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	<title>Narrativa</title>
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	<title>Narrativa</title>
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		<title>«Lucía» por Lidia Rocha</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Apr 2026 16:24:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 60 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 3533 palabras &#124; Chile &#124; Lucía viaja por el cosmos desde hace milenios y escribe cartas a una amiga lejana mientras atraviesa paisajes imposibles. A bordo de una nave en constante transformación, ella y sus compañeras exploran planetas, registran hallazgos y enfrentan cambios que alcanzan el cuerpo, la memoria y la idea misma de lo humano. Entre la nostalgia por la Tierra y la fascinación ante lo desconocido, estas páginas construyen una bitácora íntima, extraña y poética sobre la deriva, la mutación, el deseo y la persistencia de una voz que se niega a desaparecer.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-082aa3cce083c14cdcf7cdeb053eefc8">Lucía viaja por el cosmos desde hace milenios y escribe cartas a una amiga lejana mientras atraviesa paisajes imposibles. A bordo de una nave en constante transformación, ella y sus compañeras exploran planetas, registran hallazgos y enfrentan cambios que alcanzan el cuerpo, la memoria y la idea misma de lo humano. Entre la nostalgia por la Tierra y la fascinación ante lo desconocido, estas páginas construyen una bitácora íntima, extraña y poética sobre la deriva, la mutación, el deseo y la persistencia de una voz que se niega a desaparecer.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 60 | Narrativa | Ciencia ficción | 3533 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-1ae39fcdd8ffe39d54d4e629d5beb707" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LUCÍA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px"><strong>LIDIA ROCHA</strong></h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h2 class="wp-block-heading">La fuente de agua</h2>



<p>Tú has insistido en que te escriba cartas desde aquellos parajes, por llamarlos a tu modo, adonde me va llevando la suerte, y que sea fiel a la verdad, mandato que ya contradije. ¿Cómo hablar de “suerte” o de “destino” y pretender estar diciendo la verdad?</p>



<p>Qué absurdo es esto de escribir cartas, cuando podría arrojar al espacio mi voz como si fuese un pedazo de mí: un pie, un zapato, una garganta, una pestaña, mi vestido lila… Los verías caer como dejados por las manos de los dioses, dando tumbos en su propia turbulencia.</p>



<p>Me has pedido las cartas y que deje de lado “ese feo vocear del Río de la Plata”, y me obligas a que mis voces riñan. La que quiere hablar con una distancia de documental se enreda con otra que le dice, por ejemplo: los picaportes ayunan desvelados con un pentagrama como único mapa.</p>



<p>¿Qué te he de contar? En la nave, como suele ocurrir cuando hay tres gatas locas, y aun en otros casos, Eros ha hecho estragos. Ahora te gustaría que entrara en los detalles, por ejemplo, en el carmín de la doctora Robert que quedó pintado en una ingle. ¿Así no era como lo querías? ¿Si acercamos demasiado la cámara el relato se pierde? ¿Era un relato lo que tú querías, madrileña?</p>



<p>Ahora voy a reírme un poco.</p>



<p>Bajar, bajamos. Para nuestro desdén se ofrecía solo un pueblo abandonado, pero no como en las películas del lejano oeste, sino más bien como un jardín de Andalucía en otoño. Había algo así como un aljibe, no podría precisarlo. Tú sabes, todo se vuelve diverso en estas latitudes y nunca estamos seguras de lo que estamos percibiendo.</p>



<p>La luz del sol no se apagaba nunca y era buena, como en el Génesis. Así que cargamos nuestros equipos cuanto era posible y nos distrajimos mirando correr las liebres o atrapando ruiseñores con agua azucarada. Ya sabes que no eran exactamente ruiseñores ni liebres, pero pongámoslo así.</p>



<p>Ramona es nuestra líder. Sabes bien que cambiamos de jefa tan a menudo que, cuando una se despierta, tarda tres minutos en saber dónde está, cinco en entender quién es y un poco más en recordar quién manda.</p>



<p>No creo que volvamos a la Tierra por un par de milenios. Lo que quizás signifique que no volveremos. Pero las cartas que te escribo se seguirán enviando mientras descanso de un planeta hasta el otro.</p>



<p>Ya sabes cómo es. Nuestros cuerpos agonizan y se congelan. No soñamos. Alguien se despierta a su turno y nos inyecta para que los cristales de hielo no rompan nuestros tejidos. Luego cubre las cápsulas con una tela opaca porque, querida, no estamos como para posar en una revista de modas. Después del horror de despertar y de encender el cuerpo, nos lleva por lo menos un día parecer una mujer. Te dices a ti misma: “han pasado siglos y ni una arruga”, pero qué. Aquí no hay beatitud.</p>



<p>Así que termino esta carta enviándote mi saludo y una postal de la “ciudad”, con su fuente de agua, sus leonas mordiéndose la cola, los picaportes en ayuno mientras los ruiseñores prueban el azúcar y la miel.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La mutación</h2>



<p>Tú querías que te hablara de lo real, de las cosas tangibles que íbamos conociendo “allá, tan lejos”. Pero ¿cómo dar nombre a las cosas que en la Tierra no existen? ¿Puedo decir “lo que por acá encontramos es vida también”? ¿Lo que ahora somos puede seguir llamándose “humano” o “mujer”?</p>



<p>Hemos llegado demasiado lejos. Hacemos informes, intentamos mostrar. Tenemos todavía el apego a un planeta lejano donde alguien esté esperando lo que hayamos podido descubrir.</p>



<p>Debo dibujar geografías. Bajo la estela de aquel sol crecen insectos gigantes como animales prehistóricos. De ese cielo hemos tomado la anatomía de las flores. Somos mutantes. En parte insectos, en parte vegetales. Aprendemos.</p>



<p>Nos hemos vuelto dulces como el polen. Nuestra nave ha mutado también. Es una espora que navega en un océano de piedras. Ahora cualquier estrella es alimento.</p>



<p>Maricel duerme y parece una dalia. ¿Me oye? Sabe que susurro estas palabras. Acuno su sueño y de sus pétalos rojizos amanece una esperanza, un deseo, ya no de ella, sino de lo que de ella me hace soñar. Este mundo extranjero.</p>



<p>Hemos hecho un panal de una nave de plata.</p>



<p>Aún somos nosotras.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La nostalgia</h2>



<p>Estoy avanzando por un huerto de cuerpos celestes. La oscuridad y los golpes de piedra me parecen blandos. El universo, una boca inmensa. Mis compañeras duermen el sueño de la estasis. Ahora soy yo quien debe vigilar. Me pregunto cómo describiré en términos humanos estas constelaciones, este moverse engañoso de nuestra espora, como si todo nos remitiera a un estar y no a una navegación. Tales no son los informes que de aquí se esperan. Diseminadas por el cosmos debemos prosperar, dejar un testimonio del intercambio, lugares habitables para nuestras gentes migratorias. No les esparciré enigmas.</p>



<p>Extraño el canto del gallo a cualquier hora, las plumas de un animal terrestre.</p>



<p>Mi cuerpo, tantas veces rehecho, me hace mi ancestro y descendencia. Y, no obstante, sigo creyendo en el final del viaje. Un planeta, una ciudad, para poblarlos de elfos pequeñísimos, de zorrinos y sapos a la hora de la lluvia. Cuando Rebecca despierte, mi caja de no dormir y perdurar me tragará unos siglos, como quien suspira.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Las hijas</h2>



<p>Soy Lucía. Nací en la Tierra hace milenios. Cuando era muy joven subí a una nave espacial. Íbamos a dejar nuestros genes por la galaxia. A fundar ciudades, a conocer el universo que, ¿sabes?, no es el nido silencioso que soñábamos. Aquí todo es ruido y choque. Nuestro barco ha sobrevivido a tantas mutaciones que ya no sé qué dispersamos por ahí.</p>



<p>¿A quién le escribo? Amiga mía, por más que la vida humana se haya extendido tanto, dudo que estés todavía despierta. Pero mi recuerdo es joven. Pasamos una tarde leyendo en un cuarto donde un gato dormía sobre un almohadón bordado. Tú me hablabas de Dios. Me decías que todo cabe en su inabarcable benevolencia.</p>



<p>Esta es la época de los nacimientos. Elegimos un planeta de aires multicolores para despertar y parir. Algunas de nosotras decidieron nacer su propio clon. ¿Es Anabella una continuación de María o es otra persona? Otras optaron por probar el semen que traíamos; dudábamos si un material genético tan antiguo prendería en nuestros seres renovados, pero fue así. Te confieso que no resistí la tentación. Algo de mí ha brotado en un ser nuevo. Iris, Magdalena, Rosaura, Helen y yo hicimos esta pequeña que se parece a todas y a ninguna. Sus ojos son enormes y tiene, como nosotras, algo de pájaro, algo de flor, algo de sustancias que no podría definir con términos terrestres.</p>



<p>La ciudad que creamos se parece a una colmena. Algunas han decidido quedarse, otras elegimos navegar. ¿Qué hay más allá de esta espesura de piedras luminosas? Anotamos meticulosamente cada cruce de genes, cuidamos nuestra herencia. Enviamos hacia el lugar de origen muchos informes de nuestros recorridos. Una cartografía biológica y astral. A cada una, su manera de irse. Esta colonia crece por el aire. Piensa un poco en mí, madrileña, cuando mires el cielo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El debate</h2>



<p>Ahora todas escriben, casi todas. Una noche perdida, Jazmín encontró mis crónicas.</p>



<p>—¿Ahora escribes poesía?</p>



<p>Le dije que solo quería dejar un testimonio breve de mis jornadas aéreas, de mi soledad en esta constelación violenta, antes que fuese tarde y mi mente se perdiera en las obligaciones del hacer, en las rutinas.</p>



<p>—Para saber quién soy.</p>



<p>Después todo fue discusión. Me recriminaron que no hubiera relato ni diálogos. Que no hubiese aventura, sino fragmentos. Que me acercara a la poesía tan peligrosamente, que manchara las hojas con lenguaje disperso. Que no hubiera romance ni testimonio épico de nuestras batallas contra los elementos radiantes o helados, contra la piedra inerte.</p>



<p>Que lo hicieran ellas, les dije, que yo no quería perder este equilibrio. Mi mundo interior.</p>



<p>Cuando a todas les ha dado por las palabras de la acción, me refugio en los balbuceos, conservo mi música silenciosa, mis frases detenidas, rebeldes ante el puro acontecer.</p>



<p>Solo dejaré testimonio de una mañana otoñal bajo los dos soles de un planeta vagabundo; pocas cosas habrá tan peligrosamente vivas. Tanta región amenazada por el puro exterminio.</p>



<p>La música de las estrellas se parece a los cascos de una batalla que no tendrá final o que tendrá un final que no veré, cuando cada porción del universo se separe paso a paso o sea devorada por un agujero negro. No será en este día.</p>



<p>Tomé un vino solitario y amarillento, un gamo sentado a mis pies. Y el paisaje era algo así como de pedregullo y nadería. Una ciudad remota de la que solo han quedado ruinas holográficas, y unas hojas doradas flotan como copos de nieve.</p>



<p>Para otras, la música, el compás del relato. Yo me dejo llevar por mis ensoñaciones, por el ritmo alterado de mi mente.</p>



<p>¿Quién me leerá en su tiempo de espera entre el sueño hipnótico de la estasis y los días ocupados por la tarea de cuidar lo que acontece?</p>



<p>Lo palpable. ¿Lo ves? Una guitarra, este panel de luces, el planeta que dejamos y el país que vendrá. Mi voz, mi propia voz, robada.</p>



<p>Una vez que has arrojado una palabra al mundo, cualquier cosa puede suceder.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Al margen</h2>



<p>Quería dejar un testimonio de los lugares por los que andábamos. En vez de eso, parezco la informante de nuestras mutaciones. Ni literata ni geógrafa, más bien me he dado a la sociología y a los registros biológicos, un poco alterados por la magia de las palabras que, al fin y al cabo, parece volver las cosas más auténticas.</p>



<p>Ya no es posible estar sola aquí. Se han terminado las noches en las que contemplaba la batalla de los cuerpos celestes, mientras mis compañeras se resguardaban congelándose del paso de los siglos. Encontramos el modo. Ya sabemos cómo renovar cada célula y nadie envejece aquí ni nadie muere, a no ser por la caprichosa ley del accidente.</p>



<p>Así que ahora somos una multitud de almas y cuerpos disímiles, entrelazados en oleadas de acercamiento y repulsión, sin leyes. En fin, casi nadie está a salvo de los dimes y diretes en nuestras cápsulas superpobladas. Solo en los dos extremos de esa batahola nos mantenemos al margen las solitarias y las líderes. Es que el cargo de líder, ya de por sí provisorio, se volvería insoportable con tantas cuestiones. A las solitarias, en cambio, se nos deja tranquilas porque sí. Las más jóvenes comprenden que, después de la excesiva intimidad con el caos, hayamos quedado deslumbradas y hambrientas.</p>



<p>De tanta espora navegante, de tanto planeta fundado, nuestras especies, que ya casi no son humanas, progresan a un futuro que no acierto a discernir.</p>



<p>—Adiós, adiós —decimos a cada tribu fundadora. Y las dejamos en su nuevo planeta con un cofre diminuto colmado por nuestras bendiciones.</p>



<p>María me dijo alguna vez que toda historia tiene que tener un final y todo viaje un punto de llegada. ¿Qué haría ella aquí, querida, con esa lógica de antaño?</p>



<h2 class="wp-block-heading">La melancolía</h2>



<p>Y un día me encuentro reflexionando acerca de la tristeza. Como no sé qué hacer con ella, indago, leo, busco palabras prestadas para masticar. Trato de soltarla, a la tristeza, como si fuese un vestido, que aquí no me hace falta. He sentido algo que sobrevolaba y luego, un par de golpes fuertes en el pecho. Como cuando no puedes evitar que arranquen árboles o incendien bosques por maldad o descuido. Me he levantado y sonreído como para decir: “No es nada. Aquí estoy”. He evitado las lágrimas; sin embargo, el peso sigue allí. No quiere irse.</p>



<p>Cuando era pequeña estudiaba antiguas cosmogonías. Leía, por ejemplo, que el mundo supralunar, que ahora es mi espacio de navegación, estaba compuesto por un quinto elemento llamado éter, inalterable e incorruptible. Nada más alejado de la realidad.</p>



<p>Nuestra navecita, tantas veces vapuleada por los elementos díscolos de la galaxia, se vio arrojada en un entrechocar constante hasta derivar, al fin, en un planeta mustio, cuando muchas de mis compañeras habían muerto y otras tantas estaban severamente lastimadas.</p>



<p>Como Juana de Asbaje, he estado a punto de enfermar y morir cuidando a mis hermanas. Mi cuerpo se ha purificado de cualquier infección; no obstante, el dolor no me abandona. Ahora que me siento a salvo y las heridas del cuerpo no me duelen, mi alma a menudo se balancea hacia la melancolía como quien mira el pozo de un antiguo ascensor o ese vacío que llamamos Más Allá, o lo Desconocido, o Materia Oscura.</p>



<p>Entonces me adormezco entre las plantas que he podido salvar. Respiro de su oxígeno. Sueño con la Tierra, con aquellas mañanas estruendosas de las grandes ciudades. Aplasto con mi pie derecho una ceniza que parece querer tomar una figura, tal vez la de mi cuerpo; no dejo que el terror me cale, escupo sobre la pasarela los restos y me pregunto quién estará pensando en mí tan fuertemente, quién me conoce tanto, quién me está leyendo ahora. Y le doy las gracias si me deja dormir.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La reconstrucción</h2>



<p>A veces, cuando me miro en el espejo, creo reconocerme. Me repito quién soy, la memoria del deseo y del daño. Entonces, bajo la piel, una luminiscencia verde o violeta me saca de mi confusión. Solo es energía química que se ha transformado en luz. Así nos guiamos en la oscuridad, como animales marinos.</p>



<p>Las más jóvenes, las que nacieron en el viaje, ya no tienen memoria de la Tierra. Sonríen cuando hablamos del Planeta de Origen, como cuando nos contaban antiguas mitologías. Cumplen con la misión de dejar mensajes, señales pequeñas en el cielo, sin expectativa. Se comunican con las colonias que están cercanas todavía o con otras esporas que navegan alejándose unas de otras, igual que las galaxias. Con la distancia, es mayor el silencio. Algunas elegimos ir más allá. Las Antiguas somos amadas como si estuviésemos aquí y, a la vez, con una raíz en cada lugar andado. Ausentes y presentes.</p>



<p>—Dime, Lucía —preguntó Yosemit—. ¿Cómo es la Tierra?</p>



<p>Ella y yo disolvíamos minerales en agua. De allí absorbemos los elementos químicos para regenerarnos. Yosemit y Daniela armaban una base de piedra y de fibra de coco. Podemos enraizarnos allí y permanecer horas suspendidas en el líquido tibio. Algunas prefieren recostarse en las paredes. No es fácil diferenciarlas de las plantas. Hace calor. En el centro de la habitación hay una fuente giratoria, conectada a un depósito de agua. Cuando estamos allí y la bomba gira, damos vueltas con ella. Hemos llamado a este espacio El Jardín.</p>



<p>Algunas de las jóvenes desarrollaron habilidad de insecto para pegarse con sus patitas firmes a las paredes y al techo, donde dejan sus marcas pegajosas. Saltan de un lado al otro y cruzan la nave por el aire. A veces quisiera espantarlas como a moscas; a veces su vuelo de mariposa me deja embelesada. Todo depende del humor del momento. Pero debo reconocer que sus habilidades son útiles.</p>



<p>Cuando estoy suspendida en el jardín repito algún sankalpa. Me digo, por ejemplo: “Soy una mujer amable”. Mi mente se fortalece mientras me alimento. Planto una semilla en mi subconsciente con la esperanza de que crezca sola. Así me aseguro de que no voy a matar a mis hermanas voladoras y zumbantes. ¿La amabilidad ya estaba en mí? ¿El amor estaba en mí? Es posible, quizás por eso hablo con las pequeñas.</p>



<p>—En la Tierra existía el invierno —les digo.</p>



<p>Alguna vez la primavera eclosionaba en verano. Luego venía el otoño, que todavía hacía dulce el declinar de la naturaleza. Le describo el invierno. Les hablo de la nieve. Les hablo de la vejez. Les hablo de los ciclos de la vida. Ellas se asombran, como si yo fuese una narradora por demás imaginativa.</p>



<p>—Allá también había jardines bajo el sol. Un sol único y no tan brillante. Por las noches volaban bichitos de luz. Debajo de las plantas había un mundo de arañas, escarabajos, mosquitos.</p>



<p>Es extraño que estas pequeñas cosas sigan gustándoles, a ellas, que se han criado en tanta maravilla.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La aptitud</h2>



<p>Yo era de las que decían que todo lo que brilla en el cielo no es más que una escenografía y que, de todo ese mundo deslumbrante, si alguna vez nos llegaba algo, eran solamente pedazos de piedras inservibles. Más escéptica que Ward o que Brownlee. ¿Por qué me embarqué, entonces? ¿Me creerías si te digo que solo fue curiosidad?</p>



<p>Reunía los requisitos, esto es: era joven, era fuerte, era saludable. Y tenía dinero. Me había aplicado meticulosamente al estudio de la mecánica estelar, con gran esfuerzo, porque el amor a las palabras a veces nos aleja de las cosas que nombran. Es verdad que mi carácter solitario alertó a las expertas contra mi inclusión en una comunidad tan compacta. Pero yo tenía la pinta de quien es capaz de llevar adelante una misión.</p>



<p>Me pedías en vísperas del viaje, riéndote, que te mandase postales, como quien dice: “Te mando un corazón desde París”.</p>



<p>Aquí está, para contradecirme, este planeta azul oscuro, todo de agua. Y los anfibios que nos recuerdan lo que fuimos antes de nacer. Yo no estaba preparada para esto. Me habían dicho que éramos las prisioneras de los brazos de Orión, siempre jilgueritos en música de jaula. Que solo tenderíamos los ojos impotentes hacia Sagitario en un deseo inútil del todo indefendible. ¿Por qué el hambre de estrellas, sin embargo?</p>



<p>Me habría conformado con menos, me hubiera bastado la pequeña alegría de un claro que se abre entre dos asteroides, como una palabra ocupa su lugar en la página en blanco. Ahora fabrico imposibles y el vacío no es nada sino la exploración de mi patio de juegos.</p>



<p>Te mando un corazón desde las costas de Alfa Centauri, desde más allá de tu futuro, madrileña.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El dogma</h2>



<p>Había estudiado muy bien mis lecciones. Aquellas clases de filosofía que nos preparaban amablemente para la vida en comunidad. Nos habían enseñado que el deseo de los cuerpos era tan natural como el hambre o la sed, que la amistad es preferible al amor y que, en definitiva, escapáramos de Eros como de la peste.</p>



<p>¿Qué filosofía mejor para un grupo que habría de perpetuarse en un universo hostil y extraterrestre? Yo predicaba por una comunidad de almas en el placer, por unas amigas con las que se pudiera “gozar, saber y compartir”.</p>



<p>Quizás por eso no escuché a Judith. Es decir, escuché sus palabras. Preguntó: “¿Te vas? ¿Seguís en viaje?”. Ella ya estaba preparando su colonia cuando nos disponíamos a partir. Y, como te decía, escuché sus palabras, pero no el dolor en sus palabras. No lo escuché o lo negué, que viene a ser lo mismo.</p>



<p>Las uniones entre nosotras son, por naturaleza, libres (no sé cómo me atrevo, a estas alturas, a hablar de “naturaleza”). Como es “natural”, entonces, algunas se quedaron, otras partimos.</p>



<p>He cambiado el amor por una miríada de polvo estelar. Por eso, cobarde, repaso mis lecciones o me invento fábulas.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El fin</h2>



<p>Ahora me pedirías un relato, algo que entretuviera tus noches solitarias. Por ejemplo, un combate, un enfrentamiento con gigantescas criaturas extraterrestres. Podría inventarlas. La violencia sería como una ternura que hemos olvidado. O podría decirte: aquí no hay más vida que la que hemos sembrado nosotras mismas en una inmensidad de piedra inerte. Hemos llegado más allá de la frontera de nuestra imaginación. En un planeta que no nombraré conocimos seres extraordinarios. En la Tierra los hubiésemos llamado espíritus, fantasmas, almas errantes. Nos atravesaron por completo. Estaban fascinados con nuestra biología, lo corpóreo que somos. Quizás por eso nos indicaron nuestro destino.</p>



<p>A miles de años luz hay una estrella. ¿Dije Epsilon Eridani? ¿O fue Tau Ceti? No dije nada. Hemos borrado nuestras huellas. Rompimos lo que se llamaba “la comunicación”. Alcanzamos más allá un planeta vegetal, quizás como era la Tierra después de la fotosíntesis y cuando la vida animal no había comenzado.</p>



<p>¿Qué colocaremos aquí, además del punto final? Hay dos alternativas.</p>



<p>En el primer caso, seremos cuidadosas en extremo. Aunque del viaje original solo quedemos tres y el resto ni recuerde de dónde hemos venido ni le importe, hay algo de sapiens en estas mutantes. No nos reproduciremos más de lo necesario. Ya sabes que morimos solo si hay un accidente. La Tierra, por su parte, se habrá recuperado de sus heridas y sus habitantes habrán evolucionado como nosotras. Sea así o no, habremos sembrado nuestras especies por el universo. Inoculamos la vida como si fuese algo valioso. La misión se ha cumplido.</p>



<p>Si eliges la segunda alternativa, provenimos de un planeta extinto por sus propias creaciones, nuestras colonias no sobrevivirán por mucho. Nosotras arruinaremos el planeta Paraíso con la sola presencia.</p>



<p>Elijas lo que elijas no alterarás en nada nuestro destino. Solo habrás optado por utopía o distopía. Dependerá de tu afición por la felicidad o la tragedia.</p>



<p>Si las estrellas que mirábamos cada noche, madrileña, son las que brillan más, no es porque sean más jóvenes o más grandes, sino porque las amo.</p>



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<p><strong>Lidia Rocha</strong> es profesora de literatura, diplomada en ciencias del lenguaje. Publicó en poesía <em>Aves migratorias</em> (2006), <em>Roma</em> (2010), <em>Así la vida de nuestra primavera</em> (2015), <em>Soltar la casa</em> (2020) y <em>Hechicerías</em> (2024). En ensayo: <em>El lenguaje del amor en la poesía de San Juan de la Cruz</em>. Realiza, con Gerardo Curiá, el encuentro literario Literatura Viva y el programa de radio Moebius.</p>



<p>@lidiarocha1512&nbsp; &nbsp;</p>



<p><a href="https://www.facebook.com/lidia.rocha.777">https://www.facebook.com/lidia.rocha.777</a></p>
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		<title>«Kassandra» por Verónica Arévalo</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/03/30/kassandra-por-veronica-arevalo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Mar 2026 18:24:56 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 59 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 1039 palabras &#124; Chile &#124; Kassandra sobrevive en un mundo devastado por la contaminación, encerrada en una rutina extrema de cuidado, vigilancia y obediencia. Mientras su cuerpo comienza a deteriorarse y la soledad se vuelve cada vez más áspera, debe sostener una tarea vital bajo la supervisión de una inteligencia artificial implacable. En ese encierro, el recuerdo del mundo perdido, el peso del tiempo y la fragilidad de la esperanza configuran un relato íntimo y perturbador sobre la resistencia, el desgaste y el sentido de seguir viviendo.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-653e92b9732773204cfaf5197a1c8093">Kassandra sobrevive en un mundo devastado por la contaminación, encerrada en una rutina extrema de cuidado, vigilancia y obediencia. Mientras su cuerpo comienza a deteriorarse y la soledad se vuelve cada vez más áspera, debe sostener una tarea vital bajo la supervisión de una inteligencia artificial implacable. En ese encierro, el recuerdo del mundo perdido, el peso del tiempo y la fragilidad de la esperanza configuran un relato íntimo y perturbador sobre la resistencia, el desgaste y el sentido de seguir viviendo.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 59 | Narrativa | Ciencia ficción | 1039 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-57d1d9ada2c2c97ea82efc5279914671" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">KASSANDRA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">VERÓNICA ARÉVALO </h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>—Kassandra, despierta.</p>



<p>Su cuerpo respondió a la voz de mujer incorporándose sobre la fría superficie de la plataforma de descanso. Dormía desnuda para que el aire condensado de la habitación sanara sus llagas. Los primeros años había funcionado bien. Por las noches, las heridas en su piel causadas por los iones de la contaminación ambiental lograban cerrarse, dejando pequeñas cicatrices blancas. Una mañana despertó y notó que en su brazo izquierdo le ardía una diminuta úlcera. Era apenas la superficie de la cabeza de un alfiler, pero escocía de forma consistente. Imposible de ignorar. ¿Habían transcurrido cinco años, tres o siete desde que la regeneración se fue ralentizando? Podría haber consultado el tiempo exacto en los reportes digitales, pero no valía la pena. No cambiaba en nada la situación.</p>



<p>—Kassandra, es hora de la revisión diaria.</p>



<p>Lo sabía. No era necesario que se lo repitiera siempre. O quizás sí. En algún momento pensó que, si se quedaba más horas sobre la plataforma de descanso, podría lograr recuperar la sanación de su cuerpo. Ante su intención de seguir acostada, la plataforma bajo ella comenzó a desplazarse velozmente desde una esquina a otra, hasta que la botó al piso, mientras la voz femenina abandonaba su neutral entonación y chillaba, reclamándole, escupiéndole su irresponsabilidad, enrostrándole las culpas de sus faltas, hasta dispararle, como una flecha al pecho, la frase definitiva: “piensa en Andrés”. No hubo más deseos de resistencia de su parte.</p>



<p>Comenzó actualizando la cápsula de Andrés. Con la yema de sus dedos recorrió cada milímetro de la vitrina delantera sin identificar ninguna fisura. Cuando finalizó, se quedó unos segundos observando al niño que dormía en líquido amniótico. Andrés, su hermano, suspendido en el tiempo mientras ella envejecía, se pudría, se desintegraba.</p>



<p>—Kassandra, debes continuar tus labores.</p>



<p>Suspiró. Comenzó a tatarear una canción vieja. Extrañaba la música. Las películas. Las telenovelas. El uso eficiente de los recursos impedía el gasto energético en reproducir cualquier registro de entretención pasada. O en crear ropa nueva. O dejar encendida la luz más tiempo por las noches. O satisfacer cualquier deseo que no fuera fundamental para asegurar la sobrevivencia de los humanos.</p>



<p>Recordó cuando la llamaron del hospital. Por unas horas tuvo la esperanza de recibir implementos para protegerse, medicamentos para la enfermedad o traslados a zonas seguras, cualquier salida ante la evidente catástrofe. Al llegar, le indicaron ingresar a una oficina donde una autoridad regional la esperaba. El hombre, de rostro demacrado y voz raposa, le comunicó la devastadora verdad: si bien era posible recuperar la tierra, los algoritmos indicaban un plazo de veinte años y el desastre tendría consecuencias letales en la población. Las cápsulas de resguardo no habían logrado generarse en la cantidad necesaria y no todas eran del tamaño requerido para personas adultas, por escasez de material. Pero peor aún, no habían logrado automatizar el proceso completo. Solo tenían la IA que podría hacer seguimiento y alertar sobre los problemas, mas no ejecutar las acciones necesarias. La oferta fue planteada en crudos términos.</p>



<p>Sé que lo que pedimos es demasiado, pero no tenemos otra opción. Las cápsulas irán para las niñas y niños entre ocho y once años, y algunas personas adultas con conocimientos para transmitirles&#8230; necesitamos gente de no más de veinticinco años que pueda hacer lo que se requiera&#8230; los contenedores ayudarán a protegerla lo suficiente por los años que dure la hibernación&#8230;</p>



<p>Fue demasiada información. Tuvo un par de semanas para leer manuales, practicar las tareas que debería realizar durante los veinte años en el contenedor y los cinco primeros fuera de él. Cinco años que tendría para revisar que estuviera todo en orden antes de despertar a los resguardados. Cada procedimiento tenía pasos detallados que serían controlados y evaluados por la IA.</p>



<p>Finalizó la revisión. Veintiuna cápsulas a su cargo. Veinte niñas y niños manteniéndose con vida, más una mujer adulta para cuidarles y enseñarles enfermería y cultivos.</p>



<p>—Kassandra, es el momento de filtraje.</p>



<p>La revisión era la tarea más lenta y la que requería más concentración. El filtraje era más demandante físicamente, pero podía disociar un momento. Entonces su mente se refugiaba en instantes que evocaba entre las mangueras y palancas que debía activar para limpiar los líquidos amnióticos. Se visualizaba a ella misma joven y alegre, flotando en las aguas del mar. Momentos con sus padres y amigos riendo. Escenas de Andrés en su primera infancia, corriendo hacia ella acompañado del Fito, el pequeño quiltro que tenían de mascota y al que tuvo que hacer dormir con una inyección letal antes del encierro.</p>



<p>—Kasandra…</p>



<p>Hubiera querido poder escuchar otras voces humanas. Nunca conoció a los otros cuidadores. A veces quería poder comunicarse con ellos y compartir la rutina. Comentar lo desabrido de la comida instantánea. Lo antipática que era la IA con su voz inflexiva. La tristeza de volverse viejos en un planeta sin historia. Recordarse mutuamente el sentido de su quehacer. Hablar de los niños conservados para un futuro incierto.</p>



<p>—Kassandra. Buen trabajo. Eres una heroína.</p>



<p>Kassandra rió. Valoraba que la IA innovara siempre con su frase de cierre de jornada. Eso demostraba que el repertorio de la humanidad era extenso en expresiones que alimentaban la motivación en situaciones de crisis.</p>



<p>—No estoy sanando por las noches —dijo, mientras consumía su ración alimentaria—. ¿Qué significa eso?</p>



<p>—No entiendo la pregunta —respondió la voz.</p>



<p>—Quiero saber si el mundo se está descontaminando o no, si los sistemas están fallando o no, o si está pasando otra cosa que nos afecte. Quiero saber si lo que hago tiene sentido o si debería acabar con mi vida de forma rápida, como lo hizo el resto, sin tener que sufrir dolor.</p>



<p>Nadie respondió.</p>



<p>—Quiero saber. Merezco saber.</p>



<p>Silencio.</p>



<p>—Responde, vieja de mierda.</p>



<p>Se asombró de sí misma por decir eso. Nunca se imaginó a la IA como una vieja, pero le vino esa expresión del pasado y, al pronunciarla, se descomprimió una opresión en su pecho.</p>



<p>—Kassandra, es hora de dormir.</p>



<p>La cabeza le daba vueltas. Se dirigió a su habitación, un cuarto con luces de quirófano. Se recostó desnuda y vino a ella la imagen de Andrés comiendo helado una tarde de verano. Pensando en él, intentó ignorar el escozor de sus llagas abiertas y se durmió.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="768" height="1024" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/WhatsApp-Image-2026-03-30-at-15.23.26-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-4478" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/WhatsApp-Image-2026-03-30-at-15.23.26-768x1024.jpeg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/WhatsApp-Image-2026-03-30-at-15.23.26-600x800.jpeg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/WhatsApp-Image-2026-03-30-at-15.23.26-225x300.jpeg 225w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/WhatsApp-Image-2026-03-30-at-15.23.26-1152x1536.jpeg 1152w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/WhatsApp-Image-2026-03-30-at-15.23.26.jpeg 1200w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Verónica Arévalo Gutiérrez</strong> nació en Santiago de Chile. A lo largo de su vida la escritura narrativa y poética siempre han estado presente, como exploración, conjuro y sueño que teje imágenes que conectan lo íntimo y lo público. </p>



<p>Es autora de los libros de cuentos «Calicata del mañana» (Trazos de aves, 2025) y «Territorio excluido» (Ediciones Hurañas, 2019). &nbsp;</p>



<p>Ha participado de las antologías “Zona de sacrificio” (ediciones Hurañas, 2019), “Carnívoras &#8211; relatos zombies escritos por mujeres” (Astartea editorial, 2021) y “Akta Gamat &#8211; cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres” (Astartea editorial, 2023). </p>
</div>
</div>
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			</item>
		<item>
		<title>«Otros nombres» por Lana Morales</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/03/23/otros-nombres-por-lana-morales/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 23 Mar 2026 12:45:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[Fantástico]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=4470</guid>

					<description><![CDATA[Nº 58 &#124; Narrativa &#124; Fantástico &#124; 1284 palabras &#124; Uruguay &#124; Tras la muerte de su amiga Ramona, una niña queda atrapada en una inquietud que no sabe nombrar. Antes de desaparecer, Ramona le había repetido una frase extraña, como una advertencia que nadie más escuchó. Con los años, entre mudanzas, terapias y amistades frágiles, el recuerdo de esa voz se vuelve una presencia persistente que contamina su forma de mirar el mundo.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-09c95e45110755e977b289cf3da2528e">Tras la muerte de su amiga Ramona, una niña queda atrapada en una inquietud que no sabe nombrar. Antes de desaparecer, Ramona le había repetido una frase extraña, como una advertencia que nadie más escuchó. Con los años, entre mudanzas, terapias y amistades frágiles, el recuerdo de esa voz se vuelve una presencia persistente que contamina su forma de mirar el mundo.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 58 | Narrativa | Fantástico | 1284 palabras | Uruguay</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-1120b6be45d8d7c6f31f896cc3d294b6" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">OTROS NOMBRES</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">LANA MORALES</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>No diría que fue trágico, pero sí triste. No recuerdo cómo se sentía tener doce años. Supongo que, con lo que me pasó, no fueron los típicos doce. Mi amiga, Ramona, me decía que ya no iba a estar al cabo de una semana, lo que yo entendía como que se iba a mudar. Me lo dijo durante dos años; por tanto, no le creí. Debería haberlo hecho, porque una semana antes de su muerte fui a merendar a la casa de su abuelo, que se encontraba en el campo. Me llevó a lo más profundo de la pradera, a la orilla de un lago, me agarró de las manos y me dijo exactamente lo mismo que las otras veces.</p>



<p>Le respondí que tenía suerte de poder mudarse. Aunque dije lo que sentía a medias, pues a lo que en serio me refería era a que yo no tenía la posibilidad de mudarme, siendo tan pobre. Ella me dijo que no se iba a mudar.</p>



<p>—¿Entonces? —le dije yo.</p>



<p>Ella tan solo me observó.</p>



<p>No vi a su familia luego de que murió. Pero a ella sí la volví a ver.</p>



<p>En la escuela se hablaba entre susurros sobre la muerte de Ramona. Los niños fueron un poco crueles. Inventaron un verso y todo, el cual cantaban mientras saltaban la cuerda. A los doce años no quise decirle a nadie sobre las advertencias de Ramona, pues creía que, de alguna manera, me hacía culpable saber tanto. En los años posteriores, traté de tener nuevos amigos en pos de olvidarla. Traté de pensar que la pradera detrás de la casa del abuelo de Ramona fue una fantasía, al igual que sus manos sobre las mías mientras me decía que no iba a estar al cabo de una semana.</p>



<p>Pasé de año y tuve nuevos amigos. Doce pasaron a ser trece. El dolor aumentó a medida que crecía y menos me lograba entender. La muerte de Ramona representó una tristeza enorme para el pueblo y una incertidumbre tremenda para mí, que no entendía nada de lo que estaba sucediendo.</p>



<p>A medida que fui creciendo, mis padres me mandaron a terapia, donde, al contarle por primera vez a alguien sobre las advertencias de Ramona, la terapeuta me preguntó si recordaba haber ido a su casa alguna vez. Yo le dije que sí, y los recuerdos llovieron como granizo. Su padre era violento, y no solo con su madre. Ahí, mi terapeuta me preguntó si creía que alguna vez su padre la pudo haber amenazado, y yo le dije que sí. Lo comprendí por mi cuenta. Ella temía por su vida.</p>



<p>Trece pasaron a ser catorce. Me mudé a otro pueblo, lejos del campo, donde nadie sabía de Ramona, mi secreto mejor guardado. Hice amistades nuevas, pero ninguna fue muy significativa. Me acuerdo de ellos, pero dudo que ellos se acuerden de mí. Las amistades se sentían obligatorias; ni nos conocíamos tanto. Porque, en la ciudad, nadie me conocía. No era como en el maldito pueblo. Ahí nos conocíamos entre todos. En la ciudad me sentía libre y deprimida.</p>



<p>Yanice, una de las amigas que hice, me invitó a su apartamento. Conocí a sus padres y a su hermanita pequeña, Sara. Pero ahí, viva de nuevo, se encontraba Ramona. Le pregunté varias veces si su nombre era realmente Sara y si, de hecho, era su hermana. Me quedó mirando raro. Me sentí como una intrusa, ahí hurgando en las vidas de mis amigos, que sí eran merecedores de una existencia digna y de tener otros amigos. Yo era tan solo la amiga de Ramona, a quien nunca pude olvidar y que al frente mío se encontraba. Me despedí de Yanice, quien me miraba como lo que era y lo que siempre fui: una de afuera, una fisgona.</p>



<p>Catorce fue un buen año porque pude fingir que todo estaba bien. No sé si pasó lento o rápido. No recuerdo nada, además de que no tuve fiesta de quince; viajé a mi pueblo y fui a la casa del abuelo de Ramona. Fue incómodo, pues el viejo estaba muy triste, y la tristeza me incomoda. Fue el primero de la familia de Ramona que vi luego de su muerte. No hubo momento especial ni frase que me dejara pensando. Solo incomodidad. Incomodidad pura y pena, que sentí por el pobre viejo. Extrañaba mucho a su nieta. Luego de hablar con él por un rato, le pregunté si podía ir a la pradera, al costado del lago. Me dijo que sí.</p>



<p>Seguí yendo a la casa de Yanice y seguí viendo a Sara, quien en realidad era Ramona, pero nadie lo entendía. Era un secreto feo. Cómo podía nadie, ni siquiera mis padres, ver que eran la misma persona era lo que no me entraba en la cabeza. A lo mejor nunca la habían mirado demasiado. Pero nunca hablé porque no me iban a creer.</p>



<p>Ramona arruinó mi vida.</p>



<p>Cumplí dieciséis y mi amistad con Yanice no fue más. Me dijo, implícitamente, que era muy extraña para ella. Quizá también notó que miraba a su hermanita con mucha intensidad. A ese punto, no me quedaban otros amigos. Los otros se fueron yendo, separando, desgarrando de mí como si fuesen partes de mi cuerpo. Me quedé sola y Ramona permaneció más presente que cualquier amistad que había tenido recientemente.</p>



<p>Volví a mi pueblo para mi cumpleaños número diecisiete, lo que, para ese momento, se había convertido en mi plan de cumpleaños. Fui de nuevo a la casa del abuelo. No se encontraba tan triste como se encontraba derrotado. No era aceptación, era angustia. En ese momento até los cabos y me di cuenta de que el abuelo era el escape de Ramona de su realidad violenta. Por eso, como recordé mientras estaba sentada a la mesa del abuelo, ella pasaba su tiempo libre en el campo. Era la zona libre de violencia. Con solo verlo, me di cuenta de que el abuelo lo sabía. Cargaba con la culpa de haberse quedado con la boca cerrada.</p>



<p>En la ciudad permanecí sola.</p>



<p>La segunda vez que vi a Ramona presentándose como otra persona fue cuando vinieron a visitarnos unos amigos de mis padres y su hija. La niña tenía doce años. El tiempo no pasaba para Ramona. No me molesté en preguntar si realmente era su hija y si realmente se llamaba Marta. Sabía que no. Se presentaba con otros nombres, pero seguía siendo Ramona. La misma edad y la misma voz finita. Nunca volví a ver a Marta. Ni a Sara, ya que estamos.</p>



<p>Pensé en decirle a mis padres sobre las advertencias de Ramona: “No voy a estar al cabo de una semana”. Nunca se los dije. Sabía que no me convenía.</p>



<p>Decidí ir a mi pueblo antes de mi cumpleaños número dieciocho. Iba a estar muy ocupada para entonces. De nuevo pasé por la casa del abuelo, pero ya no había nadie adentro. Preferí no preguntar a nadie, pero era obvio lo que había sucedido. Entonces, decidí adentrarme en la pradera, a la orilla del lago. Una semana después de que Ramona me comunicó la última advertencia, a los doce años, nos encontrábamos en este mismo lugar. Mientras estaba parada frente al lago, sola, recordé algo que hablé en terapia sobre mis celos hacia Ramona porque ella sí tenía una casa linda y se podía comprar ropa y juguetes.</p>



<p>No fue trágico, porque nadie se enteró. Pero sí fue triste, porque mis manos reaccionaron por sí solas cuando la tiraron al lago, y su joven cuerpo se hundió en el agua como si fuese contaminación. Lo cual Ramona era para mí en ese entonces.</p>



<p>Estoy convencida de que sigo pagando el precio.</p>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Lana Morales</strong> es una escritora uruguaya de quince años, residente en San Jacinto, Canelones. Le apasiona la escritura, especialmente la creación de mundos ficticios y la exploración de lo imaginario. Fue publicada por primera vez en la compilación de textos ganadores del concurso literario de Ganesha Libros. Más tarde, su cuento de ciencia ficción fue incluido en la revista IMAGI.</p>
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		<title>«La renuncia» por Manuel Zúñiga Trier</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/03/16/la-renuncia-por-manuel-zuniga-trier/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Mar 2026 15:18:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 57 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1241 palabras &#124; Chile &#124; Una mujer vive un día cualquiera marcado por atrasos, vecinos incómodos y una rutina agotadora. Pero una serie de mensajes extraños comienza a insinuar que algo imposible podría estar relacionado con su vida. Entre correos sospechosos, visitas inquietantes y documentos que parecen surgir de ninguna parte, la frontera entre lo cotidiano y lo absurdo empieza a desdibujarse. Lo que al principio parece una broma termina revelando una lógica perturbadora que insiste en abrirse paso en su departamento y en su mente. Con humor negro y una atmósfera inquietante, el relato explora qué ocurre cuando lo sobrenatural adopta la forma más temida: la burocracia.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-11d73571d419d5e2710c40b943b84dde">Una mujer vive un día cualquiera marcado por atrasos, vecinos incómodos y una rutina agotadora. Pero una serie de mensajes extraños comienza a insinuar que algo imposible podría estar relacionado con su vida. Entre correos sospechosos, visitas inquietantes y documentos que parecen surgir de ninguna parte, la frontera entre lo cotidiano y lo absurdo empieza a desdibujarse. Lo que al principio parece una broma termina revelando una lógica perturbadora que insiste en abrirse paso en su departamento y en su mente. Con humor negro y una atmósfera inquietante, el relato explora qué ocurre cuando lo sobrenatural adopta la forma más temida: la burocracia.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 57 | Narrativa | Terror | 1241 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-3c0a836c301623cc9ddd86d9fb1d7b73" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LA RENUNCIA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">MANUEL ZÚÑIGA TRIER</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Un minuto antes de salir. Justo un minuto antes de salir, recordó los platos del almuerzo. Salió con cinco minutos de atraso. La primera micro no paró; la segunda iba a pasar en veinte. Miró el Uber. Después de cargar, la app estimaba que el conductor se iba a demorar diez minutos. ¡Diez minutos!</p>



<p>Cuento corto: llegó atrasada y sopeada a una sala vacía. Solo estaba el profesor, quien, levantando la vista del WhatsApp, le dijo:<br>—Hola. Jaja. Un segundo —y volvió al celu por un buen rato.</p>



<p>Terminó la clase. El sudor se había ido, pero había dejado un ectoplasma que le heló los riñones todo el santo rato, como decía su tía. Le iba a entrar algún bicho, seguro.</p>



<p>Volvió con el contador de viejos asquerosos en números verdes. Suspiró de espaldas a la puerta mientras la cerraba, con las manos entre la puerta y el poto.</p>



<p>Se volteó, puso llave y se paró en puntillas. Ahí estaba el del 41, sin embargo, acercándose al otro lado de la mirilla, rascándose. No le iba a contestar, aunque supiera que él sabía que estaba en la casa. Ahora era menos tonta.</p>



<p>Se puso los lentes frente a la lista infinita de correos. Se sacó los lentes y acercó más la cara al monitor. Últimamente le funcionaba mejor.</p>



<p>Un arduo escrutinio y unas cuantas notas ilegibles sobre el reverso de la comunicación de vecinos morosos después, se dispuso a pinchar el último correo de la lista.</p>



<p>Justo al tiempo que seleccionaba la línea, un mensaje nuevo llegó, interceptó su clic y se abrió sin previa presentación ni consentimiento.</p>



<p>—Pfff.</p>



<p>Leyó el par de líneas de cháchara del inicio y luego algo sobre un demonio, cómo su familia había hecho un pacto hace unas cuantas generaciones atrás y cuán ilegal era que las personas obtuvieran beneficios especiales por estos medios en la actualidad.</p>



<p>WTF, se dijo. Nunca le había llegado una cadena así, ni siquiera cuando estaban de moda. Le pareció creativo, sí. Si hasta pensó que pudo incluir una queja del SII por impuestos evadidos con tanta suerte gratuita que supuestamente estaba recibiendo.</p>



<p>Pero más rato el asunto dejó de ser gracioso.</p>



<p>En un acto de traición a sí misma, contestó uno de esos números 600 que últimamente se rajan llamando. Le dijeron que debía renunciar al legado satánico familiar si no quería enfrentar cargos.</p>



<p>O sea. ¿Cómo te explico?</p>



<p>Colgó y se fue a dormir, si a dormir se le llama sobrepensar hasta caer inconsciente.</p>



<p>Si a dormir se le llama que en medio de la noche te toquen la puerta.</p>



<p>No estaba el cripi del 41, sino una señora mayor con gorro corporativo que la hizo susurrar “¿qué chucha?”.</p>



<p>—Amor, lo siento —le dijo la señora, como si no reconociera la existencia de la puerta y la hora que era—. La dejé en su mesita.</p>



<p>—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué?</p>



<p>Efectivamente, “lo que dejó” estaba en frente del sillón, sobre el cholguán que tenía por mesa. Sin embargo, la señora ya no estaba frente a la mirilla cuando volvió a mirar. No había nadie, salvo que el del 41 comenzaba a abrir su puerta, así que se aseguró de que el seguro estuviera puesto, corrió a agarrar el paquete del living y salir del rango de visión, tanto de las viejas fantasma como de los vecinos psicópatas. Cagada de miedo, y pensando cómo la mina pasó conserjería y se metió en su depa, se rindió por el día. Estaba más que chata.</p>



<p>Se despertó con la alarma al día siguiente, con el labio superior pegado a la encía y toda gota de saliva chupada en la funda de la almohada. El sobre en la mano le demostró que nada había sido un sueño.</p>



<p>Se fue a mojar la boca, la entrepierna y el ala.</p>



<p>Dejó pendientes el mail fallido y el resto del aseo personal. Tenía unos quince para su match de lucha libre contra el pantalón y para ver de qué se trataba este asunto de la señora Houdini. Y si las gallinas mean, el sobre no tenía una carta que hablara sobre demonios y favores.</p>



<p>Perfecto para empezar el día pateando la superperra. Con ese nudo doble garganta-estómago. Lo único que sentía suelto era el esfínter rectal y las riendas de la ansiedad.</p>



<p>¿Qué es esto? ¿Desde cuándo se habla de demonios? ¿Qué tiene que ver ella? ¿Y desde cuándo su vida era tan favorecida? Ya, estaban pasando weás raras, pero para creer en demonios, de partida, debía haber tenido que creer en Dios. Además, si fuera verdad, puta, el demonio culiao penca.</p>



<p>Dejó todo atrás, dando el portazo de salida de su vida. Un ojo la miraba desde el 41 por una puerta endeble y entreabierta. Se guardó hoyúo, soltó una lágrima que no cayó.</p>



<p>Hizo otro día idiota y, por suerte, normal. Hasta que más tarde, camino a casa, una amiga se le acercó a la salida del metro y le insistió e insistió hasta que le enchufó un flyer, que de puro estúpida no terminó de rechazar. Pero —qué paja igual— empatizó. Pobrecita, pega de mierda.</p>



<p>Mientras avanzaba al paradero, no le tincó que, dado el mal rato, estuviera de más echarle una ojeá y leyó las letras con fuente pésimamente escogida. Acto seguido, miró alrededor con el pulso a mil. Se devolvió solo para encontrar que no quedaba ningún repartidor de flyers en el metro. Se dio unas cachetadas que asustaron a algunes transeúntes. Arrugó el papel que exigía su renuncia al pacto diabólico hasta que le pinchó las palmas.</p>



<p>Llegó en tiempo récord al depa. Algo color celofán yacía destellando en algún lugar del suelo.</p>



<p>Con ganas de arrugar que nunca en su puta vida, descubrió que era una lámina hecha de algo que la cortó cuando rozó los bordes apenas al recogerlo. Entre dorado, plateado y como aguado. ¿Aguado? ¿Agüero? ¿Aguístico? ¿Ya estaba chalá?</p>



<p>La, llamémosle hoja, absorbió con su magia la sangre del corte y, en el mismo color, comenzó a revelar caracteres arcanos. Se convirtió en una versión fancy de un formulario de mierda.</p>



<p>En un texto ultraamarillista decía que, según el artículo nosecuánto de la ley nueva esa de la que jamás había escuchado oír, se estaba cagando a medio mundo al estar bajo el favor de un demonio (que, dicho sea de paso, tenía un nombre que saca al menos un escupo al decirlo). Le ofrecían un nuevo plan de beneficios prácticamente idéntico y totalmente legal en reemplazo, por una módica suma mensual, y dejaban una línea a su disposición sobre la que firmar cómodamente.</p>



<p>Tiritando, agarró un lápiz y, en los reflejos del techo y paredes de esta lámina tan tornasolada, se vio escrito su nombre, rut —pa’ que corten su weá— y fir&#8230;</p>



<p>El lápiz se detuvo.</p>



<p>Se escucharon pájaros y bocinas. El silbato del afilador de cuchillos. Unos tacos percutiendo los adoquines. La chicharra del portón cediendo el paso. Pasos rebotando en las paredes del pasillo. Puertas crujiendo.</p>



<p>Con los dedos tensamente extendidos, resopló y dejó el lápiz rodar al suelo.</p>



<p>Dejó al basurero emitiendo chisporroteos psicodélicos; se prometió cambiar la bolsa al día siguiente. Se fue a acostar dopada en 20 de clotia y cruzó los dedos para despertar viva al día siguiente.</p>



<p>Se dedicó desde entonces a ignorar activamente todo suceso extraño que le pidiera su firma para cancelar cualquier supuesto pacto.</p>



<p>Nosotros seguiremos intentando.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="1066" height="1066" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47.jpeg" alt="" class="wp-image-3918" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47.jpeg 1066w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-300x300.jpeg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-100x100.jpeg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-600x600.jpeg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-1024x1024.jpeg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-150x150.jpeg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/WhatsApp-Image-2025-11-16-at-10.27.47-768x768.jpeg 768w" sizes="auto, (max-width: 1066px) 100vw, 1066px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><mark style="background-color:var(--ast-global-color-5);color:#ffffff" class="has-inline-color"><strong>Manuel Zúñiga Trier</strong> nació en Santiago de Chile y fue criado entre Talagante, Chiloé y Tasmania. Biólogo de profesión y masoterapeuta por pasión. Esgrima histórica, vocalizaciones extrañas, animación y escritura son hobbies que se pelean su tiempo. Afín a las artes que lo dejan triste, pensativo y babeando. Escribe, por lo tanto, cosas extrañas e incómodas, ojalá terroríficas.</mark></p>



<p></p>
</div>
</div>



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<p></p>
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			</item>
		<item>
		<title>«Los maridos de mi amiga» por Martina Pedreros</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/03/09/los-maridos-de-mi-amiga-por-martina-pedreros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Mar 2026 16:17:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 56 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 2030 palabras &#124; Chile &#124; En un taller de encuadernación artesanal, un grupo de mujeres trabaja contrarreloj preparando libros para un evento. Sumidas en el ritmo mecánico del cosido, el pegado y el corte, la jornada transcurre en una suerte de trance colectivo. La irrupción inesperada de una amiga del grupo, acompañada por dos extrañas figuras, altera esa rutina. Mientras el ambiente del taller se llena de incomodidad, fascinación y sospecha, la narradora comienza a percibir detalles inquietantes en la presencia de los visitantes. Lo que parecía una simple interrupción del trabajo se transforma lentamente en una experiencia perturbadora, donde los límites entre percepción, imaginación y realidad comienzan a volverse inestables.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-f0ac8641fa2c91d65b60ca83a027eea7">En un taller de encuadernación artesanal, un grupo de mujeres trabaja contrarreloj preparando libros para un evento. Sumidas en el ritmo mecánico del cosido, el pegado y el corte, la jornada transcurre en una suerte de trance colectivo. La irrupción inesperada de una amiga del grupo, acompañada por dos extrañas figuras, altera esa rutina. Mientras el ambiente del taller se llena de incomodidad, fascinación y sospecha, la narradora comienza a percibir detalles inquietantes en la presencia de los visitantes. Lo que parecía una simple interrupción del trabajo se transforma lentamente en una experiencia perturbadora, donde los límites entre percepción, imaginación y realidad comienzan a volverse inestables.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 56 | Narrativa | Ciencia ficción | 2030 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-a9a8d135d23ee960df4ed0d3ed589f9e" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LOS MARIDOS DE MI AMIGA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">MARTINA PEDREROS</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Estábamos ahí, encima de los cuadernillos, a contratiempo cosiendo y pegando tapas para llegar al evento con una cantidad de libros decente, cuando se abrieron las puertas del taller de par en par. Ninguna de nosotras prestó mucha atención. Es que encuadernar nos tenía tomadas, completamente absortas en la acción de coser y pegar, coser y pegar, coser y pegar, para luego guillotinar uno tras otro, produciendo libros en cadena, como un organismo compuesto por este enjambre de mujeres laboriosas. Nos figurábamos a la manera de monjas medievales en plenas faenas de servicio coordinado. Siempre fantaseábamos con ser monjas, geishas también. Escuchábamos música psicodélica japonesa para entrar en el trance de la identidad colectiva que disuelve la individual. Monjas orientales, absortas en sinfín de labores, cultivando la virtud de las mujeres, ser hacendosas.</p>



<p>Sin duda, ese juego que jugábamos al trabajar estaba avivado por la natural tendencia a generar universos y consensos en el juego, fantasías que levantaban arquetipos evidentes, como el ser una congregación medieval de escribanas o una casa de geishas dedicada a los oficios delicados sobre los que nos postrábamos. Los movimientos mecánicos y suaves, a ratos coreográficos, de los siete cuerpos que componíamos el taller también podían figurarse, a la luz del humo de los sahumerios y del mate en circulación, como un gran insecto con muchas extremidades en funcionamiento. El ritmo sistemático de las impresoras arrojando copias, las acciones mecanizadas en cadena para montar el libro, la absorción de los sentidos y nuestra atención completamente volcada a las acciones bloqueaban la posibilidad de voltearnos a ver qué venía con la apertura de las puertas del taller.</p>



<p>Yo me di cuenta recién cuando ya estaba mi amiga Camila en la mitad del salón, abrazada a dos seres antropomórficos. Mis compañeras siguieron cosiendo y pegando, incluso cuando la luz entraba tan fuerte que era imposible mirar el papel de los cuadernillos sin encandilarse. Pero era hipnótico, imposible no mirarles. A contraluz, por la forma de sus siluetas, no podía decir a ciencia cierta que fueran seres humanos. Eran como dos copias deformes, como un papel atascado en la impresora que debes sacar a pulso con ambas manos, y se arruga, se recoge la letra, y lo descartas.</p>



<p>Me detuve, observé la escena fijamente. La amiga estaba feliz, abrazada a las criaturas, una a cada lado. Vestidas a juego, combinando con el traje de dos piezas fucsia que la destacaba a ella ahí, en medio de la sala, como un marcador fluorescente subrayando la fotocopia. En cambio, sus acompañantes apenas se movían. De pronto, esa falla que llenaba de sospecha lo que estaba mirando, ese holograma que anunciaba el error, como un código que amerita el reseteo de la impresora, se volvió nítida por el solo esfuerzo de observación. Sus rasgos tenían una coherencia interna que precisaba mayor atención. Rasgos estirados en diagonal y en ascenso. Diminuta nariz y boca. El color de la piel grisáceo, la textura más brillante que lo habitual en las pieles humanas, como desmedidamente sudada, casi aceitosa. No era capaz de adivinar el grosor de sus pieles, ni la densidad de sus cuerpos, ni el peso, ni su porcentaje de agua, ni siquiera si es que respiraban. La luz artificial del led frío les hacía brillar en exceso. Yo les miraba sin espanto, sin miedo, sin nada. Insensible, no solo en blanco. No tenía categorías para nombrar. No sabía qué era ello, qué era lo que estaba mirando. Si acaso eso era el vacío, el realmente reconocerse en una ignorancia radical, y luego descansar en la nada.</p>



<p>Mis compañeras seguían en sus labores, no se inmutaban. Mi amiga sonreía parada en la mitad del salón, mirándome fijamente. Me decía cosas que no podía entender, y no porque las dijera mal, no porque yo no escuchara el volumen de lo dicho, sino porque mi atención estaba exclusivamente tomada por ambos seres. Ella parecía demasiado inmersa en esa conjunción de a tres como para notar mi perplejidad.</p>



<p>Entonces, como sacada del agua a punto de ahogarme, le dije:</p>



<p>—Pero, hueona, ¡son extraterrestres!</p>



<p>La reacción de mi amiga fue inmediata. Su rostro tomó su expresividad habitual, soltó una carcajada estruendosa y larga, mientras besaba a cada uno de estos seres en lo que parecían ser sus cabezas. Todas las chicas detuvieron sus labores de encuadernación y se voltearon a mirar. Rieron, pero de nervios, y no todas ni al mismo tiempo. Una de ellas comenzó a vomitar a los pocos segundos. Las risas fueron reemplazadas por una cadena de arcadas y expresiones de asco. Entonces, rápidamente la ansiedad creció hacia angustia, y esta a miedo. Todas se apiñaron al final del salón, como un cardumen. Las miré atónita, como si también fuesen un organismo desconocido o yo me hubiese desprendido del organismo, expulsada, y ya no reconociera nada de ese entorno. Despersonalizada.</p>



<p>Ambos seres reaccionaron. No hablaron, pero comenzaron a sacarse sus ropas humanas, como queriendo mostrar su verdadera naturaleza. Sentí algo, horror. Se desprendían lentamente de cada pedazo de tela con dedos como pinzas, como si fuese un pétalo apenas superpuesto sobre la piel. Se acercaban, y en la medida que su cuerpo se aproximaba, un temblor me subía, un zumbido me anulaba la escucha, un ruido como horda de avispas. Y el corazón suspendido cerca de la boca, seca y pastosa. Y lejos ya el olor del vómito de mi compañera, que sentía cálido a la altura de mis pies. No había nada más que ese vacío ensordecedor. Los cuatro ojos negros se acercaban mirándome, y el rostro sonriente de mi amiga, entremedio de ellos, con una placidez inusual, entregada a algo incomprensible para mí, una forma de placer que solo exudaba miedo.</p>



<p>Entonces, y realmente no sé cuánto tiempo pasó hasta ese momento, cuando los tuve a menos de un metro de distancia, pude intuir con mayor precisión lo que eran. Acerqué mis manos con convicción hacia su piel, la sumergí como en una masa cruda y flexible, aún sin amasar. Su naturaleza untable y elástica me permitía ingresar desde la viscosidad de su piel, como si no hubiese barrera hasta sus interiores, que parecían no acabar ni empezar. La informidad de sus límites era fascinante.</p>



<p>Mi mano derecha atravesaba con convicción las capas del primero, y la izquierda iba por el costado del segundo. Palpaba interiores como nunca lo hiciera en experiencias humanas, ni siquiera con un animal. Recorrí buscando y percibí unas texturas y consistencias inimaginadas. Recolectaba información con los dedos, adoptando una sensibilidad nueva en las yemas. Consistencia arenosa, a ratos. Gaseosa, en otros. La porosidad de algunos espacios permitía la liquidez de otros. Un calor envolvente adormecía la yema de mis dedos, hiperestimulados de hurgar y captar información nueva. La sensibilidad del tacto permitía a mi cerebro figurarse con precisión los espacios y funciones de dichos organismos, superponiendo la percepción de la izquierda con el suministro de información de la derecha. Se configuraba un ser simbiótico compuesto por dos individuos.</p>



<p>Llevaba segundos con los ojos cerrados, quizás minutos. Elles se dejaban sin resistencia, como si fuese su dharma y el mío ese encuentro. La forma de palpar era infinita, gozosa, como masturbando capas y capas de pliegues, obsesionada con algo imposible de alcanzar. El zumbido envolvente comenzó a tomar una forma particular, ascendente en tonalidades agudas. Habitaba en ese universo sonoro la incipiente voz de mi amiga, que algo decía sobre los libros, sobre el papel brillante y grisáceo de la portada, como el cuero de un elefante mojado, decía. Parecen vivos… Y lo estaban.</p>



<p>El movimiento lento, pero preciso, de los seres me trajo de vuelta de la abstracción. Sus extremidades se dirigían hacia el escritorio. Como rindiéndose. El sonido bajaba en intensidad. La sala se había iluminado excesivamente. No podía saber la procedencia de la luz. Las chicas ya no estaban. Solo nos encontrábamos ella, elles y yo en una perfecta cuadrangulación.</p>



<p>Como un cuenco tibetano dentro de mi cerebro, que era toda la habitación, la onda expansiva de sus cuerpos moviéndose llegó a su punto climático al tocar los libros que estábamos cosiendo. Como si su piel y el papel que envolvía las cubiertas se reconocieran, fueron amalgamándose lentamente, como una mutua fagocitación en una misma sustancia.</p>



<p>Ya en ese momento yo estaba rendida en el suelo, con una mano en el corazón y la otra en el ombligo. Instinto de protección. Me era intolerable la densidad de la atmósfera, la pesadez del aire, el zumbido del acople de sus cuerpos con los libros. Mi amiga Camila se acercó, me acarició la cabeza y me dijo:</p>



<p>—Hueona, son mis maridos, me están pagando esta publicación. Para el show, no los ofendas.</p>



<p>Me tuvo que repetir tres, cuatro veces esa misma frase. Hasta que pude comprender que sí, que no cabía duda de que eso fuera posible. Y la miré a los ojos y vi verdad en su mirada. Y no quise correr mi vista de su vista, también por miedo a ver lo que estaba oyendo sobre mi cabeza. Arriba del escritorio los dos seres se derretían a tal punto sobre los libros que habían entrado en simbiosis. Y el sonido de cuencos iba volviéndose como el rugido voraz de las hojas al pasar, como una lluvia de hojas afiladas recién lanzada de una multicopiadora de última generación. O como una lluvia de hojas plegándose, descosiéndose, rajándose. Y rogaba que no fuera real, que el trabajo no se perdiera. Que pudiéramos llegar con nuestra meta hasta la presentación del libro de Camila, que estaba allí mirándome con horror.</p>



<p>La luz vibraba mucho. El blanco era absoluto. Iba comiéndose la cabeza de mi amiga, llenando todo. Me miré mi cuerpo, pero seguía ahí, completo. Como al querer salir de una pesadilla y llamarte a la vigilia luego de mirarte las manos. La luz no alcanzaba a llegar hasta borrarme. Efecto de un foco led rebotando sobre papel bond blanco brillante, como si todo allí se estuviera por escribir todavía.</p>



<p>Cerré los ojos. Recé. Traje a mi memoria la secuencia de padrenuestro, avemaría, ángel de la guarda, y seguí en el trance repetitivo con un rosario mental intentando borrar el zumbido de mi cabeza. Recordé algunos ejercicios básicos de respiración, aún con mi mano en el pecho. Y entonces, de a poco, fue cesando la angustia. Estuve largos minutos así, escuchando mi corazón debajo de mi mano en compás con el sonsonete de las plegarias. Dios, dame fortaleza para soportar esto. Dios, si esto es real, quién soy yo para dudarlo. Y también intencioné algunos mantras que me daban tranquilidad y confianza en la resolución del todo, tales como Om Mani Padme Hum y Om Namah Shivaya.</p>



<p>Lentamente, como cuando se despiertan las extremidades del hormigueo, volví a sentir mis piernas, mis brazos, el peso de mi cabeza. Era un milagro. Oí pasos alejarse, la puerta crujió de vuelta, el suelo vibró apenas. Abrí los ojos con el corazón en la mano. Estaba sola. Solo me oía a mí misma.</p>



<p>Me puse de pie lentamente. Mi cuerpo pesaba distinto. En el intento de posar una mano sobre el escritorio, y por no medir mis volúmenes, volteé la mesa al suelo al mismo tiempo que caí con y sobre ella. La evidencia del dolor físico desatascó mi angustia y dolor existencial. Entonces lloré intensamente. No entendía la cualidad de realidad de todo aquello. Era como un pésimo viaje en hongos.</p>



<p>Desde la perspectiva del suelo solo podía ver esquirlas plateadas caer sobre el papel picado que me circundaba. Las pocitas de mis lágrimas se acumularon a mi lado. Me sentía realmente deshecha, agotada. Me volteé y solté con alivio mi espalda en horizontal. La pesadez me relajaba. Ya nada podía interponerse con la realidad.</p>



<p>Algo tibio avanzaba hacia mí. De a poco abrazaba mi cabeza, como una cabecera amoldada a mis formas. Soportaba ese peso, lo envolvía. Llevé mis manos a la cabecera y palpé. Su suavidad era reconfortante, conocida, cálida y húmeda a la vez, tan íntima. Me envolvía a tal punto que me sentía fuera de mí y de todo. Ahí había un agrado del que prefería no averiguar su fuente. Ya lo sabía.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="2160" height="2160" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2.jpg" alt="" class="wp-image-4426" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2.jpg 2160w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-1536x1536.jpg 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-2048x2048.jpg 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/03/IMG_0601-2-2-1320x1320.jpg 1320w" sizes="auto, (max-width: 2160px) 100vw, 2160px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Martina Pedreros Rodríguez (Buenos Aires, 1990)</strong></p>



<p>Licenciada en Letras Hispánicas. Escritora, gestora cultural, editora, performer y docente.</p>



<p>Actualmente reside en la ciudad de Valdivia.</p>



<p>Ha publicado los poemarios Elemancia (Tinta Negra Microeditorial, 2018) y Estado Bisagra (Tinta Negra Microeditorial, 2024). Ha sido antologada en Pesca de arrastre: antología de narradores valdivianos emergentes (2019), Hacer cantar la maravilla (Fondo de Cultura Económica, 2023) y 50 GOLPES (Ediciones UACh, 2023). Ha recibido la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro la Lectura (2022 y 2026).&nbsp;</p>



<p>Editora del proyecto microeditorial Tinta Negra y parte de los colectivos Club de Estampa y Tejido Conectivo líquido.&nbsp;Directora del proyecto audiovisual Ramo de Rudas.</p>
</div>
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<p></p>
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		<item>
		<title>«La mosca» por Matías Mondo</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/01/26/la-mosca-por-matias-mondo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Jan 2026 15:47:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 55 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 1595 palabras &#124; Italia &#124; En un entorno aséptico y hostil, una conciencia no humana narra su encierro, su sometimiento y el aprendizaje forzado de una lógica ajena. El relato avanza desde la experiencia corporal extrema hacia una reflexión más amplia sobre control, lenguaje y poder, hasta desplazarse a otro plano de existencia marcado por la vigilancia, la productividad obligatoria y la pérdida de identidad. La mosca articula ciencia ficción y horror corporal para indagar en la explotación de los cuerpos y las mentes, la violencia heredada entre sistemas y la continuidad de la dominación bajo distintas formas tecnológicas, sin ofrecer refugio ni redención.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-836b941aea667912933ac5406edd8cdd">En un entorno aséptico y hostil, una conciencia no humana narra su encierro, su sometimiento y el aprendizaje forzado de una lógica ajena. El relato avanza desde la experiencia corporal extrema hacia una reflexión más amplia sobre control, lenguaje y poder, hasta desplazarse a otro plano de existencia marcado por la vigilancia, la productividad obligatoria y la pérdida de identidad. <em>La mosca</em> articula ciencia ficción y horror corporal para indagar en la explotación de los cuerpos y las mentes, la violencia heredada entre sistemas y la continuidad de la dominación bajo distintas formas tecnológicas, sin ofrecer refugio ni redención.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 55 | Narrativa | Ciencia ficción | 1595 palabras | Italia</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-69791d677a9847012ce0a504f0a5cf5b" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">LA MOSCA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">MATÍAS EZEQUIEL MONDO</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>1.</p>



<p>Frío otra vez. Hace mucho que me tienen aislado. Solo siento el asqueroso y resbaloso mármol. Entiendo lo que les hacen a mis hermanos. Odio esos ruidos. Mi sangre helada está en el límite de calor necesario para dejarme inútil, aprendieron a controlar con precisión la temperatura para dejarnos indefensos y estúpidos. Solo me exponen al calor cuando necesitan ver mis reacciones, cuando necesitan estudiarme para apoderarse una vez más de todo. Su ropa sabe a sintético, no logro distinguir sus tejidos ni su pelaje cuando me dejan, por descuido, tocarlos. No sé qué tan grande es el lugar, pero siento vibraciones que abren una infinidad de pasillos y pacientes. No entiendo cómo sienten, cómo nos controlan. Escuché que otros de los nuestros hablaban de arrancarse el vello, de sacarse cada ápice de animalidad que recorría su piel. Siento que nos odian, pero su indiferencia es más fuerte.</p>



<p>Cada día mi cuerpo se retuerce. Cuando me sacan de mi cuarto solo siento el sabor de los hilos que componen la primera capa de sus cuerpos. Después, una luz amarilla, como el viejo y olvidado sol, se posa sobre mí y no consigo seguir atento. Me caliento, vuelvo a pensar, a moverme, a respirar, pero una especie de cuerpo helado y duro me retiene. Una mano de dos dedos por cada pata. Solo siento ese sabor a lo que llaman metal y espero a que terminen de succionar mi sangre. Pienso que se nutren de ella, aunque me inyecten tubos helados, sin calor alguno, ni lenguas ni bocas. No sé cómo se alimentan de nosotros, pero cada vez que me clavan sus probóscides de hierro me debilito más. Desde que me tienen aquí puedo pensar como ellos, acercarme a su forma de dialogar, pero no cuento con las herramientas para decirles lo que siento. Me exigen explicaciones, me preguntan acerca de mi colonia, de mi planeta, de nuestra biosfera. A cada respuesta equivocada una descarga reverbera en todas mis patas y luego en mis estómagos y corazones. Yo no sé qué es todo eso. O no lo sabía. Más tiempo me congelo y más me parece entenderlos. Al paso que llevan me terminarán volviendo humano.</p>



<p>Cinco me llaman. A eso le dicen nombres. A veces me parece distinguir las vibraciones que emiten sus cuerpos y que no son otra cosa que tocarse los unos a los otros desde lejos. Llaman hablar a su forma primitiva de emitir señales para poder deducir qué harán los otros de su especie. Algunos tienen frecuencias graves y otros agudas. Da igual, todos hablan el mismo lenguaje del dolor. Dicen que brillo a la luz, que mi cuerpo parece cobre mezclado con amatista. Sin embargo, no sé cómo sabe el cobre o la amatista. Nuestros cuerpos siempre tienen el mismo sabor, nunca creí que fuera lo que llaman piedra preciosa. Hoy examinaron mi “capacidad de entendimiento” y se dieron cuenta de que no poseo lo que se dice “vista”. No entiendo cómo tardaron tanto en darse cuenta. Parecen superiores, pero solo se diferencian por su fuerza bruta y sus extremidades heladas. Sin todos estos cuerpos inmensos no podrían retenerme aquí. Sin sus láminas que exterminan nuestras alas no tendrían ninguna posibilidad de sobrevivir.</p>



<p>Comienzan la cuenta atrás. Diez. Nueve. Alguien parece caerse al suelo. Ocho. Siete. Seis. Empiezo a escuchar algo que borbota. Cinco, mi nombre y quizás los últimos segundos de mi destino. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Un estruendo llena la sala. Toco el cuerpo gélido y se me llena la boca del gusto al metal. Las manos parecen haberme liberado. Ya no rompen la piel y el pelaje de mis patas. No siento la luz en la cara, pero mi cuerpo sigue suficientemente caliente como para dar unos pasos. Dulce y salado. Se parece al sabor de su cuerpo, pero esta vez se dispersa por todos lados y queda impregnado en mis extremidades. Acerco mi boca y succiono, siento el regodeo de todos los huevos que cargo. Sigo hacia la fuente de calor más cercana. Hallo un obstáculo moldeable, débil, sintético. Ellos. Esta vez siento el dulzor también en su capa exterior. ¿Será un buen sitio? Escucho algo. Decido depositarlos en lo que parece ser una apertura. Siento unas piezas duras, ancladas a algo cálido y blando. Dejo la mayor cantidad posible. Cien huevos listos para nacer en unas horas, la seguridad de que alguien va a seguir con nuestro legado. Siento cómo cada uno de los nuestros sale disparado de mí y halla su nuevo hogar. En un par de horas volveremos a defendernos, volveremos a ser cientos. Volverá a ser todo nuestro. El calor parece cada vez más lejano. Cada paso se hace más difícil. Extiendo las patas con la fuerza que me queda. Oscuridad. ¿Dónde quedó lo que ellos denominan sol? ¿Dónde está su insensible calor que alimenta cada uno de mis movimientos? ¿Por qué no puedo, como ellos, refugiarme en inmensos colosos fríos de mármol y seguir caminando?</p>



<p>Otro fuerte estruendo.</p>



<p>Despierto otra vez. Ahora puedo sentir algo cerca de mi boca, si se unen vibran. Puedo ver. Observo por primera vez cómo nacen todos los nuestros. Largos seres rompen sus contenedores y devoran rápidamente la pálida piel donde habían sido escondidos. Aunque no sepa explicarlo, siento que ahora sé describir lo que hacen. Salen por los ojos, devoran rápidamente toda la piel de lo que se dice cara y comienzan a brotarles todas las patas de los lados. Rápidamente comienza a crecer lo que ahora veo como un cuerpo de un color precioso. Primero uno, luego otro y así todos. No puedo entenderlos. No sé comunicarme con ellos. Lo intento, pero este cuerpo no me deja hacerlo. Puedo notar cada uno de mis pelos erizados y un líquido frío que me recorre. Escucho su recurrente voz. Transformación terminada. Me arrancan cada uno de los dedos de los pies. Poco a poco se alimentan de mí y siento el desgarro de la piel que se vuelve rico fruto lleno de futuro. El futuro de ellos. Me caigo. Otra vez el frío. Oscuro. Descanso sabiendo que ya no soy el otro.</p>



<p>2.</p>



<p>01100100 01101111 01101100 01101111 01110010</p>



<p>¿Qué concha hago acá? ¿Para qué mierda me trajeron si no sé hacer nada de lo que me piden? Desde que pasó, ya no me dejan en paz. Primero, mis viejos con su funeral cursi y aburrido. Las mismas viejas, siempre vestidas de negro. Los mismos chicos llegando para poder comer algo y no cagarse de hambre en las calles. Mi papá con un lagrimón falso en toda la mejilla. Se podría haber ocupado antes en vez de vernos una vez por semana. Mi otro papá gemía con algo más de sinceridad, se nota cuando alguien te veía todos los días, respiraba de tu misma bombona de aire, compartía tu misma comida congelada y ultraprocesada. Si Víctor me hubiese cuidado algo más capaz que no acababa acá. Si los dos se hubiesen cuidado no me habrían engendrado.</p>



<p>…</p>



<p>Odio estar rodeado de mis compañeros brutos y rápidos. Navegan con una destreza y una facilidad por los códigos que da envidia, parece que siempre estuvieron acá y que nunca tuvieron que vivir afuera. Al principio es raro. Tenés que aprender que no necesitás comer, que no tenés cuerpo, que solo ves números y letras que suponés que forman lo que antes mirabas en una compu. Te instruyen desde el primer día en todo eso, aunque, en realidad, ya venís así de fábrica. Nativos digitales o algo así nos dicen.</p>



<p>El laburo es demasiado tedioso. Todos los días, a todas horas, tenemos que crear los mismos comentarios inútiles sobre las mismas campañas del orto. Algunos tenemos la suerte de conseguir crearnos un pequeño blog personal en una serie de proxys y páginas encriptadas para que no nos puedan rastrear tan fácil, pero a la mayoría nos tienen prohibido comunicarnos con otros o simplemente hablar con nosotros mismos. Es raro porque ya no tenés una voz en la cabeza. Ahora es una voz en los números que componen tu nombre. A mí me asignaron 01100100 01101111 01101100 01101111 01110010, que sería una mala traducción de mi dead name. No podés sentir nada más allá de lo que puedas pensar. Todo pasa muy rápido y tampoco nos permiten mirar el resultado de todos nuestros posts. Somos pequeños cultores de textos rápidos, falsos y llamativos. Nada como un pibe para escribir lo que van a leer otros de nuestra edad.</p>



<p>Hace poco nos contaron que llenamos el 80 por ciento del espacio de la red, que cada vez somos más y que nuestra labor está funcionando. Cada vez que terminamos nuestras tareas nos permiten alimentar a nuestras mascotas virtuales. Mi amigo es un bug que se generó de un gif que estaba haciendo sobre un tal Milei surgiendo de un rito. Ahora le decimos M1M1 y estamos intentando que crezca su código. Lamentablemente, uso casi todas mis fuerzas para mantener vivas mis pestañas adicionales y poder seguir escribiendo para reivindicar que no se respetó mi testamento. Una sola cosa dejé expresa, no vendan mi código, lo que antes se llamaba cerebro, conciencia o como le quieran decir en su tiempo, a Scorp. Mil veces lo hablé con mis papis. Mil veces les repetí que no quería seguir acá. Siempre lo mismo, <em>ya cuando seas grande te vas a poder preocupar de esas cosas, todavía te queda mucha vida por delante, no te preocupés, gordi.</em> Lástima que todo eso no haya sido verdad y ahora esté condenado a seguir acá.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="783" height="783" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2.jpg" alt="" class="wp-image-4351" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2.jpg 783w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/foto-Mati-Lab-2-768x768.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 783px) 100vw, 783px" /></figure>
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<p><strong>Matías Mondo</strong> (Haedo, 2001) es graduadx en filología hispánica por la Universidad de Salamanca y cuenta con un máster en literatura española e hispanoamericana contemporánea por la misma. Con un gran gusto por la literatura no mimética, tanto en su labor de investigadorx como en su trabajo creativo se propone explorar las posibilidades que albergan esos mundos otros desde una reflexión crítica.</p>
</div>
</div>



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<p></p>
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		<title>«Hocico de tenca» por Lina Abarca</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/01/19/hocico-de-tenca-por-lina-abarca/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Jan 2026 18:19:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 54 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1735 palabras &#124; Chile &#124; Glenda vive con una fobia inconfesable y persistente, el terror a sus propios órganos internos. Convencida de que esas masas involuntarias le fueron impuestas al nacer, desarrolla rituales, fantasías y estrategias corporales para intentar deshacerse de ellas, en especial del útero. Entre encuentros cotidianos con vecinas, registros clínicos y monólogos obsesivos, el relato traza una cartografía íntima del cuerpo como territorio hostil. Hocico de tenca explora, con humor oscuro y crudeza poética, la ansiedad, la medicalización y el deseo de autonomía corporal, llevando al extremo la pregunta por los límites entre lo biológico, lo identitario y lo imaginable.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-e6755da1b6858ad2f66edc2040ee5a89">Glenda vive con una fobia inconfesable y persistente, el terror a sus propios órganos internos. Convencida de que esas masas involuntarias le fueron impuestas al nacer, desarrolla rituales, fantasías y estrategias corporales para intentar deshacerse de ellas, en especial del útero. Entre encuentros cotidianos con vecinas, registros clínicos y monólogos obsesivos, el relato traza una cartografía íntima del cuerpo como territorio hostil. <em>Hocico de tenca</em> explora, con humor oscuro y crudeza poética, la ansiedad, la medicalización y el deseo de autonomía corporal, llevando al extremo la pregunta por los límites entre lo biológico, lo identitario y lo imaginable.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 54 | Narrativa | Terror | 1735 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-a7cd812bb5dec8ebb4995ec524560017" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">HOCICO DE TENCA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">LINA ABARCA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Mi nombre es Glenda y he desarrollado lo que he denominado fobia a mis órganos internos. Me da igual que en los manuales de calificación diagnóstica, cuestionarios, exámenes, elementos de autorreporte, evaluaciones psicológicas o psiquiátricas, esa nomenclatura no exista. Para mí existe y lo vivo a diario.</p>



<p>Hace pocos días me encontré con mi vecina Candela, del 809, en el ascensor. El poco espacio permitido en esa construcción de 2 x 2 obliga a intercambiar alguna palabra, por más insignificante que sea. Me confesó que fue al médico la semana pasada y que un riñón está fallando, que está funcionando solo la mitad del tiempo y que eso la mantiene preocupada la mayor parte de la semana porque, en el mejor de los casos, debe operarse y costear doce millones de pesos o, en su defecto, pierde para siempre un riñón. Pobre Candela, me dio tristeza. ¿Qué voy a hacer sin un riñón, Glenda?, me dijo. No pude decirle que yo, en su lugar, estaría feliz y que me parece adecuado comenzar a perder de una vez por todas los órganos que nadie firmó un consentimiento para tener y que, solo por el hecho de nacer, nos imputaron.</p>



<p>Yo creo que tengo un diagnóstico más bien anómalo, todavía inexplorado o que está en proceso de estudio, quizás. Mi diagnóstico es fobia a los órganos internos y eso implica que dentro de mí habitan porciones de masas encapsuladas unas al lado de las otras que dicen cumplir alguna función para mantenerme viva. Una de esas masas, presuntamente, elimina los desperdicios de la sangre y del exceso de agua transformándola en orina, otra de esas masas digiere los alimentos y los encapsula, otra se encarga, presuntamente, de trasladar el aire y expulsarlo hacia afuera, otra al parecer me colabora para bombear sangre y cuanta cosa se ha inventado la medicina. La ciencia dice que tenemos aproximadamente 78 órganos dentro de nuestros cuerpos. Setenta y ocho. Demasiado. ¿Es acaso mucho pedir reducir esa cifra?</p>



<p>No logro reconocerlos, no logro quererlos dentro de mí y tengo fe de que tampoco los necesito a todos. Son los habitantes no deseados de un país, las visitas no esperadas de un hotel, la lluvia que no sabemos que se avecina. Las palabras páncreas, hígado, vejiga, intestinos y riñón me son impronunciables, he hecho un esfuerzo mayor para escribirlas en este momento. Ni hablar del útero. ¿Acaso a nadie más le pasa algo similar? Sé que sí y que somos muchas quienes estamos en la continua espera de que validen nuestro pesar.</p>



<p>Los órganos internos son horripilantes. Esos movimientos que ocurren de forma completamente involuntaria a lo largo del día son horripilantes. Esos sonidos de ultratumba que pugnan por disolver un bocado a media tarde son nauseabundos. Y esa contracción de bajo vientre que ocurre una vez al mes es completamente terrorífica y atemorizante. En realidad, me imagino un mundo en donde no tenga que habitarlos. ¿Cómo hacer? ¿Dónde acudir? ¿Podrán los humanos algún día prescindir de estos y, aun así, seguir con vida?</p>



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<p>Paciente Glenda Inóspita. 32 años. Soltera. Domiciliada en calle Las Azucenas #325, comuna de Antiqueo. Vive sola, cuenta con limitada red de apoyo. Llega puntual a la hora de citación médica, ubicada temporoespacialmente. Viste con ropa acorde a las condiciones climáticas del día, mantiene la mirada fija, adecuado contacto visual, conectada con el entorno. Conciencia normal, lúcida. Atención conservada.</p>



<p>Su contacto verbal es fluido, mantiene la voz en un tono adecuado a la distancia del interlocutor, narra de forma espontánea, aunque por momentos se ve temblorosa, dramática y vacilante. Tartamudea a veces. De actitud se muestra colaboradora con la sesión, con confianza en sí misma, por momentos seductora, histriónica, alucinatoria, crítica y evasiva.</p>



<p>Ingresó el día de hoy. La trajo un par de vecinas que prefirieron no individualizarse. Queda, por tanto, como paciente con red no identificada para su alta futura.</p>



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<p>Continuamente he intentado quitármelos. Mis intentos van desde acudir periódicamente a un médico familiar para esperar que me detecten algo anómalo que haya que extirpar, realizar exámenes de sangre y rezar porque exista algún órgano en descomposición aparente. Hace un tiempo mis intentos se han focalizado en realizar movimientos con el cuerpo que resulten lo suficientemente bruscos e inesperados para romper algo dentro. Así, he intentado defecar boca abajo, orinar moviendo la pelvis de un lado a otro, saltar y luego reducirme como escarabajo, acumular fuerza centrípeta a la altura del coxis, entre otras. Solo he llegado a romper unos músculos pequeños y profundos cuya acción principal es la rotación de la cadera a nivel de la articulación coxofemoral. Pero mi objetivo era el útero.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p>Organizamos el baby shower de Nilda. Estaba todo listo para ese día. Compramos entre todas las vecinas la torta, el cotillón de bebé, las guirnaldas, los globitos, las serpentinas, todo, todo. Se veía bonita la sala de eventos del edificio. Quisimos invitar a todas las vecinas, incluso a Glenda, para que disfrute un rato, que salga de su departamento, que al menos nos conozca y que sepa lo que es estar en comunidad. Si, al final, todas podemos sentirnos un poco solas. La misma Nilda, por ejemplo, dice que tiene terror de quedar sola, flácida y aburrida después del parto. Todas podemos lidiar con la soledad, cada loca con su tema, al final.</p>



<p>Invitamos a la Glenda y vino. Qué bueno, pensé yo, porque la pobre nunca sale. Nunca, en todos los años que la conocemos, hemos visto a alguien ingresar a su departamento. Parece que no comparte con nadie. Bueno, la cosa es que vino y compartió aquí.</p>



<p>Una de las vecinas se sentó a su lado. Glenda le comentó que tenía un diagnóstico todavía en estudio que se llamaba fobia a sus órganos internos. Nosotras quedamos impávidas, la verdad, porque no sabíamos que la medicina estaba estudiando esos temas. Interesante, la verdad, pensamos al principio. Pero después, cuando empezó a decir que no quería que la llamaran Glenda por su parecido a la palabra glande, nos preocupamos. Dijo que el glande le aborrece y que si alguien se equivoca con su nombre, algún despistado, podría llegar a decirle de esta manera, Glande. Entonces pensamos que, a lo mejor, algo… algo no andaba bien en su cabeza, no sé, como en su cerebro… yo no sé mucho de esas cosas.</p>



<p>Nunca se sintió avergonzada, sino que más bien fundamentó juiciosamente que se quiere extirpar el útero a como dé lugar. Saltó del glande al útero. Yo no sé cómo. También la vejiga, dijo que quería… que quería sacársela. Algo así. Que hacía movimientos cervicales bruscos e inesperados, que soportaba la orina por horas e intenta de forma inquebrantable lograr estropear algo por dentro, lo que fuera, la vejiga, el hocico de tenca. Habló bastante del hocico de tenca.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p>Hoy amanecí invertida. No recuerdo muy bien en qué momento de la madrugada me volteé para ponerme en esta posición, pero simular a un murciélago me hace sentir libre, despierta, vivaz. Esta posición tiene solo un problema. La acumulación de sangre en la cabeza, al rato, comienza a doler. Se inflaman las venas. No sé si realmente es así, pero así se siente. Si la vena aorta estuviera en la cabeza, de seguro se sentiría así. Bombea, tum, tum, tum, como un golpecito cada tres segundos. Una vez leí que la acumulación de sangre en la cabeza tiene efectos endocrinológicos. No lo pongo en duda en esta época de posverdad, todo puede ser posible, cómo no. Digamos que la acumulación de la sangre en la cabeza ordena de alguna manera las hormonas y permite una mayor circulación de sangre en todo el cuerpo, en la totalidad del cuerpo. Quizás, producto de esta circulación, pueda lograr, por medio de la invertida matutina, que los órganos vayan derritiéndose uno a uno, cayendo encima de otros, con el torrente sanguíneo, que fluyan como un squirt.</p>



<p>No es fácil. La posición invertida es un ejercicio aeróbico, una habilidad de gimnasia en sí misma, que consiste en poner el cuerpo verticalmente con los pies hacia arriba, apoyando las manos en el suelo. Esta es, sin duda, la postura gimnástica más importante, a la que se debe dedicar una metódica y detallada atención para lograr la debida alineación corporal postural.</p>



<p>Para realizar este equilibrio invertido de brazos se debe partir de pie. A continuación se apoyan las manos en el suelo, paralelas una con respecto a otra y perpendiculares al resto del cuerpo, sin que una mano esté más avanzada o retrasada que la otra. Una vez colocado este apoyo se debe dar un impulso con una de las piernas y luego avanzar la otra verticalmente, de manera que las dos piernas queden paralelas entre sí y totalmente estiradas en posición vertical. De esta manera se consigue el equilibrio en posición invertida. La mirada debe mantenerse fija hacia las manos y los músculos abdominales contraídos. Un arte.</p>



<p>Somos humanas, pero no somos humanas al cien por ciento. Puedo llegar a esa elasticidad, la puedo sentir, yo lo sé. Como un guepardo, que tiene su columna vertebral extremadamente flexible, lo que le permite realizar giros, saltos y cambios de dirección con total brusquedad. Me pregunto, ¿cómo hace el guepardo para sujetar sus órganos dentro de sí mismo cuando está corriendo hacia una hiena en pleno acto de supervivencia alimenticia? Somos humanas, pero no somos humanas al cien por ciento. Quiero creer que puedo ser ese guepardo. Al menos despertar un día sin esos órganos horripilantes instalados unos al lado de otros dentro de mí.</p>



<p>El tapir también es un ejemplo que me da esperanza. Tiene una trompa flexible que utiliza para agarrar hojas y frutas y puede alcanzar pequeños brotes para comer. Nuestro cuerpo es un ecosistema, la mitad de nuestras células son células microbianas, bacterias claves para nuestro sistema. Puedo adiestrarlas para lograr flexibilidad y reorganizar cada órgano en un lugar. Puedo adiestrar lo microbiano y degradar los microorganismos internos hasta el punto de hacer desaparecer estos órganos horripilantes. Puedo quedarme solo con el intestino grueso, pero no el delgado. Este último me parece de una delicadeza importante que no puedo sostener. Puedo quedarme con el cerebro, pero solo quisiera elegir un lóbulo. Me han forzado a cargar con esta caja pensadora toda la vida. Me han forzado a tener estas masas una encima de la otra.</p>



<p>Algún día la especie podrá. Algún día sucederá.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="960" height="960" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM.jpg" alt="" class="wp-image-4347" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM.jpg 960w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/WhatsApp-Image-2025-12-19-at-11.18.41-AM-768x768.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Lina Abarca</strong> es sicóloga e investigadora de cruces entre género, justicia y digitalidad.<br>Apasionada por la literatura escrita por mujeres, el teatro y la ficción especulativa.</p>
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<p></p>
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		<title>«Donde rompen las olas» por Isidora Sagredo Concha</title>
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		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Jan 2026 14:08:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de horror]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción especulativa]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 53 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 4558 palabras &#124; Chile &#124; En un pueblo costero dominado por la superstición y la violencia, Liliana vive atrapada en un matrimonio forzado con Valentín, un brujo viejo que reclama su cuerpo como instrumento para engendrar un heredero. Mientras el presente la somete a abuso y encierro, ella se refugia en el recuerdo de un amor juvenil junto a Ricardo, su primo y primer amante, ligado al mar y a una libertad perdida. Entre mareas, sangre y memoria, Liliana concibe un acto extremo para quebrar el dominio de su esposo.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-ed5fc2967b2c1ecd59f949a3210b3bbe">En un pueblo costero dominado por la superstición y la violencia, Liliana vive atrapada en un matrimonio forzado con Valentín, un brujo viejo que reclama su cuerpo como instrumento para engendrar un heredero. Mientras el presente la somete a abuso y encierro, ella se refugia en el recuerdo de un amor juvenil junto a Ricardo, su primo y primer amante, ligado al mar y a una libertad perdida. Entre mareas, sangre y memoria, Liliana concibe un acto extremo para quebrar el dominio de su esposo.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 53 | Narrativa | Terror | 4558 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-f64b37244f715ec9b376bb23798acddc" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">DONDE ROMPEN LAS OLAS</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">ISIDORA SAGREDO CONCHA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h3 class="wp-block-heading has-text-align-left">Bajamar</h3>



<p>El fogón chispeaba, sutil y pacientemente, haciendo apenas ruido, mientras Liliana colocaba la pequeña tetera sobre la rejilla que restringía el paso de las llamas. A la aún naciente luz del sol matutino, sus jóvenes facciones brillaban con una grisácea incandescencia, pues la niebla marina filtraba los rayos como un telón corrido. La manta color naranja, tejida tantos años antes para su madre, reposaba ahora sobre sus hombros, cubriendo su débil y delgado torso con los jirones que aún no se habían deshilachado y, asimismo, creando un interesante contraste con la palidez de su rostro y el cansancio de su semblante que, sin embargo, era complementado por lo raído que se encontraba el tejido. El hervor que tenía enfrente representaba su única fuente de calor durante las frías mañanas costeras y su única fuente de ocio y distracción en aquellos momentos. Observando las llamas danzar, horas y horas podrían habérsele pasado por encima, de no ser por la gutural alarma anunciante de que su amado esposo estaba cerca.</p>



<p>¿Era hacía ya tres años que una grácil y alegre quinceañera encumbraba volantines con sus primos a orillas del mar, de aquel mar que por entonces significaba paz y vacación, ahora su posible destrucción en manos de feroces olas, hambrientas de una vida que apaciguase su ira? ¿Es que se habían acabado los empujones amistosos, el contar las estrellas por la noche, la inocente tranquilidad obtenida en brazos de su adorado primo? Fue esa misma tarde que le dijo que la quería, que, de poder casarse con ella, lo haría y que deseaba que nunca se apartase de su lado. ¿Era acaso el estar lejos de él lo que más le dolía? Ciertamente que no, pero su recuerdo cargaba consigo una sensación de bienestar que nunca después había recuperado. La felicidad marital, tan prometida y añorada, que le había sido arrebatada tan violentamente de su seno.</p>



<p>Aquella mañana se habían levantado temprano para aprovechar el pálido sol de verano sureño. Habían llegado a casa de una anciana tía la noche anterior, tras un viaje de cinco horas en automóvil, con la esperanza de reposar del tedio escolar y laboral a que se veían sometidos durante el año. A pesar de ello, la energía a los jóvenes les sobraba con creces y, en cuanto hubieron terminado de desayunar, volantines en mano, se apresuraron a la costa. Adelantados algunos, otros tomados de las manos, el grupo de cinco, dos pequeños, tres al filo de la adultez, se aventaron casi en dirección al océano.</p>



<p>Una fría brisa, que removía constantemente los faldones y los cabellos de las muchachas, soplaba idónea para hacer flamear sus volantines y, mientras dejaba que sus dedos, por cuenta propia, desenredaran los hilos apelotonados contra el papel, Liliana dedicó su atención a contemplar la vista del húmedo y nebuloso horizonte. La playa, en días como aquel, parecía algo traído de otro mundo, inefable, etéreo. Si bien no comprendía del todo la calidez maternal de un sol deslumbrante, que, de todas formas, Liliana bien sabía apreciar a su manera, era en días así que sentía poder cerrar los ojos y vivir el sueño en el agitado romper de las olas, en el contraste entre el grisáceo moribundo del cielo y la desgraciada lividez del mar, con el aroma a vida que de sus profundidades emanaba, con su abrazo de amor eterno y violento que jamás cesaba de gruñir.</p>



<p>Ricardo, su primo por dos años mayor, la observaba. Observaba su cabello despeinado y desvaído, adherido a la piel de sus mejillas por efecto de la suave ventisca. Veía sus largos y delgados dedos perderse en la inercia de su tarea y sus ojos avellanados en la inmensidad de su existencia, y creía, además, ser capaz de apreciar cómo su propia aura, su entorno inmediato, crecía bajo esta misma vastedad y era, a la vez, devorado en un vórtice de luz interna, como la de un astro que consume su núcleo para mantenerse con vida.</p>



<p>Un astro. Los astros en el centro de su blanquecino universo estaban, pues, ahora posados en él.</p>



<p>—¿Ocurre algo?— le preguntó la muchacha, con el brillo de sus inocentes ojos tan firmemente clavados sobre él que sentía ser escrutado desde lo más profundo.</p>



<p>Ricardo encogió la cabeza de sopetón, ruborizado y visiblemente avergonzado de haber sido descubierto, mas pronto se dio cuenta de que Liliana no parecía haberlo notado, pues seguía mirándole en espera de una respuesta. Habiéndole tranquilizado su cándida ternura, le dijo entre dientes y risas nerviosas.</p>



<p>—Nada muy importante, tan solo se me ocurrió que podrías ayudarle un poco a Francisco. Parece que está teniendo algunos problemas y te veo diestra en esto, pero eso, claro, si no te molesta.</p>



<p>La muchacha inmediatamente contestó con una amplia sonrisa.</p>



<p>—Claro que no— le asintió—. Deja, termino con esto y le ayudo.</p>



<p>Rauda como la brisa misma, que ataba y desataba sus cabellos, así acabó ella de desatar los nudos del cordel de su volantín y se apresuró a ayudar al pequeño Francisco con el suyo. Viéndola ahí, con su hermano menor, actuando tan dulce, serena y espontánea, pensó Ricardo que Liliana sería una excelente madre.</p>



<p>Las miradas entre ambos muchachos iban y venían. Él no lograba dejar de pensar en sus ojos reflexivos y risueños, que tanto habría deseado mantener consigo por cuanto el tiempo les regalase de vida. Entretanto, ella, bajo la cobija de abrigo frío del mar y la calidez de las atenciones de su primo, sentía una calma infinita en su pecho. Deseaba poder cerrar los ojos y que, al abrirlos, viese perpetuado aquel momento.</p>



<p>Su semblante ardía como el hielo. Aunque no pudiese verlo bajo la máscara de grasa y vellos, podía sentir cómo quemaba cada fibra de su cuerpo. Valentín se acercó a Liliana sin dejar de prestar extrema atención a sus movimientos, aparentemente listo para reprochar cualquier paso en falso. La chica, intimidada por la mirada de su marido, tendía a cometer imprudencias al realizar los quehaceres hogareños cuando se encontraba a sí misma siendo observada por él, lo que ocurría a menudo si este estaba en casa.</p>



<p>En el momento en que la muchacha se puso de pie, su marido se sentó a la mesa. Evadiendo encontrar su mirada, tomó la teterita y comenzó a caminar, cabeza gacha y paso cansino, hacia la figura que, fija al extremo más lejano de la diminuta mesa de madera, la esperaba. Ya a su lado, aún sin mirarle, dirigió la boquilla al roñoso tazón de loza vacío y vertió el agua con pulso controlado. Repitió el acto para regresarla a su lugar sobre el fogón, consciente de que cada movimiento suyo estaba siendo cuidadosamente estudiado, donde quiera que se encontrase, por ojos de águila.</p>



<p>Al volver junto a él, estando aún de pie y con la mirada desviada hacia un lado, Valentín, impasible, le preguntó.</p>



<p>—¿Y tú, no piensas sentarte a desayunar?</p>



<p>Liliana sonrió a modo de conciliación, para así asegurarle que se sentía tranquila y desentendida, pues una de las primeras cosas que había aprendido a manejar al estar cerca de él era ocultar el temor que sus gestos y su rasposo vozarrón le causaban y hacer lo posible por mantener una apariencia de impavidez y calma. Sabía que, de dejar que la mínima mueca se le escapase, en él se despertaría la duda, la interrogaría ferozmente y, muy posiblemente, acabaría golpeándola.</p>



<p>—Desayuné antes de que usted viniese, pero muchas gracias— contestó Liliana. El tono de su voz era dulce y suave.</p>



<p>Valentín asintió y, con un gesto, le indicó que se retirase. Ni por un segundo a la muchacha se le hubiese pasado por la cabeza sentarse a la mesa a compartir el café de la mañana con él. Comprendía ya, sin explicárselo quizás con palabras, que no era más que un gesto que realizaba con intención de reafirmar su autoridad, de hacerle sentir que de algún modo tenía una elección que en realidad le había sido usurpada.</p>



<p>Luego de dos años y medio, conocía ya muy bien su rutina y dejaba que la inercia guiara sus acciones. Su vida era un continuo rebobinar de las mismas maniobras cada día y parecía que su único propósito era perpetuar estas labores hasta su muerte. Como objetivo no tenía más que servirle de apoyo a un hombre viejo que había tomado a la hija de una sobrina lejana como esposa con tal de contar con una mano que cumpliera con el trabajo doméstico que él ya estaba cansado de realizar. Y cuando las visitas venían, ella, la del rostro bonito y la joven sonrisa, era la encargada de recibirlas. Y vaya que venían. ¿Qué diablos buscaría alguien de Valentín? Liliana no estaba segura, pero parecía ser a quien todos acudían cuando algún problema ocurría en los pueblos de la Luz de Luna. Nunca había podido averiguar mucho, pues debía ocultarse en su habitación luego de dar la bienvenida y servir al invitado y las pocas primeras veces que Valentín la había sorprendido intentando inmiscuirse en una conversación, la golpiza le había caído inmisericorde.</p>



<p>Liliana cogió el carrito de las compras y se dirigió a la puerta de salida para ir al mercado como cada lunes por la mañana. Se montó su abrigo, colgado junto a la puerta, sobre la manta y se dispuso a cruzar el umbral.</p>



<p>—Oye— escuchó detrás de ella. El tono de su voz tenía un dejo de absoluta severidad—. Te quiero aquí a las cinco de la tarde. Hay un asunto del que nos tenemos que ocupar cuanto antes.</p>



<p>La muchacha volteó la cabeza, rogando por que el temblor de sus extremidades no fuese evidente.</p>



<p>—Vale. Comprendo— le contestó, con la más amplia sonrisa que fue capaz de esbozar.</p>



<p>Liliana tenía miedo. ¿Habría hecho algo mal? Intentó descartar la idea, pues Valentín no solía esperar para castigarla, a menos que alguien se encontrara presente. ¿Se trataría de asuntos domésticos? ¿Por qué ser tan solemne para hablar de cotidianeidades? Además, bien sabía Valentín que Liliana no salía si no era para saldar trámites muy específicos de los que él tenía plena consciencia y que, por lo general, a las tres de la tarde ya estaba en casa para continuar sus quehaceres. Casi lo sentía como una amenaza.</p>



<p>Mientras caminaba a paso ligero, contemplaba el paisaje que tenía enfrente. ¿Lo contemplaba realmente? Más bien posaba sus ojos con un dejo de nostalgia sin preocuparse demasiado. Los pensamientos sobre los hechos que rodeaban a cada uno de los escenarios se le paseaban por la mente como ideas superfluas que no merecían la pena, pues ya en momentos de extremo ocio, encerrada en su cuarto, les había prestado tanta reflexión que su cabeza dolía de tan solo recordar cada uno. Vio los roqueríos al fondo, en el último cuadro del paisaje costero, casi ya mar abierto, donde, cada año, decenas de barcos eran atrapados por la feroz corriente invernal en una desventurada carrera hacia la muerte y el desamparo. Vio los islotes cercanos a la costa como siluetas en la niebla y el continente, donde sus jóvenes pies dejaban su huella cansina, en su centro y campo magnético. Vio, ya suficientemente a lo lejos, la casa de su marido, su claustro, su horno enteramente ensuciado de hollín. Dedicó solo un segundo más de su atención al humilde tejado, a esa aurora que a la luz del día no se dejaba apreciar ante ojos ordinarios, y los ojos de ella, según Valentín siempre le decía, eran ordinarios. Aun de noche, decía el viejo brujo, lo que la gente veía era solo una ilusión de la magia que rodeaba al pueblo entero.</p>



<p>Apresuró el paso hacia el mercado, aún con los nervios a flor de piel, intentando convencerse de que no había hecho nada malo y que de seguro se trataba de un asunto cotidiano de suma importancia. Sus ojos volaban buscando todo lo que debía comprar, encontrando cierta distracción en los cientos de aromas y colores que tenía a su alrededor. La gente, ya acostumbrada a verla cada lunes por la mañana, la saludaba al pasar.</p>



<p>—Buenos días, señora Liliana— le decían unos por aquí y otros por allá.</p>



<p>—Buenos días— respondía ella cortésmente, sonriente, asintiendo con la cabeza cada vez que cruzaba la mirada con quien fuera que le estuviese dirigiendo la palabra.</p>



<p>Ya sabía lo que quería. Sus manos volaban seguras por entre las frutas, las verduras y el pescado, pues era lo mismo cada semana. Una sierra para Valentín, que tanto le gustaba, y el salmón ocasional para invitados especiales, pues el último lo habían consumido la semana pasada.</p>



<p>Las voces de los feriantes iban y venían, le buscaban conversación y ella, diligente, les respondía.</p>



<p>—¿Qué le doy, señora Liliana?</p>



<p>—Una bolsita de romero y dos de manzanilla.</p>



<p>La señora hizo un gesto para indicarle que se las daba enseguida.</p>



<p>—Oiga, si no le molesta que se lo pregunte— le dijo en voz baja—, ¿no han pensado en tener hijos con don Valentín?</p>



<p>Liliana no se sobresaltó. Era una pregunta usual.</p>



<p>—De momento no, Rebeca, pero serás la primera en saber si es así— le contestó Liliana, riendo, con su mejor intento de mantener el buen humor frente a un tema que le incomodaba.</p>



<p>Rebeca rio con ella y luego le dijo en tono confidencial.</p>



<p>—Porque sabe, señora, acá todos se preguntan cuándo es que don Valentín se va a preocupar de dejar a un heredero. El pobre ya está bien viejo, ¿o no?</p>



<p>Liliana le sonrió y simplemente asintió con la cabeza. Tomó su compra y se fue y, al marcharse, sintió los ojos de Rebeca mirarla con tristeza.</p>



<p>Contra su costumbre de ya más de un año, Liliana empezó a darle vueltas al asunto que Rebeca le había planteado. ¿Por qué todos esperarían que Valentín tuviese un hijo? Que ella supiera, ni siquiera era demasiado rico como para heredar su oxidada finca. Su poder parecía venir de algo más que el dinero, era intangible. Y, de algún modo, ella lo sabía, estaba en sus ojos, en sus manos. En esas manos diminutas y llenas de vello, que casi parecían muñones, como él en sí, pero que vaya que sabía utilizar cuando decidía desquitarse con ella. ¿Sería eso de lo que querría hablar? Si parecía tan urgente y la gente ya andaba contando cuentos. Muy probablemente habrían llegado ya a sus oídos de brujo.</p>



<p>Liliana cruzó el umbral de la puerta con cierta inquietud. Esperaba que fuese cualquier otra cosa, por su propio bien.</p>



<p>—Qué temprano llega mi querida esposa— le dijo Valentín con una amplia sonrisa al verla entrar—. Tenemos que hablar.</p>



<p>Su sonrisa se esfumó en un segundo.</p>



<p>—Necesito un heredero.</p>



<p>El corazón de Liliana se detuvo.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Pleamar</strong></h3>



<p>Tanteando levemente su rostro lastimado con la yema de sus dedos, Liliana sintió un profundo ardor e hizo su mayor esfuerzo por contener las lágrimas que amenazaban con caer por su semblante marchito. Valentín la había golpeado con esa mano pesada suya y la había encerrado, privada de comida y agua, con nada más que su catre y una cubeta que hacía las veces de urinario. En momentos como aquel, hasta una risita se le escapaba, porque ni siquiera es que tuviese demasiadas opciones la mayor parte del tiempo. Apenas salía a cuidar el jardín, único, decía Valentín, privilegio que su esposo le concedía, pues el viejo bien podría hacerlo él solo, y aún mejor que la muchacha, según siempre le reprochaba.</p>



<p>—Si ni siquiera sirves para cuidar las plantas. ¿Sabes distinguir cuál es cuál?— la había increpado el día anterior—. Me perteneces. Tu útero es mío, su deber es darme un hijo varón.</p>



<p>Aunque bien sabía que aquel plural junto a “hablar” nunca había significado que ella tuviese palabra alguna en dicha conversación, casi como parte de un acto reflejo se había atrevido a preguntarle por qué, que qué tenía él para heredar, y se maldijo al momento de hacerlo.</p>



<p>—Cómo te atreves, tú, niña mimada, malcriada…— gritaba mientras la abofeteaba y luego la azotaba con la vara de la estufa—. Tu útero es mío. Para lo único que sirves— le había repetido una y otra vez.</p>



<p>Y ahora, acurrucada en su manta, a la helada de una nueva mañana, cálidas lágrimas escapaban de sus ojos y corrían por sus lívidas mejillas. Tenía una cierta noción de cómo se vería su rostro y pensó que Ricardo jamás la habría tratado así. Era lo que pensaba cada vez que Valentín abusaba de ella.</p>



<p>—¡Lilí!— la llamaba—. ¡Lilí!, ¿dónde estás? ¡Vamos a ver al tío Valentín!</p>



<p>Liliana saltó a sus hombros desde atrás, intentando asustarlo, y él, riendo, la sostuvo sobre su espalda. Dedicándole un tierno beso en los labios, le repitió lo que le había dicho la noche anterior.</p>



<p>—Te quiero, Lilí.</p>



<p>Y la mantuvo entre sus brazos por lo que para ella podría haber sido la eternidad misma.</p>



<p>—Vámonos antes de que nos pillen.</p>



<p>El tío Valentín era viejo y feo. La última vez que lo había visto tendría cerca de cinco años y no había cambiado en lo más mínimo.</p>



<p>—¡Qué grandes y macizos están estos niños!— exclamó al verlos—. Mira a este muchacho, listo para el trabajo. Y a esta niña— hizo una pausa— ya en edad de merecer.</p>



<p>Cuatro meses más tarde habría llegado una misiva desde la Luz de Luna solicitando la mano de Liliana en matrimonio por una cuantiosa suma de dinero. La muchacha había sido enviada sin mucho más que decir, sin ceremonia, sin flores, sin velo. Solo la manta de su madre y los recuerdos de sus encuentros furtivos con Ricardo durante los últimos meses desde su regreso de las vacaciones.</p>



<p>—Pronto anunciaré nuestra boda— le solía decir.</p>



<p>Ella se acurrucaba en su pecho desnudo y dejaba que los sueños sobre una vida juntos volaran como gaviotas por su mente.</p>



<p>Valentín nunca la había tocado más que para agredirla y, hasta aquel momento, no había demostrado interés en hacerlo, gesto por el que ella se sentía sumamente agradecida. No quería siquiera soñar con que alguien borrase el recuerdo de Ricardo de sus labios y de su tierna piel. Ella solo concebía el acto carnal como un acto de amor, pues así lo había vivido, y no sentía el mínimo cariño por Valentín.</p>



<p>Se acostó en el catre intentando volver a conciliar el sueño. Entrelazó sus frías manos alrededor de la manta en un intento por calentarlas y se ensimismó en sus recuerdos sobre su hogar y sobre Ricardo. Rememoró la emoción que sentía al tacto de sus manos grandes y firmes y, sin embargo, delicadas y tiernas con su inexperta piel, como el pincel de un pintor sobre el lienzo desnudo. Exploraron el amor juntos, se encontraron convirtiéndose en el refugio del otro. Liliana muchas veces sopesó la posibilidad del embarazo, hecho que nunca llegó a ocurrir, mas un hijo de Ricardo habría sido lo más maravilloso que pudiese haberle sucedido a su joven vida, siendo el fruto de ese bello amor primero.</p>



<p>Mientras se quedaba dormida, casi creyó volver a sentir aquella mano sobre sus pechos, bajando por su cintura. Se permitió volver a imaginar cómo habría sido un niño suyo y de Ricardo, con los ojos soñadores de ella y la sonrisa seductora de él. Despertando dos horas más tarde y sobresaltándose casi al darse cuenta de dónde estaba, esperó, por un momento, que aquel fuese el sueño y lo otro la realidad.</p>



<p>Sintió pasos de gigante acercarse y descorrer las cerraduras de la puerta de la habitación. Al ver el pomo girar desde afuera, un escalofrío recorrió su cuerpo, deseando que no se tratase de lo que ella pensaba.</p>



<p>Valentín entró con paso firme.</p>



<p>—Vas a cumplir con tu labor de esposa así sea por las buenas o por las malas.</p>



<p>Liliana se encogió sobre el catre, tratando de alejarse lo máximo que su cuerpo le permitía de Valentín, quien se acercó rápidamente y sometió sus lánguidas extremidades sobre el colchón raído. Lilí forcejeó, hizo lo posible por liberarse, mas todo fue en vano, pues aquel hombre enano era mucho más fuerte que ella. En pocos minutos quedó suspendida entre los resortes del colchón, con la esperanza de que todo acabase pronto. Al ver la rasgadura que las afiladas uñas de su marido habían dejado sobre la manta de su madre, una única lágrima brotó de sus ojos.</p>



<p>Transcurrieron tres meses desde la primera vez que Valentín había forzado a Liliana, y la muchacha sufría cada vez que la sangre le bajaba. El viejo esperaba un hijo impacientemente y, en lo que parecía un intento desesperado, le hacía beber su propia sangre, como un conjuro que debía hacerla concebir.</p>



<p>—Que la misma sangre de tus entrañas traiga vida a tu vientre— pronunciaba, mientras hacía que Lilí bebiese hasta el fondo en una copa de plata.</p>



<p>La joven ya no sabía qué hacer. Había probado cada remedio natural que le había sido presentado, cada conjuro conocido por el viejo brujo y, sin embargo, su vientre parecía negarse a engendrar vida en él. Debía sufrir el ser sometida por Valentín cada noche antes de dormir, tan solo concedida la salvedad de sus días de luna. Dentro de su vientre, de sus entrañas, de su cabeza aún de niña, una idea se había formado, una idea peligrosa y venenosa, de la que no estaba aún segura y que, sin embargo, podría, pensaba, significar su única esperanza.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Marea viva…</strong></h3>



<p>Liliana daba vueltas en su habitación, exasperada y pensativa. Su idea requería encontrar un momento adecuado y precisión al ejecutar la acción, pero, por sobre todo, requería coraje. Valentín no era estúpido y se daría cuenta si le encontraba una actitud extraña, por lo que, de actuar, debía hacerlo rápido. Todos los pormenores debían ser considerados.</p>



<p>La muchacha aún dudaba y temía por su vida, pero no sabía de qué otra manera librarse del poder de Valentín. No tenía la fuerza para enfrentarlo físicamente ni la astucia para engañarlo. Lo único que tenía eran sus pálidas y frágiles manos y su…</p>



<p>Sí. La pieza principal de la velada. El santo grial que debía ser destruido si quería, al fin, liberarse de sus ataduras.</p>



<p>Resolvió hacerlo a la mañana siguiente, mientras Valentín aún durmiera y ella estuviera preparando su desayuno. Decidió que lo sorprendería con un regalo, un regalo especialmente envuelto para su majestad.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>…marea muerta.</strong></h3>



<p>La mañana llegó. Liliana abrió los ojos luego de una noche sin sueños, que en buena parte había pasado desvelada. Se levantó de su cama y, con aire decidido, caminó hacia la cocina.</p>



<p>Normalmente, Liliana habría tomado un rápido desayuno antes de disponerse a preparar el de Valentín, mas esa mañana se dirigió inmediatamente hacia el gabinete donde guardaban la cuchillería. Lo abrió, cogió el cuchillo más grande y filoso que encontró y lo dejó sobre la mesa, frente a ella. Liliana comenzó a temblar. Las dudas respecto a su plan le carcomían la cabeza desde el momento en que había visto el cuchillo y sus manos empezaron a sudar. Pensó en que, de todas formas, Valentín aún no se levantaría hasta dentro de un rato, por lo que todavía tenía un momento antes de que él apareciera para darle su regalo y, quizás, permanecer con vida el tiempo suficiente para confrontarlo y huir.</p>



<p>Luego de continuar dudándolo durante varios minutos, finalmente tomó el cuchillo. Lo dio vuelta de tal manera que la punta se dirigiera hacia ella y, habiéndose levantado el camisón, lo colocó justo frente a lo más bajo de su vientre. Con manos temblorosas, decidió que debía actuar ahora o arrepentirse por completo y presionó con fuerza contra su piel.</p>



<p>El dolor inicial casi le provocó soltar un grito y la única manera en que pudo contenerlo fue lanzar un leve gemido en su lugar, mordiéndose los labios con tal fuerza que estos también comenzaron a sangrar. Movió el cuchillo con torpeza, arriba y abajo, arriba y hacia un lado, pensando en crear una abertura por la cual pudiese lograr su cometido. Cuando juzgó haberlo conseguido, metió su otra mano dentro y palpó hasta que lo sintió. Aquella maldita vasija, que tanto la había hecho sufrir a manos de su esposo y que ahora le costaría la vida.</p>



<p>Arrancó torpemente la matriz de sus entrañas, en una inexperta escisión que había acarreado consigo más que solo su objetivo y, por primera vez, dejó escapar un grito de dolor. Ya no había vuelta atrás. Valentín llegaría en cualquier momento. Dejó caer sus vísceras al suelo y se encogió sobre sus rodillas, jadeante, con las manos sobre su vientre, como intentando mitigar su dolor.</p>



<p>Estaba hecho.</p>



<p>Valentín apareció en la cocina de improviso, con una expresión inescrutable en el rostro. Liliana no lo vio, tan solo le oyó entrar. En cuanto supo que se encontraba frente a ella, hizo lo que pudo para incorporarse y mirarle. El viejo la miraba a ella y luego al sitio en el piso donde se encontraba una masa sanguinolenta como ella misma en ese preciso momento y, levantando el rostro hacia Lilí, exclamó.</p>



<p>—¡¿Qué mierda has hecho, maldita seas?!</p>



<p>Ella le dedicó una débil sonrisa y, con todas las fuerzas que su frágil cuerpo le permitía, le gritó.</p>



<p>—¡Ya no tengo útero! ¡Ya no tienes ningún poder sobre mí!</p>



<p>El rostro de Valentín enrojeció de rabia. Se dirigió hacia ella con intenciones de golpearla, pero, de alguna manera, Lilí logró zafarse y salir de la casa antes de que lo hiciera. No comprendía de dónde había obtenido la fuerza para alejarse y correr, pero de todas maneras sabía que dicha fuerza no le duraría demasiado. Bajó hacia la playa, con paso cada vez más cansino, dejando un copioso rastro de sangre tras de sí.</p>



<p>A lo lejos escuchaba que Valentín le gritaba “¡puta, malparida, desagradecida!”. De entre la neblina que comenzaba a apabullar sus sentidos, le pareció oír un leve sonido semejante a los gruñidos de un perro y entonces recordó que Valentín mantenía una jauría de perros asilvestrados en su patio trasero, los que en incontables ocasiones había utilizado como amenaza a una posible desobediencia. Lilí se decidió a dirigirse al mar antes de que tuvieran una oportunidad de atraparla.</p>



<p>Su paso era cada vez más debilucho, su semblante cada vez más alicaído y pálido. Comenzó a sentirse desfallecer. Borbotones de carmesí caían sobre el agua y se desvanecían por completo al romper las olas. Se desvanecían, así como Lilí se desvanecía mientras caminaba intentando adentrarse en el mar.</p>



<p>Entonces fue azotada por una ola. Se precipitó y ya no pudo levantarse, ora por el peso del agua, ora por la gravedad de sus heridas, que ya comenzaban a dolerle nuevamente. Decidió dejarse llevar, ya no importaba si los perros intentaban recogerla desde el mar.</p>



<p>Pensó en Ricardo. Lo imaginó sentado a la mesa, junto a ella, con dos hermosos niños y una felicidad infinita en sus rostros. Lo imaginó a su lado, en su lecho marital, abrazándola y quitándole de encima toda su congoja. Lo imaginó…</p>



<p>Mientras su mente se evaporaba como el agua, lo imaginó consolándola y aceptándola con todas sus culpas y pecados. Mientras su mente se evaporaba, el agua misma se la llevaba, acogiéndole en su seno de madre severa, pero amorosa, limpiando sus heridas y sus lágrimas y dándole nueva vida como parte de ella.</p>



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<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="576" height="1024" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-576x1024.jpg" alt="" class="wp-image-4343" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-576x1024.jpg 576w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-600x1067.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-169x300.jpg 169w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-768x1365.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1-864x1536.jpg 864w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/Foto-1.jpg 1080w" sizes="auto, (max-width: 576px) 100vw, 576px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Isidora Javiera Paulina Sagredo Concha</strong> nació en Talcahuano, Chile, en noviembre de 1998, y actualmente reside en Chiguayante. Es antropóloga física, formada en la Universidad de Concepción, disciplina desde la cual ha desarrollado un interés sostenido por comprender el comportamiento humano como un entramado biológico, social y simbólico. Desde temprana edad se ha vinculado a la literatura, tanto como lectora como escritora, encontrando en la ficción un espacio de exploración íntima y crítica. Su escritura se nutre de sueños, pesadillas y memorias corporales, muchas de ellas atravesadas por experiencias traumáticas, que transforma en relatos de tono oscuro y atmósferas inquietantes. Paralelamente, cultiva el canto de manera amateur y ha participado en distintos coros, entre ellos el coro de la Universidad de Concepción. Para ella, escribir es un acto artístico, reflexivo y profundamente catártico.</p>
</div>
</div>



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<p></p>
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			</item>
		<item>
		<title>«El humo» por Pablo Guerrero Videla</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2026/01/05/el-humo-por-pablo-guerrero-videla/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Jan 2026 11:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2026]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://imaginistas.cl/?p=4321</guid>

					<description><![CDATA[Nº 52 &#124; Narrativa &#124; Fantástico &#124; 1742 palabras &#124; Chile &#124; El Cabro Chico recorre Santiago juntando latas, sobreviviendo con astucia y una ruta aprendida en la calle. Una noche baja en el Parque Forestal y prueba la cera, droga nueva que promete euforia y abre una grieta en la realidad. Las hojas bailan, las sombras acechan, la voz de su madre advierte sobre cocodrilos invisibles. De vuelta en su ruco del Parque Balmaceda, comparte el humo con el Rucio y un tercero. El ritual desata una metamorfosis.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-20370395781c5d74befae0d1d480f869">El Cabro Chico recorre Santiago juntando latas, sobreviviendo con astucia y una ruta aprendida en la calle. Una noche baja en el Parque Forestal y prueba la cera, droga nueva que promete euforia y abre una grieta en la realidad. Las hojas bailan, las sombras acechan, la voz de su madre advierte sobre cocodrilos invisibles. De vuelta en su ruco del Parque Balmaceda, comparte el humo con el Rucio y un tercero. El ritual desata una metamorfosis.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 52 | Narrativa | Fantástico | 1742 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-5c73fcc73fe9ad29ea29ad080265c02d" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">EL HUMO</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">PABLO GUERRERO VIDELA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-left">El Cabro Chico se sube a la 207 en Santa Rosa con Franklin. Ya era pasada la medianoche. Durante las horas previas trabajó recogiendo latas en Providencia. El Cabro Chico cuenta con una ruta establecida para hacer su recorrido. Le costó un buen tiempo armarla, defenderla y hacerla suya. Sabía a qué hora debía pasar revisando los basureros de los parques al costado de la avenida Andrés Bello, a qué edificios ir a revisar los contenedores de basura y el horario en que los bares, de Pedro de Valdivia hasta Román Díaz, tiraban sus desechos. El Cabro Chico, con su cara inocente, sonrisa fácil y buenos modales, había conquistado a varios administradores y dueños de restaurantes, quienes le guardaban en bolsas las latas de bebidas y cervezas consumidas durante el día. Aquella sencillez, mezclada con su apariencia ingenua, también le servía para machetear o hacer algunos pitutos rápidos. El Cabro Chico le sonríe a nuestro mundo, pero en su entorno, en la calle, muestra sus colmillos y es feroz cada vez que es necesario. Las cicatrices en su cuerpo son la huella de riñas, golpes y malos tratos.</p>



<p>Sus primeros meses sin hogar fueron el período más doloroso y difícil de su vida, hasta que fue apadrinado por el Loco Jorge, quien lo acogió en su vida errante y le enseñó los códigos esenciales para sobrevivir en la calle. Él también le enseñó a utilizar las ventajas de su apariencia para asaltar a hombres que, en la oscuridad de la noche, buscaban jóvenes de su edad para saciar sus perversiones. Tiempo después, abandonó al Loco Jorge al descubrir que vender su cuerpo adolescente e imperceptible para el ojo común era una manera más efectiva de generar dinero rápido y sentirse deseado y querido, aunque sea por un momento o por unos pocos billetes.</p>



<p>El Cabro Chico es ágil y veloz, siempre porta un cuchillo o un punzón para defenderse de otros, aún más miserables, que atacan a los de su misma clase. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ves”, decía una canción que siempre cantaba su mamá cuando aún estaba viva. Esa frase le ha servido durante los ocho años que vaga por distintos sectores de la capital.</p>



<p>El Cabro Chico se baja de la micro en su última parada, al llegar a Santo Domingo, y camina rápidamente hacia el Parque Forestal. Observa su entorno y elige sentarse en una banca que le permite tener amplitud visual y, al mismo tiempo, se encuentra cubierta por un gran árbol. Allí decide fumar su primer pipazo de cera, aquella nueva droga que lentamente comenzó a desplazar a la pasta base. Nadie sabe de dónde salió, cómo llegó y de qué está compuesta. Sus efectos causan mayor euforia que la pasta y se ha convertido en la droga de mayor consumo en las calles y en las poblaciones de la zona central. Algunos dicen que atrae demonios. Yo estoy seguro de que aquello es verdad.</p>



<p>Prender un cigarro, echar la ceniza sobre el aluminio agujereado y pegado con una bolsa de plástico al codo de bronce que forma una pipa artesanal, moler las piedras de cera amarillenta, verterla sobre la pipa, derretir la cera, oír el chirrido de la sustancia al contacto con el fuego, vaciar los pulmones, fumar de manera suave y profunda, procurando que solo la parte anaranjada del fuego esté en contacto con lo que se quema. Aguantar el humo el mayor rato posible, expulsarlo despacio. Sentir estallar tu cabeza, sentir cómo el dolor se convierte en vida, sentir cómo la lucidez se transforma en luces que bailan, sentir cómo el pene se llena de sangre, sentir cómo es volver a sentirte alguien, sentir el poder, sentir que tu locura ya no es tan grande.</p>



<p>El Cabro Chico ve cómo las hojas de los matorrales bailan en coreografías diseñadas solo para él. También ve sombras. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ven”, canta la voz de su madre dentro de su cabeza. “Mejor caminar”, piensa el Cabro Chico. Se levanta de la banca y comienza a deambular por el Parque Forestal en dirección a Baquedano. Las luces aún titilan, las hojas de los árboles aún bailan, los demonios lo siguen.</p>



<p>Camina revisando si hay algún viejo que le ofrezca algo de dinero por chupárselo, algunas viejas costumbres nunca cambian, pero solo se encuentra con otros como él. Apura el paso, cruza Baquedano en dirección a Providencia y llega a su ruco, escondido entre algunos matorrales del Parque Balmaceda. Su compañero, el Rucio, lo espera ansiosamente. El Cabro Chico sonríe, le entrega su parte y ahora ambos realizan el ritual del humo.</p>



<p>Prender un cigarro, echar la ceniza sobre el aluminio agujereado y pegado con una bolsa de plástico al codo de bronce que forma una pipa artesanal, moler las piedras de cera amarillenta, verterla sobre la pipa, derretir la cera, oír el chirrido de la sustancia al contacto con el fuego, vaciar los pulmones, fumar de manera suave y profunda, procurando que solo la parte anaranjada del fuego esté en contacto con lo que se quema. Aguantar el humo el mayor rato posible, expulsarlo despacio. Sentir estallar tu cabeza, sentir cómo el dolor se convierte en vida, sentir cómo la lucidez se transforma en luces que bailan, sentir cómo el pene se llena de sangre, sentir cómo es volver a sentirte alguien, sentir el poder, sentir que tu locura ya no es tan grande.</p>



<p>Se bajan los pantalones hasta la rodilla, se masturban, se miran los penes duros, se ríen. Ninguno de los dos se identifica como maricón, pero bajo ciertas circunstancias pueden serlo. Todos podemos serlo. Otro pipazo.</p>



<p>Llega un hombre afuera del ruco, es el José. El Cabro Chico le dice que pase. El hombre pasa y se instala en medio de los dos muchachos. Saca una bolsita de cera y la reparte entre los tres, quienes proceden a fumar al mismo tiempo. José se baja el pantalón, agarra el pico de sus compañeros y los masturba, aguanta el humo, acerca su boca al pene del Cabro Chico y expulsa el humo en su miembro. Luego procede a mamar descaradamente, mientras que con su otra mano sigue jugando con la entrepierna del Rucio.</p>



<p>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las heridas en la piel.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… te haces caca.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las manos sucias… negras, con cicatrices y costras.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… el olor a basura.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las sombras que observan.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… tu mamá cantando dentro de tu cabeza.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… la piel brillosa, aceite, piel frita.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… pipazo feliz.<br>Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… algo te come.</p>



<p>El Cabro Chico es humo. José y el Rucio no se percataron cuando el Cabro Chico desapareció, estaban muy ocupados en lo suyo. El Cabro Chico los observa desde el aire, ve a través de las frazadas que cubren el ruco. Las partículas de humo se unen. El Cabro Chico tiene alas y ojos felinos rojizos. Su cuerpo es rugoso y amarillento y su cara no tiene forma alguna. Es como un ovillo de lana que varía de tamaño, es como un remolino que gira y gira sin cesar, es como un montón de líneas circulares que se revuelven en sí mismas.</p>



<p>El Cabro Chico ya no es el Cabro Chico. Trata de hablar, pero gruñe. Trata de moverse, pero solo mueve las hojas de los árboles. El nuevo Cabro Chico está eufórico, ahora es un demonio de cera. No necesita fumar, él es la bocanada cancerígena, él es la maldad hecha carne y tiene un poco de hambre. Otros seres como él se congregan alrededor del grupo a observar el espectáculo. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ven”, recuerda una vez más el nuevo Cabro Chico, y sabe que esa será la última vez que recuerde esa frase, porque ahora él es un cocodrilo.</p>



<p>Los otros seres se comunican con él telepáticamente y le dan la bienvenida. El nuevo Cabro Chico se siente parte de un todo, de algo inmensamente grande que desea descubrir. El placer es inmenso, está más allá de cualquier sensación que haya experimentado en su forma humana.</p>



<p>Sus compañeros son la mentira, son la ilusión de alegría fugaz, son las arañas gigantes que vio alguna vez caminar sobre el puente Condell, son las capas voladoras que vuelan sobre la ciudad, son el vicio hecho sombra, son las llagas en la piel de los adictos, son las hojas de los árboles que bailan y las luces que brillan durante la noche cuando solo hay oscuridad. Ellos son la herida en el alma de los adictos.</p>



<p>El nuevo Cabro Chico siente que adquiere más poder mientras el Rucio y José continúan fumando. En ese momento, un ser negro, más oscuro que la noche y sin forma alguna, ataca y toma el cuerpo del Rucio, levantándolo violentamente. Se lo lleva hacia la copa de un árbol y lo devora sin emitir ruidos. El hombre no gime ni grita, el hombre está eufórico por la cera hecha carne que se lo come vorazmente. Los restos del cuerpo que caen por el árbol no alcanzan a llegar al suelo porque, mientras caen, otros demonios aprovechan de comer y limpiar el lugar sin dejar huellas.</p>



<p>José, volado, paranoico, perdido y asustado, trata de salir gateando del ruco, pero una criatura en forma de ciempiés gigante se alza detrás de él y envuelve su cuerpo con sus mil patas. Lo asfixia lentamente, comienza a beber todos sus jugos y quiebra sus huesos. El hombre, antes de morir, experimenta un placer absoluto. Muere feliz, muere agradecido. Otros seres se unen al festín. El ex Cabro Chico observa la escena con satisfacción y siente cómo su hambre va siendo calmada. Los demonios no dejan huellas, comen colchas con manchas de sangre y semen.</p>



<p class="has-text-align-left">El ex Cabro Chico se siente tocado por Dios o por el Diablo, viene a ser lo mismo en este caso. Otros vagabundos desaparecidos, a nadie le importa. Ellos temen. Nosotros llenamos las micros. Los automóviles causan tacos en Andrés Bello, los primeros deportistas salen al parque a trotar y algunas personas pasean sus perros. Las mantas, cartones y tablas que conformaban el ruco están tiradas en el pasto. Las ropas sucias y viejas están desparramadas alrededor.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="720" height="720" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52.jpg" alt="" class="wp-image-4337" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52.jpg 720w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/01/7ff57af0-8753-4394-999d-981531534b52-150x150.jpg 150w" sizes="auto, (max-width: 720px) 100vw, 720px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><strong>Pablo Guerrero Videla</strong> es periodista experto en rock y música popular. Es lector empedernido. Ve al menos cuatro películas por semana. Sueña con publicar un libro antes de cumplir 45 años.</p>
</div>
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<p></p>
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			</item>
		<item>
		<title>«Charco de agua dulce» por Camila Almendra</title>
		<link>https://imaginistas.cl/2025/11/24/charco-de-agua-dulce-por-camila-almendra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 24 Nov 2025 12:55:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[mención honrosa]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 51 &#124; Narrativa &#124; Fantástico &#124; 3740 palabras &#124; Camila Almendra &#124; Chile &#124; Una funcionaria municipal en Río Bueno vive atrapada entre la rutina del SECPLAN, los edificios nuevos que le quitan el aire y una tristeza antigua que ni las pastillas ni las coach motivacionales logran calmar. Huacha de crianza, marcada por el amor de sus abuelos y por la memoria difusa de un linaje borrado, comienza a experimentar un cambio inquietante: se despierta empapada, llora agua dulce, su cuerpo se vuelve casi transparente y las paredes de la oficina se llenan de moho y hongos como pequeñas lagunas.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-518c49d9c0ad58762578dec552a98036">Una funcionaria municipal en Río Bueno vive atrapada entre la rutina del SECPLAN, los edificios nuevos que le quitan el aire y una tristeza antigua que ni las pastillas ni las coach motivacionales logran calmar. Huacha de crianza, marcada por el amor de sus abuelos y por la memoria difusa de un linaje borrado, comienza a experimentar un cambio inquietante: se despierta empapada, llora agua dulce, su cuerpo se vuelve casi transparente y las paredes de la oficina se llenan de moho y hongos como pequeñas lagunas.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 51 | Narrativa | Fantástico | 3740 palabras | Camila Almendra | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-d550828a955d94a15f33b74136c88dcb" style="font-size:100px"><mark style="background-color:var(--ast-global-color-3);color:#ffffff" class="has-inline-color">CHARCO DE AGUA DULCE</mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">CAMILA ALMENDRA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center" id="block-277e923d-eb59-48b8-80c4-39484166b0c5"><em>Un cordón umbilical extendido</em><br><em>atravesando montañas</em><br><em>en busca de su caudal.</em><br>DANIELA CATRILEO</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center"></p>



<p class="has-text-align-left">La señora Rosa trapeó el baño común de las oficinas a las once de la mañana. Ese viernes vio un gran charco y salió reclamando, a viva voz, que de nuevo las cañerías estaban viejas y que el agua se filtraba, que ya estaba pronta pa’ jubilarse y que era el colmo, que ya no le daba la espalda. Pero si la señora Rosa se hubiera acercado a la poza, habría notado olor a bosque en otoño.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p class="has-text-align-left">Los lunes, para ella, la rutina era preparar un mate con poleo al despertar.<br>—Andas pensando en la inmortalidad del cangrejo, niña, no se te vaya a acelerar la cuchara con un mate en ayunas.<br>Si se concentraba, escuchaba la voz nítida de su abuela. La echaba tanto de menos. Enlazó las manos y las cerró en un abrazo con su mate.</p>



<p class="has-text-align-left">Tomó impulso para saltar un charco como cualquier otro charco, un lunes después de una lluvia torrencial que duró hasta la madrugada. Caminó por la feria que se coloca a dos cuadras de su casa y se dirigió a paso veloz al trabajo. Se miró en el espejo donde se prueban sombreros usados; a sus pies, un pequeño charco la reflejó. Esa mañana le confesó a la Yari, su confidente y compañera del trabajo:<br>—Estoy chata de todos estos edificios nuevos y el tráfico de las tardes; pareciera que el humo se me mete hasta por los sueños.</p>



<p>—Te ponís filósofa, cabrita —le respondía Yari—. Igual tenemos que terminar esta ruma de papeles antes de irnos. Qué les va a costar echar una manito de pintura a estas paredes mohosas de humedad.</p>



<p>Así era la rutina en SECPLAN, la Secretaría Comunal de Planificación de la Municipalidad de Río Bueno. Pese a que el año sonaba futurista, en Río Bueno las cosas marchaban igual que hacía más de doscientos cincuenta años. «Wenu: el río de más arriba», escucharon los españoles como «Bueno», y así se convirtió en una ciudad colonial de ritmos lentos, sin semáforos, rodeada de industrias de leche, ganado y madera que devoraban los cerros.</p>



<p>Ya para el 2030 seguían siendo las mismas casonas viejas, y aún había que escribir cartas al Administrador Municipal para que pintara los muros de la oficina. Salía del trabajo a las cinco y media, y a veces iba por un shop o una caña de vino con la Yari y otras compañeras. Sentía una culpa honda por no ser «productiva», como repetían las lifestyle coach de moda que Recursos Humanos contrataba para justificar fondos del gobierno. También sus amigas le manifestaban preocupación por su «poca capacidad retentiva de los cahuines».<br>—Prefiero ver películas antes que enfrentarme a la realidad —les decía—. Cálmense, chicas, yo estoy bien así.</p>



<p>Le organizaron un par de citas a ciegas que terminaron pésimas: ella solo quería conjeturar sobre vidas pasadas o discutir si existían reales posibilidades de conexión extraterrestre. Decidió, sin más humillaciones, mantenerse sola, confiando en la idea de su abuela: cuando Dios te quiere dar, a la puerta de tu casa te lo va a dejar.</p>



<p>La abuela sabía más refranes que versículos y, aunque ya no recordaba ni su lengua ni su apellido, el tata dejó de pegarle cuando cambió el cinturón por la Biblia.</p>



<p>Del sector donde la criaron sus abuelos la apodaron «la pico e’palo»; era la envidia de muchos varones por su fuerza y determinación. Su madre la miraba con desprecio; mientras su cuerpo se hacía adulto, la distancia entre ambas crecía. Tampoco es que hablaran mucho: su madre se mudó a la capital y la dejó huacha chica con sus tatas. De su padre no figuraba ni el nombre en el acta de nacimiento.</p>



<p>Aun así, creció rodeada del amor de sus abuelos maternos: el olor a café de trigo por las mañanas, los catutos con mantequilla y la yegua Lucero, que la acompañó siendo su mejor amiga hasta los doce años.</p>



<p>Un día llegó donde sus abuelos con un cartón bajo el brazo: ya cumplí, muchas gracias por criarme, ahora me toca a mí ayudarles. Así consiguió un trabajo de contadora auditora en el servicio público, con el que pudo sostenerlos hasta que murieron.</p>



<p>Tenía que ponerse todos los días su traje percudido y desayunar pan con mortadela lisa, o mantequilla con ají, en la estrecha cocina del edificio junto a sus colegas.<br>—La otra vez me llamaron de una encuesta telefónica y dije que estaba feliz con mi vida —le contó a la Yari una noche ya de madrugada—, pero no sé… a veces siento que me falta aire. Aunque tomo dos litros de agua, así me dijeron en el consultorio, y estoy como seca, como vacía.</p>



<p>Desde hacía unos días, el traje le causaba comezón y ronchas. No le satisfacían ni los videos conspirativos ni las series románticas que veía con su bandeja en la cama antes de dormir.<br>—¿Con quién hablar de lo que siento? —se preguntaba—. La mayoría de los pensamientos debía guardárselos para sí misma, incluso los recurrentes sueños que tiene desde pequeñita.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Estar todo el día en los ajetreos de cuatro paredes y en la ciudad le traía ideas oscuras: a veces imaginaba tirarse del tercer piso del SECPLAN y acabar con los días que parecían todos iguales. Las personas se volvían grises entre risas y choques de copas after office. En esas noches previas al insomnio total, sus amistades le parecían ausentes; dormía con el cuerpo cortado y, desde las entrañas, se desconectaba cada vez más de lo que entendía por humano. Entre las torres y las calles pavimentadas se escuchaba en todo momento el sonido de lo inorgánico, y un zumbido de electricidad aguda la atormentaba en la cama, profundo en sus tímpanos.</p>



<p>Entonces, los días corrieron tan rápido del mismo modo que la lluvia de papeles que calculaba y timbraba. Sin entender qué le pasaba, el jueves llegó de sopetón y partió por tierra hacia la capital por una capacitación obligatoria: «Convenios municipales con empresas extranjeras de energías renovables», de jueves a domingo. Siempre que iba a la capital debía inventarse un gran motivo: trabajos intermitentes, amistades a distancia, productos imposibles de conseguir en su ciudad. Miraba cambiar su paisaje por montañas de hormigón, y el olor a podredumbre se colaba por las ranuras del bus.</p>



<p>Los días allá le pesaron en la salud. Echó de menos la lluvia, pero la capacitación, más que explicar los objetivos de las empresas, fue un desfile burocrático de siglas y protocolos. Mientras algunos expositores de empresas extranjeras hablaban sobre sus convenios de energías verdes con representantes de municipalidades, ella sentía como si un rumor de oleaje convirtiera su sangre en un murmullo decadente. Volver a casa fue un tramo más largo de lo pensado: un mareo similar al de navegar en un bote bajo tormenta.</p>



<p>Al llegar el domingo por la tarde a su casa, después de once horas de viaje, intentó dormir, pero su cuerpo temblaba y oía fragmentos de noticias, personas que conoció en la capital y los ecos de eras de genocidios transmitidos. No podía vencer el algoritmo de risas rápidas, videos para adelgazar antes del verano, cómo descubrir tu amor verdadero. Conforme las luces tintineaban, su náusea se volvía un reflujo que no lograba vomitar. Cerró los ojos y pudo dormir imaginando que su cuerpo era un botecito y el río ya se calmaba.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>El lunes se levantó a las seis, como de costumbre. Su pijama estaba todo mojado. ¿Habré tenido fiebre? Se asustó porque no era solo humedad: el pijama podía escurrirse del agua. Sacó las sábanas y levantó el colchón con la esperanza de que se secara para la noche.</p>



<p>Puso la tetera sobre la cocina a gas, preparó el mate con poleo, tostó un par de panes y comenzó a picar, con las manos tiritonas, fruta para la colación. Su cuerpo era una gelatina y, sin mucho control de él, se cortó en la punta del dedo más alaraco y brotó una sangre roja paliducha.</p>



<p>«Statkraft opera en más de veinte países».</p>



<p>Antes de irse sintió un fuerte olor a gas: la cocina se había quedado encendida por más de una hora. El olor le trajo la misma náusea de la noche anterior. La casa no se consumió, pero en mente resonaban fragmentos de la capacitación.</p>



<p>«Desarrollamos y operamos activos de energía renovable en Europa, Sudamérica y Asia».</p>



<p>Marcó el huellero digital a las ocho y media; jamás se atrasaba. Tuvo que comandar su dedo que todavía seguía resbaladizo con su otra extremidad.</p>



<p>«Statkraft AS es una empresa hidroeléctrica propiedad íntegramente del Estado noruego».</p>



<p>Saludó a Yari como si fuera Carla y a Carla como si fuera Yari. Las chicas se rieron, pero ella estaba confundida.</p>



<p>«La compañía está presente en diecisiete países y tiene un portafolio con una generación eléctrica agregada de sesenta y un TWh».</p>



<p>Sostuvo diálogos sin fruto en la oficina.</p>



<p>«Statkraft está presente en Chile desde 2014, operando dos centrales hidroeléctricas y desarrollando proyectos hidroeléctricos y eólicos».</p>



<p>Sentía las piernas semejantes a cochayuyos a la deriva en los peñascos. Se miró las manos y alcanzó a ver los vasos sanguíneos, el movimiento de la sangre. Fue al baño y notó cómo el rostro y las manos cambiaban con la luz de las paredes por donde pasaba. Los pigmentos le atravesaban la piel.</p>



<p>—¿Se estaría volviendo transparente?</p>



<p>«En 2015 adquirimos la Compañía Pilmaiquén Electric, con proyectos y operaciones en la cuenca del río Pilmaiquén».</p>



<p>Mucha información, pensó; le tiritaban las manitos en la calculadora. Fue al baño a colocarse corrector antiojeras; quería gritar y arrancar las capas de pintura que sobresalían de las paredes del SECPLAN. Volvió al baño para hacer dos gotas de pipí, volvió al asiento de la oficina, luego otra vez al baño, se echó agüita fría en las sienes y se decía a sí misma:<br>—Sosiégate, cabra lesa.</p>



<p>A medida que pasaban las horas después de ese viaje, el dolor de cabeza se volvió más punzante y se apretaba los dedos en el entrecejo y atrás, por el cerebelo, que le dicen. Ese lunes llevó unos imanes de regalo para sus colegas, los que no conocían la capital.<br>—Mira, te traje uno del museo —le dijo, con una sonrisa cansada.<br>—Con esa carita, ¿del museo o del mausoleo? —respondió la Yari, riéndose.</p>



<p>Luego se tomó una infusión que su abuela le habría recomendado para la jaqueca.<br>—Hijita, cuando te duele la cabeza es que no estás remando en tu interior.</p>



<p>Así transcurrió el martes, y el martes ya no era martes sino un día cualquiera. Solo el calendario digital le marcaba las reuniones y entregas laborales impostergables.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Dio vuelta el colchón para dormir por el lado seco, el martes en la mañana, sin recordar nada de lo que ocurrió al dormir. Se despertó tosiendo agua y, nuevamente, empapada. Esta vez el colchón ya no se podría usar nuevamente. Se miró al espejo y la piel, casi de vidrio, dejaba ver las pupilas, dos cavernas donde la luz no llegaba.</p>



<p>Llegó a la oficina y las paredes estaban con más moho de lo habitual; grandes hongos aparecían por las esquinas y el moho formaba un estampado que convirtió los muros en lagunillas. Las personas corrieron a sacar archivadores con documentos importantes y les solicitaron trabajar en otro departamento.</p>



<p>Mientras sacaba los archivos junto a sus compañeras, notó que los archivadores se empapaban al tocarlos. Aún nadie se daba cuenta, y aunque ya casi no le dirigían la palabra, el huellero que marcaba el inicio y el fin de la jornada laboral todavía la reconocía y vociferaba con acento español de España: «Acceso activado».</p>



<p>Ese día no pudo soportar el peso de la vida. Las crisis siempre se anunciaban igual: el movimiento lento de las hojas cayendo y la luz filtrándose oblicua por el vidrio del escritorio. Sentía en el aire el olor agrio de la estación donde las frutas se pudren y la tierra recibe al mundo vegetal para el compostaje.</p>



<p>Al llegar a casa, comenzó un llanto incontrolable. No sabía si lloraba por tristeza o por cansancio; solo sentía que algo dentro de ella se estaba secando. Miró los platos sucios de una semana, el colchón empapado y la ropa tirada en el suelo. Pensó en su abuela y en las excursiones que hacían juntas para recolectar hongos de la temporada: loyos y changles.</p>



<p>El teléfono vibró. Mensajes de sus colegas, preocupadas por la carita de hoy.<br>Dúchate con agua helada —le escribieron sus amigas—, ayuda a destensar los músculos.</p>



<p>Se quedó mirando la pantalla, las letras brillando sobre su cara.</p>



<p>¿Y si llorar fuera una forma de acercarse a su abuela? ¿Y si su abuela se había hecho agua y no polvo como decía la biblia?</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>La noche que anunciaba el miércoles no durmió ni medio segundo. La luna estaba llena, parecida a un queso, y el resplandor se filtraba entre las cortinas cual leche espesa. Supo que tendría que entregarse nuevamente a los gramajes de la medicina moderna. Llevaba muy en secreto esos padeceres, para no perder el trabajo.</p>



<p>El miércoles, al amanecer, pidió el primer día administrativo del año. Abrió los muebles, se frió unos huevos, pan tostado y café soluble. No se duchó y se vistió con ropa cómoda. Caminó hasta la farmacia del barrio, donde atendía una doctora de media jornada.</p>



<p>La médica la escuchó en silencio, con el gesto de una genuina empatía. Le dijo que el diagnóstico era el mismo. Ya es una década tomando estas píldoras que había dejado por voluntad propia; los psiquiatras saben de qué va su porfía.<br>—No es necesario mayor seguimiento que este, doctora, permítame descansar.</p>



<p>La doctora le recetó calmantes de día e inductores del sueño. Cuando recibió los medicamentos, supo que debía hacer una tregua con su historia y entregarse al llamado del cuerpo. Esa noche del miércoles se entregó a la pastilla. Había comido muy liviano; sentía el estómago moverse; desde el ombligo se conectaba hacia lo desconocido.</p>



<p>Decidió convertir su tina en una cama. Durmió y, con el sueño, perdió los bordes de la habitación y de toda existencia. Cada vez que decidimos dormir nos entregamos a la posibilidad de no despertar jamás, pensó. Se imaginó botecito y marea, tiempo y cauce. Se concentró en el sabor amargo de la medicación, en la humedad que se acumulaba bajo la lengua. Creo que he pasado una vida deshidratada, debí tomar más agua, se dijo a sí misma. Se entregó al mundo de los sueños recostada boca arriba, las manos en cuenca mirando al firmamento, y soñó.</p>



<p>«Cuando se muere la carne, el alma encuentra su sitio», decía la Violeta, y es un cauce infinito. Acostada sobre las piedras, se sentían aterciopeladas, y los rayos del sol van encontrando refugio en las moléculas que titilan entre verdes y azules: reflejo de lengas y ulmos. Ya podía respirar agua; nunca más la sensación de sequedad.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Se reconoció como un gran espíritu antiguo y se permitió hablar consigo mismo, para consolarse y entregarse fuerzas para lo que vendría:<br>—No en vano les dijeron que debían escucharme. Se los advirtieron tantas veces: en persona, por cartas, en las fotografías donde aparezco majestuoso. Les avisaron por las buenas, desde mis vecinos hasta grupos de ciencia, esos que esconden sus cartones y archivan intereses que articulan en palabras. Les advirtieron, pero no quisieron escuchar. En realidad, los extranjeros de casco y bota y yo no tenemos mucho en común. Es intentar hacer paces a la fuerza cuando sus objetivos y los míos distan en fondo. Solo soy un brazo más. Las primeras personas que se congregaron conmigo sabían lo anciano que era. Tantos años recorriendo montañas me habían vuelto un buen amigo; así me lo hicieron saber mientras comían los hongos que crecían a mi orilla y buscaban hierbas para sus hogares. Cuando el amor es recíproco implica una decisión de cuidado y ternura, y así fue la relación entre quienes me llaman señor y yo. Aunque también llegó gente agresiva, quienes cuestionaron nuestra relación y gritaban «anatema». Quienes vivieron cerca de mí honran la transparencia de mi cuerpo cuando las estrellas y la luna se posan sobre mí, atrayendo con nuestros cantos, humanos y divinos, los elementos, la piel, el alto cielo y la brisa. Con notas suaves, ondulantes y permanentes, soy capaz de concebir algo más grande que yo mismo: llegar hasta el mar que refleja el universo. El amor no se envanece ni busca provecho. Por eso traigo y llevo espíritus hasta otros ríos y al gran estuario. He sido mensajero de las formas de vida que hay en mí y en todo.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Cuando ella despertó, la tina estaba casi al tope de agua; su rostro y parte de su pecho estaban expuestos al aire. El agua, ni muy fría ni muy tibia, le cubría todo el cuerpo. Pese a todo lo que le decían por tener cuarenta y cinco años, por no haberse casado ni tenido hijos, se sintió más joven que cuando gateaba sobre la Tierra. Le entró una nostalgia honda; añoraba una forma de vida incomprensible, demasiado estrecha para Río Bueno y los suyos.</p>



<p>Abrió los ojos con una molesta alarma. Buscó un vaso de leche, miró su uniforme a lo lejos, y le pareció un conjunto de trapos innecesarios para su cuerpo translúcido.</p>



<p>Casi podía escuchar la voz de su abuela susurrarle:<br>—Tranquila, cabrita del monte. Tú traes y llevas, pero ahora estás aquí conmigo.</p>



<p>Se desnudó y, al entrar en la ducha, tuvo la sensación de que, junto al agua que corría de la regadera, eran una sola. Le provocó un placer que jamás había sentido. El líquido tibio le corría por la espalda y ya no sentía que vivía sola; las gotas le cantaban y le permitían respirar el vapor; un sedante para el día que se avecinaba en su cuerpo hecho casi de niebla.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Ya en la oficina, las tareas se amontonaban en una nube de papeles que le provocó ardor en los ojos. Mientras tomaba su cafecito matutino, revisó las noticias: un nuevo derrame de petróleo en el Golfo de México. La sola evocación del olor a bencina le apretó el corazón, y las luces de la oficina parpadearon durante un minuto, al ritmo de su respiración y de la náusea. Debe ser el viento del otoño, pensó después, restándole poder a lo que intuía.</p>



<p>Corrió al baño y comenzó a llorar agua dulce; no podía detener las gotas, ya no las podría detener. Su cuerpo ya no sentía los límites de la piel que lo hacía sólido. Esa permeabilidad iba creciendo; un reloj de arena sobre ella. Sentía que su torso se le estrechaba; un dique invisible la presionaba por dentro, le costaba respirar. Intentó calmarse abanicándose, prendiendo el ventilador de la oficina, abriendo las ventanas, pero el aire seguía quieto. Ya no pudo ocultar que mojaba los documentos entre sus lágrimas y poros: los números que debía calcular se escurrían, los millones se derretían en todas las hojas que tocaba.</p>



<p>Su jefe, intentando no exponerse a una demanda por acoso laboral, le solicitó, con voz de cordial obligación, que se retirara de la oficina y asistiera con urgencia al hospital, por un posible cuadro de menopausia precoz.</p>



<p>Estaba sola en casa. Recibía llamados que no contestó. Una vez más se preocupó: sabía que dormir la traería nuevamente al cauce. Esto le había ocurrido en otras crisis: desde el día de la menarquia despertaba con charcos alrededor de ella; esta vez era distinto, ya no había vuelta atrás y ella tampoco lo quería.</p>



<p>Su abuela le dijo que sus raíces eran tan largas como las venas que irrigaban de sangre su cuerpo, vénulas incontables, vasos microscópicos. Así es la memoria de nuestras vidas, le decía.<br>—Nuestra sangre llega al mar; aunque perdimos, nos cambiaron el apellido en el registro civil, somos familia de linaje de soñadoras.</p>



<p>Preparó un té de ruda y cedrón. Se tomó la píldora completa. Esta vez, mientras se entregaba al remedio, se dijo a sí misma: a lo que es y será, a mis abuelas y a lo que llevo y traigo. Se sintió gratamente hidratada; se desnudó y se recostó en la tina. El sueño la venció.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Al abrir los ojos, todo era negro color obsidiana, sin más reflejos que unas luces diminutas, parecidas a las alas de las polillas. Una cueva resonaba con cada vaivén del agua: un gran vientre donde su cuerpo movía almas imperceptibles, en una realidad donde lo líquido era líquido y el concreto, concreto. Entendió su fuerza y comprendió la conciencia de lo que albergaba.</p>



<p class="has-text-align-left">—El tiempo es circular —susurran los ritos que me invocan—. Comencé a danzar, a mover almas por el cauce, a llevarlas al mar para que el cielo se reflejase sobre ellas al ritmo del amanecer. Puedo sentirme en kilómetros. De pronto talaron alerces y sauces y los reemplazaron por árboles de metal. Ya no podía dirigirme con mi ritual fluido: me clavaron estacas y concreto. Un monstruo sobre mí, jamás antes visto desde que los glaciares se derritieron y me formé. Intenté seguir trasladando los espíritus, dotar de fuerza a las personas que vivían a mi alrededor, pero el cuerpo me pesaba. No tenía el control de mí: las rutas ancestrales se cerraban. Los humanos, constructores del monstruo de metal, declararon enemigos a quienes habitaban mis orillas y cuidaban mi vida. Una mujer se comunica conmigo, saben quién soy. No me abandonarán.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p class="has-text-align-left">No recuerda cómo volvió a su oficina por última vez. Comenzó a sentir que el uniforme la asfixiaba, la respiración entrecortada, y volvía a sentirse seca. Nadie la veía: su membrana era de papel diamante y alcanzaba a distinguir las coronillas de las cabezas de su jefe y sus compañeras. Decidió no volver a ese mundo e incorporarse a lo que siempre fue y añoraba.</p>



<p class="has-text-align-center">*</p>



<p>Este no es el mito de Ofelia: no hubo cuerpo que buscar. Un día, la mujer que trabajaba en SECPLAN fue al baño convertida en una persona de lluvia y se volvió un charco que la señora Rosa trapeó después, reclamando por las viejas cañerías y sus típicas filtraciones.</p>



<p class="has-text-align-left">Para volver a respirar, imaginó las manos de su abuela bañándola cuando pequeña, vertiéndole cubetas de agua tibia con sal y romero mientras le cantaba. No tuvo temor: así se deshizo en su elemento familiar y su espíritu viajó a su tiempo redondo.</p>



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<p><mark style="background-color:#000000;color:#ffffff" class="has-inline-color"><strong>Camila Almendra</strong> es profesora y escritora del sur austral de Chile, nacida entre los ríos de Chaurakawin y Ainileubu. Habita hoy en Coatepec, México, donde cursa el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Veracruzana (Xalapa). Investiga las escrituras de mujeres, las disidencias, y los cruces entre poesía, clima y ciencia ficción. Sus creaciones están en revistas y antologías tales como <em>Revista Ceres</em> (Ediciones Mal Criada, 2015-2020), <em>Silvestres y Eléctricas, poetas latinoamericanas</em> (Cartonera Helecho, 2016), <em>Maraña: panorama de la poesía chilena joven</em> (Editorial Alquimia, 2019) y en <em>Estuaria, visión de 9 afluentes</em> (Tinta Negra Microeditorial, 2022), Revista <em>Punto de Partida</em> (UNAM, 2025).<br>Ha publicado los poemarios <em>El viaje de la Heroína</em> (Editorial Alto Horno, 2016), <em>Provinciana en Colores</em> (Ediciones Kultrún, 2022) y <em>Pistila del gen lumínico</em> (Tinta Negra Microeditorial,&nbsp;2024).</mark></p>



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