sobre uno de los gigantes, haciéndolo gritar sin control. Lo observé sin entenderlo, pero aún estaba suspendido. Lo que antes era un desafío se volvió un hecho, en instantes volaba como si de respirar se tratara.
Aprovechando mi temple al volar, solía acompañar a mamá por alimento: recolectando todo lo que oliera bien, botaran los gigantes y, sobre todo, semillas. Siempre teníamos hambre, nos rugían las tripas, comíamos muchas veces, pero nunca quedábamos saciados.
Al principio la acompañé mucho, mamá no se llevaba con los otros. Los demás solían estar acompañados, se movían juntos, pensaban en la misma cornisa, arrullaban al unísono; pero todos coincidíamos en esa sensación de dejadez.
Mamá y yo memorizamos un lugar de los gigantes donde siempre olía apetecible: aquel en el que todos salían con pedazos completos calentitos. Aguardábamos pacientes, esperando no sé qué, siempre viendo, pero sin hacer nada. Era curioso que algunos gigantes se doblaban donde había más árboles y dividían aquellos pedazos completos para alimentarnos.
—¿Por qué no nos vamos? ¿Cuándo buscaremos otro nido? —le pregunté mientras planeábamos entre las nubes.
—Estamos bien. No necesitamos nada más.
Un olor ahumado nos embargó a medida que volábamos, despertándonos el apetito. Mamá veía cada vez peor, pero se guardaba sus achaques. Divisamos una gran imagen con algo jugoso, era más grande que los gigantes, imponiéndose a ellos. Tenía algo que no alcanzaba a entender con unos círculos.
Casi de manera instintiva, mamá voló enloquecida hacia la imagen, ignorando a quienes ya estaban enfrente de la carne jugosa con el olor que nos volvía locos. Pero mamá no iba hacia la carne, se dirigía hacia el cielo falso. Quería la segunda carne distorsionada, esa que lucía idéntica a los charcos cuando nos vemos en el agua.
Un sonido seco me heló: mamá se estrelló de lleno contra la superficie vaporosa, desarmándose. Empezó a derramarse instantáneamente, su cuerpo se relajó como el de papá, dejándose llevar y cayendo en picada. Los otros emplumados de distintos colores voltearon sin reaccionar; otros similares a nosotros parpadearon indiferentes.
Quería hacer algo, pero recordé el aplomo de mamá cuando pasó lo de papá, me desesperé, pero también entendí que era natural. Debía dejarla así, tarde o temprano pasaba.
Temblé de nuevo al volver a casa, mas no quería regresar. Una parte de mí quería irse del nido podrido, deseaba acercarse y ver cómo quedó mamá, pero me perseguía más un miedo similar a cuando no sabía volar, a no saber cuándo me tocaría a mí. Si mi destino sería igual… ¿Por qué me importaba tanto? ¿Por qué no solo observaba?
III
Era más cómodo estar solo. Todo era más fácil. Comprendí el carácter de papá y el pragmatismo de mamá. Me di el tiempo de ahondar en otros lugares a lo largo y ancho. Así fue como llegué a espacios donde los gigantes masticaban más, se doblaban, pero igual nos ignoraban.
Solía estirarme, acicalarme y, cuando buscaba alimento al forrajear, me topé con otros. No eran como los que vivían cerca del nido —igual eran indiferentes—, pero estos se movían siempre juntos sin dejar de pensar. Me invitaron a planear con ellos.
Dejé de sentirme tan resignado y emulé sus comportamientos: me revolqué en polvo y agua, sacudí el cuerpo para limpiarme las plumas. ¿Por qué mamá nunca me enseñó eso? ¿Por qué ellos veían con desprecio a los otros?
Antes de que se hiciera oscuro, descansábamos en los bordes de un lugar enteramente gris. Apenas veíamos hacia abajo, pero había una sensación entre tranquilidad y tristeza. Todos lucían iguales, pero ninguno me hablaba, tampoco sabía de dónde provenían.
De vez en cuando acompañaba a la bandada a un lugar donde se doblaban los gigantes. Ahí los colosos solían estar más arrugados y lentos. No nos evitaban y, más bien, solían darnos migajas.
—¿No es un riesgo acercarnos? ¿Y si nos matan? —pregunté, todavía impactado por lo descuidados que eran en el sitio.
—Qué va. Si te acercas, hasta te puedes llevar más migajas —explicó alguien que no reconocí, con rayas blancas en las alas.
Casi nadie solía detenerse a conversar, veían caer los pedacitos al ser repartidos.
—Siempre que sientas un jadeo aproximarse, alza el vuelo —dijo una de ellas, cansada al tragar sus migajas.
—No seas paranoica, quien se deje atrapar es porque quiere morirse —replicó uno entre la multitud.
Porque quiere morirse. No los noté alarmados, podría pasar cualquier cosa, pero… a la vez, podría ser tan fortuito, inexacto. A los minutos había olvidado esa preocupación.
Por instantes extrañaba el nido: lo alto, las ramas que se sentían tan familiares, que a la vez se percibían como un ejercicio de equilibrio. Pero no tenía sentido que volviera, el nido ya no es lo que era, ahora había otros. Quería recordar más, pero solo tenía hambre, miedo y curiosidad.
Siempre antes de que se ocultara el Luminoso me gustaba quedarme solo. Todo hasta que la conocí a Ella. Mucho más cauta, pero, a la vez, segura. Las primeras veces dudé si acercarme, pero luego todo se dio por sí solo: se me acercó haciéndome un gesto. Inflé el cuello, giré alrededor de ella, le arrullé y le hice reverencias sin controlarme.
Ella parecía reírse, hizo un ademán débil con la cabeza, permitiéndome pasar. A partir de ese entonces, cambié la compañía de la bandada por la de Ella, coincidiendo cada día antes de caer la luz.
Comenzamos a limpiarnos mutuamente las plumas de la cabeza y el cuello.
—¿No te da miedo morir? —le pregunté, armándome de confianza.
—Es natural —me contestó revisándose sus secundarias—, incluso los gigantes se mueren. ¿Por qué lo dices?
—Siento que poco importa, veo muertes, en la bandada, mis padres. Tengo miedo, incluso de que te pase algo.
Ella aguardó en silencio, parpadeó con más lentitud como si entendiera un poco de lo que le digo, pero compartimos ese nexo de nuestra especie, una clase de resignación.
Por un momento todo estaba en su lugar: la bandada, Ella. Incluso pensamos en dónde asentar un nido. La convenzo de distanciarnos un poco de los demás para tener algo de privacidad. Ella a duras penas accede.
Nos ubicamos debajo de algo gigantesco por donde pasaban los gigantes y pocas veces nos veían. Sin darnos cuenta, llegan dos huevos. La muerte siquiera me rondaba por los pensamientos, Ella se vuelve menos parca, confianzuda y algo descuidada, pero contenta. Procedimos a turnarnos para darles calor, uno de los huevos se mueve más que otro. No recuerdo por qué la sensación me recordó a algo, sobre todo el más tímido, que reacciona menos al calor.
Di una vuelta y planeé, mucho más convencido de que sería mejor que papá, que éramos diferentes a ellos, casi sonreí. Observé una masa en el suelo en forma de aro, el pico se me hace agua, me acerco descuidado y empiezo a picotear.
A lo lejos escuché un ruido, algo aproximándose, desplegué mis primarias primero y luego las secundarias, era solo cuestión de agarrar vuelo, pero calculé mal.
Algo de enormes proporciones me embate con fuerza, siento cómo la velocidad se pierde con un golpe que me revienta todo. Veo detrás y un gigante está doblado adentro, totalmente asqueado mientras me pego por instantes a una superficie.
Un brazo metálico me mueve de un lado a otro, tirándome al suelo.
Me duele todo. No sé si mirar hacia más allá donde está el nido. No puede terminar así, aunque recuerdo que debería ser natural.
Me duele todo. No sé si mirar hacia más allá donde está el nido. No puede terminar así, aunque recuerdo que debería ser natural.
Todo se vuelve gris, similar a mi pelaje.
Hago que escucho y crac, espero que sean dos y no uno.
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Daniel Klíe
Daniel Klíe es periodista y bibliotecólogo, nacido en Venezuela y actualmente viviendo en Chile. Ávido lector de libros prestados e historias integradas por píxeles. Formó parte de la antología ‘Angustiante Llamado de la Naturaleza’ (2025). Lee al autor en IMAGI

