En un mundo atravesado por criaturas, tecnología y conflictos más grandes que cualquier individuo, un guerrero enfrenta una experiencia límite que transforma por completo su comprensión de la guerra, el deber y su propio cuerpo. El arma cefálica es un relato de ciencia ficción intensa y perturbadora que explora la identidad, la violencia y la deshumanización en escenarios extremos, combinando acción, horror corporal y una mirada crítica sobre la obediencia y la maquinaria bélica.
Nº 62 | Narrativa | Ciencia ficción | 1622 palabras | Chile
EL ARMA CEFÁLICA
ROSITA HORMANN
Inspiré profundamente. Abrí los ojos y miré a mis congéneres guerreros. Estábamos unos al lado del otro, escondidos en la trinchera, cubiertos de barro. Miré hacia arriba: el cielo estaba cubierto por nubes ennegrecidas, salvo por algunas aperturas que se formaban y dejaban ver el intenso color morado de la atmósfera. Por encima de nosotros se escuchaba el silbido del viento, el frío viento de este planeta extraterrestre. Dentro de la trinchera hacía un calor y una humedad agobiantes.
Los ojos anaranjados y ardientes de mis compañeros brillaban con furia y, telepáticamente, todos nos dábamos ánimo feroz. Nuestros corazones estaban unidos por el mismo espíritu patriota, y la mente enlazada que formábamos en conjunto, todos con una misma meta, se sentía imparable. Pero nadie podía ocultar su miedo. Todos dejábamos escapar nuestros subconscientes quejidos de auxilio. Mi piel se sentía caliente, pero me tiritaban las piernas.
La tierra retumbó. Se acercaban.
El rugido de las bestias empezó a intensificarse.
Mi general impulsó una orden: “¡Al ataque!”. Entonces, con aullidos impetuosos, tomamos nuestros sables de luz psiónicos y salimos de la trinchera, al encuentro de los monstruos del enjambre.
Venían acercándose coléricos, como una masa oscura y deforme. No tardé en distinguir sus características: rostros carentes de ojos y con bocas babosas, llenas de colmillos; las partes de sus cuerpos, segmentadas como insectos, brillaban por la humedad pegajosa que las componía y se movían oscilantes. Sacudían amenazantemente sus colas terminadas en pinchos y balanceaban de lado a lado sus brazos-navaja.
Mis valientes compañeros y yo corrimos al encuentro de los engendros.
Con nuestros sables de luz, alimentados por la energía de nuestros poderes mentales, luchamos con fiereza, cortando a las bestias, sus cabezas, sus brazos y sus colas punzantes. Nos salpicaban sus sangres verdosas en la cara y el cuerpo, su sangre ácida y corrosiva. Sentí el dolor en las pieles de mis congéneres y en la mía propia. Pero no paramos.
Empezaron a caer algunos de mis compañeros bajo las fauces y los brazos-cuchilla de los insectoides, y cada muerte la sentí como un horrible infarto mental. Se sentía como perder una extremidad ante un shock eléctrico.
Las tierras se empaparon de una combinación de sangre roja y líquidos verdes corrosivos. La mezcla emitía un vapor irritante con intenso olor metálico y ácido.
Uno tras otro, bestias y compañeros cayeron. Perdí, uno tras otro, a cada congénere con el que me encontraba conectado. Y así llegó la soledad absoluta. Me encontré rodeado de una masa de insectoides. Todos venían a por mí. Me dispuse a morir en nombre de mi pueblo. ¡Todo sea por acabar con estos engendros del mal!
El que estaba frente a mí alzó su brazo-cuchilla, preparado para partirme en dos. Cruzando mis sables psiónicos en forma de equis, me defendí de la arremetida y su brazo fue sajado encima de mi cara. Pero sentí un corte atravesarme el cuello por atrás. La visión se me volvió borrosa. Un pitido invadió mis oídos.
Caí y rodé por el suelo, viendo girar todo a mi alrededor. Sufrí en mi cuerpo un golpe eléctrico; después, la nada.
Sentí oscuridad y silencio.
*
Luego, mi mente volvió a despertar.
Una especie de pantalla turquesa tapaba mi vista. Veía borroso. Mi cara se sentía húmeda y sumamente fría.
Percibí la comunicación de otros congéneres acercándose. Me proyecté hacia ellos, pero no obtuve respuesta. Intenté sacudirme, pero mi cuerpo no respondía.
Enfoqué la vista. Me costaba ver, pero alcancé a distinguir una puerta. Esta se deslizó y entraron cinco congéneres. Deduje, por sus ropas e insignias características, que eran guerreros de alto rango. Se sentaron a mi alrededor. Me observaron. Y empezaron una discusión. Pero no se comunicaban conmigo. Me referenciaron, pero no se dirigieron a mí. Desesperado, intenté comunicarme de nuevo con ellos, pero me ignoraron. Supe, por lo que transmitían, que mi cuerpo biológico había sido completamente destruido en la batalla y que mi cabeza se hallaba depositada en un tanque oxigenado y con nutrientes varios.
Traté de mover la cabeza de nuevo, pero no podía. Miré desesperado hacia los alrededores, hacia mis compañeros que me estaban rodeando, hasta que vi hacia abajo. Mi cuerpo no estaba. Había, en su lugar, una especie de estructura metálica, de la cual salían cuatro patas negras. Pero yo sentía el fantasma de mi cuerpo, dolorido y difuminado. No era capaz de moverlo, pero lo sentía.
Entrecerré los ojos para observar mejor a través del líquido donde me encontraba. Entró a la habitación un congénere con un traje azulado. Hizo una reverencia a todos los presentes. Luego me observó con frialdad. Los altos rangos emitieron: “Nuevo piloto, te asignamos este aparato”.
El del traje azul envió una orden telepática a mi mente: “Camina”. Sentí una vibración. Las cosas metálicas que había bajo mío se movieron como las patas de un cuadrúpedo, y me moví.
No entendía nada. Intenté comunicarme con ellos. Mis pensamientos rebotaron dentro del contenedor que me encapsulaba. Exclamé tan fuerte como pude, pero me ignoraron. Empecé a desesperarme. ¿Es esto una pesadilla?
De repente, todos se fueron. Apagaron la luz. En la oscuridad, solo podía ver, reflejadas en las paredes, las pequeñas luces palpitantes provenientes de justo debajo de mi cabeza.
Me quedé en silencio y a oscuras, y no percibí ni la más mínima conexión mental en horas.
Entonces escuché un enorme portón abrirse por detrás de mí y vi la luz inundar la estancia. Algo me hizo girar bruscamente, dejándome de frente hacia las afueras. Me encontraba en una especie de fábrica. Fui desplazado a gran velocidad a través de los pasillos grises y negros, hasta llegar donde había todo un ejército de seres cuadrúpedos metálicos. En cada uno de ellos había algo así como una cápsula cilíndrica con un líquido turquesa y, dentro de ellas, cabezas de mis congéneres. Intenté alcanzarlos, alzando mi mente con todas mis fuerzas, pero no recibí respuesta. Algunos de ellos me miraron y tenían un rostro de angustia.
La tierra empezó a temblar. El horrible temblor. Otra vez venía una embestida de insectoides.
No podía creer la situación en la que me encontraba.
Sentí una conexión telepática. Era aquel al que habían llamado “piloto”. Me comandó que atacara. Mi cuerpo metálico empezó a mover sus cuatro patas, yendo de cabeza hacia la embestida. El resto de cuerpos siguió los mismos pasos. Mi mente recibió otra instrucción: “Aniquílalos”. De mi cuerpo salieron otras cuatro extremidades, por delante de mí, y cada una de ellas desplegó un sable de luz psiónico.
Quería detenerme, pero era incapaz de controlar nada. Mi cuerpo no respondía. Este cuerpo metálico no respondía. Los sables empezaron a balancearse frenéticamente y cortaron de forma brutal, en miles de pedazos, a esas bestias. No tuvieron oportunidad. En tan solo unos segundos, el ejército del que ahora formaba parte las había aniquilado por completo.
Mi cascarón vidrioso se encontraba cubierto de la sustancia ácida verde que conformaba a mis víctimas.
No tardaron en llevarme a una nueva estancia, donde varios de mis compañeros, si es que podía llamarlos así ahora, me limpiaron a fondo.
Luego empezó todo de nuevo: otro ejército mecánico de congéneres-robot, otra embestida, otra matanza absoluta.
Una batalla tras otra, la masacre de los insectoides se extendió por tierras lejanas a las que no había llegado antes. Exterminamos a estos seres, una manada tras otra. Empecé a entender lo que estaba pasando. Esto no era una causa noble, como lo había creído en un principio. No podía serlo, después de todo lo que vi. Estábamos en su planeta, y nosotros estábamos causando un genocidio. Me sentí sumamente avergonzado. ¡Por qué maldita causa había muerto!
De repente, mi cuerpo empezó a tiritar y hacía movimientos erráticos. Me llegaban intensas órdenes de mi piloto, pero el cuerpo no respondía.
La estructura metálica que me componía caminó por su cuenta hasta un bosque de árboles pantanosos, donde me estrellé contra un tronco y caí a las aguas estancadas. Empezó a humear. El recipiente en el que me encontraba se quebró ligeramente, dejando escapar algo del líquido turquesa que me mantenía vivo.
Fui capturado y llevado a unas instalaciones.
Sentí que se acercaban lo que parecían ser científicos, por lo que sus mentes transmitían. Dieron explicaciones sobre lo que había pasado. Aparentemente, la sangre de estos monstruos a los que estábamos aniquilando era tóxica y me habían contagiado con un virus. Mi cuerpo mecánico estaba infectado. ¿O se referían al mío real?
Discutían con seriedad y nunca me miraron a los ojos.
A estas alturas, ya me había rendido. Apagué mi flujo de pensamientos hacia ellos.
Percibía lo que decían sus mentes unidas, pero yo sentía la mía nublada, como si mis neuronas se estuvieran desconectando. Solo captaba un tumulto de conceptos incoherentes.
Hasta que capté las siguientes palabras: “Tendremos que destruirlo”.
Al poco tiempo me encerraron en otra estancia oscura. No era capaz de ver nada. Escuchaba cómo el jarrón donde se encontraba mi cabeza seguía goteando el líquido turquesa, y yo cada vez me sentía más frío y más confundido. Mi mente se volvió errática. Pero las palabras “tendremos que destruirlo” rebotaban en mi mente con claridad.
Abrieron la caja donde me encontraba. Me habían colocado encima de algo. Levanté la vista y había una enorme prensa hidráulica colgando sobre mi cabeza.
Ahora que me encuentro aquí, cada segundo se siente eterno. Estoy espantado ante la muerte próxima. No soporto la idea de morir, no de nuevo, no de esta forma, por una causa que ya no siento parte de mi espíritu.
Se acercan a un panel de control. Exclamé con toda mi fuerza mental: ¡Por favor, no me destruyan!
Siento un enorme dolor. Me aplastan. ¡Me aplastan!
De pronto, oscuridad y silencio.

Rosita Hormann (Chile, 1996) es una autora en formación, apasionada por la fantasía, la creación de mundos y el diseño de criaturas. A lo largo de los años ha recorrido, como lectora, innumerables universos imaginarios, además de desarrollar los suyos propios.
Durante sus años de formación universitaria y sus primeros años de trabajo, mantuvo en pausa su escritura creativa. Actualmente ha retomado ese camino con dedicación, enfocándose en fortalecer sus herramientas literarias y desarrollar su voz como autora.
En 2026 finalizó el primer borrador de su primera novela, proyecto que espera concluir durante el mismo año. Paralelamente, cultiva su interés por la ilustración de mundos y criaturas fantásticas, tanto en formato tradicional como digital.