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	<title>ciencia ficción</title>
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	<title>ciencia ficción</title>
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		<title>«Géneros fronterizos» por David E. Muñoz Ballier</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Mar 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 16 &#124; Ensayo &#124; Ciencia ficción &#124; 1584 palabras &#124; David E. Muñoz Ballier &#124; Chile &#124; En este ensayo se explora la intersección entre lo queer y la ciencia ficción, cuestionando su conceptualización dentro de la literatura. Analiza cómo la teoría queer (TQ) ha sido resignificada y comercializada, señalando sus limitaciones y críticas, como su lenguaje elitista y la desdibujación de identidades. Se cuestiona si lo queer es una etiqueta de mercado o una episteme que permite nuevas formas de interpretar la ficción. Finalmente, propone que la literatura queer no debe limitarse a políticas de identidad, sino abrirse a la exploración estética y emocional de la diversidad sin sucumbir a imposiciones comerciales.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-873b8ef99389cf728c1747d714f01d58">En este ensayo se explora la intersección entre lo queer y la ciencia ficción, cuestionando su conceptualización dentro de la literatura. Analiza cómo la teoría queer (TQ) ha sido resignificada y comercializada, señalando sus limitaciones y críticas, como su lenguaje elitista y la desdibujación de identidades. Se cuestiona si lo queer es una etiqueta de mercado o una episteme que permite nuevas formas de interpretar la ficción. Finalmente, propone que la literatura queer no debe limitarse a políticas de identidad, sino abrirse a la exploración estética y emocional de la diversidad sin sucumbir a imposiciones comerciales.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 16 | Ensayo | Ciencia ficción | 1584 palabras | <a href="https://imaginistas.cl/2024/03/25/david-e-munoz-ballier/">David E. Muñoz Ballier</a> | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david-768x503.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david-600x393.png 600w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>El concepto queer surge para nominar peyorativamente a homosexuales y lesbianas, para encorsetarlos con la vergüenza lingüística de ser “maricones”, “marimachos”, “invertidos”, “tortilleras” y, en general, a “desviados sexuales”. También, para referirse a todas aquellas personas que se distancian de la asunción general de la heterosexualidad como norma primaria y deseable. Es, en suma, un acto verbal cuyo propósito primario fue la humillación y el castigo por medio de la palabra, ya que lo nombrado adquiere existencia y se puede valorar y juzgar.&nbsp;</p>



<p>Sin embargo, el colectivo LGBTIQ+ no solo resignificó y reivindicó la palabra apropiándose de ella, sino que la convirtió, en lo subjetivo, en una identidad; en una serie de rasgos propios que le caracterizaba como comunidad. Pero ¿Cuáles serían esos rasgos o notas distintivas?&nbsp;</p>



<p>Pensar en una suma de facciones tan heterogéneas complica el panorama, porque si algo tiene lo queer es haberse transformado una suerte de vocación por la diversidad estética y de manifestación.&nbsp; Por ello, probablemente el paraguas abarcador que se encontró para incluir dentro de ellas tantas identidades fue el de ser un espacio de existencias fronterizas, un set de variopintas maneras de habitar el espacio social sin caer en el binarismo del sistema sexo-género. Un modo de existir en lo social que esquiva las nomenclaturas e imposiciones de lo tradicional, pero que no necesariamente escapa de las mismas trampas.&nbsp;</p>



<p>Si algo comparte lo queer y la ciencia ficción es que ambos conceptos han sido utilizados como bolsas o sacos de vertido en los que se engloban personas, personajes, historias y manifestaciones de muy distinta naturaleza, pero que comparten porosidades de género: uno, en un sentido identitario; el otro, desde el plano estético-literario. Más allá de esto, también comparten el hecho de haber adquirido el estatus de etiqueta comercial rentable, fenómenos como el queerbaiting<sup data-fn="0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f" class="fn"><a href="#0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f" id="0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f-link">1</a></sup>  y el queercoding<sup data-fn="6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141" class="fn"><a href="#6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141" id="6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141-link">2</a></sup>  son evidencia de ello.  </p>



<p>Pensar lo queer, y más concretamente, pensarlo desde y en la literatura de ciencia ficción supone ciertas reflexiones orientadas a indagar sobre a qué elementos se les otorga tal denominación. Un intento de observación justa, debiera abordar cuestionamientos que no deslinden lo queer de lo literario. En esa línea, las siguientes cuatro preguntas posibilitan indagar tal espacio:</p>



<p>1. ¿Lo queer será una valoración social y comercial consecuente a la realidad identitaria de quién escribe una obra? (Lógica de la identidad).</p>



<p>2. ¿Lo queer estará dado o será una forma de “contabilizar” una mera vitrina de representaciones sociales on-demand en el producto ficcional? (Check list de cuotas de representación).</p>



<p>3. ¿Lo queer será una manera de leer los contenidos de las interacciones de los personajes de una obra? (Análisis de contenido o análisis del discurso).&nbsp;</p>



<p>4. ¿Lo queer será una suerte de episteme, es decir, una forma de entender e interpretar el mundo ficcional propuesto? (Mirada antropológica e ideológica).</p>



<p>Las primeras dos preguntas no me resultan de particular interés en este trabajo por cuanto suponen un estado de las cosas que es característico de las lógicas de la militancia y que, por consiguiente, tienden a cerrar el discurso y el pensamiento. De modo concreto, desecho estas preguntas/posibilidades, ya que, a mi juicio, constituyen una respuesta que surge desde las estructuras de razonamiento del capital que tienden a buscar la cristalización de las ideas. En cambio, las siguientes dos preguntas nos proveen de un espacio de diálogo mayor:&nbsp;</p>



<p>Si lo queer posibilita una manera de leer los temas, argumentos y personajes de una obra, estaríamos dotándonos de una serie de herramientas conceptuales que permiten el análisis de contenido y el análisis (crítico) del discurso. Esto es, leer los productos culturales con una clave similar a la que plantean ciertos feminismos contemporáneos cuando proponen observar con las “gafas violetas”<sup data-fn="ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d" class="fn"><a href="#ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d" id="ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d-link">3</a></sup>. De hecho, esto ya existe y se llama Teoría queer (TQ, en adelante) y es uno de los tantos campos de la teoría crítica contemporánea. </p>



<p>Desde y sobre la TQ se ha escrito vastamente, sin embargo, genera posiciones sumamente encontradas. En particular me gustaría detenerme en tres críticas interesantes para nuestros propósitos:&nbsp;</p>



<p>1. Debido, entre otros factores, a que su ámbito de circulación es el académico, la TQ se vale de una jerga de corto alcance y poco compromiso<sup data-fn="b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5" class="fn"><a href="#b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5" id="b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5-link">4</a></sup>  social. Se le acusa de ser elitista y servil a los intereses de ciertos grupos privilegiados y con poder. </p>



<p>2. Dado su carácter deconstructivo, en la TQ es complejo tratar cuestiones como lo “gay” o lo “lésbico”, ya que estas serían categorías socialmente construidas que terminan siendo cuestionadas y reducidas a hechos de discurso. En consecuencia, se clausura la posibilidad de indagar en las identidades y subjetividades<sup data-fn="b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c" class="fn"><a href="#b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c" id="b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c-link">5</a></sup>.</p>



<p>3. Debido a que queer constituye más un significante hiperonímico e indeterminado que un concepto que se identifica con un significado unívoco, se vuelve complejo utilizarlo para referirse a una orientación, estado u objeto de género o sexual. Por consecuencia, borra a los sujetos de discurso en sus singularidades y amplía ad infinitum su uso (un hombre heterosexual cisgénero que goza del placer sexual sadomasoquista podría ser considerado queer para algunos teóricos).</p>



<p>En suma, las críticas a la TQ sostienen que esta es un espacio de discusión y producción discursiva funcional al poder económico y social, cuya lógica conceptual es hermética y que adolece de un efecto consecuente a su propia manera de producir: desaparece al sujeto de su interés y desdibuja su identidad.&nbsp;</p>



<p>Hay quienes han propuesto una salida alternativa a dicha situación y promueven una reformulación queer del test de Bechdel/Wallace<sup data-fn="651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f" class="fn"><a href="#651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f" id="651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f-link">6</a></sup>. Dicha prueba cumple con el propósito de “evaluar” la brecha de género en las películas en general y, por extensión, en series, comics, libros u otros objetos artísticos narrativos. </p>



<p>The rule, como también se le conoce al test, propone analizar si una obra cumple con lo necesario (no suficiente) para una representación equitativa en cuanto al género. En su versión original, contiene los primeros tres requisitos, mientras que, en una versión posterior, se añaden los otros dos. Se puede responder a modo de cuestionario frente a una obra narrativa y preguntarse si en ella:</p>



<p>1. Aparecen al menos dos personajes femeninos,</p>



<p>2. que mantienen una conversación,</p>



<p>3. que no tiene como tema un hombre.</p>



<p>4. Las dos mujeres son personajes con nombre, no simples figurantes.</p>



<p>5. La conversación entre las mujeres se centra en temáticas distintas a las relaciones personales afectivas.</p>



<p>Ahora bien, aunque la posible utilización de una reformulación queer del test de Bechdel/Wallace puede resultar interesante y hasta entretenida, no deviene en otra cosa más que un ejercicio o desafío de evaluación superficial de contenidos de masas. Su uso no constituye un cuerpo teórico, un campo crítico o una aproximación conceptual desarrollada. Por el contrario, dejaría a la TQ en una posición de cuestionamientos mayores, ya que funcionaría más bien como una suerte de “contabilidad” de representaciones identitarias para las producciones culturales del mercado. Un checklist de personajes de pie forzado por la cuota social requerida.&nbsp;</p>



<p>Cabe entonces plantearse ¿qué vías quedan para pensar lo queer en la literatura? Una alternativa que puede plantearse como interesante se desprende de una de las preguntas antes enunciadas: ¿Lo queer será una suerte de episteme, es decir, una forma de entender e interpretar el mundo ficcional propuesto?</p>



<p>Hay quienes abogan que lo esencialmente identitario de lo queer es su carácter confluyente en cuanto al género, sexo y sus expresiones. Otros, sostienen que es una etiqueta de la resistencia a la norma (esto lo pone en un lugar de par a la potencia creadora de la ciencia ficción). Aunque confieso que resulta sumamente atractiva la idea de que lo queer en la literatura sea entendido como una subjetividad colectiva que interpreta el (los) mundo(s), me parece problemática la posibilidad cierta de que ello ocurra. De modo concreto, me surgen dos preguntas: ¿puede haber una única forma de conocer e interpretar el mundo desde identidades tan heterogéneas? ¿sería esto una forma de episteme o más bien una manera estético-discursiva de evaluar las obras?</p>



<p>De cierto modo, a dichos problemas se refiere Thomas Nagel en el ensayo “What Is It Like to Be a Bat?”<sup data-fn="fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69" class="fn"><a href="#fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69" id="fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69-link">7</a></sup>.  En él, el filósofo plantea, por medio de un experimento mental, que las características de la experiencia subjetiva de los seres está vinculada de manera determinada a la naturaleza de su ser y a sus experiencias, afirmando, de esta forma, la imposibilidad de saber de manera cierta qué se siente ser como ese ser (¿podría yo, un hombre homosexual cisgénero, saber cómo se siente ser una mujer lesbiana transgénero?). </p>



<p>El problema, como podrá inferirse, reside en que la literatura no tiene por efecto y/o función proveer de un acceso epistémico a las realidades de otros seres —o no necesariamente<sup data-fn="27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099" class="fn"><a href="#27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099" id="27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099-link">8</a></sup>—, sino viabilizar, reconociendo tal imposibilidad, el acercarnos de manera empática y errática a otras existencias. De ahí, que desechara en principio la posibilidad de aquellas preguntas que rodean más las lógicas de la militancia en desmedro de las que sondean las intelectuales-emocionales.    </p>



<p>Lo queer en la literatura no debiera hermetizarse en las políticas de la identidad, sino abrir caminos y espacios para exploraciones de las existencias diversas, asumiendo el desafío de emocionar. Lo anterior no es dependiente de la realidad de sexo-género-orientación de quienes escriben, de la cantidad de personajes queer que las obras presentan o de las temáticas que la contingencia de la comunidad LGBTIQ+ demanda en el mercado.&nbsp; Eso no es resistir, visibilizar, ni representarse, tampoco es una actuación comunitaria; es actuar como un grupo de interés en el espacio comercial y no en el intelectual, estético y artístico.</p>



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<ol class="wp-block-footnotes"><li id="0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f">Nordin, E. (2015). <em>From queer reading to queerbaiting: The battle over the polysemic text and the power of hermeneutics</em>. Trabajo de master, Estudios de Cine, Universidad de Estocolmo, Estocolmo.<br>“La práctica de añadir intencionalmente tensión homoerótica entre personajes, con la finalidad de atraer una audiencia extensa3 sin la intención de convertir dichatensión en acciones abiertamente homosexuales.” <a href="#0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 1"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141">Ellis, R. (30 de enero de 2019). <a href="https://www.youtube.com/watch?v=riKVQjZK1z8">The Evolution of Queerbaiting: From Queercoding to Queercatching</a>. [Archivo de vídeo]. <a href="#6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 2"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d">Metáfora utilizada por la escritora Gemma Lienas en <em>El diario violeta de Carlota</em> (2001). Con esta figura, la autora invita a observar el mundo con una mirada crítica desde el punto de vista del género, para ver las desigualdades entre hombres y mujeres. <a href="#ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 3"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5">En el sentido de “efecto”. <a href="#b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 4"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c">De esta crítica proviene la idea de nombrar a la pregunta N°3 como “Análisis de contenido o análisis del discurso”. <a href="#b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 5"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f">El test aparece mencionado por primera vez en 1985, en una tira cómica llamada <em>The rule</em> en <em>Unas lesbianas de cuidado</em> (en inglés <em>Dykes to Watch Out For</em>). <a href="#651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 6"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69">De cierto modo bien lejano, debo anunciar,  ya que el ensayo trata principalmente sobre el tema de la conciencia. Puede resultar de interés a los sci-fi adictos.  <a href="#fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 7"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099">Sobre este tema pueden resultar de interés los denominados Estudios culturales cognitivos. <a href="#27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 8"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li></ol>


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<p></p>



<p></p>
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		<title>«Arriba» por Iván Ochoa</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jan 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 05 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 3195 palabras &#124; En un mundo donde el cielo comienza a derrumbarse, cuatro personas permanecen atrapadas en una habitación teñida de luces rojas. Una mujer que se define como un umbral de las vidas ajenas, observa con minucioso detalle a los otros: un profesor atormentado por la culpa de un amor perdido, un doctor que oculta su miedo bajo una máscara de racionalidad, y su esposa, una figura pragmática que se resiste a aceptar el fin. Entre reflexiones sobre el pasado, dinámicas de poder y revelaciones personales, los personajes enfrentan la incertidumbre del apocalipsis, donde lo cotidiano se torna sublime y las palabras, insuficientes, intentan abarcar el peso del final.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-e3282c650b7b9fcbfbc75506a8363328">En un mundo donde el cielo comienza a derrumbarse, cuatro personas permanecen atrapadas en una habitación teñida de luces rojas. Una mujer que se define como un umbral de las vidas ajenas, observa con minucioso detalle a los otros: un profesor atormentado por la culpa de un amor perdido, un doctor que oculta su miedo bajo una máscara de racionalidad, y su esposa, una figura pragmática que se resiste a aceptar el fin. Entre reflexiones sobre el pasado, dinámicas de poder y revelaciones personales, los personajes enfrentan la incertidumbre del apocalipsis, donde lo cotidiano se torna sublime y las palabras, insuficientes, intentan abarcar el peso del final.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 05 | Narrativa | Ciencia ficción | 3195 palabras</h6>



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<figure class="wp-block-post-featured-image"><img decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5-768x503.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/01/5-600x393.png 600w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-92e915e38794dce865a1175eea9bc548"><em>The road to Manderley lay ahead.&nbsp;</em><br><em>There was no moon.&nbsp;</em><br><em>The sky above our heads was inky black.&nbsp;</em><br><em>But the sky on the horizon was not dark at all.&nbsp;</em><br><em>It was shot with crimson, like a splash of blood.&nbsp;</em><br><em>And the ashes blew towards us&nbsp;</em><br><em>with the salt wind from the sea.&nbsp;</em><br><br>Rebecca, Daphne du Maurier</p>
</blockquote>



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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a84236a66afec716120641c57b1768d6">Ya no recuerdo lo que hacía antes de la habitación roja; posiblemente leía en la cama o dejaba una encomienda o daba vueltas por la plaza contando las palomas, alternando la forma arábica y los posibles padecimientos o emociones, esta es la (1) Triste, esta es la (2) Histérica, la (3) Esquizoide, la de (4) Episodios Antisociales, la (5) Crespa con el Ego Estratosférico. Curiosísimo pensar que, tal como ahora que el futuro ha sido borrado con un codazo brusco (o al menos puesto en un cordelito, calzón mojado a pleno sol), el pasado ha sufrido el mismo destino y solo existe un huérfano jirón de ahora, esta burbujita de tiempo que flota a la deriva huyendo de un soplido gigante o una aguja aún invisible. No dejo de pensar en cuántas manicuras y felaciones y cafecitos y <em>deliveries</em> han sido cortados a mitad de camino por el filo de lo súbito, lo incognoscible, lo posiblemente fatal.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-de3763ab7e8377be78cb7fbd9a1f8257">En estas condiciones es muy fácil fijarse en nimiedades; por ejemplo, yo llevo dos horas sumida en la forma en que el doctor se sorbe la nariz, como si revelara carácter. Lo pospone hasta el último momento, cuando el moco ya se asoma jocoso y amenaza con trazar un puente entre dos naciones enemigas: la Nariz y el Suelo. Parece absorto a su manera, desafiándose a devolverlo con latigazos cada vez más violentos (quizá piensa en una forma viscosa de <em>bungee</em>) y saboreando en ello la esquina del riesgo, la yema de la palmadita congratulatoria. Incluso tiene un pañuelo de género en el bolsillo izquierdo del abrigo, que se rehúsa a utilizar ya sea por volición o despiste. Quizá es un hombre adicto a las apuestas. ¿Cuál será su recompensa?&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-199f4dd376451d1b9ff67f8dbbe75802">Su mujer evita mirarlo. Las constricciones del espacio la tienen arrimada a sus rodillas, y lo detesta. Lo detesta, pero evita evidenciarlo. Arruga una bolsa de Banana Republic que ciñe celosamente a su regazo. También se mira las manos. No ha encontrado nada en ellas, ni una mancha, ni un dedo de sobra, ni una migaja de paciencia. Estoy segura de que se mira más de cerca para hallar en cada cutícula un hastío distinto, y los lima con la mirada: aquí la indecencia, acá los protocolos, los pudores, la pérdida de tiempo, el flagelo de la talla L, la misantropía, incluso el pavor a que su marido le pegue el resfrío. Creo que todos lo pensamos en algún momento, sobre todo al inicio (¿cuál sería ese?), antes de reparar en que la consecuencia —y todas las preocupaciones de la esposa— son quizá monedas devaluadas. Obsoletas, incluso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e490db1596fd8fe94f2c1d6a2f64abbf">El profesor está sentado de espaldas a la única ventana, el único apoyado en ese muro. Despega la mirada del teléfono solo para posarla sobre las aspas del ventilador, o para preguntarnos con voz azorada si necesitamos algo. Negamos en silencio, y volvemos a los mocos, a las uñas, las ocupaciones propias. La luz roja lo avejenta más que a cualquiera de nosotros. Aun así lo hallo algo atractivo: es trigueño, pelo ondulado y caótico y algo grasoso, barba de varios días, lentes de marcos finos y una camisa floreada por donde asoma el irregular vello del pecho. Sus zapatos cuentan historias de viajes y barros. Es evidentemente maricón. Nadie lo molesta porque se ve muy turbado (a pesar de que no nos importa, es una puerta que nadie quiere abrir), pero no deja de leer noticias ni permanecer junto a la ventana en caso de necesitar confirmación de primera fuente, aunque se defiende dándole la espalda.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c06132f37719309b7e726cee5f824a11">Cada uno de nosotros (banda ecléctica de pacientes, arrancados de la calle y la comodidad de la rutina) tiene una teoría sobre lo que sucederá.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ef494b37ee8bbc885e46b439142c7060">La esposa cree que todo esto es una falsa alarma. Una estupidez. Sus pies están firmemente plantados en su noción de pragmatismo: el uso eficiente de recursos como el tiempo, el dinero, el futuro, todos ellos infinitos, renovables. De seguro su idea de Dios es una tarde en un <em>spa</em> de Vitacura. Gloria al baño de lodo. Está impaciente por llegar a casa y ver cómo su chaleco nuevo combina con su par favorito de zapatos; necesita agendar reuniones con amigas de infancia, continuar su pésimo libro de autoayuda, retocarse el pelo y el solapado fascismo. Personajes así existen, me digo, por montones. Caricatura hiperbólica, un ensayo de persona. Para gente como ella, la finitud es una obscenidad, un concepto mítico: no tanto por la idea global de finitud (ni siquiera porque sea muy tonta para concebirla), sino una puramente egocéntrica. ¿Cómo puedo acabarme yo?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e45e8be91e349af1ba7f50023cf9ba1b">El doctor es un poco más afable. Una estaría tentada a adjudicarle una visión más cientificista (una tormenta solar, un efímero evento cósmico), pero con lo poco que ha dicho se ha entrevisto a un hombre que admira el espíritu. Parece entregado a la idea de que, en efecto y sin importar el cómo, es el final. La aventura del apocalipsis. Yey. Eso es lo que veo desde fuera. Está convencido de su propia bondad, en caso de necesitarla. La bondad como moneda de intercambio. Get Out Of Jail Free Card, como en Grand Theft Auto. (¿Acabo de pensar un juego de video mientras está pasando esto? ¿Pero, qué está pasando?). Debe ser una suerte el vivir tan seguro como él, si fuese el caso. Aquí está mi bondad, un canasto con mis buenos actos, todos impolutos y ejecutados de punta a punta, ordenados según fecha, ahínco de intenciones y resultados finales, incluso reseñas de usuarios. Ha salvado a muchos, sosegado a uno que otro, es la santidad en carne: cuatro y media estrellas. Una app llamada Good Deeds. (Sería hilarante que solo fuese un dentista. Un podólogo benevolente. ¿Son miembros del pueblo elegido de Dios? Por qué no, hasta los seres eternos deben tener las uñas encarnadas).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b896e1def934c8d570e69ff2b0443c87">Por lejos, el profesor ha sido el más nervioso. Necesita saber qué pasará, como si ello fuese a cambiar algo. Hace un rato habló de una mujer llamada Gertrude Ökenlo, ciudadana sueca cuyo caso leyó en la revista argentina Rarezas, mientras viajaba con su padre en el verano del 2000. Gertrude alertó a las autoridades de Gällö, pequeña localidad de Jämtland, sobre un desplazamiento en la línea del horizonte a lo largo de diez días, en julio del ‘91. A primera visa, lo creyó un hundimiento del terreno. Luego de las mediciones correspondientes, le informaron que no había causales de preocupación. Sin embargo, la mujer —jubilada, recientemente enviudada y, según ella y sus vecinos, habituada a largos periodos de observación desde su ventana— estaba convencida de que el cielo estaba inusualmente más abajo de lo normal, lo que le provocaba una punzante sensación de angustia. Antes de someterse a pruebas médicas (sugeridas por ella misma; nunca perdió del todo el uso de razón), Gertrude falleció a causa de un paro cardiorrespiratorio, se había enterrado a sí misma en su jardín.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e08fd7a0daf58702616c23a3f6b7a364">La historia de Gertrude, y otros casos subsecuentes (escasos, según él), le provocaron casadastrafobia, un miedo irracional al cielo. Pobre hombre. ¿Cómo vivir temiendo algo que es ubicuo e inevitable? Relame aquella anécdota como un primer anuncio, una profecía. Por un rato enumeró posibles escenarios y correspondientes soluciones (entre ellas clavar la vista en los zapatos y evitar mirar el cielo, reduciendo todo a un episodio de vértigo. Se ha pasado tres cuartos de hora pegando papeles con frasecitas aleatorias en su empeine para forzar la unión ojo-pie, partir en dos una estrofa de Keats pero empezar por el derecho y reparar en el error que termina bendiciéndolo y díganme si necesitan algo), y si bien partimos oyéndolo por deferencia ya dejamos de reconocerlo, así que asume las aspas como nuevas interlocutoras. Es triste, porque siendo tan joven (bordea los treinta, igual que yo) pareciera cargar tantos bagajes y remordimientos, una lengua de locura erosionándole la nuca y razonando, por supuesto que la fijación en los zapatos y la firmeza del suelo, el rescate de Keats, el empeine en la línea de defensa. Quizá tiene un secreto, algo que amerite redención.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-cba96e74371167606fd3634c12bdcb7d">Qué curioso cómo la gente refugia sus miedos y verdades bajo avatares y techos: un sorbido de mocos disfraza el ansia de aventura, disfraza el nerviosismo; una uña, el sumidero de impaciencia; un teléfono y un par de zapatos como la forma más digerible del miedo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4e9496dde0084224c327c986418ae80a">Cada uno tiene una teoría sobre lo que sucederá. Excepto yo.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-dc4edf358ca953a24373c0f464eff529">Sin hallar la cabeza de este hilo sé que estoy acá por inercia, porque así he llevado siempre mi vida: atada a las voluntades ajenas, las encomiendas, el conteo de palomas. Supongo que es una forma de abstención, hacer de los otros mi refugio, asumirme lienzo en blanco y migrar del cubismo al dadá sin mayor esfuerzo. Todos los pensamientos son ciertos. Me asumo liminal y camaleónica, un umbral para las habitaciones de la gente. (¿No dicen que en caso de sismo los umbrales son lo único que permanece en pie?). No me importaría resfriarme, no me importan las narices ni las uñas ni los finales ni Dios ni los zapatos, a menos que me signifiquen réditos y conexiones y un momento de falsa humanidad. Compañía, incluso. Desayuno falsedades.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ab9e084395643ca965974f6797f8bd15">Una vez tragué el semen de mi hermano solo por matar el tedio. Eran circunstancias similares: una tarde muerta, el tiempo atascado en el cauce alquitranado de febrero. Estábamos en la casa de campo esperando a que volvieran del hospital de Los Ángeles, donde mi madre había ido de urgencia por lo que podía ser un derrame. Vagando cerca del huerto de tomates, encontré a Lucas masturbándose a la sombra del aromo. Lo miré un rato por partes, hilando el vaivén rítmico del brazo a su torso al cuello erguido al tronco del aromo y de pronto la totalidad simple de Lucas, Lucas en sí mismo en una acción cargada de luquicidad. Parecía excitado con la mera forma del cielo, la sensualidad de sus tonos, su honestísima apertura, la gigantesca vulva azul ofreciéndose sin capciosidades. No titubeó cuando me vio mirándolo, y devolvió el gesto. Me invitó a hincarme a su lado. Desde arriba me reflejó la tristeza que no sabía que acarreaba —algo que solo asoma en estos silencios vacuos—, y de a poco empezó a convencerme de ayudarle, de extenderle una o dos manos fraternas y pronto la insinuación de la boca y la punta de la lengua; al cabo de tres nubes me ofrecía su consuelo líquido. Sabía salado y abundante. Lo acepté, me quedé con él viendo el carrusel de nubes y las vastedades varias, y comencé a conocerme.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-27d2b46aaacdb4c316a9e81efe1217d9">Replicamos la dinámica por un tiempo. Con mamá recuperándose en casa intenté sugerirle otros espacios cubiertos, quizá el establo o el entretecho o la deshabitada casucha de Ramírez, pero esto resultaba en finales a medias, estacatos nimios que terminaban olvidados en el suelo ante la curiosidad de las hormigas y la propia. El motor de Lucas parecía ser la sensación de libertad, el tenerme a la espera de su leche en la pura verdad de la intemperie. Yo asentía para no sentirme sola. Después, de un momento a otro y sin explicaciones, puso fin a la práctica. Jamás lo conversamos. Sobre la historia hay ahora una maltrecha alfombra de silencio.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1ffd36ddd9f73e3d04557c6281000f4c">Cada cierto rato me asomo a la ventana por curiosidad. Afuera la situación es la misma que acá. La calle se vacía, los últimos autos merodeando la rotonda camino a sus casas, en plan de emergencia. La gente, curiosa pero precavida, mira desde sus balcones hacia el cielo rojizo en busca de señales nuevas; el sol, aparentemente, ha dejado de moverse. Una bandada de gaviotas aletea sobre la torre Fritz-Matte. Dedicándoles más tiempo se hace obvio que solo hacen eso: aletean sin moverse, congeladas en el aire. Las nubes son del mismo color que un cielo de Vermeer: gruesas y llenas de carácter. Lentamente, han comenzado a tragarse el último indicio de ambiente citadino. Es el sonido de la espera. Al centro de la plazoleta, en la rotonda, un solo árbol arde con llamas blancas. No hay bomberos a la vista. Desde la altura todo se ve distinto, más indefenso y prescindible, quizá Dios nos ve así mismo. (Curioso cómo Dios es cada vez más una presencia asumida en los escenarios hipotéticos; de todos modos, no sé a quién más adjudicarle la autoría. Cualquier otra cosa se sentiría de mal gusto y ya habría ido al grano. Esta dilación del tiempo y las paciencias y los símbolos parecen solo obra divina, alguien que nos fuerza a esperar su descenso porque ha fijado una hora específica y asume su importancia, su ego, su solidez de trayectoria. Una Madonna cósmica).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d50596a4765e03b31e423d50b09569f8">Si fuese Dios quien bajara del cielo abierto, se la chuparía. Los dioses necesitan putas más que podólogos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2c0a90d8a455d69a6088db143fccb5c0">El profesor pregunta otra vez si puede hacer algo por nosotros. El doctor y yo negamos con la cabeza; su esposa titubea antes de sugerir un vaso de agua que en verdad no quiere. Él parece decepcionado, pero consiente y se para a rellenar un vasito desechable con agua del dispensador. Se lo entrega a la mujer con plena esperanza de haber hecho lo correcto y ahora la confirmación, el sorbito triunfal que sella el favor, pero la mujer guarda el vasito en la mano libre y regresa a la parte seca del suelo. El profesor finge desinterés y retorna a su muralla evitando la ventana; se deja caer con un gesto insípido y comienza a llorar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-fbcdb553d75defa686bd0c4904c2040f">No sabemos qué hacer. Sus pucheros son absurdos, pero sinceros y pueriles. Ahora la mitad de los presentes sorbe sus mocos. Me pregunto si el verdadero fin será cuando completemos el cuarteto. Intentamos fingir que nada está pasando, buscando distintos puntos de interés, pero la habitación es un desierto que rechaza toda estadía prolongada. Es inevitable volver al marica llorando. Solo queda relegarlo a la esquina del ojo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f920ab8ef7ecf68918fbb3d95dce1e58">Pero no desiste, y entonces va desenrollando una alfombra frente a nosotros, tejida con sílabas lentas y viscosas y exhalaciones que van creciendo y entremedio un dolor en el pecho, una punzada terca llamada Daniel o Diego, este Diego del que ya no sabe hace mucho, cinco o seis años, seis años, repite más seguro, pero que sigue sintiendo por las noches y al caminar por Ahumada, cerca de las ruinas del Lido donde alguna vez una película y un beso. De a poco escupe a Diego que no suena para nada como un problema cardíaco, cómo podría siendo un hombre tan menudo y aficionado a Bowie y las cervezas sabatinas, mirando el Santiago nocturno desde la terraza de su casa imposiblemente alta o desde los ojos del mismo profesor, donde también se detenía por minutos para decir qué lindo este juego de manos en la mesa, la sencillez de una yema sobre una cutícula ajena, pareciera que bailara o que enviara un mensaje en morse. Le dijo aquello y continuó repitiendo el mensaje, punto raya caricia punto punto, sin mediación de un diccionario porque ambos sabían qué significaba y cuánto lo habían buscado, en otros años y otros cuerpos, y al fin ahí estaba, cosa de levantar un dedo y verlo expuesto, sin miedo al viento precordillerano ni al juicio del cielo, mirando hacia arriba, hacia ambos, con la calma de un gatito recién alimentado; ambos lo miraban de vuelta pensando qué cosa tan curiosa, tan chiquita y sin embargo sin esquinas y a medida que se la mira pareciera estirarse y desparramarse sobre la vía de la cutícula, todo ello contenido en el mínimo gesto de esas dos manos encontradas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-35e4657d69a1aa1264dd6c91cdd98ac1">Aquí el llanto se vuelve alud y va arrastrando todo tipo de lamentaciones, algo sobre un alejamiento y la subsecuente traición en forma de felaciones a terceros, el cliché de la infidelidad por hastío o por cuestiones genéticas; la cosa es que Diego ya no fue más y desde entonces el profesor se siente condenado, pagando una deuda en cuotas interminables y cómo se vive sabiéndose culpable, la culpa es una casa erigida en el peor de los barrios, avenida Maldad esquina Egoísmo, esquina Sabotaje, esquina Absolutísima Falta de Méritos, y él transitando a paso lento sin zapatos ni estrofas que lo salven, sin noción de caminos ni destinos y lo más probable es que luego trote en círculos sobre gravilla hirviendo. Menciona sus manos y se las mira histérico porque no tienen nada, nada con qué defenderse de la muerte, y si este fuese el fin, si el mundo acabara aquí y ahora de mil formas posibles (mil mundos distintos) él se iría con las manos vacías en todos, sin amor ni redención ni un ápice de calma, y por ello quiere hacer lo posible por saberse bueno y salvarse, depositar toda su esperanza en un vasito de agua y con ello poder mirar el Cielo de nuevo y ganárselo, eso o el beneplácito de un cualquiera, una palabrita de aliento, de perdón desnudo y desinteresado, y nosotros entendiendo que además de ser doctores y esposas y putas ahora también somos Diego.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bb2293d23c91121ca82dab178d449b99">Lo dejamos llorar un rato hasta que el doctor espeta un seco “te lo buscaste”, frasecita que extiende un hilo tenso entre los ojos de su esposa y los míos, el tejido menos esperado porque qué tengo que ver yo con ella en esta historia y en la vida, pero ambas reconocimos que aquello había sido una quemadura química, remate a un animal ya moribundo. El doctor prosiguió a sorberse los mocos como si no hubiese apuñalado a un hombre donde más le duele, el órgano de la esperanza más blanda, y toda su proclamada bondad sangrando junto al moribundo. La esposa miró el vaso de agua y vio en él un naufragio de decencia, pero también un gesto radicalmente fútil, si al fin y al cabo todo era paliativo y quién querría placebos en lo que podía ser el fin de un mundo. Yo nunca he tenido el hueso de la compasión en el cuerpo, pero entendí que mi boca cerrada era el mayor consuelo a disposición, preferible eso a una broma de mal gusto ante un hombre que literalmente se deshacía en aguas y ahogos. Por lo mismo nadie se atrevió a contarle del cielo, que entre el Diego amado y el llorado había masticado de a poco los techos, la curiosa sensación de estar cayendo en un precipicio a la inversa igual que la estrofa de Keats. Solo después de un rato la esposa se atrevió a ponerlo en palabras de la forma más sencilla: «Se está cayendo el cielo», dicho en un susurro benigno, como una canción de cuna. Los tres miramos por la ventana a destiempo y nos unimos a tantos otros que hacían lo mismo desde sus balcones, de seguro hilando las palabras para describir lo indescriptible, y el profesor hundiéndose en la certeza de una condena que quizá no era solo suya, después de todo quién no es culpable de techos y mentiras y miradas al suelo, en la búsqueda inútil de una verdad que está arriba y solo arriba, donde el profesor fue a parar como si se tratase de los adoquines, luego de preferir la ventana a nuestra indiferencia colectiva.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-50992e2d0ce8542b8bd22fc9025b7480"></p>



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