En un taller de encuadernación artesanal, un grupo de mujeres trabaja contrarreloj preparando libros para un evento. Sumidas en el ritmo mecánico del cosido, el pegado y el corte, la jornada transcurre en una suerte de trance colectivo. La irrupción inesperada de una amiga del grupo, acompañada por dos extrañas figuras, altera esa rutina. Mientras el ambiente del taller se llena de incomodidad, fascinación y sospecha, la narradora comienza a percibir detalles inquietantes en la presencia de los visitantes. Lo que parecía una simple interrupción del trabajo se transforma lentamente en una experiencia perturbadora, donde los límites entre percepción, imaginación y realidad comienzan a volverse inestables.
Nº 56 | Narrativa | Ciencia ficción | 2030 palabras | Chile
LOS MARIDOS DE MI AMIGA
MARTINA PEDREROS
Estábamos ahí, encima de los cuadernillos, a contratiempo cosiendo y pegando tapas para llegar al evento con una cantidad de libros decente, cuando se abrieron las puertas del taller de par en par. Ninguna de nosotras prestó mucha atención. Es que encuadernar nos tenía tomadas, completamente absortas en la acción de coser y pegar, coser y pegar, coser y pegar, para luego guillotinar uno tras otro, produciendo libros en cadena, como un organismo compuesto por este enjambre de mujeres laboriosas. Nos figurábamos a la manera de monjas medievales en plenas faenas de servicio coordinado. Siempre fantaseábamos con ser monjas, geishas también. Escuchábamos música psicodélica japonesa para entrar en el trance de la identidad colectiva que disuelve la individual. Monjas orientales, absortas en sinfín de labores, cultivando la virtud de las mujeres, ser hacendosas.
Sin duda, ese juego que jugábamos al trabajar estaba avivado por la natural tendencia a generar universos y consensos en el juego, fantasías que levantaban arquetipos evidentes, como el ser una congregación medieval de escribanas o una casa de geishas dedicada a los oficios delicados sobre los que nos postrábamos. Los movimientos mecánicos y suaves, a ratos coreográficos, de los siete cuerpos que componíamos el taller también podían figurarse, a la luz del humo de los sahumerios y del mate en circulación, como un gran insecto con muchas extremidades en funcionamiento. El ritmo sistemático de las impresoras arrojando copias, las acciones mecanizadas en cadena para montar el libro, la absorción de los sentidos y nuestra atención completamente volcada a las acciones bloqueaban la posibilidad de voltearnos a ver qué venía con la apertura de las puertas del taller.
Yo me di cuenta recién cuando ya estaba mi amiga Camila en la mitad del salón, abrazada a dos seres antropomórficos. Mis compañeras siguieron cosiendo y pegando, incluso cuando la luz entraba tan fuerte que era imposible mirar el papel de los cuadernillos sin encandilarse. Pero era hipnótico, imposible no mirarles. A contraluz, por la forma de sus siluetas, no podía decir a ciencia cierta que fueran seres humanos. Eran como dos copias deformes, como un papel atascado en la impresora que debes sacar a pulso con ambas manos, y se arruga, se recoge la letra, y lo descartas.
Me detuve, observé la escena fijamente. La amiga estaba feliz, abrazada a las criaturas, una a cada lado. Vestidas a juego, combinando con el traje de dos piezas fucsia que la destacaba a ella ahí, en medio de la sala, como un marcador fluorescente subrayando la fotocopia. En cambio, sus acompañantes apenas se movían. De pronto, esa falla que llenaba de sospecha lo que estaba mirando, ese holograma que anunciaba el error, como un código que amerita el reseteo de la impresora, se volvió nítida por el solo esfuerzo de observación. Sus rasgos tenían una coherencia interna que precisaba mayor atención. Rasgos estirados en diagonal y en ascenso. Diminuta nariz y boca. El color de la piel grisáceo, la textura más brillante que lo habitual en las pieles humanas, como desmedidamente sudada, casi aceitosa. No era capaz de adivinar el grosor de sus pieles, ni la densidad de sus cuerpos, ni el peso, ni su porcentaje de agua, ni siquiera si es que respiraban. La luz artificial del led frío les hacía brillar en exceso. Yo les miraba sin espanto, sin miedo, sin nada. Insensible, no solo en blanco. No tenía categorías para nombrar. No sabía qué era ello, qué era lo que estaba mirando. Si acaso eso era el vacío, el realmente reconocerse en una ignorancia radical, y luego descansar en la nada.
Mis compañeras seguían en sus labores, no se inmutaban. Mi amiga sonreía parada en la mitad del salón, mirándome fijamente. Me decía cosas que no podía entender, y no porque las dijera mal, no porque yo no escuchara el volumen de lo dicho, sino porque mi atención estaba exclusivamente tomada por ambos seres. Ella parecía demasiado inmersa en esa conjunción de a tres como para notar mi perplejidad.
Entonces, como sacada del agua a punto de ahogarme, le dije:
—Pero, hueona, ¡son extraterrestres!
La reacción de mi amiga fue inmediata. Su rostro tomó su expresividad habitual, soltó una carcajada estruendosa y larga, mientras besaba a cada uno de estos seres en lo que parecían ser sus cabezas. Todas las chicas detuvieron sus labores de encuadernación y se voltearon a mirar. Rieron, pero de nervios, y no todas ni al mismo tiempo. Una de ellas comenzó a vomitar a los pocos segundos. Las risas fueron reemplazadas por una cadena de arcadas y expresiones de asco. Entonces, rápidamente la ansiedad creció hacia angustia, y esta a miedo. Todas se apiñaron al final del salón, como un cardumen. Las miré atónita, como si también fuesen un organismo desconocido o yo me hubiese desprendido del organismo, expulsada, y ya no reconociera nada de ese entorno. Despersonalizada.
Ambos seres reaccionaron. No hablaron, pero comenzaron a sacarse sus ropas humanas, como queriendo mostrar su verdadera naturaleza. Sentí algo, horror. Se desprendían lentamente de cada pedazo de tela con dedos como pinzas, como si fuese un pétalo apenas superpuesto sobre la piel. Se acercaban, y en la medida que su cuerpo se aproximaba, un temblor me subía, un zumbido me anulaba la escucha, un ruido como horda de avispas. Y el corazón suspendido cerca de la boca, seca y pastosa. Y lejos ya el olor del vómito de mi compañera, que sentía cálido a la altura de mis pies. No había nada más que ese vacío ensordecedor. Los cuatro ojos negros se acercaban mirándome, y el rostro sonriente de mi amiga, entremedio de ellos, con una placidez inusual, entregada a algo incomprensible para mí, una forma de placer que solo exudaba miedo.
Entonces, y realmente no sé cuánto tiempo pasó hasta ese momento, cuando los tuve a menos de un metro de distancia, pude intuir con mayor precisión lo que eran. Acerqué mis manos con convicción hacia su piel, la sumergí como en una masa cruda y flexible, aún sin amasar. Su naturaleza untable y elástica me permitía ingresar desde la viscosidad de su piel, como si no hubiese barrera hasta sus interiores, que parecían no acabar ni empezar. La informidad de sus límites era fascinante.
Mi mano derecha atravesaba con convicción las capas del primero, y la izquierda iba por el costado del segundo. Palpaba interiores como nunca lo hiciera en experiencias humanas, ni siquiera con un animal. Recorrí buscando y percibí unas texturas y consistencias inimaginadas. Recolectaba información con los dedos, adoptando una sensibilidad nueva en las yemas. Consistencia arenosa, a ratos. Gaseosa, en otros. La porosidad de algunos espacios permitía la liquidez de otros. Un calor envolvente adormecía la yema de mis dedos, hiperestimulados de hurgar y captar información nueva. La sensibilidad del tacto permitía a mi cerebro figurarse con precisión los espacios y funciones de dichos organismos, superponiendo la percepción de la izquierda con el suministro de información de la derecha. Se configuraba un ser simbiótico compuesto por dos individuos.
Llevaba segundos con los ojos cerrados, quizás minutos. Elles se dejaban sin resistencia, como si fuese su dharma y el mío ese encuentro. La forma de palpar era infinita, gozosa, como masturbando capas y capas de pliegues, obsesionada con algo imposible de alcanzar. El zumbido envolvente comenzó a tomar una forma particular, ascendente en tonalidades agudas. Habitaba en ese universo sonoro la incipiente voz de mi amiga, que algo decía sobre los libros, sobre el papel brillante y grisáceo de la portada, como el cuero de un elefante mojado, decía. Parecen vivos… Y lo estaban.
El movimiento lento, pero preciso, de los seres me trajo de vuelta de la abstracción. Sus extremidades se dirigían hacia el escritorio. Como rindiéndose. El sonido bajaba en intensidad. La sala se había iluminado excesivamente. No podía saber la procedencia de la luz. Las chicas ya no estaban. Solo nos encontrábamos ella, elles y yo en una perfecta cuadrangulación.
Como un cuenco tibetano dentro de mi cerebro, que era toda la habitación, la onda expansiva de sus cuerpos moviéndose llegó a su punto climático al tocar los libros que estábamos cosiendo. Como si su piel y el papel que envolvía las cubiertas se reconocieran, fueron amalgamándose lentamente, como una mutua fagocitación en una misma sustancia.
Ya en ese momento yo estaba rendida en el suelo, con una mano en el corazón y la otra en el ombligo. Instinto de protección. Me era intolerable la densidad de la atmósfera, la pesadez del aire, el zumbido del acople de sus cuerpos con los libros. Mi amiga Camila se acercó, me acarició la cabeza y me dijo:
—Hueona, son mis maridos, me están pagando esta publicación. Para el show, no los ofendas.
Me tuvo que repetir tres, cuatro veces esa misma frase. Hasta que pude comprender que sí, que no cabía duda de que eso fuera posible. Y la miré a los ojos y vi verdad en su mirada. Y no quise correr mi vista de su vista, también por miedo a ver lo que estaba oyendo sobre mi cabeza. Arriba del escritorio los dos seres se derretían a tal punto sobre los libros que habían entrado en simbiosis. Y el sonido de cuencos iba volviéndose como el rugido voraz de las hojas al pasar, como una lluvia de hojas afiladas recién lanzada de una multicopiadora de última generación. O como una lluvia de hojas plegándose, descosiéndose, rajándose. Y rogaba que no fuera real, que el trabajo no se perdiera. Que pudiéramos llegar con nuestra meta hasta la presentación del libro de Camila, que estaba allí mirándome con horror.
La luz vibraba mucho. El blanco era absoluto. Iba comiéndose la cabeza de mi amiga, llenando todo. Me miré mi cuerpo, pero seguía ahí, completo. Como al querer salir de una pesadilla y llamarte a la vigilia luego de mirarte las manos. La luz no alcanzaba a llegar hasta borrarme. Efecto de un foco led rebotando sobre papel bond blanco brillante, como si todo allí se estuviera por escribir todavía.
Cerré los ojos. Recé. Traje a mi memoria la secuencia de padrenuestro, avemaría, ángel de la guarda, y seguí en el trance repetitivo con un rosario mental intentando borrar el zumbido de mi cabeza. Recordé algunos ejercicios básicos de respiración, aún con mi mano en el pecho. Y entonces, de a poco, fue cesando la angustia. Estuve largos minutos así, escuchando mi corazón debajo de mi mano en compás con el sonsonete de las plegarias. Dios, dame fortaleza para soportar esto. Dios, si esto es real, quién soy yo para dudarlo. Y también intencioné algunos mantras que me daban tranquilidad y confianza en la resolución del todo, tales como Om Mani Padme Hum y Om Namah Shivaya.
Lentamente, como cuando se despiertan las extremidades del hormigueo, volví a sentir mis piernas, mis brazos, el peso de mi cabeza. Era un milagro. Oí pasos alejarse, la puerta crujió de vuelta, el suelo vibró apenas. Abrí los ojos con el corazón en la mano. Estaba sola. Solo me oía a mí misma.
Me puse de pie lentamente. Mi cuerpo pesaba distinto. En el intento de posar una mano sobre el escritorio, y por no medir mis volúmenes, volteé la mesa al suelo al mismo tiempo que caí con y sobre ella. La evidencia del dolor físico desatascó mi angustia y dolor existencial. Entonces lloré intensamente. No entendía la cualidad de realidad de todo aquello. Era como un pésimo viaje en hongos.
Desde la perspectiva del suelo solo podía ver esquirlas plateadas caer sobre el papel picado que me circundaba. Las pocitas de mis lágrimas se acumularon a mi lado. Me sentía realmente deshecha, agotada. Me volteé y solté con alivio mi espalda en horizontal. La pesadez me relajaba. Ya nada podía interponerse con la realidad.
Algo tibio avanzaba hacia mí. De a poco abrazaba mi cabeza, como una cabecera amoldada a mis formas. Soportaba ese peso, lo envolvía. Llevé mis manos a la cabecera y palpé. Su suavidad era reconfortante, conocida, cálida y húmeda a la vez, tan íntima. Me envolvía a tal punto que me sentía fuera de mí y de todo. Ahí había un agrado del que prefería no averiguar su fuente. Ya lo sabía.

Martina Pedreros Rodríguez (Buenos Aires, 1990)
Licenciada en Letras Hispánicas. Escritora, gestora cultural, editora, performer y docente.
Actualmente reside en la ciudad de Valdivia.
Ha publicado los poemarios Elemancia (Tinta Negra Microeditorial, 2018) y Estado Bisagra (Tinta Negra Microeditorial, 2024). Ha sido antologada en Pesca de arrastre: antología de narradores valdivianos emergentes (2019), Hacer cantar la maravilla (Fondo de Cultura Económica, 2023) y 50 GOLPES (Ediciones UACh, 2023). Ha recibido la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro la Lectura (2022 y 2026).
Editora del proyecto microeditorial Tinta Negra y parte de los colectivos Club de Estampa y Tejido Conectivo líquido. Directora del proyecto audiovisual Ramo de Rudas.