En un mundo devastado, un anciano sobrevive junto a un pequeño grupo de personas refugiadas en un antiguo establecimiento. Durante una noche de invierno, dos desconocidos golpean la entrada en busca de protección, un hombre agotado y un niño que no habla. Su llegada despierta la compasión del narrador, pero también la desconfianza de quienes temen cualquier amenaza exterior. Mientras antiguos recuerdos regresan, el refugio deja de parecer un lugar seguro.
Nº 80 | Narrativa | Ciencia ficción | 3020 palabras | Chile
¿Dónde se fue?
Patricio Flores Henríquez
Esto había comenzado como todas las calamidades comienzan: con un grupo de seres incapaces de razonar o deliberadamente dejándolo de hacer y con suficiente poder para dar un golpe que jamás será el único.
De eso ya ha pasado mucho tiempo. Somos parte de un país pequeño y distante de donde esos arrebatos disfrazados de decisiones comenzaron, pero más temprano que tarde nos terminaron afectando.
Constantemente recuerdo la vida que llevaba antes de esto. El despertar conectado a la rutina, pero con pequeñas píldoras de escape que lo constituían un todo: los desayunos con café cargado y las galletas de avena que le gustaban a la mamá, los almuerzos de fin de semana preparados por el papá, las movidas de cola de mi perro, los masajes de mi gata sobre mi estómago. Las canciones que entonaba en soledad en ese pequeño Hyundai rojo que tenía, las cervezas de los sábados con mis pocos amigos, ese cine viejo en el centro donde me pasaba horas cuando quería estar solo. Y a ella. Su sonrisa… la forma en que se reía de mí cuando se le ocurría una broma pesada. Su piel suave… su adiós.
Todo eso quedó atrás. Todo eso ya no está, todo terminó. Y aquí sigo yo, décadas después en un mundo para el que no nací, para el que me tuve que adaptar y renacer.
Estoy seguro que es un martes 9 de octubre. Ya soy un hombre viejo que, por alguna razón que, en general, desconozco, he aguantado solo por mucho tiempo. He permanecido por un par de días escondido en este lugar que alguna vez fue un casino de una empresa, con seguridad rebosante de vida, ajetreo y conversaciones, olores y sabores. Un pasado tan diametralmente distinto al presente. Otras personas habitan aquí, pero sigo solo. Así lo prefiero. La última vez que me permití acercarme a alguien lo suficiente como para pensar en confiar sucedió lo que me ha llevado a escribir este texto. Y no fue hace mucho tiempo atrás.
Los inviernos se han vuelto cada vez más duros y ese año no fue la excepción. Dentro de mi antiguo refugio hacíamos lo que podíamos, en especial si había que hacer la ronda durante la noche mientras los otros dormían o intentaban hacerlo, al menos.
Esa noche despertamos todos con los golpes a la cortina metálica cerrada.
Al ser uno de los dos que montaba guardia esa noche, fui el primero en verlos por entre el espacio de unos maderos dispuestos para cubrir la ventana con la que contaba el lugar. Eran dos y al ver a uno de ellos decidí asomarme al exterior, siempre con mi arma a cuestas.
—Por favor, ayúdenos —dijo el hombre, desesperado.
El niño delante de él captó de inmediato mi atención: tenía los ojos claros, la mirada esquiva y el pelo mojado. Vestía jeans azules y un polerón plomo con capucha.
—¡Ya estamos completos! —vociferó una voz desde el interior que yo protegía.
Y, en el fondo, era difícil determinar qué tan completos estábamos. Como dato irrefutable, puedo decir que en ese momento éramos 9 personas, pero siempre sentí que si hubiésemos sido 2 igual nos habríamos sentido «llenos».
Sentí la tentación de volver a manifestarles, con voz determinada y mirando al adulto a los ojos, nuestra incapacidad de ayudarlos, pero era un niño el que estaba allí también. Un niño. Y uno que no debía de sobrepasar los 10 años. Había olvidado hace cuántos años que no veía a uno.
Dentro de nuestra cruda realidad, todos tendíamos a pensar que los seres más indefensos no habían podido aguantar un desolado mundo viviendo así, escondidos, rodeados de hambre y miseria, mucho menos expuestos a la locura que se desataba en las calles. Niños y animales eran luces casi extintas en un reino de oscuridad. Ver a este pequeño ser casi empapado, temblando y sin poder o atreverse a fijar la mirada en mí, me impactó como hace mucho nada ni nadie lo hacía.
Dudé en si lo que me dictaba mi instinto y lo que restaba de sentido común era lo correcto. En cambio, mi corazón, desprovisto por años de cualquier emoción digna, habló sin dudas y con más fuerza.
—¡Hay un niño aquí! —grité de vuelta con seguridad para que mis 8 compañeros de escondite me escucharan con claridad.
No esperé respuesta, aunque sentí los cuerpos poniéndose en movimiento, algunos con rapidez, otros aletargados seguramente por la sorpresa.
—Pasen —dije y comencé a destrabar la primera puerta interior, cubierta con 4 maderos dispuestos de extremo a extremo del dintel en forma horizontal.
Contrario a lo que primero pensé, dos hombres, el señor Krueger y Caco —el primero, un señor más anciano que yo, y el segundo, un chico de unos 30 años—, fueron los primeros en llegar y asistirme con las maderas. Una vez estas fuera, utilicé mi llave y abrí la primera puerta. Después hice lo propio con uno de los candados de la metálica cortina que nos separaba de la calle y, en ese momento, también del hombre y el niño. Caco y el Sr. Krueger abrieron los otros 3 candados.
La cortina metálica subió con lentitud y con su chirrido acostumbrado y solo a la altura suficiente para descubrir las figuras de los extraños.
—Entren —dijo el Sr. Krueger y tomó por el brazo al niño, que se sobresaltó por el contacto. El hombre se agachó y traspasó el umbral para adentrarse en nuestro refugio.
Con rapidez, Caco bajó la cortina y se encargó de realizar el mismo ritual con la otra puerta para volver a quedar aislados de la oscuridad exterior.
Se encendieron las luces del pequeño salón donde alguna vez había funcionado una cafetería y que ahora no era más que un derruido y forzado comedor construido con 6 mesas y una que otra silla arrejuntadas, formando una L, donde nos juntábamos los 9 a comer lo dispuesto para ese día o conversar y planear quién debía salir al otro día a buscar comida y ropa o quiénes hacían la guardia por la noche.
—¿Quiénes son? —inquirió Max, otro refugiado, acercándose a los invitados.
El hombre que vestía botas negras y un largo abrigo café muy sucio y llevaba además una mochila en la espalda se mostró nervioso ante la pregunta y nos observó a todos con recelo antes de contestar.
—Soy Vidal —dijo como quien suelta un secreto.
—¿Y el niño? —pregunté enseguida—. ¿Cuál es tu nombre, pequeño?
El chico miró en torno con intermitencia. Estaba claramente nervioso. Hasta que finalmente fijó su mirada en el suelo bajo sus zapatillas sucias.
—No habla —espetó Vidal—. No sé qué tiene, pero no habla. Lo encontré hace unas horas así como lo ven, perdido 6 kilómetros atrás, hacia el sur.
—Traigan algo para que se seque, por favor —vociferó Caco.
Desde el fondo del salón, de un lugar que nunca estaba iluminado, emergió Emerson, hombre casi de la tercera edad, calvo, delgado y resuelto. Era una especie de líder de nuestro grupo. Se acercó al chico y le pasó un paño seco para que se secara el pelo y la cara.
—Vengan, siéntense —dijo después, haciendo que nos fuéramos al comedor en forma de L.
—Hoy comimos atún en lata con arroz mazamorriento. —Esbozó una sonrisa—. Por favor, coman —añadió con calidez.
Hace meses que venía conociendo a Emerson. Era un hombre en extremo calmo y razonable. Todo lo hacía con seguridad, pero siempre lo consultaba con el resto. De mí, tenía todo el respeto posible que se le puede tener a alguien enfrentado a las circunstancias en la que todos nos veíamos envueltos.
Esta vez, sin embargo, parecía llevar la batuta sin consulta previa. Supuse que debía ser por la presencia del niño, pero algo me decía que se debía a algo más.
—¿De dónde vienes tú? —preguntó Caco a Vidal, sentado en el comedor y frente a él.
—Vengo del sur. Por allá las cosas se pusieron feas.
—No creo que peor que aquí —atajó el Sr. Krueger.
—Todo está revuelto, en todos lados. Ellos son más y lo van invadiendo todo, sin piedad —añadió Vidal—, no solo afuera, sino aquí también. —Y se apuntó la sien derecha con el índice de la misma mano. Luego se engulló con ansiedad una cucharada de arroz.
—Come, no tengas miedo —le dijo Caco al niño.
El chico comenzó a hacerlo lentamente, con clara desconfianza y sin mirar a nadie.
—¿Cómo supieron que estábamos aquí? —preguntó Emerson.
—¿Ah? —esbozó Vidal con nerviosismo.
—Tú y el niño. Cuéntanos todo.
—Primero llegué a un lugar que, al parecer, solía ser un colegio y allí no me dejaron entrar. Había gente armada protegiéndolo. Rogué por ayuda y me hablaron de un lugar a 3 kilómetros en esta dirección, un lugar con una cortina metálica. Y aquí estamos.
Noté que Emerson miraba con recelo al hombre mientras seguía su historia. Percibí la desconfianza en su forma de asentir y en sus gestos cuidados.
—¿Y el niño? ¿En qué momento lo encontraste? ¿Cómo?
—Vagando junto a la carretera, hurgando entre los escombros.
—¿Solo?
—Completamente solo, como perro abandonado.
Emerson me miró por varios segundos, y bastó ese sencillo gesto para decirme que desconfiaba totalmente de la historia de ese hombre.
Otras preguntas surgieron durante la próxima hora de parte de todos los que ahí estábamos. Nos enteramos que Vidal había sido un joven y recién egresado profesor de matemáticas, que disfrutaba de una vida de soltero, sin mayores preocupaciones más que pagar cuentas y el crédito hipotecario de su departamento ubicado en la principal avenida de una ciudad pujante del sur. Hacía deporte ocasionalmente y salía con una chica llamada Natalia cuando todo estalló. Después de eso, aquella vida se había quedado atrás para siempre.
Mientras Vidal contaba su historia, yo no podía dejar de mirar al niño comiendo con desgano. Su pelo castaño se había secado y una chasquilla caía cubriendo su frente. Sus manos pequeñas y delgadas parecían apenas tener la fuerza para sostener la cuchara con arroz o atún, según lo que decidía. Y lo recordé. Lo había bloqueado por años. Porque traerlo a mi mente día tras día era muy doloroso. Gaspar era su nombre y debía de tener la misma edad que este muchacho cuando lo vi por última vez. Sin embargo, eran muy distintos: Gaspar tenía el pelo negro azabache y lo llevaba siempre muy corto, sus ojos eran castaños y tenía algo de sobrepeso que en él se veía gracioso. Era hiperactivo, igual a su padre cuando era niño. Su llegada al mundo fue una sorpresa y, con seguridad, lo mejor que había salido de mi hermano menor en toda su vida.
Amaba a Jaime; fue mi único hermano y compañero de juegos en la niñez, pero Gaspar fue una bendición de la que me enamoré desde el primer día que lo vi en ese hospital antiguo donde también habíamos nacido nosotros muchos años atrás.
Lo malcrié por completo; para lo otro estaban sus padres. No hubo juegos, películas, partido de fútbol o golosinas que le negara. Y, por mucho tiempo, mientras crecía, me sentí culpable por esa gordura simpática que llevaba con la mejor gracia y sin preocupación. Pero, por sobre todo, intenté estar ahí con y para él. Ser el mejor tío del mundo. Gaspar sacó lo mejor de mí. No recuerdo un mejor momento de mi vida que los años que pasé gateando por el suelo, haciéndole morisquetas, llevándolo al estadio, transformándolo en seguidor del equipo de mi vida, o incluso yendo a alguna reunión de su escuela cuando sus padres no querían; todo para luego burlarme con él de sus profesores, inventándoles apodos.
Por ello, sé que su pérdida fue la que más sentí y sentiré. No poder verlo siquiera un día antes de que toda esta mierda partiera y enterarme después del destino que corrió con sus padres fue demoledor. Lo perdí todo y a todos, como muchos de los que aún aguantamos este mundo loco en el que vivimos, pero perderlo a él primero fue devastador.
Durante mucho tiempo intenté no pensar en él y creo que lo logré luego de décadas de esfuerzo. Hasta esa noche. Lo reconocí en la forma de guardarse la comida en la boca, inflando sus mejillas como un hámster, seguramente porque odiaba lo que había disponible para comer esa noche.
Me puse de pie y fui a mi tienda, en una habitación posterior y que antes había sido la bodega del lugar y que aún olía a café y canela. Al minuto volví con mi objetivo y lo deposité en la mesa para deslizarlo con suavidad hacia un costado de su plato.
No miento que vi sus ojos abrirse con entusiasmo y brillar. Su verde destelló.
—Ahora son tuyos —susurré, asintiendo y mirando la bolsa de pastillas de chocolates cubiertas con saborizantes de distintos colores. El chico apartó la cuchara y, con un ánimo sorpresivo, abrió el envoltorio, vertió un par de pastillas en la palma de su mano y enseguida se las llevó directo a la boca. Reconocí a Gaspar en sus ojos brillantes y expresión agradecida.
—Necesito hablar contigo —me susurró en el oído Emerson, quien se había puesto de pie segundos atrás. En ese momento miré al niño y vi cómo su alegría contenida se transformó en preocupación a lo largo de su blanco rostro. Abandonó el paquete con las pastillas y volvió a mirar un punto incierto de la mesa, como quien recuerda que ese es su estado normal y no se puede permitir otro, menos el de la alegría.
Acompañé a Emerson a la barra de la excafetería.
—Es un espía —espetó—, estoy seguro. No termina de convencerme su historia.
—A mí tampoco —dije—. ¿Y qué pretendes?
—Hacerlo hablar. —Y me miró como buscando aprobación acerca de lo que sugería. Yo asentí.
—Llévalo al baño —agregó y luego volvimos a la mesa.
—Deberías secarte también, Vidal. El baño está por acá, te acompaño —le dije al hombre y este, agradeciendo, se puso de pie.
Mientras me apartaba de la mesa, le di una última mirada al niño, comprobando que Gaspar se había ido. No quedaba nada de él en este chico que volvía a ser un desdichado ser concentrado en sus propios dilemas y traumas.
Vidal me siguió hasta el fondo del salón y luego nos internamos en un corto pasillo; le indiqué la puerta del baño, que traspasó confiado. Caco se me adelantó en ese momento e ingresó al lugar, seguido de Jano, otro muchacho joven del grupo. Tras ellos cerré la puerta y me aparté.
Escuché los golpes y súplicas del hombre por 20 minutos y no fui capaz de soportarlo más. Volví a sentarme en el comedor y, luego de sacarme la imagen de la tortura que dentro del baño se llevaba a cabo, noté que el niño no estaba; miré en torno, incrédulo, para volver a la mesa. El paquete con las pastillas multicolores tampoco estaba.
Súbitamente comenzó a sonar una alarma aguda y potente que retumbó casi con dolor en mis oídos. Venía desde dentro, sin duda. Incrédulos, nos miramos todos los que allí estábamos y, casi al unísono, nos dirigimos corriendo al baño; desde allí, Caco y Jano salieron desconcertados.
—¿Qué es eso? —gritaron todos entre el ulular infernal.
—¡Él fue! —dijo Emerson, apuntando a la puerta del baño cerrada, con Vidal aún dentro.
—No, estuvimos con él todo el tiempo —respondió Caco—. No hizo nada.
—Viene desde aquí dentro —dije.
Todos, sin orden previa, comenzaron a buscar el origen del inaguantable sonido hasta que dimos con él: una esfera de plástico depositada en la barra donde minutos antes habíamos conversado Emerson y yo. Una luz roja parpadeaba sin cesar desde el aparato, cubriéndolo todo de ese color.
Víctima de un impulso, divisé la primera puerta de entrada abierta, los maderos en el suelo y al niño abriendo el último candado de la cortina metálica. Caco corrió a su encuentro, pero fue demasiado tarde. Una decena de hombres vestidos de uniforme y cascos negros la abrieron e ingresaron a nuestro refugio. Caco fue el primero en caer, víctima de una ráfaga de disparos venidos de una de las metralletas de esos hombres. Luego sentí que todos los demás lo siguieron y abrieron fuego en el interior. Me guarecí tras la barra y, desde ahí, pude ver al niño apuntando con el índice en dirección a Emerson. Ahí lo entendí: estaban allí por él.
El sonido de las metralletas disparándose era brutal, casi intolerable, tanto como los gritos y maldiciones lanzadas al aire por Emerson y el resto de mis compañeros. Me cubrí los oídos y permanecí agachado y esperando lo peor, con la cabeza entre las piernas. El contacto de su pequeña mano en mi cabeza me perturbó. Hizo que la irguiera, como quien pretende que un niño enojado mire la lección que le dará, y lo observé a él frente a mí, con actitud seria, fría y adulta. Sí, adulta: ante mí no veía a un niño, sino un adulto implacable e inmutable. Me miró sin expresión alguna y me hizo un gesto con la palma de la mano para que esperara. Y eso hice.
Pronto los disparos y los gritos cesaron. Los hombres de negro se fueron haciendo sonar los cristales de ventanas, platos y copas rotas tras sus pasos. El último fue él, indescifrable y frío, echándose un puñado de pastillas multicolores a la boca y saliendo como quien deja un espacio que le pertenece, aunque ya esté despojado de toda vida. Y en eso se convirtió. Eso era. Eso es.
Desde ese momento estoy solo. Hasta los cuerpos de mis compañeros de escondite se llevaron. Cambié de lugar, a este casino, con otra gente, pero sigo solo. Mejor así. Hay días como hoy donde solo espero encontrar la muerte pronto. Pero, aun así y a mi pesar, hay algo que hace que siga apreciando la vida. Es difícil soltarla. Aunque ganas tengo de hacerlo, cada día y más que antes. ¿De qué sirve un mundo así, sin un ápice de inocencia? ¿Dónde se fue Gaspar? ¿Qué hicieron con ellos?
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Patricio Flores Henríquez
Patricio Flores Henríquez, nacido en Santiago de Chile en 1982, es profesor de inglés y escritor. Desde la adolescencia sintió fascinación por escribir historias fantásticas donde personajes cotidianos se enfrentan a lo inexplicable. En 2014, autopublicó su primera novela, «El puente» (Amazon), historia que mezcla suspenso y fantasía. Ha colaborado con algunos de sus relatos…

