Lucía viaja por el cosmos desde hace milenios y escribe cartas a una amiga lejana mientras atraviesa paisajes imposibles. A bordo de una nave en constante transformación, ella y sus compañeras exploran planetas, registran hallazgos y enfrentan cambios que alcanzan el cuerpo, la memoria y la idea misma de lo humano. Entre la nostalgia por la Tierra y la fascinación ante lo desconocido, estas páginas construyen una bitácora íntima, extraña y poética sobre la deriva, la mutación, el deseo y la persistencia de una voz que se niega a desaparecer.
Nº 60 | Narrativa | Ciencia ficción | 3533 palabras | Chile
LUCÍA
LIDIA ROCHA
La fuente de agua
Tú has insistido en que te escriba cartas desde aquellos parajes, por llamarlos a tu modo, adonde me va llevando la suerte, y que sea fiel a la verdad, mandato que ya contradije. ¿Cómo hablar de “suerte” o de “destino” y pretender estar diciendo la verdad?
Qué absurdo es esto de escribir cartas, cuando podría arrojar al espacio mi voz como si fuese un pedazo de mí: un pie, un zapato, una garganta, una pestaña, mi vestido lila… Los verías caer como dejados por las manos de los dioses, dando tumbos en su propia turbulencia.
Me has pedido las cartas y que deje de lado “ese feo vocear del Río de la Plata”, y me obligas a que mis voces riñan. La que quiere hablar con una distancia de documental se enreda con otra que le dice, por ejemplo: los picaportes ayunan desvelados con un pentagrama como único mapa.
¿Qué te he de contar? En la nave, como suele ocurrir cuando hay tres gatas locas, y aun en otros casos, Eros ha hecho estragos. Ahora te gustaría que entrara en los detalles, por ejemplo, en el carmín de la doctora Robert que quedó pintado en una ingle. ¿Así no era como lo querías? ¿Si acercamos demasiado la cámara el relato se pierde? ¿Era un relato lo que tú querías, madrileña?
Ahora voy a reírme un poco.
Bajar, bajamos. Para nuestro desdén se ofrecía solo un pueblo abandonado, pero no como en las películas del lejano oeste, sino más bien como un jardín de Andalucía en otoño. Había algo así como un aljibe, no podría precisarlo. Tú sabes, todo se vuelve diverso en estas latitudes y nunca estamos seguras de lo que estamos percibiendo.
La luz del sol no se apagaba nunca y era buena, como en el Génesis. Así que cargamos nuestros equipos cuanto era posible y nos distrajimos mirando correr las liebres o atrapando ruiseñores con agua azucarada. Ya sabes que no eran exactamente ruiseñores ni liebres, pero pongámoslo así.
Ramona es nuestra líder. Sabes bien que cambiamos de jefa tan a menudo que, cuando una se despierta, tarda tres minutos en saber dónde está, cinco en entender quién es y un poco más en recordar quién manda.
No creo que volvamos a la Tierra por un par de milenios. Lo que quizás signifique que no volveremos. Pero las cartas que te escribo se seguirán enviando mientras descanso de un planeta hasta el otro.
Ya sabes cómo es. Nuestros cuerpos agonizan y se congelan. No soñamos. Alguien se despierta a su turno y nos inyecta para que los cristales de hielo no rompan nuestros tejidos. Luego cubre las cápsulas con una tela opaca porque, querida, no estamos como para posar en una revista de modas. Después del horror de despertar y de encender el cuerpo, nos lleva por lo menos un día parecer una mujer. Te dices a ti misma: “han pasado siglos y ni una arruga”, pero qué. Aquí no hay beatitud.
Así que termino esta carta enviándote mi saludo y una postal de la “ciudad”, con su fuente de agua, sus leonas mordiéndose la cola, los picaportes en ayuno mientras los ruiseñores prueban el azúcar y la miel.
La mutación
Tú querías que te hablara de lo real, de las cosas tangibles que íbamos conociendo “allá, tan lejos”. Pero ¿cómo dar nombre a las cosas que en la Tierra no existen? ¿Puedo decir “lo que por acá encontramos es vida también”? ¿Lo que ahora somos puede seguir llamándose “humano” o “mujer”?
Hemos llegado demasiado lejos. Hacemos informes, intentamos mostrar. Tenemos todavía el apego a un planeta lejano donde alguien esté esperando lo que hayamos podido descubrir.
Debo dibujar geografías. Bajo la estela de aquel sol crecen insectos gigantes como animales prehistóricos. De ese cielo hemos tomado la anatomía de las flores. Somos mutantes. En parte insectos, en parte vegetales. Aprendemos.
Nos hemos vuelto dulces como el polen. Nuestra nave ha mutado también. Es una espora que navega en un océano de piedras. Ahora cualquier estrella es alimento.
Maricel duerme y parece una dalia. ¿Me oye? Sabe que susurro estas palabras. Acuno su sueño y de sus pétalos rojizos amanece una esperanza, un deseo, ya no de ella, sino de lo que de ella me hace soñar. Este mundo extranjero.
Hemos hecho un panal de una nave de plata.
Aún somos nosotras.
La nostalgia
Estoy avanzando por un huerto de cuerpos celestes. La oscuridad y los golpes de piedra me parecen blandos. El universo, una boca inmensa. Mis compañeras duermen el sueño de la estasis. Ahora soy yo quien debe vigilar. Me pregunto cómo describiré en términos humanos estas constelaciones, este moverse engañoso de nuestra espora, como si todo nos remitiera a un estar y no a una navegación. Tales no son los informes que de aquí se esperan. Diseminadas por el cosmos debemos prosperar, dejar un testimonio del intercambio, lugares habitables para nuestras gentes migratorias. No les esparciré enigmas.
Extraño el canto del gallo a cualquier hora, las plumas de un animal terrestre.
Mi cuerpo, tantas veces rehecho, me hace mi ancestro y descendencia. Y, no obstante, sigo creyendo en el final del viaje. Un planeta, una ciudad, para poblarlos de elfos pequeñísimos, de zorrinos y sapos a la hora de la lluvia. Cuando Rebecca despierte, mi caja de no dormir y perdurar me tragará unos siglos, como quien suspira.
Las hijas
Soy Lucía. Nací en la Tierra hace milenios. Cuando era muy joven subí a una nave espacial. Íbamos a dejar nuestros genes por la galaxia. A fundar ciudades, a conocer el universo que, ¿sabes?, no es el nido silencioso que soñábamos. Aquí todo es ruido y choque. Nuestro barco ha sobrevivido a tantas mutaciones que ya no sé qué dispersamos por ahí.
¿A quién le escribo? Amiga mía, por más que la vida humana se haya extendido tanto, dudo que estés todavía despierta. Pero mi recuerdo es joven. Pasamos una tarde leyendo en un cuarto donde un gato dormía sobre un almohadón bordado. Tú me hablabas de Dios. Me decías que todo cabe en su inabarcable benevolencia.
Esta es la época de los nacimientos. Elegimos un planeta de aires multicolores para despertar y parir. Algunas de nosotras decidieron nacer su propio clon. ¿Es Anabella una continuación de María o es otra persona? Otras optaron por probar el semen que traíamos; dudábamos si un material genético tan antiguo prendería en nuestros seres renovados, pero fue así. Te confieso que no resistí la tentación. Algo de mí ha brotado en un ser nuevo. Iris, Magdalena, Rosaura, Helen y yo hicimos esta pequeña que se parece a todas y a ninguna. Sus ojos son enormes y tiene, como nosotras, algo de pájaro, algo de flor, algo de sustancias que no podría definir con términos terrestres.
La ciudad que creamos se parece a una colmena. Algunas han decidido quedarse, otras elegimos navegar. ¿Qué hay más allá de esta espesura de piedras luminosas? Anotamos meticulosamente cada cruce de genes, cuidamos nuestra herencia. Enviamos hacia el lugar de origen muchos informes de nuestros recorridos. Una cartografía biológica y astral. A cada una, su manera de irse. Esta colonia crece por el aire. Piensa un poco en mí, madrileña, cuando mires el cielo.
El debate
Ahora todas escriben, casi todas. Una noche perdida, Jazmín encontró mis crónicas.
—¿Ahora escribes poesía?
Le dije que solo quería dejar un testimonio breve de mis jornadas aéreas, de mi soledad en esta constelación violenta, antes que fuese tarde y mi mente se perdiera en las obligaciones del hacer, en las rutinas.
—Para saber quién soy.
Después todo fue discusión. Me recriminaron que no hubiera relato ni diálogos. Que no hubiese aventura, sino fragmentos. Que me acercara a la poesía tan peligrosamente, que manchara las hojas con lenguaje disperso. Que no hubiera romance ni testimonio épico de nuestras batallas contra los elementos radiantes o helados, contra la piedra inerte.
Que lo hicieran ellas, les dije, que yo no quería perder este equilibrio. Mi mundo interior.
Cuando a todas les ha dado por las palabras de la acción, me refugio en los balbuceos, conservo mi música silenciosa, mis frases detenidas, rebeldes ante el puro acontecer.
Solo dejaré testimonio de una mañana otoñal bajo los dos soles de un planeta vagabundo; pocas cosas habrá tan peligrosamente vivas. Tanta región amenazada por el puro exterminio.
La música de las estrellas se parece a los cascos de una batalla que no tendrá final o que tendrá un final que no veré, cuando cada porción del universo se separe paso a paso o sea devorada por un agujero negro. No será en este día.
Tomé un vino solitario y amarillento, un gamo sentado a mis pies. Y el paisaje era algo así como de pedregullo y nadería. Una ciudad remota de la que solo han quedado ruinas holográficas, y unas hojas doradas flotan como copos de nieve.
Para otras, la música, el compás del relato. Yo me dejo llevar por mis ensoñaciones, por el ritmo alterado de mi mente.
¿Quién me leerá en su tiempo de espera entre el sueño hipnótico de la estasis y los días ocupados por la tarea de cuidar lo que acontece?
Lo palpable. ¿Lo ves? Una guitarra, este panel de luces, el planeta que dejamos y el país que vendrá. Mi voz, mi propia voz, robada.
Una vez que has arrojado una palabra al mundo, cualquier cosa puede suceder.
Al margen
Quería dejar un testimonio de los lugares por los que andábamos. En vez de eso, parezco la informante de nuestras mutaciones. Ni literata ni geógrafa, más bien me he dado a la sociología y a los registros biológicos, un poco alterados por la magia de las palabras que, al fin y al cabo, parece volver las cosas más auténticas.
Ya no es posible estar sola aquí. Se han terminado las noches en las que contemplaba la batalla de los cuerpos celestes, mientras mis compañeras se resguardaban congelándose del paso de los siglos. Encontramos el modo. Ya sabemos cómo renovar cada célula y nadie envejece aquí ni nadie muere, a no ser por la caprichosa ley del accidente.
Así que ahora somos una multitud de almas y cuerpos disímiles, entrelazados en oleadas de acercamiento y repulsión, sin leyes. En fin, casi nadie está a salvo de los dimes y diretes en nuestras cápsulas superpobladas. Solo en los dos extremos de esa batahola nos mantenemos al margen las solitarias y las líderes. Es que el cargo de líder, ya de por sí provisorio, se volvería insoportable con tantas cuestiones. A las solitarias, en cambio, se nos deja tranquilas porque sí. Las más jóvenes comprenden que, después de la excesiva intimidad con el caos, hayamos quedado deslumbradas y hambrientas.
De tanta espora navegante, de tanto planeta fundado, nuestras especies, que ya casi no son humanas, progresan a un futuro que no acierto a discernir.
—Adiós, adiós —decimos a cada tribu fundadora. Y las dejamos en su nuevo planeta con un cofre diminuto colmado por nuestras bendiciones.
María me dijo alguna vez que toda historia tiene que tener un final y todo viaje un punto de llegada. ¿Qué haría ella aquí, querida, con esa lógica de antaño?
La melancolía
Y un día me encuentro reflexionando acerca de la tristeza. Como no sé qué hacer con ella, indago, leo, busco palabras prestadas para masticar. Trato de soltarla, a la tristeza, como si fuese un vestido, que aquí no me hace falta. He sentido algo que sobrevolaba y luego, un par de golpes fuertes en el pecho. Como cuando no puedes evitar que arranquen árboles o incendien bosques por maldad o descuido. Me he levantado y sonreído como para decir: “No es nada. Aquí estoy”. He evitado las lágrimas; sin embargo, el peso sigue allí. No quiere irse.
Cuando era pequeña estudiaba antiguas cosmogonías. Leía, por ejemplo, que el mundo supralunar, que ahora es mi espacio de navegación, estaba compuesto por un quinto elemento llamado éter, inalterable e incorruptible. Nada más alejado de la realidad.
Nuestra navecita, tantas veces vapuleada por los elementos díscolos de la galaxia, se vio arrojada en un entrechocar constante hasta derivar, al fin, en un planeta mustio, cuando muchas de mis compañeras habían muerto y otras tantas estaban severamente lastimadas.
Como Juana de Asbaje, he estado a punto de enfermar y morir cuidando a mis hermanas. Mi cuerpo se ha purificado de cualquier infección; no obstante, el dolor no me abandona. Ahora que me siento a salvo y las heridas del cuerpo no me duelen, mi alma a menudo se balancea hacia la melancolía como quien mira el pozo de un antiguo ascensor o ese vacío que llamamos Más Allá, o lo Desconocido, o Materia Oscura.
Entonces me adormezco entre las plantas que he podido salvar. Respiro de su oxígeno. Sueño con la Tierra, con aquellas mañanas estruendosas de las grandes ciudades. Aplasto con mi pie derecho una ceniza que parece querer tomar una figura, tal vez la de mi cuerpo; no dejo que el terror me cale, escupo sobre la pasarela los restos y me pregunto quién estará pensando en mí tan fuertemente, quién me conoce tanto, quién me está leyendo ahora. Y le doy las gracias si me deja dormir.
La reconstrucción
A veces, cuando me miro en el espejo, creo reconocerme. Me repito quién soy, la memoria del deseo y del daño. Entonces, bajo la piel, una luminiscencia verde o violeta me saca de mi confusión. Solo es energía química que se ha transformado en luz. Así nos guiamos en la oscuridad, como animales marinos.
Las más jóvenes, las que nacieron en el viaje, ya no tienen memoria de la Tierra. Sonríen cuando hablamos del Planeta de Origen, como cuando nos contaban antiguas mitologías. Cumplen con la misión de dejar mensajes, señales pequeñas en el cielo, sin expectativa. Se comunican con las colonias que están cercanas todavía o con otras esporas que navegan alejándose unas de otras, igual que las galaxias. Con la distancia, es mayor el silencio. Algunas elegimos ir más allá. Las Antiguas somos amadas como si estuviésemos aquí y, a la vez, con una raíz en cada lugar andado. Ausentes y presentes.
—Dime, Lucía —preguntó Yosemit—. ¿Cómo es la Tierra?
Ella y yo disolvíamos minerales en agua. De allí absorbemos los elementos químicos para regenerarnos. Yosemit y Daniela armaban una base de piedra y de fibra de coco. Podemos enraizarnos allí y permanecer horas suspendidas en el líquido tibio. Algunas prefieren recostarse en las paredes. No es fácil diferenciarlas de las plantas. Hace calor. En el centro de la habitación hay una fuente giratoria, conectada a un depósito de agua. Cuando estamos allí y la bomba gira, damos vueltas con ella. Hemos llamado a este espacio El Jardín.
Algunas de las jóvenes desarrollaron habilidad de insecto para pegarse con sus patitas firmes a las paredes y al techo, donde dejan sus marcas pegajosas. Saltan de un lado al otro y cruzan la nave por el aire. A veces quisiera espantarlas como a moscas; a veces su vuelo de mariposa me deja embelesada. Todo depende del humor del momento. Pero debo reconocer que sus habilidades son útiles.
Cuando estoy suspendida en el jardín repito algún sankalpa. Me digo, por ejemplo: “Soy una mujer amable”. Mi mente se fortalece mientras me alimento. Planto una semilla en mi subconsciente con la esperanza de que crezca sola. Así me aseguro de que no voy a matar a mis hermanas voladoras y zumbantes. ¿La amabilidad ya estaba en mí? ¿El amor estaba en mí? Es posible, quizás por eso hablo con las pequeñas.
—En la Tierra existía el invierno —les digo.
Alguna vez la primavera eclosionaba en verano. Luego venía el otoño, que todavía hacía dulce el declinar de la naturaleza. Le describo el invierno. Les hablo de la nieve. Les hablo de la vejez. Les hablo de los ciclos de la vida. Ellas se asombran, como si yo fuese una narradora por demás imaginativa.
—Allá también había jardines bajo el sol. Un sol único y no tan brillante. Por las noches volaban bichitos de luz. Debajo de las plantas había un mundo de arañas, escarabajos, mosquitos.
Es extraño que estas pequeñas cosas sigan gustándoles, a ellas, que se han criado en tanta maravilla.
La aptitud
Yo era de las que decían que todo lo que brilla en el cielo no es más que una escenografía y que, de todo ese mundo deslumbrante, si alguna vez nos llegaba algo, eran solamente pedazos de piedras inservibles. Más escéptica que Ward o que Brownlee. ¿Por qué me embarqué, entonces? ¿Me creerías si te digo que solo fue curiosidad?
Reunía los requisitos, esto es: era joven, era fuerte, era saludable. Y tenía dinero. Me había aplicado meticulosamente al estudio de la mecánica estelar, con gran esfuerzo, porque el amor a las palabras a veces nos aleja de las cosas que nombran. Es verdad que mi carácter solitario alertó a las expertas contra mi inclusión en una comunidad tan compacta. Pero yo tenía la pinta de quien es capaz de llevar adelante una misión.
Me pedías en vísperas del viaje, riéndote, que te mandase postales, como quien dice: “Te mando un corazón desde París”.
Aquí está, para contradecirme, este planeta azul oscuro, todo de agua. Y los anfibios que nos recuerdan lo que fuimos antes de nacer. Yo no estaba preparada para esto. Me habían dicho que éramos las prisioneras de los brazos de Orión, siempre jilgueritos en música de jaula. Que solo tenderíamos los ojos impotentes hacia Sagitario en un deseo inútil del todo indefendible. ¿Por qué el hambre de estrellas, sin embargo?
Me habría conformado con menos, me hubiera bastado la pequeña alegría de un claro que se abre entre dos asteroides, como una palabra ocupa su lugar en la página en blanco. Ahora fabrico imposibles y el vacío no es nada sino la exploración de mi patio de juegos.
Te mando un corazón desde las costas de Alfa Centauri, desde más allá de tu futuro, madrileña.
El dogma
Había estudiado muy bien mis lecciones. Aquellas clases de filosofía que nos preparaban amablemente para la vida en comunidad. Nos habían enseñado que el deseo de los cuerpos era tan natural como el hambre o la sed, que la amistad es preferible al amor y que, en definitiva, escapáramos de Eros como de la peste.
¿Qué filosofía mejor para un grupo que habría de perpetuarse en un universo hostil y extraterrestre? Yo predicaba por una comunidad de almas en el placer, por unas amigas con las que se pudiera “gozar, saber y compartir”.
Quizás por eso no escuché a Judith. Es decir, escuché sus palabras. Preguntó: “¿Te vas? ¿Seguís en viaje?”. Ella ya estaba preparando su colonia cuando nos disponíamos a partir. Y, como te decía, escuché sus palabras, pero no el dolor en sus palabras. No lo escuché o lo negué, que viene a ser lo mismo.
Las uniones entre nosotras son, por naturaleza, libres (no sé cómo me atrevo, a estas alturas, a hablar de “naturaleza”). Como es “natural”, entonces, algunas se quedaron, otras partimos.
He cambiado el amor por una miríada de polvo estelar. Por eso, cobarde, repaso mis lecciones o me invento fábulas.
El fin
Ahora me pedirías un relato, algo que entretuviera tus noches solitarias. Por ejemplo, un combate, un enfrentamiento con gigantescas criaturas extraterrestres. Podría inventarlas. La violencia sería como una ternura que hemos olvidado. O podría decirte: aquí no hay más vida que la que hemos sembrado nosotras mismas en una inmensidad de piedra inerte. Hemos llegado más allá de la frontera de nuestra imaginación. En un planeta que no nombraré conocimos seres extraordinarios. En la Tierra los hubiésemos llamado espíritus, fantasmas, almas errantes. Nos atravesaron por completo. Estaban fascinados con nuestra biología, lo corpóreo que somos. Quizás por eso nos indicaron nuestro destino.
A miles de años luz hay una estrella. ¿Dije Epsilon Eridani? ¿O fue Tau Ceti? No dije nada. Hemos borrado nuestras huellas. Rompimos lo que se llamaba “la comunicación”. Alcanzamos más allá un planeta vegetal, quizás como era la Tierra después de la fotosíntesis y cuando la vida animal no había comenzado.
¿Qué colocaremos aquí, además del punto final? Hay dos alternativas.
En el primer caso, seremos cuidadosas en extremo. Aunque del viaje original solo quedemos tres y el resto ni recuerde de dónde hemos venido ni le importe, hay algo de sapiens en estas mutantes. No nos reproduciremos más de lo necesario. Ya sabes que morimos solo si hay un accidente. La Tierra, por su parte, se habrá recuperado de sus heridas y sus habitantes habrán evolucionado como nosotras. Sea así o no, habremos sembrado nuestras especies por el universo. Inoculamos la vida como si fuese algo valioso. La misión se ha cumplido.
Si eliges la segunda alternativa, provenimos de un planeta extinto por sus propias creaciones, nuestras colonias no sobrevivirán por mucho. Nosotras arruinaremos el planeta Paraíso con la sola presencia.
Elijas lo que elijas no alterarás en nada nuestro destino. Solo habrás optado por utopía o distopía. Dependerá de tu afición por la felicidad o la tragedia.
Si las estrellas que mirábamos cada noche, madrileña, son las que brillan más, no es porque sean más jóvenes o más grandes, sino porque las amo.

Lidia Rocha es profesora de literatura, diplomada en ciencias del lenguaje. Publicó en poesía Aves migratorias (2006), Roma (2010), Así la vida de nuestra primavera (2015), Soltar la casa (2020) y Hechicerías (2024). En ensayo: El lenguaje del amor en la poesía de San Juan de la Cruz. Realiza, con Gerardo Curiá, el encuentro literario Literatura Viva y el programa de radio Moebius.
@lidiarocha1512