Nº 61 | Poesía | Fantasía | 240 versos | Chile

GRIMORIO DE UNA BRUJA MODERNA

MARISOL BÓRQUEZ

Círculo pagano

Pasen, chiquillas, entren al círculo de sal,
que la magia sirve pa’ cuando la cosa se pone mal.
Olviden al viejo del saco y al monstruo medieval,
el peligro de hoy tiene pega, sueldo y bozal.

Son bichos que te chupan la calma, te dejan sin voz,
se hacen los lindos primero y atacan feroz.
Si la guata les avisa, si sienten algo atroz,
preparen la ruda, cabras, y alcen la voz,
que nos salvamos nosotras, no Dios.

Aquí no hay dragones volando, hay puros jotes a pie,
espectros que andan buscando a quién quitarle la fe.
No les compren el cuento, mírenlos al revés:
un poco de risa… y el colmillo se les ve.

I. El ilusionista

Te porfía que el cielo es verde si a él se le antoja,
te da vuelta la mesa y encima se enoja.
“Te pasái rollos”, te dice, y la duda te moja,
te borra la memoria y te deja en la cuerda floja.

Es un mago de cuneta, un ilusionista barato,
que te cambia la realidad a cada rato.
Te hace creer que no te acuerdas, que rompiste el plato,
hasta que te sientes culpable, pidiendo perdón al gato.

¡Quebremos el espejo! ¡No pises su trampa mental!
Que su magia se acaba cuando una se planta tal cual.
No es que estés loca, hermana, es que el tipo es letal,
se alimenta de tu brillo pa’ no sentirse tan mal.

II. Sanguijuela académica

No chupa sangre el vampiro, chupa puro tiempo,
se te instala en el escritorio, te roba el aliento.
Abre la boca grande, te lanza su argumento
para explicarte tu propia pega, ¡qué tormento!

“Déjame que te ilumine”, dice el muy patudo,
creyendo que tu cerebro es un nudo y él es el escudo.
Se cree el hoyo del queque, se pone macudo,
y te deja ahí, sonriendo forzada, en modo mudo.

Si le dices “ya lo sabía”, se ofende el señor,
porque su ego es de cristal, no aguanta el error.
Clávale una estaca hecha de tu propio valor,
que ese “maestro” no es sabio, es un puro hablador.

III. El golem de cartón

Se puso el pañuelo verde pa’ la pura foto,
y en la marcha grita consignas más fuerte que nosotras, el muy roto.
Se llena la boca hablando de «deconstrucción» y alboroto,
pero rascas un poquito y es el mismo patriarca, ni un poroto.

En su pecho de lata no hay ni una empatía,
solo quiere que le aplaudan su “valentía”.
Si una mujer lo corrige, se le acaba la simpatía,
y le sale el machito herido, con toda su porquería.

“Yo no soy como los otros”, repite el muy leso,
mientras en la casa no mueve ni un solo hueso.
Desármalo pieza a pieza, sácale el yeso,
que el disfraz de feminista le queda muy grueso.

IV. La sirena

No vive en el mar, vive en la pantalla,
te jura que el amor es sufrir y dar la talla.
“Si te cela es porque te quiere”, esa es la falla,
mientras te pone cadenas y levanta la muralla.

Tiene cara de ángel, pero dientes de piraña,
te vende la media naranja con pura maña.
Te dice que estar sola es triste, que es cosa extraña,
que sin un hombre al lado, tu vida se empaña.

Tápate los oídos, no compres el drama,
que el “vivieron felices” a veces te quema en la cama.
El amor no es una cárcel ni quien más reclama,
es ser libre, comadre, que nadie te apague la llama.

V. El poltergeist

Se esconde en la lista del súper, en la hora al doctor,
es un fantasma pesado, un viejo invasor.
“Falta confort”, te repite el muy traidor,
y el “¿qué se come mañana?” te taladra con furor.

El resto del día descansa, se tira las bolas en el sillón,
y tú tienes la mente en plena gestión.
Él te dice: “Si me hubieras dicho, yo lo hacía, amor”,
pero ¿tú eres la gerente y él el peón?

Es un bicho que come tu paz y te deja molida,
que convierte tu casa en una carrera perdida.
¡Sácalo volando!
Que se reparta la vida,
que la agenda doméstica no es solo tu herida.

VI. Las gárgolas de la esquina

Están pegados a la pandereta, grises y fríos,
pero se les calienta el hocico con desvaríos.
Te miran como si fueras agua de sus ríos,
soltando comentarios que son puros líos.

No son adornos, hermana, son depredadores,
que se creen dueños de todos los colores.
Te exigen sonrisa, te exigen favores,
como si te hicieran grandes honores.

Míralos a los ojos, activa tu don,
hazte una Medusa de gran corazón.
Que se vuelvan granito, que pierdan la acción,
y queden de adorno en su propia prisión.

VII. El ogro del techo

Te creí la muerte subiendo la escalera,
con tu título en mano, lista pa’ la carrera.
Pero llegas arriba y la cosa es severa,
chocas con un vidrio que nadie ve, pero que desespera.

Es el campo de fuerza del pituto y del compadre,
dejan pasar al amigo, al hijo de su madre.
Y a ti te rebota, por más que ladres,
te dicen “te falta roce”, pa’ que la cosa cuadre.

“No estás lista”, ruge el ogro con voz de patrón,
mientras sube a un tipo que no tiene ni un don.
Prepara el martillo, rompe el cajón,
que cuando el vidrio cae, corta al más weón.

VIII. El inquisidor de la moral

Se sienta en su trono con cara de juez,
te mira las piernas, te juzga otra vez.
“¿Qué tomaste? ¿Por qué andabas sola a las diez?”,
pregunta el demonio con su estupidez.

Es un espectro viejo, rancio, de la vieja escuela,
que huele la culpa y se le hace agua la muela.
Quiere que seas santa, que seas abuela;
si gozas tu cuerpo, te pone en la esquela.

Te dice “te lo buscaste”, el muy descarado,
mientras babea rabia, el desgraciado.
No le confieses nada, no has pecado,
el único monstruo aquí es él, y está condenado.

IX. El guardián de la cuna

Te mira el útero como si fuera una parcela,
te exige herederos, te prende una vela.
“Se te pasa el tren”, te repite el matón,
como si tu vida fuera un triste vagón.

Te quiere encerrada, criando y lavando,
con olor a leche y el mundo girando.
“Mujer incompleta”, te escupe el altar,
si no hay una guagua que puedas mostrar.

Te mete el miedo de la soledad,
“¿quién te dará agua en la ancianidad?”.
Te cobra un seguro, te vende el espanto,
pa’ que críes hijos secándote el llanto.

Te trata de “seca”, de rama torcida,
porque no quieres dar vida a otra vida.
Pero tu vida ya es tuya,
ya está parida,
y no necesita de otra medida.

Mi vientre no es horno, ni es una apuesta,
no está al servicio de ninguna fiesta.
Si quiero lo cierro, si quiero hago siesta,
mi sangre es mía, y eso les molesta.

No eres un frasco ni eres envase,
ni le debes a la patria un hijo que pase.
Mándalo a la cresta con su “bendición”,
que tu libertad es tu mejor creación.

Conjuro de despedida

Ya, cabras, se acaba la visita, llegamos al final,
guarden las varitas, que ya cruzamos el umbral.
Han visto hartos monstruos, harto animal,
mucho bicho raro que se jura inmortal.

Pero antes que se vayan pa’ sus casas, les digo,
sin chivas, sin cuentos, como se le habla a un amigo:
la magia no es truco que me saco del bolsillo,
es saber que no estamos solas frente al castigo.

Yo, que escribí estas líneas, bruja de pobla no más,
a veces también me canso y doy dos pasos atrás.
El miedo me pena fuerte, me quita la paz,
y el monstruo del espejo a veces es muy tenaz.

Pero la gracia está en verlos y nunca achicarse,
en mostrar los colmillos y no disculparse.
Que la selva es oscura y una puede asustarse,
pero si nos juntamos, la noche tiene que aclararse.

Llévense este grimorio guardado en la mente,
usen la intuición como un arma potente.
Que ladren los ogros, que grite la gente,
nosotras somos fuego… y el fuego es valiente.

Marisol Bórquez es estudiante de Derecho, feminista y activista. Su escritura nace en la intersección entre la narrativa sensorial y el realismo mágico, explorando cómo la identidad y el cuerpo son moldeados por la memoria familiar y las estructuras sociales. A través de sus textos, busca rescatar las voces que habitan en los márgenes, utilizando la literatura como una herramienta de justicia poética para visibilizar realidades históricamente silenciadas. Su enfoque combina el rigor del pensamiento jurídico con una profunda sensibilidad estética, apostando por una narrativa que defienda la diversidad y la autonomía de los cuerpos en la sociedad contemporánea.