Nº 53 | Narrativa | Terror | 4558 palabras | Chile

DONDE ROMPEN LAS OLAS

ISIDORA SAGREDO CONCHA

Bajamar

El fogón chispeaba, sutil y pacientemente, haciendo apenas ruido, mientras Liliana colocaba la pequeña tetera sobre la rejilla que restringía el paso de las llamas. A la aún naciente luz del sol matutino, sus jóvenes facciones brillaban con una grisácea incandescencia, pues la niebla marina filtraba los rayos como un telón corrido. La manta color naranja, tejida tantos años antes para su madre, reposaba ahora sobre sus hombros, cubriendo su débil y delgado torso con los jirones que aún no se habían deshilachado y, asimismo, creando un interesante contraste con la palidez de su rostro y el cansancio de su semblante que, sin embargo, era complementado por lo raído que se encontraba el tejido. El hervor que tenía enfrente representaba su única fuente de calor durante las frías mañanas costeras y su única fuente de ocio y distracción en aquellos momentos. Observando las llamas danzar, horas y horas podrían habérsele pasado por encima, de no ser por la gutural alarma anunciante de que su amado esposo estaba cerca.

¿Era hacía ya tres años que una grácil y alegre quinceañera encumbraba volantines con sus primos a orillas del mar, de aquel mar que por entonces significaba paz y vacación, ahora su posible destrucción en manos de feroces olas, hambrientas de una vida que apaciguase su ira? ¿Es que se habían acabado los empujones amistosos, el contar las estrellas por la noche, la inocente tranquilidad obtenida en brazos de su adorado primo? Fue esa misma tarde que le dijo que la quería, que, de poder casarse con ella, lo haría y que deseaba que nunca se apartase de su lado. ¿Era acaso el estar lejos de él lo que más le dolía? Ciertamente que no, pero su recuerdo cargaba consigo una sensación de bienestar que nunca después había recuperado. La felicidad marital, tan prometida y añorada, que le había sido arrebatada tan violentamente de su seno.

Aquella mañana se habían levantado temprano para aprovechar el pálido sol de verano sureño. Habían llegado a casa de una anciana tía la noche anterior, tras un viaje de cinco horas en automóvil, con la esperanza de reposar del tedio escolar y laboral a que se veían sometidos durante el año. A pesar de ello, la energía a los jóvenes les sobraba con creces y, en cuanto hubieron terminado de desayunar, volantines en mano, se apresuraron a la costa. Adelantados algunos, otros tomados de las manos, el grupo de cinco, dos pequeños, tres al filo de la adultez, se aventaron casi en dirección al océano.

Una fría brisa, que removía constantemente los faldones y los cabellos de las muchachas, soplaba idónea para hacer flamear sus volantines y, mientras dejaba que sus dedos, por cuenta propia, desenredaran los hilos apelotonados contra el papel, Liliana dedicó su atención a contemplar la vista del húmedo y nebuloso horizonte. La playa, en días como aquel, parecía algo traído de otro mundo, inefable, etéreo. Si bien no comprendía del todo la calidez maternal de un sol deslumbrante, que, de todas formas, Liliana bien sabía apreciar a su manera, era en días así que sentía poder cerrar los ojos y vivir el sueño en el agitado romper de las olas, en el contraste entre el grisáceo moribundo del cielo y la desgraciada lividez del mar, con el aroma a vida que de sus profundidades emanaba, con su abrazo de amor eterno y violento que jamás cesaba de gruñir.

Ricardo, su primo por dos años mayor, la observaba. Observaba su cabello despeinado y desvaído, adherido a la piel de sus mejillas por efecto de la suave ventisca. Veía sus largos y delgados dedos perderse en la inercia de su tarea y sus ojos avellanados en la inmensidad de su existencia, y creía, además, ser capaz de apreciar cómo su propia aura, su entorno inmediato, crecía bajo esta misma vastedad y era, a la vez, devorado en un vórtice de luz interna, como la de un astro que consume su núcleo para mantenerse con vida.

Un astro. Los astros en el centro de su blanquecino universo estaban, pues, ahora posados en él.

—¿Ocurre algo?— le preguntó la muchacha, con el brillo de sus inocentes ojos tan firmemente clavados sobre él que sentía ser escrutado desde lo más profundo.

Ricardo encogió la cabeza de sopetón, ruborizado y visiblemente avergonzado de haber sido descubierto, mas pronto se dio cuenta de que Liliana no parecía haberlo notado, pues seguía mirándole en espera de una respuesta. Habiéndole tranquilizado su cándida ternura, le dijo entre dientes y risas nerviosas.

—Nada muy importante, tan solo se me ocurrió que podrías ayudarle un poco a Francisco. Parece que está teniendo algunos problemas y te veo diestra en esto, pero eso, claro, si no te molesta.

La muchacha inmediatamente contestó con una amplia sonrisa.

—Claro que no— le asintió—. Deja, termino con esto y le ayudo.

Rauda como la brisa misma, que ataba y desataba sus cabellos, así acabó ella de desatar los nudos del cordel de su volantín y se apresuró a ayudar al pequeño Francisco con el suyo. Viéndola ahí, con su hermano menor, actuando tan dulce, serena y espontánea, pensó Ricardo que Liliana sería una excelente madre.

Las miradas entre ambos muchachos iban y venían. Él no lograba dejar de pensar en sus ojos reflexivos y risueños, que tanto habría deseado mantener consigo por cuanto el tiempo les regalase de vida. Entretanto, ella, bajo la cobija de abrigo frío del mar y la calidez de las atenciones de su primo, sentía una calma infinita en su pecho. Deseaba poder cerrar los ojos y que, al abrirlos, viese perpetuado aquel momento.

Su semblante ardía como el hielo. Aunque no pudiese verlo bajo la máscara de grasa y vellos, podía sentir cómo quemaba cada fibra de su cuerpo. Valentín se acercó a Liliana sin dejar de prestar extrema atención a sus movimientos, aparentemente listo para reprochar cualquier paso en falso. La chica, intimidada por la mirada de su marido, tendía a cometer imprudencias al realizar los quehaceres hogareños cuando se encontraba a sí misma siendo observada por él, lo que ocurría a menudo si este estaba en casa.

En el momento en que la muchacha se puso de pie, su marido se sentó a la mesa. Evadiendo encontrar su mirada, tomó la teterita y comenzó a caminar, cabeza gacha y paso cansino, hacia la figura que, fija al extremo más lejano de la diminuta mesa de madera, la esperaba. Ya a su lado, aún sin mirarle, dirigió la boquilla al roñoso tazón de loza vacío y vertió el agua con pulso controlado. Repitió el acto para regresarla a su lugar sobre el fogón, consciente de que cada movimiento suyo estaba siendo cuidadosamente estudiado, donde quiera que se encontrase, por ojos de águila.

Al volver junto a él, estando aún de pie y con la mirada desviada hacia un lado, Valentín, impasible, le preguntó.

—¿Y tú, no piensas sentarte a desayunar?

Liliana sonrió a modo de conciliación, para así asegurarle que se sentía tranquila y desentendida, pues una de las primeras cosas que había aprendido a manejar al estar cerca de él era ocultar el temor que sus gestos y su rasposo vozarrón le causaban y hacer lo posible por mantener una apariencia de impavidez y calma. Sabía que, de dejar que la mínima mueca se le escapase, en él se despertaría la duda, la interrogaría ferozmente y, muy posiblemente, acabaría golpeándola.

—Desayuné antes de que usted viniese, pero muchas gracias— contestó Liliana. El tono de su voz era dulce y suave.

Valentín asintió y, con un gesto, le indicó que se retirase. Ni por un segundo a la muchacha se le hubiese pasado por la cabeza sentarse a la mesa a compartir el café de la mañana con él. Comprendía ya, sin explicárselo quizás con palabras, que no era más que un gesto que realizaba con intención de reafirmar su autoridad, de hacerle sentir que de algún modo tenía una elección que en realidad le había sido usurpada.

Luego de dos años y medio, conocía ya muy bien su rutina y dejaba que la inercia guiara sus acciones. Su vida era un continuo rebobinar de las mismas maniobras cada día y parecía que su único propósito era perpetuar estas labores hasta su muerte. Como objetivo no tenía más que servirle de apoyo a un hombre viejo que había tomado a la hija de una sobrina lejana como esposa con tal de contar con una mano que cumpliera con el trabajo doméstico que él ya estaba cansado de realizar. Y cuando las visitas venían, ella, la del rostro bonito y la joven sonrisa, era la encargada de recibirlas. Y vaya que venían. ¿Qué diablos buscaría alguien de Valentín? Liliana no estaba segura, pero parecía ser a quien todos acudían cuando algún problema ocurría en los pueblos de la Luz de Luna. Nunca había podido averiguar mucho, pues debía ocultarse en su habitación luego de dar la bienvenida y servir al invitado y las pocas primeras veces que Valentín la había sorprendido intentando inmiscuirse en una conversación, la golpiza le había caído inmisericorde.

Liliana cogió el carrito de las compras y se dirigió a la puerta de salida para ir al mercado como cada lunes por la mañana. Se montó su abrigo, colgado junto a la puerta, sobre la manta y se dispuso a cruzar el umbral.

—Oye— escuchó detrás de ella. El tono de su voz tenía un dejo de absoluta severidad—. Te quiero aquí a las cinco de la tarde. Hay un asunto del que nos tenemos que ocupar cuanto antes.

La muchacha volteó la cabeza, rogando por que el temblor de sus extremidades no fuese evidente.

—Vale. Comprendo— le contestó, con la más amplia sonrisa que fue capaz de esbozar.

Liliana tenía miedo. ¿Habría hecho algo mal? Intentó descartar la idea, pues Valentín no solía esperar para castigarla, a menos que alguien se encontrara presente. ¿Se trataría de asuntos domésticos? ¿Por qué ser tan solemne para hablar de cotidianeidades? Además, bien sabía Valentín que Liliana no salía si no era para saldar trámites muy específicos de los que él tenía plena consciencia y que, por lo general, a las tres de la tarde ya estaba en casa para continuar sus quehaceres. Casi lo sentía como una amenaza.

Mientras caminaba a paso ligero, contemplaba el paisaje que tenía enfrente. ¿Lo contemplaba realmente? Más bien posaba sus ojos con un dejo de nostalgia sin preocuparse demasiado. Los pensamientos sobre los hechos que rodeaban a cada uno de los escenarios se le paseaban por la mente como ideas superfluas que no merecían la pena, pues ya en momentos de extremo ocio, encerrada en su cuarto, les había prestado tanta reflexión que su cabeza dolía de tan solo recordar cada uno. Vio los roqueríos al fondo, en el último cuadro del paisaje costero, casi ya mar abierto, donde, cada año, decenas de barcos eran atrapados por la feroz corriente invernal en una desventurada carrera hacia la muerte y el desamparo. Vio los islotes cercanos a la costa como siluetas en la niebla y el continente, donde sus jóvenes pies dejaban su huella cansina, en su centro y campo magnético. Vio, ya suficientemente a lo lejos, la casa de su marido, su claustro, su horno enteramente ensuciado de hollín. Dedicó solo un segundo más de su atención al humilde tejado, a esa aurora que a la luz del día no se dejaba apreciar ante ojos ordinarios, y los ojos de ella, según Valentín siempre le decía, eran ordinarios. Aun de noche, decía el viejo brujo, lo que la gente veía era solo una ilusión de la magia que rodeaba al pueblo entero.

Apresuró el paso hacia el mercado, aún con los nervios a flor de piel, intentando convencerse de que no había hecho nada malo y que de seguro se trataba de un asunto cotidiano de suma importancia. Sus ojos volaban buscando todo lo que debía comprar, encontrando cierta distracción en los cientos de aromas y colores que tenía a su alrededor. La gente, ya acostumbrada a verla cada lunes por la mañana, la saludaba al pasar.

—Buenos días, señora Liliana— le decían unos por aquí y otros por allá.

—Buenos días— respondía ella cortésmente, sonriente, asintiendo con la cabeza cada vez que cruzaba la mirada con quien fuera que le estuviese dirigiendo la palabra.

Ya sabía lo que quería. Sus manos volaban seguras por entre las frutas, las verduras y el pescado, pues era lo mismo cada semana. Una sierra para Valentín, que tanto le gustaba, y el salmón ocasional para invitados especiales, pues el último lo habían consumido la semana pasada.

Las voces de los feriantes iban y venían, le buscaban conversación y ella, diligente, les respondía.

—¿Qué le doy, señora Liliana?

—Una bolsita de romero y dos de manzanilla.

La señora hizo un gesto para indicarle que se las daba enseguida.

—Oiga, si no le molesta que se lo pregunte— le dijo en voz baja—, ¿no han pensado en tener hijos con don Valentín?

Liliana no se sobresaltó. Era una pregunta usual.

—De momento no, Rebeca, pero serás la primera en saber si es así— le contestó Liliana, riendo, con su mejor intento de mantener el buen humor frente a un tema que le incomodaba.

Rebeca rio con ella y luego le dijo en tono confidencial.

—Porque sabe, señora, acá todos se preguntan cuándo es que don Valentín se va a preocupar de dejar a un heredero. El pobre ya está bien viejo, ¿o no?

Liliana le sonrió y simplemente asintió con la cabeza. Tomó su compra y se fue y, al marcharse, sintió los ojos de Rebeca mirarla con tristeza.

Contra su costumbre de ya más de un año, Liliana empezó a darle vueltas al asunto que Rebeca le había planteado. ¿Por qué todos esperarían que Valentín tuviese un hijo? Que ella supiera, ni siquiera era demasiado rico como para heredar su oxidada finca. Su poder parecía venir de algo más que el dinero, era intangible. Y, de algún modo, ella lo sabía, estaba en sus ojos, en sus manos. En esas manos diminutas y llenas de vello, que casi parecían muñones, como él en sí, pero que vaya que sabía utilizar cuando decidía desquitarse con ella. ¿Sería eso de lo que querría hablar? Si parecía tan urgente y la gente ya andaba contando cuentos. Muy probablemente habrían llegado ya a sus oídos de brujo.

Liliana cruzó el umbral de la puerta con cierta inquietud. Esperaba que fuese cualquier otra cosa, por su propio bien.

—Qué temprano llega mi querida esposa— le dijo Valentín con una amplia sonrisa al verla entrar—. Tenemos que hablar.

Su sonrisa se esfumó en un segundo.

—Necesito un heredero.

El corazón de Liliana se detuvo.

Pleamar

Tanteando levemente su rostro lastimado con la yema de sus dedos, Liliana sintió un profundo ardor e hizo su mayor esfuerzo por contener las lágrimas que amenazaban con caer por su semblante marchito. Valentín la había golpeado con esa mano pesada suya y la había encerrado, privada de comida y agua, con nada más que su catre y una cubeta que hacía las veces de urinario. En momentos como aquel, hasta una risita se le escapaba, porque ni siquiera es que tuviese demasiadas opciones la mayor parte del tiempo. Apenas salía a cuidar el jardín, único, decía Valentín, privilegio que su esposo le concedía, pues el viejo bien podría hacerlo él solo, y aún mejor que la muchacha, según siempre le reprochaba.

—Si ni siquiera sirves para cuidar las plantas. ¿Sabes distinguir cuál es cuál?— la había increpado el día anterior—. Me perteneces. Tu útero es mío, su deber es darme un hijo varón.

Aunque bien sabía que aquel plural junto a “hablar” nunca había significado que ella tuviese palabra alguna en dicha conversación, casi como parte de un acto reflejo se había atrevido a preguntarle por qué, que qué tenía él para heredar, y se maldijo al momento de hacerlo.

—Cómo te atreves, tú, niña mimada, malcriada…— gritaba mientras la abofeteaba y luego la azotaba con la vara de la estufa—. Tu útero es mío. Para lo único que sirves— le había repetido una y otra vez.

Y ahora, acurrucada en su manta, a la helada de una nueva mañana, cálidas lágrimas escapaban de sus ojos y corrían por sus lívidas mejillas. Tenía una cierta noción de cómo se vería su rostro y pensó que Ricardo jamás la habría tratado así. Era lo que pensaba cada vez que Valentín abusaba de ella.

—¡Lilí!— la llamaba—. ¡Lilí!, ¿dónde estás? ¡Vamos a ver al tío Valentín!

Liliana saltó a sus hombros desde atrás, intentando asustarlo, y él, riendo, la sostuvo sobre su espalda. Dedicándole un tierno beso en los labios, le repitió lo que le había dicho la noche anterior.

—Te quiero, Lilí.

Y la mantuvo entre sus brazos por lo que para ella podría haber sido la eternidad misma.

—Vámonos antes de que nos pillen.

El tío Valentín era viejo y feo. La última vez que lo había visto tendría cerca de cinco años y no había cambiado en lo más mínimo.

—¡Qué grandes y macizos están estos niños!— exclamó al verlos—. Mira a este muchacho, listo para el trabajo. Y a esta niña— hizo una pausa— ya en edad de merecer.

Cuatro meses más tarde habría llegado una misiva desde la Luz de Luna solicitando la mano de Liliana en matrimonio por una cuantiosa suma de dinero. La muchacha había sido enviada sin mucho más que decir, sin ceremonia, sin flores, sin velo. Solo la manta de su madre y los recuerdos de sus encuentros furtivos con Ricardo durante los últimos meses desde su regreso de las vacaciones.

—Pronto anunciaré nuestra boda— le solía decir.

Ella se acurrucaba en su pecho desnudo y dejaba que los sueños sobre una vida juntos volaran como gaviotas por su mente.

Valentín nunca la había tocado más que para agredirla y, hasta aquel momento, no había demostrado interés en hacerlo, gesto por el que ella se sentía sumamente agradecida. No quería siquiera soñar con que alguien borrase el recuerdo de Ricardo de sus labios y de su tierna piel. Ella solo concebía el acto carnal como un acto de amor, pues así lo había vivido, y no sentía el mínimo cariño por Valentín.

Se acostó en el catre intentando volver a conciliar el sueño. Entrelazó sus frías manos alrededor de la manta en un intento por calentarlas y se ensimismó en sus recuerdos sobre su hogar y sobre Ricardo. Rememoró la emoción que sentía al tacto de sus manos grandes y firmes y, sin embargo, delicadas y tiernas con su inexperta piel, como el pincel de un pintor sobre el lienzo desnudo. Exploraron el amor juntos, se encontraron convirtiéndose en el refugio del otro. Liliana muchas veces sopesó la posibilidad del embarazo, hecho que nunca llegó a ocurrir, mas un hijo de Ricardo habría sido lo más maravilloso que pudiese haberle sucedido a su joven vida, siendo el fruto de ese bello amor primero.

Mientras se quedaba dormida, casi creyó volver a sentir aquella mano sobre sus pechos, bajando por su cintura. Se permitió volver a imaginar cómo habría sido un niño suyo y de Ricardo, con los ojos soñadores de ella y la sonrisa seductora de él. Despertando dos horas más tarde y sobresaltándose casi al darse cuenta de dónde estaba, esperó, por un momento, que aquel fuese el sueño y lo otro la realidad.

Sintió pasos de gigante acercarse y descorrer las cerraduras de la puerta de la habitación. Al ver el pomo girar desde afuera, un escalofrío recorrió su cuerpo, deseando que no se tratase de lo que ella pensaba.

Valentín entró con paso firme.

—Vas a cumplir con tu labor de esposa así sea por las buenas o por las malas.

Liliana se encogió sobre el catre, tratando de alejarse lo máximo que su cuerpo le permitía de Valentín, quien se acercó rápidamente y sometió sus lánguidas extremidades sobre el colchón raído. Lilí forcejeó, hizo lo posible por liberarse, mas todo fue en vano, pues aquel hombre enano era mucho más fuerte que ella. En pocos minutos quedó suspendida entre los resortes del colchón, con la esperanza de que todo acabase pronto. Al ver la rasgadura que las afiladas uñas de su marido habían dejado sobre la manta de su madre, una única lágrima brotó de sus ojos.

Transcurrieron tres meses desde la primera vez que Valentín había forzado a Liliana, y la muchacha sufría cada vez que la sangre le bajaba. El viejo esperaba un hijo impacientemente y, en lo que parecía un intento desesperado, le hacía beber su propia sangre, como un conjuro que debía hacerla concebir.

—Que la misma sangre de tus entrañas traiga vida a tu vientre— pronunciaba, mientras hacía que Lilí bebiese hasta el fondo en una copa de plata.

La joven ya no sabía qué hacer. Había probado cada remedio natural que le había sido presentado, cada conjuro conocido por el viejo brujo y, sin embargo, su vientre parecía negarse a engendrar vida en él. Debía sufrir el ser sometida por Valentín cada noche antes de dormir, tan solo concedida la salvedad de sus días de luna. Dentro de su vientre, de sus entrañas, de su cabeza aún de niña, una idea se había formado, una idea peligrosa y venenosa, de la que no estaba aún segura y que, sin embargo, podría, pensaba, significar su única esperanza.

Marea viva…

Liliana daba vueltas en su habitación, exasperada y pensativa. Su idea requería encontrar un momento adecuado y precisión al ejecutar la acción, pero, por sobre todo, requería coraje. Valentín no era estúpido y se daría cuenta si le encontraba una actitud extraña, por lo que, de actuar, debía hacerlo rápido. Todos los pormenores debían ser considerados.

La muchacha aún dudaba y temía por su vida, pero no sabía de qué otra manera librarse del poder de Valentín. No tenía la fuerza para enfrentarlo físicamente ni la astucia para engañarlo. Lo único que tenía eran sus pálidas y frágiles manos y su…

Sí. La pieza principal de la velada. El santo grial que debía ser destruido si quería, al fin, liberarse de sus ataduras.

Resolvió hacerlo a la mañana siguiente, mientras Valentín aún durmiera y ella estuviera preparando su desayuno. Decidió que lo sorprendería con un regalo, un regalo especialmente envuelto para su majestad.

…marea muerta.

La mañana llegó. Liliana abrió los ojos luego de una noche sin sueños, que en buena parte había pasado desvelada. Se levantó de su cama y, con aire decidido, caminó hacia la cocina.

Normalmente, Liliana habría tomado un rápido desayuno antes de disponerse a preparar el de Valentín, mas esa mañana se dirigió inmediatamente hacia el gabinete donde guardaban la cuchillería. Lo abrió, cogió el cuchillo más grande y filoso que encontró y lo dejó sobre la mesa, frente a ella. Liliana comenzó a temblar. Las dudas respecto a su plan le carcomían la cabeza desde el momento en que había visto el cuchillo y sus manos empezaron a sudar. Pensó en que, de todas formas, Valentín aún no se levantaría hasta dentro de un rato, por lo que todavía tenía un momento antes de que él apareciera para darle su regalo y, quizás, permanecer con vida el tiempo suficiente para confrontarlo y huir.

Luego de continuar dudándolo durante varios minutos, finalmente tomó el cuchillo. Lo dio vuelta de tal manera que la punta se dirigiera hacia ella y, habiéndose levantado el camisón, lo colocó justo frente a lo más bajo de su vientre. Con manos temblorosas, decidió que debía actuar ahora o arrepentirse por completo y presionó con fuerza contra su piel.

El dolor inicial casi le provocó soltar un grito y la única manera en que pudo contenerlo fue lanzar un leve gemido en su lugar, mordiéndose los labios con tal fuerza que estos también comenzaron a sangrar. Movió el cuchillo con torpeza, arriba y abajo, arriba y hacia un lado, pensando en crear una abertura por la cual pudiese lograr su cometido. Cuando juzgó haberlo conseguido, metió su otra mano dentro y palpó hasta que lo sintió. Aquella maldita vasija, que tanto la había hecho sufrir a manos de su esposo y que ahora le costaría la vida.

Arrancó torpemente la matriz de sus entrañas, en una inexperta escisión que había acarreado consigo más que solo su objetivo y, por primera vez, dejó escapar un grito de dolor. Ya no había vuelta atrás. Valentín llegaría en cualquier momento. Dejó caer sus vísceras al suelo y se encogió sobre sus rodillas, jadeante, con las manos sobre su vientre, como intentando mitigar su dolor.

Estaba hecho.

Valentín apareció en la cocina de improviso, con una expresión inescrutable en el rostro. Liliana no lo vio, tan solo le oyó entrar. En cuanto supo que se encontraba frente a ella, hizo lo que pudo para incorporarse y mirarle. El viejo la miraba a ella y luego al sitio en el piso donde se encontraba una masa sanguinolenta como ella misma en ese preciso momento y, levantando el rostro hacia Lilí, exclamó.

—¡¿Qué mierda has hecho, maldita seas?!

Ella le dedicó una débil sonrisa y, con todas las fuerzas que su frágil cuerpo le permitía, le gritó.

—¡Ya no tengo útero! ¡Ya no tienes ningún poder sobre mí!

El rostro de Valentín enrojeció de rabia. Se dirigió hacia ella con intenciones de golpearla, pero, de alguna manera, Lilí logró zafarse y salir de la casa antes de que lo hiciera. No comprendía de dónde había obtenido la fuerza para alejarse y correr, pero de todas maneras sabía que dicha fuerza no le duraría demasiado. Bajó hacia la playa, con paso cada vez más cansino, dejando un copioso rastro de sangre tras de sí.

A lo lejos escuchaba que Valentín le gritaba “¡puta, malparida, desagradecida!”. De entre la neblina que comenzaba a apabullar sus sentidos, le pareció oír un leve sonido semejante a los gruñidos de un perro y entonces recordó que Valentín mantenía una jauría de perros asilvestrados en su patio trasero, los que en incontables ocasiones había utilizado como amenaza a una posible desobediencia. Lilí se decidió a dirigirse al mar antes de que tuvieran una oportunidad de atraparla.

Su paso era cada vez más debilucho, su semblante cada vez más alicaído y pálido. Comenzó a sentirse desfallecer. Borbotones de carmesí caían sobre el agua y se desvanecían por completo al romper las olas. Se desvanecían, así como Lilí se desvanecía mientras caminaba intentando adentrarse en el mar.

Entonces fue azotada por una ola. Se precipitó y ya no pudo levantarse, ora por el peso del agua, ora por la gravedad de sus heridas, que ya comenzaban a dolerle nuevamente. Decidió dejarse llevar, ya no importaba si los perros intentaban recogerla desde el mar.

Pensó en Ricardo. Lo imaginó sentado a la mesa, junto a ella, con dos hermosos niños y una felicidad infinita en sus rostros. Lo imaginó a su lado, en su lecho marital, abrazándola y quitándole de encima toda su congoja. Lo imaginó…

Mientras su mente se evaporaba como el agua, lo imaginó consolándola y aceptándola con todas sus culpas y pecados. Mientras su mente se evaporaba, el agua misma se la llevaba, acogiéndole en su seno de madre severa, pero amorosa, limpiando sus heridas y sus lágrimas y dándole nueva vida como parte de ella.

Isidora Javiera Paulina Sagredo Concha nació en Talcahuano, Chile, en noviembre de 1998, y actualmente reside en Chiguayante. Es antropóloga física, formada en la Universidad de Concepción, disciplina desde la cual ha desarrollado un interés sostenido por comprender el comportamiento humano como un entramado biológico, social y simbólico. Desde temprana edad se ha vinculado a la literatura, tanto como lectora como escritora, encontrando en la ficción un espacio de exploración íntima y crítica. Su escritura se nutre de sueños, pesadillas y memorias corporales, muchas de ellas atravesadas por experiencias traumáticas, que transforma en relatos de tono oscuro y atmósferas inquietantes. Paralelamente, cultiva el canto de manera amateur y ha participado en distintos coros, entre ellos el coro de la Universidad de Concepción. Para ella, escribir es un acto artístico, reflexivo y profundamente catártico.