Nº 26 | Narrativa | Fantasía | 3236 palabras | L. Morini | Brasil

Yo no elegí seguir el espíritu de Jack Mackerel, fue él quien me eligió. 

Pero antes de que te cuente cómo, sírveme un poco de ese ron barato que venden aquí. Sólo con un trago se me olvida que soy un pez fuera del agua. Eso. En noches de lluvia me duelen las aletas, quiero decir, los brazos. Jamás se han regenerado bien…

¡Puf! ¡Maldita sea!¡Sabe peor que el mar meado de la costa!   

Ejem, a ver, muchacho, lo que realmente quieres saber es por qué yo, una mujer tiburón, alabo a un pececillo tan insignificante como el jurel, ¿verdad? Porque su espíritu se convirtió en el eje del cardumen al que tú quieres pertenecer.

¿Y por qué lo sé yo? Tal vez porque hombres, peces y tiburones son todos lo mismo, y es muy difícil convivir con ellos. Ok, eso no explica nada. Entonces, vamos al principio.

Conocí a Jack Mackerel a fines del siglo pasado, cuando, luego de tantos abusos, los animales volvieron a transformarse en hombres para salvar su pellejo y, de paso, el planeta. Yo era joven y sentía venir el cambio. Tenía un anhelo por la superficie, sus cielos azules y claros de lunas. Tú sabes cómo es. O no, ya que eres de los pocos que nacieron en tierra. Me lancé a un largo viaje desde mis arrecifes natales hacia los mares más fríos que he conocido, hazaña que tomaría toda la noche contar. Por fin llegué a una costa templada con mucha comida. Desde lejos sentí la vibración de seres en agonía y el olor a sangre. Al acercarme, vi el mar lleno de peces agitándose desesperadamente.

Hoy, con la memoria humana que tengo, que registra todo y, lo que no puede registrar, lo inventa con la imaginación, creo que Jack ya estaba allí. Había visto grandes cardúmenes de jureles en el viaje, pero, sinceramente, no importaban. Como toda bestia, sólo veía al jurel como alimento y a mí me gustaban las presas grandes.

Pero estoy divagando. 

Clavé los dientes en uno de los trozos de delfín que flotaban, ¡y sentí un pinchazo en la garganta! Sacudí la cabeza, furiosa, pero estaba atrapada en un grueso hilo de pesca, junto con todos los peces moribundos.

No tenía noción del tiempo entonces, pero creo que pasé horas allí, luchando para liberarme. Después llegó uno de aquellos monstruos ruidosos que yo había visto en el viaje, un enorme cascarón de tortuga invertido y alargado que los humanos llaman barco. Con un doloroso tirón, fui arrastrada por el hilo hacia el barco. Me izaron por la garganta y caí por primera vez en una superficie dura, algo que ningún pez puede olvidar. Sin agua en mis agallas, empecé a asfixiarme.

Entonces, seres que parecían estrellas de mar estiradas, con cabezas de pulpo y manos como anémonas, se acercaron. ¡Ey! No te rías. Así de feos son ustedes. Aún me asusto cuando paso en forma humana delante de un espejo.

Estos hombres se me echaron encima, me agarraron y me extirparon las aletas.

Dame otro trago.

Después me lanzaron de nuevo al agua. Un choque doloroso contra la superficie y luego una caída suave como la lluvia afuera. Éramos un lento remolino de tiburones mutilados descendiendo hacia el fondo del mar.

No pude comprender a aquel depredador antinatural hasta que, tiempo después, me enteré de que a los hombres sólo les interesan las aletas. Botan el resto. Así son los humanos, Tollito: un hambre infinita rodeada de absurdos por todos lados. Pero bah, me pongo filosófica con el alcohol.

Yo era un pez que se desangraba, sin poder moverme ni respirar. Sentí la oscuridad cayendo sobre mí y la sensación de atravesar una corriente tibia y densa. En uno de estos flashes de conciencia antes del primer cambio, entendí que me estaba muriendo.

De pronto llegaron los jureles ¡Centenares! Me envolvieron con los pequeños cuerpos plateados. Intenté escapar ¡Un pez herido es una presa! Me balanceé, mostré los dientes, pero el cardumen avanzó hasta meterse debajo de mi cuerpo adolorido y me elevó del fondo del mar a una especie de lomo colectivo. 

Ese extraño animal, un jurel grande como una ballena, formado por cientos de jureles unidos, me cargó en su espalda y nadó suavemente para que yo pudiera respirar.

Así es como Jack Mackerel salva a los seres que elige. Pero sólo a aquellos nacidos en el agua, Tollito, ya que los peces no somos ingenuos como los delfines. 

Ese apodo, Jack Mackerel, se lo di años más tarde, cuando, viviendo en tierra, me topé con su imagen en una lata de pescado. ¡Sí, mi bienhechor en una lata! Pero, en algún lugar, alguien también se tomó una sopa con mis aletas, ¿o no?

Pero me arrastra esa marea de recuerdos. 

Conmigo pegada al lomo como un pez piloto, Jack recorrió la costa hasta aguas más seguras. Me encantaron los bosques de huiros, donde Jack, achicándose entre las ramas ondulantes, cazaba sardinas y anchovetas con las que me alimentaba. Fue allí donde experimenté mi primer cambio a forma humana. Veloz y cuidadoso, Jack subió a la superficie para que yo pudiera respirar.

En seguida dejé aquella forma extraña y volví a ser un tiburón. Me disculpas, muchacho, sé que tú naciste humano, pero a mí nunca me ha gustado esa forma. No hablo sólo de cómo malogra el nado y la respiración, sino del cuerpo en sí mismo: un torpe traje de presa. Creo que de ahí proviene la cobardía de los humanos, a quienes desprecio tanto. Aunque dominen los océanos y nos devoren por millones, basta con ver una aleta dorsal en la playa para que reaccionen como si fueran ellos las presas. Me dan ganas de no decepcionarlos.

¡Pero me enredo como pulpo en remolino!

Nos quedamos en el bosque hasta que mis aletas se regeneraron. 

En el último día, Jack paró en frente a un grupo de alevines. Pensé que los iba a comer, tan fácil estaba. Pero se detuvo, aleteando. Se volvió y me miró con sus ojos hechos de jureles girando. Los alevines más pequeños nadaban solos, pero los más crecidos se unían en parejas o en minúsculos cardúmenes. La vida es peligrosa para un pez solitario, comprendí. Entonces, Jack arrancó tan rápido que no pude seguirlo. 

Estaba sola de nuevo, pero soy un tiburón, puedo vivir así. O eso creía.

Llena tu vaso y también el mío.

En mi siguiente encuentro con Jack, yo tenía un cardumen y una misión: ir a tierra.

Como te pasó a ti, yo fui encontrada por lo que queda de nuestro pueblo. 

Entre corales sagrados, aquellos viejos tiburones contaban historias de tiempos ancestrales, cuando los reyes y reinas tiburones iban a tierra en forma humana para celebrar pactos con los hombres y generar descendientes. De ahí venimos, por si acaso no te lo han contado. Éramos sus dioses, nos temían y nos alababan con ofrendas, incluso de su propia carne. A cambio, protegíamos a los hombres, quienes eran pocos y respetaban el mar.

Pero eso se ha perdido. Llegaron otros humanos, demasiados y muy poderosos, que veían en el océano la solución a su creciente hambre. Lo invadieron como si fueran los dueños, olvidando que el mar es nuestro hogar, y uno frágil. Sus barcos localizan cardúmenes con una precisión invencible y los diezman por completo, miles de peces, escupiendo los cadáveres que no les interesan: lobos marinos, delfines, tiburones. Arrastran redes en el fondo del mar, dejando desiertos a su paso. Nos matan de hambre al llevarse toda la comida.

Para colmo, me entero de que han hecho películas con tiburones devoradores de hombres. ¡Puf! ¡Con el sabor a remedio que su grasa tiene! Ahora nos matan como venganza por algo que sólo ha pasado en el cine.

Los ancianos formaron un cardumen con los jóvenes recién transformados y nos mandaron a la tierra, a meterles cordura. Una tarea nada fácil para los tiburones, que preferimos vivir solos.

Nosotros éramos Dorso Estrellado, una tiburón ballena; el Azul Anzuelo, quien, como recuerdo de los humanos, llevaba una cicatriz en el hocico; Tres Sesenta, una cabeza de martillo muy lista; Caza Tormentas, un ágil mako; Viejo Siete, un sieteagallas místico; y el fiero Cabeza Plana.

Pronto los conocerás a todos, Tollito. No les cuentes aún que naciste en tierra. Es muy pronto para quedarnos sin grumete ¡Cálmate! ¡Es una broma!

Para cumplir nuestra misión, salimos del mar en un pueblo costero. Nadie sabía muy bien qué hacer, nuestras tradiciones están perdidas. Tampoco es como si pudiéramos aparecer en una playa y decirle a la gente: “Alábenme, soy un dios marino”. Los humanos se han desconectado del sobrenatural. Como mucho nos llevarían a la tele.

Pero eso lo pensé después. Sólo intentamos saludar a la gente, tratando de sonreírles con estas bocas tan pequeñas, sintiéndonos raros por tener que enseñar los dientes para demostrar que somos pacíficos. Fue inútil. Algo en nuestros gestos, demasiado rápidos y precisos, en nuestra manera de escualos, de jamás quedarnos quietos, nos delató. Los humanos pueden ser torpes en el agua, pero son hábiles en captar expresiones. Olieron nuestra naturaleza salvaje, nuestra rabia y resentimiento, y huyeron pitando como sardinas.

De vuelta en el mar, las cosas no mejoraron. Nos resultaba difícil vivir en cardumen. Peleábamos por todo: rutas, corrientes, cacerías. A Tres Sesenta no le gustaba nadar con machos (malos recuerdos), los desplazaba al borde del cardumen. Anzuelo y Caza Tormentas, veloces, nadaban adelante, mientras Dorso Estrellado quedaba atrás, ajena, más interesada en tragar plancton. Cabeza Plana y yo intentábamos no matarnos el uno al otro.

Así, distraídos, tomamos una corriente cálida, colmada de gaviotas y lobos marinos. Antes de que nos diéramos cuenta, nos encontrábamos en medio de un enorme cardumen de jureles que, en lugar de huir, se acercaban más y más. Entraban por nuestras bocas, aturdidos. Se destrozaban contra nuestras pieles ásperas. La presión se volvió insoportable ¡Ya no podíamos respirar! De un tirón, fuimos izados hacia la superficie ¡Maldición, era una red de pesca!

Aplastada entre jureles, no podía sentir a mi cardumen, pero sí percibía un movimiento raro. La masa de jureles se movía coordinada, ondulando en contracciones iguales a las de mis tripas el día en que me comí un neumático. Rodé con aquella ola hacia afuera, aterrada, hasta que sentí la red en mi hocico ¡La mordí, furiosa!

La red se rompió y nos escurrimos de vuelta al mar. Seis tiburones y miles de jureles. Cientos se hundieron, muertos, pero gracias a la sorprendente maniobra de los jureles, la mayoría escapó con vida. Huimos. 

Más tarde, Tres Sesenta nos contaría que, al asomar su cabeza a la superficie, vio el barco partir con la red destrozada, como un monstruo herido. “Un día es para la caza, otro para el cazador”, dijo Cabeza Plana con su acento atlántico.

Bajo el agua, un jurel inmenso hecho de centenas de jureles se separó del cardumen y se alejó “¡Eres un idiota, Jack Mackerel!”, le gruñí en lengua marina, de pura alegría de estar viva. Me contestó con un titilar burlón de sus pececillos.

Nunca supe si fuimos capturados por accidente junto con los jureles o si Jack nos atrajo hacia la red para salvar a sus hermanos. De cualquier manera, di mi rescate por pagado.

El tiempo pasó, pero jamás lo olvidamos. La memoria es como un vaivén de olas. 

Viejo Siete nos guió hacia profundidades abismales, tan antiguas como sus agallas. Sensaciones magnéticas y vibraciones indescriptibles nos mareaban y, aunque bajábamos, la presión disminuía. Entramos en el mundo de los espíritus. 

Buscábamos a Jack Mackerel. 

Luego de nuevos fracasos dentro y fuera del agua, yo estaba obsesionada con entender su capacidad de sincronía. 

Pero no lo encontrábamos. Viejo Siete nos dijo que los espíritus estaban cada vez más débiles. A medida que las poblaciones de animales se extinguían, también disminuían sus contrapartes espirituales. En cambio, otro tipo de espíritus nacían y prosperaban. Veíamos pasar grandes medusas formadas por bolsas de mercado, redes fantasmas arrastraban esqueletos de animales marinos: avatares del plástico que, de tan presente, deja huellas espirituales.  

Frustrado, Cabeza Plana, quien puede meterse en los ríos amazónicos, gruñó que sería mejor rendirse y buscar a la Piraña, según él, más accesible. Le dije que no necesitábamos aprender a cazar juntos, sino a vivir en armonía. Me contestó con un aleteo tan brusco que la vibración me golpeó como un choque eléctrico. Embestí contra él, decidida a matarlo.

Entonces escuché el “tatatá” de los jureles. Jack Mackerel se reía a carcajadas.

Jack nos llevó a un punto del Pacífico que sólo los peces conocen. No quiso nada a cambio de la enseñanza, lo único que pidió es que no volviéramos a comer jureles.

Él se disolvió entre los peces y nosotros nos unimos al cardumen. Nadamos con ellos durante mucho tiempo, siguiendo sus rutas y compartiendo su alimento: anchovetas, sardinas y krill. Excepto por Dorso Estrellado, que amaba el plancton, siempre estábamos un poco hambrientos. Más de una vez los miré con ojos de depredador.

Llegamos a conocer a cada uno de los jureles: sus rasgos individuales, personalidades, preferencias, voces y olores. Hasta que dejamos de verlos como alimento. Al fin, de tan confiados, se rozaban contra nosotros para limpiarse de parásitos ¡Los patudos!

Pero todavía éramos como grandes manchas oscuras separadas del cardumen. 

Quien descubrió el truco fue Dorso Estrellado. Un día nadaba despacio cuando cada uno de los puntitos blancos de su piel se transformó en los ojos de un pequeño tiburón ballena, que se separó de su cuerpo y se unió a los jureles. Más tarde, Dorso nos contó que el secreto era quedar muy relajada, consciente de su cuerpo y, a la vez, atenta a los otros peces y al océano, como antes del primer cambio. Poco a poco, mis compañeros lograron dividirse en pedazos vivientes. A mí, la idea del desmembramiento me aterraba.

Jack lo notó y nos llevó de vuelta al bosque de huiros. Estuvimos mucho tiempo allí. Mientras los jureles y los peces-pedazos de mis compañeros se entretenían pellizcando las algas, yo nadé entre las ramas, que me acariciaban el hocico. Me dejé llevar por ese estímulo, que para mi especie es hipnótico. Poco a poco me deshice de la ansiedad y de los pensamientos, estos parásitos de la mente humana que se pegaron a mi cerebro de pez como lapas. Floté vacía en aquel lugar seguro. 

Un jurelcito traslúcido vino a rozarme la cara. Atravesó mi piel, el espacio entre mi cráneo y el maxilar y se posó en mi lengua. Somnolienta, recordé a los peces que protegen así a sus alevines. Debían sentir la misma sensación novedosa que me tomaba entonces, que hoy puedo llamar ternura. O de continuidad. Amar a otros seres que se desprenden de ti. Vivir a través de ellos. Algo tan raro para nosotros, que nos cazamos desde el útero. Tal vez de esa manera se conectan entre sí los mamíferos y otros seres gregarios. Tal vez ese fuese el secreto para alcanzar a los humanos. Intenté soplar al jurel como aquellos peces hacen para liberar sus crías, pero mi hocico se disolvió en pequeños tiburones tigre. Mi cuerpo se desarmó entero y mis pedazos también pudieron unirse al cardumen. 

¡Aunque viviera un millón de años no te podría explicar bien lo que se siente, Tollito! Ojalá un día tú lo logres por ti mismo.

Pero no siempre las enseñanzas eran tan dulces. Jack solía burlarse de nosotros, el mal parido. Lanzaba jureles en cualquier dirección, dejando a nuestros torpes peces-pedazos atrás, girando en remolinos.

La broma no tardó en volverse cruel. 

Nos llevó al sur, donde vivían los lobos marinos. Ellos cazaban nuestros peces-pedazos mientras los jureles arrancaban en direcciones inesperadas. Luego volvían, titilando a carcajadas. La falta de nuestros pedazos nos dolía.

La menos afectada era siempre Tres Sesenta. Un día escapó ilesa. Después de eso, adivinaba la dirección de escape de los jureles, un secreto que más tarde compartió con nosotros. Dijo que nos equivocábamos al intentar prever la dirección del arranque mirando sólo a los jureles cercanos. Al contrario, debíamos estar atentos a todos los peces visibles, porque uno de ellos, el más rápido, iniciaba la huida. Nos costó algunos mordiscos más, pero aprendimos a arrancar junto al cardumen.

Entonces Jack nos llevó de vuelta a aguas cálidas, para sanar nuestras heridas. 

*

Ya era verano y la intensa luz del día se filtraba desde la superficie, dejándonos somnolientos. Avistamos un cardumen más grande de jureles arriba, devorando un enjambre de krill. Subimos rápido y nos unimos a ellos. Nos dispersamos mucho,  y Jack aprovechó esa oportunidad.

De pronto sentimos su presencia agigantada (había incorporado a otros peces) acechando de cerca a nuestros peces-pedazos. Fue raro, pero no nos molestó ¡Hasta que Jack comenzó a tragarnos como plancton!

Sorprendida, arranqué con lo que quedaba del cardumen y nadamos en sincronía, pero eso no desconcertó a Jack, quien estaba centrado en nuestros pedazos.

Distantes e intranquilos, nuestros peces-pedazos no lograban reunirse para formar tiburones enteros. Y con cada mordisco, nos volvíamos más débiles. Si Jack lograba comer todos los pedazos, sería el fin de la vida ¡Esto no podía estar pasando!

Jack iba directamente hacia nosotros, mientras los otros jureles se aprovechaban de la situación y huían. Los tiburones lanzamos nuestros peces-pedazos en direcciones distintas, como un abanico de flechas.

Jack volvió a la carga.

Guiados por Anzuelo y Caza Tormentas, nos dividimos en dos grupos y dimos la vuelta, rodeando el flanco de Jack para reunirnos detrás de su cola. Quedó como tonto. Se volvió veloz, pero repetimos la maniobra una y otra vez.

Pero un espíritu es incansable. Jack embistió hasta alcanzar a Tres Sesenta, que apenas había logrado formarse. Era la más pequeña de todos nosotros. Con un rápido movimiento, Jack la engulló en su vientre formado por peces arremolinados. Su pérdida nos dejó perplejos. Tres Sesenta, la gruñona con los machos, la que nos enseñó a sincronizarnos, la chiquita. Nuestra compañera.

Jack bailaba delante de nuestros ojos rabiosos. De repente, expulsó a Tres Sesenta por el otro lado en un chorro de burbujas. Ilesa y junto a todos nuestros pedazos. Luego desapareció riendo a carcajadas. Era su manera de decirnos que nunca seríamos tan buenos como los jureles en sus trucos.

Pero fue suficiente. Jack nos había enseñado a ser un cardumen unido, que maniobra en sincronía. 

Regresamos a la tierra y con el tiempo logramos encajar en la sociedad humana. Después de todo, ellos no son muy distintos a los cardúmenes. Debemos olvidar que nos mutilan, relajarnos y mezclarnos con ellos. Dejar que froten sus llagas en nosotros, entenderlos, aprender sus maniobras e, incluso, llegar a quererlos. Sentir la dirección a la que van y disparar junto a ellos. Los más ágiles son capaces de percibir los riesgos y, a estos, es que debemos enseñarlos. Porque los hombres no tienen compasión por los peces, pero pueden comprender las consecuencias de perdernos.

No volveremos a ser dioses y estamos lejos de cualquier pacto, pero hemos tenido éxitos. Mucha gente aprecia a los tiburones y ojalá un día vean a los jureles como algo más que comida.

Pero estas serán otras historias, Tollito. Ahora, vamos a pagar la cuenta del boliche e ir al mar, si quieres. Conocerás al cardumen y también a Jack Mackerel, el espíritu de los jureles.

L. Morini. Géminis que no cree en horóscopo, es de esas personas que han estudiado y hecho un poco de todo, desde veterinaria hasta leyes y arte. Licenciada en Fotografía por el SENAC, Brasil. Hace doce años llegó a Chile por amor y hoy, entre otras cosas, se dedica a cuidar de una familia compuesta por humanos, perros, palomas, una bandada de pájaros diversos y diez gatitos ferales. Escribe historias sobre hombres bestias y lucha por un mundo sin explotación de animales.