Nº 75 | Narrativa | Terror | 5662 palabras | Chile

El poder del mar

Samuel Wandersleben


«Las olas al chocar
parecen murmurar
La canción que nunca calla».

«Baño de mar a medianoche», Cecilia, la Incomparable 

Lo que siempre caracterizó a Tomé fueron sus extensas e hipnotizantes playas: pedazos de paraísos arrojados al azar en ese pequeño pueblo perdido entre los árboles. Apenas empezabas a bajar por el laberíntico cerro Caracol, lo primero que veías era el inmenso mar, que parecía tragar la tierra con cada una de sus mordidas que chocaban con la costa.

La mayoría de la gente vivía del mar. El inmenso sector que correspondía a la explanada se atiborraba de los productos marítimos para sus restaurantes y carros, en donde los principales platos eran pescados, empanadas con mariscos o ceviches elaborados con distintos ingredientes; también había pequeños puestos que vendían cangrejos, almejas y cochayuyos, sin contar las pequeñas tiendas al inicio de la playa que ofrecían los productos completos para quienes desearan prepararlos a su manera en sus casas. Como había tantos lugares relacionados a los recursos marinos, por supuesto que existía un montón de gente dedicada a la pesca artesanal, quienes salían a pescar todas las mañanas arriba de sus botes cerca de las cinco de la madrugada. Y esa era la gente independiente, pues un gran índice de la población trabajaba en el muelle, ya sea como funcionarios o como parte de las tripulaciones que se adentraban a pescar a la alta mar, sin contar el resto de los restaurantes u otro tipo de establecimientos que duplicaban sus ventas con la llegada de los turistas en verano.

En pocas palabras, Tomé era la playa y la playa era Tomé. Era muy raro encontrar a alguien que no le gustara el mar o que no supiera nadar, pero entre esas atípicas personas estaba Mireya. Una adolescente de pelo corto y pantalones en pleno mil novecientos cincuenta, que aspiraba a mucho más que pasar su vida entre el agua salada, los mariscos, la pescada seca y el olor a fritura que inundaba tus pulmones y te hacía sentir como un bocadillo grasiento. Una muchacha llena de actitud, astucia y que no dejaba que nadie la pasara a llevar.

Mireya era la hija menor de la familia Pantoja Levis, la menor de cuatro hermanas muy altas y elocuentes que tenían varios pretendientes tras de ellas. Las joyas Pantoja, como les decían debido a su gran hermosura y elegancia, a pesar de ser hijas de un trabajador de la fábrica de paños Bellavista Oveja Tomé y una modista que le arreglaba los vestidos a todas las señoras de la clase alta, esposas de los altos rangos de la fábrica.

Lucía, la mayor, ya estaba casada y se había ido de la casa hacía años; ella era el orgullo de su madre, representaba todos los ideales que esta tenía y lo que esperaba de cada una de sus hijas. Luego estaba Francisca, la pálida y delicada ayudante de su madre que pasaba todo el tiempo entre hilos, agujas y telas. Después estaban Gabriela y Mireya, las mellizas favoritas de papá. Gabriela era la imagen de la hija perfecta, una chica callada, sumisa, inteligente y agraciada que no hacía nada que no le dijesen sus padres y, por último, mas no menos importante, Mireya… Ella era todo lo contrario a sus hermanas: no tenía el pelo claro de Lucía, la elegancia de Francisca ni la sensatez y el recato de Gabriela. Mireya jamás pasaba desapercibida, hablaba con todo el mundo y le gustaba opinar, supiera del tema o no. Tenía iniciativa para todo y casi siempre estaba metida en algún grupo artístico, cosa que le molestaba demasiado a su conservadora madre. «¿Cómo una adolescente de su edad va a andar saliendo tanto?», decía inquisitiva Ludmila. «Ella debería estar en casa, ordenada y tranquila como una buena mujer. Además, esa manía de cortarse el pelo como hombre… No me extraña que la llamen marimacha en la calle. ¡Y que le duela! Así aprenderá a comportarse como una señorita».

No obstante, lo que desató la ira de Ludmila fue el día en que Mireya llegó con una guitarra que dejó sobre la mesa, en donde estaba su madre con sus hermanas, y dijo sin vacilaciones que quería ser artista. Todos en la familia ya lo sabían y todas la habían visto con cara de decepción, excepto su padre, que le había enseñado a tocar la guitarra a escondidas en la sede vecinal de su barrio. Cada tarde, desde que Mireya cumplió catorce años, él se había propuesto enseñarle a tocar y cantar para que su hija cumpliera sus sueños, por muy lejanos que parecieran.

Pero, claro, los secretos nunca logran pasar demasiado tiempo en la oscuridad. Especialmente cuando tenías de madre a la mujer más fisgona de Tomé. Es más… Es sorprendente que haya logrado ocultarlo tanto tiempo, ya que se reunía a practicar con su padre al menos dos veces por semana. Sin embargo, el día en que lo dijo directamente ardió Troya en esa casa…

—¿Qué quieres ser qué? —preguntó estupefacta Ludmila después de haberse callado varios segundos, mientras sus otras hijas veían a Mireya con desaprobación. De fondo se escuchaban las olas del mar.

—Cantante, mamá. Cantante, eso acabo de decir. Ya lo decidí.

—¡Dios santo! Si no es una cosa, es la otra…

—Tranquila, madre. No te estoy pidiendo permiso, solo te estoy avisando. Sé que no tendré tu apoyo, pero puedo sola. Siempre he podido sola.

—¡¿De qué carajos hablas?! —gritó, levantándose de su asiento de un salto—. Eres una mocosa que no tiene idea de la vida, ¿cómo vas a poder hacer algo sola? Te apuesto a que tu padre fue quien te metió estas burradas en la cabeza. Le dije mil veces que no te llevara a la plaza después de misa, pero aquí están los resultados.

—Papá no tuvo nada que ver aquí. Esto es lo que YO quiero para mi vida. Es mi sueño, no quiero ser como tú o mis hermanas.

—Ah, y ahora pasa que tú eres mejor que nosotras, ¿cierto? La niña de papá es demasiado asombrosa como para querer una vida normal y «aburrida» como nosotras. ¿Niñas, escucharon a su hermana? Dijo que no somos nada… Escúchame, Mireya, esto te lo digo con todo el amor del mundo y porque deseo lo mejor para ti: es imposible que alguien como tú, sin gracia, delicadeza o talento, logre llegar lejos en ese mundo. Especialmente con esa pinta de hombre que tienes. ¿O no te has dado cuenta de todas las burlas que hemos sufrido por tu culpa? Te hemos permitido muchas cosas, pero esto es el colmo.

—¡¿Cuándo te he pedido algo yo?! —gritó furiosa, y sus hermanas la miraron con caras tan exageradas como si la chica hubiese gritado «¡Viva el diablo!» en una iglesia—. Te la pasas criticándome. ¡Jamás te he escuchado decir algo bueno de mí!

Ella podía aceptar que le dijeran muchas cosas, pero sin talento, jamás.

—¡No me alces la voz, miechica! Y si no lo he dicho, por algo será. Eres la vergüenza de esta familia y ahora, más encima, quieres ser una de esas mujeres solteronas que cantan en cantinas de mala muerte.

—¡¿De qué mierda estás hablando?! ¡Yo quiero ser una cantante respetada! ¡Sé que tengo el talento, solo necesito una oportunidad, y si tú no me vas a apoyar, está bien!

—Estoy segura de que tu padre te ha metido esas ideas. Se las verá conmigo en cuanto llegue de la fábrica.

—¡Por favor! Así haces que se dé cuenta de la arpía amargada con la que se casó —dijo e inmediatamente la palma de su madre aterrizó en su mejilla.

—¡No voy a seguir permitiendo que me faltes el respeto, maldita marimacha! —exclamó, agarrándola del brazo con fuerza, mientras las olas parecían explotar contra las rocas de la playa—. Hace tiempo que estoy harta de tus insolencias. Desde ahora me harás caso en cada cosa que diga, ¿entendido? —No recibió respuesta—. ¿Entendido? —dijo antes de golpearla de nuevo.

—Suéltame…

—¡Estoy preguntando si entendiste! —preguntó, zamarreándola para todos lados.

—¡Suéltame! —chilló de vuelta, y ambas mujeres comenzaron a empujarse mutuamente. Madre e hija pelearon acompañadas por los gritos de las otras chicas hasta que Ludmila soltó el brazo de Mireya, haciendo que esta se cayera por el pequeño escalón que había para subir a la cocina. La muchacha cayó al piso de cara, golpeándose tan fuerte que empezó a salir sangre de su frente, en tanto su madre la miraba con una sonrisa victoriosa.

—Desde ahora dejarás de ser tan impulsiva y te comportarás como una niña de bien. Te meteré a clases de costura junto a tu hermana y, con el tiempo, a lo mejor puedas ser la mitad de ella y así conseguirás un buen marido con el cual formar una familia como Dios manda… Y en cuanto a esto —dijo, observando la guitarra que había dejado sobre la mesa—, ya no la necesitarás más.

Ludmila agarró el instrumento por el mástil, a pesar de que Mireya, desde el suelo y con los ojos llenos de lágrimas, le pidió que lo soltara. Sin embargo, su madre no le hizo caso. Levantó la guitarra en el aire para luego azotarla contra el piso una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez.

—Espero que con esto se te quiten tus tontas ideas de ser cantante o lo que sea que quieras. Tienes que convertirte en una mujer de bien como tus hermanas. Es eso o te conviertes en monja —dijo, viendo cómo la sangre de su cabeza se fusionaba con sus lágrimas.

La joven permaneció en el suelo observando los restos de su guitarra en el piso, a medida que inundaba la cocina con sus lágrimas. Ludmila salió al patio con su libreta y sus hermanas pasaron a su lado sin siquiera mirarla. Mireya se sentía desvalida, como si fuese un cuadro vergonzoso que todos en casa preferían ignorar. Estaba a la deriva en un mar de silencio e indiferencia.

*

La muchacha comenzó a subir el cerro hacia la única persona que podía consolarla en esos momentos. No podía creer cómo su madre había sido tan cruel y despiadada con ella. Entendía que no le gustaran sus planes, ¿pero era necesario humillarla de esa manera y reírse en su cara? Además, el chichón en su frente no paraba de crecer y, por si fuera poco, también acababa de perder su guitarra. ¿Qué haría ahora? Entre más pensaba, peor se ponía la situación.

Una vez que subió Cerro Alegre, fue directo al negocio que se veía desde que empezabas a subir la colina, el negocio al que iban a comprar todos para no seguir subiendo la ladera. Mireya abrió la puerta del pequeño local y vio a Paulina atendiendo con una sonrisa detrás del mostrador, lo cual hizo que sus pupilas se dilataran al instante. A sus ojos, Paulina era la criatura más bella que había hecho Dios en toda la creación. Sus lentes proyectaban sus ojos como si fuesen el centro del sistema solar, sus mechones ondulados caían como cascadas de oro enmarcando su rostro salpicado de pecas, que hacían un hermoso contraste con su tez cálida y reconfortante, en donde deseaba depositar todos los besos que sus labios eran capaces de dar. La joven se quedó embobada mirándola, a tal punto que solo pudo salir de su trance cuando ella le habló.

—¡Mireya! —dijo alegre, hasta que vio el chichón hinchado en su frente—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó?

—¿Tienes un tiempo para hablar?

—Por supuesto —respondió, mirando por el pasillo para ver si estaba su papá en el cuarto de estar. No había nadie, la casa profesaba un silencio absoluto. La muchacha de lentes dio la vuelta al mesón para después hacerle el gesto de silencio a Mireya, avanzó a la puerta, quitó el cartel de «Abierto» de la ventanilla y luego ambas salieron con cuidado.

—¿No tendrás problemas?

—Tú tranquila, yo nerviosa.

Las jóvenes caminaron lo suficiente como para que nadie pudiera ver por dónde iban. Todos los adultos del camino quedaban viendo a Mireya con desdén, pero ella siempre les respondía moviendo la mano acompañada de una sonrisa. Luego de alejarse lo suficiente, llegaron a unas escaleras amarillas y bajaron hasta la calle principal, que a esa hora estaba infestada de gaviotas. Caminaron hacia atrás de un paradero con la pintura resquebrajada. Ambas miraron hacia los lados, asegurándose de que no hubiera nadie observándolas, y después Paulina tomó el rostro de Mireya con delicadeza.

—Amorcito, ¿estás bien? ¿Te caíste?

—No… Fue mi madre —respondió, e inmediatamente el rostro de Paulina se volvió rojo de pena y rabia—. Tranquila. Nadie sabe nada de nosotras.

—No estaba pensando eso. ¿Por qué te pegó la vieja?

—Le dije que quiero ser cantante.

—¡¿De verdad fue por eso?!

—Sí.

—O sea, sabía que no lo tomaría bien, pero ¡¿llegar a esto?!

—Pauli, cálmate, tampoco es para que grites.

—Es que esa vieja está loca. ¡¿Qué clase de madre golpea a su hija por decirle lo que quiere hacer?! Dile a tu papá, esto no se puede quedar así. Mi niñita —dijo antes de abrazarla y colocar su cabeza en su pecho—. Sé que lograrás ser la mejor cantante que ha visto Tomé en toda su historia. Solo ten paciencia y llegarás lejos, lo prometo.

Que Paulina creyera tanto en ella hizo que se le olvidaran todas las palabras que le había escupido su madre. Es más, recargó su batería y al instante comenzó a buscar soluciones para arreglar el problema de su guitarra. Aún no salía por su boca, pero ya estaba segura de que la amaba.

—Gracias, Paulita. No sé qué haría sin ti… Y relájate, sé que mi madre hablará con mi papá antes que yo porque piensa que es su culpa. Pero calma. Lo peor ya pasó. Gracias a ti.

—¿De verdad?

—Sí. Eres lo más hermoso que tengo en mi vida… —Mireya se quedó en silencio mirando los profundos ojos color castaño de Paulina. «Sí. Ella es la indicada, ella es mi otra mitad», pensó antes de hablar—. Te amo.

La otra chica la observó sorprendida y luego sonrió como nunca lo había hecho, mientras a lo lejos se podía oír el sonido de unas botas de fábrica acercándose.

—Yo también te amo —respondió antes de darle un beso que fue detenido por un grito que las separó de golpe.

—¡¿Qué significa esto?! —gritó Raúl, el padre de Mireya, que iba a su casa después de la fábrica—. ¿Cómo que se aman si las dos son niñitas? Mireya, explícame qué chucha está pasando aquí.

—E-espere, señor Pantoja. Le podemos explicar…

—Cállate… ¡Y suéltala, pervertida! ¿No te da vergüenza engatusar a mi hija siendo una supuesta niña de iglesia? Tus padres se la pasan orando toda la semana y tú acosas a mi hija con tus conductas desviadas. Me das asco.

—¡Papá, no la trates así!

—¡Tú no hables, mierda! Yo te he apoyado en todo y me pagas de esta forma. Vamos a la casa al tiro —exclamó rabioso, tomando el brazo de su hija.

—¡Papá, suélteme! —dijo Mireya antes de recibir un palmetazo de su padre.

—¡Suéltela! ¡No la puede tratar así!

—Ándate si no quieres que les diga a todos que eres una lesbiana asquerosa.

Paulina lo miró consternada mientras revisaba cuál era su mejor movimiento. Si sus padres sabían que era lesbiana, eran capaces de molerla a golpes.

—Puali, estaré bien —exclamó Mireya a medida que su padre la arrastraba del lugar—. ¡Hablamos después!

—Ni loca pienses que dejaré que te acerques a esa niñita otra vez… Dios. Qué asco ser tu padre. Estás enferma… Tenemos que ver si hay alguna forma de sanarte.

—¡Yo no estoy enferma, papá! ¡Amo a Paulina y no tiene nada de malo!

—¡¿Nada de malo?! —dijo furioso antes de empujar a su hija al piso y pisarle la mano—. Escúchame, Mireya, porque parece que no te estás dando cuenta de las barbaridades que estás diciendo. Tú y esa niñita son mujeres, las dos, mujeres, mu-je-res. ¿No te das cuenta de la aberración de eso? ¿Te entra en la cabeza?

—Pa-pá, me due-duele.

Raúl ignoró las palabras de su hija y la agarró con fuerza desde la barbilla para que no pudiera evitar mirarlo.

—Dios hizo al hombre y la mujer, no al hombre con hombre y mujer con mujer. Estás confundida por culpa de esa niñita endemoniada. Yo estoy seguro de que no eres una desviada, hijita. Te lo juro.

—No soy desviada —respondió, mientras sus ojos se deshacían en lágrimas.

—Esa es la actitud… Igual es mi culpa por dejar que te cortes el pelo así, pero calma, hallaremos la cura, aunque tengamos que viajar para hacerlo. Te lo prometo, hijita. Te vas a sanar; cuando menos te des cuenta, estarás con un hombre para ser una verdadera mujer.

—¡Que no tengo nada! —gritó con todas sus fuerzas, y su padre le colocó las manos en la boca mientras le clavaba los pulgares en su cara.

—¿Ves? Hasta hablas como hombre… Todo es mi culpa. Perdón, Mireyita. Yo te voy a sacar de esto.

Raúl empezó a tirar a su hija con ímpetu para sacarla de ahí lo más rápido posible, en tanto Paulina los veía perderse al final de la calle. Las dos chicas querían llorar y gritar, pero sabían que era lo peor que podían hacer. A medida que los Pantoja iban a su casa, los lobos marinos aullaban desesperados.

*

Mireya saltó por la ventana de su habitación y después corrió llorando con todas sus fuerzas. Corrió bajando el cerro, mientras las estatuas de los mausoleos del cementerio la observaban. Corrió, a pesar de que su cuerpo le pedía que parara. Corrió rauda por las diáfanas sombras de la noche sin mirar atrás. Corrió deseando dejar de existir. Corrió recordando la mirada dura de sus padres diciéndole que se la llevarían a Santiago para internarla en un lugar donde curarían su “enfermedad”. Corrió pensando en la sonrisa de Paulina, su único refugio dentro de esa vida que odiaba. Corrió hasta llegar a la casa de su abuela a la orilla de la playa. Estaba tan desesperada que ni siquiera tocó el timbre, sino que se subió a un muro y saltó la reja del portón para luego entrar por la puerta trasera. 

La señora Fernanda, la madre del papá de Mireya, era una mujer sumamente humilde a quien no le interesaba el estatus ni tener algún tipo de lujos. Ella era feliz con su pequeña casita llena de plantas, atrapasueños y campanas de viento que danzaban con la brisa marina. Algunas viejas chismosas decían que doña Fernanda era bruja, que tenía un pacto con el diablo, que bailaba desnuda las noches de tormenta, que mataba gatos negros el último día de cada mes y que iba a desenterrar las tumbas de animales al cerro para hacer maleficios, pero ella ni siquiera se daba el tiempo de desmentirlas. Hasta cierto punto le gustaba dar esa imagen; así nadie se acercaba a molestarla.

Apenas entró, Mireya fue golpeada por un potente olor a mar. Tanto la presión dentro de la casa como las luces tenues la hacían sentir como si estuviera hundiéndose lentamente en el abismo del océano. Su abuela la estaba esperando con una taza de té servida, como si estuviese esperándola. Pero verla sujetando su bastón en el aire para atacar al intruso indicaba todo lo contrario.

—¡Mireyita! —gritó la anciana asustada—. ¡¿Qué le pasó, mi niña?! ¿Por qué tiene los ojos rojos? —preguntó antes de ver el enorme moretón de su ojo, la mano de su padre en su mejilla y el chichón en su frente—. ¡¿Qué le hicieron a mi niñita?!

—¡Fue horrible! Pri-primero ma-mamá y después pa-papá, uno tras otro. A-apenas pude, me escapé para venir a verla. Usted es la única que me entiende, abuelita —dijo, refugiándose en los robustos brazos de la señora.

—¡¿Ellos te hicieron eso?! ¡¿Por qué?!

—Porque mamá no soporta que tenga aspiraciones propias, que no quiera seguir su ejemplo. De ser por ella, todas fuéramos Lucía. Yo no quiero estar amarrada a un hombre toda mi vida. No vivir y morir en Tomé.

—Mira por la hueá que te pega esa conchadesumadre. ¿Y tu papá la apoyó? Dígame que no.

—Le siguió el juego —mintió. Por mucho que su abuela pensara distinto, también creía que le diría enferma si sabía que amaba a una mujer—. Quieren que me vaya a Santiago, abuelita. ¡Pero yo no quiero! Aquí tengo mi vida, mis amigos, aquí la tengo a usted.

Fernanda siguió escuchando las quejas de su nieta mientras le servía un té de manzanilla para calmarla. Con cada palabra se enojaba más por la situación; deseó ir de inmediato a hablar con sus padres para que le dieran una explicación por sus comportamientos de salvajes. Pero en ese momento lo importante era animar a su nieta. Lo otro podía esperar.

—Tome —dijo, entregándole la taza—. Para que se calme… ¿Y puedo saber qué les dijo exactamente? Yo no le diré nada. Solo quiero entenderla.

—Les dije que quiero ser cantante… Usted sabe. Siempre que vengo cantamos juntas.

—Y canta precioso, mi niña.

—Yo creo lo mismo, pero mamá piensa que eso es indigno para una mujer como yo. Pero eso es de lo único que estoy segura en mi vida —«y de mi amor a Paulina», pensó—. Realmente no me veo haciendo otra cosa.

—¿Segura de que solo quiere eso?

—Abuelita… Lo quiero con toda el alma… Todos los días me imagino cantando frente a un mar de personas, pero no para que me alaben, sino que canten conmigo, que formemos una sola voz que calme sus emociones y les dé alegría… Me encantaría ser la alegría de la gente.

—Pídaselo a la luna. O al mar. Pero yo prefiero hablar con la luna —dijo, tomando su mano, y su nieta la miró como si estuviese hablando en otro idioma.

—¿Cómo?

—Pídaselo a la luna. Hable con ella como conmigo y pídaselo abriendo su corazón.

—Abuelita, ¿de qué está hablando?

—Mireyita… La naturaleza tiene poderes… Y no son cosas del diablo, no tienen nada que ver con la religión. Usted sabe que soy muy creyente, pero la tierra, la luna, el sol y el mar tienen poderes inmensos… que, si uno sabe cómo hablar con ellos, te pueden ayudar enormemente. Por eso le pregunté si estaba segura sobre si eso es lo que más desea, porque nada me haría más feliz que su propia felicidad.

—¿Usted le ha pedido cosas a la luna?

—Por supuesto. Lo he hecho muchas veces y siempre se han cumplido.

—¿Y cuál es la diferencia entre la luna y el mar?

—Bueno, tanto la luna como el mar son fuerzas muy poderosas, pero yo prefiero hablar con la luna, ya que ella es mucho más dulce para hacer las cosas, por decirlo de alguna forma. Es maternal, silente y contemplativa; en cambio, el mar es más… ¿violento? No, esa no es la palabra… ¡Impulsivo! Es como el mar mismo, pue’, mi niña. Puede que te lo dé, pero no de la manera que tú quieres; pero es más inmediato, eso sí. Lo importante es que hay que dar algo que equipare el valor de tu deseo.

—¡¿Hay que hacer un sacrificio?!

—¡No! ¿Cómo se te ocurre? No es un sacrificio, es más bien… una ofrenda. Es como pedirle algo a la Virgen y prenderle una velita.

—¿Y a qué se refiere con algo que signifique lo mismo?

—Que tienes que dar algo que te importe. No vas a dejarle unas galletas de soda a la luna para encontrar al amor de tu vida —dijo riendo.

—Pero… ¿Usted de verdad cree en esas cosas?

—Claro. Es lo más importante. ¿Cómo vas a pedir algo si no crees que funcione?

—¿Y no hay repercusiones negativas si uno hace esto?

—Si no pides algo malo, ¿por qué te debería pasar eso? Es cuestión de equilibrio.

—Gracias… Pero me da miedo. De todas formas, hablar de estas cosas me sirvió para distraerme. La quiero mucho, abuelita. No sé qué haría sin usted —dijo, abrazándola.

—Puede contar conmigo siempre, Mireyita —respondió sin saber que Mireya ya había tomado una decisión.

Exactamente a la una de la madrugada chocó la primera piedrita en la ventana de la habitación de Paulina. Sin embargo, fue la cuarta la que finalmente capturó su atención.

Paulina había quedado con el corazón en la mano después de ver la forma en que el padre de Mireya se la llevó agarrada del brazo. Apenas empezaron a caminar, quiso seguirlos, pero sabía que hacerlo empeoraría las cosas; lo mejor que podía hacer era esperar… aunque su ansiedad la matara por dentro. No podía dormir. Tenía los ojos abiertos de par en par. ¿Estaría bien? ¿La habrán golpeado de nuevo? ¿Qué haría si don Raúl les decía algo a sus padres? ¿Qué le harían sus padres evangélicos y qué dirían sus pastores? ¿Cómo la trataría su iglesia? ¿Sus amigos le dejarían de hablar? Viera por donde lo viera, si la gente descubría su secreto, su vida estaba arruinada. Entre esas preguntas divagaba su mente cuando escuchó el golpe en el vidrio.

«¿Quién está despierto a esta hora?», pensó, caminando hacia la ventana. Miró con cuidado por el pequeño espacio que no tapaba la cortina cuando una quinta piedrecilla chocó con el cristal. La joven corrió la cortina de golpe y vio a su novia en medio de su patio. Ella se acercó para ver qué le estaba diciendo con señas y abrió la ventana con mucho más miedo que en cualquier otra ocasión.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo estás? Quedé muy preocupada.

—Amor, tranquila, estoy súper. Vayamos a la playa.

—¿Qué? ¿Sabes la hora que es? Es tarde, hay que dormir. Además, es muy peligroso que estés aquí después de lo que pasó.

—Tú tranquila, yo nerviosa. Es la hora perfecta para que podamos salir.

—Mire… No. Es peligroso.

—Pauli, por favor. Confía en mí.

—¿Y por qué quieres ir a la playa a esta hora?

—Quiero mostrarte algo.

—¿Y no puedes esperar hasta mañana? Me da miedo, la verdad.

—Amorcito, confía en mí. Sé lo que estoy haciendo.

—Pero ¿qué me quieres mostrar?

—Te explico en el camino —dijo, ofreciéndole la mano—. Es por nosotras.

—… ¿Estás segura?

—Tanto como te amo.

—Déjame buscar mi chaqueta.

—Te amo.

—Yo más.

Mireya ayudó a bajar a Paulina por la ventana una vez que estuvo lista y luego ambas saltaron el cerco que marcaba el límite de su sitio con el de la calle. Caminaron despacio para no llamar la atención, aunque prácticamente las calles estaban vacías. Sin perder más tiempo, las chicas bajaron el cerro escuchando el ruido de las olas como una canción de cuna. Caminaron directo a la playa, rodeando la estación de trenes que había entremedio; después bajaron con sumo cuidado entre las rocas y finalmente llegaron a la playa, donde el mar era uno con el cielo.

—Mira, ve esto —dijo la chica de pelo corto con entusiasmo para luego guiar a su novia.

Después de caminar un par de metros, se pillaron con la pequeña sorpresa que tenía Mireya: en medio de la playa había un enorme corazón trazado en la arena, en donde estaban ambos nombres hechos con conchas. Tanto el punto de la i de Mireya como el de la i de Paulina tenían una estrella de mar muerta y ambos nombres estaban contorneados con cochayuyos.

—Sé que no es mucho, pero te quería hacer esto para que sepas que te amo y que no tengo vergüenza de nosotras. Tú eres la persona con la que quiero estar el resto de mi vida. —Apenas terminó de hablar, Paulina se lanzó a besarla apasionadamente. Solo hizo una pausa para decirle que la amaba y después siguió aún más efusiva.

Mireya continuó con el beso hasta que las dos se cayeron en la arena, pero no dejaron de besarse. Cada vez sentían más calor y crecía la necesidad de quitarse la ropa. La mano de Paulina entró por debajo del chaleco de Mireya para luego subir hasta llegar a sus diminutos pechos. La chica de los moretones soltó un suspiro y Paulina le preguntó si le había molestado, mas ella le dijo que no, que siguiera, que podía tocar todo lo que quisiera. Su novia respondió con una sonrisa antes de morder el lóbulo de su oreja. Mireya, extasiada, veía las estrellas pensando en cómo sería vivir sola en Santiago. Sin libertad. Sin música, mientras otras personas la obligaban a dejar de ser quién era en realidad. No tenía idea del lugar al que la llevarían, pero estaba segura de que no sería un segundo hogar. Hace días había leído una noticia sobre las terapias de aversión, las cuales cada vez se iban haciendo más populares. La joven intentó a alejar aquellos pensamientos y trató de volver al presente, a los labios de su novia y el sonido del mar de fondo. 

Entonces Paulina tiró la mano de su polola para que esta también cayera al mar. Ahora la muchacha de pelo enchochado fue quien se rio y la otra le gritó con alegría. Ambas comenzaron a tirarse agua para molestarse, a pesar de que ya estaban completamente empapadas. Cuando acabaron con la infantil pelea las dos se miraron a los ojos mostrando sus emociones tan sinceras que no fue necesaria ninguna palabra. Las dos sabían lo que quería decir la otra y eso fue suficiente. Lentamente se acercaron sin parpadear y fue entonces que eso tan hermoso lo sellaron con un beso jubiloso, mientras el brillar de mil estrellas les desearon felicidad. Una vez que el beso concluyó, Mireya empezó a bajar por el cuello de Paulina a medida que esta se daba la vuelta con los brazos hacia arriba sintiéndose como una diosa de la luna. La muchacha de pelo corto llevó una de sus manos a uno de los senos de la otra y esta soltó un gemido delicado, casi espectral. 

Fue precisamente en ese momento que Mireya recordó las palabras de su abuela y tomó la decisión más importante de toda su vida. 

La joven de pelo corto tomó a su novia por la cintura, en tanto seguía depositando besos a lo largo de su cuello.

—Perdón —dijo con la voz quebrada—. Espero que puedas entenderme… Te amo. 

—¿Qué pasa, amor? —alcanzó a preguntar Paulina antes de ser agarrada de manos y cabeza para luego hundirla en la masa de sombras. 

Confundida la chica de rulos intentó soltarse de las garras de su amada, pero le era imposible. Mireya tenía mucha más fuerza y estaba enraizada al suelo. Paulina trató de mover las piernas de ella para que ambas cayeran rendidas al agua, pero sus piernas eran robles vetustos que no mostraban el más mínimo ápice de flaqueza. Entre lágrimas Mireya siguió aplicando presión en la cabeza de Paulina para que esta no pudiera salir a respirar, mientras pensaba en las tardes tocando guitarra, las noches cantando a escondidas y todas esas mañanas que, yendo a la escuela, se imaginaba a sí misma en las portadas de revistas. 

Hay que dar algo a cambio que equipare el valor de tu deseo”.

—Perdón…

Su novia se agitaba con fuerza debajo del agua mientras pensaba que todo esto fue una trampa. Se sintió una tonta por haber abierto la ventana y aceptar salir con ella. Le dio vergüenza creer que ella de verdad le amaba al mismo tiempo que sentía que esto era un castigo divino debido a su horrible desviación. 

El mar le habló a Mireya en el oído. Le dijo que no tuviera piedad, que no pensara en Paulina, que era su amor o ella, que si no lo hacía ahora arruinaría toda su vida. Jamás saldrás de Tomé. Nadie te escuchará. Totalmente desesperada, la joven divisó una roca aislada que apenas sobresalía del mar.

Mireya Cecilia Pantoja tomó la cabeza de su amor y comenzó a azotarla contra la roca. Al primer golpe escuchó como si estuviera abriendo una almeja con una cuchara. Al segundo sintió el choque con sus manos. Al tercero empezó a sentir un líquido caliente. Al cuarto no sabía si era la sangre de su novia o sus propias lágrimas. Al quinto ya no sabía lo que estaba haciendo. Al sexto dejó de oír cualquier ruido. Al séptimo sentía que lo que tenía en sus manos era algo blando y espeso. Y al octavo gritó que jamás la dejaría de amar. 

—Perdón, perdón, perdón— susurró repetidas veces hasta que el cuerpo dejó de moverse entre sus brazos—. Mar, —dijo entre dientes— espero que esto valga lo suficiente. 

  • Samuel Wandersleben

    Samuel Wandersleben

    Samuel Wandersleben es escritor y dramaturgo de terror, profesor de español y estudiante de posgrado en Literatura. Es autor del libro de cuentos Aberraciones (2022), que recibió dos menciones honrosas en los International Latino Book Awards, y de la novela El país de las maravillas (2026). También ha participado en diversas antologías publicadas en América…