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	<title>ciencia ficción</title>
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		<title>«Transmutación» por Dawarg</title>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2026 13:51:32 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 64 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 3204 palabras &#124; Venezuela &#124; Una mujer despierta y encuentra su casa destruida tras el paso de un supuesto héroe. Entre ruinas, escombros y una piedra imposible de mover, descubre la posibilidad de intercambiar su poder por otro capaz de reconstruirlo todo. Pero el camino hacia esa transmutación la obliga a enfrentarse con el verdadero origen de su dolor, con las pérdidas que arrastra y con una habilidad que ha marcado su vida de forma irreversible.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-5d32fb4b91b704c3371881c48e1b63fd wp-block-paragraph">Una mujer despierta y encuentra su casa destruida tras el paso de un supuesto héroe. Entre ruinas, escombros y una piedra imposible de mover, descubre la posibilidad de intercambiar su poder por otro capaz de reconstruirlo todo. Pero el camino hacia esa transmutación la obliga a enfrentarse con el verdadero origen de su dolor, con las pérdidas que arrastra y con una habilidad que ha marcado su vida de forma irreversible.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f">Nº 64 | Narrativa | Ciencia ficción | 3204 palabras | Venezuela</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-14e737e1a510606af3382b1e53ad0b75" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">Transmutación</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">Dawarg</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">La gente ya no me llamaba por mi nombre. Simplemente decían “la hija de Consuelo” cuando se referían a mí, señalando la casa en ruinas de la esquina. En algún punto dejé de ser Ángela, la de los rizos indomables y la cara risueña, para convertirme en eso, la dueña de esas paredes destrozadas por un caso desafortunado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Supongo que todo comenzó aquel viernes de diciembre, mucho antes de mancharme las manos de sangre una vez más y revelar a otra persona mi verdadero poder. Me parece lejano, e incluso tonto, recordar que solía quedarme dormida hasta tarde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La alarma de mi teléfono sonó tres veces ese día. Ignoré el primer llamado, seducida por la comodidad de la cama. Al segundo, comencé a reaccionar, escuchaba gritos y algarabía en la calle, acompañados de explosiones y derrumbes que resonaban cada vez más cerca. Al tercero, me levanté de golpe al ver que la pared de mi habitación, antes sólida y protectora, estaba hecha añicos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Caminé para evaluar los daños. Los más evidentes estaban en el pasillo hacia el baño y en la flamante cocina de cuya remodelación solía alardear. También en las habitaciones, en la terraza y en casi todo lo visible de aquel espacio que mi madre me había dejado como humilde herencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En mitad del living, sobre los restos del comedor de madera, había caído una piedra de dimensiones colosales. Sin causar más daño que el provocado por su voluptuoso peso, la roca emanaba un calor comparable al de diez calderas encendidas a máxima potencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No va a incendiar nada… pero ni se le ocurra tocarla. ¿Está bien? —preguntó un sujeto, agitado, mientras se incorporaba sin quitar la vista del objeto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo observé con detalle. Si el circo hubiese llegado a la ciudad, aquel hombre habría sido su payaso principal. Vestía un overol colorido y desgastado, bajo una capa ancha de color rojo con evidentes signos de maltrato. Su rostro estaba magullado y tenía moretones en el contorno de los ojos. Se volteó, me miró de reojo y escupió sangre junto a lo que me pareció un diente. Luego, alzó el vuelo por el mismo agujero por el que había entrado junto a la piedra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tardé en procesar que era uno de esos “defensores” que obtuvieron poderes tras la tormenta, seres que los medios idolatraban por combatir injusticias sin escatimar en daños colaterales. Este, en particular, no había dejado en pie el vivero que cultivé con esfuerzo, ni la pared donde colgaba mis pinturas, ni el rincón donde acepté la propuesta de matrimonio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No tenía certeza de si me estaba defendiendo de un contrincante o si intentó detener la roca desde el cielo. De lo único que estaba segura era de que aquel lugar que solía llamar hogar era ahora inhabitable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Respiré profundo varias veces. Me pasé los dedos por la bata, limpiándome el polvo como si fuera harina tras hornear una torta. Me acomodé el cabello y me senté en el borde de la escalera a contemplar el panorama. No sabía si era mejor llorar o gritar. Era temprano, pero juré que un poco de alcohol en el café me habría venido bien; lástima que hasta mi taza preferida estaba rota.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras miraba al horizonte, llegó don Eduardo, maestro de obra y vecino de toda la vida que siempre había estado presente en los peores momentos. Al ver el desastre, revisó cada esquina para comprobar qué podía salvarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No hay mucho por hacer. Déjeme terminar de acomodar los escombros —dijo con tranquilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la cara a medio lavar y vestido de blanco, mantenía las manos en el aire mientras hacía flotar objetos entre las ruinas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Y la piedra? ¿Podemos quitarla de ahí? —pregunté con premura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él midió sus palabras, pero su rostro reflejaba frustración. Al notar mi desilusión, abandonó su tarea y se sentó a mi lado. Interrumpió nuestra sesión de miradas al vacío para darme una información crucial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Es difícil reunir gente para arreglar esto —dijo, agitando las manos para no hacer volar nada por accidente—. Pero ¿y si usted sola pudiera?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue allí donde escuché por primera vez sobre la transmutación. Don Eduardo mencionó la posibilidad de transformar cualquier material a voluntad para moldear lo que uno quisiera, convertir piedras en techos o escombros en paredes. Lo más importante era que esta habilidad podía conseguirse intercambiándose por la que uno ya tuviese, como si fuera una barajita de un álbum.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Todavía tiene ese poder suyo? —preguntó, calculando la estabilidad de unos tubos que flotaban cerca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me di cuenta de que no recordaba cuál le había dicho. Había mentido tantas veces sobre este tema que terminé sin conocimiento sobre mi posesión actual ante el mundo. No siempre fue así. Alguna vez incluso estuve aliviada por haberlo descubierto tarde y no durante esa temporada donde obligaban a todos a aislarse en sus casas por manifestar estas “singularidades”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esa época, Lucas era parte de esos lotes masivos de otroras humanos que, con el pasar del tiempo, terminaron siendo precursores, generando en la población todas las emociones que podrían esperarse de un virus, incertidumbre, miedo y, finalmente, aceptación. Para entonces pololeábamos, y él ya emitía música a su alrededor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me encantaba verlo. Solía estar calmado y siempre se escuchaba a su alrededor algo como El Danubio azul, de Strauss; o, cuando lograba realmente desconectar su mente, se daba todo un concierto con La pequeña serenata nocturna, de Mozart. Una noche, sin embargo, sonó distinto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estábamos sentados en el sofá viendo el documental sobre el décimo aniversario de la tormenta cuando nos interrumpió Linger, de The Cranberries. Me levanté de su regazo y volteé a verle el rostro. ¡Sudaba frío y estaba pálido!</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Estás bien? —le pregunté mientras me levantaba para alcanzar un vaso con agua.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de poder llegar a la mesa, me jaló hacia él y me rodeó en un abrazo hasta quedar muy cerca uno del otro. Recuerdo sentir su barba acariciando mi mejilla y sus labios susurrándome tiernamente al oído:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Cásate conmigo —dijo sin moverse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No respondí. Me quedé paralizada hasta que empujé con mi sonrisa su cálido rostro y mojé con mis lágrimas su polerón. Asentí. Volvimos a vernos de frente para cerrar el acuerdo con un beso, mientras dejaba sonando algo de Frank Sinatra de fondo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa proposición fue tan íntima y especial que me juré a mí misma que, sin importar las circunstancias, nunca buscaría hacerle daño. Por el contrario, lo cuidaría con todo mi ser. Lamento haber roto de la peor manera esa promesa cuando se reveló mi poder. Por eso, por más que pudiera confiar en don Eduardo en aquella mañana de diciembre, no iba a decirle la verdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Sí, todavía lo mantengo —me apresuré a mentir mientras quitaba de las suelas de mis zapatillas los escombros de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él procedió a hurgar en sus bolsillos. De allí sacó un puñado de papeles que fue revisando con la misma tranquilidad de alguien que pela una naranja para disfrutarla en una tarde de verano. Al final llegó a una boleta ruñida y manchada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Aquí, mire —dijo señalando un extremo, muy cerca del cobro total de un kilo de carne molida—. Vaya a esta dirección y pregúntele al encargado por el que colecciona habilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo leí dos veces antes de darme cuenta de que yo sabía de ese lugar y de su dueño por otras razones. De entre todas las cosas que se pueden hacer en un mundo que colapsaba con noticias como de gobiernos reclutando hombres con poderes, aquel sujeto prefirió instalarse como empresario en un tranquilo rincón de la ciudad y usar su poder para vivir de la venta de carnes. Era conocido por su increíble parsimonia y por multiplicar células de animales muertos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No recuerdo con exactitud su rostro, pero sí su mirada penetrante y su manera de hablar pausada. Tiempo después me enteraría de que él alguna vez mató a una vaca, un pollo y a un cerdo, y nunca más tuvo la necesidad de volver a hacerlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así lo encontré. No me costó llegar hasta él; todos en la comunidad querían ayudar a la hija de Consuelo. Estuve encerrada en la habitación junto a ese hombre mientras trabajaba, obligada a usar una prenda protectora parecida a la de un astronauta. Sentí náuseas al verlo hacer lo suyo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Recuérdeme, por favor, joven. ¿Por qué quiere eso? —preguntó sin moverse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Solo quiero reconstruir mi casa —dije sin dudar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él se volteó. Parecía mucho más alto gracias a su casco. Sus ojos negros brillaban.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Que no la engañe ese hombre —decía en un susurro—. Alguna vez me contrató porque creía que podía ayudarle con su situación, pero no funcionó. ¿Segura que quiere hablar con él?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Apreté los puños y le confirmé.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Muy bien. Entonces espero que tenga suerte. Y, de antemano, lamento mucho lo que tengo que hacerle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Levantó sus manos hacia mi frente y mi vista se nubló. Caí al impecable suelo mientras él abría la puerta. Quedé inconsciente, pero mi mente se activó. Tuve un sueño donde regresaba a cada escena de mi vida. Llegué al instante en el que Lucas y yo volvíamos del funeral de mamá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pese a que los médicos dijeron que ella falleció por un infarto, la expresión de su rostro al encontrarla me hizo pensar que había algo más. En esa tarde, Lucas se aseguró de que me sentara en la mesa mientras servía té. Se escuchaba una canción tan triste como solemne que nunca logré identificar. Él intentaba mostrar fortaleza, pero la música revelaba una preocupación mayor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Comencé a llorar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Tranquila, todo va a estar bien —dijo acercándose con un pañuelo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¡NO! ¡NO VA A ESTAR BIEN! —le grité. Un dolor de cabeza punzante me asaltó. Mi respiración se entrecortó. Imaginé lo peor y entonces le vi, inmóvil frente a mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El sueño comenzó a verse afectado. Ya no estaba él ni las luces de aquella tarde después de haber enterrado a mamá. El recuerdo se desvanecía y me invadía un olor putrefacto. ¿Lo estaba soñando también o me sucedía en verdad?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abrí los ojos y me encontré recostada en una cama con dosel. Las cortinas y el faldón, de un rosa salmón, contrastaban con el fuerte aroma a detergente que intentaba, sin éxito, enmascarar un hedor entre menta y orina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese fue el preámbulo con el que conocí a El Coleccionista. Era un anciano aparentemente de baja estatura, con apenas cabello en su cabeza. Su piel estaba tan arrugada que me dio la impresión de que estuvo por horas en una piscina o había estado metido en el agua. Su cuello estaba ladeado hacia la izquierda, mientras que con su mano derecha manipulaba el control mecánico de su silla de ruedas. Respiraba con cierta dificultad, pero su voz se escuchaba clara y fuerte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Le doy la bienvenida a mis aposentos. Póngase cómoda, por favor —dijo mientras estiraba la mano en una clara invitación a sentarse en un sillón. Si este era el mismo diablo en la Tierra, su amabilidad le habría hecho merecedor del cielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rodó con agilidad hacia una mesita donde liberó su mano para servir té. Se tomó el tiempo para echar el agua caliente, ajustar dos tazas en una bandeja y llevarla en su respaldo hasta donde yo estaba. Ahí tomó una y la extendió sobre mi pierna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Es de jazmín. De las pocas cosechas que quedaron después de la tormenta. Espero que lo disfrute —y procedió a instalarse frente a mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bebimos en silencio. Solo nos interrumpía de vez en cuando el sonido de un radiador y el ocasional tintineo de la loza. No dejaba de mirarme; solo cortaba su visión cuando se llevaba el líquido a los labios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Sabe, conocí a Alan hace muchos años. Había escuchado que multiplicaba células muertas y él quería sacarle provecho a su habilidad cuando comenzó a escasear la carne en el planeta. ¡Qué noble misión se propuso! Yo quería, en cambio, algo más egoísta, que arreglara mi columna. Al final no pudo, pero nunca perdimos el contacto, y ahora es quien me da lo que necesito cada vez que quiero organizar asados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí entendí “su situación”. Quería saber más, pero antes de poder terminar mi té, El Coleccionista puso a un lado su taza y se alejó hacia el otro extremo de la habitación, hacia una repisa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Esta mañana me ha dicho por teléfono que una hermosa joven quería reconstruir su casa y que estaba interesada en hacer un intercambio. Incluso dijo que tenía algo que me pudiese interesar —se detuvo en seco y volteó para mostrarme su cara. Tenía una sonrisa que, bajo esa iluminación, no podría describirse de otra forma que perversa—. Verá, mi poder es tomar su habilidad e intercambiarla por una de estos recipientes. Tardé mucho en aprender a hacerlo, créame. Antes besaba a los portadores o me quedaba fijo mirándolos, esperando que pasara la magia. Al principio me divertía, pero el mundo se volvió frívolo. Ahora solo quieren consumir el contenido y desecharlo cuando se aburren. Ya no hay un elemento sorpresa para denotar amor o aprecio, como cuando se grababa un casete. Por eso me he puesto más selectivo y le he añadido algo, digamos… de emoción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El final de sus palabras coincidió con una tos tenue de mi parte. Lo que antes era un delicioso sabor floral ahora dejaba una sequedad punzante que se resolvió en un carraspeo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Alan me dijo que usted tenía para darme la habilidad de predecir el clima, pero no lo creo. Siento que usted tiene algo más para ofrecerme —mencionó acercándose hacia mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se me escapa el detalle de lo que me dijo a continuación, pero sé que hizo énfasis en el contenido de mi taza. Era una manera de obligarme a canjear la maldición que yo poseía, bajo el riesgo de morir envenenada por no hacerlo. Pero ni yo misma sabía cómo activarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Coleccionista sonreía mientras mi tos evolucionaba a algo más. Sentía que mi garganta se cerraba y que la respiración era cada vez más difícil. Propuso entregar un frasco con un supuesto antídoto si solo escupía en otro para cerrar “la transacción” y le daba mi poder. Ambos estaban sobre la mesa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Démelo —le supliqué, o al menos eso articulé antes de que él se llevara las manos a la cabeza en señal de un fuerte dolor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su mirada se tornó igual a la de Lucas en esa tarde del funeral. El rojo cubrió sus globos oculares, y pronto el fluido rojizo escapó de sus cuencas. En un principio en pequeñas gotas y luego en cantidades exageradas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me levanté hacia él mientras me señalaba. Ahí estábamos ambos, buscando respirar e intentando no morir frente al otro por diferentes razones. En una clara señal de desespero, él cayó sobre la mesa, derribando los frascos. Yo, en un movimiento que solo puedo describir como audaz, logré alcanzar el que me había indicado como el remedio y bebí el contenido antes de que se perdiera en el suelo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego me mantuve tirada en el piso, viéndolo desangrarse lentamente mientras pensaba en la ironía: quería mi poder y yo se lo di de la peor manera. Él no tuvo que descubrirlo como el hombre de mi vida y, posiblemente, mi mamá; lo recibió de golpe, como un impacto seco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguía boca arriba mientras reflexionaba en todo lo que sucedió, en paralelo a él, mientras su sangre se acercaba a mí. Recordé entonces que mi poder no era predecir nada, sino una empatía inversa que convertía mi sufrimiento en un golpe físico para los demás. Mi dolor no se quedaba en el pecho; salía de mí para destruir a quien estuviera cerca. Así debió morir mamá al verme llorar, y así se marchitó Lucas al intentar consolarme.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un rato más tarde solo me paré y continué, como quien se levanta obligada un lunes para ir a trabajar. Caminé hacia la repisa y la mesa de El Coleccionista. Busqué entre las botellas hasta encontrar el recipiente vacío que me había descrito y seguí el ritual para abandonar la carga que me había tocado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tan pronto como escupí en él, sentí un leve mareo que hizo que me afirmara en la pared. Fue un desprendimiento silencioso, como si algo que siempre me había pesado finalmente me soltara. Quedé contemplativa, mirando el cuerpo inerte, ahora que por fin podía estar sola sin miedo a matar a nadie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salí de allí al amanecer. Caminé por las calles solitarias con la ropa manchada de una sangre que no era mía, pero a nadie le importó. En un mundo roto por superhombres y desastres, una mujer ensangrentada era parte del paisaje. Solo la prensa especializada se dedicó años más tarde a reconstruir los hechos y a explicar científicamente lo que a mí me costó la vida de todos los que amé.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Regresé a la casa, entré por la terraza y me desplomé sobre mis rodillas. El llanto me desgarró, como si estuviera lamentando todas las muertes que se habían acumulado sobre mí en tan poco tiempo. Llevaba conmigo una sensación de tristeza que nunca había experimentado; ahora que mi poder se había ido, el dolor ya no mataba a los demás, pero me estaba matando a mí. Se quedaba conmigo, pesado y asfixiante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me acerqué a la piedra colosal que seguía en el living. Aquel meteorito de violencia que el “héroe” había dejado como una marca de su indiferencia. Extendí las manos. Ya no sentía el calor del que fui advertida, pero, al tocarla, sentí una vibración que recorrió mis huesos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cerré los ojos y, por primera vez, no busqué protegerme del mundo. Busqué fundirme con él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La piedra comenzó a ceder. Bajo mis dedos, la roca se volvió maleable, pero no era solo mineral lo que fluía: era el recuerdo del olor a té de mi madre, era la melodía de Mozart que Lucas emitía antes de que mi presencia lo desangrara, era la culpa de haber dejado a El Coleccionista en su charco de sangre. “Transmutar”, entendí entonces, no era cambiar una cosa por otra. Era darle un lugar al vacío.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vi cómo las astillas del comedor de madera se entrelazaban con el granito fundido. Las vigas retorcidas se enderezaron con un suspiro metálico, y el polvo que cubría mis fotos se convirtió en un barniz que selló las grietas. Cada centímetro de pared que se levantaba era un pedazo de mi historia que dejaba de doler porque ahora tenía una forma sólida. Reconstruí la cocina, ya no para alardear, sino para encerrar allí el silencio de las mañanas. Levanté el muro de mi habitación como un escudo contra los cielos donde volaban esos falsos salvadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando terminé, la casa no era la misma de antes. Era más blanca, más fría, casi solemne. Era un mausoleo construido con los restos de todo lo que había perdido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya no era “la hija de Consuelo”, ese eco de alguien que ya no estaba. Ni la sombra de la viuda de Lucas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me puse de pie en el centro de mi hogar, respirando el aire nuevo que olía a piedra recién cortada, para convertirme en Ángela, la mujer que aprendió a transformar su tragedia en cimiento, y que ahora habitaba un refugio que nadie, nunca más, tendría el poder de derrumbar.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:66.66%"><figure class="wp-block-post-featured-image"><a href="https://imaginistas.cl/dawarg/" target="_self"  ><img fetchpriority="high" decoding="async" width="960" height="1280" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/08/photo_5053244511299415571_y-2.jpg" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="Dawarg" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/08/photo_5053244511299415571_y-2.jpg 960w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/08/photo_5053244511299415571_y-2-600x800.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/08/photo_5053244511299415571_y-2-225x300.jpg 225w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/08/photo_5053244511299415571_y-2-768x1024.jpg 768w" sizes="(max-width: 960px) 100vw, 960px" /></a></figure></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:33.33%"><h2 class="wp-block-post-title"><a href="https://imaginistas.cl/dawarg/" target="_self" >Dawarg</a></h2>

<div class="wp-block-post-excerpt"><p class="wp-block-post-excerpt__excerpt">Dawarg Periodista dedicado a la redacción creativa y a la creación de contenido digital. Firme creyente de que las mejores ideas nacen mientras se corre un maratón, se nada en una piscina o se come algo frito. Lee al autor en IMAGI </p></div></div>
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		<title>«Géneros fronterizos» por David E. Muñoz Ballier</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Mar 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 16 &#124; Ensayo &#124; Ciencia ficción &#124; 1584 palabras &#124; David E. Muñoz Ballier &#124; Chile &#124; En este ensayo se explora la intersección entre lo queer y la ciencia ficción, cuestionando su conceptualización dentro de la literatura. Analiza cómo la teoría queer (TQ) ha sido resignificada y comercializada, señalando sus limitaciones y críticas, como su lenguaje elitista y la desdibujación de identidades. Se cuestiona si lo queer es una etiqueta de mercado o una episteme que permite nuevas formas de interpretar la ficción. Finalmente, propone que la literatura queer no debe limitarse a políticas de identidad, sino abrirse a la exploración estética y emocional de la diversidad sin sucumbir a imposiciones comerciales.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-873b8ef99389cf728c1747d714f01d58 wp-block-paragraph">En este ensayo se explora la intersección entre lo queer y la ciencia ficción, cuestionando su conceptualización dentro de la literatura. Analiza cómo la teoría queer (TQ) ha sido resignificada y comercializada, señalando sus limitaciones y críticas, como su lenguaje elitista y la desdibujación de identidades. Se cuestiona si lo queer es una etiqueta de mercado o una episteme que permite nuevas formas de interpretar la ficción. Finalmente, propone que la literatura queer no debe limitarse a políticas de identidad, sino abrirse a la exploración estética y emocional de la diversidad sin sucumbir a imposiciones comerciales.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size"><br>Nº 16 | Ensayo | Ciencia ficción | 1584 palabras | <a href="https://imaginistas.cl/2024/03/25/david-e-munoz-ballier/">David E. Muñoz Ballier</a> | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img decoding="async" width="870" height="570" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david.png 870w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david-600x393.png 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david-300x197.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/03/david-768x503.png 768w" sizes="(max-width: 870px) 100vw, 870px" /></figure>


<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">El concepto queer surge para nominar peyorativamente a homosexuales y lesbianas, para encorsetarlos con la vergüenza lingüística de ser “maricones”, “marimachos”, “invertidos”, “tortilleras” y, en general, a “desviados sexuales”. También, para referirse a todas aquellas personas que se distancian de la asunción general de la heterosexualidad como norma primaria y deseable. Es, en suma, un acto verbal cuyo propósito primario fue la humillación y el castigo por medio de la palabra, ya que lo nombrado adquiere existencia y se puede valorar y juzgar.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, el colectivo LGBTIQ+ no solo resignificó y reivindicó la palabra apropiándose de ella, sino que la convirtió, en lo subjetivo, en una identidad; en una serie de rasgos propios que le caracterizaba como comunidad. Pero ¿Cuáles serían esos rasgos o notas distintivas?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pensar en una suma de facciones tan heterogéneas complica el panorama, porque si algo tiene lo queer es haberse transformado una suerte de vocación por la diversidad estética y de manifestación.&nbsp; Por ello, probablemente el paraguas abarcador que se encontró para incluir dentro de ellas tantas identidades fue el de ser un espacio de existencias fronterizas, un set de variopintas maneras de habitar el espacio social sin caer en el binarismo del sistema sexo-género. Un modo de existir en lo social que esquiva las nomenclaturas e imposiciones de lo tradicional, pero que no necesariamente escapa de las mismas trampas.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si algo comparte lo queer y la ciencia ficción es que ambos conceptos han sido utilizados como bolsas o sacos de vertido en los que se engloban personas, personajes, historias y manifestaciones de muy distinta naturaleza, pero que comparten porosidades de género: uno, en un sentido identitario; el otro, desde el plano estético-literario. Más allá de esto, también comparten el hecho de haber adquirido el estatus de etiqueta comercial rentable, fenómenos como el queerbaiting<sup data-fn="0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f" class="fn"><a href="#0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f" id="0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f-link">1</a></sup>  y el queercoding<sup data-fn="6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141" class="fn"><a href="#6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141" id="6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141-link">2</a></sup>  son evidencia de ello.  </p>



<p class="wp-block-paragraph">Pensar lo queer, y más concretamente, pensarlo desde y en la literatura de ciencia ficción supone ciertas reflexiones orientadas a indagar sobre a qué elementos se les otorga tal denominación. Un intento de observación justa, debiera abordar cuestionamientos que no deslinden lo queer de lo literario. En esa línea, las siguientes cuatro preguntas posibilitan indagar tal espacio:</p>



<p class="wp-block-paragraph">1. ¿Lo queer será una valoración social y comercial consecuente a la realidad identitaria de quién escribe una obra? (Lógica de la identidad).</p>



<p class="wp-block-paragraph">2. ¿Lo queer estará dado o será una forma de “contabilizar” una mera vitrina de representaciones sociales on-demand en el producto ficcional? (Check list de cuotas de representación).</p>



<p class="wp-block-paragraph">3. ¿Lo queer será una manera de leer los contenidos de las interacciones de los personajes de una obra? (Análisis de contenido o análisis del discurso).&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">4. ¿Lo queer será una suerte de episteme, es decir, una forma de entender e interpretar el mundo ficcional propuesto? (Mirada antropológica e ideológica).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las primeras dos preguntas no me resultan de particular interés en este trabajo por cuanto suponen un estado de las cosas que es característico de las lógicas de la militancia y que, por consiguiente, tienden a cerrar el discurso y el pensamiento. De modo concreto, desecho estas preguntas/posibilidades, ya que, a mi juicio, constituyen una respuesta que surge desde las estructuras de razonamiento del capital que tienden a buscar la cristalización de las ideas. En cambio, las siguientes dos preguntas nos proveen de un espacio de diálogo mayor:&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si lo queer posibilita una manera de leer los temas, argumentos y personajes de una obra, estaríamos dotándonos de una serie de herramientas conceptuales que permiten el análisis de contenido y el análisis (crítico) del discurso. Esto es, leer los productos culturales con una clave similar a la que plantean ciertos feminismos contemporáneos cuando proponen observar con las “gafas violetas”<sup data-fn="ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d" class="fn"><a href="#ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d" id="ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d-link">3</a></sup>. De hecho, esto ya existe y se llama Teoría queer (TQ, en adelante) y es uno de los tantos campos de la teoría crítica contemporánea. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde y sobre la TQ se ha escrito vastamente, sin embargo, genera posiciones sumamente encontradas. En particular me gustaría detenerme en tres críticas interesantes para nuestros propósitos:&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">1. Debido, entre otros factores, a que su ámbito de circulación es el académico, la TQ se vale de una jerga de corto alcance y poco compromiso<sup data-fn="b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5" class="fn"><a href="#b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5" id="b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5-link">4</a></sup>  social. Se le acusa de ser elitista y servil a los intereses de ciertos grupos privilegiados y con poder. </p>



<p class="wp-block-paragraph">2. Dado su carácter deconstructivo, en la TQ es complejo tratar cuestiones como lo “gay” o lo “lésbico”, ya que estas serían categorías socialmente construidas que terminan siendo cuestionadas y reducidas a hechos de discurso. En consecuencia, se clausura la posibilidad de indagar en las identidades y subjetividades<sup data-fn="b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c" class="fn"><a href="#b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c" id="b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c-link">5</a></sup>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">3. Debido a que queer constituye más un significante hiperonímico e indeterminado que un concepto que se identifica con un significado unívoco, se vuelve complejo utilizarlo para referirse a una orientación, estado u objeto de género o sexual. Por consecuencia, borra a los sujetos de discurso en sus singularidades y amplía ad infinitum su uso (un hombre heterosexual cisgénero que goza del placer sexual sadomasoquista podría ser considerado queer para algunos teóricos).</p>



<p class="wp-block-paragraph">En suma, las críticas a la TQ sostienen que esta es un espacio de discusión y producción discursiva funcional al poder económico y social, cuya lógica conceptual es hermética y que adolece de un efecto consecuente a su propia manera de producir: desaparece al sujeto de su interés y desdibuja su identidad.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay quienes han propuesto una salida alternativa a dicha situación y promueven una reformulación queer del test de Bechdel/Wallace<sup data-fn="651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f" class="fn"><a href="#651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f" id="651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f-link">6</a></sup>. Dicha prueba cumple con el propósito de “evaluar” la brecha de género en las películas en general y, por extensión, en series, comics, libros u otros objetos artísticos narrativos. </p>



<p class="wp-block-paragraph">The rule, como también se le conoce al test, propone analizar si una obra cumple con lo necesario (no suficiente) para una representación equitativa en cuanto al género. En su versión original, contiene los primeros tres requisitos, mientras que, en una versión posterior, se añaden los otros dos. Se puede responder a modo de cuestionario frente a una obra narrativa y preguntarse si en ella:</p>



<p class="wp-block-paragraph">1. Aparecen al menos dos personajes femeninos,</p>



<p class="wp-block-paragraph">2. que mantienen una conversación,</p>



<p class="wp-block-paragraph">3. que no tiene como tema un hombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">4. Las dos mujeres son personajes con nombre, no simples figurantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">5. La conversación entre las mujeres se centra en temáticas distintas a las relaciones personales afectivas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora bien, aunque la posible utilización de una reformulación queer del test de Bechdel/Wallace puede resultar interesante y hasta entretenida, no deviene en otra cosa más que un ejercicio o desafío de evaluación superficial de contenidos de masas. Su uso no constituye un cuerpo teórico, un campo crítico o una aproximación conceptual desarrollada. Por el contrario, dejaría a la TQ en una posición de cuestionamientos mayores, ya que funcionaría más bien como una suerte de “contabilidad” de representaciones identitarias para las producciones culturales del mercado. Un checklist de personajes de pie forzado por la cuota social requerida.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cabe entonces plantearse ¿qué vías quedan para pensar lo queer en la literatura? Una alternativa que puede plantearse como interesante se desprende de una de las preguntas antes enunciadas: ¿Lo queer será una suerte de episteme, es decir, una forma de entender e interpretar el mundo ficcional propuesto?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay quienes abogan que lo esencialmente identitario de lo queer es su carácter confluyente en cuanto al género, sexo y sus expresiones. Otros, sostienen que es una etiqueta de la resistencia a la norma (esto lo pone en un lugar de par a la potencia creadora de la ciencia ficción). Aunque confieso que resulta sumamente atractiva la idea de que lo queer en la literatura sea entendido como una subjetividad colectiva que interpreta el (los) mundo(s), me parece problemática la posibilidad cierta de que ello ocurra. De modo concreto, me surgen dos preguntas: ¿puede haber una única forma de conocer e interpretar el mundo desde identidades tan heterogéneas? ¿sería esto una forma de episteme o más bien una manera estético-discursiva de evaluar las obras?</p>



<p class="wp-block-paragraph">De cierto modo, a dichos problemas se refiere Thomas Nagel en el ensayo “What Is It Like to Be a Bat?”<sup data-fn="fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69" class="fn"><a href="#fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69" id="fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69-link">7</a></sup>.  En él, el filósofo plantea, por medio de un experimento mental, que las características de la experiencia subjetiva de los seres está vinculada de manera determinada a la naturaleza de su ser y a sus experiencias, afirmando, de esta forma, la imposibilidad de saber de manera cierta qué se siente ser como ese ser (¿podría yo, un hombre homosexual cisgénero, saber cómo se siente ser una mujer lesbiana transgénero?). </p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema, como podrá inferirse, reside en que la literatura no tiene por efecto y/o función proveer de un acceso epistémico a las realidades de otros seres —o no necesariamente<sup data-fn="27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099" class="fn"><a href="#27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099" id="27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099-link">8</a></sup>—, sino viabilizar, reconociendo tal imposibilidad, el acercarnos de manera empática y errática a otras existencias. De ahí, que desechara en principio la posibilidad de aquellas preguntas que rodean más las lógicas de la militancia en desmedro de las que sondean las intelectuales-emocionales.    </p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo queer en la literatura no debiera hermetizarse en las políticas de la identidad, sino abrir caminos y espacios para exploraciones de las existencias diversas, asumiendo el desafío de emocionar. Lo anterior no es dependiente de la realidad de sexo-género-orientación de quienes escriben, de la cantidad de personajes queer que las obras presentan o de las temáticas que la contingencia de la comunidad LGBTIQ+ demanda en el mercado.&nbsp; Eso no es resistir, visibilizar, ni representarse, tampoco es una actuación comunitaria; es actuar como un grupo de interés en el espacio comercial y no en el intelectual, estético y artístico.</p>



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<ol class="wp-block-footnotes"><li id="0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f">Nordin, E. (2015). <em>From queer reading to queerbaiting: The battle over the polysemic text and the power of hermeneutics</em>. Trabajo de master, Estudios de Cine, Universidad de Estocolmo, Estocolmo.<br>“La práctica de añadir intencionalmente tensión homoerótica entre personajes, con la finalidad de atraer una audiencia extensa3 sin la intención de convertir dichatensión en acciones abiertamente homosexuales.” <a href="#0b0bf3d6-9fa9-4ee6-b40b-6169aa6f852f-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 1"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141">Ellis, R. (30 de enero de 2019). <a href="https://www.youtube.com/watch?v=riKVQjZK1z8">The Evolution of Queerbaiting: From Queercoding to Queercatching</a>. [Archivo de vídeo]. <a href="#6c2a941c-4a73-42ca-829f-c8a74dcae141-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 2"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d">Metáfora utilizada por la escritora Gemma Lienas en <em>El diario violeta de Carlota</em> (2001). Con esta figura, la autora invita a observar el mundo con una mirada crítica desde el punto de vista del género, para ver las desigualdades entre hombres y mujeres. <a href="#ea288061-f012-4f62-b9d0-2a6068c2527d-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 3"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5">En el sentido de “efecto”. <a href="#b149c179-1dc7-4d5f-95e6-ed19e2c7cec5-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 4"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c">De esta crítica proviene la idea de nombrar a la pregunta N°3 como “Análisis de contenido o análisis del discurso”. <a href="#b5f09eda-2c3b-4290-af1d-a980a603424c-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 5"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f">El test aparece mencionado por primera vez en 1985, en una tira cómica llamada <em>The rule</em> en <em>Unas lesbianas de cuidado</em> (en inglés <em>Dykes to Watch Out For</em>). <a href="#651a8a5e-a396-4994-8261-2bcfd153526f-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 6"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69">De cierto modo bien lejano, debo anunciar,  ya que el ensayo trata principalmente sobre el tema de la conciencia. Puede resultar de interés a los sci-fi adictos.  <a href="#fcb88e1f-6e35-4daa-ab09-b7645363eb69-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 7"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099">Sobre este tema pueden resultar de interés los denominados Estudios culturales cognitivos. <a href="#27f81a4f-b150-43ff-be04-5971de78a099-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 8"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li></ol>


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		<title>«Arriba» por Iván Ochoa</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jan 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 05 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 3195 palabras &#124; En un mundo donde el cielo comienza a derrumbarse, cuatro personas permanecen atrapadas en una habitación teñida de luces rojas. Una mujer que se define como un umbral de las vidas ajenas, observa con minucioso detalle a los otros: un profesor atormentado por la culpa de un amor perdido, un doctor que oculta su miedo bajo una máscara de racionalidad, y su esposa, una figura pragmática que se resiste a aceptar el fin. Entre reflexiones sobre el pasado, dinámicas de poder y revelaciones personales, los personajes enfrentan la incertidumbre del apocalipsis, donde lo cotidiano se torna sublime y las palabras, insuficientes, intentan abarcar el peso del final.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-2a6ae34eca399a83fa3335829236cba8 wp-block-paragraph">En un mundo donde el cielo comienza a derrumbarse, cuatro personas permanecen atrapadas en una habitación teñida de luces rojas. Una mujer que se define como un umbral de las vidas ajenas, observa con minucioso detalle a los otros: un profesor atormentado por la culpa de un amor perdido, un doctor que oculta su miedo bajo una máscara de racionalidad, y su esposa, una figura pragmática que se resiste a aceptar el fin. Entre reflexiones sobre el pasado, dinámicas de poder y revelaciones personales, los personajes enfrentan la incertidumbre del apocalipsis, donde lo cotidiano se torna sublime y las palabras, insuficientes, intentan abarcar el peso del final.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f">Nº 05 | Narrativa | Ciencia ficción | 3195 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-b8f185eff2741910f2519097602a9ce0" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);"><strong>Arriba</strong></strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px"><strong>Iván Ochoa</strong></h2>



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<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-right has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c8212a15053654001b422f6faefb650c wp-block-paragraph"><em>The road to Manderley lay ahead.&nbsp;</em><br><em>There was no moon.&nbsp;</em><br><em>The sky above our heads was inky black.&nbsp;</em><br><em>But the sky on the horizon was not dark at all.&nbsp;</em><br><em>It was shot with crimson, like a splash of blood.&nbsp;</em><br><em>And the ashes blew towards us&nbsp;</em><br><em>with the salt wind from the sea.&nbsp;</em><br><br>Rebecca, Daphne du Maurier</p>
</blockquote>



<div style="height:79px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a84236a66afec716120641c57b1768d6 wp-block-paragraph">Ya no recuerdo lo que hacía antes de la habitación roja; posiblemente leía en la cama o dejaba una encomienda o daba vueltas por la plaza contando las palomas, alternando la forma arábica y los posibles padecimientos o emociones, esta es la (1) Triste, esta es la (2) Histérica, la (3) Esquizoide, la de (4) Episodios Antisociales, la (5) Crespa con el Ego Estratosférico. Curiosísimo pensar que, tal como ahora que el futuro ha sido borrado con un codazo brusco (o al menos puesto en un cordelito, calzón mojado a pleno sol), el pasado ha sufrido el mismo destino y solo existe un huérfano jirón de ahora, esta burbujita de tiempo que flota a la deriva huyendo de un soplido gigante o una aguja aún invisible. No dejo de pensar en cuántas manicuras y felaciones y cafecitos y <em>deliveries</em> han sido cortados a mitad de camino por el filo de lo súbito, lo incognoscible, lo posiblemente fatal.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-de3763ab7e8377be78cb7fbd9a1f8257 wp-block-paragraph">En estas condiciones es muy fácil fijarse en nimiedades; por ejemplo, yo llevo dos horas sumida en la forma en que el doctor se sorbe la nariz, como si revelara carácter. Lo pospone hasta el último momento, cuando el moco ya se asoma jocoso y amenaza con trazar un puente entre dos naciones enemigas: la Nariz y el Suelo. Parece absorto a su manera, desafiándose a devolverlo con latigazos cada vez más violentos (quizá piensa en una forma viscosa de <em>bungee</em>) y saboreando en ello la esquina del riesgo, la yema de la palmadita congratulatoria. Incluso tiene un pañuelo de género en el bolsillo izquierdo del abrigo, que se rehúsa a utilizar ya sea por volición o despiste. Quizá es un hombre adicto a las apuestas. ¿Cuál será su recompensa?&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-199f4dd376451d1b9ff67f8dbbe75802 wp-block-paragraph">Su mujer evita mirarlo. Las constricciones del espacio la tienen arrimada a sus rodillas, y lo detesta. Lo detesta, pero evita evidenciarlo. Arruga una bolsa de Banana Republic que ciñe celosamente a su regazo. También se mira las manos. No ha encontrado nada en ellas, ni una mancha, ni un dedo de sobra, ni una migaja de paciencia. Estoy segura de que se mira más de cerca para hallar en cada cutícula un hastío distinto, y los lima con la mirada: aquí la indecencia, acá los protocolos, los pudores, la pérdida de tiempo, el flagelo de la talla L, la misantropía, incluso el pavor a que su marido le pegue el resfrío. Creo que todos lo pensamos en algún momento, sobre todo al inicio (¿cuál sería ese?), antes de reparar en que la consecuencia —y todas las preocupaciones de la esposa— son quizá monedas devaluadas. Obsoletas, incluso.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e490db1596fd8fe94f2c1d6a2f64abbf wp-block-paragraph">El profesor está sentado de espaldas a la única ventana, el único apoyado en ese muro. Despega la mirada del teléfono solo para posarla sobre las aspas del ventilador, o para preguntarnos con voz azorada si necesitamos algo. Negamos en silencio, y volvemos a los mocos, a las uñas, las ocupaciones propias. La luz roja lo avejenta más que a cualquiera de nosotros. Aun así lo hallo algo atractivo: es trigueño, pelo ondulado y caótico y algo grasoso, barba de varios días, lentes de marcos finos y una camisa floreada por donde asoma el irregular vello del pecho. Sus zapatos cuentan historias de viajes y barros. Es evidentemente maricón. Nadie lo molesta porque se ve muy turbado (a pesar de que no nos importa, es una puerta que nadie quiere abrir), pero no deja de leer noticias ni permanecer junto a la ventana en caso de necesitar confirmación de primera fuente, aunque se defiende dándole la espalda.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-c06132f37719309b7e726cee5f824a11 wp-block-paragraph">Cada uno de nosotros (banda ecléctica de pacientes, arrancados de la calle y la comodidad de la rutina) tiene una teoría sobre lo que sucederá.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ef494b37ee8bbc885e46b439142c7060 wp-block-paragraph">La esposa cree que todo esto es una falsa alarma. Una estupidez. Sus pies están firmemente plantados en su noción de pragmatismo: el uso eficiente de recursos como el tiempo, el dinero, el futuro, todos ellos infinitos, renovables. De seguro su idea de Dios es una tarde en un <em>spa</em> de Vitacura. Gloria al baño de lodo. Está impaciente por llegar a casa y ver cómo su chaleco nuevo combina con su par favorito de zapatos; necesita agendar reuniones con amigas de infancia, continuar su pésimo libro de autoayuda, retocarse el pelo y el solapado fascismo. Personajes así existen, me digo, por montones. Caricatura hiperbólica, un ensayo de persona. Para gente como ella, la finitud es una obscenidad, un concepto mítico: no tanto por la idea global de finitud (ni siquiera porque sea muy tonta para concebirla), sino una puramente egocéntrica. ¿Cómo puedo acabarme yo?</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e45e8be91e349af1ba7f50023cf9ba1b wp-block-paragraph">El doctor es un poco más afable. Una estaría tentada a adjudicarle una visión más cientificista (una tormenta solar, un efímero evento cósmico), pero con lo poco que ha dicho se ha entrevisto a un hombre que admira el espíritu. Parece entregado a la idea de que, en efecto y sin importar el cómo, es el final. La aventura del apocalipsis. Yey. Eso es lo que veo desde fuera. Está convencido de su propia bondad, en caso de necesitarla. La bondad como moneda de intercambio. Get Out Of Jail Free Card, como en Grand Theft Auto. (¿Acabo de pensar un juego de video mientras está pasando esto? ¿Pero, qué está pasando?). Debe ser una suerte el vivir tan seguro como él, si fuese el caso. Aquí está mi bondad, un canasto con mis buenos actos, todos impolutos y ejecutados de punta a punta, ordenados según fecha, ahínco de intenciones y resultados finales, incluso reseñas de usuarios. Ha salvado a muchos, sosegado a uno que otro, es la santidad en carne: cuatro y media estrellas. Una app llamada Good Deeds. (Sería hilarante que solo fuese un dentista. Un podólogo benevolente. ¿Son miembros del pueblo elegido de Dios? Por qué no, hasta los seres eternos deben tener las uñas encarnadas).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b896e1def934c8d570e69ff2b0443c87 wp-block-paragraph">Por lejos, el profesor ha sido el más nervioso. Necesita saber qué pasará, como si ello fuese a cambiar algo. Hace un rato habló de una mujer llamada Gertrude Ökenlo, ciudadana sueca cuyo caso leyó en la revista argentina Rarezas, mientras viajaba con su padre en el verano del 2000. Gertrude alertó a las autoridades de Gällö, pequeña localidad de Jämtland, sobre un desplazamiento en la línea del horizonte a lo largo de diez días, en julio del ‘91. A primera visa, lo creyó un hundimiento del terreno. Luego de las mediciones correspondientes, le informaron que no había causales de preocupación. Sin embargo, la mujer —jubilada, recientemente enviudada y, según ella y sus vecinos, habituada a largos periodos de observación desde su ventana— estaba convencida de que el cielo estaba inusualmente más abajo de lo normal, lo que le provocaba una punzante sensación de angustia. Antes de someterse a pruebas médicas (sugeridas por ella misma; nunca perdió del todo el uso de razón), Gertrude falleció a causa de un paro cardiorrespiratorio, se había enterrado a sí misma en su jardín.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e08fd7a0daf58702616c23a3f6b7a364 wp-block-paragraph">La historia de Gertrude, y otros casos subsecuentes (escasos, según él), le provocaron casadastrafobia, un miedo irracional al cielo. Pobre hombre. ¿Cómo vivir temiendo algo que es ubicuo e inevitable? Relame aquella anécdota como un primer anuncio, una profecía. Por un rato enumeró posibles escenarios y correspondientes soluciones (entre ellas clavar la vista en los zapatos y evitar mirar el cielo, reduciendo todo a un episodio de vértigo. Se ha pasado tres cuartos de hora pegando papeles con frasecitas aleatorias en su empeine para forzar la unión ojo-pie, partir en dos una estrofa de Keats pero empezar por el derecho y reparar en el error que termina bendiciéndolo y díganme si necesitan algo), y si bien partimos oyéndolo por deferencia ya dejamos de reconocerlo, así que asume las aspas como nuevas interlocutoras. Es triste, porque siendo tan joven (bordea los treinta, igual que yo) pareciera cargar tantos bagajes y remordimientos, una lengua de locura erosionándole la nuca y razonando, por supuesto que la fijación en los zapatos y la firmeza del suelo, el rescate de Keats, el empeine en la línea de defensa. Quizá tiene un secreto, algo que amerite redención.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-cba96e74371167606fd3634c12bdcb7d wp-block-paragraph">Qué curioso cómo la gente refugia sus miedos y verdades bajo avatares y techos: un sorbido de mocos disfraza el ansia de aventura, disfraza el nerviosismo; una uña, el sumidero de impaciencia; un teléfono y un par de zapatos como la forma más digerible del miedo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4e9496dde0084224c327c986418ae80a wp-block-paragraph">Cada uno tiene una teoría sobre lo que sucederá. Excepto yo.&nbsp;</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-dc4edf358ca953a24373c0f464eff529 wp-block-paragraph">Sin hallar la cabeza de este hilo sé que estoy acá por inercia, porque así he llevado siempre mi vida: atada a las voluntades ajenas, las encomiendas, el conteo de palomas. Supongo que es una forma de abstención, hacer de los otros mi refugio, asumirme lienzo en blanco y migrar del cubismo al dadá sin mayor esfuerzo. Todos los pensamientos son ciertos. Me asumo liminal y camaleónica, un umbral para las habitaciones de la gente. (¿No dicen que en caso de sismo los umbrales son lo único que permanece en pie?). No me importaría resfriarme, no me importan las narices ni las uñas ni los finales ni Dios ni los zapatos, a menos que me signifiquen réditos y conexiones y un momento de falsa humanidad. Compañía, incluso. Desayuno falsedades.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ab9e084395643ca965974f6797f8bd15 wp-block-paragraph">Una vez tragué el semen de mi hermano solo por matar el tedio. Eran circunstancias similares: una tarde muerta, el tiempo atascado en el cauce alquitranado de febrero. Estábamos en la casa de campo esperando a que volvieran del hospital de Los Ángeles, donde mi madre había ido de urgencia por lo que podía ser un derrame. Vagando cerca del huerto de tomates, encontré a Lucas masturbándose a la sombra del aromo. Lo miré un rato por partes, hilando el vaivén rítmico del brazo a su torso al cuello erguido al tronco del aromo y de pronto la totalidad simple de Lucas, Lucas en sí mismo en una acción cargada de luquicidad. Parecía excitado con la mera forma del cielo, la sensualidad de sus tonos, su honestísima apertura, la gigantesca vulva azul ofreciéndose sin capciosidades. No titubeó cuando me vio mirándolo, y devolvió el gesto. Me invitó a hincarme a su lado. Desde arriba me reflejó la tristeza que no sabía que acarreaba —algo que solo asoma en estos silencios vacuos—, y de a poco empezó a convencerme de ayudarle, de extenderle una o dos manos fraternas y pronto la insinuación de la boca y la punta de la lengua; al cabo de tres nubes me ofrecía su consuelo líquido. Sabía salado y abundante. Lo acepté, me quedé con él viendo el carrusel de nubes y las vastedades varias, y comencé a conocerme.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-27d2b46aaacdb4c316a9e81efe1217d9 wp-block-paragraph">Replicamos la dinámica por un tiempo. Con mamá recuperándose en casa intenté sugerirle otros espacios cubiertos, quizá el establo o el entretecho o la deshabitada casucha de Ramírez, pero esto resultaba en finales a medias, estacatos nimios que terminaban olvidados en el suelo ante la curiosidad de las hormigas y la propia. El motor de Lucas parecía ser la sensación de libertad, el tenerme a la espera de su leche en la pura verdad de la intemperie. Yo asentía para no sentirme sola. Después, de un momento a otro y sin explicaciones, puso fin a la práctica. Jamás lo conversamos. Sobre la historia hay ahora una maltrecha alfombra de silencio.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1ffd36ddd9f73e3d04557c6281000f4c wp-block-paragraph">Cada cierto rato me asomo a la ventana por curiosidad. Afuera la situación es la misma que acá. La calle se vacía, los últimos autos merodeando la rotonda camino a sus casas, en plan de emergencia. La gente, curiosa pero precavida, mira desde sus balcones hacia el cielo rojizo en busca de señales nuevas; el sol, aparentemente, ha dejado de moverse. Una bandada de gaviotas aletea sobre la torre Fritz-Matte. Dedicándoles más tiempo se hace obvio que solo hacen eso: aletean sin moverse, congeladas en el aire. Las nubes son del mismo color que un cielo de Vermeer: gruesas y llenas de carácter. Lentamente, han comenzado a tragarse el último indicio de ambiente citadino. Es el sonido de la espera. Al centro de la plazoleta, en la rotonda, un solo árbol arde con llamas blancas. No hay bomberos a la vista. Desde la altura todo se ve distinto, más indefenso y prescindible, quizá Dios nos ve así mismo. (Curioso cómo Dios es cada vez más una presencia asumida en los escenarios hipotéticos; de todos modos, no sé a quién más adjudicarle la autoría. Cualquier otra cosa se sentiría de mal gusto y ya habría ido al grano. Esta dilación del tiempo y las paciencias y los símbolos parecen solo obra divina, alguien que nos fuerza a esperar su descenso porque ha fijado una hora específica y asume su importancia, su ego, su solidez de trayectoria. Una Madonna cósmica).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d50596a4765e03b31e423d50b09569f8 wp-block-paragraph">Si fuese Dios quien bajara del cielo abierto, se la chuparía. Los dioses necesitan putas más que podólogos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2c0a90d8a455d69a6088db143fccb5c0 wp-block-paragraph">El profesor pregunta otra vez si puede hacer algo por nosotros. El doctor y yo negamos con la cabeza; su esposa titubea antes de sugerir un vaso de agua que en verdad no quiere. Él parece decepcionado, pero consiente y se para a rellenar un vasito desechable con agua del dispensador. Se lo entrega a la mujer con plena esperanza de haber hecho lo correcto y ahora la confirmación, el sorbito triunfal que sella el favor, pero la mujer guarda el vasito en la mano libre y regresa a la parte seca del suelo. El profesor finge desinterés y retorna a su muralla evitando la ventana; se deja caer con un gesto insípido y comienza a llorar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-fbcdb553d75defa686bd0c4904c2040f wp-block-paragraph">No sabemos qué hacer. Sus pucheros son absurdos, pero sinceros y pueriles. Ahora la mitad de los presentes sorbe sus mocos. Me pregunto si el verdadero fin será cuando completemos el cuarteto. Intentamos fingir que nada está pasando, buscando distintos puntos de interés, pero la habitación es un desierto que rechaza toda estadía prolongada. Es inevitable volver al marica llorando. Solo queda relegarlo a la esquina del ojo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f920ab8ef7ecf68918fbb3d95dce1e58 wp-block-paragraph">Pero no desiste, y entonces va desenrollando una alfombra frente a nosotros, tejida con sílabas lentas y viscosas y exhalaciones que van creciendo y entremedio un dolor en el pecho, una punzada terca llamada Daniel o Diego, este Diego del que ya no sabe hace mucho, cinco o seis años, seis años, repite más seguro, pero que sigue sintiendo por las noches y al caminar por Ahumada, cerca de las ruinas del Lido donde alguna vez una película y un beso. De a poco escupe a Diego que no suena para nada como un problema cardíaco, cómo podría siendo un hombre tan menudo y aficionado a Bowie y las cervezas sabatinas, mirando el Santiago nocturno desde la terraza de su casa imposiblemente alta o desde los ojos del mismo profesor, donde también se detenía por minutos para decir qué lindo este juego de manos en la mesa, la sencillez de una yema sobre una cutícula ajena, pareciera que bailara o que enviara un mensaje en morse. Le dijo aquello y continuó repitiendo el mensaje, punto raya caricia punto punto, sin mediación de un diccionario porque ambos sabían qué significaba y cuánto lo habían buscado, en otros años y otros cuerpos, y al fin ahí estaba, cosa de levantar un dedo y verlo expuesto, sin miedo al viento precordillerano ni al juicio del cielo, mirando hacia arriba, hacia ambos, con la calma de un gatito recién alimentado; ambos lo miraban de vuelta pensando qué cosa tan curiosa, tan chiquita y sin embargo sin esquinas y a medida que se la mira pareciera estirarse y desparramarse sobre la vía de la cutícula, todo ello contenido en el mínimo gesto de esas dos manos encontradas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-35e4657d69a1aa1264dd6c91cdd98ac1 wp-block-paragraph">Aquí el llanto se vuelve alud y va arrastrando todo tipo de lamentaciones, algo sobre un alejamiento y la subsecuente traición en forma de felaciones a terceros, el cliché de la infidelidad por hastío o por cuestiones genéticas; la cosa es que Diego ya no fue más y desde entonces el profesor se siente condenado, pagando una deuda en cuotas interminables y cómo se vive sabiéndose culpable, la culpa es una casa erigida en el peor de los barrios, avenida Maldad esquina Egoísmo, esquina Sabotaje, esquina Absolutísima Falta de Méritos, y él transitando a paso lento sin zapatos ni estrofas que lo salven, sin noción de caminos ni destinos y lo más probable es que luego trote en círculos sobre gravilla hirviendo. Menciona sus manos y se las mira histérico porque no tienen nada, nada con qué defenderse de la muerte, y si este fuese el fin, si el mundo acabara aquí y ahora de mil formas posibles (mil mundos distintos) él se iría con las manos vacías en todos, sin amor ni redención ni un ápice de calma, y por ello quiere hacer lo posible por saberse bueno y salvarse, depositar toda su esperanza en un vasito de agua y con ello poder mirar el Cielo de nuevo y ganárselo, eso o el beneplácito de un cualquiera, una palabrita de aliento, de perdón desnudo y desinteresado, y nosotros entendiendo que además de ser doctores y esposas y putas ahora también somos Diego.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bb2293d23c91121ca82dab178d449b99 wp-block-paragraph">Lo dejamos llorar un rato hasta que el doctor espeta un seco “te lo buscaste”, frasecita que extiende un hilo tenso entre los ojos de su esposa y los míos, el tejido menos esperado porque qué tengo que ver yo con ella en esta historia y en la vida, pero ambas reconocimos que aquello había sido una quemadura química, remate a un animal ya moribundo. El doctor prosiguió a sorberse los mocos como si no hubiese apuñalado a un hombre donde más le duele, el órgano de la esperanza más blanda, y toda su proclamada bondad sangrando junto al moribundo. La esposa miró el vaso de agua y vio en él un naufragio de decencia, pero también un gesto radicalmente fútil, si al fin y al cabo todo era paliativo y quién querría placebos en lo que podía ser el fin de un mundo. Yo nunca he tenido el hueso de la compasión en el cuerpo, pero entendí que mi boca cerrada era el mayor consuelo a disposición, preferible eso a una broma de mal gusto ante un hombre que literalmente se deshacía en aguas y ahogos. Por lo mismo nadie se atrevió a contarle del cielo, que entre el Diego amado y el llorado había masticado de a poco los techos, la curiosa sensación de estar cayendo en un precipicio a la inversa igual que la estrofa de Keats. Solo después de un rato la esposa se atrevió a ponerlo en palabras de la forma más sencilla: «Se está cayendo el cielo», dicho en un susurro benigno, como una canción de cuna. Los tres miramos por la ventana a destiempo y nos unimos a tantos otros que hacían lo mismo desde sus balcones, de seguro hilando las palabras para describir lo indescriptible, y el profesor hundiéndose en la certeza de una condena que quizá no era solo suya, después de todo quién no es culpable de techos y mentiras y miradas al suelo, en la búsqueda inútil de una verdad que está arriba y solo arriba, donde el profesor fue a parar como si se tratase de los adoquines, luego de preferir la ventana a nuestra indiferencia colectiva.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-50992e2d0ce8542b8bd22fc9025b7480 wp-block-paragraph"></p>



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