Kassandra sobrevive en un mundo devastado por la contaminación, encerrada en una rutina extrema de cuidado, vigilancia y obediencia. Mientras su cuerpo comienza a deteriorarse y la soledad se vuelve cada vez más áspera, debe sostener una tarea vital bajo la supervisión de una inteligencia artificial implacable. En ese encierro, el recuerdo del mundo perdido, el peso del tiempo y la fragilidad de la esperanza configuran un relato íntimo y perturbador sobre la resistencia, el desgaste y el sentido de seguir viviendo.
Nº 59 | Narrativa | Ciencia ficción | 1039 palabras | Chile
KASSANDRA
VERÓNICA ARÉVALO
—Kassandra, despierta.
Su cuerpo respondió a la voz de mujer incorporándose sobre la fría superficie de la plataforma de descanso. Dormía desnuda para que el aire condensado de la habitación sanara sus llagas. Los primeros años había funcionado bien. Por las noches, las heridas en su piel causadas por los iones de la contaminación ambiental lograban cerrarse, dejando pequeñas cicatrices blancas. Una mañana despertó y notó que en su brazo izquierdo le ardía una diminuta úlcera. Era apenas la superficie de la cabeza de un alfiler, pero escocía de forma consistente. Imposible de ignorar. ¿Habían transcurrido cinco años, tres o siete desde que la regeneración se fue ralentizando? Podría haber consultado el tiempo exacto en los reportes digitales, pero no valía la pena. No cambiaba en nada la situación.
—Kassandra, es hora de la revisión diaria.
Lo sabía. No era necesario que se lo repitiera siempre. O quizás sí. En algún momento pensó que, si se quedaba más horas sobre la plataforma de descanso, podría lograr recuperar la sanación de su cuerpo. Ante su intención de seguir acostada, la plataforma bajo ella comenzó a desplazarse velozmente desde una esquina a otra, hasta que la botó al piso, mientras la voz femenina abandonaba su neutral entonación y chillaba, reclamándole, escupiéndole su irresponsabilidad, enrostrándole las culpas de sus faltas, hasta dispararle, como una flecha al pecho, la frase definitiva: “piensa en Andrés”. No hubo más deseos de resistencia de su parte.
Comenzó actualizando la cápsula de Andrés. Con la yema de sus dedos recorrió cada milímetro de la vitrina delantera sin identificar ninguna fisura. Cuando finalizó, se quedó unos segundos observando al niño que dormía en líquido amniótico. Andrés, su hermano, suspendido en el tiempo mientras ella envejecía, se pudría, se desintegraba.
—Kassandra, debes continuar tus labores.
Suspiró. Comenzó a tatarear una canción vieja. Extrañaba la música. Las películas. Las telenovelas. El uso eficiente de los recursos impedía el gasto energético en reproducir cualquier registro de entretención pasada. O en crear ropa nueva. O dejar encendida la luz más tiempo por las noches. O satisfacer cualquier deseo que no fuera fundamental para asegurar la sobrevivencia de los humanos.
Recordó cuando la llamaron del hospital. Por unas horas tuvo la esperanza de recibir implementos para protegerse, medicamentos para la enfermedad o traslados a zonas seguras, cualquier salida ante la evidente catástrofe. Al llegar, le indicaron ingresar a una oficina donde una autoridad regional la esperaba. El hombre, de rostro demacrado y voz raposa, le comunicó la devastadora verdad: si bien era posible recuperar la tierra, los algoritmos indicaban un plazo de veinte años y el desastre tendría consecuencias letales en la población. Las cápsulas de resguardo no habían logrado generarse en la cantidad necesaria y no todas eran del tamaño requerido para personas adultas, por escasez de material. Pero peor aún, no habían logrado automatizar el proceso completo. Solo tenían la IA que podría hacer seguimiento y alertar sobre los problemas, mas no ejecutar las acciones necesarias. La oferta fue planteada en crudos términos.
Sé que lo que pedimos es demasiado, pero no tenemos otra opción. Las cápsulas irán para las niñas y niños entre ocho y once años, y algunas personas adultas con conocimientos para transmitirles… necesitamos gente de no más de veinticinco años que pueda hacer lo que se requiera… los contenedores ayudarán a protegerla lo suficiente por los años que dure la hibernación…
Fue demasiada información. Tuvo un par de semanas para leer manuales, practicar las tareas que debería realizar durante los veinte años en el contenedor y los cinco primeros fuera de él. Cinco años que tendría para revisar que estuviera todo en orden antes de despertar a los resguardados. Cada procedimiento tenía pasos detallados que serían controlados y evaluados por la IA.
Finalizó la revisión. Veintiuna cápsulas a su cargo. Veinte niñas y niños manteniéndose con vida, más una mujer adulta para cuidarles y enseñarles enfermería y cultivos.
—Kassandra, es el momento de filtraje.
La revisión era la tarea más lenta y la que requería más concentración. El filtraje era más demandante físicamente, pero podía disociar un momento. Entonces su mente se refugiaba en instantes que evocaba entre las mangueras y palancas que debía activar para limpiar los líquidos amnióticos. Se visualizaba a ella misma joven y alegre, flotando en las aguas del mar. Momentos con sus padres y amigos riendo. Escenas de Andrés en su primera infancia, corriendo hacia ella acompañado del Fito, el pequeño quiltro que tenían de mascota y al que tuvo que hacer dormir con una inyección letal antes del encierro.
—Kasandra…
Hubiera querido poder escuchar otras voces humanas. Nunca conoció a los otros cuidadores. A veces quería poder comunicarse con ellos y compartir la rutina. Comentar lo desabrido de la comida instantánea. Lo antipática que era la IA con su voz inflexiva. La tristeza de volverse viejos en un planeta sin historia. Recordarse mutuamente el sentido de su quehacer. Hablar de los niños conservados para un futuro incierto.
—Kassandra. Buen trabajo. Eres una heroína.
Kassandra rió. Valoraba que la IA innovara siempre con su frase de cierre de jornada. Eso demostraba que el repertorio de la humanidad era extenso en expresiones que alimentaban la motivación en situaciones de crisis.
—No estoy sanando por las noches —dijo, mientras consumía su ración alimentaria—. ¿Qué significa eso?
—No entiendo la pregunta —respondió la voz.
—Quiero saber si el mundo se está descontaminando o no, si los sistemas están fallando o no, o si está pasando otra cosa que nos afecte. Quiero saber si lo que hago tiene sentido o si debería acabar con mi vida de forma rápida, como lo hizo el resto, sin tener que sufrir dolor.
Nadie respondió.
—Quiero saber. Merezco saber.
Silencio.
—Responde, vieja de mierda.
Se asombró de sí misma por decir eso. Nunca se imaginó a la IA como una vieja, pero le vino esa expresión del pasado y, al pronunciarla, se descomprimió una opresión en su pecho.
—Kassandra, es hora de dormir.
La cabeza le daba vueltas. Se dirigió a su habitación, un cuarto con luces de quirófano. Se recostó desnuda y vino a ella la imagen de Andrés comiendo helado una tarde de verano. Pensando en él, intentó ignorar el escozor de sus llagas abiertas y se durmió.

Verónica Arévalo Gutiérrez nació en Santiago de Chile. A lo largo de su vida la escritura narrativa y poética siempre han estado presente, como exploración, conjuro y sueño que teje imágenes que conectan lo íntimo y lo público.
Es autora de los libros de cuentos «Calicata del mañana» (Trazos de aves, 2025) y «Territorio excluido» (Ediciones Hurañas, 2019).
Ha participado de las antologías “Zona de sacrificio” (ediciones Hurañas, 2019), “Carnívoras – relatos zombies escritos por mujeres” (Astartea editorial, 2021) y “Akta Gamat – cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres” (Astartea editorial, 2023).