En lo profundo del bosque austral, un pequeño Monito del Monte emerge de su guarida en busca de alimento. Con sus sentidos agudizados por la penumbra, recorre las ramas y se deleita con dulces frutas, engrosando su cola para sobrevivir. Pero la noche también guarda peligros. Una amenaza alada lo sorprende y, herido, se refugia temblando en un tronco. Mientras la vida se le escapa, recuerdos y sensaciones lo envuelven en un último viaje sensorial entre el hambre, el miedo y la memoria.
Nº 30 | Narrativa | Fantasía | 535 palabras | Lyu T. F. | Chile

Desde el hueco de un tronco caído, sale un animal pequeño. Hace frío y la oscuridad lo rodea. El Monito del Monte con sus grandes ojos negros, adaptados a la penumbra, observa si está libre de peligro. Impulsado por el hambre deja su guarida y trepa por la corteza hasta llegar a cierta altura. Sacude su hocico de un lado a otro y detecta un suave y agradable aroma; una chispa excitante recorre su cuerpo.
Con agilidad, se desplaza entre las ramas y salta entre ellas gracias a sus patas con aspecto de manitos. Después de hacer un recorrido corto, consigue su preciado alimento con forma ovalada y tonos verdes. Lo mastica con frenesí, y una textura viscosa y pegajosa se desparrama por su paladar. Luego de zamparse una gran cantidad de ellas, aún no se sacia por completo. Tan grande es su apetito que puede alimentarse con más de la mitad de su peso entero y, a medida que lo hace, su larga cola se engrosa más y más. Mientras iba de un lado a otro buscando (y comiendo), los murmullos de la oscuridad se apaciguaban poco a poco para dar paso a una claridad acompañada de nuevos sonidos.
Una fresca brisa atravesó la espesura y al monito le dieron ganas de retornar a su guarida. Iba en camino cuando algo lo paralizó por completo. Su pulso se aceleró mientras hacía lo posible por contener la respiración. Le pareció haber visto dos destellos, pero a diferencia de otros brillos, estos indicaban peligro. Se mantuvo quieto, pero alerta ante cualquier ruido o movimiento. Su entorno pareció volverse un fluido espeso que ondeaba con lentitud, y sus ojos, más abiertos que nunca, estaban atentos a cualquier alteración. Así pasó un largo rato hasta que la sensación disminuyó y siguió con su camino.
De repente, un zumbido seguido por una embestida le hizo caer de la rama. Con horror, pudo ver un fuerte aleteo que levantaba las hojas y la tierra. Salió disparado hacia la abertura del árbol más cercano y se quedó allí, helado y con el corazón en el cuello.
El monito se quedó largo tiempo dentro de la abertura, seguía paralizado y aunque el peligro ya no se percibía, su pequeño cuerpo no le respondía. Le costaba respirar, con pequeños ahogos intercalados. En un costado suyo sintió escurrir un líquido espeso y tibio. Su corazón, que latía con intensidad hasta hace unos momentos, empezó a menguar mientras que la visión y los sonidos le confundían. Distintas imágenes aparecían unas tras otras mostrando experiencias que reconocía: los árboles meciéndose con la brisa, la humedad de la tierra bañada de la luz pálida de la luna, los frutos con que cada día se alimentaba. Con esta última imagen al monito se le abrió el apetito y, alzando su manito tomó una fruta. Sin necesidad de ingerirla pudo sentir el conocido sabor desparramarse en su boca. Había muchas más que parecían esperarle, pero el monito se encontraba muy agotado para comer. Seguiría en un rato más, debía descansar. Poco a poco su alrededor empezó a teñirse de un tenue fulgor blanquecino, sintió que flotaba y en un instante, todo desapareció.

Lyu T. F.
Es hijo de un padre japonés y madre chilena. Su padre le entregó el budismo y su madre el acceso a los libros. No fue hace mucho que tomó conciencia de la práctica budista que lo ayudó a descubrir la pasión por los libros. Hoy en día busca una forma de expresarse a través de las palabras, dejar un rastro de su fugaz existencia.