Un joven inseguro con su cuerpo descubre una extraña malformación después de entrenar en el gimnasio. Mientras intenta ocultarla bajo la ropa, sigue adelante con una prometedora cita con Darío, un hombre que parece demasiado perfecto para él. Entre consultas médicas, ansiedad, deseo y una creciente obsesión por controlar su apariencia, el protagonista enfrenta una transformación física que expone sus miedos más íntimos: no ser deseado, no ser suficiente y no poder esconder aquello que lo vuelve distinto.
Nº 69 | Narrativa | Terror | 5520 palabras | Chile
Con polera, los apéndices no se notan
Javier Fontecilla
El primer apéndice lo noté cuando salí del gimnasio. Aproveché que estaba vacío para posar frente al espejo, ver qué tanto había avanzado después de cuatro meses entrenando súper aplicado. En ese momento no lo vi: estaba concentrado flectando mis bíceps y atento a que nadie me pillase haciendo el ridículo. Un flaco como yo, que por más que entrena no crece. Con estrías a los costados de la guata, de cuando fui gordo en el colegio, sin los abdominales marcados. Ni inflado por el peso que recién levanté logré sacar mucho para una foto. Así que me puse la polera y me fui al departamento.
Era domingo y aproveché de hacer aseo por todo el departamento, con la mente en la cita que tenía a las siete. Así que pasé todo ese día hasta que me duché para salir. Ahí fue cuando lo noté. Era como un tentáculo mal formado. Como un pedazo de carne larguirucho que estaba debajo de la axila derecha. Me asusté un montón. Así que pedí hora al doctor al tiro.
Al menos pasaba piola con la polera puesta. Así que salí a la cita, medio perseguido igual. Te juro que sentía que todos me miraban en la calle, como si supieran que yo tenía algo raro. Puse mi mejor cara de nada y seguí caminando. Si te soy sincero, me molestaba bastante. Quizás, de no haberlo visto, ni me hubiese dado cuenta, pero era distinto saber que estaba ahí.
Llegué al restaurante y enseguida encontré a Darío. Era mucho más mino que en la foto y, la verdad, no entiendo cómo logró aceptarme una cita. Me sonrió con unos dientes perfectos y con esos ojos café pardo. Se puso de pie y me sentí pequeño a su lado, y cuando me abrazó pude notar lo macizo que era.
Intenté fingir lo que más pude, pero me encantó apenas lo vi, y creo que se notaba, porque decía algo y yo me quedaba ahí, como weón, mirándolo. Él fue súper nice, se reía conmigo y me preguntaba mucho sobre mi trabajo, si era de Santiago, mi película favorita y esas cosas que se hablan para comenzar a tener algo en común.
Cuando terminamos de comer, salimos a caminar por ahí. Los dos queríamos seguir conversando. Nos llevábamos bien y los temas salían fácil. Era como si ya nos conociéramos de algún lado. Así que terminamos sentados en una plaza, parloteando como loros y mirando a la gente recorrer las calles, hasta que, de pronto, se me acercó y me plantó un tremendo beso. Lo hizo excelente. Nada que decir.
Tuve la suerte de que no quiso tirar al tiro. Porque, con el tentáculo ese que me salió, no me iba a sacar la polera ni cagando. Por suerte, quedamos para otra cita y supe al tiro a lo que íbamos. Así que, ya de vuelta en la casa, volví a revisar las horas disponibles. Encontré una con un dermatólogo para el día siguiente. Tendría que pedir permiso en la oficina, pero la tomé sin pensarlo.
En la mañana del lunes, me paré frente al espejo para ver más de cerca el apéndice. Para mi sorpresa, el muy maldito había cambiado de lado. ¿Cómo? No tengo la menor idea, pero el muy hijo de su puta madre estaba ahora en mi espalda. Por suerte, podía contorsionarme un poco para tomarlo. Así descubrí que lo podía mover por todo mi cuerpo, como si mi piel fuese un mar y la malformación, un palo que sobresalía flotando sobre el agua. Noté que, al tacto, era blando, medio cartilaginoso, y que moverlo me daba un poco de cosquillas.
Jalándolo, lo reubiqué en medio de mi pecho. Comprobé que no se viera raro con la camisa y que no interfiriera con los botones. Después me fui a trabajar y se me olvidó, hasta que fui al doctor. Me encerré en uno de los baños y me cercioré de que el apéndice siguiese donde lo había dejado. No se había movido en lo que llevaba del día. Me volví a abotonar y me senté a esperar.
Se demoraron en llamarme. Entré a la consulta y le conté al doctor lo que me había salido. Su cara lo decía todo. No me creía, pero no me alteré; simplemente me desabroché la camisa y… el apéndice no estaba. Se tendría que haber movido. Me saqué la camisa entera y lo busqué por todos lados, pero no hubo caso. El médico me miró con cara de «otro loquito más» y me derivó al psiquiatra.
No podía entender qué había pasado, e intenté buscar explicaciones. Quizás, tal y como había aparecido, de la nada, se había caído. No se había movido, de eso estaba seguro, si estuve sentado y quieto durante toda la espera. Cuando volví al trabajo, decidí no darle más vueltas al asunto y preferí tener la esperanza de que no volviera a aparecer. Por suerte, un par de reuniones de emergencia me ayudaron a olvidar el asunto y seguir con mi vida. Entre medio, recibí un mensaje de Darío, proponiéndome ir al cine el viernes siguiente.
La hora punta en el metro se me hizo hasta agradable mientras chateaba con Darío. No le quise contar de mi problema con el doctor, así que evité hablar de mí. Por suerte, Darío parecía disfrutar hablar de él. No lo juzgo. Con una carita así y un cuerpo como el de él, yo también estaría acostumbrado a que todo girase alrededor mío. Nos compartimos canciones que nos gustaban, así que hice una playlist con su nombre y le prometí escucharlas cuando llegase al departamento.
Cuando me bajé del metro, saqué mis audífonos y, caminando, disfruté de su selección musical. No conocía a ninguno de los artistas y, para ser honesto, no esperaba que tuviese tan buen gusto. Así que me puse a investigar los grupos. Cuando llegué al departamento, repetí algunas canciones mientras cocinaba y continuaba la conversación. Me senté a comer cuando recibí una foto de Darío. Estaba sin polera, posando frente al espejo de su baño, y no pude más que admirarlo. Por supuesto, esperaba algo similar de vuelta, así que seleccioné una foto de hace algunas semanas, la retoqué un poco y se la envié, no sin antes sentir un golpe de vergüenza.
Enseguida, la conversación subió de tono, donde me contó todo lo que me haría después del cine. A pesar de que estaba listo para enviarle algo más provocador, Darío supo dejarme enganchado y se despidió para acostarse temprano. En verdad, yo tenía que hacer lo mismo, si mi día laboral partía a las seis de la mañana en el gimnasio. Era lejos la mejor hora: no había tanta gente como en la tarde, las máquinas estaban casi siempre disponibles y el ambiente era más relajado.
Solo volví a recordar el apéndice cuando estaba en el baño, lavándome los dientes. Me saqué la ropa, creyendo que tendría que buscar por todos lados, pero no: la malformación estaba un poco movida e inexplicablemente seguía en el pecho. Sentí como todo se iba a la mierda de nuevo, solo que peor, porque esta vez no estaba solo. Otro apéndice colgaba con una longitud similar sobre mi ombligo. Solo atiné a moverlos uno al lado del otro y sacarles una foto, la que subí enseguida a una IA para que me diagnosticara.
Se me hizo eterna la espera y, cuando al fin tuve el veredicto, no había información al respecto. Le pregunté de nuevo, creyendo que podía ser un error; sin embargo, obtuve el mismo resultado. Busqué hora con otro médico, quizás un dermatólogo, pero no había nada disponible antes del viernes, así que le escribí un correo al mismo médico que me creyó loco, adjuntando la fotografía como prueba de que no me estaba imaginando cosas.
Me acosté, sabiendo lo mucho que me demoraría en conciliar el sueño, y a los pocos minutos de apagar la luz, mi mente me bombardeó con imágenes en las que, al despertar a la mañana siguiente, me descubría invadido por millones de esas malformaciones, incluso en la cara. Se me ocurrió que quizás era una enfermedad de transmisión sexual. Así que, urgido, me puse a repasar mis encuentros sexuales de los últimos meses. No es que fueran tantos, y no me tomó mucho tiempo confirmar que todos habían sido con protección. Llámenme anticuado, pero la PrEP solo sirve para el VIH, no para las demás. Igual decidí hacerme los exámenes de sangre correspondientes.
La mañana siguiente, mi cuerpo acusó el poco descanso. Estaba tan debilitado que tuve que entrenar con menos peso y saltarme un par de ejercicios. Así que, cuando volví al departamento para ducharme y prepararme para la oficina, me hice un café muy cargado con la esperanza de suavizar mi malestar. No ayudó mucho, pero me dejó más alerta. Los dos apéndices seguían ahí y, hasta el momento, no había más sorpresas, hasta que al mediodía, cuando terminaba un archivo y lo adjuntaba a un email, recibí la respuesta del médico.
No pude evitar pensar que se iba a molestar, pensando que lo había vuelto a fastidiar el loquito, pero básicamente me dijo que, si la imagen era real y no estaba trucada o alterada por alguna IA, lo visitara ese mismo día a las seis de la tarde. Así que le dije a mi jefa que iba a hacer una hora extra para adelantar unos documentos y así esperar hasta la hora indicada.
Estuve en la sala de espera con una mano metida en la camisa a medio desabotonar, agarrando los seudotentáculos para que no se fuesen a escapar. Me moría de vergüenza, pero no iba a quedar como mentiroso de nuevo. Tuve que esperar bastante, porque me había dado un sobrecupo, así que entré pasadas las siete y media. Entre medio, me escribió Darío, contándome que iba a entrenar pecho y espalda, al tiempo que me mandaba una foto en los probadores, con una musculosa que le quedaba demasiado bien.
Al entrar, el médico me pidió que me sacara la camisa. Así lo hice y pude ver su sorpresa al confirmar que, esta vez, no mentía. Se puso guantes, tomó una lupa y enseguida se lanzó a estudiar mis malformaciones, al tiempo que me hacía preguntas para recabar más datos. Me pidió permiso para sacarles fotos y así derivarme a un dermatólogo amigo que, creía, podría ayudarme. Por un momento, pensé que le escribiría un mail que, con suerte, me citaría para una semana más, pero lo llamó por teléfono y el dermatólogo aceptó de inmediato al recibir las fotos. Así que me dijo que me fuera dos pisos más arriba y me atendería en unos minutos. Antes de despedirse, me hizo una orden con exámenes de sangre para monitorear si acaso era debido a una ETS.
Subí por las escaleras, de nuevo con la mano metida en la camisa, sosteniendo los apéndices. Esta vez no tuve que esperar. Di mi nombre en la recepción y me llamaron al tiro. Con su bata blanca, el dermatólogo repitió el mismo examen que me hizo el anterior. Lupa en mano, estudió las malformaciones mientras formulaba preguntas. Mientras hablábamos, las midió y comenzó a tomar apuntes, al tiempo que llamaba a un asistente, quien trajo implementos que no pude reconocer.
Siguiendo sus indicaciones, me recosté en la camilla y me explicó que replicaría el mismo tratamiento que se usa para las verrugas: quemarlos con crioterapia. Así que montó los implementos y apuntó a la base. Creí que me iba a doler hasta el alma, pero no fue así. Noté solo una molestia, como si de pronto me hubiese introducido al congelador por unos segundos.
Mientras me vestía, el dermatólogo me agendó un control para una semana más y me pidió que le escribiera si es que volvía a aparecerme otro apéndice, o si en dos días no se caían. Cuando estaba fuera, caí en cuenta de que seguía sin recibir un diagnóstico, pero no me importó mucho. Tenía la idea de que, para el viernes, los tentáculos deformes serían cosa del pasado. Por desgracia, no fue así.
A la mañana siguiente, como si los muy malditos hubiesen reaccionado al ataque con frío, me saqué el pijama para ir a entrenar y pude ver cómo otros cinco apéndices, cada uno más largo que el anterior, habían surgido en diferentes partes de mi cuerpo. Me quería poner a llorar, pero no lo hice. Me limité a moverlos hasta ubicarlos en mi abdomen, me puse la polera para entrenar y confirmé que, a pesar de su tamaño, no se notaban con la ropa.
Para evitar cualquier contratiempo, ese día usé además un polerón. Me sofoqué de calor, pero no me lo saqué. No iba a pasar más vergüenzas. Mientras hacía sentadillas con barra, noté cómo se movían por todo mi cuerpo e intenté mantener la calma. Me estaba transformando en algo monstruoso y, como siempre, mi cuerpo parecía ser diferente al de todos los demás. Durante mi infancia, mi abuela me criticaba si es que subía o bajaba de peso. Nunca estaba bien para ella. La adolescencia tampoco ayudó: pasé de ser un gordito chico a un flaco fofo y medio desproporcionado. Me había esforzado toda la universidad y lo que llevaba de vida adulta para cambiar mi cuerpo, pero parecía que nunca lo iba a lograr. Era una anomalía, un raro, un mutante.
De vuelta en mi departamento, me pregunté qué le diría a Darío. No podía tener una cita así; mucho menos quería perder a un chico como él. Así que, cuando terminé, me saqué fotos en donde aparecían todas las malformaciones y me percaté de que algunas habían crecido más, o quizás era idea mía. Se las envié al dermatólogo, esperando que mi caso tuviese una pronta solución. Pero no me sentía muy optimista.
Le di vueltas al asunto en la micro, también en el metro, sin lograr dar con alguna respuesta, hasta que me llegó una idea de golpe; obviamente, en medio de una reunión. No pude ocultar mi reacción. La intenté disimular, pero algunos asistentes se voltearon hacia mí, molestos. Me apresuré a anotarla a un costado de una hoja, al tiempo que fingía interés en el discurso de un compañero sobre tablas de Excel y gráficos.
Antes de salir del trabajo, recibí un mail del dermatólogo, pidiéndome permiso para derivar mi caso a un grupo dedicado exclusivamente al estudio de diversas patologías y enfermedades de la piel. Les otorgué el permiso, pero comprendí que, de parte de la medicina, no tendría la ayuda inmediata que requería. Así que pasé a hacerme los exámenes y me aferré a mi nota hasta llegar a casa. Comí algo rápido y respondí algunos mensajes, entre ellos los de Darío, para luego poner mi celular en modo avión. Quería estar concentrado, porque no podía fallar.
Mi idea era simple: si el apéndice se pudo ocultar en mi primera visita al doctor, eso quería decir que, hipotéticamente, se podía retraer con la misma facilidad con la que se movía por mi cuerpo. Así que me propuse controlarlos. Para eso, me paré sin polera frente al espejo de mi baño. Y, si soy honesto, fue una experiencia más dura de la que esperaba.
Si antes no me sentía cómodo con mi cuerpo, ahora simplemente me desagradaba. Los apéndices caían por mi cuerpo como si fuesen peces rémora muertos. Tras ellos, podía notar cómo mi figura se deformaba más y más. Por suerte, los apéndices seguían disimulándose tras la ropa, pero, con la cita de Darío el viernes, no existía esa posibilidad. Decidido a gobernarme, respiré profundamente y cerré los ojos para prestarle atención a las dimensiones de mi cuerpo, relajando los músculos desde la cabeza hasta los pies. Solo así pude percatarme de lo diferente que era la sensación en las malformaciones, como cuando vas al dentista y te inyectan anestesia en las encías. Están adormecidas, pero puedes percibir vagamente la indumentaria trabajando en tus dientes.
No sé cuántas horas pasé ahí dentro, pero mi esfuerzo no fue en vano. Logré que algunas puntas se torcieran, como si las hubiese picado con alguna aguja. Cuando salí, ya estaba completamente oscuro, así que me preparé para mi siguiente día. Saqué el celular del modo avión y me excusé con Darío por no haberle prestado atención. Como compensación, le envié otra foto mía, de algunos meses atrás, sin polera; por supuesto, debidamente editada.
Mi miércoles pasó con una áspera lentitud. Durante la mañana, antes de ir al gimnasio, repetí mi ejercicio. Esta vez, los tentáculos no solo se sacudieron: también logré retraerlos unos centímetros. Volví a hacer lo mismo, pero con mayor rapidez, cuando regresé de trabajar. Se me hacía más fácil conectar con ellos, y fue en uno de esos mismos ejercicios cuando pude ver de dónde salían.
Fue como presenciar el nacimiento de una espinilla. Algo que está vivo, pero no tiene conciencia y, sin embargo, es parte de tu cuerpo y esperas que desaparezca algún día. Al girarme para comparar cuánto se retraían los apéndices, me percaté de cómo una pequeña punta salía del costado de mi abdomen, entre las estrías.
Casi grito de emoción. Todo me hacía sentido. Así que tomé a los demás tentáculos y, arrastrándolos, los llevé hacia las estrías. Por alguna razón extraña, allí su sensibilidad y respuesta aumentaban. Así que repetí el ejercicio y, esta vez, logré una retracción total de la mitad de las deformaciones. Poco a poco, podía sentir cómo volvía a ser yo. Incluso me miré en el espejo y me sentí mino. Lo intenté una vez más, con mayor éxito.
Cuando me acosté a dormir, sentí que me quitaba un peso de encima y, antes de apagar la luz, conversé animadamente con Darío. Estaba más que listo para entregarme; él, en cambio, jugaba bien sus cartas. Como antesala a lo que se venía el viernes, me envió una foto en calzoncillos ajustados. Tenía que responderle con algo, así que regresé al baño y, con esfuerzo, logré ocultar los tentáculos que me quedaban. El problema fue que, una vez listo, se me había bajado a mí. Menos mal fue fácil solucionarlo. Miré otra vez la foto que me envió él y, a los segundos, ya estaba listo.
La respuesta fue inmediata y positiva, pero mis estrías no pasaron desapercibidas. En el chat, fingí ignorar el comentario, pero, en realidad, se me generó un agujero en el corazón. Quizás ya no le resultaba tan atractivo como antes, y estaba siendo educado, incluso hasta empático al seguir elogiándome. Me dormí pensando en que la cita del viernes podría cancelarse, y cuando desperté la mañana del jueves, no me sorprendió ver que tenía un par de apéndices nuevos. Era como un hombre pulpo, cada vez más deforme, menos humano. Al menos no había ningún mensaje de arrepentimiento de Darío.
Ese era mi último día de práctica, así que me esforcé el doble en el gimnasio. No solo tenía que aumentar mi masa muscular lo que pudiese, sino que, además, tenía que mantenerme enfocado y conservar a raya a mis nuevos compañeros de cuerpo. Mientras permanecían escondidos, podía sentir un leve cosquilleo debajo de la piel, como si algo ajeno a mí me recorriese de arriba abajo. No voy a mentir: tuve un minuto de pánico, en el que quise correr al baño y arrancarme la piel para sacar a los invasores. Los pude ver en mi imaginación, retorciéndose como lombrices en el barro, pero me contuve.
La tarde fue más de lo mismo. La misma rutina, las mismas conversaciones de siempre. Darío estaba particularmente conversador durante el almuerzo, lo que interpreté como una buena señal. Esa tarde, ya de regreso en mi departamento, no me compartió ninguna foto comprometedora; al parecer, quería generar expectativa para el día siguiente. Y la verdad, lo estaba logrando.
En todo caso, aproveché el tiempo para ejercitar el control sobre mi cuerpo una vez más. Era muy extraño tener dos versiones de mí mismo. Por un lado, era un cabro delgado, algo fofo, pero con forma. La otra cara de la moneda era más extrema: un amasijo de hilos de carne gruesos, como tentáculos que, día tras día, se alargaban y se engrosaban hasta lograr llegar al piso. Ocultarlos se me hacía cada vez más fácil, así como moverlos por mi piel sin necesidad de tomarlos con mis manos. Pero me preguntaba si podría contenerlos en medio de un orgasmo. Hasta ahora, los había escondido incluso mientras ejercitaba, así que me tenía fe.
El viernes, Darío me habló desde temprano. Entre ejercicio y ejercicio, afinamos detalles para nuestra salida. Elegimos la película, el cine y el horario, para luego irnos caminando a su departamento. En la oficina, a pesar de que salía más temprano que el resto de la semana, el día se me hizo eterno. Mi buen humor era notorio y hasta una compañera de pega me elogió al decir que se me notaba el gimnasio. No supe bien cómo responder, no me solían llegar comentarios de ese estilo, así que sonreí. Después, cuando ya habían pasado como veinte minutos, se me ocurrió que quizás debí agradecerle el cumplido.
Cuando por fin salí del trabajo, llegué a casa e hice un poco más de ejercicio. Algo simple y rápido. Una rutina de abdominales que vi por Instagram. Sudado, me fui al baño para ducharme y prepararme. Solté el control, en parte para descansar, en parte para ver qué tan mal estaba; y la verdad, no me reconocí. Si antes me parecía a un monstruo, ahora era algo mucho más terrible. Afligido por esa visión, volví a esconderlos y el espejo me regresó la imagen familiar que antes tanto odiaba.
Era irónico.
Por otro lado, me pregunté cuál sería el final de esa lucha que llevaba tanto tiempo peleando. Años entrenando, un mes al menos de estar bien enfocado y aplicado. Solo quería ser mejor, queriendo que mi exterior pudiese reflejar lo que creía que llevaba dentro, pero ahora mis dos opciones se resumían en mal y más mal.
Intenté enfocarme en otra cosa mientras la ducha me caía encima, pero me era difícil salir de ese estado derrotista, al tiempo que me regañaba por no estar agradecido de lo que tenía. Darío era un milagro, después de conformarme con lo que botó la ola. Citas que eran más una excusa para no estar solo que un verdadero interés. Por eso me urgía dar lo mejor de mí.
La ropa la tenía elegida desde hacía días: una camisa beige abierta, abajo una camiseta blanca lisa, pantalones anchos, pero no tanto como para parecer payaso. Se salía un poco de mi estilo más sencillo, pero tenía que jugármelo todo.
Nos reunimos en el cine. Darío ya había comprado los boletos. Nos saludamos con un abrazo apretado y volví a sentir que me derretía. Estaba más macizo que en la primera cita, así que caché al tiro que estuvo aplicándose en el gimnasio para lucirse hoy, como si lo necesitara. No quisimos cabritas, pero sí un par de botellas de agua, las que pagué yo para sentir que le devolvía el gesto. La sala estaba llena y yo estaba nervioso. No me acuerdo mucho de qué se trataba la película: estaba concentrado en no perder el control, así como en mirar de reojo a mi acompañante, quien estaba enfocado en la trama. Le puse una mano sobre una pierna y se la acaricié un rato, como diciéndole «estoy aquí», y cuando la saqué, Darío me tomó la mano y la regresó sobre su pierna.
La caminata a su departamento estuvo acompañada por risas nerviosas y sonrisas espontáneas. Mientras el resto de Santiago comenzaba a salir para disfrutar de la noche, nosotros ya sabíamos dónde pasaríamos la velada. Me tomó la mano y mi primera reacción fue retraerla; sin embargo, cedí y sentí que caminaba sobre las nubes. Era como una confirmación de que esto iba en serio.
En el ascensor, me puse a tiritar. Le dije que era porque sentía frío y, en parte, era una media verdad. No estaba preparado para que bajara tanto la temperatura en la noche, pero la realidad es que estaba aterrado. Tenía que ser perfecto para corresponder con sus expectativas. Debajo de mi piel, noté cómo se agitaban mis indeseados compañeros y sentí terror. No podía perder el control.
Apenas cerró la puerta, Darío se lanzó a besarme. Al comienzo, respondí con cautela; a los pocos segundos, totalmente entregado. Recorrí su cuerpo con mis manos, aferrándome a sus pectorales duros, sus brazos generosamente anchos. Me guio por su departamento hasta la cama, en donde tropecé y caí sobre el colchón. En ese momento, se sacó la polera. Definitivamente tenía un cuerpo espectacular. Me sonrió, con un gesto que mezclaba lo coqueto con la travesura, y comenzó a desvestirme.
No sé por qué lo hice, pero forcejeé con él un poco. Extrañado, se alejó unos pasos y me preguntó qué pasaba. Sonreí, pero me tiritaba la mandíbula, y me excusé diciendo que quería hacerlo yo. Entonces cambiamos de lugar. Él se sentó en la cama, con la mirada atenta, mientras que yo, frente a él, me desvestí. Primero los zapatos, luego el pantalón. Me detuve y le indiqué que hiciera lo mismo. Me obedeció, dejando la ropa tirada a un costado.
Nos observamos por unos instantes. Nuestros cuerpos listos para retomar lo que hacía segundos habíamos dejado. Y con un gesto pícaro en su rostro, Darío me ordenó que me quitara la polera. Lo hice lento, mientras luchaba por mantenerme a raya.
La tiré al suelo mientras lo miraba a él. Sus ojos atentos y su expresión neutra. Luego, todo cambió. Perdí el control. No sé cómo, pero así fue. Cerré los ojos y sentí cómo mi cuerpo entero se rebelaba, mostrándose en su mayor monstruosidad. Mi vista seguía cobarde, oculta en la oscuridad de mis párpados, al tiempo que entendía que ya no había vuelta atrás. Me estaba mostrando por primera vez, a sabiendas de que, después de ese día, nunca más me podría ocultar.
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Javier Fontecilla
Javier Fontecilla es guionista y escritor especializado en los géneros de ciencia ficción y terror. Es autor de las novelas El Arca y Animales Salvajes, además de una decena de cuentos publicados en antologías como Cyberpunk 2023, Cyber Terror Reset y la revista de ecoficciones Antami. Su obra ha sido reconocida con dos galardones en…

