Glenda vive con una fobia inconfesable y persistente, el terror a sus propios órganos internos. Convencida de que esas masas involuntarias le fueron impuestas al nacer, desarrolla rituales, fantasías y estrategias corporales para intentar deshacerse de ellas, en especial del útero. Entre encuentros cotidianos con vecinas, registros clínicos y monólogos obsesivos, el relato traza una cartografía íntima del cuerpo como territorio hostil. Hocico de tenca explora, con humor oscuro y crudeza poética, la ansiedad, la medicalización y el deseo de autonomía corporal, llevando al extremo la pregunta por los límites entre lo biológico, lo identitario y lo imaginable.
Nº 54 | Narrativa | Terror | 1735 palabras | Chile
HOCICO DE TENCA
LINA ABARCA
Mi nombre es Glenda y he desarrollado lo que he denominado fobia a mis órganos internos. Me da igual que en los manuales de calificación diagnóstica, cuestionarios, exámenes, elementos de autorreporte, evaluaciones psicológicas o psiquiátricas, esa nomenclatura no exista. Para mí existe y lo vivo a diario.
Hace pocos días me encontré con mi vecina Candela, del 809, en el ascensor. El poco espacio permitido en esa construcción de 2 x 2 obliga a intercambiar alguna palabra, por más insignificante que sea. Me confesó que fue al médico la semana pasada y que un riñón está fallando, que está funcionando solo la mitad del tiempo y que eso la mantiene preocupada la mayor parte de la semana porque, en el mejor de los casos, debe operarse y costear doce millones de pesos o, en su defecto, pierde para siempre un riñón. Pobre Candela, me dio tristeza. ¿Qué voy a hacer sin un riñón, Glenda?, me dijo. No pude decirle que yo, en su lugar, estaría feliz y que me parece adecuado comenzar a perder de una vez por todas los órganos que nadie firmó un consentimiento para tener y que, solo por el hecho de nacer, nos imputaron.
Yo creo que tengo un diagnóstico más bien anómalo, todavía inexplorado o que está en proceso de estudio, quizás. Mi diagnóstico es fobia a los órganos internos y eso implica que dentro de mí habitan porciones de masas encapsuladas unas al lado de las otras que dicen cumplir alguna función para mantenerme viva. Una de esas masas, presuntamente, elimina los desperdicios de la sangre y del exceso de agua transformándola en orina, otra de esas masas digiere los alimentos y los encapsula, otra se encarga, presuntamente, de trasladar el aire y expulsarlo hacia afuera, otra al parecer me colabora para bombear sangre y cuanta cosa se ha inventado la medicina. La ciencia dice que tenemos aproximadamente 78 órganos dentro de nuestros cuerpos. Setenta y ocho. Demasiado. ¿Es acaso mucho pedir reducir esa cifra?
No logro reconocerlos, no logro quererlos dentro de mí y tengo fe de que tampoco los necesito a todos. Son los habitantes no deseados de un país, las visitas no esperadas de un hotel, la lluvia que no sabemos que se avecina. Las palabras páncreas, hígado, vejiga, intestinos y riñón me son impronunciables, he hecho un esfuerzo mayor para escribirlas en este momento. Ni hablar del útero. ¿Acaso a nadie más le pasa algo similar? Sé que sí y que somos muchas quienes estamos en la continua espera de que validen nuestro pesar.
Los órganos internos son horripilantes. Esos movimientos que ocurren de forma completamente involuntaria a lo largo del día son horripilantes. Esos sonidos de ultratumba que pugnan por disolver un bocado a media tarde son nauseabundos. Y esa contracción de bajo vientre que ocurre una vez al mes es completamente terrorífica y atemorizante. En realidad, me imagino un mundo en donde no tenga que habitarlos. ¿Cómo hacer? ¿Dónde acudir? ¿Podrán los humanos algún día prescindir de estos y, aun así, seguir con vida?
Paciente Glenda Inóspita. 32 años. Soltera. Domiciliada en calle Las Azucenas #325, comuna de Antiqueo. Vive sola, cuenta con limitada red de apoyo. Llega puntual a la hora de citación médica, ubicada temporoespacialmente. Viste con ropa acorde a las condiciones climáticas del día, mantiene la mirada fija, adecuado contacto visual, conectada con el entorno. Conciencia normal, lúcida. Atención conservada.
Su contacto verbal es fluido, mantiene la voz en un tono adecuado a la distancia del interlocutor, narra de forma espontánea, aunque por momentos se ve temblorosa, dramática y vacilante. Tartamudea a veces. De actitud se muestra colaboradora con la sesión, con confianza en sí misma, por momentos seductora, histriónica, alucinatoria, crítica y evasiva.
Ingresó el día de hoy. La trajo un par de vecinas que prefirieron no individualizarse. Queda, por tanto, como paciente con red no identificada para su alta futura.
Continuamente he intentado quitármelos. Mis intentos van desde acudir periódicamente a un médico familiar para esperar que me detecten algo anómalo que haya que extirpar, realizar exámenes de sangre y rezar porque exista algún órgano en descomposición aparente. Hace un tiempo mis intentos se han focalizado en realizar movimientos con el cuerpo que resulten lo suficientemente bruscos e inesperados para romper algo dentro. Así, he intentado defecar boca abajo, orinar moviendo la pelvis de un lado a otro, saltar y luego reducirme como escarabajo, acumular fuerza centrípeta a la altura del coxis, entre otras. Solo he llegado a romper unos músculos pequeños y profundos cuya acción principal es la rotación de la cadera a nivel de la articulación coxofemoral. Pero mi objetivo era el útero.
Organizamos el baby shower de Nilda. Estaba todo listo para ese día. Compramos entre todas las vecinas la torta, el cotillón de bebé, las guirnaldas, los globitos, las serpentinas, todo, todo. Se veía bonita la sala de eventos del edificio. Quisimos invitar a todas las vecinas, incluso a Glenda, para que disfrute un rato, que salga de su departamento, que al menos nos conozca y que sepa lo que es estar en comunidad. Si, al final, todas podemos sentirnos un poco solas. La misma Nilda, por ejemplo, dice que tiene terror de quedar sola, flácida y aburrida después del parto. Todas podemos lidiar con la soledad, cada loca con su tema, al final.
Invitamos a la Glenda y vino. Qué bueno, pensé yo, porque la pobre nunca sale. Nunca, en todos los años que la conocemos, hemos visto a alguien ingresar a su departamento. Parece que no comparte con nadie. Bueno, la cosa es que vino y compartió aquí.
Una de las vecinas se sentó a su lado. Glenda le comentó que tenía un diagnóstico todavía en estudio que se llamaba fobia a sus órganos internos. Nosotras quedamos impávidas, la verdad, porque no sabíamos que la medicina estaba estudiando esos temas. Interesante, la verdad, pensamos al principio. Pero después, cuando empezó a decir que no quería que la llamaran Glenda por su parecido a la palabra glande, nos preocupamos. Dijo que el glande le aborrece y que si alguien se equivoca con su nombre, algún despistado, podría llegar a decirle de esta manera, Glande. Entonces pensamos que, a lo mejor, algo… algo no andaba bien en su cabeza, no sé, como en su cerebro… yo no sé mucho de esas cosas.
Nunca se sintió avergonzada, sino que más bien fundamentó juiciosamente que se quiere extirpar el útero a como dé lugar. Saltó del glande al útero. Yo no sé cómo. También la vejiga, dijo que quería… que quería sacársela. Algo así. Que hacía movimientos cervicales bruscos e inesperados, que soportaba la orina por horas e intenta de forma inquebrantable lograr estropear algo por dentro, lo que fuera, la vejiga, el hocico de tenca. Habló bastante del hocico de tenca.
Hoy amanecí invertida. No recuerdo muy bien en qué momento de la madrugada me volteé para ponerme en esta posición, pero simular a un murciélago me hace sentir libre, despierta, vivaz. Esta posición tiene solo un problema. La acumulación de sangre en la cabeza, al rato, comienza a doler. Se inflaman las venas. No sé si realmente es así, pero así se siente. Si la vena aorta estuviera en la cabeza, de seguro se sentiría así. Bombea, tum, tum, tum, como un golpecito cada tres segundos. Una vez leí que la acumulación de sangre en la cabeza tiene efectos endocrinológicos. No lo pongo en duda en esta época de posverdad, todo puede ser posible, cómo no. Digamos que la acumulación de la sangre en la cabeza ordena de alguna manera las hormonas y permite una mayor circulación de sangre en todo el cuerpo, en la totalidad del cuerpo. Quizás, producto de esta circulación, pueda lograr, por medio de la invertida matutina, que los órganos vayan derritiéndose uno a uno, cayendo encima de otros, con el torrente sanguíneo, que fluyan como un squirt.
No es fácil. La posición invertida es un ejercicio aeróbico, una habilidad de gimnasia en sí misma, que consiste en poner el cuerpo verticalmente con los pies hacia arriba, apoyando las manos en el suelo. Esta es, sin duda, la postura gimnástica más importante, a la que se debe dedicar una metódica y detallada atención para lograr la debida alineación corporal postural.
Para realizar este equilibrio invertido de brazos se debe partir de pie. A continuación se apoyan las manos en el suelo, paralelas una con respecto a otra y perpendiculares al resto del cuerpo, sin que una mano esté más avanzada o retrasada que la otra. Una vez colocado este apoyo se debe dar un impulso con una de las piernas y luego avanzar la otra verticalmente, de manera que las dos piernas queden paralelas entre sí y totalmente estiradas en posición vertical. De esta manera se consigue el equilibrio en posición invertida. La mirada debe mantenerse fija hacia las manos y los músculos abdominales contraídos. Un arte.
Somos humanas, pero no somos humanas al cien por ciento. Puedo llegar a esa elasticidad, la puedo sentir, yo lo sé. Como un guepardo, que tiene su columna vertebral extremadamente flexible, lo que le permite realizar giros, saltos y cambios de dirección con total brusquedad. Me pregunto, ¿cómo hace el guepardo para sujetar sus órganos dentro de sí mismo cuando está corriendo hacia una hiena en pleno acto de supervivencia alimenticia? Somos humanas, pero no somos humanas al cien por ciento. Quiero creer que puedo ser ese guepardo. Al menos despertar un día sin esos órganos horripilantes instalados unos al lado de otros dentro de mí.
El tapir también es un ejemplo que me da esperanza. Tiene una trompa flexible que utiliza para agarrar hojas y frutas y puede alcanzar pequeños brotes para comer. Nuestro cuerpo es un ecosistema, la mitad de nuestras células son células microbianas, bacterias claves para nuestro sistema. Puedo adiestrarlas para lograr flexibilidad y reorganizar cada órgano en un lugar. Puedo adiestrar lo microbiano y degradar los microorganismos internos hasta el punto de hacer desaparecer estos órganos horripilantes. Puedo quedarme solo con el intestino grueso, pero no el delgado. Este último me parece de una delicadeza importante que no puedo sostener. Puedo quedarme con el cerebro, pero solo quisiera elegir un lóbulo. Me han forzado a cargar con esta caja pensadora toda la vida. Me han forzado a tener estas masas una encima de la otra.
Algún día la especie podrá. Algún día sucederá.

Lina Abarca es sicóloga e investigadora de cruces entre género, justicia y digitalidad.
Apasionada por la literatura escrita por mujeres, el teatro y la ficción especulativa.