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	<title>fantasía</title>
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		<title>«Blue» por Paula Bonnet</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Feb 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 09 &#124; Narrativa &#124; Fantasía &#124; 3788 palabras &#124; Paula Bonnet &#124; Argentina &#124; En la fría noche de Copenhague, una joven sale a correr escuchando eurodance. Entre el silencio y las luces reflejadas en los lagos, se encuentra con una mujer desnuda y cubierta de un extraño líquido azul. Incapaz de hablar, la desconocida emite un sonido seco y desgarrador. Atrapada entre la inquietud y la empatía, la joven intenta ayudarla mientras la frontera entre lo real y lo fantástico se difumina.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-99dc4e44c501044ea79efd39b3ac56f2">En la fría noche de Copenhague, una joven sale a correr escuchando <em>eurodance</em>. Entre el silencio y las luces reflejadas en los lagos, se encuentra con una mujer desnuda y cubierta de un extraño líquido azul. Incapaz de hablar, la desconocida emite un sonido seco y desgarrador. Atrapada entre la inquietud y la empatía, la joven intenta ayudarla mientras la frontera entre lo real y lo fantástico se difumina.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 09 | Narrativa | Fantasía | 3788 palabras | <a href="https://imaginistas.cl/2025/01/29/paula-bonnet/">Paula Bonnet</a> | Argentina</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/IMAGI2025-2.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/IMAGI2025-2.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/IMAGI2025-2-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/IMAGI2025-2-768x503.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/IMAGI2025-2-600x393.png 600w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-right"><em>Señor, que yo tenga elbrillo de las piedras bajo el agua.<br>Que me brille la voz que me mueve</em>.<br>Carolina Sanín</p>
</blockquote>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p><br>Me pongo los auriculares como un jugador de fútbol que reza un padre nuestro cuando entra a la cancha. No puedo empezar a moverme sin tenerlos puestos. Elijo una playlist de eurodance que hizo un amigo. Creo que correr de noche sola en Dinamarca amerita sintetizadores y melodías poderosas. Suena <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Se237UXFKlQ"><strong><em>Around the World</em> de A Touch of Class</strong></a>.</p>



<p>Giro la cabeza y veo a mi tía caminando de vuelta a su casa. De espaldas, su campera de invierno parece una capa negra.</p>



<p>Son casi las once y media de la noche del 24 de diciembre y las calles de Copenhague están vacías.</p>



<p>Empiezo a correr y pienso que me gusta hacer esto de noche, no estoy acostumbrada. Me hace sentir sola, perdida. Sé que puedo escaparme, que en vez de seguir el borde del lago puedo irme al centro de la ciudad o para el puente que lleva a Suecia o lo que sea. Desaparecer para siempre. Que nadie va a saber más de mí, que no me van a poder encontrar. Siento que puedo tocar esa profundidad oscura de posibilidades, que está cerca.</p>



<p>Los lagos artificiales donde mi tía me recomendó venir a correr son tres: Sortedams Sø (el lago negro), Peblinge Sø (el de les estudiantes) y Sankt Jørgens Sø (el de San Jorge). Son tres rectángulos perfectos, unidos por el borde corto. En el avión que me trajo, solo algunas horas antes de este momento, los reconocí desde el aire. Desde mi ventana a kilómetros de altura parecían agujeros oscuros en una rejilla perfecta y simétrica. Ya estuve en esta ciudad antes y me manejo en su geografía de vieja ciudad europea.</p>



<p>Googleé cómo salir a correr en el frío y concluí que con una rompevientos, dos remeras, guantes y sombrero iba a estar bien. Hacen menos de cinco grados pero con el movimiento siento cómo se forma una capa de sudor entre la ropa y la piel. Como un traje de buzo al que tiene que entrarle agua para mantenerte caliente. Por suerte solo hace frío. Ya no nieva como antes, me dijo mi tía en el camino hacia los lagos, cuando me acompañó hasta acá para estirar las piernas antes de irse a dormir. Me contó que en los últimos años la nieve parece más bien azúcar impalpable sobre los edificios. Antes había metros y metros en las calles y los chicos no podían ir a la escuela, la gente se quedaba encerrada en sus casas calientes. También me explicó que los días después de Navidad las esquinas se llenan de pinos descartados, cementerios naturales de la celebración que fue. Cuando llegamos a los lagos, me dio un beso y se fue. Quizás a ella también le gustan las posibilidades que traen las noches oscuras.</p>



<p>Descubrí este sistema para correr hace unos años en <em>Yahoo! Preguntas</em>. Alguien quería saber cómo empezar a correr sin experiencia. Me copié la respuesta de un pibito que decía ser personal trainer en el bloc de notas de la compu: la primera semana salís. Escuchás música. Una canción corrés, una caminás. A la segunda semana dos canciones corrés, dos caminás. Y así hasta que corras la distancia que te interesa.</p>



<p>Ahora suena <a href="https://www.youtube.com/watch?v=ZMtf_ouMTHw"><strong><em>Mr. Vain</em> de Culture Beat</strong></a> y yo corro.&nbsp;</p>



<p><em>Feel the presence of the aura</em></p>



<p><em>Of the man none to compare</em></p>



<p><em>Loveless dying</em></p>



<p><em>For a chance just to touch a hand</em></p>



<p><em>Or a moment to share.</em></p>



<p>Me gustan las partes rapeadas de las canciones de Eurodance.&nbsp;</p>



<p>Las calles que bordean los lagos están adornadas con guirnaldas de luces que parecen destellos de una soldadura. Con tanto invierno en esta parte del mundo parece que aprovecharan la Navidad para explotar de hermosura la ciudad. Todos los negocios están decorados con pinos de verdad, con flores de Nochebuena rojas como frutillas, con estrellas brillantes y corazones regordetes, los íconos de la ciudad. A lo lejos pasa una chica en bici, una rubia con sobretodo color camello. Su pelo brilla como si fuera la superficie de la luna. &nbsp;</p>



<p>Los adoquines por los que corro están resbalosos. Bajo la velocidad para no caerme. Mi cuerpo me pesa por lo que comí en la cena. Me siento tiesa, incapaz, como si me faltara aceite en las articulaciones. Me paro y miro al otro lado del lago.</p>



<p>En dos días tengo que estar de vuelta en Berlín porque me toca trabajar del 28 de diciembre al 2 de enero en el hotel donde soy recepcionista. Creo que no conozco a nadie que se quede a pasar el 31 a la noche en la ciudad. Me imagino recostada en la cama, envuelta en mi frazada prestada y con unos fideos en envase de telgopor sobre la mesita de luz, escuchando cómo los fuegos artificiales explotan a lo lejos.</p>



<p>Bajo de los adoquines a la arena y sobre esa superficie tomo más ritmo, hago las pausas sincronizadas con las canciones y cuando me toca correr agarro velocidad. Quizás debería haber precalentado, parece que ese es el problema. No hay nadie alrededor y los cafés y bares están cerrados. Las pisadas de mis zapatillas <em>Nike</em> viejas son rotundas entre tanto silencio.&nbsp;</p>



<p>Pienso en qué estarán haciendo mis viejos. Pienso en si me debería haber quedado en Berlín para ir a alguna de las fiestas que me habían invitado. Pienso que no me dan ganas de ir a fiestas de Navidad con gente que no conozco. Pienso en que cuando vuelva a Berlín voy a tener que tomar una decisión.</p>



<p>Ahora suena <a href="https://www.youtube.com/watch?v=p3l7fgvrEKM"><strong><em>Freed from Desire</em> de Gala</strong></a>, así que me toca caminar.&nbsp;</p>



<p>Por la noche los lagos son oscuros, negros, solo me iluminan las luces de neón de los carteles amarillos, fucsias, verdes de supermercados y marcas de cerveza que cuelgan de los edificios que los rodean. Se reflejan en el agua distorsionados, como copias falladas de la realidad. Intento sacarles una foto con el celu pero no sale bien, no se ve lo que veo yo. En algunas de las ventanas hay luz, me pregunto si son cenas de Navidad que están saliendo bien, si hay familias que se pelean adentro, si hay regalos prometidos o en deuda. También diviso floreros con orquídeas, con crisantemos. Adentro las cosas crecen.</p>



<p>Sobre el agua turbia de los lagos veo cómo los patos y los cisnes duermen con las cabezas escondidas entre sus plumas, como barquitos brillantes flotando sobre el agua estancada.</p>



<p>Hace un rato me comí un pato. Mi familia es judía, así que la Navidad no se festeja. No hay árbol ni regalos ni Papá Noel, pero mis tíos me llevaron del aeropuerto a una cena con otras personas judías. La dueña de casa había cocinado pato a la naranja con arroz jazmín y de postre mazapán con chocolate en forma de tronco, algo típico para estas fechas según me dijeron. Intentaron hablar en inglés así yo les entendía pero en algún momento volvieron al danés. Cuando terminamos de cenar, todos sacaron sus agendas y planificaron el próximo encuentro: sería en abril, un viernes a las cinco de la tarde. A las diez de la noche ya estábamos en lo de mis tíos, mirando un reality de pasteleros que tenían que construir tortas de vainilla y regaliz con forma de renos y niño Jesús.&nbsp;</p>



<p>Entre un lago y otro tengo que correr por unos pasos bajo nivel que me hacen acordar a los túneles de los trenes de Buenos Aires, los que sirven para ir de un andén al otro por debajo de la tierra. Olorosos como baños públicos y vacíos pero ruidosos. En mi recorrido parece ser el único trayecto sobre cemento, el resto es arena o tierra y adoquines. De primera me doy cuenta de que no me gusta correr por acá porque siento que hago mucho ruido y el piso es duro. Bajo la velocidad y el volumen de la música que escucho. Suena <a href="https://www.youtube.com/watch?v=CcNo07Xp8aQ"><strong><em>Dancing on my own</em> de Robyn</strong></a>.</p>



<p>Veo que hay alguien en el túnel. Creo que es una sola persona, una mujer. Está sentada, las piernas estiradas, despatarradas. Paso rápido, no la miro. Pero cuando está atrás mío la escucho.</p>



<p>Es un ruido seco. Como cuando a los schnauzer de mi tía les cortaron las cuerdas vocales para que no ladren. Algo así pero con una melodía de fondo. Lo escucho y siento que alguien me pellizca la panza desde adentro, quizás soy yo misma. Paro. Me doy vuelta.</p>



<p>La mujer está desnuda. O casi. Es joven, tiene mi edad o menos. Es una piba. El pelo le cubre las tetas y es tan rubio que parece blanco, como el de la chica que pasó antes en bici. Y está sucio, mojado y grasoso, lleno de palitos y piedras, como si hubiera nadado en una pileta que nadie limpia. Tiene los ojos oscuros y los labios naranja casi fucsia, parecen pintados con labial matte, arrugados y secos. Me parece una chica linda. En Dinamarca todas son lindas.</p>



<p>La piba está toda mojada, su piel está escarchada onda crema chantilly recién batida, inmaculada. Tiene el cuerpo cubierto con mugre que asumo viene de los lagos: pétalos rosa viejo de los cerezos que los rodean, ramas de pino, tierra. Plumas blancas y negras y turquesas tornasoladas. Le miro las piernas y me doy cuenta de que tiene algún tipo de enfermedad, son finitas finitas, como a punto de romperse, desproporcionadas.</p>



<p>Veo un líquido azul y brillante, parece esmalte de uñas de galaxia derretido, que le sale de la boca, que le recorre el cuerpo entero como espuma de shampoo después de enjuagarse. Entre las piernas tiene una maraña que resplandece, una virulana oscura.</p>



<p>La chica abre la boca y hace el ruido de antes, suena como una tos cuando no hay más flema. La miro desde arriba, me da miedo tocarla. Le pregunto en inglés si necesita ayuda, <em>do you need help</em>. Levanta la mano derecha y me señala, tiene las uñas cortas y con brillantina plateada, veo sus yemas arrugadas como si se hubiera tomado un baño largo, hace de nuevo el ruido. Le digo que no hablo danés pero que voy a llamar a alguien.</p>



<p>Salgo del túnel y saco el celu. Sigue <em>Robyn</em> a lo lejos, como desde un pozo adentro mío. La apago. Ahora que camino y no corro mi cuerpo se siente en cámara lenta. Llamo a mi primo Jossi, no lo he visto desde que llegué. Pienso que como es abogado puede ayudar con cosas como estas. Me había escrito un <em>whatsapp</em> para invitarme a una cena con gente joven y judía que no festeja navidad pero no me dieron ganas de ir. Iban a tomar champagne y comer carne cruda, algo que acá se acostumbra. Me generó rechazo. Cuando me atiende está por salir de vuelta a su casa.</p>



<p>Le cuento que estoy en los lagos, que salí a correr y me encontré a una chica, que creo que le pasó algo, que no puede hablar, que a dónde llamo.</p>



<p>Me pide que le mande ubicación, me dice que no está lejos.&nbsp;</p>



<p>Vuelvo a entrar al túnel. La chica sigue tirada, con las piernas dobladas y las manos sobre los muslos, entiendo que me está esperando. De repente hace el ruido. Esta vez le veo la cara cuando lo hace y me doy cuenta de que parece como si adentro le desencadenaran algo y después lo encadenaran de nuevo. De repente jadea, la agota hacer ese grito ahogado. Me pongo en cuclillas, alguna vez me dijeron que para ayudar a alguien hay que ponerse a su altura. La miro a los ojos en silencio. Tiene olor a perejil podrido.</p>



<p>—Help is coming —le digo—. What happened?&nbsp;</p>



<p>De repente, la piba de un manotazo me agarra la mano. Está húmeda, mojada como si se estuviera derritiendo. Me sostiene con fuerza y hace el ruido. Me cuesta mirarla cuando lo hace, parece como si se consumiera por dentro. Agarra mis dedos y los lleva a su cuello, siento cómo vibra todo dentro de ella cuando intenta gritar o gemir o lo que sea, parece un mantra desolador que tiñe todo de oscuro. Incluso a mí misma.</p>



<p>Mi tía me había llenado una botella con agua para tomar durante la corrida. Es del duty free del aeropuerto, transparente con un corazón rojo. Sigue fría y mojada, difícil calentarse con esta temperatura. Me siento con el culo en el piso sucio, lleno de líquido azul, palitos y hojas y le ofrezco a la chica.</p>



<p>—Water?</p>



<p>Me mira a los ojos y abre la boca, estira la mandíbula de abajo hacia mí, me lo pide a su manera. Destapo la botella y le tiro el agua adentro, despacito como si fuera una copa de vino. La chica se atraganta y escupe un poco, el líquido me llega a las manos y a mis propios labios. Me da miedo enfermarme de algo. Me paso la manga de la campera por la cara.</p>



<p>La chica se queda en silencio y me mira. Arrastra la mano por el piso y agarra la mía, esta vez es suave y delicada, como si esperara mi consentimiento. Mi cuerpo de primera la rechaza pero después me quedo quieta, sin entrelazar los dedos, sin juntar las palmas. Siento cómo su transpiración me moja, me hace acordar a un compañero de la primaria que tenía siempre las manos sudadas y rojas por un problema de circulación. Me pregunto si a ella le pasará lo mismo.&nbsp;</p>



<p>La chica apoya las plantas de los pies en el piso y flexiona las rodillas. Pienso que sus genitales están en contacto con el piso sucio. Pienso que no tengo que pensar en eso. Baja la cabeza y la esconde entre las piernas mientras sigue con el brazo estirado y su mano sobre la mía.&nbsp;</p>



<p>—What happened? —le digo—. ¿Qué te pasó?</p>



<p>No levanta la cabeza pero la mueve como diciendo que no. No veo sangre por ningún lado, solo ese líquido azul como jugo tropical por todos lados. Toco uno de los charquitos que se formaron en el piso y descubro que se siente como aceite, no me lo puedo sacar de los dedos. No veo más cosas alrededor, ni ropa, ni billetera, ni teléfono, ni llaves.&nbsp;</p>



<p>—Do you want me to call someone? ¿Querés que llame a alguien?</p>



<p>Ella levanta la cabeza y me mira. La gira al costado como los perros cuando saben que les estás ofreciendo algo bueno. Hace el ruido de nuevo y a mí me empieza a llorar un ojo.</p>



<p>Me animo, doy vuelta la mano y entrelazo mis dedos con los de ella.&nbsp;</p>



<p>—I’m here —le digo—. Acá estoy.&nbsp;</p>



<p>La chica no se mueve.</p>



<p>—Music?</p>



<p>Arranco los auriculares del celular y reviso <em>Spotify</em>. Sigue la playlist de Eurodance ahí, como atenta a mis movimientos. Le voy a contar a mi amigo que la hizo dónde sonó su selección, qué es lo que estaba haciendo yo mientras se reproducía esta lista.&nbsp;</p>



<p>Paso a Robyn, me parece un poco triste y oscura para la ocasión y el aleatorio me lleva a <em>Super Trouper</em> en versión de A*Teens (5).&nbsp;</p>



<p>La chica se sobresalta y de nuevo baja la cabeza. La canción, el sonido, el silencio en el túnel retumban como si fuéramos celulares dentro de una cacerola.&nbsp;</p>



<p>Me pregunto si debería escribirle a mis tíos. Deben estar dormidos con la boca abierta frente a la tele y dos tazas de té verde sobre la mesa, como siempre. Desisto. Empieza a sonar <a href="https://www.youtube.com/watch?v=nZXRV4MezEw"><strong><em>Believe</em> de Cher</strong></a>.&nbsp;</p>



<p>No necesito más de cinco segundos para reconocer la canción. La chica me suelta la mano y señala la botella. El brillito de sus uñas se refleja un poco en la pared del túnel. Abre la boca y le tiro más agua adentro. Cuando intento parar me agarra la mano con fuerza. Me sorprende su agarre. Esta vez no se atraganta. Cuando está satisfecha me suelta, me permite relajar el brazo. Traga y me mira.&nbsp;</p>



<p>Decido cantarle.&nbsp;</p>



<p><em>Do you believe in life after love…</em></p>



<p>La chica me mira. Agarra mi mano, con esa energía de antes y la acerca de nuevo a su garganta. Siento la vibración, como un temblor que evidencia la fuerza de la tierra.</p>



<p>Cuando salgo a correr por Berlín no pongo <em>Eurodance</em>, escucho <em>reggaeton</em> porque me levanta y me pone en actitud. Siento que en Europa mi latinidad es el único punto a favor. La viveza, la piel marrón a ojos de la gente que vive acá, el pelo negro y llovido, el culo que rebota a cada paso, las ganas de bailar. Me pasa que la gente se me hace muy ajena. A mis compañeros de trabajo les sorprende cuando propongo ir a tomar una cerveza. Todos los chicos alemanes con los que intenté que pasara algo son como laberintos de los que no encuentro la salida, llenos de recovecos y calles sin salida en las que nunca me encuentro. Extraño otras pieles.&nbsp;</p>



<p>La chica sigue con mi mano en su garganta. Me animo a más y le acaricio la pierna, justo arriba del talón. Tiene la piel como un pedazo de carne cruda, como húmeda pero no mojada. Ella no se da por entendida frente a mis caricias. Me observo la mano y la tengo manchada de líquido azul. Me huelo los dedos, no me importa que ella me vea. El aroma ahora más que perejil parece eneldo.</p>



<p>Escucho algo y giro la cabeza hacia la entrada del túnel. Lo veo llegar a Jossi en su bici finita y negra, se baja en movimiento con las piernas estiradas como si fuera un bailarín de ballet. Está más pelado que la última vez que nos vimos. Tiene una campera como de piel color mostaza, como un corderito por adentro y por afuera.&nbsp;</p>



<p>Cuando la chica lo ve me estruja la mano desesperada, hace el ruido de nuevo, miro a Jossi y creo que él no lo escucha.&nbsp;</p>



<p>—Don’t worry, he’s Danish. No te preocupes, él es danés.&nbsp;</p>



<p>Pero ella no me hace caso. Se arrastra para el otro lado, con una velocidad que no entiendo dónde guardó hasta ahora y se mueve hacia la otra salida del túnel, hacia una parte más oscura.&nbsp;</p>



<p>Me paro y me quedo entre los dos, entre mi primo, su bicicleta y su sombra y esta piba en la oscuridad.</p>



<p>—Jossi, bancame que yo hablo con ella —le digo.&nbsp;</p>



<p>Él deja caer la bici al piso y duda. Se acerca unos pasos y me grita con su acento argentino adoptado en casa—: ¡No seas pelotuda! ¡Sacate la campera y tapala, tarada!</p>



<p>Me suelto un poco a la fuerza de los dedos mojados de la chica y me saco la rompevientos que me llevé del armario de abrigos de mi tía. Siento el frío sobre mi cuerpo transpirado mientras la tapo. Ella no dice nada, me mira y apenas puede me vuelve a agarrar. Hundida en la campera plateada y azul parece una persona con hipotermia en una película de catástrofes. Le acaricio la mejilla con los nudillos y veo cómo sus ojos siguen mis dedos.</p>



<p>Al otro lado del túnel, escucho que Jossi habla. Lo miro y veo que ya tiene los <em>airpods</em> blancos en las orejas y el celular en la mano, como si fueran partes de su cuerpo.&nbsp;</p>



<p>—¿Tenía sangre? —me grita.</p>



<p>—No —le respondo—. Tenía como un líquido azul por todas las piernas.&nbsp;</p>



<p>Él no me entiende así que se acerca unos pasos más, como si alguien le hubiera dado permiso. La chica hace su grito ahogado pero esta vez parece el definitivo, el ruido de todos los ruidos. Mira a Jossi cuando lo hace. Él esta vez sí la escucha y se queda parado, quieto sin saber qué hacer.&nbsp;</p>



<p>—Salí de acá —le grito.</p>



<p>Ya no me escucha pero me mira como si no me entendiera. Alguien le habla por los auriculares, él le responde en danés. A veces parece japonés de lo distinto que suena. Grita, lo veo enojado, pero me mira fijo. Se da vuelta y sale del túnel.&nbsp;</p>



<p>La chica ahora llora azul, como si un estigma se hubiese generado en sus ojos, y no para de transpirar. Veo que se forma un charco en el piso, me pregunto si es meo, si ella querrá tomar agua.&nbsp;</p>



<p>—Water? —Levanto la botella con el corazón rojo. La muevo como si fuera un premio. Queda poca agua. Me siento en el piso de nuevo.&nbsp;</p>



<p>Ella dice que no con la cabeza y cierra los ojos. Quizás, a pesar de este frío oscuro, ella tiene calor. Levanto un poco la rompevientos.</p>



<p>—Yes? No?&nbsp;</p>



<p>La chica agarra la campera y la tira lejos. Se pone en cuatro patas y se arrastra hacia mí. Me toma la cara con las dos manos, cierra los ojos y refriega su cachete por el mío. Intento soltarla, me da asco. Ella hace fuerza para que no me despegue, veo que abre los ojos, se desespera. Dejo que me frote, relajo el cuerpo. Siento que la piel de mi cara se pone cada vez más pegajosa, cada vez es más difícil que nuestras caras se froten sin lastimarse. La fricción me empieza a doler.&nbsp;</p>



<p>—Wait please, just a second! —Me suelto. Me toco la cara y la siento sucia, también llena de palitos y hojas y mugre. Me levanto y ella me agarra el brazo y me tironea. Desenredo sus dedos de mi muñeca como trenzas y la miro a los ojos.&nbsp;</p>



<p>—Wait —le digo.&nbsp;</p>



<p>Salgo del túnel.</p>



<p>—Jossi, ¿qué va a pasar? Me parece que se siente mal la chica.</p>



<p>Él está mirando el celular. No levanta la cabeza, pero me habla.</p>



<p>—Ahí viene un amigo policía y ya les avisé a los del hospital, es acá cerca así que enseguida llega la ambulancia.&nbsp;</p>



<p>—¿Qué pensás que le pasó? —le pregunto.</p>



<p>—Ni idea —me dice—. La habrán violado o algo así, me parece raro en este barrio.&nbsp;</p>



<p>Vuelve a concentrarse en el teléfono. La pantalla le ilumina la cara de blanco.</p>



<p>Vuelvo al túnel.&nbsp;</p>



<p>La chica no está. La rompevientos es lo único que queda, apoyada en el piso. Me acerco y me agacho. Abajo encuentro pétalos de cerezo, plumas despeinadas, palitos y un charco del líquido turbio, brillante y espumoso. Al lado de la campera está mi teléfono. No me acuerdo cuándo lo dejé ahí. Está negro como un espejo oscuro. Aprieto uno de los botones de la derecha y la pantalla ilumina todo. Veo la playlist. A mi alrededor silencio. Pongo play. Suena <a href="https://www.youtube.com/watch?v=68ugkg9RePc"><strong>Eiffel 65 con su tema <em>Blue</em></strong></a>.</p>



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<p></p>
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		<title>«Arriba» por Iván Ochoa</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jan 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 05 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 3195 palabras &#124; En un mundo donde el cielo comienza a derrumbarse, cuatro personas permanecen atrapadas en una habitación teñida de luces rojas. Una mujer que se define como un umbral de las vidas ajenas, observa con minucioso detalle a los otros: un profesor atormentado por la culpa de un amor perdido, un doctor que oculta su miedo bajo una máscara de racionalidad, y su esposa, una figura pragmática que se resiste a aceptar el fin. Entre reflexiones sobre el pasado, dinámicas de poder y revelaciones personales, los personajes enfrentan la incertidumbre del apocalipsis, donde lo cotidiano se torna sublime y las palabras, insuficientes, intentan abarcar el peso del final.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-e3282c650b7b9fcbfbc75506a8363328">En un mundo donde el cielo comienza a derrumbarse, cuatro personas permanecen atrapadas en una habitación teñida de luces rojas. Una mujer que se define como un umbral de las vidas ajenas, observa con minucioso detalle a los otros: un profesor atormentado por la culpa de un amor perdido, un doctor que oculta su miedo bajo una máscara de racionalidad, y su esposa, una figura pragmática que se resiste a aceptar el fin. Entre reflexiones sobre el pasado, dinámicas de poder y revelaciones personales, los personajes enfrentan la incertidumbre del apocalipsis, donde lo cotidiano se torna sublime y las palabras, insuficientes, intentan abarcar el peso del final.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 05 | Narrativa | Ciencia ficción | 3195 palabras</h6>



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<figure class="wp-block-post-featured-image"><img decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5-768x503.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5-600x393.png 600w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-92e915e38794dce865a1175eea9bc548"><em>The road to Manderley lay ahead.&nbsp;</em><br><em>There was no moon.&nbsp;</em><br><em>The sky above our heads was inky black.&nbsp;</em><br><em>But the sky on the horizon was not dark at all.&nbsp;</em><br><em>It was shot with crimson, like a splash of blood.&nbsp;</em><br><em>And the ashes blew towards us&nbsp;</em><br><em>with the salt wind from the sea.&nbsp;</em><br><br>Rebecca, Daphne du Maurier</p>
</blockquote>



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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a84236a66afec716120641c57b1768d6">Ya no recuerdo lo que hacía antes de la habitación roja; posiblemente leía en la cama o dejaba una encomienda o daba vueltas por la plaza contando las palomas, alternando la forma arábica y los posibles padecimientos o emociones, esta es la (1) Triste, esta es la (2) Histérica, la (3) Esquizoide, la de (4) Episodios Antisociales, la (5) Crespa con el Ego Estratosférico. Curiosísimo pensar que, tal como ahora que el futuro ha sido borrado con un codazo brusco (o al menos puesto en un cordelito, calzón mojado a pleno sol), el pasado ha sufrido el mismo destino y solo existe un huérfano jirón de ahora, esta burbujita de tiempo que flota a la deriva huyendo de un soplido gigante o una aguja aún invisible. No dejo de pensar en cuántas manicuras y felaciones y cafecitos y <em>deliveries</em> han sido cortados a mitad de camino por el filo de lo súbito, lo incognoscible, lo posiblemente fatal.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-de3763ab7e8377be78cb7fbd9a1f8257">En estas condiciones es muy fácil fijarse en nimiedades; por ejemplo, yo llevo dos horas sumida en la forma en que el doctor se sorbe la nariz, como si revelara carácter. Lo pospone hasta el último momento, cuando el moco ya se asoma jocoso y amenaza con trazar un puente entre dos naciones enemigas: la Nariz y el Suelo. Parece absorto a su manera, desafiándose a devolverlo con latigazos cada vez más violentos (quizá piensa en una forma viscosa de <em>bungee</em>) y saboreando en ello la esquina del riesgo, la yema de la palmadita congratulatoria. Incluso tiene un pañuelo de género en el bolsillo izquierdo del abrigo, que se rehúsa a utilizar ya sea por volición o despiste. Quizá es un hombre adicto a las apuestas. ¿Cuál será su recompensa?&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-199f4dd376451d1b9ff67f8dbbe75802">Su mujer evita mirarlo. Las constricciones del espacio la tienen arrimada a sus rodillas, y lo detesta. Lo detesta, pero evita evidenciarlo. Arruga una bolsa de Banana Republic que ciñe celosamente a su regazo. También se mira las manos. No ha encontrado nada en ellas, ni una mancha, ni un dedo de sobra, ni una migaja de paciencia. Estoy segura de que se mira más de cerca para hallar en cada cutícula un hastío distinto, y los lima con la mirada: aquí la indecencia, acá los protocolos, los pudores, la pérdida de tiempo, el flagelo de la talla L, la misantropía, incluso el pavor a que su marido le pegue el resfrío. Creo que todos lo pensamos en algún momento, sobre todo al inicio (¿cuál sería ese?), antes de reparar en que la consecuencia —y todas las preocupaciones de la esposa— son quizá monedas devaluadas. Obsoletas, incluso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e490db1596fd8fe94f2c1d6a2f64abbf">El profesor está sentado de espaldas a la única ventana, el único apoyado en ese muro. Despega la mirada del teléfono solo para posarla sobre las aspas del ventilador, o para preguntarnos con voz azorada si necesitamos algo. Negamos en silencio, y volvemos a los mocos, a las uñas, las ocupaciones propias. La luz roja lo avejenta más que a cualquiera de nosotros. Aun así lo hallo algo atractivo: es trigueño, pelo ondulado y caótico y algo grasoso, barba de varios días, lentes de marcos finos y una camisa floreada por donde asoma el irregular vello del pecho. Sus zapatos cuentan historias de viajes y barros. Es evidentemente maricón. Nadie lo molesta porque se ve muy turbado (a pesar de que no nos importa, es una puerta que nadie quiere abrir), pero no deja de leer noticias ni permanecer junto a la ventana en caso de necesitar confirmación de primera fuente, aunque se defiende dándole la espalda.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c06132f37719309b7e726cee5f824a11">Cada uno de nosotros (banda ecléctica de pacientes, arrancados de la calle y la comodidad de la rutina) tiene una teoría sobre lo que sucederá.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ef494b37ee8bbc885e46b439142c7060">La esposa cree que todo esto es una falsa alarma. Una estupidez. Sus pies están firmemente plantados en su noción de pragmatismo: el uso eficiente de recursos como el tiempo, el dinero, el futuro, todos ellos infinitos, renovables. De seguro su idea de Dios es una tarde en un <em>spa</em> de Vitacura. Gloria al baño de lodo. Está impaciente por llegar a casa y ver cómo su chaleco nuevo combina con su par favorito de zapatos; necesita agendar reuniones con amigas de infancia, continuar su pésimo libro de autoayuda, retocarse el pelo y el solapado fascismo. Personajes así existen, me digo, por montones. Caricatura hiperbólica, un ensayo de persona. Para gente como ella, la finitud es una obscenidad, un concepto mítico: no tanto por la idea global de finitud (ni siquiera porque sea muy tonta para concebirla), sino una puramente egocéntrica. ¿Cómo puedo acabarme yo?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e45e8be91e349af1ba7f50023cf9ba1b">El doctor es un poco más afable. Una estaría tentada a adjudicarle una visión más cientificista (una tormenta solar, un efímero evento cósmico), pero con lo poco que ha dicho se ha entrevisto a un hombre que admira el espíritu. Parece entregado a la idea de que, en efecto y sin importar el cómo, es el final. La aventura del apocalipsis. Yey. Eso es lo que veo desde fuera. Está convencido de su propia bondad, en caso de necesitarla. La bondad como moneda de intercambio. Get Out Of Jail Free Card, como en Grand Theft Auto. (¿Acabo de pensar un juego de video mientras está pasando esto? ¿Pero, qué está pasando?). Debe ser una suerte el vivir tan seguro como él, si fuese el caso. Aquí está mi bondad, un canasto con mis buenos actos, todos impolutos y ejecutados de punta a punta, ordenados según fecha, ahínco de intenciones y resultados finales, incluso reseñas de usuarios. Ha salvado a muchos, sosegado a uno que otro, es la santidad en carne: cuatro y media estrellas. Una app llamada Good Deeds. (Sería hilarante que solo fuese un dentista. Un podólogo benevolente. ¿Son miembros del pueblo elegido de Dios? Por qué no, hasta los seres eternos deben tener las uñas encarnadas).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b896e1def934c8d570e69ff2b0443c87">Por lejos, el profesor ha sido el más nervioso. Necesita saber qué pasará, como si ello fuese a cambiar algo. Hace un rato habló de una mujer llamada Gertrude Ökenlo, ciudadana sueca cuyo caso leyó en la revista argentina Rarezas, mientras viajaba con su padre en el verano del 2000. Gertrude alertó a las autoridades de Gällö, pequeña localidad de Jämtland, sobre un desplazamiento en la línea del horizonte a lo largo de diez días, en julio del ‘91. A primera visa, lo creyó un hundimiento del terreno. Luego de las mediciones correspondientes, le informaron que no había causales de preocupación. Sin embargo, la mujer —jubilada, recientemente enviudada y, según ella y sus vecinos, habituada a largos periodos de observación desde su ventana— estaba convencida de que el cielo estaba inusualmente más abajo de lo normal, lo que le provocaba una punzante sensación de angustia. Antes de someterse a pruebas médicas (sugeridas por ella misma; nunca perdió del todo el uso de razón), Gertrude falleció a causa de un paro cardiorrespiratorio, se había enterrado a sí misma en su jardín.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e08fd7a0daf58702616c23a3f6b7a364">La historia de Gertrude, y otros casos subsecuentes (escasos, según él), le provocaron casadastrafobia, un miedo irracional al cielo. Pobre hombre. ¿Cómo vivir temiendo algo que es ubicuo e inevitable? Relame aquella anécdota como un primer anuncio, una profecía. Por un rato enumeró posibles escenarios y correspondientes soluciones (entre ellas clavar la vista en los zapatos y evitar mirar el cielo, reduciendo todo a un episodio de vértigo. Se ha pasado tres cuartos de hora pegando papeles con frasecitas aleatorias en su empeine para forzar la unión ojo-pie, partir en dos una estrofa de Keats pero empezar por el derecho y reparar en el error que termina bendiciéndolo y díganme si necesitan algo), y si bien partimos oyéndolo por deferencia ya dejamos de reconocerlo, así que asume las aspas como nuevas interlocutoras. Es triste, porque siendo tan joven (bordea los treinta, igual que yo) pareciera cargar tantos bagajes y remordimientos, una lengua de locura erosionándole la nuca y razonando, por supuesto que la fijación en los zapatos y la firmeza del suelo, el rescate de Keats, el empeine en la línea de defensa. Quizá tiene un secreto, algo que amerite redención.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-cba96e74371167606fd3634c12bdcb7d">Qué curioso cómo la gente refugia sus miedos y verdades bajo avatares y techos: un sorbido de mocos disfraza el ansia de aventura, disfraza el nerviosismo; una uña, el sumidero de impaciencia; un teléfono y un par de zapatos como la forma más digerible del miedo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4e9496dde0084224c327c986418ae80a">Cada uno tiene una teoría sobre lo que sucederá. Excepto yo.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-dc4edf358ca953a24373c0f464eff529">Sin hallar la cabeza de este hilo sé que estoy acá por inercia, porque así he llevado siempre mi vida: atada a las voluntades ajenas, las encomiendas, el conteo de palomas. Supongo que es una forma de abstención, hacer de los otros mi refugio, asumirme lienzo en blanco y migrar del cubismo al dadá sin mayor esfuerzo. Todos los pensamientos son ciertos. Me asumo liminal y camaleónica, un umbral para las habitaciones de la gente. (¿No dicen que en caso de sismo los umbrales son lo único que permanece en pie?). No me importaría resfriarme, no me importan las narices ni las uñas ni los finales ni Dios ni los zapatos, a menos que me signifiquen réditos y conexiones y un momento de falsa humanidad. Compañía, incluso. Desayuno falsedades.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ab9e084395643ca965974f6797f8bd15">Una vez tragué el semen de mi hermano solo por matar el tedio. Eran circunstancias similares: una tarde muerta, el tiempo atascado en el cauce alquitranado de febrero. Estábamos en la casa de campo esperando a que volvieran del hospital de Los Ángeles, donde mi madre había ido de urgencia por lo que podía ser un derrame. Vagando cerca del huerto de tomates, encontré a Lucas masturbándose a la sombra del aromo. Lo miré un rato por partes, hilando el vaivén rítmico del brazo a su torso al cuello erguido al tronco del aromo y de pronto la totalidad simple de Lucas, Lucas en sí mismo en una acción cargada de luquicidad. Parecía excitado con la mera forma del cielo, la sensualidad de sus tonos, su honestísima apertura, la gigantesca vulva azul ofreciéndose sin capciosidades. No titubeó cuando me vio mirándolo, y devolvió el gesto. Me invitó a hincarme a su lado. Desde arriba me reflejó la tristeza que no sabía que acarreaba —algo que solo asoma en estos silencios vacuos—, y de a poco empezó a convencerme de ayudarle, de extenderle una o dos manos fraternas y pronto la insinuación de la boca y la punta de la lengua; al cabo de tres nubes me ofrecía su consuelo líquido. Sabía salado y abundante. Lo acepté, me quedé con él viendo el carrusel de nubes y las vastedades varias, y comencé a conocerme.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-27d2b46aaacdb4c316a9e81efe1217d9">Replicamos la dinámica por un tiempo. Con mamá recuperándose en casa intenté sugerirle otros espacios cubiertos, quizá el establo o el entretecho o la deshabitada casucha de Ramírez, pero esto resultaba en finales a medias, estacatos nimios que terminaban olvidados en el suelo ante la curiosidad de las hormigas y la propia. El motor de Lucas parecía ser la sensación de libertad, el tenerme a la espera de su leche en la pura verdad de la intemperie. Yo asentía para no sentirme sola. Después, de un momento a otro y sin explicaciones, puso fin a la práctica. Jamás lo conversamos. Sobre la historia hay ahora una maltrecha alfombra de silencio.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1ffd36ddd9f73e3d04557c6281000f4c">Cada cierto rato me asomo a la ventana por curiosidad. Afuera la situación es la misma que acá. La calle se vacía, los últimos autos merodeando la rotonda camino a sus casas, en plan de emergencia. La gente, curiosa pero precavida, mira desde sus balcones hacia el cielo rojizo en busca de señales nuevas; el sol, aparentemente, ha dejado de moverse. Una bandada de gaviotas aletea sobre la torre Fritz-Matte. Dedicándoles más tiempo se hace obvio que solo hacen eso: aletean sin moverse, congeladas en el aire. Las nubes son del mismo color que un cielo de Vermeer: gruesas y llenas de carácter. Lentamente, han comenzado a tragarse el último indicio de ambiente citadino. Es el sonido de la espera. Al centro de la plazoleta, en la rotonda, un solo árbol arde con llamas blancas. No hay bomberos a la vista. Desde la altura todo se ve distinto, más indefenso y prescindible, quizá Dios nos ve así mismo. (Curioso cómo Dios es cada vez más una presencia asumida en los escenarios hipotéticos; de todos modos, no sé a quién más adjudicarle la autoría. Cualquier otra cosa se sentiría de mal gusto y ya habría ido al grano. Esta dilación del tiempo y las paciencias y los símbolos parecen solo obra divina, alguien que nos fuerza a esperar su descenso porque ha fijado una hora específica y asume su importancia, su ego, su solidez de trayectoria. Una Madonna cósmica).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d50596a4765e03b31e423d50b09569f8">Si fuese Dios quien bajara del cielo abierto, se la chuparía. Los dioses necesitan putas más que podólogos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2c0a90d8a455d69a6088db143fccb5c0">El profesor pregunta otra vez si puede hacer algo por nosotros. El doctor y yo negamos con la cabeza; su esposa titubea antes de sugerir un vaso de agua que en verdad no quiere. Él parece decepcionado, pero consiente y se para a rellenar un vasito desechable con agua del dispensador. Se lo entrega a la mujer con plena esperanza de haber hecho lo correcto y ahora la confirmación, el sorbito triunfal que sella el favor, pero la mujer guarda el vasito en la mano libre y regresa a la parte seca del suelo. El profesor finge desinterés y retorna a su muralla evitando la ventana; se deja caer con un gesto insípido y comienza a llorar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-fbcdb553d75defa686bd0c4904c2040f">No sabemos qué hacer. Sus pucheros son absurdos, pero sinceros y pueriles. Ahora la mitad de los presentes sorbe sus mocos. Me pregunto si el verdadero fin será cuando completemos el cuarteto. Intentamos fingir que nada está pasando, buscando distintos puntos de interés, pero la habitación es un desierto que rechaza toda estadía prolongada. Es inevitable volver al marica llorando. Solo queda relegarlo a la esquina del ojo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f920ab8ef7ecf68918fbb3d95dce1e58">Pero no desiste, y entonces va desenrollando una alfombra frente a nosotros, tejida con sílabas lentas y viscosas y exhalaciones que van creciendo y entremedio un dolor en el pecho, una punzada terca llamada Daniel o Diego, este Diego del que ya no sabe hace mucho, cinco o seis años, seis años, repite más seguro, pero que sigue sintiendo por las noches y al caminar por Ahumada, cerca de las ruinas del Lido donde alguna vez una película y un beso. De a poco escupe a Diego que no suena para nada como un problema cardíaco, cómo podría siendo un hombre tan menudo y aficionado a Bowie y las cervezas sabatinas, mirando el Santiago nocturno desde la terraza de su casa imposiblemente alta o desde los ojos del mismo profesor, donde también se detenía por minutos para decir qué lindo este juego de manos en la mesa, la sencillez de una yema sobre una cutícula ajena, pareciera que bailara o que enviara un mensaje en morse. Le dijo aquello y continuó repitiendo el mensaje, punto raya caricia punto punto, sin mediación de un diccionario porque ambos sabían qué significaba y cuánto lo habían buscado, en otros años y otros cuerpos, y al fin ahí estaba, cosa de levantar un dedo y verlo expuesto, sin miedo al viento precordillerano ni al juicio del cielo, mirando hacia arriba, hacia ambos, con la calma de un gatito recién alimentado; ambos lo miraban de vuelta pensando qué cosa tan curiosa, tan chiquita y sin embargo sin esquinas y a medida que se la mira pareciera estirarse y desparramarse sobre la vía de la cutícula, todo ello contenido en el mínimo gesto de esas dos manos encontradas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-35e4657d69a1aa1264dd6c91cdd98ac1">Aquí el llanto se vuelve alud y va arrastrando todo tipo de lamentaciones, algo sobre un alejamiento y la subsecuente traición en forma de felaciones a terceros, el cliché de la infidelidad por hastío o por cuestiones genéticas; la cosa es que Diego ya no fue más y desde entonces el profesor se siente condenado, pagando una deuda en cuotas interminables y cómo se vive sabiéndose culpable, la culpa es una casa erigida en el peor de los barrios, avenida Maldad esquina Egoísmo, esquina Sabotaje, esquina Absolutísima Falta de Méritos, y él transitando a paso lento sin zapatos ni estrofas que lo salven, sin noción de caminos ni destinos y lo más probable es que luego trote en círculos sobre gravilla hirviendo. Menciona sus manos y se las mira histérico porque no tienen nada, nada con qué defenderse de la muerte, y si este fuese el fin, si el mundo acabara aquí y ahora de mil formas posibles (mil mundos distintos) él se iría con las manos vacías en todos, sin amor ni redención ni un ápice de calma, y por ello quiere hacer lo posible por saberse bueno y salvarse, depositar toda su esperanza en un vasito de agua y con ello poder mirar el Cielo de nuevo y ganárselo, eso o el beneplácito de un cualquiera, una palabrita de aliento, de perdón desnudo y desinteresado, y nosotros entendiendo que además de ser doctores y esposas y putas ahora también somos Diego.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bb2293d23c91121ca82dab178d449b99">Lo dejamos llorar un rato hasta que el doctor espeta un seco “te lo buscaste”, frasecita que extiende un hilo tenso entre los ojos de su esposa y los míos, el tejido menos esperado porque qué tengo que ver yo con ella en esta historia y en la vida, pero ambas reconocimos que aquello había sido una quemadura química, remate a un animal ya moribundo. El doctor prosiguió a sorberse los mocos como si no hubiese apuñalado a un hombre donde más le duele, el órgano de la esperanza más blanda, y toda su proclamada bondad sangrando junto al moribundo. La esposa miró el vaso de agua y vio en él un naufragio de decencia, pero también un gesto radicalmente fútil, si al fin y al cabo todo era paliativo y quién querría placebos en lo que podía ser el fin de un mundo. Yo nunca he tenido el hueso de la compasión en el cuerpo, pero entendí que mi boca cerrada era el mayor consuelo a disposición, preferible eso a una broma de mal gusto ante un hombre que literalmente se deshacía en aguas y ahogos. Por lo mismo nadie se atrevió a contarle del cielo, que entre el Diego amado y el llorado había masticado de a poco los techos, la curiosa sensación de estar cayendo en un precipicio a la inversa igual que la estrofa de Keats. Solo después de un rato la esposa se atrevió a ponerlo en palabras de la forma más sencilla: «Se está cayendo el cielo», dicho en un susurro benigno, como una canción de cuna. Los tres miramos por la ventana a destiempo y nos unimos a tantos otros que hacían lo mismo desde sus balcones, de seguro hilando las palabras para describir lo indescriptible, y el profesor hundiéndose en la certeza de una condena que quizá no era solo suya, después de todo quién no es culpable de techos y mentiras y miradas al suelo, en la búsqueda inútil de una verdad que está arriba y solo arriba, donde el profesor fue a parar como si se tratase de los adoquines, luego de preferir la ventana a nuestra indiferencia colectiva.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-50992e2d0ce8542b8bd22fc9025b7480"></p>



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