Nº 55 | Narrativa | Ciencia ficción | 1595 palabras | Italia

LA MOSCA

MATÍAS EZEQUIEL MONDO

1.

Frío otra vez. Hace mucho que me tienen aislado. Solo siento el asqueroso y resbaloso mármol. Entiendo lo que les hacen a mis hermanos. Odio esos ruidos. Mi sangre helada está en el límite de calor necesario para dejarme inútil, aprendieron a controlar con precisión la temperatura para dejarnos indefensos y estúpidos. Solo me exponen al calor cuando necesitan ver mis reacciones, cuando necesitan estudiarme para apoderarse una vez más de todo. Su ropa sabe a sintético, no logro distinguir sus tejidos ni su pelaje cuando me dejan, por descuido, tocarlos. No sé qué tan grande es el lugar, pero siento vibraciones que abren una infinidad de pasillos y pacientes. No entiendo cómo sienten, cómo nos controlan. Escuché que otros de los nuestros hablaban de arrancarse el vello, de sacarse cada ápice de animalidad que recorría su piel. Siento que nos odian, pero su indiferencia es más fuerte.

Cada día mi cuerpo se retuerce. Cuando me sacan de mi cuarto solo siento el sabor de los hilos que componen la primera capa de sus cuerpos. Después, una luz amarilla, como el viejo y olvidado sol, se posa sobre mí y no consigo seguir atento. Me caliento, vuelvo a pensar, a moverme, a respirar, pero una especie de cuerpo helado y duro me retiene. Una mano de dos dedos por cada pata. Solo siento ese sabor a lo que llaman metal y espero a que terminen de succionar mi sangre. Pienso que se nutren de ella, aunque me inyecten tubos helados, sin calor alguno, ni lenguas ni bocas. No sé cómo se alimentan de nosotros, pero cada vez que me clavan sus probóscides de hierro me debilito más. Desde que me tienen aquí puedo pensar como ellos, acercarme a su forma de dialogar, pero no cuento con las herramientas para decirles lo que siento. Me exigen explicaciones, me preguntan acerca de mi colonia, de mi planeta, de nuestra biosfera. A cada respuesta equivocada una descarga reverbera en todas mis patas y luego en mis estómagos y corazones. Yo no sé qué es todo eso. O no lo sabía. Más tiempo me congelo y más me parece entenderlos. Al paso que llevan me terminarán volviendo humano.

Cinco me llaman. A eso le dicen nombres. A veces me parece distinguir las vibraciones que emiten sus cuerpos y que no son otra cosa que tocarse los unos a los otros desde lejos. Llaman hablar a su forma primitiva de emitir señales para poder deducir qué harán los otros de su especie. Algunos tienen frecuencias graves y otros agudas. Da igual, todos hablan el mismo lenguaje del dolor. Dicen que brillo a la luz, que mi cuerpo parece cobre mezclado con amatista. Sin embargo, no sé cómo sabe el cobre o la amatista. Nuestros cuerpos siempre tienen el mismo sabor, nunca creí que fuera lo que llaman piedra preciosa. Hoy examinaron mi “capacidad de entendimiento” y se dieron cuenta de que no poseo lo que se dice “vista”. No entiendo cómo tardaron tanto en darse cuenta. Parecen superiores, pero solo se diferencian por su fuerza bruta y sus extremidades heladas. Sin todos estos cuerpos inmensos no podrían retenerme aquí. Sin sus láminas que exterminan nuestras alas no tendrían ninguna posibilidad de sobrevivir.

Comienzan la cuenta atrás. Diez. Nueve. Alguien parece caerse al suelo. Ocho. Siete. Seis. Empiezo a escuchar algo que borbota. Cinco, mi nombre y quizás los últimos segundos de mi destino. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Un estruendo llena la sala. Toco el cuerpo gélido y se me llena la boca del gusto al metal. Las manos parecen haberme liberado. Ya no rompen la piel y el pelaje de mis patas. No siento la luz en la cara, pero mi cuerpo sigue suficientemente caliente como para dar unos pasos. Dulce y salado. Se parece al sabor de su cuerpo, pero esta vez se dispersa por todos lados y queda impregnado en mis extremidades. Acerco mi boca y succiono, siento el regodeo de todos los huevos que cargo. Sigo hacia la fuente de calor más cercana. Hallo un obstáculo moldeable, débil, sintético. Ellos. Esta vez siento el dulzor también en su capa exterior. ¿Será un buen sitio? Escucho algo. Decido depositarlos en lo que parece ser una apertura. Siento unas piezas duras, ancladas a algo cálido y blando. Dejo la mayor cantidad posible. Cien huevos listos para nacer en unas horas, la seguridad de que alguien va a seguir con nuestro legado. Siento cómo cada uno de los nuestros sale disparado de mí y halla su nuevo hogar. En un par de horas volveremos a defendernos, volveremos a ser cientos. Volverá a ser todo nuestro. El calor parece cada vez más lejano. Cada paso se hace más difícil. Extiendo las patas con la fuerza que me queda. Oscuridad. ¿Dónde quedó lo que ellos denominan sol? ¿Dónde está su insensible calor que alimenta cada uno de mis movimientos? ¿Por qué no puedo, como ellos, refugiarme en inmensos colosos fríos de mármol y seguir caminando?

Otro fuerte estruendo.

Despierto otra vez. Ahora puedo sentir algo cerca de mi boca, si se unen vibran. Puedo ver. Observo por primera vez cómo nacen todos los nuestros. Largos seres rompen sus contenedores y devoran rápidamente la pálida piel donde habían sido escondidos. Aunque no sepa explicarlo, siento que ahora sé describir lo que hacen. Salen por los ojos, devoran rápidamente toda la piel de lo que se dice cara y comienzan a brotarles todas las patas de los lados. Rápidamente comienza a crecer lo que ahora veo como un cuerpo de un color precioso. Primero uno, luego otro y así todos. No puedo entenderlos. No sé comunicarme con ellos. Lo intento, pero este cuerpo no me deja hacerlo. Puedo notar cada uno de mis pelos erizados y un líquido frío que me recorre. Escucho su recurrente voz. Transformación terminada. Me arrancan cada uno de los dedos de los pies. Poco a poco se alimentan de mí y siento el desgarro de la piel que se vuelve rico fruto lleno de futuro. El futuro de ellos. Me caigo. Otra vez el frío. Oscuro. Descanso sabiendo que ya no soy el otro.

2.

01100100 01101111 01101100 01101111 01110010

¿Qué concha hago acá? ¿Para qué mierda me trajeron si no sé hacer nada de lo que me piden? Desde que pasó, ya no me dejan en paz. Primero, mis viejos con su funeral cursi y aburrido. Las mismas viejas, siempre vestidas de negro. Los mismos chicos llegando para poder comer algo y no cagarse de hambre en las calles. Mi papá con un lagrimón falso en toda la mejilla. Se podría haber ocupado antes en vez de vernos una vez por semana. Mi otro papá gemía con algo más de sinceridad, se nota cuando alguien te veía todos los días, respiraba de tu misma bombona de aire, compartía tu misma comida congelada y ultraprocesada. Si Víctor me hubiese cuidado algo más capaz que no acababa acá. Si los dos se hubiesen cuidado no me habrían engendrado.

Odio estar rodeado de mis compañeros brutos y rápidos. Navegan con una destreza y una facilidad por los códigos que da envidia, parece que siempre estuvieron acá y que nunca tuvieron que vivir afuera. Al principio es raro. Tenés que aprender que no necesitás comer, que no tenés cuerpo, que solo ves números y letras que suponés que forman lo que antes mirabas en una compu. Te instruyen desde el primer día en todo eso, aunque, en realidad, ya venís así de fábrica. Nativos digitales o algo así nos dicen.

El laburo es demasiado tedioso. Todos los días, a todas horas, tenemos que crear los mismos comentarios inútiles sobre las mismas campañas del orto. Algunos tenemos la suerte de conseguir crearnos un pequeño blog personal en una serie de proxys y páginas encriptadas para que no nos puedan rastrear tan fácil, pero a la mayoría nos tienen prohibido comunicarnos con otros o simplemente hablar con nosotros mismos. Es raro porque ya no tenés una voz en la cabeza. Ahora es una voz en los números que componen tu nombre. A mí me asignaron 01100100 01101111 01101100 01101111 01110010, que sería una mala traducción de mi dead name. No podés sentir nada más allá de lo que puedas pensar. Todo pasa muy rápido y tampoco nos permiten mirar el resultado de todos nuestros posts. Somos pequeños cultores de textos rápidos, falsos y llamativos. Nada como un pibe para escribir lo que van a leer otros de nuestra edad.

Hace poco nos contaron que llenamos el 80 por ciento del espacio de la red, que cada vez somos más y que nuestra labor está funcionando. Cada vez que terminamos nuestras tareas nos permiten alimentar a nuestras mascotas virtuales. Mi amigo es un bug que se generó de un gif que estaba haciendo sobre un tal Milei surgiendo de un rito. Ahora le decimos M1M1 y estamos intentando que crezca su código. Lamentablemente, uso casi todas mis fuerzas para mantener vivas mis pestañas adicionales y poder seguir escribiendo para reivindicar que no se respetó mi testamento. Una sola cosa dejé expresa, no vendan mi código, lo que antes se llamaba cerebro, conciencia o como le quieran decir en su tiempo, a Scorp. Mil veces lo hablé con mis papis. Mil veces les repetí que no quería seguir acá. Siempre lo mismo, ya cuando seas grande te vas a poder preocupar de esas cosas, todavía te queda mucha vida por delante, no te preocupés, gordi. Lástima que todo eso no haya sido verdad y ahora esté condenado a seguir acá.

Matías Mondo (Haedo, 2001) es graduadx en filología hispánica por la Universidad de Salamanca y cuenta con un máster en literatura española e hispanoamericana contemporánea por la misma. Con un gran gusto por la literatura no mimética, tanto en su labor de investigadorx como en su trabajo creativo se propone explorar las posibilidades que albergan esos mundos otros desde una reflexión crítica.