El tricahue y el abuelo deslumbraban con un espectáculo de organillo y ritmos. Con alas extendidas, reclama monedas y risas. Tras la muerte del abuelo, el loro quedó abandonado en un hogar sin música, observando al sur en silencio. La hija, atrapada entre el duelo y rutina, apenas notaba su presencia. Sin embargo, la llegada de la nieta, depertará la chispa olvidada: imitaciones, dibujos y vuelos imaginarios.
Nº 28 | Narrativa | Fantasía | 2178 palabras | Javiera Abarca | Chile

El show comenzó con las notas chirriantes del organillo, el tricahue abrió sus alas y las agitó, llamando a la gente a acercarse. El abuelo tomó espacio y comenzó a dar vueltas y vueltas tocando el bombo. A ratos, el tricahue lo acompañaba con un chillido, parecido al tronar del platillo. Cuando había suficiente gente alrededor del abuelo y del organillo, el tricahue se callaba, dando paso a su show. Se paseaba de un extremo a otro de su rama, extendiendo sus alas como saludo y hablando con un sonido corto y agudo, algo parecido a un “we”, que repetía gustoso cada vez que la gente se lo pedía.
El abuelo hubiera querido que aprendiera primero a decir “puta madre”, como él se dirigía al hombre que acompañaba a su hija, pero el loro se negaba a ser vulgar, quizá por eso imitó ese grito de alegría primero, le debió haber parecido más apropiado para él. Por supuesto que al abuelo no le hizo mucha gracia, pasó días alegando y llamando a todos en casa como “puta madre”, con frases como “este puta madre que me llama pa puro pedirme plata”, luego de colgar el teléfono o “el puta madre de la esquina anda robando”, en tono de advertencia al tricahue mientras él miraba por la ventana.
Desde su posición en el organillo, el ave levantaba una pata y luego la otra, extendiendo su ala contraria. Notaba muy bien que, cuando lo hacía, las crías de los humanos soltaban ruidos agradables y lo apuntaban, entonces él también se les unía con su canto.
La parte favorita del loro era pedir el dinero. Se le daba muy bien la reverencia de agradecimiento y el griterío de indignación cuando alguien se iba luego de haber disfrutado del show y no aportaba. El abuelo lo ayudaba con disimulo, guiándolo a los humanos que se veían más generosos o las manadas con crías.
Había épocas buenas, como cuando usaba sombrero negro con cintas tricolor o el sombrero rojo con un pompón blanco, además el día se hacía más largo, el sol más abrigador y la fruta más dulce.
Entre shows, ambos compartían una manzana fuji y, al finalizar, tomaban la mirco 184 y regresaban al hogar. Este momento del día desorientaba al tricahue, que esperaba continuar el camino hacía donde se pone el sol, hacía el suroeste. No volvía a su realidad hasta que se sentaban a comer en la mesa del comedor, el abuelo en la cabecera y el tricahue en una silla de bebés. A veces, cuando disfruta de una fruta jugosa o el día había estado especialmente agradable, el loro regurgitaba su comida y la dejaba justo al lado del plato del abuelo, quien, haciendo un ruidito con sus dientes, se la comía. Luego volaba libre por el living o miraba por la ventana, en la dirección en que el sol tardaba más en esconderse. Cuando el abuelo lo dejaba en su jaula se quedaba mirando en esa dirección y, cuando despertaba, abría sus ojos con la misma orientación.
—Ay mierda —se quejó el abuelo, levantándose del sillón—. ¿Por qué no le dices a ese puta madre que te ayude?
—Papá no le digas así —dijo su hija siguiéndolo—, hace lo que puede.
Ambos salieron de la habitación, el tricahue batió sus alas contra la jaula, pero no voltearon a verlo.
El abuelo pasaba mucho tiempo en el sillón, y el tricahue pasaba mucho tiempo en la jaula, con la vista fija al suroeste. Sólo cuando la hija los visitaba el tricahue movía su cabeza y la saludaba batiendo sus alas.
—Sí, sí, ya te ví —decía la hija mientras abría la jaula y la limpiaba—. Papá deberías regalar ya a este loro, míralo, se ve sucio.
El tricahue ladeo la cabeza y volvió su mirada hacia la escasa luz de la ventana.
—Tú quieres que me quede solo.
—Ay no, papá —suspiró—, te digo no más—. Le dejó algunas semillas y cerró la jaula.
Para el tricahue, a las semillas les faltaba dulzor.
Algunas noches el abuelo se quedaba dormido en el sillón, entonces al tricahue le temblaban las alas y no apartaba la mirada de su pecho.
Hubo días en que al abuelo se le olvidaba comer y a su hija se le olvidaba pasar a verlos. Esos días el tricahue tampoco comía, aunque se podría haber alimentado de las semillas acumuladas en su plato, pero no se veían muy apetecibles combinadas con sus plumas desprendidas.
El abuelo murió una noche lejos del nido, el tricahue lo supo de la misma forma que supo que no volvería a cantar, más por una carencia que por supresión. Durmió por tres días seguidos, al igual que la hija, que ya no pasaba los días en compañía de un hombre, y ahora tenía los ojos de quien ha sido abandonada dos veces y esa voz sin entonación con la que se veía reflejado. Fue algo nuevo para el loro el saber que los humanos también podían olvidar cómo cantar.
—Uy que está oscuro aquí, mija —decía una vecina mientras entraba a la casa—. ¿Le abro las cortinas?
—No señora Sara, así está bien.
—¡Cómo va a estar bien! —dijo, abriendo las cortinas—. Mírese, si parece desplumada.
El tricahue alzó la cabeza y se movió al rincón de la jaula donde llegaba más la luz.
La vecina continuó cacareando mientras barría la sala y lavaba la loza, la hija no se lo impidió, pero en cuanto se fue, cerró las cortinas.
Pasaban los días en sus propios nidos, durmiendo o mirando un punto fijo. Las visitas cada vez fueron menos, alegando cosas como “el ambiente se siente pesado” o “tener las cosas de tu padre no te ayuda a recuperarte”, mientras le daban una mirada rápida a la jaula.
Cada cierto tiempo sonaba un ruido agudo, que despertaba al tricahue de un susto, entonces la hija tenía la misma conversación.
—Sí, estoy bien —hablaba en tono neutro—, es que estoy trabajando desde la casa…no…no, estoy muy cansada, quizá otro día…estoy bien.
Al tricahue le parecía ver que la hija hundía su cabeza y su plumaje se erizaba, entonces él también inflaba sus plumas convirtiéndose en una bola. Ambos se la pasaban hibernado, la hija con ropas abrigadoras y el loro inflado con los ojos cerrados.
Incluso con el tiempo, la hija aprendió a caminar como el abuelo, algo encorvada y con pasos arrastrados, a ratos usaba unas plumas con distintos tonos de gris que le ocultaban las manos y le llegaba hasta los muslos, igual al plumaje del abuelo. Eso hacía que el tricahue se confundiera, dándole un impulso para abrir sus alas y levantar el pecho.
Además, le parecía curioso que tuviera una costumbre parecida al abuelo: miraba por la ventana dejando entrar la misma cantidad de luz. Cuando el abuelo lo hacía hablaba en un tono suave y siempre se dirigía al loro, en cambio, cuando la hija lo hacía gritaba y se dirigía a la calle, como espantando algo o alguien. El tricahue intentó imitarla, pero cuando abrió el pico se dio cuenta de que había olvidado cómo generar sonidos, así que sólo la miraba con la cabeza ladeada. Después de un rato, la hija volvía a cerrar la cortina, agitada, chequeaba la puerta y volvía a su nido.
En las noches donde la única luz provenía de la televisión y la hija se sentaba en el sillón del abuelo le decía:
—¿Lo extrañas?
Pero el tricahue sintió sus alas muy pesadas y su cuello atorado como para responder.
—Eso pensé.
Una tarde, un impacto en la puerta lo hizo saltar en su rama. Le siguió otro y otro, ensordecedor y firme, buscó con su cabeza a la hija, quien estaba alerta, con una mano en su vientre y la otra sostenía un objeto gris brillante.
—¡Lárgate! — chilló la hija, su cuerpo temblaba, como cuando el ambiente se pone muy frío y necesitas generar calor con el propio movimiento de tu cuerpo, sólo que el loro no sentía frío. — ¡Déjanos en paz!
—¡Abre la puerta! ¡Tenemos que hablar! —dijo una voz masculina junto a los estruendos de los tambores— ¡También es mi hija!
El tricahue se sintió desconcertado, él recordaba que los gritos que acompañaban al tambor eran más ligeros y menos desesperados, pero esta situación le pareció totalmente diferente a sus shows en la calle, quizá fue la falta de público, o la posición rígida de la hija, que no bailaba como lo hacía el abuelo, o quizá incluso era su propia falta de participación. Envalentonado, el loro se irguió y soltó sus alas, esperando la señal de la hija para salir a escena.
Pero entonces, luego de un ¡TUM!, el show terminó. El tricahue hundió su cabeza y volvió su atención a la hija, quien se quedó en el sillón del abuelo rodeándose con sus propias alas y haciendo ruiditos quejumbrosos hasta que se durmió. El tricahue se mantuvo alerta, vigilándola.
En un momento la cría de la hija creció lo suficiente como para que el tricahue la notara. La niña volvía durante la tarde y colgaba dibujos del loro en la pared junto a su jaula. En sus dibujos el celeste de sus alas era más brillante, y el amarillo de su abdomen era de ese amarillo que los niños usan para pintar el sol.
La hija ya no pasaba tanto tiempo en la casa, dejándolo solo con la cría, quien no parecía notar la ausencia, demasiado concentrada en hablarle o meter su dedo en la jaula o imitarlo cuando ladeaba su cabeza. Por las noches, luego de que la cría se fuera a dormir, la hija limpiaba la casa y, a veces, incluso su jaula.
Una noche olvidó cerrar la puerta, así que el tricahue la tuvo que cerrar él mismo.
Durante el día, la cría le hablaba, chachareando acerca de lo que aprendía o lo que hacían sus compañeros, el loro no le respondía, pero de vez en cuando movía su cabeza hacia ella, con curiosidad. Incluso hubo tardes en que la hija se unía a la conversación, entonces el tricahue deseó poder participar también, si tan sólo recordara cómo se emitían esos sonidos.
La cría no dejó de recordarle cómo se veían los tricahues, insistiendo con sus dibujos, así que el loro tomó la costumbre de quitarse las plumas sucias o las que estaban tan abiertas que escondían las nuevas.
—En el colegio, nos dijeron que está prohibido tener loros de mascotas —decía la nieta mientras saltaba de un sillón a otro—. Pero yo le dije: ¡Profe en mi casa tenemos uno!Y la profe me retó, dijo que eso era cruel, porque dice que seguro te sacaron de tu casa, no, no dijo eso…mmm ¿como era? ¡Ay! —La cría cayó en el trayecto con un ruido corto y seco—. ¡Estoy bien! Uff si tuviera tus alas no me hubiera caído —dijo con una risotada que hizo que el tricahue levantara la cabeza para mirarla—. ¿Entiendes? ¡Por qué así podría volar y volar! —Esta vez se puso a correr con sus brazos extendidos, bajo la atenta mirada del loro.
Al tricahue le parecía curioso el comportamiento de la nieta, le recordó a sus días de chinchinero, cuando él imitaba los gritos de los niños y el baile del abuelo.
Los días en que la hija llegaba sin plumas y con sus alas extendidas abría las cortinas y se quedaba junto a su cría, alimentándola y acariciándola, entonces la cría se acordaba de él, abría su jaula y lo animaba a salir dando saltos.
—Déjalo —dijo la hija—, no va a salir.
La cría arrugó su rostro, pero dejó la jaula abierta. Esta vez, el tricahue olvidó cerrarla.
Una tarde de especial calor la hija hablaba por teléfono mientras que la cría veía televisión, en la pantalla una chica irritada corría hacía una jaula con pájaros blancos y la abrió, provocando la libertad de las aves. La cría se levantó y caminó igual de enojada que la chica a la jaula del loro y comenzó a batir sus alas y correr de un lado a otro. El tricahue, confundido pero interesado por el baile de la cría, levantó una pata y luego la otra, estirandolas.
La cría se iluminó, comenzó a hacer ruidos tronando sus alas y chillando, estirando sus patas igual que el loro.
La hija, mientras veía a su cría imitar al loro, se rió. Y ese sonido, despreocupado y familiar le recordó al tricahue el día en que fue escogido, en ese lugar lleno de loros y otros pájaros, oscuro y ruidoso, de donde lo sacaron en una jaula ligera en la que apenas se podía mover y lo entregaron a un hombre que tenía un aparato dorado en el pico, que silbaba con una melodía parecida al canto de su bandada, allá, en los acantilados al suroeste.
Entonces, el tricahue recordó.
Voló hasta posarse en la rama de la cortina, riendo, we, we, we, igual que su bandada.

Javiera Abarca es ingeniera acústica de profesión. A los 21 años, durante su paso por la universidad, descubrió su pasión por la lectura, y en plena pandemia se enamoró de la escritura. Desde entonces no ha dejado de explorar el universo de las letras y sueña con un mundo paralelo en el que se dedica por completo a la fantasía. Hasta la fecha ha escrito más de 40 relatos cortos, gracias al apoyo del taller de Imaginistas, del cual forma parte desde marzo de 2021.