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	<title>obsesión</title>
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		<title>«Tus ojos tienen dientes» por Valentina Alondra</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Mar 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 17 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 2343 palabras &#124; Valentina Alondra &#124; Chile &#124; Después de una noche de fiesta en su departamento, el protagonista despierta con la mandíbula adolorida y una punzada en los dientes. Su plano de relajación ha desaparecido y, aunque podría ser un descuido más, está convencido de que Viole, la silenciosa invitada, tiene algo que ver. A medida que su paranoia crece, las miradas furtivas y los encuentros fortuitos con ella se tornan cada vez más inquietantes, hasta que aquello que separa la realidad y la obsesión comienza a desmoronarse.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-ba8ba4f139d9e13f64f7c7bc3031bcb4">Después de una noche de fiesta en su departamento, el protagonista despierta con la mandíbula adolorida y una punzada en los dientes. Su plano de relajación ha desaparecido y, aunque podría ser un descuido más, está convencido de que Viole, la silenciosa invitada, tiene algo que ver. A medida que su paranoia crece, las miradas furtivas y los encuentros fortuitos con ella se tornan cada vez más inquietantes, hasta que aquello que separa la realidad y la obsesión comienza a desmoronarse.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 17 | Narrativa | Terror | 2343 palabras | <a href="https://imaginistas.cl/2025/03/05/valentina-alondra/">Valentina Alondra</a> | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/IMAGI2025.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/IMAGI2025.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/IMAGI2025-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/IMAGI2025-768x503.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/IMAGI2025-600x393.png 600w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Despierto con un crujido en la muela y un dolor que me parte la cara. Otra vez se me rompió un diente, es lo primero que pienso. Me llevo una mano a la mejilla, donde siento que la piel se empieza a inflamar, los músculos de la cara contraídos, los dientes sensibles, como si me los hubiese aserruchado toda la noche. Me duele solo juntarlos.</p>



<p>Siento un clac desnudo dentro de mi boca y solo entonces me doy cuenta de que no llevo el plano de relajación.</p>



<p>Recuerdo habérmelo puesto anoche. Ayer, el Carlos, mi rumi, hizo una junta en el depa que devino en carrete, pero yo tenía pega al otro día y me fui a acostar antes. En el baño, saqué el plano de su cajita y lo mojé un rato bajo el chorro de agua antes de hincármelo entre los dientes. No importaba cuánto la lavase, siempre olía a escupo seco, a boca que quedó mucho rato abierta, a humedad y a descomposición, pero prefería eso a las jaquecas y a las muelas rotas. Prefería cualquier cosa a los tratamientos de conducto, que, uno a uno, iban quemando los nervios de mis dientes como si fueran los cartuchos de una pistola.</p>



<p>Me miré en el espejo (mandíbula desencajada, lengua inquieta, dientes que insistían en cerrarse como el puño de un niño) y esperé no encontrarme con nadie en el corto trayecto del baño a mi pieza.</p>



<p>Pero, apenas abrí la puerta, me topé de frente con la Viole.</p>



<p>Pegué un salto y me agarré del lavamanos.</p>



<p>Ella no se movió.</p>



<p>Apenas pestañeó.</p>



<p>Sus ojos eran dos canicas negras que me miraban con una quietud perturbadora cada vez que nuestros ojos se encontraban. De alguna u otra manera, siempre se encontraban, ya fuera al otro lado del <em>living</em>, solos en la cocina o frente a frente, como ahora. No conocía bien a esta hueona, y el Carlos tampoco. La Viole era amiga de colegio de una amiga de él y, como ocurre en todos los grupos de amigos, siempre hay algún extraño que hay que invitar igual porque viene en el paquete.</p>



<p>Yo le he dicho al Carlos que no la invite más al depa, que me dan cosa sus ojos salidos, como si estuviese en constante sorpresa, ojos que siempre encuentro clavados en mí, que siento que me siguen aun si no estoy en la misma habitación que ella. El Carlos, de poca ayuda como siempre, me dice que no puede desinvitar solo a la Viole, que no quiere hacer atados en su grupo y que no le dé tanto color tampoco.</p>



<p>—No todas las hueonas se andan fijando en vo’ como tú creís —concluía con risa y desdén.</p>



<p>Pero yo tenía claro que no eran todas. Solo era una.</p>



<p>Y tenía que ser la más loca.</p>



<p>La loca de ojos bovinos y ni una palabra en la lengua, de pie frente a la puerta, como si hubiera dejado tirado el carrete para hacerme guardia afuera del baño.</p>



<p>De solo imaginarlo, sentía un escalofrío recorrerme la espalda.</p>



<p>No le dije nada cuando me hice a un lado y le di la pasada al baño. No estoy seguro de si entró o no porque hui a mi pieza sin mirar atrás.</p>



<p>Pieza en la que ahora doy vueltas mientras busco a tientas mi plano.</p>



<p>Aún acostado, mis dedos se pasean entre las sábanas, bajo la almohada, en la breve separación entre el colchón y el respaldo, pero no encuentro nada. A veces me pasa, así que no me inquieto. A veces escupo el plano durante la noche y amanezco con parches de saliva impresos en la cara, los dientes adoloridos, como si los hubiese desintegrado hasta la pulpa.</p>



<p>Hoy amanecí con una trizadura, pero la dentista dice que no la ve.</p>



<p>Yo le apunto con los dedos, después con la lengua, el lugar exacto donde me duele, pero ella dice que está todo en orden. Le pido que me pase un espejo porque no puede ser. Hoy mismo en la mañana me vi una grieta negra en el último molar y llamé a la pega diciendo que tenía que ir de urgencia al dentista. Apunto el espejo de mano a mi cara, abro la boca, engancho un dedo en la comisura y estiro la piel. Allí, al fondo, veo la fisura, el diente partido por la mitad. Como puedo, le pregunto a la dentista si no ve el corte, pero ella niega con la cabeza. Va en busca de otros colegas, quienes se asoman a la cueva de mi boca, pero nadie encuentra nada.</p>



<p>Me pregunto si me dicen que no solo para que me vaya luego. Sé que tengo chatos a los dentistas de esta consulta, sé que me conocen y que, cada vez que aparezco por la puerta, se sortean a quién le toca lidiar ahora conmigo. Vengo seguido, especialmente cuando sueño que se me caen los dientes y despierto gritando. En esas madrugadas, aún medio dormido, me meto las manos a la boca y cuento cada pieza para asegurarme de que están todas. Nunca falta ninguna. Pero cuando me miro al espejo, siento los dientes tiritar, a punto de soltarse de los alveolos. Los dentistas me dicen que está todo bien, tal como lo hacen ahora. Dicen que es imposible que a un adulto sano se le caigan los dientes así como así, menos cuando duerme, y me despiden con una palmadita en la espalda.</p>



<p>(<em>Me cierran la puerta en la cara</em>).</p>



<p>Antes de que me despachen del dentista, les pido que me hagan otro plano. Si ya perdí el otro, entonces necesito uno nuevo. Dos, quizá, por si se me vuelve a perder. La asistente me toma una impresión dental con una pasta violácea que sabe a flúor y huele a etanol, y solo cuando veo mi mordida grabada en el molde se me viene una idea a la cabeza.</p>



<p>Esta hueona se robó mi plano de relajación.</p>



<p>La Viole, loca de mierda, debió haberse metido a mi pieza anoche mientras dormía. Debió haber forzado el seguro de la puerta y, con esa misma mano, me debió de abrir la boca para sacarme el plano. Para qué lo quería, quién sabe. La hueona siempre ha estado medio rayada conmigo, no me sorprendería si hiciera una hueá tan rancia. Ya la había visto tomar agua de los vasos que yo dejaba atrás o comerse la corteza de pizza que dejaba a un lado. Quizá quería el plano para ponérselo, para sentirme en su boca, porque era la única manera en que ambos alguna vez fuésemos a compartir saliva. Sobre todo ahora.</p>



<p>La secretaria del dentista dijo que me llamarían cuando el nuevo plano de relajación estuviese listo. Han pasado tres días y me da miedo dormir. No quiero triturarme los dientes toda la noche, o soñar que se me caen. O peor.</p>



<p>Soñar con la Viole.</p>



<p>Pero eventualmente me quedo dormido y sueño con la hueona.</p>



<p>Sueño que tiene los dientes negros y que, cuando sonríe, sus labios descubren mi plano.</p>



<p>Mi plano de relajación hincado en sus dientes.</p>



<p>Un fulgor neón emana del plástico.</p>



<p>Al cuarto día me duele toda la cara y vuelven las jaquecas.</p>



<p>Carlos me invita a salir con sus amigos porque, en sus palabras, me veo como la mierda y quizá una chelita me devuelva el alma al cuerpo. Yo no tengo ganas de salir, mucho menos de tomar algo frío que me destemple los dientes o lo que me queda de ellos. Todos los días me los mido frente al espejo y podría jurar que ya se acortaron un milímetro. Pero si acepto la invitación es más porque quiero encarar a la Viole y que me devuelva mi plano, y, en una de esas, que el resto se dé cuenta de la hueona rara con la que se juntan.</p>



<p>El grupo se sienta en una mesa larga en un bar oscuro y mal ventilado. Hay que gritar para hacerse oír sobre el murmullo incesante, pero yo no estoy ahí para conversar. Me tomo una cerveza en silencio, aguantándome la mueca de dolor, las puntadas en la raíz de los dientes, y me dedico a mirar a la Viole, sentada en diagonal a mí. Ella tampoco conversa, pero eso no es novedad. Lo que sí es novedad es que sus ojos se acobardan cuando me pilla mirándola primero.</p>



<p>Debe sospechar que ya sé. Debe suponer que estoy aquí para enfrentarla. Veo su mandíbula moverse, como si estuviese mordiendo algo por reflejo, y sé que es el plástico blando del plano.</p>



<p>Se me aprieta la guata.</p>



<p>Me da asco pensar que lleva el plano puesto. Más asco me da preguntarme si lo ha llevado a todas partes consigo. Ni aunque lo lavara con cloro podría usarlo de nuevo, ¿pa qué le voy a pedir la hueá de vuelta? Debería esperar no más a que la dentista me llame. No le debe quedar mucho.</p>



<p>Levanto la cabeza cuando la Viole se pone de pie y se excusa para ir al baño.</p>



<p>Luego de esperar unos largos cinco segundos, me aseguro de que nadie esté mirando cuando también me levanto.</p>



<p>La sigo escaleras arriba. No me ve venir a su espalda y, cuando abre la puerta del baño, la empujo dentro y me meto con ella, cerrando el pestillo tras nosotros.</p>



<p>Se gira, medio aturdida; sus ojos saltones me miran con alarma.</p>



<p>No alcanza a decir nada cuando le espeto:</p>



<p>—Abre la boca.</p>



<p>Ella separa los labios, más por sorpresa que por obediencia. Un apagado: “¿Qué?” se le escapa. No creo haberla escuchado hablar antes.</p>



<p>—Abre la boca, hueona de mierda —repito, dando un paso hacia adelante.</p>



<p>Ella retrocede y choca con el lavamanos.</p>



<p>—Te llevaste mi plano el otro día y ahora lo tenís puesto. Puta que me dai asco. Bótalo. Ahora.</p>



<p>Ella pestañea y niega con la cabeza. Nunca habla, así que aquello podría ser un “no te lo paso ni cagando” o un “¿qué estai diciendo?”. Nunca dije que estaba aquí para conversar o para pedirle por favor, así que pronto me abalanzo contra ella. Le agarro la nuca con una mano y con la otra le sujeto la mandíbula inferior. Tiro de ella.</p>



<p>Ella forcejea, pero no grita. Se resiste, pero yo tengo más fuerza. Siento el vapor de su boca en mis ojos y me dan arcadas. Me dan tanto asco los dientes, las lenguas, la saliva. Me cuesta creer que hay gente que estudia esto porque le gusta. Lo único que me han dado mis dientes son dolor y pesadillas.</p>



<p>Como esta.</p>



<p>Siento el aire atascado en los pulmones cuando le abro la boca.</p>



<p>La Viole no tiene nada en los dientes. Los tiene todos, los tiene blancos. Ni siquiera los tiene gastados por el bruxismo, manchados por el café o abrasados por el sarro.</p>



<p>Ella aprovecha el momento de vacilación para empujarme contra el secador de manos empotrado en la pared. Yo me pego en la cabeza y el baño da vueltas.</p>



<p>No la veo mover los labios, pero la escucho farfullar un:</p>



<p>—Qué chucha…</p>



<p>Su voz asfixiada, apenas un susurro diciendo:</p>



<p>—Qué te pasa.</p>



<p>Cuando la enfoco de nuevo, la veo tiritar de pies a cabeza, sus ojos tan abiertos que en cualquier momento le saltan de las cuencas, verdaderas canicas. La Viole traga saliva y se lleva una mano a la cara, sobándose la mejilla como si le hubiera pegado. No le hice nada, pero perfectamente podría ir con el resto y contarles una mentira. Se me cierra la garganta sólo de pensarlo, pero qué bueno que es su palabra contra la mía, y la mía tiene más peso que la suya. Yo era el rumi del Carlos y le caía bien a todos sus amigos. Hasta a un par de hueonas del grupo me había comido.</p>



<p>La Viole, en cambio, no era amiga de nadie, y la mantenían ahí por una antigua lealtad que no servía para nada, porque nadie tenía el corazón para decirle que se fuera.</p>



<p>Lo último no sé si lo dije o lo pensé, medio aturdido entre el dolor de dientes y el nuevo moretón formándose, pulsando detrás de mi cabeza.</p>



<p>Cuando volví a la mesa, mi cerveza se había entibiado. Mejor así. Menos dolor. La bebí en silencio mientras hacía como que escuchaba divagar al Carlos. Luego, me uní a un juego de mesa que alguien había sacado de un estante cercano.</p>



<p>No miré a la Viole cuando volvió del baño.</p>



<p>Nos fuimos del bar antes de que cerrara el metro. Éramos un grupo de cinco personas: entre ellos, el Carlos, la Viole y yo. El resto se fue en micro y los despedimos en el paradero. Quizá también debimos habernos ido en micro y así evitar la caminata con esta hueona, pero entonces la Viole dijo que tomaba el tren en dirección contraria a nosotros, y me relajé. No quería pasar más tiempo del necesario con ella y ojalá el sentimiento fuera mutuo ahora.</p>



<p>No estoy orgulloso de haberla seguido al baño, pero a veces hay que asustarlas un poco para que se dejen de hueviar con uno.</p>



<p>Se debió asustar harto porque parece no haberle dicho nada a nadie.</p>



<p>Los trenes, aunque viajando en sentido contrario, pasan al mismo tiempo. Los frenos protestan al unísono y las puertas se abren al compás del otro. No suele haber mucha gente en el metro a esta hora, así que vemos al grupo en el otro andén entrando al vagón opuesto como un espejo de nosotros mismos.</p>



<p>El Carlos les hace muecas y gestos desde este lado —un hoyudo, se agarra el paquete. Los otros le responden. No estoy seguro de qué cosa.</p>



<p>Yo me quedo mirando a la Viole. No porque quiera. La loca se para enfrente mío, a dos vidrios de distancia.</p>



<p>Se saca algo de la boca y me muestra mi plano de relajación. Lo agita en el aire.</p>



<p>El tren se pone en marcha y ella se ríe.</p>



<p>Tiene los dientes negros.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<p></p>
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		<title>«Los jotes» por Zezé Atabales</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Mar 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 15 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1461 palabras &#124; Zezé Atabales &#124; Chile &#124; Frente al ventanal, Soledad contempla la bruma que cubre el mar, envolviendo su jardín en un paisaje sombrío y melancólico. Entre los árboles y las flores marchitas, un bulto llama su atención, perturbando su rutina. Los jotes sobrevuelan la escena, presagiando un horror que ella teme enfrentar. Mientras sus perros descansan plácidamente en casa, la sospecha de su responsabilidad en una serie de brutales ataques la atormenta.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-405c3e0dd8473c264e79d1faa2850aa4">Frente al ventanal, Soledad contempla la bruma que cubre el mar, envolviendo su jardín en un paisaje sombrío y melancólico. Entre los árboles y las flores marchitas, un bulto llama su atención, perturbando su rutina. Los jotes sobrevuelan la escena, presagiando un horror que ella teme enfrentar. Mientras sus perros descansan plácidamente en casa, la sospecha de su responsabilidad en una serie de brutales ataques la atormenta.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 15 | Narrativa | Terror | 1461 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-c4a2c408dd1ae070e8bc86b2b81cc9a1" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LOS JOTES</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">ZEZÉ ATABALES</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Ella no lo sabía.</em><br><em>Las manos del hombre, fuera de control, recorrieron arriba y abajo el cuerpo de piel suave del bebé, el sinuoso cuerpo sin extremidades.</em><br><em>Oh, Dios mío, Dios mío.</em><br><em>Su cabeza se movió y sus músculos se contrajeron en un amargo espasmo de histeria. Sus dedos se cerraron sobre su hija.</em><br><em>Oh, Dios mío, ella no lo sabía…</em></p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">«Solo una madre», Judith Merril</p>
</div>
</div>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Parada frente al ventanal, Soledad mira para afuera. El día está frío y la niebla cae sobre el mar como un espejo blanco en el que no se refleja nada. Los colores del jardín se ven apagados y sin vida, un paisaje que a ella le parece hermoso. Observa las plantas: un árbol seco con ramas como telas de araña, un cañaveral que avanza sin tregua, dos pinos centenarios, un rosal que sube como enredadera con sus flores de sangre. Recorre el espacio en un desvarío metódico hasta que una anomalía la interrumpe. En la esquina norte del jardín, justo al lado de la reja, hay un bulto.</p>



<p>El corazón sube por su garganta; un sonido agudo y penetrante le taladra el oído. Busca una silla y se sienta.</p>



<p>Levanta la mirada y ve los jotes volar.</p>



<p>Las aves, vestidas de luto, silenciosas y rapaces, planean con sus alas pintadas de blanco en las puntas. Llevan el cuello sin plumas y la cabeza es roja. Soledad está acostumbrada a verlos aquí, cerca. Uno de los jotes se posa en lo alto del más viejo de los pinos, descansa con sus alas y cae cual manta de castilla. Observa el bulto. Luego extiende sus alas enormes como un amanecer y vuela en círculos ascendentes hasta verse como un punto sobre el paisaje. Soledad lo sigue con la mirada hasta que lo pierde en la inmensidad del cielo abierto.</p>



<p>Inhala profundo por la nariz, extiende el pecho para llenar por completo los pulmones, cuenta hasta tres y bota por la boca, despacio. Repite el ejercicio y mira a los dos perros que descansan sobre el sillón mostaza. Raúl, un akita territorial y efusivo, duerme recostado con las piernas hacia arriba, dejando a la vista su estómago peludo color crema. Ramiro, quiltro de indeterminado linaje, reservado y cariñoso, a quien le cuesta confiar en los extraños, reposa de lado con las patas sobre los ojos. Soledad se detiene en esta imagen y sonríe. Sobre ellos, un cuadro con un ají pintado en realismo la hace perderse en su rojo y aquel aroma a fruta madura casi podrida viene a su mente. Un ardor nace en la boca del estómago, sube y le quema, cual magma.</p>



<p>Se levanta de la silla y se dirige a la cocina. Rellena la tetera con agua y la pone a calentar a fuego lento. Revisa la despensa y ordena los frascos con la comida, lava un plato con restos de la cena de ayer y decide limpiar el refrigerador. Tira las botellas vacías de vodka, la mantequilla con restos de pan tostado y los sobres de mostaza que se roba del restaurant y que nunca usa. El pito de la tetera le avisa que es hora de su té.</p>



<p>Desde el mueble toma su taza favorita. En ella, encerrada en un corazón, hay una foto de sus cachorros en un paseo a la nieve; encima de la imagen se lee la frase “Feliz Día, Mamá”. Pone dentro una ramita de canela, llena tres cuartos de agua caliente y el resto con agua fría. Corta un pedazo de pan y le unta mermelada de alcayota, se sienta en la mesa y mira a sus perros que, acostumbrados a ser los reyes, se despiertan de su siesta al escuchar la cuchara golpear con el borde de la taza. Ambos se acercan, mueven la cola y se sientan al lado de las piernas de Soledad; la miran con la lengua afuera y los ojos llorosos. Ella divide su pan en tres y le da una parte a cada uno. Les acaricia la cabeza y los besa, huele el olor metálico que expelen desde sus hocicos. El fuego sube hasta su garganta, que se cierra; bebe otro sorbo del líquido tibio, sabe que mejor sería el agua fría, casi congelada. Mira al patio y el bulto sigue ahí.</p>



<p>Espera que pase el tiempo y que la oscuridad de la noche no le deje más opciones que acostarse y descansar. Los jotes, que todavía vuelan alrededor de su casa y su presencia, recordatorio ineludible de que todo tiene que terminar, la hacen ponerse de pie. Abraza el pulgar de su mano izquierda con los dedos de la derecha y camina hasta la puerta; su respiración se entrecorta. Trata de poner su mente en blanco, pero los sentidos se le alteran: todo es azul y rojo. Se detiene en el dintel y observa el jardín, se da media vuelta y vuelve a entrar a la casa.</p>



<p>Sube hasta su habitación y cierra las cortinas. Se saca los zapatos y se acuesta bajo las frazadas; lamenta el haber cancelado la suscripción de internet, ahora podría sumergirse en el loop infinito de ver una serie y así no tener que escuchar la amenaza del silencio. Piensa en pasar la aspiradora, quizás ordenar la ropa del clóset por colores o tomar una siesta e imaginar que, al despertar, aquel cuerpo extraño ya no está. Sigue recostada y el ardor aumenta; comienza a contar en voz alta. En el número cincuenta y cuatro se levanta de un salto.</p>



<p>Camina hasta un mueble blanco ubicado frente a la puerta de salida y lo abre. Dentro, un overol con manchas rojas y unos guantes de goma la esperan. Cierra sin sacar nada y grita. Se sienta al lado de sus perros y hunde la cara en sus mejillas peludas. Ellos, al escuchar el sonido de una moto pasando a lo lejos, corren.</p>



<p>Soledad se viste con el overol, los guantes, y sale al patio.</p>



<p>Firme, pero lento, transita la distancia que la separa de la reja. El ardor le explota en la comisura de la boca mientras los jotes sobrevuelan haciendo círculos sobre su cabeza. Esta no es una situación nueva para ella. Eleva oraciones sin fe para que el bulto sea una bolsa de basura lanzada a su patio por algún vecino inescrupuloso; no quiere volver a repetir la rutina espantosa de encontrar un animal muerto. Lleva contado quince, tres la última semana: nueve gatos, un cisne, dos coipos, una zarigüeya y dos perros. Uno de los canes era blanco y peludo; vio su foto en un cartel de <em>SE BUSCA</em> pegado en el negocio del pueblo. El otro era grande y jaspeado; cuando lo encontró tenía los ojos abiertos, con el horror estampado en la mirada. Todos tenían rastros del mismo ataque: el estómago hundido y desgarrado. A todos los sepultó en el jardín.</p>



<p>Ella está segura de que sus perros son los responsables.</p>



<p>No solo de los que ha encontrado, también de las matanzas en los corrales y gallineros de los vecinos. Le es difícil imaginar a sus cachorros, tan dóciles y cariñosos, atacando y masacrando a otros. No entiende por qué lo hacen, pero se le enfría el pecho al pensar que otros puedan averiguar la verdad.</p>



<p>Ve cómo un jote vuela en picada y aterriza sin levantar polvo; se reúne con sus amigos que picotean el bulto en el suelo. Soledad pasa al lado de las aves que, ocupadas en su labor carroñera, no reparan en su presencia. De cerca, huelen igual que sus perros.</p>



<p>La escena le turba los ojos; se apoya en la reja para no desfallecer. Grita, se mete los dedos en la boca para ahogar sus alaridos y, tras romperse la garganta y sacarlos empapados en sangre, grita con más fuerza. Solo apartando la vista se puede dominar y deja de gritar. Trata de recordar los diversos ejercicios que aprendió en yoga y de pensar en un punto rosa en medio del mar, pero la realidad lo diluye todo y solo puede ver a los pájaros agujereando el brazo de un cuerpo pequeño. Hipnotizada, se acerca más y más hasta quedar en medio de los jotes, que le llegan hasta el pecho y la observan de reojo. El cuerpo está desnudo y maltratado; es un niño. Tiene heridas profundas y sangrantes en el cuello, el estómago y el pubis. El infante la mira suplicante, aún está vivo.</p>



<p>Soledad da media vuelta.</p>



<p>Entra a la casa y acaricia la cabeza de sus perros, que la reciben alegres moviendo la cola; sale con la pala en la mano. Camina hasta el festín de los emisarios de la muerte y piensa que esta vez tendrá que cavar una fosa mucho más profunda.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="1186" height="1186" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc.jpg" alt="" class="wp-image-4397" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc.jpg 1186w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-600x600.jpg 600w" sizes="(max-width: 1186px) 100vw, 1186px" /></figure>
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<p><strong>Zezé Atabales</strong> (Santiago, 1994) es una escritora chilena de terror y ciencia ficción. Ha publicado cuentos en antologías de terror en México y Argentina y en la revista chilena <em>Imagi</em>. Participa en <em>Cabezas en la ventana. Antología de terror latinoamericano</em>, volumen que reúne textos inéditos de autoras y autores del género en la región. Obtuvo una mención honrosa en el Concurso Internacional del Laboratorio Encrucijada, en Cuba. Recientemente se adjudicó el Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y actualmente escribe su primer libro de cuentos.</p>
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