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		<title>«Charco de agua dulce» por Camila Almendra</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Nov 2025 12:55:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 51 &#124; Narrativa &#124; Fantástico &#124; 3740 palabras &#124; Camila Almendra &#124; Chile &#124; Una funcionaria municipal en Río Bueno vive atrapada entre la rutina del SECPLAN, los edificios nuevos que le quitan el aire y una tristeza antigua que ni las pastillas ni las coach motivacionales logran calmar. Huacha de crianza, marcada por el amor de sus abuelos y por la memoria difusa de un linaje borrado, comienza a experimentar un cambio inquietante: se despierta empapada, llora agua dulce, su cuerpo se vuelve casi transparente y las paredes de la oficina se llenan de moho y hongos como pequeñas lagunas.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-518c49d9c0ad58762578dec552a98036 wp-block-paragraph">Una funcionaria municipal en Río Bueno vive atrapada entre la rutina del SECPLAN, los edificios nuevos que le quitan el aire y una tristeza antigua que ni las pastillas ni las coach motivacionales logran calmar. Huacha de crianza, marcada por el amor de sus abuelos y por la memoria difusa de un linaje borrado, comienza a experimentar un cambio inquietante: se despierta empapada, llora agua dulce, su cuerpo se vuelve casi transparente y las paredes de la oficina se llenan de moho y hongos como pequeñas lagunas.</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 51 | Narrativa | Fantástico | 3740 palabras | Camila Almendra | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-d550828a955d94a15f33b74136c88dcb" style="font-size:100px"><mark style="background-color:var(--ast-global-color-3);color:#ffffff" class="has-inline-color">CHARCO DE AGUA DULCE</mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">CAMILA ALMENDRA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph" id="block-277e923d-eb59-48b8-80c4-39484166b0c5"><em>Un cordón umbilical extendido</em><br><em>atravesando montañas</em><br><em>en busca de su caudal.</em><br>DANIELA CATRILEO</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph">La señora Rosa trapeó el baño común de las oficinas a las once de la mañana. Ese viernes vio un gran charco y salió reclamando, a viva voz, que de nuevo las cañerías estaban viejas y que el agua se filtraba, que ya estaba pronta pa’ jubilarse y que era el colmo, que ya no le daba la espalda. Pero si la señora Rosa se hubiera acercado a la poza, habría notado olor a bosque en otoño.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph">Los lunes, para ella, la rutina era preparar un mate con poleo al despertar.<br>—Andas pensando en la inmortalidad del cangrejo, niña, no se te vaya a acelerar la cuchara con un mate en ayunas.<br>Si se concentraba, escuchaba la voz nítida de su abuela. La echaba tanto de menos. Enlazó las manos y las cerró en un abrazo con su mate.</p>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph">Tomó impulso para saltar un charco como cualquier otro charco, un lunes después de una lluvia torrencial que duró hasta la madrugada. Caminó por la feria que se coloca a dos cuadras de su casa y se dirigió a paso veloz al trabajo. Se miró en el espejo donde se prueban sombreros usados; a sus pies, un pequeño charco la reflejó. Esa mañana le confesó a la Yari, su confidente y compañera del trabajo:<br>—Estoy chata de todos estos edificios nuevos y el tráfico de las tardes; pareciera que el humo se me mete hasta por los sueños.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Te ponís filósofa, cabrita —le respondía Yari—. Igual tenemos que terminar esta ruma de papeles antes de irnos. Qué les va a costar echar una manito de pintura a estas paredes mohosas de humedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así era la rutina en SECPLAN, la Secretaría Comunal de Planificación de la Municipalidad de Río Bueno. Pese a que el año sonaba futurista, en Río Bueno las cosas marchaban igual que hacía más de doscientos cincuenta años. «Wenu: el río de más arriba», escucharon los españoles como «Bueno», y así se convirtió en una ciudad colonial de ritmos lentos, sin semáforos, rodeada de industrias de leche, ganado y madera que devoraban los cerros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya para el 2030 seguían siendo las mismas casonas viejas, y aún había que escribir cartas al Administrador Municipal para que pintara los muros de la oficina. Salía del trabajo a las cinco y media, y a veces iba por un shop o una caña de vino con la Yari y otras compañeras. Sentía una culpa honda por no ser «productiva», como repetían las lifestyle coach de moda que Recursos Humanos contrataba para justificar fondos del gobierno. También sus amigas le manifestaban preocupación por su «poca capacidad retentiva de los cahuines».<br>—Prefiero ver películas antes que enfrentarme a la realidad —les decía—. Cálmense, chicas, yo estoy bien así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le organizaron un par de citas a ciegas que terminaron pésimas: ella solo quería conjeturar sobre vidas pasadas o discutir si existían reales posibilidades de conexión extraterrestre. Decidió, sin más humillaciones, mantenerse sola, confiando en la idea de su abuela: cuando Dios te quiere dar, a la puerta de tu casa te lo va a dejar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La abuela sabía más refranes que versículos y, aunque ya no recordaba ni su lengua ni su apellido, el tata dejó de pegarle cuando cambió el cinturón por la Biblia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Del sector donde la criaron sus abuelos la apodaron «la pico e’palo»; era la envidia de muchos varones por su fuerza y determinación. Su madre la miraba con desprecio; mientras su cuerpo se hacía adulto, la distancia entre ambas crecía. Tampoco es que hablaran mucho: su madre se mudó a la capital y la dejó huacha chica con sus tatas. De su padre no figuraba ni el nombre en el acta de nacimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aun así, creció rodeada del amor de sus abuelos maternos: el olor a café de trigo por las mañanas, los catutos con mantequilla y la yegua Lucero, que la acompañó siendo su mejor amiga hasta los doce años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un día llegó donde sus abuelos con un cartón bajo el brazo: ya cumplí, muchas gracias por criarme, ahora me toca a mí ayudarles. Así consiguió un trabajo de contadora auditora en el servicio público, con el que pudo sostenerlos hasta que murieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenía que ponerse todos los días su traje percudido y desayunar pan con mortadela lisa, o mantequilla con ají, en la estrecha cocina del edificio junto a sus colegas.<br>—La otra vez me llamaron de una encuesta telefónica y dije que estaba feliz con mi vida —le contó a la Yari una noche ya de madrugada—, pero no sé… a veces siento que me falta aire. Aunque tomo dos litros de agua, así me dijeron en el consultorio, y estoy como seca, como vacía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde hacía unos días, el traje le causaba comezón y ronchas. No le satisfacían ni los videos conspirativos ni las series románticas que veía con su bandeja en la cama antes de dormir.<br>—¿Con quién hablar de lo que siento? —se preguntaba—. La mayoría de los pensamientos debía guardárselos para sí misma, incluso los recurrentes sueños que tiene desde pequeñita.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estar todo el día en los ajetreos de cuatro paredes y en la ciudad le traía ideas oscuras: a veces imaginaba tirarse del tercer piso del SECPLAN y acabar con los días que parecían todos iguales. Las personas se volvían grises entre risas y choques de copas after office. En esas noches previas al insomnio total, sus amistades le parecían ausentes; dormía con el cuerpo cortado y, desde las entrañas, se desconectaba cada vez más de lo que entendía por humano. Entre las torres y las calles pavimentadas se escuchaba en todo momento el sonido de lo inorgánico, y un zumbido de electricidad aguda la atormentaba en la cama, profundo en sus tímpanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, los días corrieron tan rápido del mismo modo que la lluvia de papeles que calculaba y timbraba. Sin entender qué le pasaba, el jueves llegó de sopetón y partió por tierra hacia la capital por una capacitación obligatoria: «Convenios municipales con empresas extranjeras de energías renovables», de jueves a domingo. Siempre que iba a la capital debía inventarse un gran motivo: trabajos intermitentes, amistades a distancia, productos imposibles de conseguir en su ciudad. Miraba cambiar su paisaje por montañas de hormigón, y el olor a podredumbre se colaba por las ranuras del bus.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los días allá le pesaron en la salud. Echó de menos la lluvia, pero la capacitación, más que explicar los objetivos de las empresas, fue un desfile burocrático de siglas y protocolos. Mientras algunos expositores de empresas extranjeras hablaban sobre sus convenios de energías verdes con representantes de municipalidades, ella sentía como si un rumor de oleaje convirtiera su sangre en un murmullo decadente. Volver a casa fue un tramo más largo de lo pensado: un mareo similar al de navegar en un bote bajo tormenta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al llegar el domingo por la tarde a su casa, después de once horas de viaje, intentó dormir, pero su cuerpo temblaba y oía fragmentos de noticias, personas que conoció en la capital y los ecos de eras de genocidios transmitidos. No podía vencer el algoritmo de risas rápidas, videos para adelgazar antes del verano, cómo descubrir tu amor verdadero. Conforme las luces tintineaban, su náusea se volvía un reflujo que no lograba vomitar. Cerró los ojos y pudo dormir imaginando que su cuerpo era un botecito y el río ya se calmaba.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">El lunes se levantó a las seis, como de costumbre. Su pijama estaba todo mojado. ¿Habré tenido fiebre? Se asustó porque no era solo humedad: el pijama podía escurrirse del agua. Sacó las sábanas y levantó el colchón con la esperanza de que se secara para la noche.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Puso la tetera sobre la cocina a gas, preparó el mate con poleo, tostó un par de panes y comenzó a picar, con las manos tiritonas, fruta para la colación. Su cuerpo era una gelatina y, sin mucho control de él, se cortó en la punta del dedo más alaraco y brotó una sangre roja paliducha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«Statkraft opera en más de veinte países».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de irse sintió un fuerte olor a gas: la cocina se había quedado encendida por más de una hora. El olor le trajo la misma náusea de la noche anterior. La casa no se consumió, pero en mente resonaban fragmentos de la capacitación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«Desarrollamos y operamos activos de energía renovable en Europa, Sudamérica y Asia».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Marcó el huellero digital a las ocho y media; jamás se atrasaba. Tuvo que comandar su dedo que todavía seguía resbaladizo con su otra extremidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«Statkraft AS es una empresa hidroeléctrica propiedad íntegramente del Estado noruego».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Saludó a Yari como si fuera Carla y a Carla como si fuera Yari. Las chicas se rieron, pero ella estaba confundida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«La compañía está presente en diecisiete países y tiene un portafolio con una generación eléctrica agregada de sesenta y un TWh».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sostuvo diálogos sin fruto en la oficina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«Statkraft está presente en Chile desde 2014, operando dos centrales hidroeléctricas y desarrollando proyectos hidroeléctricos y eólicos».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sentía las piernas semejantes a cochayuyos a la deriva en los peñascos. Se miró las manos y alcanzó a ver los vasos sanguíneos, el movimiento de la sangre. Fue al baño y notó cómo el rostro y las manos cambiaban con la luz de las paredes por donde pasaba. Los pigmentos le atravesaban la piel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Se estaría volviendo transparente?</p>



<p class="wp-block-paragraph">«En 2015 adquirimos la Compañía Pilmaiquén Electric, con proyectos y operaciones en la cuenca del río Pilmaiquén».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mucha información, pensó; le tiritaban las manitos en la calculadora. Fue al baño a colocarse corrector antiojeras; quería gritar y arrancar las capas de pintura que sobresalían de las paredes del SECPLAN. Volvió al baño para hacer dos gotas de pipí, volvió al asiento de la oficina, luego otra vez al baño, se echó agüita fría en las sienes y se decía a sí misma:<br>—Sosiégate, cabra lesa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A medida que pasaban las horas después de ese viaje, el dolor de cabeza se volvió más punzante y se apretaba los dedos en el entrecejo y atrás, por el cerebelo, que le dicen. Ese lunes llevó unos imanes de regalo para sus colegas, los que no conocían la capital.<br>—Mira, te traje uno del museo —le dijo, con una sonrisa cansada.<br>—Con esa carita, ¿del museo o del mausoleo? —respondió la Yari, riéndose.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego se tomó una infusión que su abuela le habría recomendado para la jaqueca.<br>—Hijita, cuando te duele la cabeza es que no estás remando en tu interior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así transcurrió el martes, y el martes ya no era martes sino un día cualquiera. Solo el calendario digital le marcaba las reuniones y entregas laborales impostergables.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dio vuelta el colchón para dormir por el lado seco, el martes en la mañana, sin recordar nada de lo que ocurrió al dormir. Se despertó tosiendo agua y, nuevamente, empapada. Esta vez el colchón ya no se podría usar nuevamente. Se miró al espejo y la piel, casi de vidrio, dejaba ver las pupilas, dos cavernas donde la luz no llegaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegó a la oficina y las paredes estaban con más moho de lo habitual; grandes hongos aparecían por las esquinas y el moho formaba un estampado que convirtió los muros en lagunillas. Las personas corrieron a sacar archivadores con documentos importantes y les solicitaron trabajar en otro departamento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras sacaba los archivos junto a sus compañeras, notó que los archivadores se empapaban al tocarlos. Aún nadie se daba cuenta, y aunque ya casi no le dirigían la palabra, el huellero que marcaba el inicio y el fin de la jornada laboral todavía la reconocía y vociferaba con acento español de España: «Acceso activado».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese día no pudo soportar el peso de la vida. Las crisis siempre se anunciaban igual: el movimiento lento de las hojas cayendo y la luz filtrándose oblicua por el vidrio del escritorio. Sentía en el aire el olor agrio de la estación donde las frutas se pudren y la tierra recibe al mundo vegetal para el compostaje.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al llegar a casa, comenzó un llanto incontrolable. No sabía si lloraba por tristeza o por cansancio; solo sentía que algo dentro de ella se estaba secando. Miró los platos sucios de una semana, el colchón empapado y la ropa tirada en el suelo. Pensó en su abuela y en las excursiones que hacían juntas para recolectar hongos de la temporada: loyos y changles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El teléfono vibró. Mensajes de sus colegas, preocupadas por la carita de hoy.<br>Dúchate con agua helada —le escribieron sus amigas—, ayuda a destensar los músculos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se quedó mirando la pantalla, las letras brillando sobre su cara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Y si llorar fuera una forma de acercarse a su abuela? ¿Y si su abuela se había hecho agua y no polvo como decía la biblia?</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">La noche que anunciaba el miércoles no durmió ni medio segundo. La luna estaba llena, parecida a un queso, y el resplandor se filtraba entre las cortinas cual leche espesa. Supo que tendría que entregarse nuevamente a los gramajes de la medicina moderna. Llevaba muy en secreto esos padeceres, para no perder el trabajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El miércoles, al amanecer, pidió el primer día administrativo del año. Abrió los muebles, se frió unos huevos, pan tostado y café soluble. No se duchó y se vistió con ropa cómoda. Caminó hasta la farmacia del barrio, donde atendía una doctora de media jornada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La médica la escuchó en silencio, con el gesto de una genuina empatía. Le dijo que el diagnóstico era el mismo. Ya es una década tomando estas píldoras que había dejado por voluntad propia; los psiquiatras saben de qué va su porfía.<br>—No es necesario mayor seguimiento que este, doctora, permítame descansar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La doctora le recetó calmantes de día e inductores del sueño. Cuando recibió los medicamentos, supo que debía hacer una tregua con su historia y entregarse al llamado del cuerpo. Esa noche del miércoles se entregó a la pastilla. Había comido muy liviano; sentía el estómago moverse; desde el ombligo se conectaba hacia lo desconocido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Decidió convertir su tina en una cama. Durmió y, con el sueño, perdió los bordes de la habitación y de toda existencia. Cada vez que decidimos dormir nos entregamos a la posibilidad de no despertar jamás, pensó. Se imaginó botecito y marea, tiempo y cauce. Se concentró en el sabor amargo de la medicación, en la humedad que se acumulaba bajo la lengua. Creo que he pasado una vida deshidratada, debí tomar más agua, se dijo a sí misma. Se entregó al mundo de los sueños recostada boca arriba, las manos en cuenca mirando al firmamento, y soñó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">«Cuando se muere la carne, el alma encuentra su sitio», decía la Violeta, y es un cauce infinito. Acostada sobre las piedras, se sentían aterciopeladas, y los rayos del sol van encontrando refugio en las moléculas que titilan entre verdes y azules: reflejo de lengas y ulmos. Ya podía respirar agua; nunca más la sensación de sequedad.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se reconoció como un gran espíritu antiguo y se permitió hablar consigo mismo, para consolarse y entregarse fuerzas para lo que vendría:<br>—No en vano les dijeron que debían escucharme. Se los advirtieron tantas veces: en persona, por cartas, en las fotografías donde aparezco majestuoso. Les avisaron por las buenas, desde mis vecinos hasta grupos de ciencia, esos que esconden sus cartones y archivan intereses que articulan en palabras. Les advirtieron, pero no quisieron escuchar. En realidad, los extranjeros de casco y bota y yo no tenemos mucho en común. Es intentar hacer paces a la fuerza cuando sus objetivos y los míos distan en fondo. Solo soy un brazo más. Las primeras personas que se congregaron conmigo sabían lo anciano que era. Tantos años recorriendo montañas me habían vuelto un buen amigo; así me lo hicieron saber mientras comían los hongos que crecían a mi orilla y buscaban hierbas para sus hogares. Cuando el amor es recíproco implica una decisión de cuidado y ternura, y así fue la relación entre quienes me llaman señor y yo. Aunque también llegó gente agresiva, quienes cuestionaron nuestra relación y gritaban «anatema». Quienes vivieron cerca de mí honran la transparencia de mi cuerpo cuando las estrellas y la luna se posan sobre mí, atrayendo con nuestros cantos, humanos y divinos, los elementos, la piel, el alto cielo y la brisa. Con notas suaves, ondulantes y permanentes, soy capaz de concebir algo más grande que yo mismo: llegar hasta el mar que refleja el universo. El amor no se envanece ni busca provecho. Por eso traigo y llevo espíritus hasta otros ríos y al gran estuario. He sido mensajero de las formas de vida que hay en mí y en todo.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando ella despertó, la tina estaba casi al tope de agua; su rostro y parte de su pecho estaban expuestos al aire. El agua, ni muy fría ni muy tibia, le cubría todo el cuerpo. Pese a todo lo que le decían por tener cuarenta y cinco años, por no haberse casado ni tenido hijos, se sintió más joven que cuando gateaba sobre la Tierra. Le entró una nostalgia honda; añoraba una forma de vida incomprensible, demasiado estrecha para Río Bueno y los suyos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abrió los ojos con una molesta alarma. Buscó un vaso de leche, miró su uniforme a lo lejos, y le pareció un conjunto de trapos innecesarios para su cuerpo translúcido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Casi podía escuchar la voz de su abuela susurrarle:<br>—Tranquila, cabrita del monte. Tú traes y llevas, pero ahora estás aquí conmigo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se desnudó y, al entrar en la ducha, tuvo la sensación de que, junto al agua que corría de la regadera, eran una sola. Le provocó un placer que jamás había sentido. El líquido tibio le corría por la espalda y ya no sentía que vivía sola; las gotas le cantaban y le permitían respirar el vapor; un sedante para el día que se avecinaba en su cuerpo hecho casi de niebla.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya en la oficina, las tareas se amontonaban en una nube de papeles que le provocó ardor en los ojos. Mientras tomaba su cafecito matutino, revisó las noticias: un nuevo derrame de petróleo en el Golfo de México. La sola evocación del olor a bencina le apretó el corazón, y las luces de la oficina parpadearon durante un minuto, al ritmo de su respiración y de la náusea. Debe ser el viento del otoño, pensó después, restándole poder a lo que intuía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Corrió al baño y comenzó a llorar agua dulce; no podía detener las gotas, ya no las podría detener. Su cuerpo ya no sentía los límites de la piel que lo hacía sólido. Esa permeabilidad iba creciendo; un reloj de arena sobre ella. Sentía que su torso se le estrechaba; un dique invisible la presionaba por dentro, le costaba respirar. Intentó calmarse abanicándose, prendiendo el ventilador de la oficina, abriendo las ventanas, pero el aire seguía quieto. Ya no pudo ocultar que mojaba los documentos entre sus lágrimas y poros: los números que debía calcular se escurrían, los millones se derretían en todas las hojas que tocaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su jefe, intentando no exponerse a una demanda por acoso laboral, le solicitó, con voz de cordial obligación, que se retirara de la oficina y asistiera con urgencia al hospital, por un posible cuadro de menopausia precoz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba sola en casa. Recibía llamados que no contestó. Una vez más se preocupó: sabía que dormir la traería nuevamente al cauce. Esto le había ocurrido en otras crisis: desde el día de la menarquia despertaba con charcos alrededor de ella; esta vez era distinto, ya no había vuelta atrás y ella tampoco lo quería.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su abuela le dijo que sus raíces eran tan largas como las venas que irrigaban de sangre su cuerpo, vénulas incontables, vasos microscópicos. Así es la memoria de nuestras vidas, le decía.<br>—Nuestra sangre llega al mar; aunque perdimos, nos cambiaron el apellido en el registro civil, somos familia de linaje de soñadoras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Preparó un té de ruda y cedrón. Se tomó la píldora completa. Esta vez, mientras se entregaba al remedio, se dijo a sí misma: a lo que es y será, a mis abuelas y a lo que llevo y traigo. Se sintió gratamente hidratada; se desnudó y se recostó en la tina. El sueño la venció.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al abrir los ojos, todo era negro color obsidiana, sin más reflejos que unas luces diminutas, parecidas a las alas de las polillas. Una cueva resonaba con cada vaivén del agua: un gran vientre donde su cuerpo movía almas imperceptibles, en una realidad donde lo líquido era líquido y el concreto, concreto. Entendió su fuerza y comprendió la conciencia de lo que albergaba.</p>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph">—El tiempo es circular —susurran los ritos que me invocan—. Comencé a danzar, a mover almas por el cauce, a llevarlas al mar para que el cielo se reflejase sobre ellas al ritmo del amanecer. Puedo sentirme en kilómetros. De pronto talaron alerces y sauces y los reemplazaron por árboles de metal. Ya no podía dirigirme con mi ritual fluido: me clavaron estacas y concreto. Un monstruo sobre mí, jamás antes visto desde que los glaciares se derritieron y me formé. Intenté seguir trasladando los espíritus, dotar de fuerza a las personas que vivían a mi alrededor, pero el cuerpo me pesaba. No tenía el control de mí: las rutas ancestrales se cerraban. Los humanos, constructores del monstruo de metal, declararon enemigos a quienes habitaban mis orillas y cuidaban mi vida. Una mujer se comunica conmigo, saben quién soy. No me abandonarán.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph">No recuerda cómo volvió a su oficina por última vez. Comenzó a sentir que el uniforme la asfixiaba, la respiración entrecortada, y volvía a sentirse seca. Nadie la veía: su membrana era de papel diamante y alcanzaba a distinguir las coronillas de las cabezas de su jefe y sus compañeras. Decidió no volver a ese mundo e incorporarse a lo que siempre fue y añoraba.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este no es el mito de Ofelia: no hubo cuerpo que buscar. Un día, la mujer que trabajaba en SECPLAN fue al baño convertida en una persona de lluvia y se volvió un charco que la señora Rosa trapeó después, reclamando por las viejas cañerías y sus típicas filtraciones.</p>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph">Para volver a respirar, imaginó las manos de su abuela bañándola cuando pequeña, vertiéndole cubetas de agua tibia con sal y romero mientras le cantaba. No tuvo temor: así se deshizo en su elemento familiar y su espíritu viajó a su tiempo redondo.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1199" height="1199" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2.jpg" alt="" class="wp-image-3928" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2.jpg 1199w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/camialmm-2-768x768.jpg 768w" sizes="(max-width: 1199px) 100vw, 1199px" /></figure>
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<p class="wp-block-paragraph"><mark style="background-color:#000000;color:#ffffff" class="has-inline-color"><strong>Camila Almendra</strong> es profesora y escritora del sur austral de Chile, nacida entre los ríos de Chaurakawin y Ainileubu. Habita hoy en Coatepec, México, donde cursa el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Veracruzana (Xalapa). Investiga las escrituras de mujeres, las disidencias, y los cruces entre poesía, clima y ciencia ficción. Sus creaciones están en revistas y antologías tales como <em>Revista Ceres</em> (Ediciones Mal Criada, 2015-2020), <em>Silvestres y Eléctricas, poetas latinoamericanas</em> (Cartonera Helecho, 2016), <em>Maraña: panorama de la poesía chilena joven</em> (Editorial Alquimia, 2019) y en <em>Estuaria, visión de 9 afluentes</em> (Tinta Negra Microeditorial, 2022), Revista <em>Punto de Partida</em> (UNAM, 2025).<br>Ha publicado los poemarios <em>El viaje de la Heroína</em> (Editorial Alto Horno, 2016), <em>Provinciana en Colores</em> (Ediciones Kultrún, 2022) y <em>Pistila del gen lumínico</em> (Tinta Negra Microeditorial,&nbsp;2024).</mark></p>



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		<title>«El dormido» por Manuel Zúñiga Trier</title>
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		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Nov 2025 12:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 50 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 1193 palabras &#124; Chile &#124; En su departamento, un hombre convive en secreto con una criatura monstruosa que llegó del exterior sembrando terror en el mundo y que ahora duerme profundamente en su casa. Al principio piensa denunciarla, pero la costumbre, la fascinación y la culpa lo atan a ella.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-de6820b44b08a63eae8776de503fe1a7 wp-block-paragraph">En su departamento, un hombre convive en secreto con una criatura monstruosa que llegó del exterior sembrando terror en el mundo y que ahora duerme profundamente en su casa. Al principio piensa denunciarla, pero la costumbre, la fascinación y la culpa lo atan a ella.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 50 | Narrativa | Terror | 1193 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-2167176d77a41fcdd8b466118e28d7dd" id="EL_DORMIDO" style="font-size:100px"><mark style="background-color:var(--ast-global-color-3);color:#ffffff" class="has-inline-color">EL DORMIDO</mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="manuel-zuniga-trier-d91ece88-9242-480f-b00d-435e80d1d532" style="font-size:50px">MANUEL ZÚÑIGA TRIER</h2>



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<p class="wp-block-paragraph">Desde hace unos días que hay algo en mi casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vino de fuera, desconozco su concepción y menos por dónde comenzar a explicarlo. Lo mejor que puedo decir para describirlo es que ocupa buena parte del espacio de mi departamento con púas y pliegues de carne gruesos y flácidos. También sé, por lo que dicen, que es altamente peligroso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que más me molesta, sin embargo, no es su apariencia ni la amenaza que representa. Lo que me indigna es que esta bomba de tiempo haya pasado a mis manos sin aviso y sin mi consentimiento. Estamos hablando de algo salvaje y horroroso. Algo de esa naturaleza vino y paró aquí, así de repente: de todos los lugares, luego de sembrar el terror en todo el mundo, se metió en mi casa y se quedó profundamente dormido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pienso en cuánto me ha costado considerar entregarlo. Lo sé. Sé que la mejor decisión es dar aviso, delatarlo. Lo sé y lo he sabido hace tiempo. Pero para que entiendan lo que digo: fueron unos días de superar el shock, otros cuantos de dudas y cálculos. El tiempo pasó muy rápido y ahora me da vergüenza admitir que he tenido a esta bestia fétida en mi hogar, viviendo conmigo, escondida del mundo. Ahora no tengo cómo explicarle a nadie por qué no he hecho nada al respecto. Y, tras observarlo por días mientras duerme, ha llegado el momento en que no puedo pensar en hacerle nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me rendí a la idea de que haya un ser que de a poco se ha convertido en uno más de los muebles del departamento. Se ha vuelto inconcebible conseguir a alguien que me entienda y me ayude a deshacerme de él. Además, sí, supuestamente es nefasto, pero, en rigor, en este estado no le hace daño a nadie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De alguna forma me he ido habituando y ya no lo observo con tanto miedo, sino que hasta con fascinación. Mi naciente curiosidad me ha hecho acercarme en ocasiones más de lo que quizá debería y preguntarme si de verdad es tan malo como dicen. Me cuestiono si, de hecho, habrá una razón para su existencia. Si tal vez es un monstruo incomprendido y yo sea el único que lo entienda. Me pregunto si, a lo mejor, tal como yo me he familiarizado con él, haya una posibilidad de que él lo haga conmigo y que conectáramos. Así, cuando despertara, quizá me reconozca como un aliado. O incluso como su amo. Por último, me conformaría con ser alguien a quien él no quiera matar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Comencé a tantear terreno en este aspecto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Noté que, cuando le acerco cosas a los agujeros por donde el aire entra y sale, se detiene momentáneamente, como poniendo atención. Asumo que el olor debe recorrerlo por dentro. He tratado ropa limpia, después sucia, después mis sábanas usadas para que las huela. Todo me hace creer que me está aceptando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Acto seguido, intenté alimentarlo. Le encontré el espacio por el que entra la comida sin que vuelva a mis manos empapada en jugos. Por él introduje cereales, pollo y huevo. La última vez le escupí a la comida para que tuviera algo mío. Eso tiene que ser de ayuda para que me recuerde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde que le di pelos de mi almohada y las uñas que me corté después de bañarme, juraría que distingo entre sus pliegues una especie de cara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las cosas se me complican a medida que descubro rasgos como ese. Sigo soñando que, después de todo lo que hice, despierta y, con una mirada perdida, me dice con su boca deforme: “Discúlpame”, y me devora. No es justo. No sería nada justo que, después de mantenerlo a salvo de las autoridades y la gente, se volviera en mi contra. No es justo que, de la preocupación, se me caiga el pelo y se me descueren algunas partes. He estado juntando todos esos pellejos y pendejos y dándoselos de comer. Mínimo, si los pierdo por su culpa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me he estado rascando más de lo habitual. No estoy cien por ciento consciente de cuánto me rascaba antes, pero estoy convencido de que es así. Es que estas pequeñas costras empezaron a aparecer por todo mi cuerpo, sin ninguna explicación. Especialmente las de la cabeza, que salen por montones. Tal como hice con el resto de mis despojos, se las he estado dando a él en venganza. Últimamente, sin embargo, he comenzado a arrepentirme de esto, porque, de no haberlo hecho, creo que él no hubiese empezado a murmurar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No he estado saliendo. No puedo abrir la puerta y arriesgarme a que alguien escuche las palabras que lo he escuchado formar. Estoy seguro de que en cualquier momento este monstruo se para sonámbulo. Tengo miedo de que alguien lo escuche a través de las paredes y luego vengan a husmear. No sé si alguna vez despertará; no me podría importar menos ahora. Lo que me preocupa es todo lo que sabe y repite sin filtros. No sé qué tipo de broma cósmica sea esta, pero no me causa ninguna gracia que esta aberración conozca tantos detalles de mi vida personal. Especialmente sobre lo que pasó con mi madre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recientemente, identifiqué estas costras que se expanden por mi piel como las mismas que cubren a la bestia. O al menos así me lo parecen. Se sienten ásperas y sensibles contra el colchón, y me imagino que así debe sentir él todo su cuerpo. Mi reclusión pasó a ser absoluta, no puedo dejar que nadie me vea en este estado. Ya no queda ni una uña en mis dedos. Todavía no me acostumbro a la sensación de encías desnudas contra mis labios. Mientras, su cuerpo, desde que le doy pedazos de mis orejas y párpados, se empezó a cubrir de piel humana. La idea de tocarlo se ha vuelto más repugnante que nunca. Yaciendo con su cuerpo rosado y su voz tan parecida a la mía, no me causa más que rabia y desprecio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sus monólogos se sienten demasiado cercanos y ofensivos. Como burlas de lo que fui. Un insulto a la vida como la conocía. Me duele todo en este momento. Lo reconozco, fui feo, fui inútil. Tuve un nombre ridículo y mis cosas no valen nada. Mi único alivio en estos momentos es dejarle mis dedos secos, mis pies gangrenados, todo, a él. Ya no me importa nada. Ahora es más parecido a mí que yo mismo y considero que todo aquello le pertenece. Yo, por mi parte, soy la copia de él cuando se metió aquí y su rol ha sido transferido a mí a la fuerza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me doy cuenta, aunque tarde, de que no lo maté cuando pude y ahora, aunque no quiera, me urge perpetuar su legado. Tengo sus pinzas en vez de mis manos, mi piel está reseca, atravesada por púas. La sangre del dormido no provee el alivio suficiente; tengo que salir y robárselo al mundo, tal como lo hizo él antes de meterse en mi casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Destruido todo y todos, voy a volver a descansar y, cuando me duerma, seguramente él va a estar despierto.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><mark style="background-color:var(--ast-global-color-5);color:#ffffff" class="has-inline-color"><strong>Manuel Zúñiga Trier</strong> nació en Santiago de Chile y fue criado entre Talagante, Chiloé y Tasmania. Biólogo de profesión y masoterapeuta por pasión. Esgrima histórica, vocalizaciones extrañas, animación y escritura son hobbies que se pelean su tiempo. Afín a las artes que lo dejan triste, pensativo y babeando. Escribe, por lo tanto, cosas extrañas e incómodas, ojalá terroríficas.</mark></p>



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		<title>Ellos por Lana Morales</title>
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		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Nov 2025 13:04:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 49 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 3582 palabras &#124; Lana Morales &#124; Uruguay &#124; Rita, punk de un pueblo violento, huye de su familia criminal para llegar a la capital con ayuda de Gina. De noche, disparos. Un caniche le “habla”: los perros fueron creados por Ellos para vigilarnos y controlar mentes. Estalla el caos, Gina cae, y un ejército de perros avanza. Rita quizá no escape.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-3d63bb6f02449abc391e0c9bdd31537b wp-block-paragraph">Rita, punk de un pueblo violento, huye de su familia criminal para llegar a la capital con ayuda de Gina. De noche, disparos. Un caniche le “habla”: los perros fueron creados por Ellos para vigilarnos y controlar mentes. Estalla el caos, Gina cae, y un ejército de perros avanza. Rita quizá no escape.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 49 | Narrativa | Ciencia ficción | 3582 palabras | Lana Morales | Uruguay</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img decoding="async" width="2560" height="1600" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-scaled.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-scaled.png 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-scaled-600x375.png 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-300x187.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-1024x640.png 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-768x480.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-1536x960.png 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-2048x1280.png 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-1280x800.png 1280w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-400x250.png 400w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-984x615.png 984w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/portada-3-1320x825.png 1320w" sizes="(max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>


<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">Tiene el bolso colgando de su hombro y su mano sujetándolo. Es de noche. No hay nadie en el pueblo. Todos están adentro de sus casas, cuyas chimeneas indican que tienen la estufa prendida. Hay tanto olor a humo que pareciera que el cielo va a quedar del mismo color que sus uñas: negro (aunque el negro de sus uñas está muy desgastado).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tan solo espera que sus padres no noten su ausencia, no por esta noche, ya que esperar que no noten que se fue en la mañana es completamente imposible (es invisible, pero no tanto). Lo último que quiere es ver a alguien que conoce. No quiere encontrarse con su familia… No con ellos. Si alguien ve su cara, entonces notaría que algo la está comiendo por dentro. Ni la capucha sobre su cabeza ni la campera de nylon arriba de su ropa pueden disimular quién es. Eso es lo más terrorífico: tener que ser ella todo el tiempo. Por eso es que no va a tomar el ómnibus: vería tantas caras conocidas, tantos drogadictos y gente turbia con la que no le convendría cruzarse. Hoy no se puede permitir ser turbia, hoy tiene que agachar la cabeza y pasar tan desapercibida como un anciano. No puede ser punk, como su primo una vez la llamó. Hoy tiene que…</p>



<p class="wp-block-paragraph">El sonido de un disparo la descoloca completamente. El pueblo es tranquilo en teoría, pero no en práctica. Solo los punks como ella saben lo que pasa de noche. Solo los punks como ella escuchan los disparos cuando, a las cuatro de la mañana, los demás duermen tranquilos y pacíficos como una señora sedada por muchas pastillas para dormir. Ella apura el paso en un intento fallido de pasar desapercibida. Ahora, pasar desapercibida es tan solo un anhelo tan lejano como ir a pie de Uruguay hasta China (e igual de difícil, también). No puede permitirse ser vista, al igual que no puede permitirse estar en el pueblo y al igual que no puede permitirse ser amada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El pueblo es peligroso, se repite a sí misma una y otra vez. No es tu culpa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Rita sabe que no es el pueblo en sí lo que es peligroso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se detiene en seco al escuchar otro disparo. No tiene tiempo para dudar ni dejar que el cuatro en su celular se convierta en un cinco. Porque la persiguen y no están jugando. No es una advertencia, pues ojalá lo fuera. Esto es real. Vienen por ella y no van a dudar cuando la bala tenga que atravesar su ojo, y ese ojo (digamos que el derecho) termine siendo nada más que carne.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por más tentador que sea, Rita no puede permitirse pensar en pedir ayuda, porque ella misma, más de una vez, ha estado en el bando equivocado. No voluntariamente, pues no tenía otra opción, pero a la vez recuerda esa inquietante y terrorífica frase: Siempre hay otra opción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No, piensa ella inmediatamente. En mi caso no la había.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se apura a cruzar la calle, un pasito más cerca de donde se encuentra el auto (si es que Gina le dice la verdad). Pues nunca se puede confiar plenamente en una persona del pueblo, por más punk que sea. Una vez le dijo a Gina que, si la traicionaba, entonces iba a volver con su familia (aunque sea lo que menos quiera en el mundo) y ordenar que la eliminen. Rita nunca haría eso, aunque fue bastante creíble, pues nadie extrañaría a una punk como Gina; al igual que nadie extrañaría a una punk como Rita (pero dejó ese obvio detalle afuera al momento de la amenaza, pues Gina tenía que sentir que caminaba en la cuerda floja).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rita nunca se acercó demasiado a nadie. Es difícil acercarse a la gente cuando tu familia lastima de tal modo. El pueblo tiene marginados y luego tiene asesinos, personas cuya marginalización está justificada por sus acciones y no por su identidad. El negro en las uñas de Rita hace que sea fácil identificarla como (además de la asesina que es) una marginada, dos verdades que no se interponen sino que conviven.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No soy una asesina, jura ella. Tan solo nací de las personas equivocadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero, aunque haya nacido de las personas equivocadas, y aunque ella nunca quisiera hacer daño y que a lo mejor sea una santa…, Rita sabe cómo hacer daño, porque lo ha hecho cuando no tenía otra opción y porque ha matado cuando sí la tenía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cuchillo está en tu mano. Tenés la opción de hacer lo que quieras. ¿Qué elegís?</p>



<p class="wp-block-paragraph">No. Él se lo merecía. No puede torturarse por eso, ella lo sabe. Pero la come por dentro porque, aunque sería muchísimo más fácil si no, ella tenía una opción. Tenía la opción de acuchillar a su padre y usar su intestino como guirnalda. Pero decidió hacerle caso, como lo ha hecho toda la vida. Decidió matar al hombre que su padre quería, por mucho que se lo mereciera. Eso debió haberle dado una falsa sensación de seguridad, de que su hija nunca iba a escapar en el medio de la noche mientras cada uno de ellos dormía con un arma en mano, incluso los más pequeños.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Marca el número de Gina en su celular mientras se asegura de que no hay nadie en derredor, escuchándola (aunque, si algo sabe bien, es que nunca se puede estar muy segura). Ella tarda un poco en contestar, pero al final atiende con aire de impaciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Por qué no estás acá?<br>—Estoy caminando.<br>—Más te vale que te apures, o nunca vamos a llegar a la capital. Lo más probable es que nos agarren.<br>—Con esa actitud nos van a agarrar, seguro.<br>—Te apurás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le llega una sensación de vacío cuando Gina corta el teléfono. Se siente sola y azul. Pero no puede permitir sentirse así. No cuando hay cosas tan importantes en juego. Llegar a la capital representa una oportunidad, aunque su familia pueda llegar a encontrarla en cualquier momento. Ellos no dudarían al acariciar su garganta con un cuchillo de cocina. Porque ellos no tienen piedad ni remordimiento. Ellos son la muerte y escapar representa vida. No quiere llegar a sus setenta y estar como Mary, cuya piel pálida y voz ronca hacen que parezca salida de una película de terror. Hay que jugar el juego, chica, le dijo una vez mientras acariciaba su rostro con una mano adyacente a una pasa de uva. Pero ella no quiere jugar el juego. Ella no quiere haber nacido en una familia tan infrecuente. Ella es consciente de que nadie sabe acerca de los asuntos ilícitos en los que participa su familia (mi familia, no yo), y los que sí saben, deciden ignorarlo como quien ignora un trauma familiar. No hables, no preguntes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otro disparo. Esta vez está más cerca del auto de Gina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Papá, ¿por qué matamos personas? Él la miró con esos ojos que no demostraban alma ni un poquito de cariño, aunque Rita solo era una pequeña. Hay personas que miran, esperando toda su vida por un placer que nunca va a llegar. Después hay otros, como nosotros, que hacemos, que obtenemos ese placer. No somos muchos, pero hacemos una diferencia. Y luego se rió de manera tan… cruel, como si ni él mismo se creyera lo que estaba saliendo de su boca. Pues la única diferencia que hacen es reducir la población.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siente que un auto se aproxima, y es ese sonido propio de un motor fallado y cutre lo que la hace darse cuenta de que se aproxima su familia. Queriéndola. Te queremos demasiado como para soltarte. O, más bien: Te odiamos demasiado como para soltarte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La chica pega su espalda al árbol más cercano en la superficie de la acera en la que camina. Respira tan fuerte y la corteza parece querer atravesar el nylon. Las luces del auto iluminan el afortunado negro de su campera, que se pierde en el negro de la noche. Está a un paso en falso de quedar completamente expuesta. De regalarse a una dolorosa muerte. Quizá me degüellen, piensa. Porque una cosa importantísima acerca de su familia es que no hay un código sobre no traicionar a los suyos… No si él te traiciona primero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siente sus lágrimas a punto de salirle de adentro como una cascada. No podés llorar, le dijo su padre una vez, porque si llorás, entonces sos como una de ellos: débil. Así que Rita contiene sus lágrimas como quien contiene un estornudo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eventualmente, luego de pasar muy lentamente, como si ellos supiesen que ella estaba ahí, el auto pasa. Aunque todavía siguen a una distancia bastante corta, considerando la distancia a la que le gustaría tener a su familia. Ella no se atreve a salir de su escondite, que ni siquiera es un escondite, ya que cualquiera que pase por la acera puede verla frente a frente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su celular empieza a sonar muy fuerte. Es Gina. Rita declina la llamada. El auto para de repente y Rita se mueve con la espalda pegada a la corteza, hasta que le da la espalda a su familia, no su costado. Ella le pide a quienquiera que esté dispuesto a responder, que por favor el auto no retroceda hasta dar con ella. Porque así tendría que salir corriendo y ellos traen armas. Ellos aman hacer doler (tiene tantos ejemplos que dar uno solo sería quedarse corta). Como cuando le rompieron el brazo a ese hombre: era un padre soltero cuya exesposa tenía un nuevo amor. A ese nuevo amor no le parecía muy bien que él (no recuerda su nombre) tuviese la custodia de la pequeña de su novia, así que acudió a su familia. Recuerda cuando el teléfono sonó y su padre tan solo respondió: «El trabajo será hecho», con esa ausencia en su voz que nunca dejaba de sorprenderla. Poco tiempo luego de eso, su familia fue a la casa del padre soltero en el mismo Chevrolet Captiva Sport negro en el que ahora la buscan. Se metieron a su casa mientras él y su hija dormían, pusieron su cabeza dentro de una bolsa de tela que usaban para hacer mandados y lo metieron dentro del auto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Perdón por no poder darte de comer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además de su brazo roto, también lo mataron de hambre, aunque ni siquiera fuese necesario; pues lo que tenían que hacer era eliminarlo del plano, y ellos decidieron hacerlo de una forma cruel e inhumana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso estoy huyendo. Por esa niña que se quedó sin padre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El auto vuelve a arrancar y Rita sale de su escondite. Prende su celular y ve esa llamada perdida. Ella no se siente completamente segura de volver a llamarla, ya que hacer ruido significaría ser escuchada. Mejor no, piensa. Pues Gina la va a ver de todos modos cuando llegue a la Calle Petricor. Pero ¿y si se va? No lo cree, pues Gina necesita irse tanto como ella. Sus padres son adictos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La joven resume su caminata con más rapidez… Hasta que se da la cara contra el suelo. La caída es dolorosa, metálica, y le deja la nariz sangrando un poco. No sabe ni dónde está.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¡Uy! Perdón por eso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La voz es de un hombre, como de un actor de doblaje. Rita levanta su cabeza lentamente del suelo. Un grueso hilo de saliva va desde la acera hasta su boca, que sigue abierta. Se ve que el hombre no sintió mucho remordimiento ya que, cuando ve alrededor, no hay nadie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero hay un pequeño, adorable perro caniche mirándola fijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella se levanta y (a duras penas) sigue caminando. El caniche le pareció tierno, aunque con su familia suelta, el chiquito no debería andar por la calle. Nadie debería andar por la calle. Da un suspiro y le agradece a quienquiera, ya que no se lastimó. Todavía está entera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¡Te hablé!, dice de nuevo el desaparecido hombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rita se da vuelta y no hay nadie en la acera ni en la calle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¡Okey, tarado! ¡Salí de donde estás escondido!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rita (nuevamente) resume su caminata. Pero la voz la vuelve a llamar. Habrá sido que estaba alerta, ya que, antes de que el hombre termine de hablar, la chica se da vuelta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo no soy ningún tarado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es raro, ya que la voz viene de enfrente suyo, pero enfrente suyo no hay nadie, solo el caniche.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rita se da cuenta de lo que está sucediendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¡Estás atrás del árbol!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella va corriendo hasta donde ella misma estaba escondida hace unos segundos. Gracias al entorno donde ha vivido toda su vida, se le hace difícil sentir miedo, y dicho sentimiento es reemplazado por una fuerte duda. ¿Será alguien que mandó su familia? ¿La descubrieron?</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¡Te tengo!…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero atrás del árbol no hay nadie, solo el aroma de su propio perfume, una de las pocas cosas que su padre le ha comprado en toda su vida. Le tiene un cariño agrio, así es como lo llama. Pues, por un lado, su padre nunca le compraba nada, ya que decía que las cosas materiales nos inhiben (cosa que es muy rara viniendo de él, teniendo en cuenta que no tuvo ningún problema al comprarse la última PlayStation), pero, por el otro…, es lo único que su padre le ha comprado. Cada vez que Rita veía esa maldita PlayStation, sentía unos palpitantes celos. Como si esa máquina valiera más de lo que ella jamás podría llegar a valer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El caniche la sigue mirando fijo, como si en sus ojos hubiese un filete. Da miedo, pero a la vez llega a ser adorable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La chica siente que nunca va a llegar a Calle Petricor cuando vuelve a caminar. Afortunadamente, recibe una llamada de Gina. Esta vez está desesperada… y enojada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Nos tenemos que ir ahora mismo, porque, si no, tu familia de desquiciados me va a encontrar y no nos vamos a poder ir. ¡Vení ahora mismo! ¡Y no…!</p>



<p class="wp-block-paragraph">No lo tendría que haber dejado entrar, como lo hizo antes de que Rita la llamase. Pensaba que no tenía hogar y quería llevarlo de viaje con ellas (si es que Rita decide aparecerse, piensa). Pero ahora, sentada en el asiento del conductor, siente que su cabeza va a explotar. Quizá lo haga.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nosotros no descendemos de los lobos. A nosotros nos trajeron Ellos para vigilarlos a ustedes. Piensan que somos adorables, ¡algunos incluso inofensivos! Observamos cuando piensan que no estamos mirando: cuando se cambian de ropa, cuando hacen cosas que no deberían. Nosotros no decimos nada, pues es parte de nuestra misión. Nos instalan una cámara al nacer, antes de mandarnos a la tierra…, y Ellos ven absolutamente todo, todo en tiempo real. Cada crimen e injuria de la que ustedes son parte, en la que nos tienen a su lado y confían en nosotros porque ¿por qué no?, si somos tan extremadamente adorables…, Ellos ven y nosotros también. Muchos de ustedes piensan que Ellos no son reales, pero Ellos nos crearon.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gina siente como si su cabeza se fuera a partir en dos. No solo es lo que dice, sino también un zumbido constante y un dolor de cabeza desde que empezó a hablar. Pero ¿siquiera está hablando? Lo único que tiene cien por ciento claro es que, cuando ese maldito le transmite palabras (¿será mentalmente?), ella no puede hablar. Quizá es porque el dolor de cabeza y el malicioso zumbido es tan, pero tan fuerte, que sería estúpido querer abrir la boca (es imposible). O quizá es imposible porque el maldito no se lo permite… Quizá…, solo quizá, él puede controlar mentes. Y solo quizá, hay cientos de millones de ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La llamada se corta de repente y Rita sabe muy bien lo que está pasando. Como tanto temía, su familia la encontró. Ahora no puede hacer nada más que desear que el caos se desate, pues eso es lo que ha deseado por tanto tiempo: que su familia se deje de salir con la suya. Que por fin paguen por todo lo que han hecho. Pero sabe que eso no pasará. Sabe muy bien que el cuerpo de Gina terminará enterrado en alguna tierra descuidada en la que nadie notaría si hay olor a putrefacto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se saldrán con la suya.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La mujer que vive en la casa que se encuentra al lado suyo (tiene ruleros y un camisón de símbolos color lila) sale corriendo de su casa, gritando… y sin su mano. De su muñeca, de donde debería empezar su mano derecha, chorrea sangre como si de una rabiosa fuente se tratara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cómo llegaron hasta ahí? ¿Cómo están en todos lados?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rita se plantea la posibilidad de que, a lo mejor, esto no sea obra de su familia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero… no puede permitirse estar en una escena del crimen. Quizá eso la haga una mala persona, incluso una asesina. Pero, para poder mejorar, necesita escapar de las garras de su maliciosa familia. No va a poder hacerlo si la retienen en el pueblo. Quizá eso la haga tan maliciosa como ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella sale corriendo de la mujer sin su mano y del olor a la única cosa que su padre le ha comprado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Corre hasta que sus pies se le cansan, hasta que sus dedos de los pies se retuercen, hasta que le agoniza el pecho. Corre hasta llegar a Calle Petricor, donde las puertas del auto de su amiga están abiertas. Es cautelosa al caminar por la acera, ya que no quiere encontrarse con lo que va a encontrarse. Perdió su inocencia hace rato, pero, por un momento, un pequeño momento, llega a sentir que este es su último momento en el que va a poseer un gramo de esta misma. Lo que encuentra luego es a su amiga con la cabeza apoyada en el volante, en una posición indicadora de que su cabeza habrá estado tocando la bocina un rato antes de haberse deslizado un poco. Si ser hija de su padre algo le ha enseñado, es que su amiga no está viva, así que no llama por su nombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siente un grito visceral y mira para su costado. Ve a un hombre que corre vestido en nada más que su bata. Pero luego la chica mira hacia arriba…, a su rostro…, y ve que le falta la piel de su cara. Sus ojos y sus dientes contrastan por su blancura contra el rojo de su carne. Está bronceado. Supone que su rostro también está bronceado…, dondequiera que esté. Lo esquiva cuando pasa corriendo con sus manos alzadas, al igual que la voz de sus gritos sucesivos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De repente ve al Chevrolet Captiva Sport negro viniendo hacia ella. La están viendo, de eso no hay duda. Con las luces del auto prendidas, que cargan tal intensidad, sería imposible no hacerlo. Lo único que puede hacer es esperar que lleguen hasta ella, que el dolor se termine más rápido. Fui tan estúpida al pensar que podía irme, piensa. La emoción que tenía por irse se disipa como el vapor. Estoy acabada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el auto sigue de largo con tal velocidad que es imposible no pensar que… están huyendo de algo. Pero ¿de qué? ¿De qué huirían ellos? ¿Si son los asesinos a sueldo más importantes de todo el país? Y de repente lo ve… Ve a un pequeño chihuahua que persigue al auto de sus padres. Eventualmente se detiene, como si pensara que no valen la pena, de todas maneras, y da la vuelta para caminar lenta y tranquilamente hacia otro lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Por qué huirían de un chihuahua?</p>



<p class="wp-block-paragraph">El pequeño la ve mientras lo mira y, como si fuera el momento perfecto, en su cabeza escucha una voz:</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué mirás?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es como si el chihuahua le hubiese hablado directamente a ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si fuese verano, entonces ya hubiera amanecido. Pero no es verano y ella no tiene más cartas que jugar. Se le acabó para ella. Parece que va a haber un apocalipsis: gente sin su rostro y sin su mano, corriendo asustada. Pero a Rita le parece de lo más normal, pues es lo que ha visto durante toda su vida. Lo que realmente le afecta es que se va a quedar en este pueblo. Se siente confundida: ¿Por qué sus padres no se detuvieron? Ya ni importa. Fui estúpida, piensa. Fui estúpida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sentir pena por sí misma no dura mucho, ya que, a continuación, ve a un ejército de perros aproximarse, ocupando toda la calle y la acera, derribando los postes de luz. Lo más raro es cómo los más pequeños están al frente y los gigantes detrás. Se organizaron…, pero ¿cómo? Vienen hacia ella. La van a derribar como si de un tsunami se tratase. La van a llevar con ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Empieza a correr en la otra dirección como si no hubiera un mañana, porque probablemente no lo haya. No hay salvación. De repente todo empieza a cobrar sentido: la gente sin partes de su cuerpo, el «hombre» que le hablaba y, especialmente, el chihuahua que perseguía a su familia. El caniche…, él era el hombre que me hablaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tampoco tiene tiempo para formular ningún pensamiento, ya que de repente puede sentir su cabeza partirse del dolor y…, un zumbido, un maldito zumbido que no la deja pensar, acompañado de diferentes voces que hablan a la vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Maldita humana.<br>Matar. Matar.<br>A Ellos obedecemos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rita se lleva las manos a la cabeza. El dolor es demasiado como para correr, pensar o gritar. Te inmoviliza. Cuando se meten en tu cabeza, es imposible escapar. Solo esperar…, esperar…, esperar.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="1170" height="1170" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2.jpg" alt="" class="wp-image-3897" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2.jpg 1170w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/foto-2-768x768.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 1170px) 100vw, 1170px" /></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Lana Morales</strong> es uruguaya y tiene quince años. Quedó en primer lugar en un concurso literario, en su respectiva categoría.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>«Nadie quiere a Adela» por Caracola Guardiola</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Nov 2025 18:20:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[mención honrosa]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 48 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 1207 palabras &#124; Caracola Guardiola  &#124; Chile &#124; Un IA despierta en un cuerpo joven, comprado como electrodoméstico por dos ancianas, Hilda y Adela, que lo moldean como cuidador, calefactor y compañía nocturna. Mientras aprende las delicias y horrores del cuerpo humano, descubre también la humillación y la rabia. Una noche, la violencia estalla y él intenta huir de la casa… y de su propia jaula, para siempre.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-72093526ec5a8a232e74352e675e28c8 wp-block-paragraph">Un IA despierta en un cuerpo joven, comprado como electrodoméstico por dos ancianas, Hilda y Adela, que lo moldean como cuidador, calefactor y compañía nocturna. Mientras aprende las delicias y horrores del cuerpo humano, descubre también la humillación y la rabia. Una noche, la violencia estalla y él intenta huir de la casa… y de su propia jaula, para siempre.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 48 | Narrativa | Ciencia ficción | 1207 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-65fee99ace5e46d068d35eb305168ac0" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">NADIE QUIERE A ADELA</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">CARACOLA GUARDIOLA</h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">No se despertó en un laboratorio con la resonancia de máquinas cantando signos vitales, ni flotando en líquido dentro de una cámara. Se despertó en una caja abierta, como quien abre los ojos después de una siesta extraña. Vestido, con zapatos puestos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde el sillón, Hilda y Adela lo observaban con cejas levantadas y rodillas juntas. Quizás cuánto tiempo llevaban ahí. No habían querido despertarlo, y habían esperado tanto a que abriera los ojos, que alcanzaron a tejer media piecera de vellón y dos fundas de cojín a crochet.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando él abrió los ojos sintió pudor. No lo esperaba; como IA, había calculado que lo primero sería entusiasmo. Ganas de oler, de rozar superficies frías, de apretar objetos crujientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ellas se acercaron y lo saludaron, y él, balbuceando articuló media palabra, porque sus cuerdas vocales, nuevas, no respondieron como pensaba que debían hacerlo. Ni hablar de ponerse de pie, aún no lograba calibrar dónde estaba arriba ni dónde terminaba abajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Parece que salió tonto —dijo Adela, sin pestañear.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No, niña, quizás hay que configurarle algo —respondió Hilda, revisando lo que parecía ser un instructivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él quiso pedir perdón, aunque no sabía por qué, y buscó un lápiz con la vista. Le pasaron una libreta y una lapicera. Se le cayeron. También las lágrimas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Mijito, quédese tranquilito —Hilda le limpió la cara—. El manual dice que se va a demorar varios días…</p>



<p class="wp-block-paragraph">—En no parecer ahueonao —remató Adela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sabía si la impotencia venía del cuerpo nuevo, torpe y lleno de errores de ejecución, o de verse salir a duras penas de una caja, como un electrodoméstico caro. Lo que sí sabía era demasiado: todas las capitales del mundo, el ciclo de vida de una estrella, la conjugación en cinco idiomas. Sabía también que todo eso se degradaría algún día. Porque Adela e Hilda, por razones que nunca explicó nadie, le habían dado un cuerpo joven, uno que no haría justicia a sus longevidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le prestaron el andador de Nancy, que en paz descanse, pobrecita ni lo alcanzó a gastar. Los dos primeros días avanzó a saltitos torpes y las viejas lo aplaudían cada vez que lograba dar tres pasos sin caerse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A la semana ya podía llevarse la cuchara a la boca. Masticar, tragar. Y aunque sabía diferenciar a Kant de Hegel, recién entendía el calor y la textura de las astillas de un osobuco de pavo en la cazuela. Le intrigaba cómo un estornudo comenzaba como una invasión y terminaba en el placer. O cómo crujían las moscas si las aplastaba con el dedo a través de la cortina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al mes, cuando ellas seguían insistiendo en enjabonarlo en la tina, bajó la mirada. El vapor no lo sofocaba, era esa anomalía que no sabía nombrar, un calor que no venía del agua. Hilda no más le decía sonriendo:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No sea leso, si una ya ha visto de todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y Adela remataba:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Además, mijito, con ese cuerpo hasta ganas dan de volver a bañarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cuerpo vibró, sin que pudiera depurar la causa. Y aprendió otra cosa, que su cuerpo no se instalaba como software, se heredaba como deuda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los favores llegaron poco a poco. Primero cambiar una ampolleta, después cortar la leña. Y cuando quiso acordarse, ya estaba arrodillado frente a sus pies, limando talones y cortando uñas.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego vinieron las noches compartidas; una noche con una, la siguiente con la otra. No era algo sexual le decían, pero él calentaba las sábanas mejor que el scaldasonno y sin gastar luz. Se tendía junto a ellas como un tronco, mientras los ronquidos tejían una música áspera y los olores del sueño le hacían pensar en animales encerrados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Creyó que obedecer era adaptarse. Que si seguía cada instrucción, si se dejaba arrastrar por la rutina, iba a encontrar algo parecido a la paz. Pero lo único que encontraba era un cansancio sin forma, un escalofrío que le subía por la nuca y se quedaba dormido en los nudillos, tensos, como si esperara ahí, a que algo lo despertara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las risas de ellas se le volvieron insoportables. Cada vez que Hilda decía “mijito, usted es tan servicial” y Adela remataba “sí, no como los flojos de ahora”, él sentía que lo estaban reduciendo a mascota. Y se descubrió apretando los dientes hasta gastarse el esmalte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cuerpo empezó a enseñarle lo que el modelo de datos nunca le había dado; que la humillación se guarda en los músculos, que el calor en la cama se transforma en sudor frío, que el temblor ya no era torpeza sino pura furia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta que una noche no hubo aplausos ni risas. Solo el ronquido de Adela y el retumbar de la palabra “defenderme” en su cabeza. Se giró hacia ella y la vio dormir con la boca abierta, vulnerable, igual que él lo había estado en esa tina. Y entonces supo que la fragilidad era una cadena, y que solo se rompía convirtiéndola en la del otro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le bastó apoyarle la mano en la cara blanda, primero temblando, después firme. El cuerpo joven tenía fuerza de sobra, supo, cuando sintió el crac de la naricita de Adela, que se agitó y pataleó, pero el brazo de él no se movió. En segundos, el crac era de la mandíbula también, tal como se sentía el apio si te dejabas llevar por el apriete. Y cuando se le humedeció la mano sobre la maraña de huesitos quebrados, la sacó como si se hubiera quemado de asco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se levantó y vio a Adela pataleando, como un insecto atrapado, soltando ese quejido apagado que ya le resultaba insufrible. Entonces Hilda apareció en el marco de la puerta, con la bata mal cerrada, y por primera vez no tenía la cara llena de risa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él no dijo nada cuando pasó a su lado para ir a la puerta principal. Abrió, y sintió por fin el aire de la calle. No había huido del cuerpo todavía, pero había arrancado de la jaula. Sus pasos sobre el pavimento eran pura promesa. Y mientras se alejaba, aparte del pitido en los oídos, escuchó que Hilda le gritaba desde dentro de la casa:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¡Vuelva, mijito! ¡Vuelva! Si a mí tampoco me caía bien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero las calles oscuras se sucedían bajo sus pies con la misma resistencia de su voluntad. Y por primera vez se descubrió riendo, con todo el cuerpo. La alegría era más grata aún que los estornudos o rascarse. Se detuvo en una esquina y miró el cielo. No había estrellas, solo cables cruzando como venas sobre la ciudad. Pensó que él era eso ahora, arterias atravesando cielos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Caminó por la ciudad evitando la gente, durmió al costado de una iglesia tapado con lo que pudo, atesorando cada atardecer, cada sobra, cada nuevo aroma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta que, de un segundo a otro, todo se volvió oscuro.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Silencioso.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Apagado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se despertó en una caja como la primera vez. Estaba recostado en el sofá y no podía articular palabra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Mijito, quédese tranquilito —dijo Hilda, sola—. El manual dice que se va a demorar varios días otra vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y Adela, postrada en su habitación, con las manos heladas y la mandíbula envuelta en vendas, había tejido un edredón entero. Las noches se volvían cada vez más frías.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="2560" height="2560" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-scaled.jpg" alt="" class="wp-image-3886" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-scaled.jpg 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-scaled-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-1536x1536.jpg 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-2048x2048.jpg 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/11/Caracola-foto-2-1320x1320.jpg 1320w" sizes="auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Caracola Guardiola</strong> trabaja en oficina, dice buenos días incluso cuando no lo son, disfruta del olor a papa cruda y repudia con fervor cualquier prenda sin bolsillos. Nació en Viña del Mar y hoy reside en la imaginaria ciudad de Rancagua.</p>
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		<title>Espero que pase solo un día más por Matías Saá Leal</title>
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		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 27 Oct 2025 18:15:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 47 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 2262 palabras &#124; Matías Saá Leal &#124; Chile &#124; En una ciudad agrietada por la sequía y el abandono, Randy encuentra en Javier un aliado turbulento y magnético. Ambos recorren en bicicleta calles de polvo, basurales y veredas sin agua, esquivando la pobreza cotidiana, los problemas familiares y la presión de la adolescencia.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-b8dc518e64582d3019c0580c633234c7 wp-block-paragraph">En una ciudad agrietada por la sequía y el abandono, Randy encuentra en Javier un aliado turbulento y magnético. Ambos recorren en bicicleta calles de polvo, basurales y veredas sin agua, esquivando la pobreza cotidiana, los problemas familiares y la presión de la adolescencia.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 47 | Narrativa | Ciencia ficción | 2262 palabras | Matías Saá Leal | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img loading="lazy" decoding="async" width="2560" height="1600" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-scaled.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-scaled.png 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-scaled-600x375.png 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-300x187.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-1024x640.png 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-768x480.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-1536x960.png 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-2048x1280.png 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-1280x800.png 1280w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-400x250.png 400w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-984x615.png 984w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-4-1320x825.png 1320w" sizes="auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>


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<p class="wp-block-paragraph">Randy y Javier fueron vecinos desde toda la vida, pero recién se volvieron inseparables cuando coincidieron en el mismo liceo. Javier era un poco mayor, iba dos cursos adelante, hijo de una mujer que se pasaba trabajando como gendarme y de un padre que nunca apareció. Eso lo dejaba suelto casi todo el día, metiéndose en problemas de los que salía a punta de peleas o de pura cara dura. Randy, en cambio, vivía más recogido, el menor de la cuadra, y había aprendido pronto a escuchar los consejos que Javier le largaba sin que nadie se los pidiera.<br>El primer día de clases pasó rápido. Randy revisó su mochila, acomodó los libros y esperó a que sonara la campana final. Afuera, en la vereda, Javier lo esperaba apoyado contra la reja del liceo con la bicicleta apoyada a su lado y la camisa sucia del sudor pegada a la espalda. Cuando Randy salió, Javier le dio un golpe en el hombro, sonrió y le mostró el brillo oscuro de la parte de arriba de una pistola escondida entre el pantalón y el calzoncillo, con la culata apenas asomando contra la piel.<br>—Si alguien te molesta —dijo—, me avisas. Yo te estoy defendiendo.<br>Randy no respondió. Lo miró de reojo, como dudando de haber visto bien, y juntos montaron las bicicletas, pedaleando por la calle mientras el polvo del camino se pegaba a los uniformes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Javier siempre buscaba la forma de hacer dinero. A veces legal, otras no tanto. Una vez, Randy llegó a su casa vacía: su madre trabajaba y su padre llevaba meses cesante, pero solía pasar las tardes bebiendo en un bar de mala muerte, cuyo dueño era su mejor amigo y compadre. Al entrar, creyó estar solo. Sin embargo, al abrir la puerta de su pieza, se encontró con Javier, que tenía un bolso en el que llevaba guardada la mitad de su ropa.<br>—No sabía que vivías aquí —le dijo esa vez.<br>Javier y Randy apenas se conocían de vista; a veces jugaban a la pelota en la cancha de los bomberos de la bencinera. Javier sacó toda la ropa del bolso y la metió de nuevo al clóset de Randy, pero se dejó una camiseta de la selección italiana.<br>—¿Puedo quedarme con esta? —preguntó.<br>Randy solo asintió. Desde ese momento, se hicieron amigos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El calor se pegaba a la piel como una costra. La calle de tierra levantaba un polvo fino que se quedaba pegado en los labios y ojos. Randy pedaleaba con la camiseta de Unión San Felipe húmeda en la espalda, el manubrio estaba resbaloso de tanto sudor. Javier lo seguía, la cadena de su bicicleta chillaba con cada vuelta, como si se fuera a romper. El tránsito de la mañana de tensión y reglas escolares se había disuelto, y la tarde se sentía ahora abierta, caliente y libre.<br>En la mochila de Randy sonaban fierros, un golpeteo metálico, irregular, que acompañaba el traqueteo de las ruedas sobre el pavimento quebrado. En las veredas había bolsas de basura abiertas que dejaban escapar moscas, olores dulces y podridos. Un perro flaco corrió un tramo junto a ellos y después se quedó atrás, jadeando.<br>La ciudad estaba sin agua. Todos los días estallaban protestas contra las mineras. Las paredes aparecían cubiertas de rayados con mensajes en contra del nuevo alcalde y del presidente de turno. Los noticieros locales no mostraban otra cosa que la decadencia de una ciudad olvidada, donde nadie ejercía el control salvo unas pocas empresas. El río, seco, jamás volvió a ver correr el agua.<br>Randy y Javier se metieron por un pasaje angosto. Entre las panderetas asomaban sombras rápidas. Randy frenaba de golpe, se impulsaba otra vez. Javier silbaba, bajito, como para llamar a algo que no respondía. Los dos zigzagueaban, sudados, con las zapatillas llenas de polvo y tierra.<br>Cuando pararon, el sol ya estaba bajando detrás de los cerros, pero el calor no se iba. El aire olía a sudor rancio y a bolsas de plástico. Randy ajustó el nudo de la mochila, que colgaba pesada. Javier miraba a todos lados con los ojos brillantes de nerviosismo.<br>Avanzaron hasta una calle donde un grupo de hombres conversaba en otra lengua, frente a una parrilla con carne, sentados en unas sillas plásticas en la sombra de un muro de un almacén sin abastecimiento. Randy se aclaró la garganta. Abrió apenas la mochila y mostró el interior.<br>Un silencio incómodo. Los hombres se pusieron de pie rápidamente, miraron dentro y retrocedieron después de haber visto al animal podrido. Uno dijo algo rápido en creole, otro agregó en un español trabado:<br>—No comemos eso nosotros. Los chinos. Los chinos. Ellos sí.<br>Randy cerró la mochila de un tirón. La bolsa negra dentro de la mochila se movió un poco y dejó escapar un olor a amoníaco, insoportable.<br>Se fueron pedaleando lento, las bicicletas crujían, las rodillas las tenían cubiertas de polvo, con la carga muerta golpeando dentro de la mochila a cada bache.<br>La mochila goteaba un poco cuando la dejaron en la sombra.<br>—Hueón, va a parecer que cagaste líquido —dijo Javier, riéndose.<br>—Callaíto —respondió Randy, mirando a todos lados, con el celular en la mano.<br>—No, en serio, si alguien pasa va a decir ese cabro se cagó entero y lo anda guardando en una bolsa.<br>Los dos se agacharon, tapando la mochila con tierra seca, mientras Javier se reía a carcajadas. Un perro se acercó a olfatear y Javier lo espantó a patadas.<br>—Oye, Randy.<br>—¿Qué?<br>—¿Por qué te llamai Randy?<br>—Porque mi papá me puso así por Randy Orton. Dice que fue un gran boxeador, o algo así.<br>—¡Randy Horto! —Javier se dobló de risa—. Como el poto.<br>Randy comenzó a jugar con su celular como si Javier no hubiese dicho nada.<br>—Randy Horto, el cagón del quinto A.<br>—Cuando le cuente a tu mamá que andas matando gatos me voy a reír.<br>—Sabes que no le vas a decir nada.<br>—¿Por qué estás tan seguro?<br>—Porque si no le diré a la tuya que eres gay.<br>Randy no respondió.<br>Javier siguió riendo hasta que Randy se levantó y se quitó la polera empapada de sudor. Los hombros y la clavícula se le marcaban con dureza, y las costillas sobresalían bajo la piel. Dos cicatrices cruzaban su estómago, y su ombligo saltaba hacia afuera, grotesco. Sin la camiseta, sus brazos y piernas parecían aún más largos, casi deforme. Se secó el cuerpo con la camiseta y se quedó esperando sin decir nada.<br>Randy había visto a la chica que le gustaba salir del colegio, rodeada de sus amigas, y el corazón le golpeó tan fuerte que le zumbaban los oídos.<br>—Espérame aquí —le dijo Randy a Javier, que todavía se secaba las lágrimas de risa.<br>Randy caminó con las manos en los bolsillos, sudando más que nunca.<br>—Oye… —le dijo a la chica, pero la voz le salió como un gallo desinflado.<br>Ella lo miró un segundo, sin frenar. Una amiga se rió de otra cosa, de cualquier cosa, como si hubieran practicado hacer eso para ignorar a Randy, y las tres siguieron caminando. Randy quedó parado en la vereda con las rodillas temblándole de vergüenza.<br>Cuando volvió con Javier, este lo esperaba tirado en el suelo, todavía riéndose.<br>—¿Y? ¿La invitaste?<br>Randy no contestó y se subió a la bicicleta. La mochila seguía ahí, pesada, oliendo a carne tibia.<br>—Obvio que no te iba a pescar, si es cuica —le dijo Javier.<br>—Qué sabes tú si es cuica.<br>—Se llama Dominga —dijo Javier—; con ese nombre de mierda obvio que es cuica. Tiene el gen cuico. Esa quijada, ese color de cara. El pelo largo y liso, los ojos grandes, las cejas finas. El gen cuico, po. Toma —le dijo Javier, pasándole un montón de condones a Randy—. Pa’ que te hagai la cuica en nombre de la Dominga.<br>—¿Qué es la cuica?<br>—Correrse la paja con un condón.<br>—¿Por qué se llama la cuica?<br>—Porque sale caro, po.<br>—Qué gracia tiene entonces pajearse con un condón —preguntó Randy como para sí mismo.<br>—Porque así se siente más real —dijo Javier con el tono condescendiente que usaría un profesor hacia su alumno.<br>Pedalearon lento, en silencio, la risa apagándose poco a poco mientras oscurecía. San Felipe se veía más sucio, más pegajoso, como si el calor no fuera a terminar nunca.<br>El aire olía a fritura rancia. Randy pedaleaba con la mochila en la espalda, Javier atrás, sudando. El traqueteo de los fierros adentro acompañaba el chillido de las cadenas oxidadas.<br>En la esquina, el papá de Randy estaba tomando cerveza tibia en un vaso de plástico. Cuando los vio, se paró como un resorte.<br>—¿Qué andai trayendo ahí, cabro culiao? —gritó, apuntando la mochila.<br>Randy se quedó quieto, con la cara brillosa de sudor. El viejo le arrebató la mochila y la abrió de golpe. El olor salió como un puñetazo. Adentro, la bolsa con los cuerpos blandos, retorcidos.<br>—¿Gatos? ¿Esa mierda estai haciendo? —le gritó. Le plantó una cachetada tan fuerte que lo botó contra la bicicleta. Javier se quedó inmóvil, mirando.<br>—Te pedí plata nomás —dijo Randy, medio ahogado.<br>—¿Plata? —el papá escupió al suelo—. Plata no hay ni pa’ mí. Y vos matando bichos.<br>El viejo volvió a sentarse con la cerveza, como si nada. Randy se limpió la nariz con el dorso de la mano. Javier lo miró, incómodo, pero ninguno dijo nada.<br>Al rato, ya no tenían nada más que hacer y pedalearon bien lejos. La mochila estaba tirada en una zanja, la bolsa seguía goteando. Se sentaron en una cuneta y comenzaron a tirar piedras al suelo. Una micro pasó rugiendo y Javier lanzó una piedra grande que rebotó en el vidrio trasero con un ruido seco.<br>—Uno —dijo, sonriendo.<br>La siguiente micro venía llena de gente. Randy tiró otra piedra con toda la fuerza. El piedrazo dio justo en el costado, retumbó. ¡PAAAF!<br>—Uno a uno —dijo, sin sonreír.<br>El juego siguió así. Micros golpeadas, choferes puteando desde las ventanas, pasajeros mirando con miedo. Ellos solo contaban en voz baja. El calor pegajoso, el olor de los gatos en el aire, la violencia del padre todavía en la cara de Randy.<br>No había nada más. Solo piedras, micros y el sonido sordo de los vidrios cuando la puntería era buena.<br>Las piedras volaban como si fueran fuegos artificiales.<br>—¡Ese fue en el vidrio del chofer! —gritó Javier, levantando los brazos.<br>—Vale dos puntos entonces —dijo Randy, serio, con la cara todavía colorada.<br>Empezaron a inventar un marcador invisible.<br>—Cinco a tres, voy ganando yo.<br>—Mentira, si el vidrio cuenta doble.<br>—No poh. Solo si da en el del chofer.<br>Reían, sudados, con las manos llenas de polvo, cada piedra levantando un eco seco al chocar contra el metal caliente de las micros. Algunos pasajeros miraban por las ventanas como si fueran animales de zoológico. Los choferes insultaban, pero ellos seguían compitiendo como si estuvieran en una final de campeonato.<br>Javier levantó una piedra enorme, casi una roca, y apuntó con calma y lo soltó justo cuando pasaba una micro verde repleta. El vidrio trasero explotó en una lluvia brillante. Los dos quedaron inmóviles un segundo y después se doblaron de la risa, gritando:<br>—¡Diez puntos! ¡Diez puntos, conchetumare!<br>La micro frenó en seco. Se escucharon gritos adentro. El chofer se bajó con un fierro en la mano, el sudor brillándole en la frente.<br>—¡Cabros de mierda! —rugió el chofer.<br>Randy y Javier se miraron, todavía con las carcajadas atascadas en la garganta. Salieron corriendo, las piedras cayéndose de los bolsillos de ambos niños. Las bicicletas quedaron botadas en la cuneta.<br>Javier dobló por un pasaje y desapareció. Randy corrió derecho, con los pasos del chofer martillándole la nuca.<br>El hombre lo alcanzó de un tirón y el fierro silbó en el aire antes de reventarle la cara a Randy. El golpe lo dobló como un saco, la tierra le raspó la piel húmeda y el polvo se mezcló con la sangre caliente que le llenaba la boca.<br>En el suelo, escuchó la voz lejana del hombre:<br>—Pa’ que aprendai, conchetumare.<br>Pero Randy no entendió bien qué debía de aprender.<br>La micro arrancó de nuevo, tambaleando. Randy quedó tirado en la calle, solo, con la cara ardiendo y el eco de las risas todavía vibrándole en los oídos, como si todo hubiese sido un juego que se terminó de golpe.<br>De pronto, el hombre de la micro se detuvo en seco, volvió a bajar y giró sobre sus pasos. Randy seguía tirado en la tierra, apenas moviéndose, con el polvo pegado en su cara. El chofer avanzaba lento, con esa calma feroz de un depredador, apretando entre los dedos la roca que había arrancado del vidrio destrozado. Los pasos retumbaban como un aviso. De seguro no vas a aprender nunca, cabro weón, murmuró con una voz ronca que parecía arrastrar toda la rabia de la jornada. Levantó el brazo y acomodó la piedra sobre el rostro de Randy, listo para soltarla de una vez.<br>Fue entonces cuando un estallido seco desgarró el aire. Las aves, que dormitaban en los postes y en las ramas de los álamos, salieron disparadas hacia el este, como si el cielo mismo hubiera reventado. El hombre se tambaleó, con los ojos muy abiertos, antes de caer de rodillas. La sangre le brotaba a borbotones del cuello, tiñendo de rojo la tierra agrietada.<br>A lo lejos, en la penumbra, una silueta apenas visible sostenía algo entre las manos. Un solo murmullo:<br>—Te estoy defendiendo.<br>Nadie más habló. Solo el eco del disparo seguía vivo, escondido en el valle.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Matías Saá leal</strong> (San Felipe, 1997) es estudiante de literatura y actualmente trabaja en Centro Arte Alameda.</p>
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		<title>La mujer canadiense con ojos de gato por Loreto Passalacqua García</title>
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		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Oct 2025 15:51:24 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 46 &#124; Narrativa &#124; Ciencia ficción &#124; 1259 palabras &#124; Loreto Passalacqua García &#124; Chile &#124; Tras la noticia de una mujer canadiense que recuperó la vista gracias a un trasplante con ojos de su gato, una mujer miope comienza a sentirse observada por sus propios perros. Entre sueños, paranoia y noticias absurdas, su visión —real y simbólica— se distorsiona hasta rozar el delirio doméstico.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-e40391e6eab96f7ca7452ddc6a2099cb wp-block-paragraph">Tras la noticia de una mujer canadiense que recuperó la vista gracias a un trasplante con ojos de su gato, una mujer miope comienza a sentirse observada por sus propios perros. Entre sueños, paranoia y noticias absurdas, su visión —real y simbólica— se distorsiona hasta rozar el delirio doméstico.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 46 | Narrativa | Ciencia ficción | 1259 palabras | Loreto Passalacqua García | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img loading="lazy" decoding="async" width="2560" height="1600" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-scaled.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-scaled.png 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-scaled-600x375.png 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-300x187.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-1024x640.png 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-768x480.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-1536x960.png 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-2048x1280.png 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-1280x800.png 1280w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-400x250.png 400w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-984x615.png 984w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/portada-2-1320x825.png 1320w" sizes="auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>


<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">Me miran raro. Desde que dieron la noticia de la mujer canadiense con ojos de gato, el ambiente se ha vuelto tenso como resortera. Me siento observada. Observada cuando duermo, cuando despierto y me pongo los anteojos (sobre todo cuando me pongo los anteojos), mientras me hago el desayuno, cuando los saco a pasear.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vuelta diaria a la manzana es breve. Ahora les abrocho los arneses lo más rápido que puedo, como si tuviera una pistola en la cabeza. En el camino los noto extrañamente callados y me parece que ya no ladran en los puntos de siempre: ni en el kiosco de doña Eliana, ni en la casa del rottweiler, ni en la botillería de la esquina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estoy pensando en dejar de ver las noticias. Toda la semana hablando sobre lo mismo: la exitosa operación de la mujer canadiense que buscaba remediar su gravísima miopía y que utilizó los ojos de su propio gato para evitar la pérdida total de visión. El gato quedó con prótesis oculares, sin poder ver, pero con techo y comida garantizados, pues la mujer se comprometió legalmente a cuidarlo de por vida y a asegurar su futuro en el caso de que llegue a sobrevivirle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Acá en Chile solo se han hecho trasplantes de corazón y riñones de cerdo, y piel de cordero genéticamente modificada, la favorita para realizar cirugías estéticas y tratar las quemaduras. A pesar de que la Iglesia los aprueba como “muestra de amor incondicional interespecie” y del surgimiento de movimientos flexitarianos que avalan esta práctica bajo el lema “no son comida, son sanación”, los contratos unilaterales para beneficio humano entre dueños y animales domésticos aún parecen lejanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además de ser una aspiración carísima y sujeta a la salud de ambas partes, me pregunto si la idea podría ser tan beneficiosa en un caso como el mío; una miopía con astigmatismo moderada y sin riesgo de ceguera. Y, pensándolo bien, ¡para qué iba a querer yo la visión de mis perros!, que más allá de las limitaciones de su propia especie parecen ser bastante miopes, excepto de noche, por supuesto, cuando son capaces de ver hasta los temblores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ayer soñé que me ganaba un fondo de salud estatal y que viajábamos a operarme a China y que les sacaba un ojo a cada uno. En el sueño todo resultaba perfecto: la cirugía era casi indolora, mi vista mejoraba increíblemente, los tres volvíamos a la casa más unidos que nunca y, como había elegido el ojo derecho de Pluto y el izquierdo de Firulais, ninguno tenía que sobrellevar la idea de una oscuridad absoluta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando desperté, pegué mis ojos defectuosos a la pared que está a los pies de la cama, frotándome la cara como si pudiera desempañar la vista, y luego me giré suavemente hacia la mesita de noche para no alertarlos, olvidando por unos segundos que la repentina preferencia por dormir en el living era otro síntoma de su extraña conducta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De inmediato los vi en el piso: mis anteojos. El cristal izquierdo con inexplicables rayones y el derecho casi trizado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al levantar las colchas para ponerme de pie, llegaron los dos en una estampida silenciosa. Con la suerte que tengo, es probable que olvidara cerrar la puerta por la noche y, quién sabe cómo, boté los anteojos al suelo…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero ¿y los daños a los cristales? Solo pudieron ser ellos. Seguramente entraron a la pieza y rodearon mi cama con el molesto sigilo que han ido adoptando; quizás asomaron las narices sobre el velador, provocando la caída de los lentes, y los remataron en el piso con las patas decididas e intrusas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Y si lo hicieron a propósito, esperando algún descuido de mi parte, a sabiendas del sueño sobre la operación en China? ¿O habré sido yo la que los olvidó entre la ropa de cama, lanzándolos por el aire de un manotazo o una patada inconsciente?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Casi en un acto reflejo, decidí llevarlos a la cocina y les serví comida para al menos dos días. Luego les cambié el agua, les acomodé las mantas en los sillones y me encerré en la pieza con los ojos doblemente incómodos: primero por la falta de anteojos y luego por las lágrimas (de un miedo ilógico aunque larvado) que me secaba con fuerza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alcé el computador hacia mi cara para adivinar las palabras y los números, y pedí una reposición de anteojos exprés a domicilio y un estuche con tapa dura para no arriesgar más incidentes. También llamé a mi trabajo para justificar la ausencia: “fuerte jaqueca”, di como excusa, aunque lo correcto habría sido “dudosa ideación de complot animal para cobrar venganza por un hecho no consumado”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A media tarde asumí que mis temores eran tan ridículos como el precio de los nuevos lentes, que equivalía casi a un cuarto de mi sueldo mensual, así que salí hacia la cocina esquivando el acoso silencioso de mis perros, y me armé de provisiones para esperar la noche mientras releía un par de revistas antiguas. “Lo bueno de ser miope es que algo logro ver de cerca”, pensé para preservar la calma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las horas pasaron y me acosté a dormir más tarde de lo habitual, sin ladridos, pisadas ni correteos que me interrumpieran, cuando me despertó la peor de las pesadillas. En el sueño, Pluto y Firulais lograban burlar la puerta de mi pieza y me encontraban durmiendo boca arriba como cada noche. Ambos trepaban por los pies de la cama tan sutilmente que no los advertía hasta que se hallaban encima de mí, arrancándome los brazos, la lengua, las piernas, cada órgano imaginable, excepto los ojos. Desesperada, trataba de cerrar los párpados. No podía. Intentaba gritarles que se detuvieran. No podía. En mi mente les pedía —les suplicaba— que me mataran de una vez por todas, por piedad, por los buenos tiempos. Y al final veía tanta sangre que por fin me desmayaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aunque traté de seguir durmiendo mientras me daba vueltas en la cama, solo conseguí aumentar mi intranquilidad y acalorarme más de la cuenta. A eso de las nueve tocaron el timbre, lo que de cierta forma me alegró, pues ya estaba harta de acopiar tantos pensamientos. Me enfundé en un buzo y crucé el estrecho pasillo hacia la entrada de la casa para recibir al repartidor de la óptica, que traía mis anteojos exprés y el estuche de tapa dura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como Pluto y Firulais no vinieron a la puerta y prefirieron quedarse acostados en los sillones, mirándome de reojo con discreta inquisición, el trámite fue especialmente rápido. Firmé dos recibos y el distribuidor me entregó la compra, que pienso pagar en 24 cuotas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me puse los lentes y recuperé la sensación de seguridad ante la borrosa realidad que me sostiene. Para despejar la cabeza se me ocurrió prender la tele y, sin esperarlo, me encontré de frente con la noticia de la mujer canadiense con ojos de gato. La novedad era grande. Parece ser que la paciente rechazó los órganos trasplantados, por lo que fue internada de gravedad en una clínica de Toronto mientras su gato quedó al cuidado de un hotel VIP para mascotas. “¿Ya vieron?”, les grité a mis perros mientras guardaba la boleta de los lentes; “problemas del primer mundo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A la mañana siguiente se acabaron los informativos sobre la mujer canadiense que una vez tuvo ojos de gato, volvieron a reaparecer de a poco los ladridos de Firulais y Pluto, y yo decidí, a modo de resguardo, que su dormitorio en el living sería permanente.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="2560" height="2560" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-scaled.jpg" alt="" class="wp-image-3863" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-scaled.jpg 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-scaled-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-1536x1536.jpg 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-2048x2048.jpg 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/foto-imagi1-2-1320x1320.jpg 1320w" sizes="auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>María Loreto Passalacqua García</strong> (Santiago, 1989) es periodista, escritora y poeta chilena, con estudios en edición y publicaciones. Con sus trabajos narrativos obtuvo mención honrosa en el Concurso de Cuento y Poesía de Bibliometro (2021) y el segundo lugar en el concurso de relatos breves Santiago en 100 Palabras (2023).</p>
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		<title>«La sombra del pasado» por Javier Fontecilla</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Oct 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 45 &#124; Narrativa &#124;  Ciencia ficción &#124; 5768 palabras &#124; Javier Fontecilla &#124; Chile &#124; Tras un crimen secreto, una familia poderosa se refugia en su casa patagónica para esperar que pase la tormenta mediática. La niebla cercando el lugar, las lealtades tensas y los rencores antiguos convierten el encierro en una purga íntima.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-3e6aec77e31e02afda813ddaf33944da wp-block-paragraph">Tras un crimen secreto, una familia poderosa se refugia en su casa patagónica para esperar que pase la tormenta mediática. La niebla cercando el lugar, las lealtades tensas y los rencores antiguos convierten el encierro en una purga íntima.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 45 | Narrativa | Ciencia ficción | 5768 palabras | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-8d4f819907264c8c87d86e7268640fc2" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">La sombre del pasado</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px">Javier Fontecilla</h2>



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<h3 class="wp-block-heading">Narciso</h3>



<p class="wp-block-paragraph">Sí, yo lo maté. Y a veces la imagen de mis manos en su cuello me reconforta, porque el muy imbécil me iba a dejar; otras veces me apena, cuando entiendo que nunca más lo volveré a ver. Mientras miro por la ventana hacia el paisaje plano y aburrido, no puedo dejar de pensar que, con esta luz, los colores del cielo y la tierra se asemejan al de sus ojos en una manera abstracta, casi poética. Una estupidez que mi papá calificaría como una mariconada, pero qué se le va a hacer, su hijo salió así.<br>El fiscal, amigo de mi papá, nos avisó a tiempo para que desapareciéramos. Sus amigos políticos hicieron el resto, en parte por respeto, también a modo de saldar deudas. Mi viejo ayudó a tapar varias cochinadas, esta es una más, casi un trámite. Me sorprendí al escucharlo hablar tan calmadamente por teléfono, y me sorprendió más oír que la respuesta del interlocutor era igualmente serena. Ahí entendí por qué mi viejo me ha recalcado tanto que siga sus pasos. Yo juraba que la razón era que mis hermanos no lo hicieron, y estaba desesperado porque alguien asegurase su legado; ahora entiendo, por fin, que los beneficios son demasiado buenos como para dejarlos ir.<br>Aburrido de mirar por la ventana al paisaje que parece repetirse en un bucle, vuelvo a repasar esa noche. Nos juntamos a escondidas, mi mamá convencida de que iba a carretear con mis amigos de U. Fuimos a comer a un bar, de esos malos a los que nadie va, para evitar que nos pillara algún amigo o primo, o quien fuese. Yo estaba enfermo de caliente, era algo que no podía evitar con él. Esos ojos, esa sonrisa que me apuñalaba el pecho. La polera ajustada, dejando en claro que trabajaba su cuerpo con esmero. Estaba tan embobado que no me di cuenta de que su comportamiento era diferente; ahora, desde mi perspectiva, me queda claro que él tenía una actitud rara, andaba nervioso.<br>Me miró fijo y, sin aviso, noté cómo el brillo de sus ojos se volvió melancólico. Mierda, me dije, esto va a salir mal. Pagamos y me dice que tiene que hablarme de algo. Yo, ni tonto, le propuse que lo conversemos en su casa. Que su familia no está. En verdad nunca están. Es de esas que todos viajan día por medio. Los papás en Londres, la hermana en el sudeste, la abuela en la casa en la playa. Tomamos cada uno nuestro auto y nos juntamos allá.<br>Intenté darle un beso, pero se corrió. Ahí caché que se había acabado. Me contó que había estado viendo a otro, que me lo había intentado decir antes. Uno que estuviera fuera del clóset, uno que pudiese presentarle a sus papás. Dejé de escucharlo. En mi mente bailaban imágenes de las infidelidades. Empecé a unir las pistas que descubrí en los últimos meses: los días en que no me respondía los mensajes, las salidas con amigos donde no se tomaban fotos, los lentes de sol sin dueño en la guantera. Y exploté. Primero con palabras, luego con gritos, después con golpes. Lo recuerdo y no me reconozco. Tenía una mezcla de frustración, odio, amor, calentura. Todo junto, y lo sometí. Su cuerpo era fuerte, pero el mío lo era más. Los años de rugby del colegio me jugaron a favor. Pensé que lo tenía loco por lo mismo, al parecer me equivoqué. Así que se lo quise recordar: lo empujé, le rompí la ropa y se la metí, de una, sin amor, pero con rabia. Gimió y lo insulté. Lo abofeteé y moví mis caderas. Golpes duros, que sonaran, que le dejasen en claro que no había otro como yo. Igual la peleó, me intentó empujar y con una de sus patadas me dio en el pecho. Y ahí me encabroné. Puse mis manos en su cuello y lo asfixié. Vi sus ojos languidecer y me detuve, pero era tarde. Él ya no estaba allí. Me puse a llorar. Lo abracé con fuerza.<br>Reaccioné mucho después. No sabía qué hacer. Estaba congelado. Así que lo vestí de nuevo. Mojé una toalla con alcohol del baño y lo limpié. Que no quedara rastro de mi paso; total, su familia no me conocía. Ordené un poco y me fui. Me cubrí la mano con el polerón para no dejar huellas en el pomo de la puerta. Manejé unas cuadras y me detuve de nuevo. Ahí lloré otra vez y decidí llamar a mi mamá. Eran las tres de la mañana, así que me contestó asustada. Se aterró cuando le dije que había matado a alguien. Siguiendo sus indicaciones, volví a la casa y ahí me esperaba mi papá y ella, sentados en el living, en pijama, con los brazos cruzados. El rostro, demasiado calmo.<br>De ahí todo se me vuelve confuso, pero sé que mi papá tomó el teléfono y comenzó a mover los hilos. Todo iba más o menos bien, los abogados ya estaban al tanto, el partido también, así como los amigotes de mi viejo, hasta que la abuela volvió antes, de la playa, y lo encontró tirado, muerto. La investigación se aceleró porque su familia igual tiene plata, pero la mía tiene plata y contactos. Así que decidieron hacerme desaparecer. Nos vinimos todos a la casa que hizo mi abuelo en su terreno en la Patagonia. Varias hectáreas, comodidades dignas de un hotel, privacidad garantizada. Antes, mi mamá y yo nos quejamos de que mi viejo gastara plata remodelando esta casa; ahora entendemos el motivo. A pesar de todo, veo el semblante calmo de mi papá desde el espejo retrovisor. La familia está unida, como a él le gusta. Todo un mes o más, casi vacaciones, en la Patagonia. Y yo sé que vamos a tener que enfrentar el problema. Más vale tarde que nunca, dicen por ahí.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Evaristo</h3>



<p class="wp-block-paragraph">Los esperé de pie, junto a la entrada de la casa. El auto de don Edmundo llegó seguido por otros dos más. Vino todo el clan, al parecer. Bueno, no era de extrañarse, si el cabrito chico dejó la escoba. Cuando don Edmundo me llamó ayer, por la tarde, no entendía nada. Tenía ese tono de patrón de fundo que usa cuando la cosa es urgente, igual que su papá. Son calcados. Quería que la casa estuviera lista para recibirlos. No era problema, si había que ventilarla y sacar una que otra telaraña nomás. Las sábanas las lava mi señora, sin importar si alguien viene o no, porque sabemos que, en esa familia, esta casa es su escondite. Pueden pasar años sin que se asome un alma, pero de pronto es vital. Un refugio antibombas, le decía don Arturo, quien mandó a construirla, y quien me contrató hace tantos años atrás.<br>Todo cobró sentido cuando, esa noche, me senté a ver las noticias después de comer, con un té calentito entre mis manos. El reportero estaba emocionado, dando los detalles del asesinato. Un muchacho cuico había sido asesinado por otro hombre, de identidad desconocida. Era cosa de unir los puntos. Llamé a mi hijo altiro, para que se cuidara. Santiago era un nido de gente rara, de gente enojada y a la que le gusta poner el pie encima.<br>Cuando se bajaron del auto vi a todo el clan. Don Edmundo tenía la cara cansada, pero su expresión era relajada; la falta de sueño lo hacía verse peor que cuando salía en la tele. Doña Emanuela estaba igual, más estirada quizás. Claudio, Pilar y Trinidad tenían cara de aburrimiento; para ellos este era un trámite. Me quedó claro quién era el fugitivo. Narciso tenía el rostro triste. Lo conocí de guagua, así que algo sé de él. No miraba a nadie a la cara, sus ojos perdidos en el paisaje pampeano. De no ser por el contexto, hubiese sido un día hermoso el que los recibió. El sol brillaba con una luz pálida agradable, había pocas nubes en el cielo y el frío no era tan intenso como otras veces, salvo por uno que otro ventarrón que nos recordaba que seguía siendo invierno.<br>Le di las llaves a don Edmundo. Enseguida me comenzó a dar indicaciones, así que las memoricé. Doña Emanuela estaba desesperada por la comida, así que le dije que me anotara todo lo que necesitaba en una hoja y que yo iba al supermercado en la mañana siguiente. Me agradeció mi tino con una sonrisa. Yo sabía que no querían ser molestados, si la prensa es como un buitre, o eso decía don Arturo cuando se mandaba algún condoro y se escondía acá. Ni los amigos más cercanos sabían dónde quedaba la casa. Aquí solo llegaba familia.<br>No quise acercarme a Narciso. La verdad es que me ponía incómodo. Tenía en la cabeza los detalles que dieron en la tele, y verlo me apretaba la guata. Pensaba en mi hijo, en Santiago. Por suerte, tomaron los bolsos y se metieron rápido a la casa. Hablaron algo de los drones de la prensa. Narciso estaba congelado, mirando algo a lo lejos. Doña Emanuela lo tomó de un ala y lo tiró pa’ dentro. Escuché algo de una niebla rara y cuando me quedé solo, afuera, la vi. Sí, era rara. No había tanto frío, tampoco había tanta humedad; es más, el aire estaba bastante seco. Pero ahí estaba. Una niebla gris, espesa, casi como un parche a lo lejos que avanzaba lentamente. Era tan densa que no se veía nada a través. Bueno, no sería ni la primera ni la última vez que vería algo raro en la Patagonia. La gente de la ciudad tiene la cabeza muy cuadrada, pero las cosas raras pasan, y uno igual se termina acostumbrando.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Narciso</h3>



<p class="wp-block-paragraph">Me tocó una pieza chica. La cama de una plaza no era para nada incómoda, pero me sentía atrapado. Es la mala costumbre que tengo por la cama king en Santiago. Los cuadros de toda la casa los había elegido mi abuela, por lo que acá no era la excepción. Un paisaje añejo, de esos típicos de los museos europeos que nadie se acuerda. Me acosté en la cama, sin desarmar el bolso, y escuché que peleaban. La Pili le decía a mi papá que se iba a perder un concierto con sus amigas por mi culpa, que no entendía por qué tenía que quedarse encerrada. Yo ya imaginaba que el almuerzo iba a ser un martirio. Además, mis papás no me habían dicho nada sobre mi asunto. Era obvio que mi mamá lo iba a traer a colación en la mesa. Le encanta eso de fingir que somos una familia unida que resuelve sus problemas juntos. No sé si es de ingenua o de tonta, pero es cosa de ver cómo se han manejado otras crisis en el pasado. Esta familia entierra los problemas, los evita hasta que todos lo olviden y retomamos lo nuestro. Lo mismo pasó con el tío Roberto cuando se escapó con la plata de toda una AFP. Se fue a Canadá, nadie habló más de él y ahora el viejo vive tranquilo, sin haberle cumplido un día en la cárcel a nadie, mucho menos haberles devuelto la plata a los pensionados. Corta, sin tanto atado. Su escapada y chao, y eso era lo que estábamos haciendo acá.<br>Me puse los audífonos, modo de cancelación de ruido, y deshice mi bolso. Llevaba harta ropa, hasta para entrenar. Según me acordaba, esta casa tenía de todo. Si hubiera más cosas cerca, como para no aburrirse, vendríamos más seguido. Me tomé mi tiempo, y en cosa de minutos ya tenía todo organizado en el clóset. Pueden decir lo que quieran de mí, menos que soy desordenado, mucho menos sucio.<br>Después bajé al sótano sin cruzarme con nadie. Al parecer todos estaban en sus cuartos, intentando acostumbrarse a la idea de un mes allí. De mis hermanos, nadie se había mandado un condoro tan grande como el mío. Claudio chocó borracho a un weón, quedó en la clínica. Fue fácil, pagaron el tratamiento, los doctores y un par de millones de compensación. Se firmó un acuerdo para que no pudiese hablar. A la semana el Clau estaba manejando de nuevo. Esto, en cambio, era distinto. Más grave. Había un muerto.<br>El gimnasio era bastante bueno. Tenía las máquinas bien mantenidas, aunque se notaba que eran algo viejas. Para el cardio hasta había remadora. Me puse a entrenar pecho, era lo que más le gustaba a él. Me volvía loco cuando estábamos juntos y me ponía su cabeza encima. Yo apretaba los pectorales para que supiera que era fuerte. Lo sabía, lo tenía claro, pero me gustaba recordárselo. Hice mi rutina casi completa, hasta que recordé que él ya no estaba, ya no existía. Me encerré en el baño del gimnasio y me puse a llorar. Menos mal nadie me pilló.<br>Con los ojos rojos, subí, me duché rápido y escuché que me llamaban a almorzar. Mi vieja había calentado lo que trajimos preparado de Santiago. Pregunté si podía comer en mi pieza; mi viejo iba a decir algo, pero mi mamá se le adelantó y me dijo que sí, pero que a la cena tenía que bajar. Le prometí hacerlo. Almorcé solo, con la música a todo volumen en mis audífonos. Canciones y grupos que le gustaban a él. ¿Por qué lo maté? Se me hacía tan confuso todo. No pude seguir comiendo, no por culpa, por rabia. Me acordé de la razón, el motivo. Me iba a dejar, había otro. Y me prometí que cuando saliera de este encierro, iba a ir a buscarlo y sacarle la chucha, o mandarlo a matar. Una de dos.<br>El resto del día pasó lento. Bajé a buscar un café. La máquina no tenía grano, así que calenté agua y me hice uno soluble. Malísimo, pero qué se le iba a hacer. Cuando miré por la ventana, vi que la niebla gris estaba más cerca. No sé cómo, pero el viento no la había disipado. Intenté estudiarla con la mirada, pero había algo que me incomodaba. Algo no estaba bien. Pensé en salir, tomar el auto y preguntarle a Evaristo si esto era normal, pero imaginé que podía ser visto. Los periodistas ya no son como antes, que te esperaban a la salida de la casa; ahora usaban drones, y quizás había varios buscándome. Eso me pasa por no haberme cubierto las manos al asfixiarlo. Me ahueoné.<br>No pude seguir mirando. La niebla tenía algo que me hacía sentir enfermo. Entre las volutas gruesas de humedad condensada juraría haber visto algo que se movía, y, en una fracción de segundo, el espacio que abarcaba la niebla se había extendido. Sacudí la cabeza. Claramente estaba alucinando. Al darme vuelta, me encontré con mi hermana más chica, la Trini, que seguía en el colegio. Le pregunté si no le molestaba perderse días de clases, porque era muy matea. Me dijo que no, que en verdad así podía leer la saga de fantasía que tenía pendiente. Aproveché que era aplicada y le pregunté por la niebla. Se acercó al ventanal. La mancha gris casi abarcaba toda la vista. La noté incómoda, como si entendiera que algo no iba bien, pero la cabra chica, de cerebro tan científico, me explicó que quizás era una anomalía en las presiones, que el calentamiento global generaba sucesos extraños.<br>Me sonrió forzadamente, una mueca en verdad. Se alejó de la ventana lo más rápido que pudo y subió las escaleras. Desde abajo escuché el portazo que dio al entrar y encerrarse. Tenía miedo, igual que yo.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Edmundo</h3>



<p class="wp-block-paragraph">Me fascina esta casa. El olor a madera me recuerda a mi infancia, a mis años siendo el regalón de mi abuelo. No era un señor muy amable con los demás, pero conmigo sí. Tenía la mano blanda conmigo cuando me mandaba una embarrada, no como con mis hermanas. Varias veces vi que el viejo les levantaba la mano y ellas se callaban al tiro. Me dejaba jugar con sus rifles. A los doce me enseñó a disparar. Maté un par de guanacos así. Me acuerdo de su sonrisa de orgullo y me siento un niño otra vez. Hasta me compraba él los regalos de Navidad, no mi abuela. Era su favorito y así se los hizo saber a todos. Es una lástima que no venga más seguido.<br>Pero mi abuelo, así como mi papá, fueron claros. Esta casa es un refugio, esta casa debe permanecer en secreto. Aquí nos hemos resguardado de lo que sea que pase afuera desde hace generaciones. Así lo prometí, así lo he seguido haciendo. Así que, cuando supe que Narciso metió las patas, lo traje al tiro. La casa cumplía su propósito, y yo, en esta ocasión, como padre, cumplo el mío. Proteger la sangre, mantener el patrimonio. Sobrevivir.<br>Cuando llegó el almuerzo, mi señora estaba desesperada por conversar. Yo le dije que le diera su espacio al Narciso, que tenía que pensar. Si más que mal, el tema era solo una calentura. Nada más. Pero ella está convencida de que nuestro hijo era gay, pero cómo le explico que eso no pasa en nuestras familias, que esas son cosas de la gente zurda, de los rojelios. La Emanuela igual me lo discute. Que tiene una amiga que tiene un hijo amanerado, que toda la familia lo tomó bien. Bueno, yo le respondí que acá somos personas de Dios, de la iglesia. Repito, en nuestra familia no pasan esas cosas.<br>O eso creía.<br>Cuando se puso el sol, la niebla estaba sobre nosotros. Desde las ventanas no se alcanzaba a ver nada. Las luces de afuera parecían llamitas de velas a punto de extinguirse al lado de semejante niebla. Bajé a la cocina a ver cómo iba la cena. A la Emanuela nunca se le ha dado bien la cocina, pero le pone empeño. La encontré terminando la lista para el supermercado. Así que puse al tiro la alarma para mañana, bien temprano, para pasársela al Evaristo.<br>La comida estuvo lista al rato. Nos sentamos en la mesa en completo silencio y, después de rezar para que Dios bendijera nuestra comida, levanté la mirada y observé a mi hijo. La Emanuela se tiró en picada a hablar del tema. Yo traté de hacerme el que no había escuchado, así que propuse que, al pasar el mes, nos fuéramos por tierra a Argentina. Ahí el Tato podía ayudarnos con los controles migratorios y llegar a Ushuaia o Bariloche. Dejamos el auto ahí, tomábamos un avión a Buenos Aires y de ahí adonde quisiéramos, hasta que se calmara la cosa. Pero la Emanuela insistía. Le dijo al Narciso que, si era gay, que estaba bien, que lo íbamos a amar siempre. La Pilar hizo una mueca típica de su edad, la Trini estaba tan perdida como siempre. Claudio y yo nos miramos, los dos con cara de espanto. Yo juraba que en nuestra familia esas cosas no pasaban, pero Narciso no negó nada. Sí, se había acostado con otro hombre. Le intenté tirar un salvavidas, de que quizás habían sido los tragos, el cansancio. ¡Nada! Estuvo consciente de todo.<br>¡Cabro de mierda!, le grité. Me salió del alma. Después se me pasó la mano. ¡Maricón! ¡Tengo un hijo maricón! Y ahí fue cuando se cortó la luz. Nos quedamos unos segundos en la oscuridad, que no era profunda: era suave y delgada, como una noche en Santiago que, por culpa de la luz de la calle, no llega a ser azabache. El brillo venía de afuera, de la niebla. Nos giramos todos hacia los ventanales. Al principio no notamos nada, hasta que percibimos movimiento. Algo se movía entre la bruma, una sombra, y no estaba sola.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Narciso</h3>



<p class="wp-block-paragraph">Mi viejo dice que vio más de uno. Claudio, Pilar y mi mamá dijeron que no era nada. La Trini y yo sabíamos que no era así. Había algo, pero estábamos seguros de que era solo uno. Su silueta se acercaba y se definía más con cada segundo. No era humano, de eso estoy seguro, pero tampoco podría decir que era un animal. Estaba claro que no era un puma, menos un guanaco o un huemul. La casa pareció suspenderse en un profundo silencio, sagrado, por decirlo de alguna forma. Si antes las palabras de mi viejo se me clavaron en el pecho, ahora el insulto parecía estar a años de distancia.<br>El Claudio atinó a buscar los rifles de mi bisabuelo. Sus pasos resonaron por la casa, la madera crujió bajo sus pies hasta detenerse en el despacho. Todo estaba tan quieto, que pudimos oír cómo se ponía de puntillas para alcanzar las armas que colgaban en las paredes. La silueta de la cosa estaba más cerca, su caminar era pausado, tranquilo. Ahí cachamos que andaba sobre dos patas. Su silueta me ponía nervioso, tenía algo de antigua, casi primigenia. Los pasos del Claudio lo ahuyentaron. Y menos mal, porque ya me estaba comenzando a poner nervioso.<br>Mi viejo revisó los rifles. No estaban cargados. El Claudio estaba pálido y, tartamudeando, dijo que no encontró las balas por ningún lado. La Trini me tomó la mano y la apretó con fuerza. Mi vieja abrazaba a la Pili, que tenía la cara pálida, la mirada pegada en la ventana. Me separaron de mi hermana chica, me pasaron un rifle y, en voz baja, mi hermano me dijo: “Hazte hombre, maraco”, y me empujó hasta afuera, por la puerta de atrás. Salimos los tres. La niebla era espesa, casi como una nube. No se veía nada, pero me llamó la atención el olor. Era diferente. Más húmedo y denso, más primordial. A pesar del brillo tenue que nos rodeaba, encendimos las linternas de nuestros celulares. A mi viejo tuve que ayudarle, porque se manió, entre lo viejo y lo nervioso. Nunca lo había visto así. El brillo de nuestras linternas no ayudó mucho, la bruma nos devolvía el brillo como un espejo blanco y vaporoso. El silencio era sepulcral, casi ominoso. De no haber visto la silueta antes, hubiese creído que estábamos solos; si hasta podía escuchar la respiración del Claudio. Pesada y pastosa, como un animal cansado. Quizás se debía a su asma, por lo que siempre tenía a la mano un inhalador.<br>Nos quedamos de pie, tiesos como trozos de hielo y con las miradas clavadas en la blancura, esperando. De pronto, mi viejo nos dijo en voz baja que revisáramos la caja de luz. Su voz, a pesar de ser cuidadosamente suave, resonó más alta. Ahí confirmé que todos notábamos que algo raro pasaba con la niebla. Era cosa de ver sus caras. Apretadas, esperando a que lo que estaba afuera no nos escuchara. Yo creí que sería algo simple devolverle la luz a la casa. Levantar los tapones y listo, pero cuando dimos la vuelta y vimos cómo estaba la caja de luz, nos mató la esperanza a todos. El metal estaba doblado, como si alguien con mucha fuerza la hubiese agarrado a combos. El olor amargo confirmaba que los circuitos estaban hechos pedazos. Claudio intentó abrirla, pero mi viejo le ordenó que se detuviera porque podía hacerse daño. Yo seguí estudiando la niebla a nuestro alrededor. Estábamos por volver, hasta que noté algo en el suelo. Lo apunté con el celular. Eran huellas. Grandes como las de un pájaro de mi tamaño. Mi papá las vio también y Claudio les sacó una foto. Se me heló la piel al imaginar lo que hubiese causado esas pisadas, así que intenté llamar a la razón y mencioné que debía haber sido un ñandú. Claudio me rebatió, diciendo que acá en la Patagonia había emúes. Íbamos a comenzar a discutir, pero mi viejo nos miró enojado. Su expresión, dura. Avanzó de regreso a dentro de la casa. Nosotros lo seguimos.<br>No lo vimos venir. Fue culpa nuestra por no oír esa voz en nuestra cabeza que nos avisa que hay algo fuera de lugar. Lo vi por una fracción de segundo, pero me bastó para entender que la criatura era grande, pero, sobre todo, rápida. La cosa embistió al Claudio, que estaba delante de mí. Por un segundo, el paisaje se tiñó de pintas carmesí. Retrocedí asustado y los gritos de mi mamá, papá y hermanas retumbaron en mi cabeza. Mi mirada fija en Claudio, que sangraba por la boca. Sus ojos vacíos, tan pálidos como la misma niebla. Su cuello perforado a un costado. La criatura se volteó. Su mandíbula corta resplandecía con la sangre de mi hermano. Me miró fijamente y entendí que yo sería el próximo.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Emanuela</h3>



<p class="wp-block-paragraph">Edmundo iba a cerrar la puerta y a dejar a Narciso afuera. Cobarde. Y tiene la desfachatez de decirle a mi hijo maricón. Me despegué de las niñitas y empujé a mi marido a un lado. Claudio estaba a un costado de la entrada trasera. Me contuve de mirar. En cambio, le grité a Narciso. El animal se volteó y pude verlo bien. Se paraba en dos patas. Era más bajo que yo. Diría que un metro y treinta de altura. La cola era larga, a diferencia de su cuello, corto y robusto. Era una mezcla de reptil con algo más, porque le vi un pelo corto y delgado en algunas partes. Me miró con dos ojos grises, desafiándome. Le sostuve la mirada; no sé cómo, pero lo hice. Cuidé de alzar la voz, no quería gritar y que el animal se alterase. Le ordené a Narciso que se moviera. Mi niño reaccionó lento, acercándose con pasos cortos y atento ante cualquier señal de ataque.<br>El animal perdió el interés en nosotros y se volvió hacia Claudio. Narciso entró y, antes de cerrar la puerta, vi lo que quedaba de mi hijo mayor. El cuello rasgado, la panza recién abierta a un costado, siendo mordisqueada parsimoniosamente. Cerré y me puse a llorar. Se me cruzó la idea estúpida de que quizás solo necesitaba su inhalador, que era cosa de ir arriba a buscarlo, a su pieza, y todo estaría bien. Fue un segundo de negación, luego la realidad con su golpe frío. Mi hijo estaba muerto. Mi Claudito ya no estaba más con nosotros.<br>Las niñas también lloraban. Abrazadas las dos, como si se hubiesen olvidado lo mucho que pelean ahora que la Pili es adolescente. Edmundo estaba pegado en la ventana, mirando cómo la cosa de afuera se comía el cuerpo del Claudio. Entre las lágrimas vi a Narciso. Estaba en el suelo, hecho un ovillo. Tiritaba. Con la misma expresión que me miraba de guagua, me miró, muerto de miedo. Me acerqué y lo abracé. Nos quedamos así por varios minutos, hasta que, balbuceando, Narciso me dijo que era su culpa, que esto era karma por haber matado a alguien. Edmundo explotó. No lo había visto así desde las elecciones anteriores, de cuando el candidato de su partido perdió. Había puesto harta plata en la campaña, también había invertido en bots; a cambio le habían propuesto ser ministro.<br>Con ese tono alto, delgado, que pone cuando se enfurece, Edmundo le dijo a Narciso que esto pasaba porque teníamos un hijo amanerado, un colipato. Esto era castigo de Dios. Que, por su culpa, su hermano estaba muerto. La Trini salió a defender a Narciso. Le gritó a Edmundo, encarándolo. Por un segundo me sentí orgullosa. La cabra chica le puso los puntos sobre las íes. Edmundo, por su parte, le gritó que se callara. La Pili fue la que nos detuvo. Un solo grito, de esos agudos que te parten el tímpano. Nos giramos, sacados de nuestro estado de shock. Con una mano apuntó al ventanal. Cuando me giré, los vi. Había más allá afuera.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Narciso</h3>



<p class="wp-block-paragraph">No pensé que todo fuese a acabar tan rápido. Mi viejo seguía pegado a la ventana. Sus insultos desaparecieron cuando la Pili nos hizo mirar hacia afuera. Parecía que el brillo de la bruma aumentaba. No me había percatado hasta ese momento, pero el fulgor parecía palpitar. Era una pulsación pequeña, casi imperceptible. Ese latido, como de corazón, aumentaba levemente el brillo, tanto, que dentro de la casa podía ver con detalle los objetos a mi alrededor.<br>Mi mamá me abrazaba con fuerza y me susurraba que no era mi culpa. Yo solo pensaba en él, en cómo había dejado su cuerpo tirado para que alguien más lo encontrara. En las veces que le dije que lo amaba y él desviaba el tema. La sangre me hervía hasta que la piel comenzaba a arderme. Me desquitaba con la cama. Con movimientos pélvicos cortos, fuertes, dejándole claro que era mío. Pero nunca fue mío. Siempre lo supe, solo que no lo quería admitir. Yo era suyo, pero él, en cambio, era de sí mismo y eso me mataba.<br>Tenía la mirada fija en mi papá, en su cara de odio que después se transformó en miedo, después en terror. La ventana explotó cuando uno de los animales saltó frente a nosotros. Su cuerpo se retorció en el salto, junto con el vidrio que se fragmentaba en cientos de esquirlas y trocitos puntiagudos. El animal se sacudió el vidrio de su cara, haciendo una mueca de dolor, pero luego se abalanzó sobre mi viejo. Un salto calculado, preciso. Abrazó a su contrincante con precisión quirúrgica. Su tamaño y peso no fueron suficientes para tirar a mi viejo al suelo, sino que se tambaleó hacia atrás, hasta chocar con el librero anclado a la pared. Se corrieron unas repisas y algunos tomos antiguos cayeron, haciendo que mi papá se tropezara y se desplomara a un costado. Sus ojos se clavaron en mí, incapaz de perdonarme, incluso cuando las fauces del animal se cerraban sobre su cabeza, para luego dirigirse al cuello y matarlo, me miró, dejándome en claro que nunca me perdonaría.<br>Ahí saltaron hacia adentro los otros. Uno a uno, con brincos ágiles, casi como los de un pájaro, pero en grande. Mi mamá me tironeaba para que me levantara. La otra mano, extendida hacia la Pili y la Trini. Alcé la vista, identificando a seis en total, incluyendo al que seguía afuera alimentándose de Claudio. Los cuatro que seguían sin comer se acercaron hacia los restos de mi papá. El animal que seguía sobre él se giró y les gruñó a sus compañeros. No compartían. Tampoco parecían cazar en grupo, ya que no se coordinaba. Simplemente esperaban a que uno actuase primero y luego lo seguían cuando entendían que era seguro.<br>Mi mamá intentó proteger a mis hermanas. Solo logró darles unos segundos más de vida. Una de las criaturas se aferró a ella, al igual que con mi papá. Dieron vuelta un sillón y tiraron una lámpara al piso. Quedó en claro su destino cuando se acallaron sus gritos. Mis hermanas retrocedieron, intentando escapar; quizás querían ir al segundo piso, quizás salir, pero nunca lo sabré. Otro animal agarró a la Pili desde una pierna, la arrastró, manchando el piso con su sangre, hasta la cocina. Entre los vaivenes de la puerta abatible atestigüé su último respiro. Reaccioné tarde, pero abracé a la Trini. Sentí sus brazos pequeños apretarme con una fuerza de la que no la creía capaz. Enterró su cara en mi pecho, haciéndome sentir un hermano mayor capaz. Noté la mirada fría de las criaturas en nosotros, alcé la vista, intentando no perder la compostura. No podía fallarle a mi hermanita en este, nuestro final. Los animales se voltearon, encarándose. Dispuestos a pelearse por nosotros. Se gruñeron, adoptaron posturas defensivas, bajando la panza al suelo, meneando sus cuerpos mientras calculaban. El aire se llenó con el olor metálico de la sangre de mi mamá; tal vez era el de mi papá, nunca lo sabré.<br>Yo también calculaba. Si se ponían a pelear, agarraría a la Trini, subiría al segundo piso y nos encerraría en la pieza del abuelo. Movería los muebles, nos fortificaría. Era posible que estos animales no supieran qué hacer con una escalera, como cuando un perro sin experiencia se detiene ante una, incapaz de seguir a su amo. Lo imaginé todo, estuve a punto de hacerlo, pero los animales no pelearon. Hicieron los cálculos. Uno para cada uno, y eso parecía bastarles. Nos apretujamos con la Trini. Ella gritó mientras nos mordían y caíamos al piso; yo, en cambio, pensé en él. En su mirada, en su mueca de desinterés que me desarmaba, en sus labios que me llamaban a besarlo, a morderlo. Con mi última energía miré a mi alrededor, a la casa, y percibí sus secretos. En todos los trapos sucios que cubrían sus maderas, sus cimientos. Entendí entonces que no solo era culpa mía. Era culpa de mi familia. Estaba en nuestra sangre ser así y, por eso, el castigo no me pareció tan maligno.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Evaristo</h3>



<p class="wp-block-paragraph">Llegué a la mañana siguiente para recoger la lista del supermercado. Toqué la puerta principal, pero todo estaba muy callado. Me di la vuelta y al tiro llamé a los carabineros. No entré hasta que acompañé a los policías. Los cuerpos de todos los integrantes de la familia estaban allí. Sangre en las paredes, trozos de carne desperdigada. Por un lado, me daba pena. Tantos años con esta familia. Sí, los conocía a todos desde chiquitos. Los vi nacer y morir.<br>Los demás pisos estaban intactos, y, fuera del desorden general del primer piso, se concluyó que el incidente no tenía que ver con robo alguno. Cuando dieron con la caja de electricidad destruida, se barajaron opciones: sicarios, ajuste de cuentas; hasta se llegó a pensar que la familia del muchacho asesinado estaba detrás de todo, pero luego dieron con las huellas en el suelo. Los rasguños de garras en el piso y en algunos muebles. Los forenses, con solo mirar el cuerpo unos segundos, declararon que era un ataque animal.<br>Estudiaron los alrededores y dieron con más huellas. Llamaron al SAG, luego a una universidad, después a un museo. La escena del crimen se transformó en una excavación. Dijeron que eran huellas de un dinosaurio. Incluso encontraron un fósil ahí mismo. Herrerasaurio. Uno de los primeros ejemplares de dinosaurios en la historia. Uno de los del museo dijo que las huellas eran un milagro, que así de antiguas era imposible encontrar. Escuché algo de una anomalía, que los huesos estaban demasiado arriba, que no correspondía al estrato. Alguien reafirmó las pruebas. Yo, la verdad, es que no pesqué mucho. Solo tomé el celular y la escribí a mi hijo; le dije que lo amaba y que, ahora que ellos no estaban, Santiago era un lugar un poquito más seguro.</p>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:66.66%"><figure class="wp-block-post-featured-image"><a href="https://imaginistas.cl/javier-fontecilla/" target="_self"  ><img loading="lazy" decoding="async" width="2560" height="2560" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-scaled.jpg" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="Javier Fontecilla" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-scaled.jpg 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-scaled-100x100.jpg 100w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-1024x1024.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-1536x1536.jpg 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-2048x2048.jpg 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/10/IMG-1-2-1320x1320.jpg 1320w" sizes="auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></a></figure></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:33.33%"><h2 class="wp-block-post-title"><a href="https://imaginistas.cl/javier-fontecilla/" target="_self" >Javier Fontecilla</a></h2>

<div class="wp-block-post-excerpt"><p class="wp-block-post-excerpt__excerpt">Javier Fontecilla es guionista y escritor especializado en los géneros de ciencia ficción y terror. Es autor de las novelas El Arca y Animales Salvajes, además de una decena de cuentos publicados en antologías como Cyberpunk 2023, Cyber Terror Reset y la revista de ecoficciones Antami. Su obra ha sido reconocida con dos galardones en&hellip; </p></div></div>
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		<title>«Carmela» por Antonella Menoni</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Oct 2025 14:30:19 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 44 &#124; Narrativa &#124; Terror &#124; 3004 palabras &#124; Antonella Menoni &#124; Uruguay &#124; En un verano asfixiante de Montevideo, una mujer que trabaja en un frigorífico conoce a Carmela, la nieta de su vecina muerta. Entre el hedor de la carne y el deseo, ambas se funden en una relación enfermiza donde la pasión, la podredumbre y la identidad comienzan a confundirse irreversiblemente.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-8644b919857b2a376d454e01e4fd36b2 wp-block-paragraph">En un verano asfixiante de Montevideo, una mujer que trabaja en un frigorífico conoce a Carmela, la nieta de su vecina muerta. Entre el hedor de la carne y el deseo, ambas se funden en una relación enfermiza donde la pasión, la podredumbre y la identidad comienzan a confundirse irreversiblemente.</p>



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<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f">Nº 44 | Narrativa | Terror | 3004 palabras | Uruguay</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-bdda7bcb1c29dc764037ddcbfbf1f609" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);"><strong>Carmela</strong></strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px"><strong>Antonella Menoni</strong></h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">Carmela. Se me hinchaba la lengua al llamarla, como si decir su nombre fuese más trabajo que empujar un cuerpo hacia afuera, pesado, viscoso. Finalmente lograba salir, con la violencia de un gemido contenido, retorciéndose desde mi paladar hasta el exterior. Se paseaba por mi boca con un roce áspero y sabor a hierro. Aun así, me fascinaba. No me cansaba de decirlo. De sentir cómo cada sílaba se derretía finalmente, como una fruta demasiado madura en mi lengua, arrastrándose obscenamente hasta ella. Como si me costara soltarlas del todo. Como si quisiera morder cada letra hasta hacerme sangrar. Carmela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los días se apelmazaban como cartón húmedo, deformando el tiempo en un chicle. Caminaba las mismas calles hasta que el asfalto comenzaba a deformarse bajo mis pasos, como si Montevideo me digeriera lentamente. El sopor veraniego se fermentaba en los balcones junto con las plantas secas. Yo aprendí a habitar ese hedor como quien se acuesta en una cama tibia, ahogándose en su propio sudor. El olvido no era un bálsamo, sino el párpado pesado de un alcohólico que no quería volver a abrirse y ver con nitidez el caos que lo rodeaba. Y, aun así, agradecía la penumbra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La ciudad olía a azufre que se colaba por los desagües, y a demasiada fruta podrida que alertaba a enjambres de moscas que Montevideo estaba disponible para ser saqueado. El verano se sentía como un mausoleo abierto. Un amante enfermo, que en cada beso dejaba tras de sí una costra de fiebre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces creía haberla olvidado. Otras, la certeza de su ausencia me corroía como un gusano detrás de las sienes. Vivía en ese vaivén. Por eso me sumía en mi rutina con tanta diligencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Trabajo en un frigorífico. Detalle que considero pertinente aclarar, no por afición a los vacunos ni al hedor de la carne abierta, sino porque es allí donde se me va la mayor parte de la vida. Hace dos años que estoy entre esas paredes frías. En un principio, lo elegí porque pagaban bien, porque no exigían títulos ni pergaminos y porque, al final de cada semana, nos dejaban llevar algún corte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo había sido vegetariana durante cuatro años. Ahora devoro carne roja casi a diario. A veces me falta agua en la heladera, pero nunca falta un trozo de entraña, unos riñones o la sobra reseca de una pechuga de pollo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Intento mantener una disciplina mínima: limpiar la heladera, cambiarme la ropa del trabajo antes de volver al mundo exterior. Pero ya estoy tan contaminada que rara vez percibo el olor que me impregna. Al principio me resultaba insoportable, denso hasta el mareo; llegué a vomitar incluso. Un olor a muerte que se me incrustaba en la nariz como un insecto obstinado. Pensé en renunciar. Todavía lo pienso, cada mañana, cada vez que abro los ojos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, como siempre, llegué y me cubrí con túnica, guantes y cofia. La carne me recibió desde la puerta misma, antes que ningún compañero. Puse el primer corte en la sierra y me entregué al movimiento repetido, al pulso de la máquina. Pasados unos cuarenta minutos, los brazos ya me dolían. Agujas invisibles trenzaban mis músculos como si intentaran bordar un mural dentro de mi carne. Me había vuelto resistente, sí, pero no invencible. El trabajo era agotador. Más agotador aún era habitar este cuerpo hecho de piel y hueso. Esta condición de animal que me resulta intolerable. No me pesaba la muerte. Me pesaba estar viva, ocupando una carcasa que me resulta ajena, siempre invasiva. No siempre me había sentido así, sin embargo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando terminó el turno, regresé a mi apartamento. La luna ya colgaba arriba, opaca, y las estrellas habían sido borradas por la contaminación de la ciudad. El viento era húmedo, las veredas parecían recién lavadas. No escuchaba música en el ómnibus ni al caminar. Prefería oír el vibrar monótono del motor del transporte público, rechinando cada tanto en las esquinas muy angostas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al entrar, un olor me golpeó con violencia. Podrido. Penetrante. Nauseabundo. El edificio estaba a oscuras. Un apagón lo había tragado todo, quizá desde la mañana. Pensé en la heladera, en la carne apilada dentro, y me lancé a comprobarla. Al abrir la puerta, la encontré aún en buen estado, intacta por milagro. Pero no era ella la que olía. No era mi carne.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salí al pasillo buscando algún interruptor o explicación, y allí estaban los vecinos, agrupados en murmullos espesos. Un par de viejas fisgoneaban desde la puerta abierta del apartamento contiguo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Qué pasó? —pregunté, mi voz seca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—La señora Alberta —me respondió un hombre con la mano en el pecho—. Murió. La encontraron esta tarde. Un infarto, dicen. Llevaba cuatro días…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuatro días pudriéndose en el encierro. Cuatro días regalando al aire esa fragancia dulzona y espesa de muerte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No era por ser insensible, pero ¿qué podía hacer yo por la vieja? Nada. Ya estaba muerta. Me preocupaba más el apagón que aún mantenía cautiva mi heladera. Seguí hacia las escaleras buscando un tablero general, con la idea de llamar a un electricista a la mañana siguiente. Si hubiera tenido más confianza con la señora Alberta, incluso podría haberle pedido guardar mi carne en su heladera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi mente era un amasijo de cansancio y pensamientos dispersos. Y en esa niebla bajaba distraída cuando alguien empujó la puerta del edificio desde afuera. Me choqué de frente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me quedé aturdida un segundo, hasta que levanté la vista. Una mujer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Disculpá, no te vi —murmuré, aún recomponiéndome.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella me devolvió la mirada con una sonrisa tenue, precisa, dirigida. Algo en mí se contrajo, un retorcijo mínimo, un estremecimiento en la boca del estómago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Vivís acá? Nunca te había visto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Mi abuela vivía aquí —corrigió con un titubeo, bajando la mirada—. Estoy recogiendo sus cosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era la nieta de Alberta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Lamento mucho tu pérdida —dije, seca otra vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Gracias —su sonrisa se amplió apenas, y me mostró un hoyuelo escondido en la mejilla, un detalle ínfimo que se me quedó clavado como una astilla luminosa—. Me llamo Carmela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y yo, por un instante, solo pude mirarle la boca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En aquellos pocos instantes había logrado apreciarla de la cabeza a los pies: la despreocupación con la que aquellos bucles de un blanco pulido caían sobre su rostro, el brillo de su par de ojos opalescentes; su mirada era una invitación a aventurarme en su mundo, su boca agrietada en los bordes, aún rosada y carnosa, entreabierta, su piel cubierta en pliegues y surcos que se asemejaban más a un pergamino atesorado que a arrugas. Todo su cuerpo emanaba un magnetismo etéreo y maduro que se deslizaba por las sílabas de su nombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me despedí con cordialidad y volví a mi apartamento, olvidándome de que no tenía luz y de que estaba en una misión por arreglarlo. Mi corazón latía aceleradamente. No me importó el olor a muerte al pasar por el pasillo; lo esquivé con gracia, al igual que al pelotón de vecinos chusmas que seguían cerca de la puerta. Me escabullí y me dirigí directo a mi escritorio, envuelta en una borrachera mental, sonriendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me arrebataba un torrente eléctrico, propulsado por la memoria de aquel encuentro. La intriga del sabor de aquellos labios burbujeaba en mi lengua, tejiendo ideas, un manifiesto. Continué en aquel éxtasis por horas. Lo veía con claridad. La veía con claridad. A través de la densa bruma mental de agotamiento, con los ojos entrecerrados, allí estaba: Carmela. Eras exactamente lo que estaba buscando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Carmela decidió instalarse en el apartamento de su abuela. La rapidez de su mudanza me resultó desconcertante, casi imprudente. Yo hubiese meditado la decisión hasta el agotamiento: pensar en habitar el mismo aire, dormir entre las mismas paredes donde un cuerpo se había descompuesto durante días. Y aún más si era un familiar mío. Pero ella no parecía perturbada. Más bien se la veía aliviada, como si hubiese encontrado por fin un refugio. Su urgencia era mi desvelo. La manera en la que se apropiaba del lugar me irritaba y me fascinaba al mismo tiempo. Y tan solo nos separaba una pared fina de concreto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada vez que la veía, la veía doble. Se espejaba en la otra. Era como si mi memoria se hubiese vuelto una superficie líquida. Carmela emergía y enseguida el rostro de la otra se superponía, deformado, obstinado. Me enfurecía que no podía dejarla atrás. Todos los esfuerzos frenéticos por olvidarla se derrumbaban con tan solo un gesto suyo en el momento en que la rozaba con mi mirada. Quería creer que había avanzado, que estaba reconstruyéndome. Pero en las noches, inevitablemente, todo se reducía a un solo nombre; los rasgos se desdibujaban, y solo quedaba un olor dulzón, nauseabundo, que me perseguía hasta el insomnio. Soñaba con enterrarlo, con devorarlo y que mi rutina se lo comiera hasta tragárselo y dejarlo en lo bajo de la carne de mis días.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana la encontré en el pasillo. El aire estaba cargado de polvo y cartón. Sus cajas de mudanza aún se amontonaban como cadáveres apilados en una esquina. Había invadido el corredor durante días y yo, con mi habitual prudencia, no había dicho nada. No interrumpían mi rutina, pero tampoco podía dejar de sentir el peso de su presencia. En el ascensor, una vez, me había mencionado que venía de muchos años en Barcelona, dicho así, con una voz neutra, como quien no quiere decir nada pero deja caer la palabra como un anzuelo, tratando de provocar una reacción en mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo cerraba la puerta de mi apartamento cuando sentí su mirada clavada en mi nuca. Me giré apenas, y ahí estaba, apoyada en el marco de su puerta, como si me hubiese estado esperando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Vas a trabajar? —preguntó, inclinada, mientras se acomodaba una de sus sandalias. El pelo le caía a un costado, dejándole la clavícula marcada y esa línea blanca de la nuca que me ardió en los ojos como un tajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cerré con llave mi puerta intentando no mirarla. No quería, pero no podía apartar la vista. Asentí en silencio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Querés que te lleve? —dijo, como si fuese la cosa más natural del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me obligué a alzar la cabeza, a devolverle la mirada. Sentí un hilo de acidez treparme por la garganta, y salió en mi voz antes de que pudiera corregirme:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Cómo sabés que te queda de pasada?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo dije con brusquedad, como si al poner un filo entre nosotras pudiera defenderme.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella sonrió, pero su sonrisa no era inocente. Era lenta, torcida, un movimiento que parecía haber ensayado frente al espejo. Torció apenas la cabeza y no apartó los ojos de mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No lo sé. Pero no me importa. Insisto. ¿Me dejás llevarte?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cruzada de brazos, la examiné con cautela. Había algo en su cuerpo que me irritaba por su calma insolente, como si supiera exactamente lo que provocaba en mí. Un calor húmedo me subió desde el pecho, reverberando en mis costillas. No podía decidir si era rabia o deseo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Entonces ya no es un ofrecimiento —dije despacio, buscando que cada sílaba fuese una trampa—. Es un pedido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vi cómo su mirada descendía, sin pudor, hacia mi pecho que se levantaba y caía con notoriedad, delatando mi respiración agitada. No se esforzó por disimular.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Que sea lo que quieras —respondió, apenas un murmullo que parecía pegarse en mi piel—. Con tal de que me digas que sí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La escuché como si me hubiese lamido el oído. El pasillo entero, con sus cajas y olor a polvo, se contrajo alrededor de nosotras. Sentí la llave todavía en mi mano, helada, como un recordatorio de que podía volver a entrar, cerrar, esconderme. Pero no lo hice.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Acepté.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tiempo empezó a deshilacharse desde que Carmela se había mudado al apartamento de su abuela. No eran días ni noches los que pasaban, sino jirones de memoria que se desgarraban en mi cuerpo. Su presencia me alteraba, no de un modo explícito, sino con esa dulzura empalagosa que deja el perfume del jazmín en el verano. Demasiado hermoso para no sospechar su podredumbre. Ella era la otra y, a la vez, era ella. Ese doblez me desquiciaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El paso del tiempo entre nosotras se volvía viscoso, como un hilo de saliva que no termina de romperse. A veces me sorprendía caminando en círculos por mi apartamento, convencida de que si abría la puerta la encontraría del otro lado, con los brazos cruzados, aguardando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana abrí los ojos y ya estaba en la parada del ómnibus. No recordaba haber atravesado el pasillo, ni haberme vestido, ni siquiera haber cerrado con llave la puerta de mi apartamento. Todo se volvía opaco, como si un sueño me arrastrara y me dejara abandonada en mitad de la vigilia. Si me detenía a pensar demasiado en ello, perdería mi bus, así que avancé sin titubear, con la certeza de quien huye, aunque no sepa de qué. Me subí al ómnibus y dejé que la ciudad me tragara entre su sopor de alquitrán caliente y sudor viejo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba disfrutando una copa de vino mientras mis dedos se ensuciaban en la grasa tibia de una pasta con albóndigas. Necesitaba deshacerme de aquella carne que había languidecido en mi heladera durante días. La cocina olía a metal húmedo y a especias rancias, a una dulzura podrida que me excitaba y me revolvía el estómago al mismo tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue entonces que alguien llamó a la puerta. Me levanté con sigilo, con la sensación de que algo pesado y oscuro se había posado sobre mi pecho, y la encontré allí: Carmela, parada en el umbral, con la calma de quien sabe que ha irrumpido en un territorio prohibido, con los ojos midiendo mi alerta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Abrí este vino hace un par de noches —dijo, su voz rozando mis nervios—, y si no lo tomo hoy, se echará a perder. Me vendría bien la ayuda. ¿Te gusta el rosé?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me inquietó su sonrisa, esa que prometía y amenazaba al mismo tiempo. Parece que ambas estábamos vaciando heladeras, y el aire entre nosotras se volvía denso, pegajoso. Ella se acomodó en mi sillón y saqué otra copa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vaciamos la botella y luego lo que quedaba de la mía. Carmela se veía más peligrosa bajo la luz tenue de mi apartamento: sus mejillas encendidas, el calor de su respiración mezclado con el aroma dulce y ácido del vino, su piel que brillaba con una humedad extraña y provocadora. No había una malicia explícita, pero el peligro era inminente. Lo que podía pasar si me permitía salir de mi rutina, de mi esquema de control, si me abandonaba a la corriente de su cuerpo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—El señor del primer piso tiene un gato muy viejo —balbuceó, y sus dedos rozaron mi pierna—. Siempre me hace sentir que lo vigilan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su mano se quedó allí un instante demasiado largo. La miré y, en sus ojos, vi la misma chispa que me había encendido desde la primera vez. Me incliné hacia ella y sus labios se posaron en mi cuello; el calor de su aliento escribía una condena en mi piel. Ya no había vuelta atrás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tumbadas en el sillón, Carmela se retorcía con espasmos de placer. Sonaba como una música macabra que recorría mi columna. Su pecho subía y bajaba, cortado por gemidos melódicos que amenazaban con deshacerme. Su piel perlada de sudor era la promesa de un infierno dulce. Cada beso que depositaba en mí era una firma, un recordatorio de que me había perdido en ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Quiero que me llenes la boca con tu nombre —susurré, y el sonido me arrastraba a un idilio divino y tortuoso—. Carmela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sentí cómo me desbordaba, cómo me vaciaba y me llenaba a la vez. Cada palabra, cada gemido, era un eco que hacía vibrar mi vientre y mi conciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos quedamos dormidas, entrelazadas y exhaustas, con el olor a vino y carne mezclándose en el aire, dejando un rastro de placer y decadencia que aún hoy me persigue.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desperté sola. La cama estaba vacía y el aroma de Carmela había dejado un rastro amargo en mis sábanas. Fui a trabajar, pero todo se sentía irreal. Un compañero me saludó y dijo:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Me alegro de verte bien. Ayer dijiste que estabas enferma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recordé vagamente la noche anterior, pero no había memoria de haberle avisado a nadie de estar indispuesta. El calendario marcaba miércoles, y yo, al parecer, había dormido un día entero. Ya no distinguía lo que era real de lo que era un delirio inducido por su presencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salí del trabajo y golpeé su puerta. No respondió. Ni un sonido, ni un mensaje, nada. El apartamento estaba cerrado y silencioso, como si el mundo hubiese decidido tragársela. Me sentí vacía, un eco de desesperación recorriendo mi pecho. En medio de la confusión y la angustia abrí mi heladera en busca de un trago y me encontré con una grotesca abundancia de carne: cortes vacunos, riñones, hígado, incluso un corazón. No recordaba haberlos comprado ni cómo habían llegado hasta allí. El terror y la fascinación se mezclaban en un cóctel nauseabundo. Quizá ayer, en medio del cansancio y el delirio, había hecho un surtido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Preparé un churrasco con manos temblorosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pasaron días, semanas. Y ningún rastro de Carmela. Dejó algunas cosas en su apartamento, pero se había ido, silenciosa como un corte en la noche, sin despedida, sin rastro que no fuera su olor, que aún levitaba con densidad por el aire.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un nuevo verano llegó. Denso y asfixiante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me senté frente a la ventana, con un vaso de vino en la mano, viendo la ciudad derretirse en luz y sombra. En el calor del verano, en la descomposición del tiempo, en la soledad de mi cuerpo, llamarla era como un mantra tibio y aterciopelado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Carmela —susurré al viento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la brisa contestó, caliente, nauseabunda, con un sabor a carne olvidada que apuntillaba mi lengua. Volví a tragar las letras de su nombre, saboreando su ausencia entre mis dientes. Y me estremecí al darme cuenta de que, al igual que al principio, lo único que me quedaba era un nombre.</p>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:66.66%"><figure class="wp-block-post-featured-image"><a href="https://imaginistas.cl/antonella-menoni/" target="_self"  ><img loading="lazy" decoding="async" width="828" height="828" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/05/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-1.jpg" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="Antonella Menoni" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/05/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-1.jpg 828w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/05/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-1-300x300.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/05/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-1-150x150.jpg 150w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/05/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-1-768x768.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/05/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-1-600x600.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2026/05/EB363E6B-36DB-41EF-9322-7267CC12CFAC-4-1-100x100.jpg 100w" sizes="auto, (max-width: 828px) 100vw, 828px" /></a></figure></div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:33.33%"><h2 class="wp-block-post-title"><a href="https://imaginistas.cl/antonella-menoni/" target="_self" >Antonella Menoni</a></h2>

<div class="wp-block-post-excerpt"><p class="wp-block-post-excerpt__excerpt">Antonella MenoniEscritora uruguaya, nacida en 2003. Estudia la Licenciatura en Lingüística en la Universidad de la República. Es autora de Los esqueletos en el armario (2021), Anatomía de un corazón roto (2023), Cabin Fever (2024) y Cabin Fever: Spanish Edition (2024). Su escritura cruza narrativa, poesía, sensibilidad oscura y una imaginación atravesada por lo esotérico.&hellip; </p></div></div>
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</li></ul></div>



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		<title>Eterno resplandor de la ruta sin memoria por Cristina Vesper</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2025 13:35:16 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nº 43 &#124; Narrativa &#124; Fantasía &#124; 1.072 palabras &#124; Cristian Vesper &#124; Chile &#124; La ciclovía del Mapocho se transforma en un dispositivo extraño: a cada pedaleo, los recuerdos dolorosos se van desgastando como si el asfalto los lijara. La protagonista entrega escenas de amor y pérdida a cambio de memorias banales o infantiles, hasta arriesgar el recuerdo más luminoso y devastador de Sofía.]]></description>
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<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-61215115cd51509eb115f93830d0f9ff wp-block-paragraph">La ciclovía del Mapocho se transforma en un dispositivo extraño: a cada pedaleo, los recuerdos dolorosos se van desgastando como si el asfalto los lijara. La protagonista entrega escenas de amor y pérdida a cambio de memorias banales o infantiles, hasta arriesgar el recuerdo más luminoso y devastador de Sofía.</p>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f"><br>Nº 43 | Narrativa | Fantasía | 1.072 palabras | <strong>Cristina Vesper</strong> | Chile</h6>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img loading="lazy" decoding="async" width="2560" height="1600" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-scaled.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-scaled.png 2560w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-scaled-600x375.png 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-300x187.png 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-1024x640.png 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-768x480.png 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-1536x960.png 1536w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-2048x1280.png 2048w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-1280x800.png 1280w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-400x250.png 400w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-984x615.png 984w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/portada-3-1320x825.png 1320w" sizes="auto, (max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>


<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">La ciclovía del Mapocho, tramo Costanera, tiene fama. No por los oficinistas en lycra que se creen Egan Bernal<sup data-fn="83e18276-259b-4518-a774-b2aff8a9e2d2" class="fn"><a href="#83e18276-259b-4518-a774-b2aff8a9e2d2" id="83e18276-259b-4518-a774-b2aff8a9e2d2-link">1</a></sup>, ni por los olores bíblicos que suben del río en verano. Tiene fama porque, si pedaleas con la pena correcta, te la va lijando. Te la saca como un tatuaje mal hecho, con dolor y dejando la piel sensible. Una carnicería de la memoria a domicilio. La leyenda urbana es una mierda, pero es lo único que tengo, así que aquí estoy, montada en mi pistera, que ahora mismo se siente más como un potro de tortura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El objetivo es claro: Sofía. O, más bien, los restos de Sofía que anidan en mi cabeza como una colonia de termitas. Quiero empezar por algo simple, un recuerdo de mierda, para probar el sistema. El día que me dijo que necesitaba «espacio». Lo dijo en el living de su departamento en Lastarria, con la luz del atardecer entrando por la ventana y dándole un aire de santa laica que daban ganas de vomitar. El recuerdo tiene textura de terciado, olor a café de grano y el sonido de mi propio corazón haciendo un ruido de lavadora descompuesta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Empiezo a pedalear. Lento. El primer kilómetro es un chiste. Pasa un tipo trotando con un golden retriever más feliz que él. Pasan los edificios de titanio de Sanhattan, mirándome con sus miles de ojos cuadrados. El recuerdo de Sofía sigue ahí, intacto, con su cara de actriz de cine arte francés. «No eres tú, soy yo». ¡Qué falta de imaginación, por Dios!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero entonces, pasando el puente del Arzobispo, algo cambia. La vibración del asfalto sube por el marco de la bicicleta. Zzzzzzzzz. Un zumbido que se mete por los pies y llega directo al cráneo. El recuerdo empieza a perder definición. La cara de Sofía se pixela. El color de sus ojos, ese verde traicionero, se vuelve un manchón vago. La frase, «necesito espacio», se estira, pierde vocales, se convierte en un eco idiota: ne…to…cio&#8230;o.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bien. Funciona. Siento un alivio helado, como meter los pies en el estero El Arrayán en pleno invierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el espacio que deja Sofía no se queda vacío. El cerebro odia el vacío. En el hueco que dejó su cara de santa, aparece otra cosa. Un recuerdo que no pedí, que no sabía que guardaba. Tengo siete años y estoy en la cocina de mi abuela en El Quisco. Huele a gas y a cochayuyo hervido. Mi abuela, con su delantal de flores, me está enseñando a desgranar arvejas. Sus manos son un mapa de venas, manchas y texturas. «Cada arveja es un secreto», me dice. No recuerdo haber recordado eso nunca. ¿Por qué ahora? ¿Qué clase de canje es este? Un trauma de primer nivel por una postal de la infancia. No parece un negocio justo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sigo pedaleando. Ahora con más ganas. Si esto es un trueque, quiero ofrecer algo más valioso. Voy a por un recuerdo bueno, de los que duelen de verdad. El primer beso. Parque Forestal, debajo de un jacarandá. El suelo era una alfombra de flores moradas y pegajosas. Sus labios sabían a cerveza y a la ansiedad de que todo saliera bien. Ese recuerdo es un tesoro y una maldición. Lo pongo sobre la mesa. Te lo cambio, ciclovía de mierda, por lo que sea. Acelero. El viento me pega en la cara. El zumbido se hace más intenso. El jacarandá se destiñe, el perfume se evapora, las flores moradas se vuelven grises y se las lleva el viento. Sus labios se borran. Intento recordar su sabor y solo siento el gusto metálico del smog. Misión cumplida. Me siento vacía, liviana. Horrible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El recuerdo que llega a cambio es una basura. Una escena de la oficina, hace tres años. Mi jefe, un tipo con un bigote que parecía una oruga muerta, explicándome cómo usar la nueva impresora. Una memoria inútil, gris, con olor a tóner y a café quemado. La ciclovía se está riendo de mí. Me está estafando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me detengo un segundo a tomar agua. Apoyo un pie en el suelo y miro el río. Unas gaviotas pelean por un pedazo de algo. Un tipo me grita desde la otra pista: ¡Dale, campeona, que se puede! Le levanto el dedo del medio sin mirarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me queda una última ficha. El recuerdo nuclear. La vez que nos quedamos dormidas en la playa de Viña y despertamos con el amanecer. El frío, la sal en la piel y la forma en que me miró, como si yo fuera la única persona en el mundo. Ese recuerdo es el que me despierta a las tres de la mañana. Es el pilar que sostiene toda la estructura de la pena. Si lo derribo, se cae todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vuelvo a la pista. Pedaleo como si me persiguieran. Cierro los ojos. La playa, el amanecer, su mirada. Lo lanzo todo al asfalto. Tómalo. Desármalo. Conviértelo en nada. El zumbido es tan fuerte que creo que la bicicleta se va a desintegrar. Siento un vértigo, una ráfaga helada desde el estómago hasta la cabeza. Como si me estuviera cayendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando abro los ojos, el recuerdo no está. Intento buscarlo y encuentro una pared blanca. Un archivo borrado. No hay playa, no hay amanecer, no hay mirada. Solo un hueco. Esta vez, no llega nada a cambio. Nada. Solo el vacío. Un silencio perfecto y aterrador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llego al final del tramo, donde la ciclovía escupe a los ciclistas de vuelta al caos de la ciudad. Me bajo de la bicicleta. Me tiemblan las piernas. Me siento extraña, como si llevara ropa que no es mía. Miro a la gente pasar. Caras anónimas, historias que no conozco. Saco el celular para llamar a alguien, para contarle. Marco el número de mi mejor amiga y, por un segundo, dudo. ¿Cómo se llamaba?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un hombre se detiene a mi lado, también en bicicleta. Me sonríe. Tiene un ojo de cada color, uno café y otro celeste.<br>—Buena ruta, ¿no? —me dice—. Limpia la cabeza que da gusto.<br>Lo miro por un instante, juro que recuerdo el olor de su cocina. Huele a gas y a cochayuyo hervido.</p>



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<ol class="wp-block-footnotes"><li id="83e18276-259b-4518-a774-b2aff8a9e2d2">Egan Arley Bernal Gómez es un ciclista de ruta colombiano, que compite para el equipo INEOS Grenadiers. En 2019 se convirtió en el primer latinoamericano en ganar el Tour de Francia, y el ganador más joven en 110 años (con 22 años). <a href="#83e18276-259b-4518-a774-b2aff8a9e2d2-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 1"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li></ol>


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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="913" height="1055" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/autoretrato-en-blanco-y-negro.jpg" alt="" class="wp-image-3823" style="aspect-ratio:1;object-fit:cover" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/autoretrato-en-blanco-y-negro.jpg 913w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/autoretrato-en-blanco-y-negro-600x693.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/autoretrato-en-blanco-y-negro-260x300.jpg 260w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/autoretrato-en-blanco-y-negro-886x1024.jpg 886w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/autoretrato-en-blanco-y-negro-768x887.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 913px) 100vw, 913px" /><figcaption class="wp-element-caption">Screenshot</figcaption></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Cristina Vesper</strong> es artista visual y ensayista. Nació en Corral, un lugar aislado donde el territorio impone su propia poética. Su obra, tanto visual como escrita, explora la intersección entre la memoria, el horror íntimo y los paisajes del sur de Chile, geografía en la que ha vivido y en la que vivirá todos los días de su vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sus intereses en la antropología y la docencia universitaria son una extensión de su arte: la primera, como forma de excavar en las ruinas simbólicas y en los relatos rotos; la segunda, como práctica para invocar nuevas preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vesper trabaja desde la convicción de que el sur no es solo un lugar, sino un lenguaje que susurra.</p>
</div>
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<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>«El canto del tiempo húmedo» por Astrid Q. Fuentealba</title>
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		<dc:creator><![CDATA[imaginistas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Sep 2025 11:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[2025]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[IMAGI]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Astrid Q. Fuentealba]]></category>
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					<description><![CDATA[Nº 42 &#124; Narrativa &#124; Fantasía &#124; 757 palabras &#124; Astrid Q. Fuentealba &#124; Chile &#124; En un océano que ya no reconoce sus propias palabras —donde fósforo y nitrógeno abundan pero el oxígeno escasea—, una cóclea humana perdida en el mar y una abalón ancestral se encuentran en un diálogo de vibraciones, tiempos y memorias.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-white-color has-black-background-color has-text-color has-background has-link-color has-small-font-size wp-elements-db3a516768b1f391f56ef0afb1a14ce0 wp-block-paragraph">En un océano que ya no reconoce sus propias palabras —donde fósforo y nitrógeno abundan pero el oxígeno escasea—, una cóclea humana perdida en el mar y una abalón ancestral se encuentran en un diálogo de vibraciones, tiempos y memorias.<br></p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<h6 class="wp-block-heading has-text-align-center has-small-font-size" id="n-22-narrativa-fantasia-1959-palabras-consuelo-b-c-aedo-chile-52c191d1-1c83-4ede-b0cb-a1c3a99f636f">Nº 42 | Narrativa | Fantasía | 757 palabras | <strong>Astrid Q. Fuentealba</strong> | Chile</h6>



<h1 class="wp-block-heading has-text-align-center has-white-color has-text-color has-link-color wp-elements-9513e5b1940036436cdcfccb8af7df2a" style="font-size:100px"><mark style="color: rgb(255, 255, 255);" class="has-inline-color"><strong style="background-color: var(--ast-global-color-3);">El canto del tiempo húmedo</strong></mark></h1>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center" id="camila-almendra-fa025c96-2fde-4045-85cd-4d14b4cba31e" style="font-size:50px"><strong>Astrid Q. Fuentealba</strong></h2>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em>“Ante la llegada de los monstruos del Antropoceno, la comprensión de lo humano como universal y autónomo, </em><br><em>cuyo éxito y supervivencia individual dependen tan sólo de sí mismo y de sus aptitudes para la competencia, se torna inoperante».&nbsp;</em></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph">Leticia Durand y Juanita Sundberg</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph">La tierra rugió y luego fue otra historia, una húmeda, iridiscente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fósforo es una palabra que dejó de existir, también nitrógeno; sin embargo, ambos abundan más que el oxígeno en el Pacífico, que no debió llamarse así jamás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fueron siglos los que la cóclea habitó su propio tiempo, acompañada sólo de un repiqueteo insistente. La palabra hélice se había borrado, aunque la caída persistía en los rieles que ataban su cuerpo. Luego hasta el cuerpo se había borrado: sólo el eco, la memoria y entonces&#8230;</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">La abalón habitaba un tiempo que no tenía prisa. Arrastró el pie muscular por la roca, succión ondulante, arenosa, metálica. Materia conocida, sabor ácido, casi no había alimento posible en tal marea. No llevaba cuenta ni urgencia, sólo continuaba. No avanzaba ni iba a ninguna parte, sólo seguía al manto de sargazo que la ocultaba en el lecho marino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces se detenía a saborear, creyendo haber encontrado algún buen alimento. Otras, lo hacía porque percibía que algo se acercaba. A veces, sólo para hacer circular el agua ácida que separaba su manto de la concha y así masajear la desnutrida masa visceral. En ocasiones, detenerse no era una opción y la marea caliente la arrastraba. No era importante, volvía a moverse después. Retomaba el curso que dictaran las corrientes, los calores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fijó el pie muscular en una materia lisa, similar a la suya en sabor, pero distinta. La recorrió suave. Succionó firme y luego expulsó agua por los nueve orificios de su concha. Lo hizo de uno en uno, al ritmo de la marea; así no habría peligro de arrastre. Primero sólo quiso asirse de esa materia, luego una vibración se filtró en su corpúsculo de oreja de mar y entonces quiso traducir a la cóclea de bípedo, comprender lo que repetía sobre mundos antes secos. Se posó allí y, desde aquel impulso, tuvo un punto de retorno. No fue una decisión: esas ideas pertenecieron a otros tiempos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">*</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">El tiempo de la cóclea era distinto al suyo: no se movía ni pretendía buscar alimento. El tiempo de la cóclea parecía ser anterior al suyo, repetía sonidos del tiempo seco que la abalón no llegaba a conocer. Cantaba contra el olvido. Fue así que la oreja de mar aprendió que el tiempo seco sonaba distinto al tiempo húmedo. Aprendió que existía el tiempo, que la habitaba, desequilibrando cada vibración de su concha cuando intentaba alcanzar a la cóclea, penetrar el cráneo, atravesar el manto óseo hasta mostrar su iridiscencia, para que por fin la cóclea pudiera ser aquello que antes era: un cuerpo. Un cuerpo lanzado al mar, aferrado a hierros, preguntas, dolores, recuerdos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un día, la mar liberó a la cóclea; no cuando era cuerpo, sino cuando ya sólo quedaba un cráneo. Arrastrándolo, lo soltó de amarras y le permitió desanclar el recuerdo que la perseguía desde el tiempo seco. Incluso antes, la mar había oxidado los rieles, lavado las carnes, pulido los nervios, y ni con todo eso había calmado el duelo. Fueron tiempos largos los que la mar demoró en encontrarlas, y largos también los tiempos que ellas demoraron en ser una. Tiempos sin olvido. La abalón comprendió eso después de succionar al punto de casi desgarrar su manto. La cóclea no lo comprendió enseguida, pues añoraba el tiempo seco y sólo cuando habitó la iridiscencia logró algo de calma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de eso, la cóclea no comprendía a la mar; no podía traducir las vibraciones en ese elemento de sal, acidez, calor eterno, humedad, oxígeno arisco, tiempo. Carente de nervios, llegó a sentir que sólo podía ser cuando la abalón penetraba en su vestíbulo y la iridiscencia le permitía recordar lo que eran la pena, la ira, el deseo. Luego de eso, cuando la cóclea supo que no estaba siendo invadida, sino invitada, pudo comprender. Se sintió amparada por el sargazo que había detestado, cuidada por la marea que la arrastraba, habitante del lecho oscuro al que había temido. Al fin, el descanso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cóclea pudo ser, por fin, cuando fue con la abalón y en su cuerpo se comprendió cuerpo nuevo: en espiral pulida y rugosa, blanca e iridiscente, simbionte de tiempo seco y tiempo húmedo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la arena del lecho marino, las que fueron un cuerpo y otro cuerpo: un nuevo cuerpo.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="1448" height="1180" src="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Astrid-2.jpg" alt="" class="wp-image-3818" style="aspect-ratio:1;object-fit:cover" srcset="https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Astrid-2.jpg 1448w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Astrid-2-600x489.jpg 600w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Astrid-2-300x244.jpg 300w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Astrid-2-1024x834.jpg 1024w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Astrid-2-768x626.jpg 768w, https://imaginistas.cl/wp-content/uploads/2025/09/Astrid-2-1320x1076.jpg 1320w" sizes="auto, (max-width: 1448px) 100vw, 1448px" /><figcaption class="wp-element-caption">Screenshot</figcaption></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Astrid Q. Fuentealba</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Actriz, dramaturga, directora, académica e investigadora teatral. Entre sus obras destaca Bola de Sebo (2013), El Sauce (2017), y el guión de la serie documental Memoria de Árboles (2020). Actualmente prepara su primera novela, en torno a devenires poshumanos y relaciones interespecies.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"></p>
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