<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Terror</title>
	<atom:link href="https://imaginistas.cl/category/imagi/terror-imagi/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://imaginistas.cl</link>
	<description>IMAGINISTAS</description>
	<lastBuildDate>Mon, 16 Mar 2026 15:23:20 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/12/cropped-Logo-letras-blancas-fondo-negro-32x32.png</url>
	<title>Terror</title>
	<link>https://imaginistas.cl</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>«La renuncia» por Manuel Zúñiga Trier</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/03/16/la-renuncia-por-manuel-zuniga-trier/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Mar 2026 15:18:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=4434</guid>

					<description><![CDATA[Nº 57 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1241 palabras &#124; Chile &#124; Una mujer vive un día cualquiera marcado por atrasos, vecinos incómodos y una rutina agotadora. Pero una serie de mensajes extraños comienza a insinuar que algo imposible podría estar relacionado con su vida. Entre correos sospechosos, visitas inquietantes y documentos que parecen surgir de ninguna parte, la frontera entre lo cotidiano y lo absurdo empieza a desdibujarse. Lo que al principio parece una broma termina revelando una lógica perturbadora que insiste en abrirse paso en su departamento y en su mente. Con humor negro y una atmósfera inquietante, el relato explora qué ocurre cuando lo sobrenatural adopta la forma más temida: la burocracia.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-11d73571d419d5e2710c40b943b84dde">Una mujer vive un día cualquiera marcado por atrasos, vecinos incómodos y una rutina agotadora. Pero una serie de mensajes extraños comienza a insinuar que algo imposible podría estar relacionado con su vida. Entre correos sospechosos, visitas inquietantes y documentos que parecen surgir de ninguna parte, la frontera entre lo cotidiano y lo absurdo empieza a desdibujarse. Lo que al principio parece una broma termina revelando una lógica perturbadora que insiste en abrirse paso en su departamento y en su mente. Con humor negro y una atmósfera inquietante, el relato explora qué ocurre cuando lo sobrenatural adopta la forma más temida: la burocracia.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 57 | Narrativa | Terror | 1241 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-3c0a836c301623cc9ddd86d9fb1d7b73" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LA RENUNCIA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">MANUEL ZÚÑIGA TRIER</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Un minuto antes de salir. Justo un minuto antes de salir, recordó los platos del almuerzo. Salió con cinco minutos de atraso. La primera micro no paró; la segunda iba a pasar en veinte. Miró el Uber. Después de cargar, la app estimaba que el conductor se iba a demorar diez minutos. ¡Diez minutos!</p>



<p>Cuento corto: llegó atrasada y sopeada a una sala vacía. Solo estaba el profesor, quien, levantando la vista del WhatsApp, le dijo:<br>—Hola. Jaja. Un segundo —y volvió al celu por un buen rato.</p>



<p>Terminó la clase. El sudor se había ido, pero había dejado un ectoplasma que le heló los riñones todo el santo rato, como decía su tía. Le iba a entrar algún bicho, seguro.</p>



<p>Volvió con el contador de viejos asquerosos en números verdes. Suspiró de espaldas a la puerta mientras la cerraba, con las manos entre la puerta y el poto.</p>



<p>Se volteó, puso llave y se paró en puntillas. Ahí estaba el del 41, sin embargo, acercándose al otro lado de la mirilla, rascándose. No le iba a contestar, aunque supiera que él sabía que estaba en la casa. Ahora era menos tonta.</p>



<p>Se puso los lentes frente a la lista infinita de correos. Se sacó los lentes y acercó más la cara al monitor. Últimamente le funcionaba mejor.</p>



<p>Un arduo escrutinio y unas cuantas notas ilegibles sobre el reverso de la comunicación de vecinos morosos después, se dispuso a pinchar el último correo de la lista.</p>



<p>Justo al tiempo que seleccionaba la línea, un mensaje nuevo llegó, interceptó su clic y se abrió sin previa presentación ni consentimiento.</p>



<p>—Pfff.</p>



<p>Leyó el par de líneas de cháchara del inicio y luego algo sobre un demonio, cómo su familia había hecho un pacto hace unas cuantas generaciones atrás y cuán ilegal era que las personas obtuvieran beneficios especiales por estos medios en la actualidad.</p>



<p>WTF, se dijo. Nunca le había llegado una cadena así, ni siquiera cuando estaban de moda. Le pareció creativo, sí. Si hasta pensó que pudo incluir una queja del SII por impuestos evadidos con tanta suerte gratuita que supuestamente estaba recibiendo.</p>



<p>Pero más rato el asunto dejó de ser gracioso.</p>



<p>En un acto de traición a sí misma, contestó uno de esos números 600 que últimamente se rajan llamando. Le dijeron que debía renunciar al legado satánico familiar si no quería enfrentar cargos.</p>



<p>O sea. ¿Cómo te explico?</p>



<p>Colgó y se fue a dormir, si a dormir se le llama sobrepensar hasta caer inconsciente.</p>



<p>Si a dormir se le llama que en medio de la noche te toquen la puerta.</p>



<p>No estaba el cripi del 41, sino una señora mayor con gorro corporativo que la hizo susurrar “¿qué chucha?”.</p>



<p>—Amor, lo siento —le dijo la señora, como si no reconociera la existencia de la puerta y la hora que era—. La dejé en su mesita.</p>



<p>—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué?</p>



<p>Efectivamente, “lo que dejó” estaba en frente del sillón, sobre el cholguán que tenía por mesa. Sin embargo, la señora ya no estaba frente a la mirilla cuando volvió a mirar. No había nadie, salvo que el del 41 comenzaba a abrir su puerta, así que se aseguró de que el seguro estuviera puesto, corrió a agarrar el paquete del living y salir del rango de visión, tanto de las viejas fantasma como de los vecinos psicópatas. Cagada de miedo, y pensando cómo la mina pasó conserjería y se metió en su depa, se rindió por el día. Estaba más que chata.</p>



<p>Se despertó con la alarma al día siguiente, con el labio superior pegado a la encía y toda gota de saliva chupada en la funda de la almohada. El sobre en la mano le demostró que nada había sido un sueño.</p>



<p>Se fue a mojar la boca, la entrepierna y el ala.</p>



<p>Dejó pendientes el mail fallido y el resto del aseo personal. Tenía unos quince para su match de lucha libre contra el pantalón y para ver de qué se trataba este asunto de la señora Houdini. Y si las gallinas mean, el sobre no tenía una carta que hablara sobre demonios y favores.</p>



<p>Perfecto para empezar el día pateando la superperra. Con ese nudo doble garganta-estómago. Lo único que sentía suelto era el esfínter rectal y las riendas de la ansiedad.</p>



<p>¿Qué es esto? ¿Desde cuándo se habla de demonios? ¿Qué tiene que ver ella? ¿Y desde cuándo su vida era tan favorecida? Ya, estaban pasando weás raras, pero para creer en demonios, de partida, debía haber tenido que creer en Dios. Además, si fuera verdad, puta, el demonio culiao penca.</p>



<p>Dejó todo atrás, dando el portazo de salida de su vida. Un ojo la miraba desde el 41 por una puerta endeble y entreabierta. Se guardó hoyúo, soltó una lágrima que no cayó.</p>



<p>Hizo otro día idiota y, por suerte, normal. Hasta que más tarde, camino a casa, una amiga se le acercó a la salida del metro y le insistió e insistió hasta que le enchufó un flyer, que de puro estúpida no terminó de rechazar. Pero —qué paja igual— empatizó. Pobrecita, pega de mierda.</p>



<p>Mientras avanzaba al paradero, no le tincó que, dado el mal rato, estuviera de más echarle una ojeá y leyó las letras con fuente pésimamente escogida. Acto seguido, miró alrededor con el pulso a mil. Se devolvió solo para encontrar que no quedaba ningún repartidor de flyers en el metro. Se dio unas cachetadas que asustaron a algunes transeúntes. Arrugó el papel que exigía su renuncia al pacto diabólico hasta que le pinchó las palmas.</p>



<p>Llegó en tiempo récord al depa. Algo color celofán yacía destellando en algún lugar del suelo.</p>



<p>Con ganas de arrugar que nunca en su puta vida, descubrió que era una lámina hecha de algo que la cortó cuando rozó los bordes apenas al recogerlo. Entre dorado, plateado y como aguado. ¿Aguado? ¿Agüero? ¿Aguístico? ¿Ya estaba chalá?</p>



<p>La, llamémosle hoja, absorbió con su magia la sangre del corte y, en el mismo color, comenzó a revelar caracteres arcanos. Se convirtió en una versión fancy de un formulario de mierda.</p>



<p>En un texto ultraamarillista decía que, según el artículo nosecuánto de la ley nueva esa de la que jamás había escuchado oír, se estaba cagando a medio mundo al estar bajo el favor de un demonio (que, dicho sea de paso, tenía un nombre que saca al menos un escupo al decirlo). Le ofrecían un nuevo plan de beneficios prácticamente idéntico y totalmente legal en reemplazo, por una módica suma mensual, y dejaban una línea a su disposición sobre la que firmar cómodamente.</p>



<p>Tiritando, agarró un lápiz y, en los reflejos del techo y paredes de esta lámina tan tornasolada, se vio escrito su nombre, rut —pa’ que corten su weá— y fir&#8230;</p>



<p>El lápiz se detuvo.</p>



<p>Se escucharon pájaros y bocinas. El silbato del afilador de cuchillos. Unos tacos percutiendo los adoquines. La chicharra del portón cediendo el paso. Pasos rebotando en las paredes del pasillo. Puertas crujiendo.</p>



<p>Con los dedos tensamente extendidos, resopló y dejó el lápiz rodar al suelo.</p>



<p>Dejó al basurero emitiendo chisporroteos psicodélicos; se prometió cambiar la bolsa al día siguiente. Se fue a acostar dopada en 20 de clotia y cruzó los dedos para despertar viva al día siguiente.</p>



<p>Se dedicó desde entonces a ignorar activamente todo suceso extraño que le pidiera su firma para cancelar cualquier supuesto pacto.</p>



<p>Nosotros seguiremos intentando.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1066" height="1066" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47.jpeg" alt="" class="wp-image-3918" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47.jpeg 1066w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-300x300.jpeg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-1024x1024.jpeg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-150x150.jpeg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-768x768.jpeg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-600x600.jpeg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-100x100.jpeg 100w" sizes="(max-width: 1066px) 100vw, 1066px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><mark style="background-color:var(--ast-global-color-5);color:#ffffff" class="has-inline-color"><strong>Manuel Zúñiga Trier</strong> nació en Santiago de Chile y fue criado entre Talagante, Chiloé y Tasmania. Biólogo de profesión y masoterapeuta por pasión. Esgrima histórica, vocalizaciones extrañas, animación y escritura son hobbies que se pelean su tiempo. Afín a las artes que lo dejan triste, pensativo y babeando. Escribe, por lo tanto, cosas extrañas e incómodas, ojalá terroríficas.</mark></p>



<p></p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«La mosca» por Matías Mondo</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/01/26/la-mosca-por-matias-mondo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Jan 2026 15:47:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=4350</guid>

					<description><![CDATA[Nº 55 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 1595 palabras &#124; Italia &#124; En un entorno aséptico y hostil, una conciencia no humana narra su encierro, su sometimiento y el aprendizaje forzado de una lógica ajena. El relato avanza desde la experiencia corporal extrema hacia una reflexión más amplia sobre control, lenguaje y poder, hasta desplazarse a otro plano de existencia marcado por la vigilancia, la productividad obligatoria y la pérdida de identidad. La mosca articula ciencia ficción y horror corporal para indagar en la explotación de los cuerpos y las mentes, la violencia heredada entre sistemas y la continuidad de la dominación bajo distintas formas tecnológicas, sin ofrecer refugio ni redención.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-836b941aea667912933ac5406edd8cdd">En un entorno aséptico y hostil, una conciencia no humana narra su encierro, su sometimiento y el aprendizaje forzado de una lógica ajena. El relato avanza desde la experiencia corporal extrema hacia una reflexión más amplia sobre control, lenguaje y poder, hasta desplazarse a otro plano de existencia marcado por la vigilancia, la productividad obligatoria y la pérdida de identidad. <em>La mosca</em> articula ciencia ficción y horror corporal para indagar en la explotación de los cuerpos y las mentes, la violencia heredada entre sistemas y la continuidad de la dominación bajo distintas formas tecnológicas, sin ofrecer refugio ni redención.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 55 | Narrativa | Ciencia ficción | 1595 palabras | Italia</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-69791d677a9847012ce0a504f0a5cf5b" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LA MOSCA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">MATÍAS EZEQUIEL MONDO</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>1.</p>



<p>Frío otra vez. Hace mucho que me tienen aislado. Solo siento el asqueroso y resbaloso mármol. Entiendo lo que les hacen a mis hermanos. Odio esos ruidos. Mi sangre helada está en el límite de calor necesario para dejarme inútil, aprendieron a controlar con precisión la temperatura para dejarnos indefensos y estúpidos. Solo me exponen al calor cuando necesitan ver mis reacciones, cuando necesitan estudiarme para apoderarse una vez más de todo. Su ropa sabe a sintético, no logro distinguir sus tejidos ni su pelaje cuando me dejan, por descuido, tocarlos. No sé qué tan grande es el lugar, pero siento vibraciones que abren una infinidad de pasillos y pacientes. No entiendo cómo sienten, cómo nos controlan. Escuché que otros de los nuestros hablaban de arrancarse el vello, de sacarse cada ápice de animalidad que recorría su piel. Siento que nos odian, pero su indiferencia es más fuerte.</p>



<p>Cada día mi cuerpo se retuerce. Cuando me sacan de mi cuarto solo siento el sabor de los hilos que componen la primera capa de sus cuerpos. Después, una luz amarilla, como el viejo y olvidado sol, se posa sobre mí y no consigo seguir atento. Me caliento, vuelvo a pensar, a moverme, a respirar, pero una especie de cuerpo helado y duro me retiene. Una mano de dos dedos por cada pata. Solo siento ese sabor a lo que llaman metal y espero a que terminen de succionar mi sangre. Pienso que se nutren de ella, aunque me inyecten tubos helados, sin calor alguno, ni lenguas ni bocas. No sé cómo se alimentan de nosotros, pero cada vez que me clavan sus probóscides de hierro me debilito más. Desde que me tienen aquí puedo pensar como ellos, acercarme a su forma de dialogar, pero no cuento con las herramientas para decirles lo que siento. Me exigen explicaciones, me preguntan acerca de mi colonia, de mi planeta, de nuestra biosfera. A cada respuesta equivocada una descarga reverbera en todas mis patas y luego en mis estómagos y corazones. Yo no sé qué es todo eso. O no lo sabía. Más tiempo me congelo y más me parece entenderlos. Al paso que llevan me terminarán volviendo humano.</p>



<p>Cinco me llaman. A eso le dicen nombres. A veces me parece distinguir las vibraciones que emiten sus cuerpos y que no son otra cosa que tocarse los unos a los otros desde lejos. Llaman hablar a su forma primitiva de emitir señales para poder deducir qué harán los otros de su especie. Algunos tienen frecuencias graves y otros agudas. Da igual, todos hablan el mismo lenguaje del dolor. Dicen que brillo a la luz, que mi cuerpo parece cobre mezclado con amatista. Sin embargo, no sé cómo sabe el cobre o la amatista. Nuestros cuerpos siempre tienen el mismo sabor, nunca creí que fuera lo que llaman piedra preciosa. Hoy examinaron mi “capacidad de entendimiento” y se dieron cuenta de que no poseo lo que se dice “vista”. No entiendo cómo tardaron tanto en darse cuenta. Parecen superiores, pero solo se diferencian por su fuerza bruta y sus extremidades heladas. Sin todos estos cuerpos inmensos no podrían retenerme aquí. Sin sus láminas que exterminan nuestras alas no tendrían ninguna posibilidad de sobrevivir.</p>



<p>Comienzan la cuenta atrás. Diez. Nueve. Alguien parece caerse al suelo. Ocho. Siete. Seis. Empiezo a escuchar algo que borbota. Cinco, mi nombre y quizás los últimos segundos de mi destino. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Un estruendo llena la sala. Toco el cuerpo gélido y se me llena la boca del gusto al metal. Las manos parecen haberme liberado. Ya no rompen la piel y el pelaje de mis patas. No siento la luz en la cara, pero mi cuerpo sigue suficientemente caliente como para dar unos pasos. Dulce y salado. Se parece al sabor de su cuerpo, pero esta vez se dispersa por todos lados y queda impregnado en mis extremidades. Acerco mi boca y succiono, siento el regodeo de todos los huevos que cargo. Sigo hacia la fuente de calor más cercana. Hallo un obstáculo moldeable, débil, sintético. Ellos. Esta vez siento el dulzor también en su capa exterior. ¿Será un buen sitio? Escucho algo. Decido depositarlos en lo que parece ser una apertura. Siento unas piezas duras, ancladas a algo cálido y blando. Dejo la mayor cantidad posible. Cien huevos listos para nacer en unas horas, la seguridad de que alguien va a seguir con nuestro legado. Siento cómo cada uno de los nuestros sale disparado de mí y halla su nuevo hogar. En un par de horas volveremos a defendernos, volveremos a ser cientos. Volverá a ser todo nuestro. El calor parece cada vez más lejano. Cada paso se hace más difícil. Extiendo las patas con la fuerza que me queda. Oscuridad. ¿Dónde quedó lo que ellos denominan sol? ¿Dónde está su insensible calor que alimenta cada uno de mis movimientos? ¿Por qué no puedo, como ellos, refugiarme en inmensos colosos fríos de mármol y seguir caminando?</p>



<p>Otro fuerte estruendo.</p>



<p>Despierto otra vez. Ahora puedo sentir algo cerca de mi boca, si se unen vibran. Puedo ver. Observo por primera vez cómo nacen todos los nuestros. Largos seres rompen sus contenedores y devoran rápidamente la pálida piel donde habían sido escondidos. Aunque no sepa explicarlo, siento que ahora sé describir lo que hacen. Salen por los ojos, devoran rápidamente toda la piel de lo que se dice cara y comienzan a brotarles todas las patas de los lados. Rápidamente comienza a crecer lo que ahora veo como un cuerpo de un color precioso. Primero uno, luego otro y así todos. No puedo entenderlos. No sé comunicarme con ellos. Lo intento, pero este cuerpo no me deja hacerlo. Puedo notar cada uno de mis pelos erizados y un líquido frío que me recorre. Escucho su recurrente voz. Transformación terminada. Me arrancan cada uno de los dedos de los pies. Poco a poco se alimentan de mí y siento el desgarro de la piel que se vuelve rico fruto lleno de futuro. El futuro de ellos. Me caigo. Otra vez el frío. Oscuro. Descanso sabiendo que ya no soy el otro.</p>



<p>2.</p>



<p>01100100 01101111 01101100 01101111 01110010</p>



<p>¿Qué concha hago acá? ¿Para qué mierda me trajeron si no sé hacer nada de lo que me piden? Desde que pasó, ya no me dejan en paz. Primero, mis viejos con su funeral cursi y aburrido. Las mismas viejas, siempre vestidas de negro. Los mismos chicos llegando para poder comer algo y no cagarse de hambre en las calles. Mi papá con un lagrimón falso en toda la mejilla. Se podría haber ocupado antes en vez de vernos una vez por semana. Mi otro papá gemía con algo más de sinceridad, se nota cuando alguien te veía todos los días, respiraba de tu misma bombona de aire, compartía tu misma comida congelada y ultraprocesada. Si Víctor me hubiese cuidado algo más capaz que no acababa acá. Si los dos se hubiesen cuidado no me habrían engendrado.</p>



<p>…</p>



<p>Odio estar rodeado de mis compañeros brutos y rápidos. Navegan con una destreza y una facilidad por los códigos que da envidia, parece que siempre estuvieron acá y que nunca tuvieron que vivir afuera. Al principio es raro. Tenés que aprender que no necesitás comer, que no tenés cuerpo, que solo ves números y letras que suponés que forman lo que antes mirabas en una compu. Te instruyen desde el primer día en todo eso, aunque, en realidad, ya venís así de fábrica. Nativos digitales o algo así nos dicen.</p>



<p>El laburo es demasiado tedioso. Todos los días, a todas horas, tenemos que crear los mismos comentarios inútiles sobre las mismas campañas del orto. Algunos tenemos la suerte de conseguir crearnos un pequeño blog personal en una serie de proxys y páginas encriptadas para que no nos puedan rastrear tan fácil, pero a la mayoría nos tienen prohibido comunicarnos con otros o simplemente hablar con nosotros mismos. Es raro porque ya no tenés una voz en la cabeza. Ahora es una voz en los números que componen tu nombre. A mí me asignaron 01100100 01101111 01101100 01101111 01110010, que sería una mala traducción de mi dead name. No podés sentir nada más allá de lo que puedas pensar. Todo pasa muy rápido y tampoco nos permiten mirar el resultado de todos nuestros posts. Somos pequeños cultores de textos rápidos, falsos y llamativos. Nada como un pibe para escribir lo que van a leer otros de nuestra edad.</p>



<p>Hace poco nos contaron que llenamos el 80 por ciento del espacio de la red, que cada vez somos más y que nuestra labor está funcionando. Cada vez que terminamos nuestras tareas nos permiten alimentar a nuestras mascotas virtuales. Mi amigo es un bug que se generó de un gif que estaba haciendo sobre un tal Milei surgiendo de un rito. Ahora le decimos M1M1 y estamos intentando que crezca su código. Lamentablemente, uso casi todas mis fuerzas para mantener vivas mis pestañas adicionales y poder seguir escribiendo para reivindicar que no se respetó mi testamento. Una sola cosa dejé expresa, no vendan mi código, lo que antes se llamaba cerebro, conciencia o como le quieran decir en su tiempo, a Scorp. Mil veces lo hablé con mis papis. Mil veces les repetí que no quería seguir acá. Siempre lo mismo, <em>ya cuando seas grande te vas a poder preocupar de esas cosas, todavía te queda mucha vida por delante, no te preocupés, gordi.</em> Lástima que todo eso no haya sido verdad y ahora esté condenado a seguir acá.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="783" height="783" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2.jpg" alt="" class="wp-image-4351" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2.jpg 783w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-600x600.jpg 600w" sizes="(max-width: 783px) 100vw, 783px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Matías Mondo</strong> (Haedo, 2001) es graduadx en filología hispánica por la Universidad de Salamanca y cuenta con un máster en literatura española e hispanoamericana contemporánea por la misma. Con un gran gusto por la literatura no mimética, tanto en su labor de investigadorx como en su trabajo creativo se propone explorar las posibilidades que albergan esos mundos otros desde una reflexión crítica.</p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«Hocico de tenca» por Lina Abarca</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/01/19/hocico-de-tenca-por-lina-abarca/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Jan 2026 18:19:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=4346</guid>

					<description><![CDATA[Nº 54 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1735 palabras &#124; Chile &#124; Glenda vive con una fobia inconfesable y persistente, el terror a sus propios órganos internos. Convencida de que esas masas involuntarias le fueron impuestas al nacer, desarrolla rituales, fantasías y estrategias corporales para intentar deshacerse de ellas, en especial del útero. Entre encuentros cotidianos con vecinas, registros clínicos y monólogos obsesivos, el relato traza una cartografía íntima del cuerpo como territorio hostil. Hocico de tenca explora, con humor oscuro y crudeza poética, la ansiedad, la medicalización y el deseo de autonomía corporal, llevando al extremo la pregunta por los límites entre lo biológico, lo identitario y lo imaginable.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-e6755da1b6858ad2f66edc2040ee5a89">Glenda vive con una fobia inconfesable y persistente, el terror a sus propios órganos internos. Convencida de que esas masas involuntarias le fueron impuestas al nacer, desarrolla rituales, fantasías y estrategias corporales para intentar deshacerse de ellas, en especial del útero. Entre encuentros cotidianos con vecinas, registros clínicos y monólogos obsesivos, el relato traza una cartografía íntima del cuerpo como territorio hostil. <em>Hocico de tenca</em> explora, con humor oscuro y crudeza poética, la ansiedad, la medicalización y el deseo de autonomía corporal, llevando al extremo la pregunta por los límites entre lo biológico, lo identitario y lo imaginable.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 54 | Narrativa | Terror | 1735 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-a7cd812bb5dec8ebb4995ec524560017" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">HOCICO DE TENCA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">LINA ABARCA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Mi nombre es Glenda y he desarrollado lo que he denominado fobia a mis órganos internos. Me da igual que en los manuales de calificación diagnóstica, cuestionarios, exámenes, elementos de autorreporte, evaluaciones psicológicas o psiquiátricas, esa nomenclatura no exista. Para mí existe y lo vivo a diario.</p>



<p>Hace pocos días me encontré con mi vecina Candela, del 809, en el ascensor. El poco espacio permitido en esa construcción de 2 x 2 obliga a intercambiar alguna palabra, por más insignificante que sea. Me confesó que fue al médico la semana pasada y que un riñón está fallando, que está funcionando solo la mitad del tiempo y que eso la mantiene preocupada la mayor parte de la semana porque, en el mejor de los casos, debe operarse y costear doce millones de pesos o, en su defecto, pierde para siempre un riñón. Pobre Candela, me dio tristeza. ¿Qué voy a hacer sin un riñón, Glenda?, me dijo. No pude decirle que yo, en su lugar, estaría feliz y que me parece adecuado comenzar a perder de una vez por todas los órganos que nadie firmó un consentimiento para tener y que, solo por el hecho de nacer, nos imputaron.</p>



<p>Yo creo que tengo un diagnóstico más bien anómalo, todavía inexplorado o que está en proceso de estudio, quizás. Mi diagnóstico es fobia a los órganos internos y eso implica que dentro de mí habitan porciones de masas encapsuladas unas al lado de las otras que dicen cumplir alguna función para mantenerme viva. Una de esas masas, presuntamente, elimina los desperdicios de la sangre y del exceso de agua transformándola en orina, otra de esas masas digiere los alimentos y los encapsula, otra se encarga, presuntamente, de trasladar el aire y expulsarlo hacia afuera, otra al parecer me colabora para bombear sangre y cuanta cosa se ha inventado la medicina. La ciencia dice que tenemos aproximadamente 78 órganos dentro de nuestros cuerpos. Setenta y ocho. Demasiado. ¿Es acaso mucho pedir reducir esa cifra?</p>



<p>No logro reconocerlos, no logro quererlos dentro de mí y tengo fe de que tampoco los necesito a todos. Son los habitantes no deseados de un país, las visitas no esperadas de un hotel, la lluvia que no sabemos que se avecina. Las palabras páncreas, hígado, vejiga, intestinos y riñón me son impronunciables, he hecho un esfuerzo mayor para escribirlas en este momento. Ni hablar del útero. ¿Acaso a nadie más le pasa algo similar? Sé que sí y que somos muchas quienes estamos en la continua espera de que validen nuestro pesar.</p>



<p>Los órganos internos son horripilantes. Esos movimientos que ocurren de forma completamente involuntaria a lo largo del día son horripilantes. Esos sonidos de ultratumba que pugnan por disolver un bocado a media tarde son nauseabundos. Y esa contracción de bajo vientre que ocurre una vez al mes es completamente terrorífica y atemorizante. En realidad, me imagino un mundo en donde no tenga que habitarlos. ¿Cómo hacer? ¿Dónde acudir? ¿Podrán los humanos algún día prescindir de estos y, aun así, seguir con vida?</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p>Paciente Glenda Inóspita. 32 años. Soltera. Domiciliada en calle Las Azucenas #325, comuna de Antiqueo. Vive sola, cuenta con limitada red de apoyo. Llega puntual a la hora de citación médica, ubicada temporoespacialmente. Viste con ropa acorde a las condiciones climáticas del día, mantiene la mirada fija, adecuado contacto visual, conectada con el entorno. Conciencia normal, lúcida. Atención conservada.</p>



<p>Su contacto verbal es fluido, mantiene la voz en un tono adecuado a la distancia del interlocutor, narra de forma espontánea, aunque por momentos se ve temblorosa, dramática y vacilante. Tartamudea a veces. De actitud se muestra colaboradora con la sesión, con confianza en sí misma, por momentos seductora, histriónica, alucinatoria, crítica y evasiva.</p>



<p>Ingresó el día de hoy. La trajo un par de vecinas que prefirieron no individualizarse. Queda, por tanto, como paciente con red no identificada para su alta futura.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p>Continuamente he intentado quitármelos. Mis intentos van desde acudir periódicamente a un médico familiar para esperar que me detecten algo anómalo que haya que extirpar, realizar exámenes de sangre y rezar porque exista algún órgano en descomposición aparente. Hace un tiempo mis intentos se han focalizado en realizar movimientos con el cuerpo que resulten lo suficientemente bruscos e inesperados para romper algo dentro. Así, he intentado defecar boca abajo, orinar moviendo la pelvis de un lado a otro, saltar y luego reducirme como escarabajo, acumular fuerza centrípeta a la altura del coxis, entre otras. Solo he llegado a romper unos músculos pequeños y profundos cuya acción principal es la rotación de la cadera a nivel de la articulación coxofemoral. Pero mi objetivo era el útero.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p>Organizamos el baby shower de Nilda. Estaba todo listo para ese día. Compramos entre todas las vecinas la torta, el cotillón de bebé, las guirnaldas, los globitos, las serpentinas, todo, todo. Se veía bonita la sala de eventos del edificio. Quisimos invitar a todas las vecinas, incluso a Glenda, para que disfrute un rato, que salga de su departamento, que al menos nos conozca y que sepa lo que es estar en comunidad. Si, al final, todas podemos sentirnos un poco solas. La misma Nilda, por ejemplo, dice que tiene terror de quedar sola, flácida y aburrida después del parto. Todas podemos lidiar con la soledad, cada loca con su tema, al final.</p>



<p>Invitamos a la Glenda y vino. Qué bueno, pensé yo, porque la pobre nunca sale. Nunca, en todos los años que la conocemos, hemos visto a alguien ingresar a su departamento. Parece que no comparte con nadie. Bueno, la cosa es que vino y compartió aquí.</p>



<p>Una de las vecinas se sentó a su lado. Glenda le comentó que tenía un diagnóstico todavía en estudio que se llamaba fobia a sus órganos internos. Nosotras quedamos impávidas, la verdad, porque no sabíamos que la medicina estaba estudiando esos temas. Interesante, la verdad, pensamos al principio. Pero después, cuando empezó a decir que no quería que la llamaran Glenda por su parecido a la palabra glande, nos preocupamos. Dijo que el glande le aborrece y que si alguien se equivoca con su nombre, algún despistado, podría llegar a decirle de esta manera, Glande. Entonces pensamos que, a lo mejor, algo… algo no andaba bien en su cabeza, no sé, como en su cerebro… yo no sé mucho de esas cosas.</p>



<p>Nunca se sintió avergonzada, sino que más bien fundamentó juiciosamente que se quiere extirpar el útero a como dé lugar. Saltó del glande al útero. Yo no sé cómo. También la vejiga, dijo que quería… que quería sacársela. Algo así. Que hacía movimientos cervicales bruscos e inesperados, que soportaba la orina por horas e intenta de forma inquebrantable lograr estropear algo por dentro, lo que fuera, la vejiga, el hocico de tenca. Habló bastante del hocico de tenca.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p>Hoy amanecí invertida. No recuerdo muy bien en qué momento de la madrugada me volteé para ponerme en esta posición, pero simular a un murciélago me hace sentir libre, despierta, vivaz. Esta posición tiene solo un problema. La acumulación de sangre en la cabeza, al rato, comienza a doler. Se inflaman las venas. No sé si realmente es así, pero así se siente. Si la vena aorta estuviera en la cabeza, de seguro se sentiría así. Bombea, tum, tum, tum, como un golpecito cada tres segundos. Una vez leí que la acumulación de sangre en la cabeza tiene efectos endocrinológicos. No lo pongo en duda en esta época de posverdad, todo puede ser posible, cómo no. Digamos que la acumulación de la sangre en la cabeza ordena de alguna manera las hormonas y permite una mayor circulación de sangre en todo el cuerpo, en la totalidad del cuerpo. Quizás, producto de esta circulación, pueda lograr, por medio de la invertida matutina, que los órganos vayan derritiéndose uno a uno, cayendo encima de otros, con el torrente sanguíneo, que fluyan como un squirt.</p>



<p>No es fácil. La posición invertida es un ejercicio aeróbico, una habilidad de gimnasia en sí misma, que consiste en poner el cuerpo verticalmente con los pies hacia arriba, apoyando las manos en el suelo. Esta es, sin duda, la postura gimnástica más importante, a la que se debe dedicar una metódica y detallada atención para lograr la debida alineación corporal postural.</p>



<p>Para realizar este equilibrio invertido de brazos se debe partir de pie. A continuación se apoyan las manos en el suelo, paralelas una con respecto a otra y perpendiculares al resto del cuerpo, sin que una mano esté más avanzada o retrasada que la otra. Una vez colocado este apoyo se debe dar un impulso con una de las piernas y luego avanzar la otra verticalmente, de manera que las dos piernas queden paralelas entre sí y totalmente estiradas en posición vertical. De esta manera se consigue el equilibrio en posición invertida. La mirada debe mantenerse fija hacia las manos y los músculos abdominales contraídos. Un arte.</p>



<p>Somos humanas, pero no somos humanas al cien por ciento. Puedo llegar a esa elasticidad, la puedo sentir, yo lo sé. Como un guepardo, que tiene su columna vertebral extremadamente flexible, lo que le permite realizar giros, saltos y cambios de dirección con total brusquedad. Me pregunto, ¿cómo hace el guepardo para sujetar sus órganos dentro de sí mismo cuando está corriendo hacia una hiena en pleno acto de supervivencia alimenticia? Somos humanas, pero no somos humanas al cien por ciento. Quiero creer que puedo ser ese guepardo. Al menos despertar un día sin esos órganos horripilantes instalados unos al lado de otros dentro de mí.</p>



<p>El tapir también es un ejemplo que me da esperanza. Tiene una trompa flexible que utiliza para agarrar hojas y frutas y puede alcanzar pequeños brotes para comer. Nuestro cuerpo es un ecosistema, la mitad de nuestras células son células microbianas, bacterias claves para nuestro sistema. Puedo adiestrarlas para lograr flexibilidad y reorganizar cada órgano en un lugar. Puedo adiestrar lo microbiano y degradar los microorganismos internos hasta el punto de hacer desaparecer estos órganos horripilantes. Puedo quedarme solo con el intestino grueso, pero no el delgado. Este último me parece de una delicadeza importante que no puedo sostener. Puedo quedarme con el cerebro, pero solo quisiera elegir un lóbulo. Me han forzado a cargar con esta caja pensadora toda la vida. Me han forzado a tener estas masas una encima de la otra.</p>



<p>Algún día la especie podrá. Algún día sucederá.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="960" height="960" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM.jpg" alt="" class="wp-image-4347" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM.jpg 960w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-600x600.jpg 600w" sizes="(max-width: 960px) 100vw, 960px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Lina Abarca</strong> es sicóloga e investigadora de cruces entre género, justicia y digitalidad.<br>Apasionada por la literatura escrita por mujeres, el teatro y la ficción especulativa.</p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«Donde rompen las olas» por Isidora Sagredo Concha</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/01/12/donde-rompen-las-olas-por-isidora-sagredo-concha/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Jan 2026 14:08:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=4342</guid>

					<description><![CDATA[Nº 53 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 4558 palabras &#124; Chile &#124; En un pueblo costero dominado por la superstición y la violencia, Liliana vive atrapada en un matrimonio forzado con Valentín, un brujo viejo que reclama su cuerpo como instrumento para engendrar un heredero. Mientras el presente la somete a abuso y encierro, ella se refugia en el recuerdo de un amor juvenil junto a Ricardo, su primo y primer amante, ligado al mar y a una libertad perdida. Entre mareas, sangre y memoria, Liliana concibe un acto extremo para quebrar el dominio de su esposo.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-ed5fc2967b2c1ecd59f949a3210b3bbe">En un pueblo costero dominado por la superstición y la violencia, Liliana vive atrapada en un matrimonio forzado con Valentín, un brujo viejo que reclama su cuerpo como instrumento para engendrar un heredero. Mientras el presente la somete a abuso y encierro, ella se refugia en el recuerdo de un amor juvenil junto a Ricardo, su primo y primer amante, ligado al mar y a una libertad perdida. Entre mareas, sangre y memoria, Liliana concibe un acto extremo para quebrar el dominio de su esposo.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 53 | Narrativa | Terror | 4558 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-f64b37244f715ec9b376bb23798acddc" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">DONDE ROMPEN LAS OLAS</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">ISIDORA SAGREDO CONCHA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h3 class="wp-block-heading has-text-align-left">Bajamar</h3>



<p>El fogón chispeaba, sutil y pacientemente, haciendo apenas ruido, mientras Liliana colocaba la pequeña tetera sobre la rejilla que restringía el paso de las llamas. A la aún naciente luz del sol matutino, sus jóvenes facciones brillaban con una grisácea incandescencia, pues la niebla marina filtraba los rayos como un telón corrido. La manta color naranja, tejida tantos años antes para su madre, reposaba ahora sobre sus hombros, cubriendo su débil y delgado torso con los jirones que aún no se habían deshilachado y, asimismo, creando un interesante contraste con la palidez de su rostro y el cansancio de su semblante que, sin embargo, era complementado por lo raído que se encontraba el tejido. El hervor que tenía enfrente representaba su única fuente de calor durante las frías mañanas costeras y su única fuente de ocio y distracción en aquellos momentos. Observando las llamas danzar, horas y horas podrían habérsele pasado por encima, de no ser por la gutural alarma anunciante de que su amado esposo estaba cerca.</p>



<p>¿Era hacía ya tres años que una grácil y alegre quinceañera encumbraba volantines con sus primos a orillas del mar, de aquel mar que por entonces significaba paz y vacación, ahora su posible destrucción en manos de feroces olas, hambrientas de una vida que apaciguase su ira? ¿Es que se habían acabado los empujones amistosos, el contar las estrellas por la noche, la inocente tranquilidad obtenida en brazos de su adorado primo? Fue esa misma tarde que le dijo que la quería, que, de poder casarse con ella, lo haría y que deseaba que nunca se apartase de su lado. ¿Era acaso el estar lejos de él lo que más le dolía? Ciertamente que no, pero su recuerdo cargaba consigo una sensación de bienestar que nunca después había recuperado. La felicidad marital, tan prometida y añorada, que le había sido arrebatada tan violentamente de su seno.</p>



<p>Aquella mañana se habían levantado temprano para aprovechar el pálido sol de verano sureño. Habían llegado a casa de una anciana tía la noche anterior, tras un viaje de cinco horas en automóvil, con la esperanza de reposar del tedio escolar y laboral a que se veían sometidos durante el año. A pesar de ello, la energía a los jóvenes les sobraba con creces y, en cuanto hubieron terminado de desayunar, volantines en mano, se apresuraron a la costa. Adelantados algunos, otros tomados de las manos, el grupo de cinco, dos pequeños, tres al filo de la adultez, se aventaron casi en dirección al océano.</p>



<p>Una fría brisa, que removía constantemente los faldones y los cabellos de las muchachas, soplaba idónea para hacer flamear sus volantines y, mientras dejaba que sus dedos, por cuenta propia, desenredaran los hilos apelotonados contra el papel, Liliana dedicó su atención a contemplar la vista del húmedo y nebuloso horizonte. La playa, en días como aquel, parecía algo traído de otro mundo, inefable, etéreo. Si bien no comprendía del todo la calidez maternal de un sol deslumbrante, que, de todas formas, Liliana bien sabía apreciar a su manera, era en días así que sentía poder cerrar los ojos y vivir el sueño en el agitado romper de las olas, en el contraste entre el grisáceo moribundo del cielo y la desgraciada lividez del mar, con el aroma a vida que de sus profundidades emanaba, con su abrazo de amor eterno y violento que jamás cesaba de gruñir.</p>



<p>Ricardo, su primo por dos años mayor, la observaba. Observaba su cabello despeinado y desvaído, adherido a la piel de sus mejillas por efecto de la suave ventisca. Veía sus largos y delgados dedos perderse en la inercia de su tarea y sus ojos avellanados en la inmensidad de su existencia, y creía, además, ser capaz de apreciar cómo su propia aura, su entorno inmediato, crecía bajo esta misma vastedad y era, a la vez, devorado en un vórtice de luz interna, como la de un astro que consume su núcleo para mantenerse con vida.</p>



<p>Un astro. Los astros en el centro de su blanquecino universo estaban, pues, ahora posados en él.</p>



<p>—¿Ocurre algo?— le preguntó la muchacha, con el brillo de sus inocentes ojos tan firmemente clavados sobre él que sentía ser escrutado desde lo más profundo.</p>



<p>Ricardo encogió la cabeza de sopetón, ruborizado y visiblemente avergonzado de haber sido descubierto, mas pronto se dio cuenta de que Liliana no parecía haberlo notado, pues seguía mirándole en espera de una respuesta. Habiéndole tranquilizado su cándida ternura, le dijo entre dientes y risas nerviosas.</p>



<p>—Nada muy importante, tan solo se me ocurrió que podrías ayudarle un poco a Francisco. Parece que está teniendo algunos problemas y te veo diestra en esto, pero eso, claro, si no te molesta.</p>



<p>La muchacha inmediatamente contestó con una amplia sonrisa.</p>



<p>—Claro que no— le asintió—. Deja, termino con esto y le ayudo.</p>



<p>Rauda como la brisa misma, que ataba y desataba sus cabellos, así acabó ella de desatar los nudos del cordel de su volantín y se apresuró a ayudar al pequeño Francisco con el suyo. Viéndola ahí, con su hermano menor, actuando tan dulce, serena y espontánea, pensó Ricardo que Liliana sería una excelente madre.</p>



<p>Las miradas entre ambos muchachos iban y venían. Él no lograba dejar de pensar en sus ojos reflexivos y risueños, que tanto habría deseado mantener consigo por cuanto el tiempo les regalase de vida. Entretanto, ella, bajo la cobija de abrigo frío del mar y la calidez de las atenciones de su primo, sentía una calma infinita en su pecho. Deseaba poder cerrar los ojos y que, al abrirlos, viese perpetuado aquel momento.</p>



<p>Su semblante ardía como el hielo. Aunque no pudiese verlo bajo la máscara de grasa y vellos, podía sentir cómo quemaba cada fibra de su cuerpo. Valentín se acercó a Liliana sin dejar de prestar extrema atención a sus movimientos, aparentemente listo para reprochar cualquier paso en falso. La chica, intimidada por la mirada de su marido, tendía a cometer imprudencias al realizar los quehaceres hogareños cuando se encontraba a sí misma siendo observada por él, lo que ocurría a menudo si este estaba en casa.</p>



<p>En el momento en que la muchacha se puso de pie, su marido se sentó a la mesa. Evadiendo encontrar su mirada, tomó la teterita y comenzó a caminar, cabeza gacha y paso cansino, hacia la figura que, fija al extremo más lejano de la diminuta mesa de madera, la esperaba. Ya a su lado, aún sin mirarle, dirigió la boquilla al roñoso tazón de loza vacío y vertió el agua con pulso controlado. Repitió el acto para regresarla a su lugar sobre el fogón, consciente de que cada movimiento suyo estaba siendo cuidadosamente estudiado, donde quiera que se encontrase, por ojos de águila.</p>



<p>Al volver junto a él, estando aún de pie y con la mirada desviada hacia un lado, Valentín, impasible, le preguntó.</p>



<p>—¿Y tú, no piensas sentarte a desayunar?</p>



<p>Liliana sonrió a modo de conciliación, para así asegurarle que se sentía tranquila y desentendida, pues una de las primeras cosas que había aprendido a manejar al estar cerca de él era ocultar el temor que sus gestos y su rasposo vozarrón le causaban y hacer lo posible por mantener una apariencia de impavidez y calma. Sabía que, de dejar que la mínima mueca se le escapase, en él se despertaría la duda, la interrogaría ferozmente y, muy posiblemente, acabaría golpeándola.</p>



<p>—Desayuné antes de que usted viniese, pero muchas gracias— contestó Liliana. El tono de su voz era dulce y suave.</p>



<p>Valentín asintió y, con un gesto, le indicó que se retirase. Ni por un segundo a la muchacha se le hubiese pasado por la cabeza sentarse a la mesa a compartir el café de la mañana con él. Comprendía ya, sin explicárselo quizás con palabras, que no era más que un gesto que realizaba con intención de reafirmar su autoridad, de hacerle sentir que de algún modo tenía una elección que en realidad le había sido usurpada.</p>



<p>Luego de dos años y medio, conocía ya muy bien su rutina y dejaba que la inercia guiara sus acciones. Su vida era un continuo rebobinar de las mismas maniobras cada día y parecía que su único propósito era perpetuar estas labores hasta su muerte. Como objetivo no tenía más que servirle de apoyo a un hombre viejo que había tomado a la hija de una sobrina lejana como esposa con tal de contar con una mano que cumpliera con el trabajo doméstico que él ya estaba cansado de realizar. Y cuando las visitas venían, ella, la del rostro bonito y la joven sonrisa, era la encargada de recibirlas. Y vaya que venían. ¿Qué diablos buscaría alguien de Valentín? Liliana no estaba segura, pero parecía ser a quien todos acudían cuando algún problema ocurría en los pueblos de la Luz de Luna. Nunca había podido averiguar mucho, pues debía ocultarse en su habitación luego de dar la bienvenida y servir al invitado y las pocas primeras veces que Valentín la había sorprendido intentando inmiscuirse en una conversación, la golpiza le había caído inmisericorde.</p>



<p>Liliana cogió el carrito de las compras y se dirigió a la puerta de salida para ir al mercado como cada lunes por la mañana. Se montó su abrigo, colgado junto a la puerta, sobre la manta y se dispuso a cruzar el umbral.</p>



<p>—Oye— escuchó detrás de ella. El tono de su voz tenía un dejo de absoluta severidad—. Te quiero aquí a las cinco de la tarde. Hay un asunto del que nos tenemos que ocupar cuanto antes.</p>



<p>La muchacha volteó la cabeza, rogando por que el temblor de sus extremidades no fuese evidente.</p>



<p>—Vale. Comprendo— le contestó, con la más amplia sonrisa que fue capaz de esbozar.</p>



<p>Liliana tenía miedo. ¿Habría hecho algo mal? Intentó descartar la idea, pues Valentín no solía esperar para castigarla, a menos que alguien se encontrara presente. ¿Se trataría de asuntos domésticos? ¿Por qué ser tan solemne para hablar de cotidianeidades? Además, bien sabía Valentín que Liliana no salía si no era para saldar trámites muy específicos de los que él tenía plena consciencia y que, por lo general, a las tres de la tarde ya estaba en casa para continuar sus quehaceres. Casi lo sentía como una amenaza.</p>



<p>Mientras caminaba a paso ligero, contemplaba el paisaje que tenía enfrente. ¿Lo contemplaba realmente? Más bien posaba sus ojos con un dejo de nostalgia sin preocuparse demasiado. Los pensamientos sobre los hechos que rodeaban a cada uno de los escenarios se le paseaban por la mente como ideas superfluas que no merecían la pena, pues ya en momentos de extremo ocio, encerrada en su cuarto, les había prestado tanta reflexión que su cabeza dolía de tan solo recordar cada uno. Vio los roqueríos al fondo, en el último cuadro del paisaje costero, casi ya mar abierto, donde, cada año, decenas de barcos eran atrapados por la feroz corriente invernal en una desventurada carrera hacia la muerte y el desamparo. Vio los islotes cercanos a la costa como siluetas en la niebla y el continente, donde sus jóvenes pies dejaban su huella cansina, en su centro y campo magnético. Vio, ya suficientemente a lo lejos, la casa de su marido, su claustro, su horno enteramente ensuciado de hollín. Dedicó solo un segundo más de su atención al humilde tejado, a esa aurora que a la luz del día no se dejaba apreciar ante ojos ordinarios, y los ojos de ella, según Valentín siempre le decía, eran ordinarios. Aun de noche, decía el viejo brujo, lo que la gente veía era solo una ilusión de la magia que rodeaba al pueblo entero.</p>



<p>Apresuró el paso hacia el mercado, aún con los nervios a flor de piel, intentando convencerse de que no había hecho nada malo y que de seguro se trataba de un asunto cotidiano de suma importancia. Sus ojos volaban buscando todo lo que debía comprar, encontrando cierta distracción en los cientos de aromas y colores que tenía a su alrededor. La gente, ya acostumbrada a verla cada lunes por la mañana, la saludaba al pasar.</p>



<p>—Buenos días, señora Liliana— le decían unos por aquí y otros por allá.</p>



<p>—Buenos días— respondía ella cortésmente, sonriente, asintiendo con la cabeza cada vez que cruzaba la mirada con quien fuera que le estuviese dirigiendo la palabra.</p>



<p>Ya sabía lo que quería. Sus manos volaban seguras por entre las frutas, las verduras y el pescado, pues era lo mismo cada semana. Una sierra para Valentín, que tanto le gustaba, y el salmón ocasional para invitados especiales, pues el último lo habían consumido la semana pasada.</p>



<p>Las voces de los feriantes iban y venían, le buscaban conversación y ella, diligente, les respondía.</p>



<p>—¿Qué le doy, señora Liliana?</p>



<p>—Una bolsita de romero y dos de manzanilla.</p>



<p>La señora hizo un gesto para indicarle que se las daba enseguida.</p>



<p>—Oiga, si no le molesta que se lo pregunte— le dijo en voz baja—, ¿no han pensado en tener hijos con don Valentín?</p>



<p>Liliana no se sobresaltó. Era una pregunta usual.</p>



<p>—De momento no, Rebeca, pero serás la primera en saber si es así— le contestó Liliana, riendo, con su mejor intento de mantener el buen humor frente a un tema que le incomodaba.</p>



<p>Rebeca rio con ella y luego le dijo en tono confidencial.</p>



<p>—Porque sabe, señora, acá todos se preguntan cuándo es que don Valentín se va a preocupar de dejar a un heredero. El pobre ya está bien viejo, ¿o no?</p>



<p>Liliana le sonrió y simplemente asintió con la cabeza. Tomó su compra y se fue y, al marcharse, sintió los ojos de Rebeca mirarla con tristeza.</p>



<p>Contra su costumbre de ya más de un año, Liliana empezó a darle vueltas al asunto que Rebeca le había planteado. ¿Por qué todos esperarían que Valentín tuviese un hijo? Que ella supiera, ni siquiera era demasiado rico como para heredar su oxidada finca. Su poder parecía venir de algo más que el dinero, era intangible. Y, de algún modo, ella lo sabía, estaba en sus ojos, en sus manos. En esas manos diminutas y llenas de vello, que casi parecían muñones, como él en sí, pero que vaya que sabía utilizar cuando decidía desquitarse con ella. ¿Sería eso de lo que querría hablar? Si parecía tan urgente y la gente ya andaba contando cuentos. Muy probablemente habrían llegado ya a sus oídos de brujo.</p>



<p>Liliana cruzó el umbral de la puerta con cierta inquietud. Esperaba que fuese cualquier otra cosa, por su propio bien.</p>



<p>—Qué temprano llega mi querida esposa— le dijo Valentín con una amplia sonrisa al verla entrar—. Tenemos que hablar.</p>



<p>Su sonrisa se esfumó en un segundo.</p>



<p>—Necesito un heredero.</p>



<p>El corazón de Liliana se detuvo.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Pleamar</strong></h3>



<p>Tanteando levemente su rostro lastimado con la yema de sus dedos, Liliana sintió un profundo ardor e hizo su mayor esfuerzo por contener las lágrimas que amenazaban con caer por su semblante marchito. Valentín la había golpeado con esa mano pesada suya y la había encerrado, privada de comida y agua, con nada más que su catre y una cubeta que hacía las veces de urinario. En momentos como aquel, hasta una risita se le escapaba, porque ni siquiera es que tuviese demasiadas opciones la mayor parte del tiempo. Apenas salía a cuidar el jardín, único, decía Valentín, privilegio que su esposo le concedía, pues el viejo bien podría hacerlo él solo, y aún mejor que la muchacha, según siempre le reprochaba.</p>



<p>—Si ni siquiera sirves para cuidar las plantas. ¿Sabes distinguir cuál es cuál?— la había increpado el día anterior—. Me perteneces. Tu útero es mío, su deber es darme un hijo varón.</p>



<p>Aunque bien sabía que aquel plural junto a “hablar” nunca había significado que ella tuviese palabra alguna en dicha conversación, casi como parte de un acto reflejo se había atrevido a preguntarle por qué, que qué tenía él para heredar, y se maldijo al momento de hacerlo.</p>



<p>—Cómo te atreves, tú, niña mimada, malcriada…— gritaba mientras la abofeteaba y luego la azotaba con la vara de la estufa—. Tu útero es mío. Para lo único que sirves— le había repetido una y otra vez.</p>



<p>Y ahora, acurrucada en su manta, a la helada de una nueva mañana, cálidas lágrimas escapaban de sus ojos y corrían por sus lívidas mejillas. Tenía una cierta noción de cómo se vería su rostro y pensó que Ricardo jamás la habría tratado así. Era lo que pensaba cada vez que Valentín abusaba de ella.</p>



<p>—¡Lilí!— la llamaba—. ¡Lilí!, ¿dónde estás? ¡Vamos a ver al tío Valentín!</p>



<p>Liliana saltó a sus hombros desde atrás, intentando asustarlo, y él, riendo, la sostuvo sobre su espalda. Dedicándole un tierno beso en los labios, le repitió lo que le había dicho la noche anterior.</p>



<p>—Te quiero, Lilí.</p>



<p>Y la mantuvo entre sus brazos por lo que para ella podría haber sido la eternidad misma.</p>



<p>—Vámonos antes de que nos pillen.</p>



<p>El tío Valentín era viejo y feo. La última vez que lo había visto tendría cerca de cinco años y no había cambiado en lo más mínimo.</p>



<p>—¡Qué grandes y macizos están estos niños!— exclamó al verlos—. Mira a este muchacho, listo para el trabajo. Y a esta niña— hizo una pausa— ya en edad de merecer.</p>



<p>Cuatro meses más tarde habría llegado una misiva desde la Luz de Luna solicitando la mano de Liliana en matrimonio por una cuantiosa suma de dinero. La muchacha había sido enviada sin mucho más que decir, sin ceremonia, sin flores, sin velo. Solo la manta de su madre y los recuerdos de sus encuentros furtivos con Ricardo durante los últimos meses desde su regreso de las vacaciones.</p>



<p>—Pronto anunciaré nuestra boda— le solía decir.</p>



<p>Ella se acurrucaba en su pecho desnudo y dejaba que los sueños sobre una vida juntos volaran como gaviotas por su mente.</p>



<p>Valentín nunca la había tocado más que para agredirla y, hasta aquel momento, no había demostrado interés en hacerlo, gesto por el que ella se sentía sumamente agradecida. No quería siquiera soñar con que alguien borrase el recuerdo de Ricardo de sus labios y de su tierna piel. Ella solo concebía el acto carnal como un acto de amor, pues así lo había vivido, y no sentía el mínimo cariño por Valentín.</p>



<p>Se acostó en el catre intentando volver a conciliar el sueño. Entrelazó sus frías manos alrededor de la manta en un intento por calentarlas y se ensimismó en sus recuerdos sobre su hogar y sobre Ricardo. Rememoró la emoción que sentía al tacto de sus manos grandes y firmes y, sin embargo, delicadas y tiernas con su inexperta piel, como el pincel de un pintor sobre el lienzo desnudo. Exploraron el amor juntos, se encontraron convirtiéndose en el refugio del otro. Liliana muchas veces sopesó la posibilidad del embarazo, hecho que nunca llegó a ocurrir, mas un hijo de Ricardo habría sido lo más maravilloso que pudiese haberle sucedido a su joven vida, siendo el fruto de ese bello amor primero.</p>



<p>Mientras se quedaba dormida, casi creyó volver a sentir aquella mano sobre sus pechos, bajando por su cintura. Se permitió volver a imaginar cómo habría sido un niño suyo y de Ricardo, con los ojos soñadores de ella y la sonrisa seductora de él. Despertando dos horas más tarde y sobresaltándose casi al darse cuenta de dónde estaba, esperó, por un momento, que aquel fuese el sueño y lo otro la realidad.</p>



<p>Sintió pasos de gigante acercarse y descorrer las cerraduras de la puerta de la habitación. Al ver el pomo girar desde afuera, un escalofrío recorrió su cuerpo, deseando que no se tratase de lo que ella pensaba.</p>



<p>Valentín entró con paso firme.</p>



<p>—Vas a cumplir con tu labor de esposa así sea por las buenas o por las malas.</p>



<p>Liliana se encogió sobre el catre, tratando de alejarse lo máximo que su cuerpo le permitía de Valentín, quien se acercó rápidamente y sometió sus lánguidas extremidades sobre el colchón raído. Lilí forcejeó, hizo lo posible por liberarse, mas todo fue en vano, pues aquel hombre enano era mucho más fuerte que ella. En pocos minutos quedó suspendida entre los resortes del colchón, con la esperanza de que todo acabase pronto. Al ver la rasgadura que las afiladas uñas de su marido habían dejado sobre la manta de su madre, una única lágrima brotó de sus ojos.</p>



<p>Transcurrieron tres meses desde la primera vez que Valentín había forzado a Liliana, y la muchacha sufría cada vez que la sangre le bajaba. El viejo esperaba un hijo impacientemente y, en lo que parecía un intento desesperado, le hacía beber su propia sangre, como un conjuro que debía hacerla concebir.</p>



<p>—Que la misma sangre de tus entrañas traiga vida a tu vientre— pronunciaba, mientras hacía que Lilí bebiese hasta el fondo en una copa de plata.</p>



<p>La joven ya no sabía qué hacer. Había probado cada remedio natural que le había sido presentado, cada conjuro conocido por el viejo brujo y, sin embargo, su vientre parecía negarse a engendrar vida en él. Debía sufrir el ser sometida por Valentín cada noche antes de dormir, tan solo concedida la salvedad de sus días de luna. Dentro de su vientre, de sus entrañas, de su cabeza aún de niña, una idea se había formado, una idea peligrosa y venenosa, de la que no estaba aún segura y que, sin embargo, podría, pensaba, significar su única esperanza.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Marea viva…</strong></h3>



<p>Liliana daba vueltas en su habitación, exasperada y pensativa. Su idea requería encontrar un momento adecuado y precisión al ejecutar la acción, pero, por sobre todo, requería coraje. Valentín no era estúpido y se daría cuenta si le encontraba una actitud extraña, por lo que, de actuar, debía hacerlo rápido. Todos los pormenores debían ser considerados.</p>



<p>La muchacha aún dudaba y temía por su vida, pero no sabía de qué otra manera librarse del poder de Valentín. No tenía la fuerza para enfrentarlo físicamente ni la astucia para engañarlo. Lo único que tenía eran sus pálidas y frágiles manos y su…</p>



<p>Sí. La pieza principal de la velada. El santo grial que debía ser destruido si quería, al fin, liberarse de sus ataduras.</p>



<p>Resolvió hacerlo a la mañana siguiente, mientras Valentín aún durmiera y ella estuviera preparando su desayuno. Decidió que lo sorprendería con un regalo, un regalo especialmente envuelto para su majestad.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>…marea muerta.</strong></h3>



<p>La mañana llegó. Liliana abrió los ojos luego de una noche sin sueños, que en buena parte había pasado desvelada. Se levantó de su cama y, con aire decidido, caminó hacia la cocina.</p>



<p>Normalmente, Liliana habría tomado un rápido desayuno antes de disponerse a preparar el de Valentín, mas esa mañana se dirigió inmediatamente hacia el gabinete donde guardaban la cuchillería. Lo abrió, cogió el cuchillo más grande y filoso que encontró y lo dejó sobre la mesa, frente a ella. Liliana comenzó a temblar. Las dudas respecto a su plan le carcomían la cabeza desde el momento en que había visto el cuchillo y sus manos empezaron a sudar. Pensó en que, de todas formas, Valentín aún no se levantaría hasta dentro de un rato, por lo que todavía tenía un momento antes de que él apareciera para darle su regalo y, quizás, permanecer con vida el tiempo suficiente para confrontarlo y huir.</p>



<p>Luego de continuar dudándolo durante varios minutos, finalmente tomó el cuchillo. Lo dio vuelta de tal manera que la punta se dirigiera hacia ella y, habiéndose levantado el camisón, lo colocó justo frente a lo más bajo de su vientre. Con manos temblorosas, decidió que debía actuar ahora o arrepentirse por completo y presionó con fuerza contra su piel.</p>



<p>El dolor inicial casi le provocó soltar un grito y la única manera en que pudo contenerlo fue lanzar un leve gemido en su lugar, mordiéndose los labios con tal fuerza que estos también comenzaron a sangrar. Movió el cuchillo con torpeza, arriba y abajo, arriba y hacia un lado, pensando en crear una abertura por la cual pudiese lograr su cometido. Cuando juzgó haberlo conseguido, metió su otra mano dentro y palpó hasta que lo sintió. Aquella maldita vasija, que tanto la había hecho sufrir a manos de su esposo y que ahora le costaría la vida.</p>



<p>Arrancó torpemente la matriz de sus entrañas, en una inexperta escisión que había acarreado consigo más que solo su objetivo y, por primera vez, dejó escapar un grito de dolor. Ya no había vuelta atrás. Valentín llegaría en cualquier momento. Dejó caer sus vísceras al suelo y se encogió sobre sus rodillas, jadeante, con las manos sobre su vientre, como intentando mitigar su dolor.</p>



<p>Estaba hecho.</p>



<p>Valentín apareció en la cocina de improviso, con una expresión inescrutable en el rostro. Liliana no lo vio, tan solo le oyó entrar. En cuanto supo que se encontraba frente a ella, hizo lo que pudo para incorporarse y mirarle. El viejo la miraba a ella y luego al sitio en el piso donde se encontraba una masa sanguinolenta como ella misma en ese preciso momento y, levantando el rostro hacia Lilí, exclamó.</p>



<p>—¡¿Qué mierda has hecho, maldita seas?!</p>



<p>Ella le dedicó una débil sonrisa y, con todas las fuerzas que su frágil cuerpo le permitía, le gritó.</p>



<p>—¡Ya no tengo útero! ¡Ya no tienes ningún poder sobre mí!</p>



<p>El rostro de Valentín enrojeció de rabia. Se dirigió hacia ella con intenciones de golpearla, pero, de alguna manera, Lilí logró zafarse y salir de la casa antes de que lo hiciera. No comprendía de dónde había obtenido la fuerza para alejarse y correr, pero de todas maneras sabía que dicha fuerza no le duraría demasiado. Bajó hacia la playa, con paso cada vez más cansino, dejando un copioso rastro de sangre tras de sí.</p>



<p>A lo lejos escuchaba que Valentín le gritaba “¡puta, malparida, desagradecida!”. De entre la neblina que comenzaba a apabullar sus sentidos, le pareció oír un leve sonido semejante a los gruñidos de un perro y entonces recordó que Valentín mantenía una jauría de perros asilvestrados en su patio trasero, los que en incontables ocasiones había utilizado como amenaza a una posible desobediencia. Lilí se decidió a dirigirse al mar antes de que tuvieran una oportunidad de atraparla.</p>



<p>Su paso era cada vez más debilucho, su semblante cada vez más alicaído y pálido. Comenzó a sentirse desfallecer. Borbotones de carmesí caían sobre el agua y se desvanecían por completo al romper las olas. Se desvanecían, así como Lilí se desvanecía mientras caminaba intentando adentrarse en el mar.</p>



<p>Entonces fue azotada por una ola. Se precipitó y ya no pudo levantarse, ora por el peso del agua, ora por la gravedad de sus heridas, que ya comenzaban a dolerle nuevamente. Decidió dejarse llevar, ya no importaba si los perros intentaban recogerla desde el mar.</p>



<p>Pensó en Ricardo. Lo imaginó sentado a la mesa, junto a ella, con dos hermosos niños y una felicidad infinita en sus rostros. Lo imaginó a su lado, en su lecho marital, abrazándola y quitándole de encima toda su congoja. Lo imaginó…</p>



<p>Mientras su mente se evaporaba como el agua, lo imaginó consolándola y aceptándola con todas sus culpas y pecados. Mientras su mente se evaporaba, el agua misma se la llevaba, acogiéndole en su seno de madre severa, pero amorosa, limpiando sus heridas y sus lágrimas y dándole nueva vida como parte de ella.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="576" height="1024" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-576x1024.jpg" alt="" class="wp-image-4343" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-576x1024.jpg 576w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-169x300.jpg 169w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-768x1365.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-864x1536.jpg 864w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1.jpg 1080w" sizes="auto, (max-width: 576px) 100vw, 576px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Isidora Javiera Paulina Sagredo Concha</strong> nació en Talcahuano, Chile, en noviembre de 1998, y actualmente reside en Chiguayante. Es antropóloga física, formada en la Universidad de Concepción, disciplina desde la cual ha desarrollado un interés sostenido por comprender el comportamiento humano como un entramado biológico, social y simbólico. Desde temprana edad se ha vinculado a la literatura, tanto como lectora como escritora, encontrando en la ficción un espacio de exploración íntima y crítica. Su escritura se nutre de sueños, pesadillas y memorias corporales, muchas de ellas atravesadas por experiencias traumáticas, que transforma en relatos de tono oscuro y atmósferas inquietantes. Paralelamente, cultiva el canto de manera amateur y ha participado en distintos coros, entre ellos el coro de la Universidad de Concepción. Para ella, escribir es un acto artístico, reflexivo y profundamente catártico.</p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«El humo» por Pablo Guerrero Videla</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/01/05/el-humo-por-pablo-guerrero-videla/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Jan 2026 11:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=4321</guid>

					<description><![CDATA[Nº 52 &#124; Narrativa &#124; Fantástico &#124; 1742 palabras &#124; Chile &#124; El Cabro Chico recorre Santiago juntando latas, sobreviviendo con astucia y una ruta aprendida en la calle. Una noche baja en el Parque Forestal y prueba la cera, droga nueva que promete euforia y abre una grieta en la realidad. Las hojas bailan, las sombras acechan, la voz de su madre advierte sobre cocodrilos invisibles. De vuelta en su ruco del Parque Balmaceda, comparte el humo con el Rucio y un tercero. El ritual desata una metamorfosis.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-20370395781c5d74befae0d1d480f869">El Cabro Chico recorre Santiago juntando latas, sobreviviendo con astucia y una ruta aprendida en la calle. Una noche baja en el Parque Forestal y prueba la cera, droga nueva que promete euforia y abre una grieta en la realidad. Las hojas bailan, las sombras acechan, la voz de su madre advierte sobre cocodrilos invisibles. De vuelta en su ruco del Parque Balmaceda, comparte el humo con el Rucio y un tercero. El ritual desata una metamorfosis.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 52 | Narrativa | Fantástico | 1742 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-5c73fcc73fe9ad29ea29ad080265c02d" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">EL HUMO</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">PABLO GUERRERO VIDELA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-left">El Cabro Chico se sube a la 207 en Santa Rosa con Franklin. Ya era pasada la medianoche. Durante las horas previas trabajó recogiendo latas en Providencia. El Cabro Chico cuenta con una ruta establecida para hacer su recorrido. Le costó un buen tiempo armarla, defenderla y hacerla suya. Sabía a qué hora debía pasar revisando los basureros de los parques al costado de la avenida Andrés Bello, a qué edificios ir a revisar los contenedores de basura y el horario en que los bares, de Pedro de Valdivia hasta Román Díaz, tiraban sus desechos. El Cabro Chico, con su cara inocente, sonrisa fácil y buenos modales, había conquistado a varios administradores y dueños de restaurantes, quienes le guardaban en bolsas las latas de bebidas y cervezas consumidas durante el día. Aquella sencillez, mezclada con su apariencia ingenua, también le servía para machetear o hacer algunos pitutos rápidos. El Cabro Chico le sonríe a nuestro mundo, pero en su entorno, en la calle, muestra sus colmillos y es feroz cada vez que es necesario. Las cicatrices en su cuerpo son la huella de riñas, golpes y malos tratos.</p>



<p>Sus primeros meses sin hogar fueron el período más doloroso y difícil de su vida, hasta que fue apadrinado por el Loco Jorge, quien lo acogió en su vida errante y le enseñó los códigos esenciales para sobrevivir en la calle. Él también le enseñó a utilizar las ventajas de su apariencia para asaltar a hombres que, en la oscuridad de la noche, buscaban jóvenes de su edad para saciar sus perversiones. Tiempo después, abandonó al Loco Jorge al descubrir que vender su cuerpo adolescente e imperceptible para el ojo común era una manera más efectiva de generar dinero rápido y sentirse deseado y querido, aunque sea por un momento o por unos pocos billetes.</p>



<p>El Cabro Chico es ágil y veloz, siempre porta un cuchillo o un punzón para defenderse de otros, aún más miserables, que atacan a los de su misma clase. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ves”, decía una canción que siempre cantaba su mamá cuando aún estaba viva. Esa frase le ha servido durante los ocho años que vaga por distintos sectores de la capital.</p>



<p>El Cabro Chico se baja de la micro en su última parada, al llegar a Santo Domingo, y camina rápidamente hacia el Parque Forestal. Observa su entorno y elige sentarse en una banca que le permite tener amplitud visual y, al mismo tiempo, se encuentra cubierta por un gran árbol. Allí decide fumar su primer pipazo de cera, aquella nueva droga que lentamente comenzó a desplazar a la pasta base. Nadie sabe de dónde salió, cómo llegó y de qué está compuesta. Sus efectos causan mayor euforia que la pasta y se ha convertido en la droga de mayor consumo en las calles y en las poblaciones de la zona central. Algunos dicen que atrae demonios. Yo estoy seguro de que aquello es verdad.</p>



<p>Prender un cigarro, echar la ceniza sobre el aluminio agujereado y pegado con una bolsa de plástico al codo de bronce que forma una pipa artesanal, moler las piedras de cera amarillenta, verterla sobre la pipa, derretir la cera, oír el chirrido de la sustancia al contacto con el fuego, vaciar los pulmones, fumar de manera suave y profunda, procurando que solo la parte anaranjada del fuego esté en contacto con lo que se quema. Aguantar el humo el mayor rato posible, expulsarlo despacio. Sentir estallar tu cabeza, sentir cómo el dolor se convierte en vida, sentir cómo la lucidez se transforma en luces que bailan, sentir cómo el pene se llena de sangre, sentir cómo es volver a sentirte alguien, sentir el poder, sentir que tu locura ya no es tan grande.</p>



<p>El Cabro Chico ve cómo las hojas de los matorrales bailan en coreografías diseñadas solo para él. También ve sombras. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ven”, canta la voz de su madre dentro de su cabeza. “Mejor caminar”, piensa el Cabro Chico. Se levanta de la banca y comienza a deambular por el Parque Forestal en dirección a Baquedano. Las luces aún titilan, las hojas de los árboles aún bailan, los demonios lo siguen.</p>



<p>Camina revisando si hay algún viejo que le ofrezca algo de dinero por chupárselo, algunas viejas costumbres nunca cambian, pero solo se encuentra con otros como él. Apura el paso, cruza Baquedano en dirección a Providencia y llega a su ruco, escondido entre algunos matorrales del Parque Balmaceda. Su compañero, el Rucio, lo espera ansiosamente. El Cabro Chico sonríe, le entrega su parte y ahora ambos realizan el ritual del humo.</p>



<p>Prender un cigarro, echar la ceniza sobre el aluminio agujereado y pegado con una bolsa de plástico al codo de bronce que forma una pipa artesanal, moler las piedras de cera amarillenta, verterla sobre la pipa, derretir la cera, oír el chirrido de la sustancia al contacto con el fuego, vaciar los pulmones, fumar de manera suave y profunda, procurando que solo la parte anaranjada del fuego esté en contacto con lo que se quema. Aguantar el humo el mayor rato posible, expulsarlo despacio. Sentir estallar tu cabeza, sentir cómo el dolor se convierte en vida, sentir cómo la lucidez se transforma en luces que bailan, sentir cómo el pene se llena de sangre, sentir cómo es volver a sentirte alguien, sentir el poder, sentir que tu locura ya no es tan grande.</p>



<p>Se bajan los pantalones hasta la rodilla, se masturban, se miran los penes duros, se ríen. Ninguno de los dos se identifica como maricón, pero bajo ciertas circunstancias pueden serlo. Todos podemos serlo. Otro pipazo.</p>



<p>Llega un hombre afuera del ruco, es el José. El Cabro Chico le dice que pase. El hombre pasa y se instala en medio de los dos muchachos. Saca una bolsita de cera y la reparte entre los tres, quienes proceden a fumar al mismo tiempo. José se baja el pantalón, agarra el pico de sus compañeros y los masturba, aguanta el humo, acerca su boca al pene del Cabro Chico y expulsa el humo en su miembro. Luego procede a mamar descaradamente, mientras que con su otra mano sigue jugando con la entrepierna del Rucio.</p>



<p>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las heridas en la piel.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… te haces caca.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las manos sucias… negras, con cicatrices y costras.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… el olor a basura.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las sombras que observan.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… tu mamá cantando dentro de tu cabeza.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… la piel brillosa, aceite, piel frita.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… pipazo feliz.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… algo te come.</p>



<p>El Cabro Chico es humo. José y el Rucio no se percataron cuando el Cabro Chico desapareció, estaban muy ocupados en lo suyo. El Cabro Chico los observa desde el aire, ve a través de las frazadas que cubren el ruco. Las partículas de humo se unen. El Cabro Chico tiene alas y ojos felinos rojizos. Su cuerpo es rugoso y amarillento y su cara no tiene forma alguna. Es como un ovillo de lana que varía de tamaño, es como un remolino que gira y gira sin cesar, es como un montón de líneas circulares que se revuelven en sí mismas.</p>



<p>El Cabro Chico ya no es el Cabro Chico. Trata de hablar, pero gruñe. Trata de moverse, pero solo mueve las hojas de los árboles. El nuevo Cabro Chico está eufórico, ahora es un demonio de cera. No necesita fumar, él es la bocanada cancerígena, él es la maldad hecha carne y tiene un poco de hambre. Otros seres como él se congregan alrededor del grupo a observar el espectáculo. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ven”, recuerda una vez más el nuevo Cabro Chico, y sabe que esa será la última vez que recuerde esa frase, porque ahora él es un cocodrilo.</p>



<p>Los otros seres se comunican con él telepáticamente y le dan la bienvenida. El nuevo Cabro Chico se siente parte de un todo, de algo inmensamente grande que desea descubrir. El placer es inmenso, está más allá de cualquier sensación que haya experimentado en su forma humana.</p>



<p>Sus compañeros son la mentira, son la ilusión de alegría fugaz, son las arañas gigantes que vio alguna vez caminar sobre el puente Condell, son las capas voladoras que vuelan sobre la ciudad, son el vicio hecho sombra, son las llagas en la piel de los adictos, son las hojas de los árboles que bailan y las luces que brillan durante la noche cuando solo hay oscuridad. Ellos son la herida en el alma de los adictos.</p>



<p>El nuevo Cabro Chico siente que adquiere más poder mientras el Rucio y José continúan fumando. En ese momento, un ser negro, más oscuro que la noche y sin forma alguna, ataca y toma el cuerpo del Rucio, levantándolo violentamente. Se lo lleva hacia la copa de un árbol y lo devora sin emitir ruidos. El hombre no gime ni grita, el hombre está eufórico por la cera hecha carne que se lo come vorazmente. Los restos del cuerpo que caen por el árbol no alcanzan a llegar al suelo porque, mientras caen, otros demonios aprovechan de comer y limpiar el lugar sin dejar huellas.</p>



<p>José, volado, paranoico, perdido y asustado, trata de salir gateando del ruco, pero una criatura en forma de ciempiés gigante se alza detrás de él y envuelve su cuerpo con sus mil patas. Lo asfixia lentamente, comienza a beber todos sus jugos y quiebra sus huesos. El hombre, antes de morir, experimenta un placer absoluto. Muere feliz, muere agradecido. Otros seres se unen al festín. El ex Cabro Chico observa la escena con satisfacción y siente cómo su hambre va siendo calmada. Los demonios no dejan huellas, comen colchas con manchas de sangre y semen.</p>



<p class="has-text-align-left">El ex Cabro Chico se siente tocado por Dios o por el Diablo, viene a ser lo mismo en este caso. Otros vagabundos desaparecidos, a nadie le importa. Ellos temen. Nosotros llenamos las micros. Los automóviles causan tacos en Andrés Bello, los primeros deportistas salen al parque a trotar y algunas personas pasean sus perros. Las mantas, cartones y tablas que conformaban el ruco están tiradas en el pasto. Las ropas sucias y viejas están desparramadas alrededor.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="720" height="720" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52.jpg" alt="" class="wp-image-4337" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52.jpg 720w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52-600x600.jpg 600w" sizes="auto, (max-width: 720px) 100vw, 720px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Pablo Guerrero Videla</strong> es periodista experto en rock y música popular. Es lector empedernido. Ve al menos cuatro películas por semana. Sueña con publicar un libro antes de cumplir 45 años.</p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«Charco de agua dulce» por Camila Almendra</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2025/11/24/charco-de-agua-dulce-por-camila-almendra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 24 Nov 2025 12:55:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[mención honrosa]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=3927</guid>

					<description><![CDATA[Nº 51 &#124; Narrativa &#124; Fantástico &#124; 3740 palabras &#124; Camila Almendra &#124; Chile &#124; Una funcionaria municipal en Río Bueno vive atrapada entre la rutina del SECPLAN, los edificios nuevos que le quitan el aire y una tristeza antigua que ni las pastillas ni las coach motivacionales logran calmar. Huacha de crianza, marcada por el amor de sus abuelos y por la memoria difusa de un linaje borrado, comienza a experimentar un cambio inquietante: se despierta empapada, llora agua dulce, su cuerpo se vuelve casi transparente y las paredes de la oficina se llenan de moho y hongos como pequeñas lagunas.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-518c49d9c0ad58762578dec552a98036">Una funcionaria municipal en Río Bueno vive atrapada entre la rutina del SECPLAN, los edificios nuevos que le quitan el aire y una tristeza antigua que ni las pastillas ni las coach motivacionales logran calmar. Huacha de crianza, marcada por el amor de sus abuelos y por la memoria difusa de un linaje borrado, comienza a experimentar un cambio inquietante: se despierta empapada, llora agua dulce, su cuerpo se vuelve casi transparente y las paredes de la oficina se llenan de moho y hongos como pequeñas lagunas.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 51 | Narrativa | Fantástico | 3740 palabras | Camila Almendra | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-d550828a955d94a15f33b74136c88dcb" style="font-size:100px"><mark style="background-color:var(--ast-global-color-3);color:#ffffff" class="has-inline-color">CHARCO DE AGUA DULCE</mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">CAMILA ALMENDRA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center" id="block-277e923d-eb59-48b8-80c4-39484166b0c5"><em>Un cordón umbilical extendido</em><br><em>atravesando montañas</em><br><em>en busca de su caudal.</em><br>DANIELA CATRILEO</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center"></p>



<p class="has-text-align-left">La señora Rosa trapeó el baño común de las oficinas a las once de la mañana. Ese viernes vio un gran charco y salió reclamando, a viva voz, que de nuevo las cañerías estaban viejas y que el agua se filtraba, que ya estaba pronta pa’ jubilarse y que era el colmo, que ya no le daba la espalda. Pero si la señora Rosa se hubiera acercado a la poza, habría notado olor a bosque en otoño.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p class="has-text-align-left">Los lunes, para ella, la rutina era preparar un mate con poleo al despertar.<br>—Andas pensando en la inmortalidad del cangrejo, niña, no se te vaya a acelerar la cuchara con un mate en ayunas.<br>Si se concentraba, escuchaba la voz nítida de su abuela. La echaba tanto de menos. Enlazó las manos y las cerró en un abrazo con su mate.</p>



<p class="has-text-align-left">Tomó impulso para saltar un charco como cualquier otro charco, un lunes después de una lluvia torrencial que duró hasta la madrugada. Caminó por la feria que se coloca a dos cuadras de su casa y se dirigió a paso veloz al trabajo. Se miró en el espejo donde se prueban sombreros usados; a sus pies, un pequeño charco la reflejó. Esa mañana le confesó a la Yari, su confidente y compañera del trabajo:<br>—Estoy chata de todos estos edificios nuevos y el tráfico de las tardes; pareciera que el humo se me mete hasta por los sueños.</p>



<p>—Te ponís filósofa, cabrita —le respondía Yari—. Igual tenemos que terminar esta ruma de papeles antes de irnos. Qué les va a costar echar una manito de pintura a estas paredes mohosas de humedad.</p>



<p>Así era la rutina en SECPLAN, la Secretaría Comunal de Planificación de la Municipalidad de Río Bueno. Pese a que el año sonaba futurista, en Río Bueno las cosas marchaban igual que hacía más de doscientos cincuenta años. «Wenu: el río de más arriba», escucharon los españoles como «Bueno», y así se convirtió en una ciudad colonial de ritmos lentos, sin semáforos, rodeada de industrias de leche, ganado y madera que devoraban los cerros.</p>



<p>Ya para el 2030 seguían siendo las mismas casonas viejas, y aún había que escribir cartas al Administrador Municipal para que pintara los muros de la oficina. Salía del trabajo a las cinco y media, y a veces iba por un shop o una caña de vino con la Yari y otras compañeras. Sentía una culpa honda por no ser «productiva», como repetían las lifestyle coach de moda que Recursos Humanos contrataba para justificar fondos del gobierno. También sus amigas le manifestaban preocupación por su «poca capacidad retentiva de los cahuines».<br>—Prefiero ver películas antes que enfrentarme a la realidad —les decía—. Cálmense, chicas, yo estoy bien así.</p>



<p>Le organizaron un par de citas a ciegas que terminaron pésimas: ella solo quería conjeturar sobre vidas pasadas o discutir si existían reales posibilidades de conexión extraterrestre. Decidió, sin más humillaciones, mantenerse sola, confiando en la idea de su abuela: cuando Dios te quiere dar, a la puerta de tu casa te lo va a dejar.</p>



<p>La abuela sabía más refranes que versículos y, aunque ya no recordaba ni su lengua ni su apellido, el tata dejó de pegarle cuando cambió el cinturón por la Biblia.</p>



<p>Del sector donde la criaron sus abuelos la apodaron «la pico e’palo»; era la envidia de muchos varones por su fuerza y determinación. Su madre la miraba con desprecio; mientras su cuerpo se hacía adulto, la distancia entre ambas crecía. Tampoco es que hablaran mucho: su madre se mudó a la capital y la dejó huacha chica con sus tatas. De su padre no figuraba ni el nombre en el acta de nacimiento.</p>



<p>Aun así, creció rodeada del amor de sus abuelos maternos: el olor a café de trigo por las mañanas, los catutos con mantequilla y la yegua Lucero, que la acompañó siendo su mejor amiga hasta los doce años.</p>



<p>Un día llegó donde sus abuelos con un cartón bajo el brazo: ya cumplí, muchas gracias por criarme, ahora me toca a mí ayudarles. Así consiguió un trabajo de contadora auditora en el servicio público, con el que pudo sostenerlos hasta que murieron.</p>



<p>Tenía que ponerse todos los días su traje percudido y desayunar pan con mortadela lisa, o mantequilla con ají, en la estrecha cocina del edificio junto a sus colegas.<br>—La otra vez me llamaron de una encuesta telefónica y dije que estaba feliz con mi vida —le contó a la Yari una noche ya de madrugada—, pero no sé… a veces siento que me falta aire. Aunque tomo dos litros de agua, así me dijeron en el consultorio, y estoy como seca, como vacía.</p>



<p>Desde hacía unos días, el traje le causaba comezón y ronchas. No le satisfacían ni los videos conspirativos ni las series románticas que veía con su bandeja en la cama antes de dormir.<br>—¿Con quién hablar de lo que siento? —se preguntaba—. La mayoría de los pensamientos debía guardárselos para sí misma, incluso los recurrentes sueños que tiene desde pequeñita.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Estar todo el día en los ajetreos de cuatro paredes y en la ciudad le traía ideas oscuras: a veces imaginaba tirarse del tercer piso del SECPLAN y acabar con los días que parecían todos iguales. Las personas se volvían grises entre risas y choques de copas after office. En esas noches previas al insomnio total, sus amistades le parecían ausentes; dormía con el cuerpo cortado y, desde las entrañas, se desconectaba cada vez más de lo que entendía por humano. Entre las torres y las calles pavimentadas se escuchaba en todo momento el sonido de lo inorgánico, y un zumbido de electricidad aguda la atormentaba en la cama, profundo en sus tímpanos.</p>



<p>Entonces, los días corrieron tan rápido del mismo modo que la lluvia de papeles que calculaba y timbraba. Sin entender qué le pasaba, el jueves llegó de sopetón y partió por tierra hacia la capital por una capacitación obligatoria: «Convenios municipales con empresas extranjeras de energías renovables», de jueves a domingo. Siempre que iba a la capital debía inventarse un gran motivo: trabajos intermitentes, amistades a distancia, productos imposibles de conseguir en su ciudad. Miraba cambiar su paisaje por montañas de hormigón, y el olor a podredumbre se colaba por las ranuras del bus.</p>



<p>Los días allá le pesaron en la salud. Echó de menos la lluvia, pero la capacitación, más que explicar los objetivos de las empresas, fue un desfile burocrático de siglas y protocolos. Mientras algunos expositores de empresas extranjeras hablaban sobre sus convenios de energías verdes con representantes de municipalidades, ella sentía como si un rumor de oleaje convirtiera su sangre en un murmullo decadente. Volver a casa fue un tramo más largo de lo pensado: un mareo similar al de navegar en un bote bajo tormenta.</p>



<p>Al llegar el domingo por la tarde a su casa, después de once horas de viaje, intentó dormir, pero su cuerpo temblaba y oía fragmentos de noticias, personas que conoció en la capital y los ecos de eras de genocidios transmitidos. No podía vencer el algoritmo de risas rápidas, videos para adelgazar antes del verano, cómo descubrir tu amor verdadero. Conforme las luces tintineaban, su náusea se volvía un reflujo que no lograba vomitar. Cerró los ojos y pudo dormir imaginando que su cuerpo era un botecito y el río ya se calmaba.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>El lunes se levantó a las seis, como de costumbre. Su pijama estaba todo mojado. ¿Habré tenido fiebre? Se asustó porque no era solo humedad: el pijama podía escurrirse del agua. Sacó las sábanas y levantó el colchón con la esperanza de que se secara para la noche.</p>



<p>Puso la tetera sobre la cocina a gas, preparó el mate con poleo, tostó un par de panes y comenzó a picar, con las manos tiritonas, fruta para la colación. Su cuerpo era una gelatina y, sin mucho control de él, se cortó en la punta del dedo más alaraco y brotó una sangre roja paliducha.</p>



<p>«Statkraft opera en más de veinte países».</p>



<p>Antes de irse sintió un fuerte olor a gas: la cocina se había quedado encendida por más de una hora. El olor le trajo la misma náusea de la noche anterior. La casa no se consumió, pero en mente resonaban fragmentos de la capacitación.</p>



<p>«Desarrollamos y operamos activos de energía renovable en Europa, Sudamérica y Asia».</p>



<p>Marcó el huellero digital a las ocho y media; jamás se atrasaba. Tuvo que comandar su dedo que todavía seguía resbaladizo con su otra extremidad.</p>



<p>«Statkraft AS es una empresa hidroeléctrica propiedad íntegramente del Estado noruego».</p>



<p>Saludó a Yari como si fuera Carla y a Carla como si fuera Yari. Las chicas se rieron, pero ella estaba confundida.</p>



<p>«La compañía está presente en diecisiete países y tiene un portafolio con una generación eléctrica agregada de sesenta y un TWh».</p>



<p>Sostuvo diálogos sin fruto en la oficina.</p>



<p>«Statkraft está presente en Chile desde 2014, operando dos centrales hidroeléctricas y desarrollando proyectos hidroeléctricos y eólicos».</p>



<p>Sentía las piernas semejantes a cochayuyos a la deriva en los peñascos. Se miró las manos y alcanzó a ver los vasos sanguíneos, el movimiento de la sangre. Fue al baño y notó cómo el rostro y las manos cambiaban con la luz de las paredes por donde pasaba. Los pigmentos le atravesaban la piel.</p>



<p>—¿Se estaría volviendo transparente?</p>



<p>«En 2015 adquirimos la Compañía Pilmaiquén Electric, con proyectos y operaciones en la cuenca del río Pilmaiquén».</p>



<p>Mucha información, pensó; le tiritaban las manitos en la calculadora. Fue al baño a colocarse corrector antiojeras; quería gritar y arrancar las capas de pintura que sobresalían de las paredes del SECPLAN. Volvió al baño para hacer dos gotas de pipí, volvió al asiento de la oficina, luego otra vez al baño, se echó agüita fría en las sienes y se decía a sí misma:<br>—Sosiégate, cabra lesa.</p>



<p>A medida que pasaban las horas después de ese viaje, el dolor de cabeza se volvió más punzante y se apretaba los dedos en el entrecejo y atrás, por el cerebelo, que le dicen. Ese lunes llevó unos imanes de regalo para sus colegas, los que no conocían la capital.<br>—Mira, te traje uno del museo —le dijo, con una sonrisa cansada.<br>—Con esa carita, ¿del museo o del mausoleo? —respondió la Yari, riéndose.</p>



<p>Luego se tomó una infusión que su abuela le habría recomendado para la jaqueca.<br>—Hijita, cuando te duele la cabeza es que no estás remando en tu interior.</p>



<p>Así transcurrió el martes, y el martes ya no era martes sino un día cualquiera. Solo el calendario digital le marcaba las reuniones y entregas laborales impostergables.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Dio vuelta el colchón para dormir por el lado seco, el martes en la mañana, sin recordar nada de lo que ocurrió al dormir. Se despertó tosiendo agua y, nuevamente, empapada. Esta vez el colchón ya no se podría usar nuevamente. Se miró al espejo y la piel, casi de vidrio, dejaba ver las pupilas, dos cavernas donde la luz no llegaba.</p>



<p>Llegó a la oficina y las paredes estaban con más moho de lo habitual; grandes hongos aparecían por las esquinas y el moho formaba un estampado que convirtió los muros en lagunillas. Las personas corrieron a sacar archivadores con documentos importantes y les solicitaron trabajar en otro departamento.</p>



<p>Mientras sacaba los archivos junto a sus compañeras, notó que los archivadores se empapaban al tocarlos. Aún nadie se daba cuenta, y aunque ya casi no le dirigían la palabra, el huellero que marcaba el inicio y el fin de la jornada laboral todavía la reconocía y vociferaba con acento español de España: «Acceso activado».</p>



<p>Ese día no pudo soportar el peso de la vida. Las crisis siempre se anunciaban igual: el movimiento lento de las hojas cayendo y la luz filtrándose oblicua por el vidrio del escritorio. Sentía en el aire el olor agrio de la estación donde las frutas se pudren y la tierra recibe al mundo vegetal para el compostaje.</p>



<p>Al llegar a casa, comenzó un llanto incontrolable. No sabía si lloraba por tristeza o por cansancio; solo sentía que algo dentro de ella se estaba secando. Miró los platos sucios de una semana, el colchón empapado y la ropa tirada en el suelo. Pensó en su abuela y en las excursiones que hacían juntas para recolectar hongos de la temporada: loyos y changles.</p>



<p>El teléfono vibró. Mensajes de sus colegas, preocupadas por la carita de hoy.<br>Dúchate con agua helada —le escribieron sus amigas—, ayuda a destensar los músculos.</p>



<p>Se quedó mirando la pantalla, las letras brillando sobre su cara.</p>



<p>¿Y si llorar fuera una forma de acercarse a su abuela? ¿Y si su abuela se había hecho agua y no polvo como decía la biblia?</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>La noche que anunciaba el miércoles no durmió ni medio segundo. La luna estaba llena, parecida a un queso, y el resplandor se filtraba entre las cortinas cual leche espesa. Supo que tendría que entregarse nuevamente a los gramajes de la medicina moderna. Llevaba muy en secreto esos padeceres, para no perder el trabajo.</p>



<p>El miércoles, al amanecer, pidió el primer día administrativo del año. Abrió los muebles, se frió unos huevos, pan tostado y café soluble. No se duchó y se vistió con ropa cómoda. Caminó hasta la farmacia del barrio, donde atendía una doctora de media jornada.</p>



<p>La médica la escuchó en silencio, con el gesto de una genuina empatía. Le dijo que el diagnóstico era el mismo. Ya es una década tomando estas píldoras que había dejado por voluntad propia; los psiquiatras saben de qué va su porfía.<br>—No es necesario mayor seguimiento que este, doctora, permítame descansar.</p>



<p>La doctora le recetó calmantes de día e inductores del sueño. Cuando recibió los medicamentos, supo que debía hacer una tregua con su historia y entregarse al llamado del cuerpo. Esa noche del miércoles se entregó a la pastilla. Había comido muy liviano; sentía el estómago moverse; desde el ombligo se conectaba hacia lo desconocido.</p>



<p>Decidió convertir su tina en una cama. Durmió y, con el sueño, perdió los bordes de la habitación y de toda existencia. Cada vez que decidimos dormir nos entregamos a la posibilidad de no despertar jamás, pensó. Se imaginó botecito y marea, tiempo y cauce. Se concentró en el sabor amargo de la medicación, en la humedad que se acumulaba bajo la lengua. Creo que he pasado una vida deshidratada, debí tomar más agua, se dijo a sí misma. Se entregó al mundo de los sueños recostada boca arriba, las manos en cuenca mirando al firmamento, y soñó.</p>



<p>«Cuando se muere la carne, el alma encuentra su sitio», decía la Violeta, y es un cauce infinito. Acostada sobre las piedras, se sentían aterciopeladas, y los rayos del sol van encontrando refugio en las moléculas que titilan entre verdes y azules: reflejo de lengas y ulmos. Ya podía respirar agua; nunca más la sensación de sequedad.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Se reconoció como un gran espíritu antiguo y se permitió hablar consigo mismo, para consolarse y entregarse fuerzas para lo que vendría:<br>—No en vano les dijeron que debían escucharme. Se los advirtieron tantas veces: en persona, por cartas, en las fotografías donde aparezco majestuoso. Les avisaron por las buenas, desde mis vecinos hasta grupos de ciencia, esos que esconden sus cartones y archivan intereses que articulan en palabras. Les advirtieron, pero no quisieron escuchar. En realidad, los extranjeros de casco y bota y yo no tenemos mucho en común. Es intentar hacer paces a la fuerza cuando sus objetivos y los míos distan en fondo. Solo soy un brazo más. Las primeras personas que se congregaron conmigo sabían lo anciano que era. Tantos años recorriendo montañas me habían vuelto un buen amigo; así me lo hicieron saber mientras comían los hongos que crecían a mi orilla y buscaban hierbas para sus hogares. Cuando el amor es recíproco implica una decisión de cuidado y ternura, y así fue la relación entre quienes me llaman señor y yo. Aunque también llegó gente agresiva, quienes cuestionaron nuestra relación y gritaban «anatema». Quienes vivieron cerca de mí honran la transparencia de mi cuerpo cuando las estrellas y la luna se posan sobre mí, atrayendo con nuestros cantos, humanos y divinos, los elementos, la piel, el alto cielo y la brisa. Con notas suaves, ondulantes y permanentes, soy capaz de concebir algo más grande que yo mismo: llegar hasta el mar que refleja el universo. El amor no se envanece ni busca provecho. Por eso traigo y llevo espíritus hasta otros ríos y al gran estuario. He sido mensajero de las formas de vida que hay en mí y en todo.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Cuando ella despertó, la tina estaba casi al tope de agua; su rostro y parte de su pecho estaban expuestos al aire. El agua, ni muy fría ni muy tibia, le cubría todo el cuerpo. Pese a todo lo que le decían por tener cuarenta y cinco años, por no haberse casado ni tenido hijos, se sintió más joven que cuando gateaba sobre la Tierra. Le entró una nostalgia honda; añoraba una forma de vida incomprensible, demasiado estrecha para Río Bueno y los suyos.</p>



<p>Abrió los ojos con una molesta alarma. Buscó un vaso de leche, miró su uniforme a lo lejos, y le pareció un conjunto de trapos innecesarios para su cuerpo translúcido.</p>



<p>Casi podía escuchar la voz de su abuela susurrarle:<br>—Tranquila, cabrita del monte. Tú traes y llevas, pero ahora estás aquí conmigo.</p>



<p>Se desnudó y, al entrar en la ducha, tuvo la sensación de que, junto al agua que corría de la regadera, eran una sola. Le provocó un placer que jamás había sentido. El líquido tibio le corría por la espalda y ya no sentía que vivía sola; las gotas le cantaban y le permitían respirar el vapor; un sedante para el día que se avecinaba en su cuerpo hecho casi de niebla.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Ya en la oficina, las tareas se amontonaban en una nube de papeles que le provocó ardor en los ojos. Mientras tomaba su cafecito matutino, revisó las noticias: un nuevo derrame de petróleo en el Golfo de México. La sola evocación del olor a bencina le apretó el corazón, y las luces de la oficina parpadearon durante un minuto, al ritmo de su respiración y de la náusea. Debe ser el viento del otoño, pensó después, restándole poder a lo que intuía.</p>



<p>Corrió al baño y comenzó a llorar agua dulce; no podía detener las gotas, ya no las podría detener. Su cuerpo ya no sentía los límites de la piel que lo hacía sólido. Esa permeabilidad iba creciendo; un reloj de arena sobre ella. Sentía que su torso se le estrechaba; un dique invisible la presionaba por dentro, le costaba respirar. Intentó calmarse abanicándose, prendiendo el ventilador de la oficina, abriendo las ventanas, pero el aire seguía quieto. Ya no pudo ocultar que mojaba los documentos entre sus lágrimas y poros: los números que debía calcular se escurrían, los millones se derretían en todas las hojas que tocaba.</p>



<p>Su jefe, intentando no exponerse a una demanda por acoso laboral, le solicitó, con voz de cordial obligación, que se retirara de la oficina y asistiera con urgencia al hospital, por un posible cuadro de menopausia precoz.</p>



<p>Estaba sola en casa. Recibía llamados que no contestó. Una vez más se preocupó: sabía que dormir la traería nuevamente al cauce. Esto le había ocurrido en otras crisis: desde el día de la menarquia despertaba con charcos alrededor de ella; esta vez era distinto, ya no había vuelta atrás y ella tampoco lo quería.</p>



<p>Su abuela le dijo que sus raíces eran tan largas como las venas que irrigaban de sangre su cuerpo, vénulas incontables, vasos microscópicos. Así es la memoria de nuestras vidas, le decía.<br>—Nuestra sangre llega al mar; aunque perdimos, nos cambiaron el apellido en el registro civil, somos familia de linaje de soñadoras.</p>



<p>Preparó un té de ruda y cedrón. Se tomó la píldora completa. Esta vez, mientras se entregaba al remedio, se dijo a sí misma: a lo que es y será, a mis abuelas y a lo que llevo y traigo. Se sintió gratamente hidratada; se desnudó y se recostó en la tina. El sueño la venció.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Al abrir los ojos, todo era negro color obsidiana, sin más reflejos que unas luces diminutas, parecidas a las alas de las polillas. Una cueva resonaba con cada vaivén del agua: un gran vientre donde su cuerpo movía almas imperceptibles, en una realidad donde lo líquido era líquido y el concreto, concreto. Entendió su fuerza y comprendió la conciencia de lo que albergaba.</p>



<p class="has-text-align-left">—El tiempo es circular —susurran los ritos que me invocan—. Comencé a danzar, a mover almas por el cauce, a llevarlas al mar para que el cielo se reflejase sobre ellas al ritmo del amanecer. Puedo sentirme en kilómetros. De pronto talaron alerces y sauces y los reemplazaron por árboles de metal. Ya no podía dirigirme con mi ritual fluido: me clavaron estacas y concreto. Un monstruo sobre mí, jamás antes visto desde que los glaciares se derritieron y me formé. Intenté seguir trasladando los espíritus, dotar de fuerza a las personas que vivían a mi alrededor, pero el cuerpo me pesaba. No tenía el control de mí: las rutas ancestrales se cerraban. Los humanos, constructores del monstruo de metal, declararon enemigos a quienes habitaban mis orillas y cuidaban mi vida. Una mujer se comunica conmigo, saben quién soy. No me abandonarán.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p class="has-text-align-left">No recuerda cómo volvió a su oficina por última vez. Comenzó a sentir que el uniforme la asfixiaba, la respiración entrecortada, y volvía a sentirse seca. Nadie la veía: su membrana era de papel diamante y alcanzaba a distinguir las coronillas de las cabezas de su jefe y sus compañeras. Decidió no volver a ese mundo e incorporarse a lo que siempre fue y añoraba.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Este no es el mito de Ofelia: no hubo cuerpo que buscar. Un día, la mujer que trabajaba en SECPLAN fue al baño convertida en una persona de lluvia y se volvió un charco que la señora Rosa trapeó después, reclamando por las viejas cañerías y sus típicas filtraciones.</p>



<p class="has-text-align-left">Para volver a respirar, imaginó las manos de su abuela bañándola cuando pequeña, vertiéndole cubetas de agua tibia con sal y romero mientras le cantaba. No tuvo temor: así se deshizo en su elemento familiar y su espíritu viajó a su tiempo redondo.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="1199" height="1199" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2.jpg" alt="" class="wp-image-3928" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2.jpg 1199w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-100x100.jpg 100w" sizes="auto, (max-width: 1199px) 100vw, 1199px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><mark style="background-color:#000000;color:#ffffff" class="has-inline-color"><strong>Camila Almendra</strong> es profesora y escritora del sur austral de Chile, nacida entre los ríos de Chaurakawin y Ainileubu. Habita hoy en Coatepec, México, donde cursa el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Veracruzana (Xalapa). Investiga las escrituras de mujeres, las disidencias, y los cruces entre poesía, clima y ciencia ficción. Sus creaciones están en revistas y antologías tales como <em>Revista Ceres</em> (Ediciones Mal Criada, 2015-2020), <em>Silvestres y Eléctricas, poetas latinoamericanas</em> (Cartonera Helecho, 2016), <em>Maraña: panorama de la poesía chilena joven</em> (Editorial Alquimia, 2019) y en <em>Estuaria, visión de 9 afluentes</em> (Tinta Negra Microeditorial, 2022), Revista <em>Punto de Partida</em> (UNAM, 2025).<br>Ha publicado los poemarios <em>El viaje de la Heroína</em> (Editorial Alto Horno, 2016), <em>Provinciana en Colores</em> (Ediciones Kultrún, 2022) y <em>Pistila del gen lumínico</em> (Tinta Negra Microeditorial,&nbsp;2024).</mark></p>



<p></p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«El dormido» por Manuel Zúñiga Trier</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2025/11/17/el-dormido-por-manuel-zuniga-trier/</link>
					<comments>https://imaginistas.cl/2025/11/17/el-dormido-por-manuel-zuniga-trier/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Nov 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=3917</guid>

					<description><![CDATA[Nº 50 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1193 palabras &#124; Chile &#124; En su departamento, un hombre convive en secreto con una criatura monstruosa que llegó del exterior sembrando terror en el mundo y que ahora duerme profundamente en su casa. Al principio piensa denunciarla, pero la costumbre, la fascinación y la culpa lo atan a ella.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-de6820b44b08a63eae8776de503fe1a7">En su departamento, un hombre convive en secreto con una criatura monstruosa que llegó del exterior sembrando terror en el mundo y que ahora duerme profundamente en su casa. Al principio piensa denunciarla, pero la costumbre, la fascinación y la culpa lo atan a ella.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 50 | Narrativa | Terror | 1193 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-2167176d77a41fcdd8b466118e28d7dd" id="EL_DORMIDO" style="font-size:100px"><mark style="background-color:var(--ast-global-color-3);color:#ffffff" class="has-inline-color">EL DORMIDO</mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="manuel-zuniga-trier-d91ece88-9242-480f-b00d-435e80d1d532" style="font-size:50px">MANUEL ZÚÑIGA TRIER</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Desde hace unos días que hay algo en mi casa.</p>



<p>Vino de fuera, desconozco su concepción y menos por dónde comenzar a explicarlo. Lo mejor que puedo decir para describirlo es que ocupa buena parte del espacio de mi departamento con púas y pliegues de carne gruesos y flácidos. También sé, por lo que dicen, que es altamente peligroso.</p>



<p>Lo que más me molesta, sin embargo, no es su apariencia ni la amenaza que representa. Lo que me indigna es que esta bomba de tiempo haya pasado a mis manos sin aviso y sin mi consentimiento. Estamos hablando de algo salvaje y horroroso. Algo de esa naturaleza vino y paró aquí, así de repente: de todos los lugares, luego de sembrar el terror en todo el mundo, se metió en mi casa y se quedó profundamente dormido.</p>



<p>Pienso en cuánto me ha costado considerar entregarlo. Lo sé. Sé que la mejor decisión es dar aviso, delatarlo. Lo sé y lo he sabido hace tiempo. Pero para que entiendan lo que digo: fueron unos días de superar el shock, otros cuantos de dudas y cálculos. El tiempo pasó muy rápido y ahora me da vergüenza admitir que he tenido a esta bestia fétida en mi hogar, viviendo conmigo, escondida del mundo. Ahora no tengo cómo explicarle a nadie por qué no he hecho nada al respecto. Y, tras observarlo por días mientras duerme, ha llegado el momento en que no puedo pensar en hacerle nada.</p>



<p>Me rendí a la idea de que haya un ser que de a poco se ha convertido en uno más de los muebles del departamento. Se ha vuelto inconcebible conseguir a alguien que me entienda y me ayude a deshacerme de él. Además, sí, supuestamente es nefasto, pero, en rigor, en este estado no le hace daño a nadie.</p>



<p>De alguna forma me he ido habituando y ya no lo observo con tanto miedo, sino que hasta con fascinación. Mi naciente curiosidad me ha hecho acercarme en ocasiones más de lo que quizá debería y preguntarme si de verdad es tan malo como dicen. Me cuestiono si, de hecho, habrá una razón para su existencia. Si tal vez es un monstruo incomprendido y yo sea el único que lo entienda. Me pregunto si, a lo mejor, tal como yo me he familiarizado con él, haya una posibilidad de que él lo haga conmigo y que conectáramos. Así, cuando despertara, quizá me reconozca como un aliado. O incluso como su amo. Por último, me conformaría con ser alguien a quien él no quiera matar.</p>



<p>Comencé a tantear terreno en este aspecto.</p>



<p>Noté que, cuando le acerco cosas a los agujeros por donde el aire entra y sale, se detiene momentáneamente, como poniendo atención. Asumo que el olor debe recorrerlo por dentro. He tratado ropa limpia, después sucia, después mis sábanas usadas para que las huela. Todo me hace creer que me está aceptando.</p>



<p>Acto seguido, intenté alimentarlo. Le encontré el espacio por el que entra la comida sin que vuelva a mis manos empapada en jugos. Por él introduje cereales, pollo y huevo. La última vez le escupí a la comida para que tuviera algo mío. Eso tiene que ser de ayuda para que me recuerde.</p>



<p>Desde que le di pelos de mi almohada y las uñas que me corté después de bañarme, juraría que distingo entre sus pliegues una especie de cara.</p>



<p>Las cosas se me complican a medida que descubro rasgos como ese. Sigo soñando que, después de todo lo que hice, despierta y, con una mirada perdida, me dice con su boca deforme: “Discúlpame”, y me devora. No es justo. No sería nada justo que, después de mantenerlo a salvo de las autoridades y la gente, se volviera en mi contra. No es justo que, de la preocupación, se me caiga el pelo y se me descueren algunas partes. He estado juntando todos esos pellejos y pendejos y dándoselos de comer. Mínimo, si los pierdo por su culpa.</p>



<p>Me he estado rascando más de lo habitual. No estoy cien por ciento consciente de cuánto me rascaba antes, pero estoy convencido de que es así. Es que estas pequeñas costras empezaron a aparecer por todo mi cuerpo, sin ninguna explicación. Especialmente las de la cabeza, que salen por montones. Tal como hice con el resto de mis despojos, se las he estado dando a él en venganza. Últimamente, sin embargo, he comenzado a arrepentirme de esto, porque, de no haberlo hecho, creo que él no hubiese empezado a murmurar.</p>



<p>No he estado saliendo. No puedo abrir la puerta y arriesgarme a que alguien escuche las palabras que lo he escuchado formar. Estoy seguro de que en cualquier momento este monstruo se para sonámbulo. Tengo miedo de que alguien lo escuche a través de las paredes y luego vengan a husmear. No sé si alguna vez despertará; no me podría importar menos ahora. Lo que me preocupa es todo lo que sabe y repite sin filtros. No sé qué tipo de broma cósmica sea esta, pero no me causa ninguna gracia que esta aberración conozca tantos detalles de mi vida personal. Especialmente sobre lo que pasó con mi madre.</p>



<p>Recientemente, identifiqué estas costras que se expanden por mi piel como las mismas que cubren a la bestia. O al menos así me lo parecen. Se sienten ásperas y sensibles contra el colchón, y me imagino que así debe sentir él todo su cuerpo. Mi reclusión pasó a ser absoluta, no puedo dejar que nadie me vea en este estado. Ya no queda ni una uña en mis dedos. Todavía no me acostumbro a la sensación de encías desnudas contra mis labios. Mientras, su cuerpo, desde que le doy pedazos de mis orejas y párpados, se empezó a cubrir de piel humana. La idea de tocarlo se ha vuelto más repugnante que nunca. Yaciendo con su cuerpo rosado y su voz tan parecida a la mía, no me causa más que rabia y desprecio.</p>



<p>Sus monólogos se sienten demasiado cercanos y ofensivos. Como burlas de lo que fui. Un insulto a la vida como la conocía. Me duele todo en este momento. Lo reconozco, fui feo, fui inútil. Tuve un nombre ridículo y mis cosas no valen nada. Mi único alivio en estos momentos es dejarle mis dedos secos, mis pies gangrenados, todo, a él. Ya no me importa nada. Ahora es más parecido a mí que yo mismo y considero que todo aquello le pertenece. Yo, por mi parte, soy la copia de él cuando se metió aquí y su rol ha sido transferido a mí a la fuerza.</p>



<p>Me doy cuenta, aunque tarde, de que no lo maté cuando pude y ahora, aunque no quiera, me urge perpetuar su legado. Tengo sus pinzas en vez de mis manos, mi piel está reseca, atravesada por púas. La sangre del dormido no provee el alivio suficiente; tengo que salir y robárselo al mundo, tal como lo hizo él antes de meterse en mi casa.</p>



<p>Destruido todo y todos, voy a volver a descansar y, cuando me duerma, seguramente él va a estar despierto.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="1066" height="1066" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47.jpeg" alt="" class="wp-image-3918" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47.jpeg 1066w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-300x300.jpeg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-1024x1024.jpeg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-150x150.jpeg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-768x768.jpeg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-600x600.jpeg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-100x100.jpeg 100w" sizes="auto, (max-width: 1066px) 100vw, 1066px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><mark style="background-color:var(--ast-global-color-5);color:#ffffff" class="has-inline-color"><strong>Manuel Zúñiga Trier</strong> nació en Santiago de Chile y fue criado entre Talagante, Chiloé y Tasmania. Biólogo de profesión y masoterapeuta por pasión. Esgrima histórica, vocalizaciones extrañas, animación y escritura son hobbies que se pelean su tiempo. Afín a las artes que lo dejan triste, pensativo y babeando. Escribe, por lo tanto, cosas extrañas e incómodas, ojalá terroríficas.</mark></p>



<p></p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://imaginistas.cl/2025/11/17/el-dormido-por-manuel-zuniga-trier/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«Carmela» por Antonella Menoni</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2025/10/06/carmela-por-antonella-menoni/</link>
					<comments>https://imaginistas.cl/2025/10/06/carmela-por-antonella-menoni/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 06 Oct 2025 14:30:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=3846</guid>

					<description><![CDATA[Nº 44 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 3004 palabras &#124; Antonella Menoni &#124; Uruguay &#124; En un verano asfixiante de Montevideo, una mujer que trabaja en un frigorífico conoce a Carmela, la nieta de su vecina muerta. Entre el hedor de la carne y el deseo, ambas se funden en una relación enfermiza donde la pasión, la podredumbre y la identidad comienzan a confundirse irreversiblemente.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-87383c83cb3547b2415a551a6e4d3253">En un verano asfixiante de Montevideo, una mujer que trabaja en un frigorífico conoce a Carmela, la nieta de su vecina muerta. Entre el hedor de la carne y el deseo, ambas se funden en una relación enfermiza donde la pasión, la podredumbre y la identidad comienzan a confundirse irreversiblemente.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 44 | Narrativa | Terror | 3004 palabras | Antonella Menoni | Uruguay</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img loading="lazy" decoding="async" width="2560" height="1600" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-scaled.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-scaled.png 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-300x187.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-1024x640.png 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-768x480.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-1536x960.png 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2048x1280.png 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-1280x800.png 1280w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-400x250.png 400w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-984x615.png 984w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-1320x825.png 1320w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-600x375.png 600w" sizes="auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>


<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Carmela. Se me hinchaba la lengua al llamarla, como si decir su nombre fuese más trabajo que empujar un cuerpo hacia afuera, pesado, viscoso. Finalmente lograba salir, con la violencia de un gemido contenido, retorciéndose desde mi paladar hasta el exterior. Se paseaba por mi boca con un roce áspero y sabor a hierro. Aun así, me fascinaba. No me cansaba de decirlo. De sentir cómo cada sílaba se derretía finalmente, como una fruta demasiado madura en mi lengua, arrastrándose obscenamente hasta ella. Como si me costara soltarlas del todo. Como si quisiera morder cada letra hasta hacerme sangrar. Carmela.</p>



<p>Los días se apelmazaban como cartón húmedo, deformando el tiempo en un chicle. Caminaba las mismas calles hasta que el asfalto comenzaba a deformarse bajo mis pasos, como si Montevideo me digeriera lentamente. El sopor veraniego se fermentaba en los balcones junto con las plantas secas. Yo aprendí a habitar ese hedor como quien se acuesta en una cama tibia, ahogándose en su propio sudor. El olvido no era un bálsamo, sino el párpado pesado de un alcohólico que no quería volver a abrirse y ver con nitidez el caos que lo rodeaba. Y, aun así, agradecía la penumbra.</p>



<p>La ciudad olía a azufre que se colaba por los desagües, y a demasiada fruta podrida que alertaba a enjambres de moscas que Montevideo estaba disponible para ser saqueado. El verano se sentía como un mausoleo abierto. Un amante enfermo, que en cada beso dejaba tras de sí una costra de fiebre.</p>



<p>A veces creía haberla olvidado. Otras, la certeza de su ausencia me corroía como un gusano detrás de las sienes. Vivía en ese vaivén. Por eso me sumía en mi rutina con tanta diligencia.</p>



<p>Trabajo en un frigorífico. Detalle que considero pertinente aclarar, no por afición a los vacunos ni al hedor de la carne abierta, sino porque es allí donde se me va la mayor parte de la vida. Hace dos años que estoy entre esas paredes frías. En un principio, lo elegí porque pagaban bien, porque no exigían títulos ni pergaminos y porque, al final de cada semana, nos dejaban llevar algún corte.</p>



<p>Yo había sido vegetariana durante cuatro años. Ahora devoro carne roja casi a diario. A veces me falta agua en la heladera, pero nunca falta un trozo de entraña, unos riñones o la sobra reseca de una pechuga de pollo.</p>



<p>Intento mantener una disciplina mínima: limpiar la heladera, cambiarme la ropa del trabajo antes de volver al mundo exterior. Pero ya estoy tan contaminada que rara vez percibo el olor que me impregna. Al principio me resultaba insoportable, denso hasta el mareo; llegué a vomitar incluso. Un olor a muerte que se me incrustaba en la nariz como un insecto obstinado. Pensé en renunciar. Todavía lo pienso, cada mañana, cada vez que abro los ojos.</p>



<p>Hoy, como siempre, llegué y me cubrí con túnica, guantes y cofia. La carne me recibió desde la puerta misma, antes que ningún compañero. Puse el primer corte en la sierra y me entregué al movimiento repetido, al pulso de la máquina. Pasados unos cuarenta minutos, los brazos ya me dolían. Agujas invisibles trenzaban mis músculos como si intentaran bordar un mural dentro de mi carne. Me había vuelto resistente, sí, pero no invencible. El trabajo era agotador. Más agotador aún era habitar este cuerpo hecho de piel y hueso. Esta condición de animal que me resulta intolerable. No me pesaba la muerte. Me pesaba estar viva, ocupando una carcasa que me resulta ajena, siempre invasiva. No siempre me había sentido así, sin embargo.</p>



<p>Cuando terminó el turno, regresé a mi apartamento. La luna ya colgaba arriba, opaca, y las estrellas habían sido borradas por la contaminación de la ciudad. El viento era húmedo, las veredas parecían recién lavadas. No escuchaba música en el ómnibus ni al caminar. Prefería oír el vibrar monótono del motor del transporte público, rechinando cada tanto en las esquinas muy angostas.</p>



<p>Al entrar, un olor me golpeó con violencia. Podrido. Penetrante. Nauseabundo. El edificio estaba a oscuras. Un apagón lo había tragado todo, quizá desde la mañana. Pensé en la heladera, en la carne apilada dentro, y me lancé a comprobarla. Al abrir la puerta, la encontré aún en buen estado, intacta por milagro. Pero no era ella la que olía. No era mi carne.</p>



<p>Salí al pasillo buscando algún interruptor o explicación, y allí estaban los vecinos, agrupados en murmullos espesos. Un par de viejas fisgoneaban desde la puerta abierta del apartamento contiguo.</p>



<p>—¿Qué pasó? —pregunté, mi voz seca.</p>



<p>—La señora Alberta —me respondió un hombre con la mano en el pecho—. Murió. La encontraron esta tarde. Un infarto, dicen. Llevaba cuatro días…</p>



<p>Cuatro días pudriéndose en el encierro. Cuatro días regalando al aire esa fragancia dulzona y espesa de muerte.</p>



<p>No era por ser insensible, pero ¿qué podía hacer yo por la vieja? Nada. Ya estaba muerta. Me preocupaba más el apagón que aún mantenía cautiva mi heladera. Seguí hacia las escaleras buscando un tablero general, con la idea de llamar a un electricista a la mañana siguiente. Si hubiera tenido más confianza con la señora Alberta, incluso podría haberle pedido guardar mi carne en su heladera.</p>



<p>Mi mente era un amasijo de cansancio y pensamientos dispersos. Y en esa niebla bajaba distraída cuando alguien empujó la puerta del edificio desde afuera. Me choqué de frente.</p>



<p>Me quedé aturdida un segundo, hasta que levanté la vista. Una mujer.</p>



<p>—Disculpá, no te vi —murmuré, aún recomponiéndome.</p>



<p>Ella me devolvió la mirada con una sonrisa tenue, precisa, dirigida. Algo en mí se contrajo, un retorcijo mínimo, un estremecimiento en la boca del estómago.</p>



<p>—¿Vivís acá? Nunca te había visto.</p>



<p>—Mi abuela vivía aquí —corrigió con un titubeo, bajando la mirada—. Estoy recogiendo sus cosas.</p>



<p>Era la nieta de Alberta.</p>



<p>—Lamento mucho tu pérdida —dije, seca otra vez.</p>



<p>—Gracias —su sonrisa se amplió apenas, y me mostró un hoyuelo escondido en la mejilla, un detalle ínfimo que se me quedó clavado como una astilla luminosa—. Me llamo Carmela.</p>



<p>Y yo, por un instante, solo pude mirarle la boca.</p>



<p>En aquellos pocos instantes había logrado apreciarla de la cabeza a los pies: la despreocupación con la que aquellos bucles de un blanco pulido caían sobre su rostro, el brillo de su par de ojos opalescentes; su mirada era una invitación a aventurarme en su mundo, su boca agrietada en los bordes, aún rosada y carnosa, entreabierta, su piel cubierta en pliegues y surcos que se asemejaban más a un pergamino atesorado que a arrugas. Todo su cuerpo emanaba un magnetismo etéreo y maduro que se deslizaba por las sílabas de su nombre.</p>



<p>Me despedí con cordialidad y volví a mi apartamento, olvidándome de que no tenía luz y de que estaba en una misión por arreglarlo. Mi corazón latía aceleradamente. No me importó el olor a muerte al pasar por el pasillo; lo esquivé con gracia, al igual que al pelotón de vecinos chusmas que seguían cerca de la puerta. Me escabullí y me dirigí directo a mi escritorio, envuelta en una borrachera mental, sonriendo.</p>



<p>Me arrebataba un torrente eléctrico, propulsado por la memoria de aquel encuentro. La intriga del sabor de aquellos labios burbujeaba en mi lengua, tejiendo ideas, un manifiesto. Continué en aquel éxtasis por horas. Lo veía con claridad. La veía con claridad. A través de la densa bruma mental de agotamiento, con los ojos entrecerrados, allí estaba: Carmela. Eras exactamente lo que estaba buscando.</p>



<p>Carmela decidió instalarse en el apartamento de su abuela. La rapidez de su mudanza me resultó desconcertante, casi imprudente. Yo hubiese meditado la decisión hasta el agotamiento: pensar en habitar el mismo aire, dormir entre las mismas paredes donde un cuerpo se había descompuesto durante días. Y aún más si era un familiar mío. Pero ella no parecía perturbada. Más bien se la veía aliviada, como si hubiese encontrado por fin un refugio. Su urgencia era mi desvelo. La manera en la que se apropiaba del lugar me irritaba y me fascinaba al mismo tiempo. Y tan solo nos separaba una pared fina de concreto.</p>



<p>Cada vez que la veía, la veía doble. Se espejaba en la otra. Era como si mi memoria se hubiese vuelto una superficie líquida. Carmela emergía y enseguida el rostro de la otra se superponía, deformado, obstinado. Me enfurecía que no podía dejarla atrás. Todos los esfuerzos frenéticos por olvidarla se derrumbaban con tan solo un gesto suyo en el momento en que la rozaba con mi mirada. Quería creer que había avanzado, que estaba reconstruyéndome. Pero en las noches, inevitablemente, todo se reducía a un solo nombre; los rasgos se desdibujaban, y solo quedaba un olor dulzón, nauseabundo, que me perseguía hasta el insomnio. Soñaba con enterrarlo, con devorarlo y que mi rutina se lo comiera hasta tragárselo y dejarlo en lo bajo de la carne de mis días.</p>



<p>Una mañana la encontré en el pasillo. El aire estaba cargado de polvo y cartón. Sus cajas de mudanza aún se amontonaban como cadáveres apilados en una esquina. Había invadido el corredor durante días y yo, con mi habitual prudencia, no había dicho nada. No interrumpían mi rutina, pero tampoco podía dejar de sentir el peso de su presencia. En el ascensor, una vez, me había mencionado que venía de muchos años en Barcelona, dicho así, con una voz neutra, como quien no quiere decir nada pero deja caer la palabra como un anzuelo, tratando de provocar una reacción en mí.</p>



<p>Yo cerraba la puerta de mi apartamento cuando sentí su mirada clavada en mi nuca. Me giré apenas, y ahí estaba, apoyada en el marco de su puerta, como si me hubiese estado esperando.</p>



<p>—¿Vas a trabajar? —preguntó, inclinada, mientras se acomodaba una de sus sandalias. El pelo le caía a un costado, dejándole la clavícula marcada y esa línea blanca de la nuca que me ardió en los ojos como un tajo.</p>



<p>Cerré con llave mi puerta intentando no mirarla. No quería, pero no podía apartar la vista. Asentí en silencio.</p>



<p>—¿Querés que te lleve? —dijo, como si fuese la cosa más natural del mundo.</p>



<p>Me obligué a alzar la cabeza, a devolverle la mirada. Sentí un hilo de acidez treparme por la garganta, y salió en mi voz antes de que pudiera corregirme:</p>



<p>—¿Cómo sabés que te queda de pasada?</p>



<p>Lo dije con brusquedad, como si al poner un filo entre nosotras pudiera defenderme.</p>



<p>Ella sonrió, pero su sonrisa no era inocente. Era lenta, torcida, un movimiento que parecía haber ensayado frente al espejo. Torció apenas la cabeza y no apartó los ojos de mí.</p>



<p>—No lo sé. Pero no me importa. Insisto. ¿Me dejás llevarte?</p>



<p>Cruzada de brazos, la examiné con cautela. Había algo en su cuerpo que me irritaba por su calma insolente, como si supiera exactamente lo que provocaba en mí. Un calor húmedo me subió desde el pecho, reverberando en mis costillas. No podía decidir si era rabia o deseo.</p>



<p>—Entonces ya no es un ofrecimiento —dije despacio, buscando que cada sílaba fuese una trampa—. Es un pedido.</p>



<p>Vi cómo su mirada descendía, sin pudor, hacia mi pecho que se levantaba y caía con notoriedad, delatando mi respiración agitada. No se esforzó por disimular.</p>



<p>—Que sea lo que quieras —respondió, apenas un murmullo que parecía pegarse en mi piel—. Con tal de que me digas que sí.</p>



<p>La escuché como si me hubiese lamido el oído. El pasillo entero, con sus cajas y olor a polvo, se contrajo alrededor de nosotras. Sentí la llave todavía en mi mano, helada, como un recordatorio de que podía volver a entrar, cerrar, esconderme. Pero no lo hice.</p>



<p>Acepté.</p>



<p>El tiempo empezó a deshilacharse desde que Carmela se había mudado al apartamento de su abuela. No eran días ni noches los que pasaban, sino jirones de memoria que se desgarraban en mi cuerpo. Su presencia me alteraba, no de un modo explícito, sino con esa dulzura empalagosa que deja el perfume del jazmín en el verano. Demasiado hermoso para no sospechar su podredumbre. Ella era la otra y, a la vez, era ella. Ese doblez me desquiciaba.</p>



<p>El paso del tiempo entre nosotras se volvía viscoso, como un hilo de saliva que no termina de romperse. A veces me sorprendía caminando en círculos por mi apartamento, convencida de que si abría la puerta la encontraría del otro lado, con los brazos cruzados, aguardando.</p>



<p>Una mañana abrí los ojos y ya estaba en la parada del ómnibus. No recordaba haber atravesado el pasillo, ni haberme vestido, ni siquiera haber cerrado con llave la puerta de mi apartamento. Todo se volvía opaco, como si un sueño me arrastrara y me dejara abandonada en mitad de la vigilia. Si me detenía a pensar demasiado en ello, perdería mi bus, así que avancé sin titubear, con la certeza de quien huye, aunque no sepa de qué. Me subí al ómnibus y dejé que la ciudad me tragara entre su sopor de alquitrán caliente y sudor viejo.</p>



<p>Estaba disfrutando una copa de vino mientras mis dedos se ensuciaban en la grasa tibia de una pasta con albóndigas. Necesitaba deshacerme de aquella carne que había languidecido en mi heladera durante días. La cocina olía a metal húmedo y a especias rancias, a una dulzura podrida que me excitaba y me revolvía el estómago al mismo tiempo.</p>



<p>Fue entonces que alguien llamó a la puerta. Me levanté con sigilo, con la sensación de que algo pesado y oscuro se había posado sobre mi pecho, y la encontré allí: Carmela, parada en el umbral, con la calma de quien sabe que ha irrumpido en un territorio prohibido, con los ojos midiendo mi alerta.</p>



<p>—Abrí este vino hace un par de noches —dijo, su voz rozando mis nervios—, y si no lo tomo hoy, se echará a perder. Me vendría bien la ayuda. ¿Te gusta el rosé?</p>



<p>Me inquietó su sonrisa, esa que prometía y amenazaba al mismo tiempo. Parece que ambas estábamos vaciando heladeras, y el aire entre nosotras se volvía denso, pegajoso. Ella se acomodó en mi sillón y saqué otra copa.</p>



<p>Vaciamos la botella y luego lo que quedaba de la mía. Carmela se veía más peligrosa bajo la luz tenue de mi apartamento: sus mejillas encendidas, el calor de su respiración mezclado con el aroma dulce y ácido del vino, su piel que brillaba con una humedad extraña y provocadora. No había una malicia explícita, pero el peligro era inminente. Lo que podía pasar si me permitía salir de mi rutina, de mi esquema de control, si me abandonaba a la corriente de su cuerpo.</p>



<p>—El señor del primer piso tiene un gato muy viejo —balbuceó, y sus dedos rozaron mi pierna—. Siempre me hace sentir que lo vigilan.</p>



<p>Su mano se quedó allí un instante demasiado largo. La miré y, en sus ojos, vi la misma chispa que me había encendido desde la primera vez. Me incliné hacia ella y sus labios se posaron en mi cuello; el calor de su aliento escribía una condena en mi piel. Ya no había vuelta atrás.</p>



<p>Tumbadas en el sillón, Carmela se retorcía con espasmos de placer. Sonaba como una música macabra que recorría mi columna. Su pecho subía y bajaba, cortado por gemidos melódicos que amenazaban con deshacerme. Su piel perlada de sudor era la promesa de un infierno dulce. Cada beso que depositaba en mí era una firma, un recordatorio de que me había perdido en ella.</p>



<p>—Quiero que me llenes la boca con tu nombre —susurré, y el sonido me arrastraba a un idilio divino y tortuoso—. Carmela.</p>



<p>Sentí cómo me desbordaba, cómo me vaciaba y me llenaba a la vez. Cada palabra, cada gemido, era un eco que hacía vibrar mi vientre y mi conciencia.</p>



<p>Nos quedamos dormidas, entrelazadas y exhaustas, con el olor a vino y carne mezclándose en el aire, dejando un rastro de placer y decadencia que aún hoy me persigue.</p>



<p>Desperté sola. La cama estaba vacía y el aroma de Carmela había dejado un rastro amargo en mis sábanas. Fui a trabajar, pero todo se sentía irreal. Un compañero me saludó y dijo:</p>



<p>—Me alegro de verte bien. Ayer dijiste que estabas enferma.</p>



<p>Recordé vagamente la noche anterior, pero no había memoria de haberle avisado a nadie de estar indispuesta. El calendario marcaba miércoles, y yo, al parecer, había dormido un día entero. Ya no distinguía lo que era real de lo que era un delirio inducido por su presencia.</p>



<p>Salí del trabajo y golpeé su puerta. No respondió. Ni un sonido, ni un mensaje, nada. El apartamento estaba cerrado y silencioso, como si el mundo hubiese decidido tragársela. Me sentí vacía, un eco de desesperación recorriendo mi pecho. En medio de la confusión y la angustia abrí mi heladera en busca de un trago y me encontré con una grotesca abundancia de carne: cortes vacunos, riñones, hígado, incluso un corazón. No recordaba haberlos comprado ni cómo habían llegado hasta allí. El terror y la fascinación se mezclaban en un cóctel nauseabundo. Quizá ayer, en medio del cansancio y el delirio, había hecho un surtido.</p>



<p>Preparé un churrasco con manos temblorosas.</p>



<p>Pasaron días, semanas. Y ningún rastro de Carmela. Dejó algunas cosas en su apartamento, pero se había ido, silenciosa como un corte en la noche, sin despedida, sin rastro que no fuera su olor, que aún levitaba con densidad por el aire.</p>



<p>Un nuevo verano llegó. Denso y asfixiante.</p>



<p>Me senté frente a la ventana, con un vaso de vino en la mano, viendo la ciudad derretirse en luz y sombra. En el calor del verano, en la descomposición del tiempo, en la soledad de mi cuerpo, llamarla era como un mantra tibio y aterciopelado.</p>



<p>—Carmela —susurré al viento.</p>



<p>Y la brisa contestó, caliente, nauseabunda, con un sabor a carne olvidada que apuntillaba mi lengua. Volví a tragar las letras de su nombre, saboreando su ausencia entre mis dientes. Y me estremecí al darme cuenta de que, al igual que al principio, lo único que me quedaba era un nombre.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="828" height="828" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/07/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4.jpg" alt="" class="wp-image-3732" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/07/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4.jpg 828w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/07/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/07/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/07/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/07/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/07/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-100x100.jpg 100w" sizes="auto, (max-width: 828px) 100vw, 828px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Antonella Menoni</strong></p>



<p>Escritora uruguaya, nacida en el 2003. Estudiante de la Licenciatura de Lingüística en la Universidad de la República. Autora de Los Esqueletos en el Armario (2021), Anatomía de un Corazón Roto (2023), Cabin Fever (2024), Cabin Fever: Spanish Edition (2024).</p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://imaginistas.cl/2025/10/06/carmela-por-antonella-menoni/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Hijas de Lilith por Camila Fuentes</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2025/09/15/hijas-de-lilith-por-camila-fuentes/</link>
					<comments>https://imaginistas.cl/2025/09/15/hijas-de-lilith-por-camila-fuentes/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Sep 2025 13:34:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=3807</guid>

					<description><![CDATA[Nº 41 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 3008 palabras &#124; Camila Fuentes &#124; Chile &#124; Hijas de Lilith narra la historia de un grupo de mujeres que, huyendo de la violencia patriarcal de la ciudad, fundan en el Valle Central una comunidad secreta donde inventan un mundo propio, femenino y solidario. Su libertad, sin embargo, es interrumpida por la irrupción de militares que destruyen su refugio y las someten a nuevas formas de abuso. Frente a la desesperación, invocan a Lilith, la primera rebelde, y sellan un pacto de transformación: convertirse en culebras, astutas y venenosas, para vengarse y sobrevivir. En una mezcla de mito y violencia, maternidad y resistencia, el relato muestra cómo lo femenino, tantas veces condenado, encuentra fuerza en la metamorfosis.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-bc0c40d387644aec387bcc2345086bd4"><em>Hijas de Lilith</em> narra la historia de un grupo de mujeres que, huyendo de la violencia patriarcal de la ciudad, fundan en el Valle Central una comunidad secreta donde inventan un mundo propio, femenino y solidario. Su libertad, sin embargo, es interrumpida por la irrupción de militares que destruyen su refugio y las someten a nuevas formas de abuso. Frente a la desesperación, invocan a Lilith, la primera rebelde, y sellan un pacto de transformación: convertirse en culebras, astutas y venenosas, para vengarse y sobrevivir. En una mezcla de mito y violencia, maternidad y resistencia, el relato muestra cómo lo femenino, tantas veces condenado, encuentra fuerza en la metamorfosis.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 41 | Narrativa | Terror | 3008 palabras | <strong>Camila Fuentes</strong> | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img loading="lazy" decoding="async" width="1280" height="800" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1.png 1280w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1-300x188.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1-1024x640.png 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1-768x480.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1-400x250.png 400w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1-984x615.png 984w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-1-600x375.png 600w" sizes="auto, (max-width: 1280px) 100vw, 1280px" /></figure>


<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-right">“Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos.<br>Las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten.”<br>Margaret Atwood</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-left">Suele decirse que la historia la escriben los vencedores. Sin embargo, me urge preguntar: si quienes debían triunfar a base de fuerza pura y bruta están muertos, de espanto los sobrevivientes, así como también de forma literal el resto, ¿quién va a relatar entonces el extraordinario caso de las mujeres-culebra?<br>Presta atención, lector o viajero, que no siempre los que ganan son hombres ni tienen el coraje natural que a las almas femeninas nos sobra.</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p></p>



<p>En los alrededores del Valle Central del país con forma de serpiente, las mujeres encontraron el lugar apropiado para asentarse por un tiempo. El viaje había sido más duro de lo que habían imaginado, pero estaban seguras de que valdría la pena haber dejado en la ciudad todo aquello que ya no querían seguir siendo: esposas infelices y engañadas algunas, madres solteras o libertinas, según el juicio social, otras.<br>Hacia mediados del siglo pasado, muchas cosas estaban sucediendo a nivel local e internacional. Vivir exigía sacrificios degradantes a causa de la inflación descontrolada de aquellos años; años que avanzaron nebulosos hasta la década siguiente, tiempo idóneo que sembró la semilla de la disidencia en un grupo de mujeres que intuía un futuro aún más violento, y no se equivocaban.<br>Así, mientras las problemáticas de la migración campo-ciudad iban en un alza descontrolada, ellas decidieron actuar de forma inversa y, camufladas en el naciente caos de los movimientos sindicalistas y estudiantiles, se reunieron para iniciar una valiente travesía con dirección al sur que, sabían, no tendría vuelta atrás.<br>Cargaron con el peso de carpas, sacos de dormir, útiles varios para la supervivencia como vestimenta y alimento; pero, sobre todo, con el peso del miedo a ser descubiertas.<br>Las primeras noches durmieron por turnos en las faldas de un cerro guardián. Cada una repasaba incansable en su memoria el camino recorrido en busca de cualquier error o pista que pudiesen haber dejado, cualquier descuido que permitiera rastrearlas. Pero los días siguientes pasaron tranquilos y el temor amainó. Fue así como aquel lugar que, en principio, era de paso, terminó por convertirse en su nuevo hogar. Para que este funcionara, dispusieron de roles y dinámicas de convivencia. Algunas se enfocaron en la agricultura, otras en la cacería y otras en las clásicas labores domésticas. Varias se habían instruido en conocimientos básicos de medicina, sobre todo al considerar que con ellas viajaba una joven embarazada.<br>El tiempo que les tomó organizarse de forma definitiva había valido cualquier sacrificio o dolor pasado. Habían inventado un mundo nuevo. Una comunidad femenina de distintas edades e historias que coexistían en armonía con lo que el valle les había regalado: abundancia de recursos naturales, un clima cálido que les permitía desenvolverse sin pudores, arreboles fascinantes y un delicado beso cada noche al contemplar la vastedad y encanto del cielo nocturno, que acompañaba sus fogatas, rondas o imprevistos. Fue, de hecho, bajo el fulgor de una luna llena que la joven viajera dio a luz a una niña sin contratiempos, llenando de alegría y esperanza a cada una de sus compañeras.<br>¿Cómo habían podido tener tanta suerte? Es la legítima pregunta que cualquiera podría estar haciéndose.<br>Antes de partir, la más experimentada en diversos aspectos de la vida contó la historia que acabó por disipar cualquier duda o indicio de culpabilidad que pudiera estar aquejando en secreto a alguna. Les explicó que, a lo largo de la historia, muchas mujeres —tanto en solitario como en agrupaciones religiosas— habían sentido el llamado de vivir al margen de la civilización. Pero fue enfática y prolija al relatar la historia de la primera rebelde: Lilith. Y al mencionar su nombre, un viento afable meció el ramaje de los árboles a través del ventanal, como si ellos también escucharan.<br>La primera mujer de Adán, creada en igualdad de condiciones que su par masculino, desistió de ser considerada inferior y lo abandonó a él y al paraíso que había sido designado para ellos. A causa de esto, Lilith fue borrada de la historia original, siendo culpada y demonizada hasta el cansancio a través de los siglos, pero sobrevivió en el mito. Y en un mundo donde se castiga a las mujeres que toman decisiones por sí mismas, ella se manifiesta si es invocada de la manera correcta. Fue de esta forma que las mujeres accedieron a la propuesta de la narradora con fama de hechicera, que además aseguraba haber recibido ayuda de Lilith con anterioridad. Entonces clamaron su nombre y pactaron con la que desde ese momento reconocieron como a su madre y guía. Estaban seguras de que la divinidad era, sin lugar a duda, algo más similar a lo que ellas mismas eran, de naturaleza femenina: maternal.</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p></p>



<p>Los tiempos felices se extendieron durante varios años, los suficientes para sentirse tan cómodas que olvidaron lo que era vivir a la defensiva. No recibían noticia alguna de lo que acontecía en la capital y, en realidad, no lo necesitaban. Sentían que habían tomado la decisión correcta cada vez que cosechaban un fruto nuevo de la sementera o de los árboles circundantes, que hacían, a su vez, junto a las grandes matas de nalcas, una suerte de cortina silvestre que protegía aquella tierra secreta que, hasta ese momento, creían tan solo suya.<br>Fue en medio de esta especie de tranquilidad imperturbable que ocurrió lo inesperado. Las cazadoras, que más bien se dedicaban a recolectar alimentos, trayendo de vez en cuando alguna liebre o plantas comestibles, cruzaron el límite que habían establecido entre todas para mantener a la comunidad libre de peligro; y entonces las encontraron.<br>Si no supiera el resto de la historia diría que fue una triste casualidad, pero ahora soy capaz de afirmar que existía un trasfondo superior para aquel desdichado encuentro, aunque en ese momento haya sido para todas catastrófico, con justa razón. Ya fuese debido al espíritu investigativo de aquellas mujeres o a una curiosidad que les susurró demasiado alto, era así como tenía que pasar, por más extraño que parezca.</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p></p>



<p>Aquel grupo de militares, lo peor de la escoria humana dado el contexto de lo que hacían, pasaba por la zona cuando vieron a las recolectoras y decidieron seguirlas. Ellas, sin darse cuenta, los guiaron hasta el nido. El resto fue violencia y maldad desenfrenadas. Algunas trataron de huir y de advertir a las demás; todo pasó muy rápido y en cuestión de segundos vinieron más: amenazantes, armados. Algo contra lo que no iban a poder luchar de manera física. Aquella guerra solo la podrían librar con lo único que no podían quitarles: su intelecto.<br>Encontrar el asentamiento debió ser glorioso para ellos, que venían vagando sin rumbo fijo, como demonios hambrientos dispuestos a saciarse de lo que fuera que se cruzara en su camino, más aún si se trataba de mujeres. Como si les hubieran servido la mesa con un sabroso festín. Como si se lo merecieran.<br>Mataron a las más ancianas y sometieron a las más jóvenes a distintas perversiones sexuales que dieron como resultado múltiples embarazos que, en algunos casos, concluyeron en suicidios.<br>Habían destruido la impecable organización de la comunidad femenina apropiándose de todo. Quemaron sus carpas y colchones, talaron sus árboles para obtener madera, se alimentaron de los pocos animales que poseían y de los frutos de sus cultivos. Mancharon las claras aguas del río con sus cuerpos obscenos.<br>Perturbaron la armonía de la existencia y el caudal rugía, las aves chillaban. El cielo tronaba de angustia. Ellas lo mismo, y sin poder, hasta ese momento, evitarlo.<br>Los soldados habían reorganizado el mundo creado por ellas para transformarlo en uno de orden patriarcal. Construyeron casas y tomaron el liderazgo de todo. Asentados allí, pues ya no tenían motivos para volver, las tomaron como suyas y, luego de satisfacer sus repugnantes prácticas sexuales con todas y cada una de las sobrevivientes —excepto con la muchacha que habían logrado esconder en el lecho del río—, decidieron establecer una suerte de monogamia, algo que en realidad era un juego para ellos. Podían divertirse explorando los límites de su propia perversidad y, al mismo tiempo, esconderse de algo que parecía estar sucediendo en Santiago. Algo que, por lo visto, no les convenía enfrentar. El afecto no estaba incluido en la dinámica que habían instalado, por supuesto.<br>Ellas intentaban asimilar la situación y encontrar una manera de combatir, ya que todo por lo que habían luchado se desmoronaba, siendo sepultado por el tiránico actuar de los desconocidos. Pero si en ellos no había ni una pizca de piedad, ellas tampoco la tendrían. Esto se tradujo en la determinación de no ser madres de su descendencia. Era sangre manchada, genética corrompida que se convertiría en la misma basura tarde o temprano, antivalores que no aportaban nada bueno al mundo.<br>Entonces, como creadoras de vida, también asumieron ser lo contrario. Y entre la parturienta y la partera ahorcaban al recién nacido con el propio cordón umbilical antes de que pudiera siquiera lanzar el primer alarido. Le pedían perdón a la vida y gemían desconsoladas por tener que ejecutar tal brutalidad. Pero era la única forma de poner un límite que no las transgrediera aún más.<br>Ellos habían empezado a creer que estaban malditas, que se escondían del mundo por ser un grupo de mujeres infértiles, ignorando que fertilidad y bravura era lo que corría por sus venas.<br>Más de una década había transcurrido desde el principio de la travesía, cuando uno de los más desalmados descubrió a la criatura que se escondía bajo la zarzamora, a un lado del río; el joven tesoro del grupo, que ya no era una recién nacida, sino una angelical y hermosa adolescente. Sin compasión la violó mientras su madre lloraba de impotencia con un revólver apuntando a su cara. El río y las aves lloraron con ellas, y el cielo protestó con un espeluznante trueno que hizo derribar grandes roqueríos desde la montaña, lo que detuvo la profanación.<br>Ahora sí la situación era insostenible, insostenible a tal punto que las mujeres suplicaron desesperadas su libertad de vuelta.</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p></p>



<p>Tras una extenuante jornada de cacería y otras bajezas, los captores cayeron rendidos en un sueño profundo, lo que permitió a las mujeres reunirse en el transcurso de la noche e idear un plan de escape.<br>Llamaron el nombre de su madre Lilith, quien fuera, a esas alturas, la única que les podría brindar ayuda.<br>En una especie de trance murmuraron repetidas veces su nombre, hasta que de una forma no material se hizo presente ante ellas como serpiente. Lilith les habló sin pronunciar palabras, mediante un lenguaje que solo pudo ser entendido entre ellas, recordándoles el motivo por el que habían huido en primer lugar. ¿Por qué lo habían olvidado? ¿Por qué habían aceptado vivir de nuevo bajo el yugo del que habían escapado? La dominación y violencia masculinas habían sido más fuertes que ellas, lo entendía, pero no sería para siempre. Lilith, madre y guía, lo sabía desde el principio, y se los hizo saber también en ese momento. Los hombres malos representaban una prueba que ellas habían superado, así que, llegado el momento oportuno, aquel mundo jerárquico e injusto en que eran concebidas como seres inferiores sería doblegado. Era el principio y el fin de esta historia que, quizá, trascendería a través del tiempo hasta convertirse en leyenda.<br>Tanto mujeres como serpientes siempre han sido mal vistas; oprimidas, golpeadas y acusadas. Sin embargo, comparten un potencial: la astucia. La serpiente, como símbolo de sabiduría y destreza, sobrevive a lo largo de la historia como un reptil capaz de mudar su piel y regenerarse, de comenzar de nuevo tantas veces como sea necesario.<br>Asimismo, siseó la serpiente, lo femenino es condenado por la injusta idea de que sus cuerpos encarnan la tentación, excusa que sirve tan solo al hombre que quiere sacar provecho no consentido. Es por esto, habló sin hablar, que desde este momento y para siempre seremos parte de una misma estirpe.<br>Las mujeres comprendieron y aceptaron satisfechas el poder de la transmutación que les había sido ofrecido, sintiéndose parte de un suceso extraordinario, posiblemente sin precedentes, que les prometía continuar viviendo de una manera distinta. En ese mismo momento idearon el plan que las salvaría y, haciendo uso de su libre albedrío, aquella noche tibia de luna nueva decidieron convertirse en culebras y abandonar sus cuerpos humanos.<br>Si bien el veneno de una culebra de cola larga no es mortal en humanos, la mordedura de una cama de corredoras verdes deseosas de venganza podría demostrar lo contrario, y ese era el objetivo.<br>A pesar de la euforia que las impulsaba a llevar a cabo lo pactado en ese mismo instante, decidieron esperar. Aún faltaba rescatar a la muchacha más joven de la comunidad, la que se había ganado el cariño de todas las mujeres, pues la habían visto nacer y crecer allí. Aquella muchacha que no había sido parte de esta reunión, pues, tras la atrocidad cometida en su contra, había caído en un agudo letargo mezcla de conmoción y cansancio. Aquella muchacha no tenía conocimiento de lo que estaba sucediendo y aún no se había transformado. Aquella inocente y dulce muchacha que era mi hija.</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-left">Su cuerpo joven, aún infantil, que apenas insinúa las formas de una silueta femenina, yace sobre el pasto como cada noche, sin saber por qué, como siguiendo un instinto o una voz que le susurra desde dentro, a la que ella obedece sin cuestionar.<br>Se revuelca entre las hojas y la tierra húmedas, se arrastra, repta, creyendo que se encuentra en absoluta soledad. Su larga trenza enmarañada se ve idéntica a la figura de una culebra que serpentea sobre el prado iluminado por la luna.<br>Yo la admiro desde la oscuridad de los matorrales, desde la espesura del suelo enlodado que nos permite la única proximidad posible hasta el momento de encontrarnos a la misma altura. Si me acercara, es probable que no lo notase; pero no quiero arriesgarme a asustarla. Nada puede entorpecer lo planeado, todo debe salir a la perfección. En la cueva las demás están esperando para que así sea.<br>Después de un rato oye la voz del sujeto que simula una falsa figura paterna para ella. La llama buscándola. Se levanta y entra en la casucha mal hecha. Él la regaña por la suciedad de su cuerpo, algo a lo que ella ya está acostumbrada, solo que en esta ocasión, además de los gritos, el hombre agrega una cachetada y la compara conmigo, que supone he desaparecido, que supone les he abandonado. La joven se mantiene inmóvil por un momento reprimiendo las ganas de lanzarse sobre él y clavarle los colmillos en su cuello. Lo sé porque siento lo mismo. También pasé por eso en incalculable número de ocasiones, cuando se me asignó ser la mujer de aquel torpe y despreciable ejemplar humano masculino.<br>Es difícil contener el instinto de ir y hacerlo sucumbir con mi veneno, ahora que sé quién soy y que puedo defenderme del humano despiadado que pise mis escamas o las de ella. Me aguanto el deseo de ir a consolarla tan solo por no traicionar a las demás, todas esas mujeres con las que, como he contado, tuvimos que vivir bajo la amenaza del abuso y la subordinación. Pero logro controlar el instinto al asimilar que ya no falta tanto para que se haga justicia al fin.<br>Después de limpiarse obligada entra en su cuarto y, en vez de tomar la cama, se acomoda en el piso de madera, lo más cerca posible de la tierra. Lilith ha susurrado en su oído todas estas noches y creo que ha dado resultado, que será hoy.<br>Escarba en la madera buscando humedad; quiere reptar, quiere cambiar de piel, está a punto de suceder. Se contorsiona recorriendo el espacio disponible y entonces sé que ha llegado el momento. En pocos minutos va a surgir en ella la necesidad imperiosa de correr al bosque guiada por el susurro.<br>Sus extremidades se transformarán en un único y alargado torso a ras de suelo con una banda color marrón en su centro y escamas doradas alrededor. La forma de su cabeza mutará siguiendo el patrón de su nuevo cuerpo, pero seguirá siendo ella en esencia. Cuando quiera gritar, las palabras se habrán convertido en un sigiloso siseo.<br>Es probable que sienta la urgencia de trepar un árbol o de cazar un conejo para alimentarse. Y estará bien. Estará bien porque para eso estoy aquí, para esclarecer la confusión, la de este momento y la de días atrás, cuando pensó que la había abandonado. Logramos comunicarnos a través de nuestro nuevo lenguaje telepático y le explico lo que está por suceder.<br>En la cueva las corredoras están listas para atacar, y así lo hacemos. Mientras el cielo guarda silencio y el río apenas se deja sentir. Los elementos nos guían y nos acompañan.<br>Los mordemos, los envenenamos, nos enredamos en sus cuellos, los asfixiamos. A gran velocidad nos deslizamos entre las casetas, por las ventanas entramos y salimos. Ellos no entienden qué pasa. Algunos caen muertos, otros tratan de agredirnos, muy pocos escapan. Los cadáveres allí se pudrirán o serán devorados por otros animales.<br>Somos conscientes de nuestra nueva corporalidad y todos los cambios que conlleva. Hemos adoptado la forma de la especie endémica del lugar y tenemos frío. Migraremos hacia el norte en busca de calor. Nos desplazaremos durante la noche, pues la oscuridad es más segura para nosotras ahora. Es necesario tener cuidado, eso sí, y alejarnos de las carreteras, que han ganado espacio al territorio natural que conforma nuestro actual ecosistema. Tal como al principio, debemos alejarnos lo más posible de la civilización humana; solo así sobreviviremos.</p>



<p class="has-text-align-left"></p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-left">Es por todo esto que te advierto, lector o viajero, que si a la distancia divisas una silueta alargada de brillantes escamas recorriendo ávida y sagaz la tierra o la maleza, mantengas esa distancia. Por ningún motivo te atrevas a interrumpir nuestro camino ni a estorbar nuestra libertad. Este razonamiento tan sencillo es el que otros no lograron entender: si no nos molestas, no te molestaremos.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="1000" height="1000" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/camii.jpg" alt="" class="wp-image-3808" style="aspect-ratio:1;object-fit:cover" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/camii.jpg 1000w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/camii-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/camii-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/camii-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/camii-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/camii-100x100.jpg 100w" sizes="auto, (max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Camila Fuentes</strong> es licenciada en Literatura Creativa y en Educación. Se ha dedicado a escribir reseñas musicales y a la transcripción y edición de subtítulos. Sus relatos han sido publicados en antologías nacionales e internacionales: “Fantasmas” Relatos de la calle, Santiago Ander Editorial; “Los delirantes colores del horror”, Curandero ‘Zine; “Eucaristía de la carne”, Revista Chile del Terror. Ganadora del concurso literario internacional de CiencIA Ficción “Mentes sintéticas” por su cuento “Transferencia simbiótica”. En marzo de 2025 recibió un reconocimiento a modo de mención honrosa por su cuento “Love Buzz”, en el concurso de cuentos de mujeres escritoras de PEN Chile. Actualmente ha sido convocada para integrar la antología “La vértebra oscura II: la raíz del miedo”, por Librería Abraxas, Editorial Amatlioque, México. Trabaja en su primer libro de cuentos. Es mitad humana y mitad felina. Si te interesa conocer más sobre la autora: <a href="http://linktr.ee/catmilafuentes">linktr.ee/catmilafuentes</a> </p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://imaginistas.cl/2025/09/15/hijas-de-lilith-por-camila-fuentes/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«Desalojo» por Angelisa Raco</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2025/09/08/desalojo-por-angelisa-raco/</link>
					<comments>https://imaginistas.cl/2025/09/08/desalojo-por-angelisa-raco/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Sep 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[mención honrosa]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=3802</guid>

					<description><![CDATA[Nº 40&#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 3223 palabras &#124; Angelisa Raco &#124; Chile &#124; Una pareja recién llegada a un barrio perfecto descubre que la limpieza de su jardín desata una plaga extraña. Entre sabores amargos, insectos invasores y alucinaciones de hambre, la casa se convierte en un organismo vivo que devora a sus habitantes. Lo doméstico se pudre en horror íntimo e inevitable.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-7c76fd0d4d907798b35e9f7616c04dc2">Una pareja recién llegada a un barrio perfecto descubre que la limpieza de su jardín desata una plaga extraña. Entre sabores amargos, insectos invasores y alucinaciones de hambre, la casa se convierte en un organismo vivo que devora a sus habitantes. Lo doméstico se pudre en horror íntimo e inevitable.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 40 | Narrativa | Terror | 3223 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-f0633fe74d5b828274ea903dca6122bb" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">DESALOJO</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">ANGELISA RACO</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>El imbécil plantó un gomero a dos centímetros de la cuneta. Así nomás. Cada día me irrita más cualquier cosa que hace; me cuesta entender cómo se puede ser funcional con un cerebro como ese. Habla como si tuviera un acantilado en la garganta y sus decibeles de preferencia suelen sacarme de cualquier actividad que pueda estar realizando en mi casa por lo irremediablemente ineludibles.</p>



<p>¡Y yo que me vine a ser parte de un barrio nuevo! Perdí la cuenta de la cantidad de años que llevábamos ahorrando para conseguir la oportunidad de vivir acá, ¡y acá estamos, al fin! Me gusta pasear por las callecitas verdes y ordenadas, todas bonitas, limpias y agradables, en un sector coronado con una vista impagable de la cordillera de los Andes. Una belleza. Es un verdadero desastre que me haya tocado por vecino un ser de las profundidades.</p>



<p>El otro día, mientras daba una vuelta por la cuadra, me di cuenta de que había descuidado la pequeña jardinera del frente. La rutina diaria nos devora, cual Prometeo, y nos escupe al anochecer para que volvamos a rastras al hermoso hogar que conseguimos solo para dormir y comenzar el ciclo de nuevo al día siguiente. Los días se volvieron meses en un abrir y cerrar de ojos, y no noté el pequeño trozo de campo que había germinado justo fuera de nuestra puerta. Con vergüenza, noté que desentonábamos. Incluso ese gomero mal plantado, junto a dos palmeras hilachentas y escuálidas, se veía más estiloso.</p>



<p>No más, pensé, no más esta imagen de casa abandonada. Hoy dedicaría la tarde completa a desmalezar y recuperar la decencia de nuestro frontis. No podía ser que se hubiese desarrollado tanta vegetación sin que nos diéramos por aludidos.</p>



<p>Así fue como comenzó todo. Me acomodé en la calle con una bolsa de basura extragrande y fui tirando de raíz maleza por maleza. Había unas flores amarillas muy pequeñas y también unas rosadas que me hicieron dudar. Casi sentí pena de arrancarlas. En verdad no eran nada feas, pero no encajaban con la imagen que quería que proyectara nuestra casa. Era todo en pos de la estética, me dije, y seguí arrancando pequeños brotes de raíz hasta que, de pronto, vi salir huyendo cientos de bichos. Escapaban de mis manos corrosivas buscando algún verde donde ocultarse. No pude evitar imaginarles como esta familia: se habían mudado a un sector nuevo, abundante y esplendoroso donde podrían tener una mejor vida, pero, a diferencia nuestra, de repente alguien vino a destruir todo solo por «estética». Bueno, me dije con convicción, eso les pasa por elegir proyectos habitacionales construidos sin autorización, este lugar no estaba permitido. Y así arrasé con más y más hierbajos y flores.</p>



<p>A estas alturas no me interesaba la manera ecológica de hacer mi trabajo. No iba a dejar secar esa cantidad de fealdad justo afuera de nuestra casa, no. Se iba rápido a bolsas de basura bien gruesas, que ocultaran bien su contenido, y serían llevadas lejos de aquí a primera hora de la mañana siguiente, sí señor. Al anochecer, nuestro frontis ya era irreconocible: volvíamos a estar perfectamente alineados con el resto del barrio.</p>



<p>Llamó nuestra atención la gran cantidad de aves que descendieron al terreno recién limpiado para devorar los bichos expuestos. Me sobrecogió pensar que a la mayoría nos ha tocado ser quien mira las consecuencias de sus actos desde lejos, mientras otros seres son despedazados, indefensos, por sus depredadores. A veces es el mundo o nuestra familia, no hay mucha vuelta que darle.</p>



<p>Esa noche creí que dormiríamos como troncos por el cansancio y la satisfacción de un trabajo bien hecho, pero comenzó el ruido. Ese palpitar de las paredes, tan característico del ridículo equipo de sonido de mi vecino, comenzó a incomodarnos cada vez más. ¿Cómo no se va a poder dormir en paz un martes en la noche? Y no sé qué tecnología estaría empleando, pensé, pero pronto se sintió el latir de las baldosas, y podría jurar que hasta la cama comenzó a moverse. ¿Quizás sería un temblor?</p>



<p>Si hay algo que no me importa, como a casi cualquiera que haya nacido en Chile, son los temblores, ¿pero uno tan largo? Comencé a dudar si acaso vendría un terremoto. Aunque en la oscuridad no podía distinguirse bien: la lámpara del dormitorio también se balanceaba, así como el televisor, e incluso las cortinas parecían oscilar suavemente en sus rieles. Sin duda era un temblor.</p>



<p>Habrá que levantarse, pensé, y fui a buscar la linterna de emergencia por si acaso. Si había algo que me incomodaba eran los cortes de luz. Una verdadera mierda.</p>



<p>Todavía no sé cómo explicar la sensación que tuve al buscar el interruptor de la luz. Mi dedo se hundió en algo que parecía un montón de semillas. La repulsión fue instantánea, tal como mi reflejo de alejar la mano, mientras la luz empujó a la oscuridad, que huyó veloz arrastrándose como una masa viva, escapando de la ampolleta lo más rápido posible. Miré el interruptor y estaba igual que siempre. Habían cesado el temblor y el ruido crujiente de los muebles. Me levanté, dejé el kit de emergencia sobre mi velador por si acaso y desestimé todo lo demás. El sueño nos dominaba. Sin nada interrumpiendo el silencio de la noche, aprovechamos de dormirnos antes de que sonara el despertador.</p>



<p>A la mañana siguiente, el cansancio se hizo presente y, en un intento de armar un desayuno rápido, decidí servirnos un par de pocillos con cereal para zamparlos mientras terminábamos de prepararnos. El sabor era diferente: la textura parecía más disgregada, el sonido crujió distinto y podría jurar que se sintió algo viscoso, pero no había tiempo de revisar la fecha de caducidad en la caja.</p>



<p>Sentí un malestar extraño todo el día, un sabor amargo en mi boca que no se iba con nada y volvía con distintas intensidades de forma aleatoria. Las pastillas de menta no eran suficientes. Tampoco el café. Solo atiné a culpar el cereal y estuve todo el día deseando volver a la casa exclusivamente para tirarlo a la basura. A ratos, el amargor era tan intenso que me tensaba la garganta.</p>



<p>Tú tampoco tuviste un día muy cómodo, me pareció, pero me lo negaste. Quise lanzar la caja de cereal a la basura, pero ya no se veía en la cocina; al parecer te habías hecho cargo de ella. Abrí el refrigerador y todo su contenido me produjo náuseas, así que evité comer algo. Al hacer el recorrido de cerrar cortinas y ventanas, me quedé mirando un rato hacia la calle. Sentí que había más pájaros que antes, muchísimos más, posados en los cables frente a la casa, vigilando. Seguramente aún quedaban muchos manjares secretos en nuestro jardín, aunque por un momento creí que era a mí a quien miraban, directo a los ojos. La sola idea me dio escalofríos; hice un chasquido con la lengua y noté que mi boca al fin ya no estaba amarga, pero el cansancio era mayor que cualquier intención de alimentarme.</p>



<p>Cuando estaba a punto de irme a la cama noté un hilo de hormigas caminando por los rincones. Se dirigían al dormitorio. ¡Qué molestia!, pensé, pero como no manejábamos comida ahí, decidí aguantarme las ganas y me propuse poner insecticida antes de irme al trabajo, por la mañana. No me iba a desvelar por algo como eso, no; además, el agotamiento ya era insoportable. Tú ya dormías plácidamente, aunque no eran ni las diez y yo recién acababa de cerrar todo con llave. Me dejé caer a tu lado y me dormí en segundos. No me saqué ni los zapatos. Soñé que las paredes de la casa se expandían y se contraían, como si respirara y yo estuviera en su estómago.</p>



<p>Al despertar ya te habías ido. Había un bol vacío en tu lado de la cama. Creí que habrías botado el cereal, pero parece que decidiste darle otra oportunidad. No le di demasiadas vueltas, ni al cereal ni al hecho de que no me despertaste: ya se me había hecho demasiado tarde y debía correr para llegar al trabajo. No había tiempo de andar pensando de más.</p>



<p>El extraño malestar de nuevo se hizo presente tan pronto llegué a mi oficina. Un cosquilleo aleatorio por distintas partes del cuerpo decidió debutar en ese instante. A veces parecía calambre, a veces picazón. En una oportunidad, en el baño, me quedé mirando un rato frente al espejo hasta que me pareció detectar algo que salía de mi oreja izquierda, pero, tan pronto acerqué la mano, se desvaneció. También tuve la impresión de que salía algo de mi nariz, como un alambre, pero no alcancé a jalarlo. Me lavé la cara de nuevo a ver si espabilaba. Nuevamente no me servían ni las mentas ni el café. El amargor de mi boca se estaba haciendo cada vez más denso. Te envié un mensaje para saber cómo estabas y volví a mis asuntos de oficina, aunque la jornada se me hizo más larga que nunca: el amargor no me dejó comer nada, cualquier cosa en mi boca adquiría un sabor intragable y la comezón me hacía arrancar cada tanto hacia la escalera de emergencia para poder atenderla con propiedad. Además, no me respondiste nada en todo el día. Un asco de jornada.</p>



<p>Al llegar a la casa contuve una mueca de disgusto. La entrada estaba llena de cucarachas, qué vergüenza. Eran demasiadas como para pisarlas con los zapatos de trabajo, así que entré rápido a cambiarme con la intención de encargarme de ellas, pero me distraje al verte. Estabas boca abajo sobre la cama y me dijiste que te dolía demasiado la espalda. Me acerqué a examinar tu torso desnudo y vi que tenía una extraña protuberancia oscura, no mayor a un poroto. Tu piel delgada dejaba ver algo similar a una mosca incrustada por error en un cuerpo vivo. La apreté hasta retirarla de tu espalda, pero estaba muerta. Seguramente la maté al intentar sacarla, tampoco es que me importara. Me hiciste prometer que jamás lo contaría a nadie y te volteaste a comer cereal directamente de la caja. Jamás te había visto hacer eso, me causó gracia y saqué un puñado también. No sentí más amargor en la boca y me sentí mucho mejor. Más encima, mañana era viernes, al fin podría descansar en paz. Me alivió que hubieses conservado la caja.</p>



<p>Nos dormimos casi instantáneamente, aunque me pareció oír moscas y zancudos zumbando alrededor, y pese a que recordé a último minuto las cucarachas olvidadas, por el cansancio, nada interrumpió el bien merecido sueño.</p>



<p>A la mañana siguiente salimos corriendo de nuevo. Frente a la casa se había doblado la cantidad de aves. Me propuse que dedicaría el sábado a revisar y limpiar el jardín con calma, quizás haría falta una fumigación.</p>



<p>Ahora que la boca amarga era parte de mi vida diaria y, asumiendo el coste de no poder comer nada hasta llegar a la casa, decidí no hacerme más mala sangre y agendar una ida al dentista después del trabajo, quizás necesitaba un chequeo.</p>



<p>La hora de almuerzo se hacía eterna e incómoda, y decidí ir al baño a perder el tiempo. Abrí grande mi boca frente al espejo y me pareció que había cosas negras asomadas al final de las muelas. Me causó repulsión. Intenté alcanzar aquello, pero parecía esconderse cuando estiraba los dedos; insistí hasta que noté que me dolía una muela al tocarla. ¿Alguna vez te has presionado fuerte una muela doliente? Genera un alivio extraño. Decidí hacer eso por un rato, hasta que súbitamente se desprendió y dejó expuesto un hoyo oscuro en mi encía. Sí, confirmé, hora de pedir una consulta. La muela parecía hueca, como si fuese una funda de algo más. La guardé en mi bolsillo para mostrársela a mi dentista; seguramente le interesaría. Me miré un par de veces más al espejo y me pareció ver que tenía las pestañas más pobladas que antes. Hasta parecía que se movieran un poco. El cansancio, la picazón, el sabor amargo, el hambre, al fin todo me tenía al borde del colapso. Demasiada incomodidad sostenida, pero ya pronto lo solucionaría, me repetía una y otra vez. Tan solo unas horas más. Faltaba poco.</p>



<p>Intenté concentrarme en mi aburrida jornada y resistir hasta la hora de salida, aunque me la pasé escabulléndome por los rincones rascándome todo el cuerpo.</p>



<p>Curiosamente, y como todos los días, cuando llegué al umbral de nuestro hogar el malestar desapareció por completo e incluso se me antojó comer más cereal. Todos mis pensamientos se desvanecieron al ver la cantidad de palomas, cuervos, gorriones y qué sé yo qué más serían todos, apostados sobre el tejado montando guardia. Podría jurar que me examinaban. Seguían cada uno de mis movimientos con la mirada. El contacto visual duró largos minutos hasta que sentí escalofríos y decidí bajar la vista y clavarla en la puerta de entrada. Mi nuevo plan consistía en caminar lo más rápido posible a la casa y contactar algún fumigador de&#8230; ¿aves? Ya pensaría con calma una vez dentro. No alcancé a dar más de dos pasos cuando sentí que el cuerpo entero me temblaba y me costaba trabajo extra moverlo en la dirección deseada. Cada paso crujía como si estuviese aplastando infinidades de cucarachas, pero no quise mirar. No quería ni imaginar cómo me estaban quedando los zapatos de trabajo.</p>



<p>El alivio que sentí al entrar a la casa fue indescriptible, me urgía matar el hambre con cereal, pero ya no quedaba. La caja estaba tirada sobre la cama, vacía, y, aprovechando un leve espacio de curiosidad, decidí comprobar si la fecha estaba bien. Lo estaba. La luz se había ido rapidísimo, ¿o acaso el tiempo estaba avanzando diferente? Lo cierto es que, de pronto, ya no podía ver nada, solo una espesa oscuridad viva que se había adueñado de las paredes. No me importó y me lancé a la cocina con las tripas rugiendo. Fui a morder una manzana y la lengua se me puso áspera. La dejé a un lado e intenté comer queso. Fue peor. Ni la fruta ni los jugos, no había nada en toda la casa que pudiera comer. El refrigerador estaba lleno de comida inútil; comencé a lanzarla al suelo de pura impotencia. ¡Tanto alimento incomible acumulado! Grité hasta rasgarme la garganta. Ni las despensas, ni las especias, nada servía, todo me molestaba, tenía hambre y nada la saciaba. Me eché café en polvo para amortiguar el mal gusto, azúcar, sal, intenté en vano hacer todo tipo de mezclas directamente en mi boca, pero todo me repugnaba, todo me parecía absolutamente intragable, asqueroso.</p>



<p>Me desesperé al sentir nuevamente la picazón y un temblor constante en mis piernas y brazos, pero me calmé al concluir que quizás tenía fiebre. Decidí dejarme caer en la cama y, solo por un instante, recordé mis crujientes zapatos, llenos de repugnantes cadáveres de insectos. Estaban tocando la cama, pero qué más daba ya, todo se podía lavar. Intenté dormirme, pero el hambre me despertaba a cada minuto, o la comezón, o los temblores, o una extraña sensación en los huecos de mi encía. Otras dos piezas dentales se habían caído. Pero, de todo eso, el hambre. Era el hambre lo que me estaba enloqueciendo. No podía evitarlo, no quería otra cosa, quería cereal. Te comiste todo, todo, y no pensaste en mí. Sentí deseos de golpearte. Estiré el brazo para tocar tu rostro y, finalmente, los sentí. La superficie de tu cara estaba llena de porosidades prominentes. No reaccionabas a mi tacto. En la oscuridad no se podía apreciar bien, pero algo me decía que era mejor mantener la luz apagada. No sé por qué quise rascar uno de aquellos gránulos, suave primero, más fuerte después. No despertabas. Pronto logré escarbar a través de tu piel y liberar su contenido. No me preguntes por qué, pero me lo tragué. Era exactamente el sabor que esperaba. Me recordaba al cereal. Alargué el brazo en busca de más. Palpé, localicé, rasqué, extraje y devoré, una y otra vez. Una y otra vez. No podía parar ahora. Comencé a pasar mi lengua por cada agujero que iba quedando sobre tu piel, delicioso. Quería tragarme todos esos granos en tu cuerpo, todos y cada uno. Crujientes, jugosos, babosos.</p>



<p>En algún momento me di cuenta de que estaba empezando un temblor, como hace dos noches atrás. Ya no hacía falta el kit de emergencia; me bastaba con palpar tu piel para saber dónde encontrar esos pequeños bocadillos. Estaban por todo tu cuerpo, y no despertabas. No despertabas. Pero tu temperatura seguía tibia, manteniendo mi comida caliente, así que supuse que solo dormías por tamaño esfuerzo. Por mi parte, el hambre no me abandonaba: quería más, necesitaba más, pero ya no encontraba granitos, solo pequeños cráteres perfectos, dejando tu carne al descubierto. Volví a lamer y relamer por si quedaba algo. Seguías sin despertar. El crujir de los muebles no era nada comparado al zumbido en mis oídos. El aire se sentía pesado. Estaba lleno de moscas que no sé de dónde venían, pero te cobijaban. Parecías un nuevo proyecto habitacional.</p>



<p>Quizás fuera un instante de lucidez o curiosidad, pero decidí encender la luz y, tan pronto me levanté de la cama, comencé a sentir un prurito insoportable. Era una picazón tal que no podía esperar, tenía que ser atendida de inmediato, y, al rascarme, fui descubriendo que mi cuerpo estaba lleno de protuberancias. Algunas eran como las tuyas, así que aproveché de rascarlas para liberar su delicioso contenido y disfrutarlo; pero otras eran muy distintas: tenían formas curvilíneas. Como serpientes muy pequeñas, delgadas. Ardían. Dolían. Enloquecían. Mientras unos me hacían gritar de dolor, otros me hacían gritar de placer cuando los tragaba. Mis uñas hurgaban mi carne, cada vez más desesperadas, con menos cuidado. Quizás comencé a sangrar.</p>



<p>No, no podía seguir así. En un punto, la balanza se inclinó y el dolor me sacó del trance del hambre. Encendí la luz, al fin, pero la oscuridad ya no se espantaba por esta. Ya era demasiado tarde. Tu rostro no estaba. O quizás todavía estuviera debajo de una cantidad indescifrable de moscas, gusanos, escarabajos; de todo, ¡de todo! Lo mismo que vimos en el patio, lo mismo y más. Mucho más. Hileras de huevos recorrían lo que quizás habría sido tu frente. Una corona. Ya no se distinguían ni los muebles. Mi visión no funcionaba bien, el dolor era insoportable y la comezón también. Mi cuerpo sudaba, se movía por voluntad propia, mi cabeza no me entendía, ¿qué estaba pasando? Picazón, hambre, dolor; picazón, hambre, dolor. Podía ver cómo rápidamente nuestra casa estaba siendo habitada por cientos de miles de millones de bichos. Pronto las aves comenzaron a entrar, a tropeles: quizás rompieran una ventana o quizás hubieran echado abajo la puerta, ¿cómo saberlo? Millones de cosas me salían de las orejas. Me quise retirar lo que fuera que tenía en mi ojo y no me dejaba ver, pero no se podía: mi ojo era suyo. Se metían, se metían por todos lados: se metían en ti, se metían en mí, se metían en nuestra casa.</p>



<p>Nuestro hogar, nuestro barrio. No era nuestro: era suyo. Suyo. De todos, menos nuestro, como quizás siempre lo fue.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="1080" height="2244" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336.jpg" alt="" class="wp-image-3803" style="aspect-ratio:1;object-fit:cover" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336.jpg 1080w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336-144x300.jpg 144w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336-493x1024.jpg 493w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336-768x1596.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336-739x1536.jpg 739w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336-986x2048.jpg 986w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336-300x623.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Screenshot_20201110_123336-600x1247.jpg 600w" sizes="auto, (max-width: 1080px) 100vw, 1080px" /></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Angelisa Raco</strong><br>Se define como una señora ermitaña y amante de los gatos, un cliché más de la fauna urbana. No escribe por gusto, sino por necesidad, y encuentra consuelo en quienes valoran sus palabras. Para ella, la escritura es complicidad y salvación compartida, un entendimiento raro en la vida cotidiana.</p>
</div>
</div>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow"></div>
</div>



<p></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://imaginistas.cl/2025/09/08/desalojo-por-angelisa-raco/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
