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	<title>mitología</title>
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		<title>«Los jotes» por Zezé Atabales</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Mar 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 15 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1461 palabras &#124; Zezé Atabales &#124; Chile &#124; Frente al ventanal, Soledad contempla la bruma que cubre el mar, envolviendo su jardín en un paisaje sombrío y melancólico. Entre los árboles y las flores marchitas, un bulto llama su atención, perturbando su rutina. Los jotes sobrevuelan la escena, presagiando un horror que ella teme enfrentar. Mientras sus perros descansan plácidamente en casa, la sospecha de su responsabilidad en una serie de brutales ataques la atormenta.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-405c3e0dd8473c264e79d1faa2850aa4">Frente al ventanal, Soledad contempla la bruma que cubre el mar, envolviendo su jardín en un paisaje sombrío y melancólico. Entre los árboles y las flores marchitas, un bulto llama su atención, perturbando su rutina. Los jotes sobrevuelan la escena, presagiando un horror que ella teme enfrentar. Mientras sus perros descansan plácidamente en casa, la sospecha de su responsabilidad en una serie de brutales ataques la atormenta.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 15 | Narrativa | Terror | 1461 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-c4a2c408dd1ae070e8bc86b2b81cc9a1" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LOS JOTES</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">ZEZÉ ATABALES</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Ella no lo sabía.</em><br><em>Las manos del hombre, fuera de control, recorrieron arriba y abajo el cuerpo de piel suave del bebé, el sinuoso cuerpo sin extremidades.</em><br><em>Oh, Dios mío, Dios mío.</em><br><em>Su cabeza se movió y sus músculos se contrajeron en un amargo espasmo de histeria. Sus dedos se cerraron sobre su hija.</em><br><em>Oh, Dios mío, ella no lo sabía…</em></p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">«Solo una madre», Judith Merril</p>
</div>
</div>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Parada frente al ventanal, Soledad mira para afuera. El día está frío y la niebla cae sobre el mar como un espejo blanco en el que no se refleja nada. Los colores del jardín se ven apagados y sin vida, un paisaje que a ella le parece hermoso. Observa las plantas: un árbol seco con ramas como telas de araña, un cañaveral que avanza sin tregua, dos pinos centenarios, un rosal que sube como enredadera con sus flores de sangre. Recorre el espacio en un desvarío metódico hasta que una anomalía la interrumpe. En la esquina norte del jardín, justo al lado de la reja, hay un bulto.</p>



<p>El corazón sube por su garganta; un sonido agudo y penetrante le taladra el oído. Busca una silla y se sienta.</p>



<p>Levanta la mirada y ve los jotes volar.</p>



<p>Las aves, vestidas de luto, silenciosas y rapaces, planean con sus alas pintadas de blanco en las puntas. Llevan el cuello sin plumas y la cabeza es roja. Soledad está acostumbrada a verlos aquí, cerca. Uno de los jotes se posa en lo alto del más viejo de los pinos, descansa con sus alas y cae cual manta de castilla. Observa el bulto. Luego extiende sus alas enormes como un amanecer y vuela en círculos ascendentes hasta verse como un punto sobre el paisaje. Soledad lo sigue con la mirada hasta que lo pierde en la inmensidad del cielo abierto.</p>



<p>Inhala profundo por la nariz, extiende el pecho para llenar por completo los pulmones, cuenta hasta tres y bota por la boca, despacio. Repite el ejercicio y mira a los dos perros que descansan sobre el sillón mostaza. Raúl, un akita territorial y efusivo, duerme recostado con las piernas hacia arriba, dejando a la vista su estómago peludo color crema. Ramiro, quiltro de indeterminado linaje, reservado y cariñoso, a quien le cuesta confiar en los extraños, reposa de lado con las patas sobre los ojos. Soledad se detiene en esta imagen y sonríe. Sobre ellos, un cuadro con un ají pintado en realismo la hace perderse en su rojo y aquel aroma a fruta madura casi podrida viene a su mente. Un ardor nace en la boca del estómago, sube y le quema, cual magma.</p>



<p>Se levanta de la silla y se dirige a la cocina. Rellena la tetera con agua y la pone a calentar a fuego lento. Revisa la despensa y ordena los frascos con la comida, lava un plato con restos de la cena de ayer y decide limpiar el refrigerador. Tira las botellas vacías de vodka, la mantequilla con restos de pan tostado y los sobres de mostaza que se roba del restaurant y que nunca usa. El pito de la tetera le avisa que es hora de su té.</p>



<p>Desde el mueble toma su taza favorita. En ella, encerrada en un corazón, hay una foto de sus cachorros en un paseo a la nieve; encima de la imagen se lee la frase “Feliz Día, Mamá”. Pone dentro una ramita de canela, llena tres cuartos de agua caliente y el resto con agua fría. Corta un pedazo de pan y le unta mermelada de alcayota, se sienta en la mesa y mira a sus perros que, acostumbrados a ser los reyes, se despiertan de su siesta al escuchar la cuchara golpear con el borde de la taza. Ambos se acercan, mueven la cola y se sientan al lado de las piernas de Soledad; la miran con la lengua afuera y los ojos llorosos. Ella divide su pan en tres y le da una parte a cada uno. Les acaricia la cabeza y los besa, huele el olor metálico que expelen desde sus hocicos. El fuego sube hasta su garganta, que se cierra; bebe otro sorbo del líquido tibio, sabe que mejor sería el agua fría, casi congelada. Mira al patio y el bulto sigue ahí.</p>



<p>Espera que pase el tiempo y que la oscuridad de la noche no le deje más opciones que acostarse y descansar. Los jotes, que todavía vuelan alrededor de su casa y su presencia, recordatorio ineludible de que todo tiene que terminar, la hacen ponerse de pie. Abraza el pulgar de su mano izquierda con los dedos de la derecha y camina hasta la puerta; su respiración se entrecorta. Trata de poner su mente en blanco, pero los sentidos se le alteran: todo es azul y rojo. Se detiene en el dintel y observa el jardín, se da media vuelta y vuelve a entrar a la casa.</p>



<p>Sube hasta su habitación y cierra las cortinas. Se saca los zapatos y se acuesta bajo las frazadas; lamenta el haber cancelado la suscripción de internet, ahora podría sumergirse en el loop infinito de ver una serie y así no tener que escuchar la amenaza del silencio. Piensa en pasar la aspiradora, quizás ordenar la ropa del clóset por colores o tomar una siesta e imaginar que, al despertar, aquel cuerpo extraño ya no está. Sigue recostada y el ardor aumenta; comienza a contar en voz alta. En el número cincuenta y cuatro se levanta de un salto.</p>



<p>Camina hasta un mueble blanco ubicado frente a la puerta de salida y lo abre. Dentro, un overol con manchas rojas y unos guantes de goma la esperan. Cierra sin sacar nada y grita. Se sienta al lado de sus perros y hunde la cara en sus mejillas peludas. Ellos, al escuchar el sonido de una moto pasando a lo lejos, corren.</p>



<p>Soledad se viste con el overol, los guantes, y sale al patio.</p>



<p>Firme, pero lento, transita la distancia que la separa de la reja. El ardor le explota en la comisura de la boca mientras los jotes sobrevuelan haciendo círculos sobre su cabeza. Esta no es una situación nueva para ella. Eleva oraciones sin fe para que el bulto sea una bolsa de basura lanzada a su patio por algún vecino inescrupuloso; no quiere volver a repetir la rutina espantosa de encontrar un animal muerto. Lleva contado quince, tres la última semana: nueve gatos, un cisne, dos coipos, una zarigüeya y dos perros. Uno de los canes era blanco y peludo; vio su foto en un cartel de <em>SE BUSCA</em> pegado en el negocio del pueblo. El otro era grande y jaspeado; cuando lo encontró tenía los ojos abiertos, con el horror estampado en la mirada. Todos tenían rastros del mismo ataque: el estómago hundido y desgarrado. A todos los sepultó en el jardín.</p>



<p>Ella está segura de que sus perros son los responsables.</p>



<p>No solo de los que ha encontrado, también de las matanzas en los corrales y gallineros de los vecinos. Le es difícil imaginar a sus cachorros, tan dóciles y cariñosos, atacando y masacrando a otros. No entiende por qué lo hacen, pero se le enfría el pecho al pensar que otros puedan averiguar la verdad.</p>



<p>Ve cómo un jote vuela en picada y aterriza sin levantar polvo; se reúne con sus amigos que picotean el bulto en el suelo. Soledad pasa al lado de las aves que, ocupadas en su labor carroñera, no reparan en su presencia. De cerca, huelen igual que sus perros.</p>



<p>La escena le turba los ojos; se apoya en la reja para no desfallecer. Grita, se mete los dedos en la boca para ahogar sus alaridos y, tras romperse la garganta y sacarlos empapados en sangre, grita con más fuerza. Solo apartando la vista se puede dominar y deja de gritar. Trata de recordar los diversos ejercicios que aprendió en yoga y de pensar en un punto rosa en medio del mar, pero la realidad lo diluye todo y solo puede ver a los pájaros agujereando el brazo de un cuerpo pequeño. Hipnotizada, se acerca más y más hasta quedar en medio de los jotes, que le llegan hasta el pecho y la observan de reojo. El cuerpo está desnudo y maltratado; es un niño. Tiene heridas profundas y sangrantes en el cuello, el estómago y el pubis. El infante la mira suplicante, aún está vivo.</p>



<p>Soledad da media vuelta.</p>



<p>Entra a la casa y acaricia la cabeza de sus perros, que la reciben alegres moviendo la cola; sale con la pala en la mano. Camina hasta el festín de los emisarios de la muerte y piensa que esta vez tendrá que cavar una fosa mucho más profunda.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1186" height="1186" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc.jpg" alt="" class="wp-image-4397" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc.jpg 1186w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/53efc796-5830-4a62-b6e0-22b9f08f62bc-600x600.jpg 600w" sizes="(max-width: 1186px) 100vw, 1186px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Zezé Atabales</strong> (Santiago, 1994) es una escritora chilena de terror y ciencia ficción. Ha publicado cuentos en antologías de terror en México y Argentina y en la revista chilena <em>Imagi</em>. Participa en <em>Cabezas en la ventana. Antología de terror latinoamericano</em>, volumen que reúne textos inéditos de autoras y autores del género en la región. Obtuvo una mención honrosa en el Concurso Internacional del Laboratorio Encrucijada, en Cuba. Recientemente se adjudicó el Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y actualmente escribe su primer libro de cuentos.</p>
</div>
</div>



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<p></p>
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			</item>
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		<title>«El llamado de las ánimas» por TopoPanda</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2025/02/24/el-llamado-de-las-animas-por-topopanda/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 24 Feb 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 12 &#124; Narrativa &#124; Fantasía &#124; 3880 palabras &#124; TopoPanda &#124; Chile &#124; Sunari escucha un llamado ancestral que la guía hacia el corazón del desierto. En su travesía, encuentra a Chalak, una viajera de tierras lejanas que también sigue una búsqueda incesante: liberar las ánimas atrapadas en las huellas de los gigantes. Juntas, atraviesan paisajes desolados y selvas vivas, enfrentándose a recuerdos, cenizas y secretos del pasado. Entre murmullos de espíritus y canciones de un mundo que desaparece, ambas deberán decidir si continuar su viaje o forjar un nuevo destino.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-c306cfa6813b0a78ac1412193e19b151">Sunari escucha un llamado ancestral que la guía hacia el corazón del desierto. En su travesía, encuentra a Chalak, una viajera de tierras lejanas que también sigue una búsqueda incesante: liberar las ánimas atrapadas en las huellas de los gigantes. Juntas, atraviesan paisajes desolados y selvas vivas, enfrentándose a recuerdos, cenizas y secretos del pasado. Entre murmullos de espíritus y canciones de un mundo que desaparece, ambas deberán decidir si continuar su viaje o forjar un nuevo destino.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 12 | Narrativa | Fantasía | 3880 palabras | <a href="https://imaginistas.cl/2024/03/25/topopanda/">TopoPanda</a> | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/02/topopanda.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/02/topopanda.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/02/topopanda-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/02/topopanda-768x503.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/02/topopanda-600x393.png 600w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-right is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p></p>
</blockquote>



<p><em>Sunari</em>.</p>



<p>Retumbó en las rocas de mi cueva y desperté como si nunca antes hubiese estado despierta.&nbsp;</p>



<p><em>Sunari</em>.</p>



<p>Escuché con fuerza el murmullo de los espíritus. Venía desde el desierto y me llamaba. Las demás sabias no lo sintieron, pero me brindaron su confianza y su bendición. Hubo momentos en los que dudé, pues el llamado era diferente al de antes, tenía otra voz, otra melodía. Y me nombraba con otro nombre: Sunari. Las sabias me escucharon y me dieron fuerzas. <em>Si sabes que es tu nombre </em>dijeron<em>, lo es. ¿Quieres ir?&nbsp;</em></p>



<p>Lo dudé, pero asentí sin pensarlo. Entonces llenaron mis alforjas para comenzar el viaje. Pusieron comida, agua y un corazón de piedra para mi regreso.&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>Salí durante una mañana tan fría como la noche que la precedió. El sol comenzaba a asomarse y dividía la tierra del cielo tan claramente como las voces de los espíritus señalándome el camino.&nbsp;</p>



<p><em>Sunari, Sunari.</em></p>



<p><em>Me despido, madre, me despido tierra</em> dije, mirando hacia la cima del cerroderoca en el que estaba mi hogar. Los rayos del sol aún no entraban a las cuevas que parecían dibujos sobre la tierra roja del cerromadre que siempre me había cuidado.&nbsp;</p>



<p>Rara vez nos tocaba descender, era una tarea difícil reservada para quienes peregrinaban al mar y para quienes decidían dejar el hogar y construir otro en alguna parte distinta del mundo. El camino llevaba años, tal vez décadas, sin ser pisado por nuestros pies y la tierra roja se había cubierto de ese polvo dorado que llegaba desde el centro del desierto a los cerros cuando se alzaban los vendavales. Por ahí me llevaban las voces, hacia la base del cerro y hacia el centro del desierto.&nbsp;</p>



<p>Yo ya había visto ese dorado eterno, hace muchos años cuando escuché a los espíritus por primera vez y me encomendaron seguirlos. Ahora era un poco distinto, con líneas naranja oscuro trazadas sobre la arena y con manchas rojas en donde habían caído los asteroides. Pero la sensación que me produjo fue la misma que hace años: inmenso, infinito y a la vez contenido entre los cerrosderoca.</p>



<p><em>Hacia el centro. Sunari.</em></p>



<p>Debía ir hacia el centro del desierto.</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>Los vientos eran cálidos, distintos a los que llegaban a la cima. Movían la arena y me tapaban como las olas del mar que aparecían en los relatos de mis compañeras. A veces mis pies se hundían y el camino se hacía largo y tedioso, pero las voces estaban cada vez más cerca y me motivaban a seguir.&nbsp;</p>



<p>Vi pasar días y noches, vi huellas de gigantes y aves del color del cielo que peregrinaban hacia otras tierras. También vi cuerpos, huesos que poco a poco se convertían en arena y polvo. Las cantimploras y las alforjas se fueron vaciando, mi piel comenzó a arder, las voces se escuchaban cada vez más cerca.&nbsp;</p>



<p>Hasta que una mañana vi otro cuerpo, igual al mío, pero distinto. Me acerqué pensando que estaba muerta, pero aún respiraba. Me miró murmurando palabras desconocidas, de otra lengua que yo nunca había escuchado. <em>No te entiendo</em> dije, <em>no te entiendo</em>. Pero ella repetía lo mismo una y otra vez. <em>No te entiendo</em> repetí, <em>por favor, madre, desierto, ayúdame a entender.</em></p>



<p>Silencio. Se me apretó la garganta y entonces entendí. El desierto escuchó mi plegaria y yo entendí cuando ella volvió a pedir.</p>



<p><em>Agua</em> dijo.&nbsp;</p>



<p>Y luego murmuró mi nombre ¿o fue el desierto?&nbsp;</p>



<p>Y las voces callaron, la había encontrado.&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>Nos refugiamos en una cueva a los pies de un cerroderoca y la cuidé. Dormíamos durante la noche, calientes gracias a las mantas y, durante el día, yo moldeaba con arena un pájaro que nos llevaría de vuelta a casa. A veces todo estaba en silencio, a veces escuchaba un murmullo. Era ella cantando en su lengua.&nbsp;</p>



<p><em>¿Por qué me permiten entenderla, espíritus, madre, desierto?</em> preguntaba yo en voz alta. No había respuesta, solo su voz débil y febril.</p>



<p><em>Ceniza, ceniza, ceniza.</em></p>



<p><em>La tierra es ceniza.</em></p>



<p><em>El agua es ceniza.</em></p>



<p><em>Todo es ceniza.</em></p>



<p><em>Pisa la flor. Písala suavecito&nbsp;</em></p>



<p><em>para que no se le caigan los pétalos,&nbsp;</em></p>



<p><em>para que no te caigas tú</em></p>



<p><em>al fuego</em></p>



<p><em>te</em></p>



<p><em>caes.</em></p>



<p><em>¿Por qué me permiten entender lo que ella dice?</em> Las voces de los espíritus guardaban silencio, yo volvía a meter mis manos en la arena y a convertirla en pájaro.</p>



<p>Cuando estuvo listo ayudé a quien ya era mi compañera a guardar su equipaje. Estaba cansada, pero mejor que cuando la encontré y pudo subirse sin mi ayuda a lomos del ave a la que nombré Trqul, como el viento y el sol. Por primera vez desde que me lo habían dado las demás sabias, saqué el corazón de piedra del bolso. Era azul con tornasoles verdes. Lo besé y lo introduje en el pecho del pájaro, que inmediatamente cobró vida. Se sacudió la arena y dejó ver sus plumas del mismo azul que su corazón.&nbsp;</p>



<p><em>Trqul, por favor llévanos a casa, a mi madre.</em></p>



<p>Me subí sobre su espalda y comenzamos a volar.&nbsp;</p>



<p>Aún no conocía el nombre de mi compañera, ni siquiera sabía si tenía uno, pero supe que era como yo cuando la vi aferrarse a Trqul con alegría y sin miedo mientras tarareaba una canción. Las historias contaban que quienes no dan vida a los elementos temen cuando ven que otra lo está haciendo, y ella no temió. &nbsp;</p>



<p>Sobrevolamos el desierto que, desde las alturas, se veía pequeño. Trqul esquivaba los cerros y se deslizaba por el aire como si llevara años haciéndolo.&nbsp;</p>



<p>Desde arriba vi con claridad las huellas de gigantes. Iban al norte, igual que mi compañera. Y por como las miraba, me di cuenta de que ella las seguía.&nbsp;</p>



<p>Anocheció y amaneció tres veces antes de que pudiera ver mi cerromadre. Durante la cuarta tarde llegamos. Trqul nos dejó en la cima, donde nos esperaban todas. Bajamos de su espalda y besé su frente, susurré las palabras de la vida y lo vimos cambiar de tamaño hasta convertirse en un pájaro como cualquier otro.</p>



<p><em>Sé libre</em>, dije.&nbsp;</p>



<p>Se alejó volando.</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>Con los días logramos descubrir el nombre de mi compañera, era Chalak y venía desde el sur. Con los meses aprendió nuestro idioma y con los años yo aprendí a hablar el suyo. Nunca dejé de entenderla.&nbsp;</p>



<p><em>Sunari </em>decía, <em>un día tendré que irme ¿vendrías conmigo?</em></p>



<p>En las noches frente al fuego, nos contaba sobre su tierra. Decía que era completamente verde y que estaba llena de árboles, ríos y cascadas. Que las cascadas eran agua que caía desde los cerros y que los ríos eran como el mar, pero más pequeños y delgados. Nos hablaba de cuando vio a los gigantes por primera vez y de lo que les habían robado, pero nunca aclaraba qué era.&nbsp;</p>



<p>A veces sus ojos se perdían en la danza del fuego y se llenaban de lágrimas que luego ocultaba tras otra historia que siempre terminaba igual.</p>



<p><em>Voy para recuperar todo eso que se llevaron.</em></p>



<p><em>¿Y qué es eso?</em></p>



<p><em>Algo que se quedó pegado en sus pies.</em></p>



<p>Solo a mí me contaba de las ánimas, los espíritus de su gente pegada a los callos de los gigantes, pero no me decía por qué le importaba. <em>Te lo cuento porque tú lo entiendes, tú las escuchaste y me fuiste a buscar. Ahora yo debo ir por ellas. Ven conmigo, Sunari, por favor.</em> Repetía siempre que nos quedábamos solas, incluso al dormir.</p>



<p><em>Ven conmigo, Sunari, no te quemes con el fuego.</em></p>



<p>¿Qué fuego? ¿A dónde vas? Yo quería preguntarle, pero no podía.&nbsp; &nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>Comenzamos el viaje una mañana tibia. Me despedí de mi gente y de mi cerro con lágrimas en los ojos, luego Chalak y yo descendimos.&nbsp;</p>



<p>Las sabias habían vuelto a llenar mis alforjas con comida, agua y un corazón de piedra, pero esta vez no era para mi regreso. Ellas sabían que no iba a volver y, dentro de mí, yo también lo sabía. A Chalak le regalaron alimentos y aguas profundas de mar para sanar heridas o recuperar fuerzas cuando se estaban perdiendo.&nbsp;</p>



<p><em>¡Que vayan con bien!</em> Gritaron todas desde lo alto del cerromadre hasta que nos perdimos bajo la neblina.&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>Seguimos las huellas que los gigantes habían dejado marcadas en el desierto. Para no quemarnos viajábamos durante la noche, de la cual era más fácil protegerse con abrigos y luces de chispa que Chalak sacaba de sus manos al chasquear los dedos o aplaudir con fuerza. De día todo quemaba y se volvía naranjo, entonces Chalak movía sus manos y con ellas la tierra y la arena que luego usaba para armar una cueva, casi tan fresca como las de mi cerro.&nbsp;</p>



<p>A veces, en las horas en las que todo estaba más caliente afuera, yo despertaba y la veía sentada a la salida de la cueva, llorando.&nbsp;</p>



<p>La arrullaba con las palabras que conocía hasta que se calmaba y se quedaba dormida. Otras veces era ella quien me cantaba en su idioma.&nbsp;</p>



<p><em>Pisa la flor. Písala suavecito&nbsp;</em></p>



<p><em>para que no se le caigan los pétalos,&nbsp;</em></p>



<p><em>para que no te caigas tú.</em></p>



<p><em>¿Has visto el mar?&nbsp;</em></p>



<p><em>¿Has visto cómo va y viene?</em></p>



<p><em>&nbsp;Se parece a ti pero más grande, inmenso.</em></p>



<p><em>Es eterno a veces.&nbsp;</em></p>



<p><em>Eso, pisa la flor.</em></p>



<p><em>No te caigas</em></p>



<p><em>Ya llegan las olas, ellas nos van a llevar.&nbsp;</em></p>



<p>¿Cómo son las flores? ¿Cómo es el mar? ¿Por qué lloras, Chalak? Quería preguntarle todas esas cosas, sobre todo cuando se mezclaba con las voces de los espíritus que volvían a llamarme desde alguna parte del mundo ¿O llamaban a Chalak? Tampoco podía preguntárselo, solo repetían.</p>



<p><em>Sunari</em>.</p>



<p><em>Sunari.</em></p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>De noche todo era distinto. Cuando afuera desaparecían los colores del fuego, Chalak me abrazaba, besaba mis mejillas y salía de la cueva. Con un movimiento ágil de sus manos y brazos devolvía la tierra a la tierra y encendía una luz. Todo a su alrededor era oscuro, a veces azul como la luz de la luna y otras veces negro, pero ella lo iluminaba y se teñía de un violeta blancuzco. Chalak reía y a veces bailaba, sobre todo en luna llena. Tomaba mi mano o me regalaba algo de su comida mientras caminábamos encima de la arena que, poco a poco y sin darnos cuenta de cuando, se fue convirtiendo en tierra de la cual brotaban árboles cada vez más altos y verdes.&nbsp;</p>



<p>Dejamos de viajar de noche y comenzamos a hacerlo durante el día. Con el sol sobre nosotras la humedad era más intensa y los olores de las hojas, de la tierra y de los árboles nos envolvían.&nbsp;</p>



<p><em>Así, casi así huele mi selva.</em> Chalak parecía estar en su hogar, a pesar de lo distinta que era esa selva a la suya que, según contaba, era de verdes más oscuros y árboles de troncos grises y hojas pequeñas. <em>Mira, Sunari, esa es una criatura que nunca he visto</em> decía señalando a un ser peludo y de largos brazos que nos miraba desde lo alto de un árbol o a otro de piel amarilla y lisa que se movía sobre la tierra a unos pasos de nosotras. <em>Yo tampoco</em> le respondía sin más que decir.</p>



<p>Todo a mi alrededor era distinto a cualquier cosa que yo hubiese escuchado o visto antes. Tan verde que a veces cansaba mi vista y tan lleno de sonidos y murmullos como el cerromadre en los días de fiesta.&nbsp;</p>



<p>Guardamos nuestros abrigos en los sacos que llevábamos y recolectamos comida durante algunos días en los que dormimos sobre un árbol. Al comienzo yo temblaba de miedo imaginando que podía caer, pero Chalak me abrazaba, calmándome con su voz o con alguna canción inventada en el momento.</p>



<p><em>¿Ves esa ave de plumas amarillas?</em></p>



<p><em>Son como el desierto, Sunari.</em></p>



<p><em>Son como donde te conocí.</em></p>



<p><em>¿Ves que vuela entre esas ramas verdes de selva?</em></p>



<p><em>¿Ves que vive entre ellas?</em></p>



<p><em>Aún si te vas, Sunari,</em></p>



<p><em>Aún si vuelves al desierto,</em></p>



<p><em>Siempre vivirás en mis ramas.</em></p>



<p>Y besaba mis labios o me abrazaba con fuerza para evitar que cayera. Yo también la abrazaba y besaba ya sin miedo a caer.</p>



<p>¿Por qué piensas que me voy a ir? ¿Por qué crees que volveré al desierto? Quería preguntarle, pero entonces ella me envolvía con su cuerpo y ya no era capaz.</p>



<p>¿Por qué no soy capaz de hacerlo? Esa no era una pregunta para Chalak.&nbsp; &nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>La selva se fue volviendo cada vez más espesa y hostil, en la tierra se movían pequeños seres que podían matarnos con una mordida y desde los árboles nos observaban criaturas hambrientas. Si Chalak no hubiera estado conmigo habría muerto durante los primeros días, pero sí estaba y se preocupaba de no dejarme atrás, de guiarme entre las hojas gigantes que a veces nos cubrían o entre la humedad que me ahogaba y era aún peor después de las lluvias. Se camuflaba, a veces era verde como las hojas anchas y gruesas de algunas enredaderas, otras era invisible. Tomaba con fuerza mi mano y caminaba delante de mí, pisando donde luego yo pisaba y deslizándose por entre las hojas como, noté con el tiempo, yo me movía en mi cerromadre.&nbsp;</p>



<p>Por eso tan poca gente se va del cerromadre, todo afuera es distinto y aterrador. La tierra tiembla y lo remece todo. Sientes como si te hundieras en ese barro blando y pegajoso, esas hojas que a veces se abren dispuestas a tragarte, los seres que se suben a tus hombros, que llenan tus brazos de manchas rojas que pican y que no te puedes rascar.</p>



<p>Quiero volver, pensaba cada vez que quedaba cubierta de barro.</p>



<p>Quiero volver, cuando la picazón y el ardor no me dejaba dormir.</p>



<p>Quiero volver.&nbsp;</p>



<p>Pero Chalak me miraba y me sonreía, acariciaba mis manos o me regalaba una fruta que acababa de cortar. Entonces aún quería volver, pero con ella.</p>



<p><em>¿A dónde vamos?</em></p>



<p><em>Seguimos a los gigantes.</em></p>



<p>¿Cómo los seguimos? ¿Cómo sabes dónde están? Hace soles que no vemos sus huellas. Yo tenía tantas preguntas, pero ninguna salía.&nbsp;</p>



<p>Otra vez todo tiembla.</p>



<p><em>Sunari.</em></p>



<p>Hasta que llegamos a un claro.</p>



<p>Me costó reconocerlo, pero Chalak supo de inmediato que era la huella de un gigante. Entonces las ánimas avivaron su llamado con más fuerza que antes. <em>Sunari, Sunari, Sunari</em> repetían.</p>



<p>Sunari era mi nombre, pero también eran las piedras rojas y la sangre. Tal vez nunca fue para mí ese llamado, tal vez las ánimas estaban invocando al poder de la vida y la sangre, o tal vez nada, tal vez solo era un sonido sin significado. &nbsp;</p>



<p>La tierra tiembla.</p>



<p>¿Hablarán en tu lengua, Chalak? Intentaba preguntarle, pero no podía ¿Qué es eso que hay en ti? ¿Qué es eso que me asusta, Chalak? ¿Por qué no puedo preguntarte? A veces nos mirábamos y era como si me encontrara frente a otra persona, a otra Chalak con el mismo rostro, pero desconocida.&nbsp;</p>



<p>Subíamos a un árbol, bebíamos de las aguas profundas del mar y descansábamos bajo el manto de los árboles y las estrellas.</p>



<p>Entonces ella volvía a cantar. Era como si pudiera escuchar mis pensamientos.&nbsp;</p>



<p><em>Ceniza, ceniza, ceniza.</em></p>



<p><em>Es todo lo que veo, ceniza.</em></p>



<p><em>¿Por qué no me preguntas?</em></p>



<p><em>Ceniza.</em></p>



<p><em>¿Por qué me temes a veces?</em></p>



<p><em>Sunari.&nbsp;</em></p>



<p><em>Si quieres saber</em></p>



<p><em>Por qué seguimos</em></p>



<p><em>Las huellas de los gigantes.</em>&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center"><br><strong>×</strong><br></p>



<p>Cuando encontramos la quinta huella marcada en el suelo y todos los árboles rotos y muertos a su alrededor, nos miramos. Llevábamos días caminando. La comida era insuficiente para juntar energía y las aguas profundas de mar se estaban acabando.&nbsp;</p>



<p><em>Tal vez no lleguemos nunca</em> dijo Chalak mascando uno de los frutos que había recogido antes de bajar del árbol.&nbsp;</p>



<p><em>¿A dónde vamos? </em>pregunté.</p>



<p><em>Seguimos a los gigantes.</em></p>



<p>Nos detuvimos en medio de la selva y por varios minutos solo se escuchó el canto de los pájaros y de las hojas de los árboles.</p>



<p><em>¿Para qué? </em>mi voz quebrada se mezcló con las voces de la selva, pero tomé fuerza <em>¿Qué me estás escondiendo?</em>&nbsp;</p>



<p>Chalak bajó la vista, pensé que iba a comenzar a cantar, pero no lo hizo.</p>



<p><em>Silencio</em> dijo.</p>



<p>Y todo tembló a nuestro alrededor. Caímos y estuvimos a punto de hundirnos en el barro, pero ella me ayudó a volver a estar de pie. Volvió la quietud y Chalak repitió:</p>



<p><em>Silencio como ningún otro. La planicie gris se extendía a su alrededor, no veía nada más y todo estaba quieto, a excepción de las cenizas que se levantaban de vez en cuando al soplar el viento.</em></p>



<p><em>Ya no quedaban árboles. Ya no quedaban criaturas. Ni siquiera quedaba tierra, todo estaba cubierto o convertido en cenizas.&nbsp;</em></p>



<p><em>Todo menos Kiluma, que miraba a su alrededor parada en el centro de lo que antes era el lago Sunari, poblado por peces, ondinas y algas, todas muertas a su alrededor.&nbsp;</em></p>



<p><em>Kiluma cerró sus ojos intentando apartar los recuerdos que llegaban sin quererlo ella, pero esa magia de muerte y fuego se colaba en el negro de su mente cada vez que cerraba los ojos y en cada espacio que podía mirar a su alrededor.&nbsp;</em></p>



<p><em>Dolía casi tanto como su piel que, a pesar de la protección del agua, se había quemado en la espalda y las piernas. Era como si todo temblara aún, pero no, todo estaba quieto y muerto.&nbsp;</em></p>



<p><em>Sunari, Sunari. Recordaba a su lago, a su selva, a su cuerpo antes de deformarse por el fuego. Lloraba, gritaba, pero su voz se mezclaba con las cenizas.&nbsp;</em></p>



<p><em>Caminó hasta encontrarse con un valle, allí perdió el sentido. Cayó sobre la maleza y pasaron años hasta que volvía a levantarse. Su espalda estaba cubierta de pequeñas flores amarillas y blancas y todo a su alrededor también. Ya había sanado y del fuego solo quedaban algunas marcas en su piel, el dolor y el recuerdo de Sunari.&nbsp;</em></p>



<p><em>Lunas y soles la cubrieron, aprendió a vivir en el valle y conoció a quienes lo habitaban. Los amó profundamente, pero nunca se quedó mucho tiempo en ninguna parte, temiendo que volviera ese temblor, esa magia, ese dolor y esa muerte.&nbsp;</em></p>



<p><em>Se movía hacia el norte, guiada por la necesidad de alejarse de aquella que había sido su selva y que ahora solo era cenizas, hasta que un día se encontró con la huella de un gigante.&nbsp;</em></p>



<p><em>De inmediato reconoció esa magia y la invadieron el fuego y el dolor. Donde estaba parada no había cenizas, pero sí había muerte. Y había algo más.</em></p>



<p><em>Era un ánima que lloraba sin parar y suplicaba volver a casa. Me lo quitaron todo, decía, me quitaron todo lo que me hacía parte de este mundo, quiero volver y quiero irme. Si no puedo volver deja me vaya. Kiluma reconoció en esa ánima a uno de los peces con los que había jugado en su hogar hace tantas vidas que creía haberlo olvidado. Lo tomó entre sus manos y lo besó, luego lo aplastó hasta convertirlo en polvo y lo devolvió a la tierra.</em></p>



<p><em>Descansa, le dijo. Se sacó las flores de la espalda y con ellas cubrió el polvo de ánima. Supo entonces que debía retomar su camino e ir hacia el norte, siguiendo las huellas de los gigantes. Siguiendo los terremotos.</em></p>



<p><em>Con sus dedos tejió el traje de hierbas y malezas secas con el que cubrió su espalda y sus piernas. Con sus labios cambió su nombre y se puso Chalak, que en el valle significaba descanso.&nbsp;</em></p>



<p><em>La estrella del norte fue su única guía cuando no había rastros de los gigantes. La llevo del valle al mar y del mar a los cerros. De los cerros al desierto, donde pensó que moriría.</em></p>



<p>Chalak guardó silencio y me miró.</p>



<p><em>Pero no murió, la encontró Sunari, el espíritu del lago que tantas vidas atrás había sido su protector.&nbsp;</em></p>



<p><em>Yo soy de la montaña, le respondí seca. </em>Ella asintió <em>¿Por qué asientes si me dices que soy del lago? ¿Por qué me cuentas esto ahora?</em></p>



<p><em>Tenía miedo.</em></p>



<p><em>Yo también tengo miedo.&nbsp;</em></p>



<p>Ella miró hacia arriba, como buscando algo en los árboles que nos envolvían.&nbsp;</p>



<p><em>No temas, Sunari</em></p>



<p><em>no quiero que sufras.</em></p>



<p><em>El fuego de tu cerro me contó tu historia&nbsp;</em></p>



<p><em>y la mía.</em></p>



<p><em>Me habló de las piedras</em></p>



<p><em>que recogen las almas</em></p>



<p><em>y les dan cuerpo</em></p>



<p><em>y forma</em></p>



<p><em>y madre.</em></p>



<p><em>Me contó y ahora te cuento.</em></p>



<p>El rostro de Chalak se me hizo más lejano y familiar que nunca antes. La selva era la misma, Chalak también, yo también. El murmullo de las plantas y de las aves. Mi miedo. Todo era lo mismo.</p>



<p><em>¿Por qué seguimos a los gigantes? </em>pregunté.</p>



<p><em>Porque en sus pies están todos aquellos seres a los que conocí y amé. Excepto el pez, excepto tú.</em></p>



<p><em>¿Por qué Chalak?&nbsp;</em></p>



<p><em>No lo sé.</em></p>



<p><em>¿Por qué Sunari?</em></p>



<p><em>No lo sé.</em></p>



<p>El llamado cesó, las voces de los espíritus callaron. Solo éramos Chalak y yo, y las plantas y las aves, y el mundo. A lo lejos, hacia el norte, los pasos de fuego y muerte que hacían que la tierra temblara. La miré y ella me miró. Entre nosotras había vidas de distancia y años de conocernos.</p>



<p><em>Tú no los ves, me dijo, pero yo sí. Están al norte, veo el eclipse que provocan y siento el calor del fuego que lo quema todo.&nbsp;</em></p>



<p><em>¿Qué haremos si encontramos a los gigantes?&nbsp;</em></p>



<p><em>No lo sé.</em></p>



<p><em>¿Quieres seguir buscando?</em></p>



<p><em>Sí,</em> dijo con firmeza, luego bajó la vista <em>¿Y tú?</em></p>



<p>Ya no escuchaba el llamado, los espíritus habían guardado silencio para siempre. Ya no había cerros, ni sabias, ni desierto, ni nada que yo conociera ¿Y yo? Yo me conocía desde hace un tiempo, yo podía seguir siendo Sunari la hija de los cerros, las piedras rojas y la sangre. También podía ser Sunari el lago, la tierra hecha cenizas y los cuerpos muertos. Los del desierto y los de la selva. El mío propio.</p>



<p><em>Tengo miedo</em>, le dije.</p>



<p><em>Lo siento mucho, no quería que…</em></p>



<p><em>¿Tú?</em></p>



<p><em>Yo también.&nbsp;</em></p>



<p>Le tendí mi mano y lloramos, Chalak se demoró en tomarla. Habían pasado años, vidas, valles, selvas y cenizas. Habían pasado cerros, rocas, sabias y aves del color del cielo.</p>



<p>Quería volver, quería irme. Pero también quería seguir.&nbsp;</p>



<p>Al norte todo seguía temblando. Se acercaba el eclipse.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<p></p>
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		<title>«Rapto a la sangre» por Kütral Vargas Huaiquimilla</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Feb 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 11 &#124; Poesía &#124; Terror &#124; 227 versos &#124; Kütral Vargas Huaiquimilla &#124; Chile &#124; Rapto a la sangre es una ópera vampírica mapuche que sigue la historia de Rayen del Kütral, una cantante de ópera y vampira de cuatrocientos años. A través de su canto, revive la memoria de la colonización, el despojo y la diáspora, cruzando siglos de violencia y resistencia. Desde el Wallmapu hasta Europa y de regreso a América, su existencia es un eco de sangre, furia y nostalgia.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-d902729515bb5074c181ff92976b0a42"><em>Rapto a la sangre</em>&nbsp;es una ópera vampírica mapuche que sigue la historia de Rayen del Kütral, una cantante de ópera y vampira de cuatrocientos años. A través de su canto, revive la memoria de la colonización, el despojo y la diáspora, cruzando siglos de violencia y resistencia. Desde el Wallmapu hasta Europa y de regreso a América, su existencia es un eco de sangre, furia y nostalgia.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 11 | Poesía | Terror | 227 versos | <a href="https://imaginistas.cl/2024/03/25/kutral-vargas-huaquimilla/">Kütral Vargas Huaiquimilla</a> | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/kutral.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/kutral.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/kutral-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/kutral-768x503.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/kutral-600x393.png 600w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


<h4 class="wp-block-heading has-text-align-center"><br><em>ÓPERA VAMPÍRICA MAPUCHE</em></h4>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-right"><em>Para Y.H. y el recuerdo<br>de un concierto de olas, bajo las estrellas Niebla.</em></p>
</blockquote>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<blockquote class="wp-block-quote has-text-align-right is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p></p>
</blockquote>



<p><strong>Escena</strong></p>



<p><strong>EXT. PLAYA – AMANECER</strong></p>



<p>Rayen del Kütral; cantante de ópera y vampira solitaria de cuatrocientos años, está de pie sobre una roca en la costa del Pacífico. Como todos los días, antes de que el amanecer llegue al litoral que habita, eleva su garganta al cielo. Anclada sobre la dureza de las piedras, deja que las olas y su rumor sean un coro que acompaña su historia.&nbsp;</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center"><strong>Todos ellos llegaron aquí&nbsp;</strong><strong>con la ira de una sombra</strong></p>



<p><em>“En cuanto a Colón mismo, el primer día que hizo contacto con el Nuevo Mundo, afirmó: «Yo, plaziendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis [nativos] a Vuestras Altezas para que deprendan fablar». El secuestro de este primer grupo en Guanahani, el 14 de octubre de 1492, fue seguido por el rapto de cinco hombres, siete mujeres y tres jóvenes en Cuba, el 12 de noviembre del mismo año, y de cuatro hombres en La Española, el 15 de enero de 1493.”&nbsp;<br>Zoológicos humanos.</em></p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>Llegó con la fuerza de la noche</strong></p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>1</strong></p>



<p>Animal fabuloso fui.</p>



<p>Divina cría de la tierra</p>



<p>meciendo en su teta rota</p>



<p>el dolor del viaje.</p>



<p><br>De tiempo la medida del dolor.</p>



<p><br>Todo inició a filo de espada&nbsp;</p>



<p>en la sangre del primer caído.</p>



<p>Fuiste tú mi querido, alba que se apaga.&nbsp;</p>



<p><br>Entre muertos y árboles soñé el futuro de tus</p>



<p>ojos derribados en plena lucha.</p>



<p><br>En el borde del ataque a siglos de distancia,</p>



<p>te invoqué en mi llaga venidera,</p>



<p>por deseo de vientos circulando.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>2</strong></p>



<p>Una sombra bajó en las barcas&nbsp;</p>



<p>junto a esos hombres.&nbsp;</p>



<p>Trajeron consigo el hambre.</p>



<p>Y nadie fue testigo de su gracia, más que yo.</p>



<p><br>Cuando fue pecado nuestra belleza</p>



<p>para la sombra fue deseo.</p>



<p>Ella notó en mi cuello el sabor del paraíso.&nbsp;</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>3</strong></p>



<p>En un siglo de colonias.</p>



<p>Huyendo sobre un caballo ardiente, perdí tu amor.</p>



<p>Atrás voces gritaban en antigua lengua</p>



<p>el despojo.</p>



<p><br>Fui herida por el corte de un santo reino español.</p>



<p>En mi seno abierto nació leche desolada.</p>



<p><br>Espadas y traiciones hundían estirpes</p>



<p>en lagos de ñachi tibio. Quise morir.</p>



<p>En dramático rescate</p>



<p>la sombra trincó el aliento del hombre armado&nbsp;</p>



<p>que quemó mis campos pretéritos.</p>



<p><br>Me dio a elegir la eternidad o morir con mi gente.</p>



<p>Escogí perdurar de triste resplandor.</p>



<p><br>Cercenó mi garganta,</p>



<p>de su mano bebí arcas de voces apiladas.</p>



<p>A laringe cortada intenté vivir paria&nbsp;</p>



<p>en lengua de invasores.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>4</strong></p>



<p>Mi piel mudó de luna su color,</p>



<p>pómulos se hicieron Alpes&nbsp;</p>



<p>en caricia de espanto indígena.</p>



<p><br>Despedí la luz del día,</p>



<p>atormentada de hambre corrí monte adentro.&nbsp;</p>



<p>Buscando la sangre de picaflores y guiñas,&nbsp;</p>



<p>durante siglos Piuchén me gritaron.</p>



<p>No llevaba espada, sólo el filo de mi boca rabiosa.</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>Llanto intermedio</strong></p>



<p>Sentada en las rocas de la historia&nbsp;</p>



<p>observé el mundo caer</p>



<p>y esperé a que nacieras en otros ojos.&nbsp;</p>



<p>Preñé de efemérides mi vientre</p>



<p>un hijo que nunca pude regalar</p>



<p>a patrones déspotas.</p>



<p>Guerras sucedieron, pirámides aztecas abrieron paso al silencio.</p>



<p>Pensé en contagiar de lunas las naciones en declive.</p>



<p>Pero, ¿qué sería de matrias sin sol que guíe</p>



<p>el rastro de nuestra herencia?</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>Rayén del Kütral</strong></p>



<p></p>



<p>Flor de fuego,&nbsp;</p>



<p>antigua como américa desnuda de nombre</p>



<p>vigilé el furor cansado del hurto originario.&nbsp;</p>



<p>Sí me habían robado todo y tu boca</p>



<p>yo robaría la noche.&nbsp;</p>



<p><br>Hui diaspórica a nuevas eras,&nbsp;</p>



<p>y en la ida olvidé mi lengua.</p>



<p>En el canto este pájaro cargaba su propia jaula.&nbsp;</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>Diaspórica</strong></p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>1</strong></p>



<p>Siguiendo estelas de las primeras barcas,</p>



<p>en documento falso, perdí mi nombre de nacida.</p>



<p>Apetencia de visiones brotaron&nbsp;</p>



<p>en el risco de mi ojo.</p>



<p>No pude soñar jamás nunca</p>



<p>nuevamente la tierra de mis pies.&nbsp;</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>2</strong></p>



<p>crucé para verte de nuevo</p>



<p>Mares occisos nacieron por garganta sola,</p>



<p>en navíos de lepra esparcida en islas de Polinesia.</p>



<p><br>A la sombra de Europa fui,&nbsp;</p>



<p>escribí para que ella me encontrara.</p>



<p>Buscaba esa madre de la noche que hizo mi eterna juventud.&nbsp;</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>3</strong></p>



<p>Me hicieron fumar kimonos de sedas orientales.</p>



<p>Y mi sangre ungida en guerras de opio&nbsp;</p>



<p>olvidó olas del pacífico en antiguo Londres.&nbsp;</p>



<p>Ciudades crecieron más que ríos;</p>



<p>Támesis en mi costado,</p>



<p>Sena lleva una lágrima,&nbsp;</p>



<p>Toltén en el recuerdo.&nbsp;</p>



<p><br>Llena de sombra poseí&nbsp;</p>



<p>el canto de una estrella&nbsp;</p>



<p>que dijo ser mi abuela.</p>



<p>Rayen me decía. Rayen me decía.</p>



<p>Prendí el resto de mi nombre&nbsp;</p>



<p>para iluminar la historia.</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>Memoria del canto</strong><strong>&nbsp;</strong></p>



<p></p>



<p>Eterna en el tedio de los vivos.</p>



<p>Crucé el tiempo escuchando&nbsp;</p>



<p>lenguas de Abya Yala perecer.</p>



<p><br>Sofocada en cuellos desnucados,</p>



<p>dejé huellas de sangre sobre la nieve.</p>



<p>En mansedumbre de servicios,&nbsp;</p>



<p>fui polvo que se limpia&nbsp;</p>



<p>en la cocina de Viena.</p>



<p><br>Detrás de una puerta escuchó un hombre</p>



<p>mi balada austral, mientras barría el silencio de mis pasos.</p>



<p><br>Tomó mi brazo para dejar de servir&nbsp;</p>



<p>a ellos y servir de nuevo a la noche,</p>



<p>habitar incierta piel sin reino olvidada de Wallmapu.</p>



<p><br>Enamorada del huir,</p>



<p>una aria manchó mi vestido.&nbsp;</p>



<p>Entre pelucas y luces coreé desganada&nbsp;</p>



<p>y de nórdicas alturas, deserté hasta campos elíseos.</p>



<p></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-center"><strong>CORO</strong></p>



<p class="has-text-align-center"><em>La nombraron reina de la noche.</em></p>



<p class="has-text-align-center"><em>&nbsp;El paso de siglos,</em></p>



<p class="has-text-align-center"><em>eran el parpadeo de una estrella</em>.</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>Preciosa canción de sangre&nbsp;</strong></p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>1</strong></p>



<p>El bosque de Bolougne</p>



<p>eran melgas de antropología,</p>



<p>rostros plantados&nbsp;</p>



<p>por simple lujuria del saqueo.</p>



<p><br>Vi los últimos de su estirpe</p>



<p>ante la mirada de un zoológico perverso.</p>



<p>Quise extirpar en mi don sangriento</p>



<p>esa agonía.</p>



<p><br>En la Tierra Del Fuego&nbsp;</p>



<p>fueron obtenidos y de a poco</p>



<p>quedaron sus restos en soplo&nbsp;</p>



<p>de Europa curiosa.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>2</strong></p>



<p>Marchitos de idioma,</p>



<p>un collar kaweskar colgó del cuello&nbsp;</p>



<p>de un hijo de dioses australes.</p>



<p>Un makun había en otro lugar del jardín.</p>



<p>Y en ese cuerpo estaban tus ojos de nuevo.</p>



<p>No me reconociste en jaulas&nbsp;</p>



<p>que hicieron parir la dignidad.</p>



<p><br>Los salvajes, les dijeron</p>



<p>el futuro murmuré.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>3</strong></p>



<p>Germinó triste calor de ira&nbsp;</p>



<p>Renací en una canción cómplice en la figura de la muerte.</p>



<p><br>Cantaría a las estrellas abriendo mi signo&nbsp;</p>



<p>Y mis pasados constantes.</p>



<p>Yo era el tiempo.&nbsp;</p>



<p>Se hizo ceremonia mi deseo</p>



<p>y canté en el gemido más alto que los Andes.</p>



<p><br>Un coro de áspides lamió mis orejas.&nbsp;</p>



<p>Sin confusión pude oír las profecías.</p>



<p><br>Una pitia de Abya Yala&nbsp;</p>



<p>alucina en fiebre,&nbsp;</p>



<p>ardida de apariciones.</p>



<p><br>Un canto me devolvió la gracia,&nbsp;</p>



<p>tus ojos perdidos en París me trajeron la rabia.</p>



<p>Soñé el tiempo en mi garganta&nbsp;</p>



<p>dónde leído el destino&nbsp;</p>



<p>apareados eran los hilos de dioses.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>&nbsp;</strong><strong>4</strong></p>



<p>Descubrí la noche de mi flor</p>



<p>En la boca nació la otra yo,&nbsp;</p>



<p>arrastrada a la cólera silenciosa</p>



<p>definida por trinares vengativos.&nbsp;</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>EXT. BOSQUE DE BOLOGNE. NOCHE</strong></p>



<p>Rayen del Kütral canta con voz quebrada, una opereta para la muerte que se aproxima a los prisioneros de los jardines humanos. Hasta caer agotada su voz se rompe, luego entre rabia y sed corre a vaciar las venas de transeúntes parisinos.</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center"><strong>Opereta fuera del jardín</strong><strong>&nbsp;</strong></p>



<p class="has-text-align-center">Canto a lo que no tuve,</p>



<p class="has-text-align-center">a las aves extintas y afluentes perdidos,</p>



<p class="has-text-align-center">al maíz quemado en campos imperiales.</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>Opereta de espanto</strong></p>



<p>Una flor que vive de noche&nbsp;</p>



<p>escuchó los árboles de nuevo&nbsp;</p>



<p>Algún hombre confundió mi cuerpo con diosa inca, árabe y china.&nbsp;</p>



<p>Y me adiestré en ser intocable.</p>



<p><br>Rayen Quitral me llamaban&nbsp;</p>



<p>divina india vestida de pálida estrella&nbsp;</p>



<p>confundidos quedaban en mi canto desnudo.</p>



<p>Canté durante siglos que fueron minutos</p>



<p>en mi boca inmortal.</p>



<p><br>Nosferatu de nuevo mundo, dijo alguien.&nbsp;</p>



<p>Y al instante de ser descubierta escapé con mi secreto.</p>



<p><br>Perdida en el tiempo</p>



<p>dormí bajo un teatro italiano</p>



<p>hasta iniciada una guerra nueva</p>



<p>que partió el mundo en dos.</p>



<p>Vestida de noche hui del viejo mundo.&nbsp;</p>



<p>Volví al futuro,&nbsp;</p>



<p>Abya yala indómita ardiendo mi corazón.&nbsp;</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>1982 América el nombre de mi hija&nbsp;</strong></p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>1</strong></p>



<p>Al regreso he sido todas y ninguna.</p>



<p>Diversos nombres y aficiones.&nbsp;</p>



<p>Nana en éxodo de fundos ardientes&nbsp;</p>



<p>a la parada de un bus en la capital.</p>



<p><br>Conocí a mi única hija en una dictadura.</p>



<p>Rostro de un castrato y tus ojos ahí de nuevo.</p>



<p>En neón de un baño, la vi beber de los hombres su deseo.</p>



<p>Cerca del rastro de una luz estroboscópica</p>



<p>reconocí en el aroma de su sangre que se iba en vihda.&nbsp;</p>



<p><br>En la tormenta de un cáncer rosa pregunté</p>



<p>¿De dónde vienes?&nbsp; ¿Cuál es tu nombre?</p>



<p>Américo Curivil, pero me dicen Cookie.</p>



<p>Y supe que seguían sobreviviendo&nbsp;</p>



<p>en documentos de nación ajena.</p>



<p><br>En el abaniqueo de un romance</p>



<p>probé su cuello Farinelli.</p>



<p>Por milagro se hizo un cuerpo igual al mío.</p>



<p><br>Mujer fue abierta en nota estelar&nbsp;</p>



<p>Cruzada de sed por la otra.&nbsp;</p>



<p>Le di vida nueva&nbsp;</p>



<p>y a nadie podría morder&nbsp;</p>



<p>o condenaría su cuerpo al peso de la historia.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>2</strong></p>



<p>Mi piel brotó morena nuevamente.</p>



<p>¿Qué sería de mí si llorara desnuda&nbsp;</p>



<p>bajo un rayo de sol otra vez?&nbsp;</p>



<p><br>Ardo en la paciencia de la noche.&nbsp;</p>



<p>Abierta en el sonido de tu beso</p>



<p>la soledad de la diva&nbsp;</p>



<p>decora el perfil de las montañas con tu rostro.</p>



<p><br>Cuando la primavera cante en ti de nuevo&nbsp;</p>



<p>recuerda la palabra que inventaste&nbsp;</p>



<p>para no tener vergüenza</p>



<p><br>Di el nombre de nuestra tierra</p>



<p>&nbsp;y de los que habitan un huevo en un nido antiguo</p>



<p>Le hablo a tu memoria&nbsp;</p>



<p>solicito al eco que despiertes</p>



<p>en un tiempo que nunca inicia y nunca acaba.</p>



<p>Le hablo a tus pies. Despierta en mí,&nbsp;</p>



<p>donde anida ese recuerdo tan leve,</p>



<p>roca que se hace arena.&nbsp;</p>



<p><br>Soy tu madre, tu espía, amante,</p>



<p>dejo un ramo de lágrimas en el borde de una ola</p>



<p>para cuando escuches este canto.</p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><strong>FIN</strong></p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<p></p>
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