El Cabro Chico recorre Santiago juntando latas, sobreviviendo con astucia y una ruta aprendida en la calle. Una noche baja en el Parque Forestal y prueba la cera, droga nueva que promete euforia y abre una grieta en la realidad. Las hojas bailan, las sombras acechan, la voz de su madre advierte sobre cocodrilos invisibles. De vuelta en su ruco del Parque Balmaceda, comparte el humo con el Rucio y un tercero. El ritual desata una metamorfosis.
Nº 52 | Narrativa | Fantástico | 1742 palabras | Chile
EL HUMO
PABLO GUERRERO VIDELA
El Cabro Chico se sube a la 207 en Santa Rosa con Franklin. Ya era pasada la medianoche. Durante las horas previas trabajó recogiendo latas en Providencia. El Cabro Chico cuenta con una ruta establecida para hacer su recorrido. Le costó un buen tiempo armarla, defenderla y hacerla suya. Sabía a qué hora debía pasar revisando los basureros de los parques al costado de la avenida Andrés Bello, a qué edificios ir a revisar los contenedores de basura y el horario en que los bares, de Pedro de Valdivia hasta Román Díaz, tiraban sus desechos. El Cabro Chico, con su cara inocente, sonrisa fácil y buenos modales, había conquistado a varios administradores y dueños de restaurantes, quienes le guardaban en bolsas las latas de bebidas y cervezas consumidas durante el día. Aquella sencillez, mezclada con su apariencia ingenua, también le servía para machetear o hacer algunos pitutos rápidos. El Cabro Chico le sonríe a nuestro mundo, pero en su entorno, en la calle, muestra sus colmillos y es feroz cada vez que es necesario. Las cicatrices en su cuerpo son la huella de riñas, golpes y malos tratos.
Sus primeros meses sin hogar fueron el período más doloroso y difícil de su vida, hasta que fue apadrinado por el Loco Jorge, quien lo acogió en su vida errante y le enseñó los códigos esenciales para sobrevivir en la calle. Él también le enseñó a utilizar las ventajas de su apariencia para asaltar a hombres que, en la oscuridad de la noche, buscaban jóvenes de su edad para saciar sus perversiones. Tiempo después, abandonó al Loco Jorge al descubrir que vender su cuerpo adolescente e imperceptible para el ojo común era una manera más efectiva de generar dinero rápido y sentirse deseado y querido, aunque sea por un momento o por unos pocos billetes.
El Cabro Chico es ágil y veloz, siempre porta un cuchillo o un punzón para defenderse de otros, aún más miserables, que atacan a los de su misma clase. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ves”, decía una canción que siempre cantaba su mamá cuando aún estaba viva. Esa frase le ha servido durante los ocho años que vaga por distintos sectores de la capital.
El Cabro Chico se baja de la micro en su última parada, al llegar a Santo Domingo, y camina rápidamente hacia el Parque Forestal. Observa su entorno y elige sentarse en una banca que le permite tener amplitud visual y, al mismo tiempo, se encuentra cubierta por un gran árbol. Allí decide fumar su primer pipazo de cera, aquella nueva droga que lentamente comenzó a desplazar a la pasta base. Nadie sabe de dónde salió, cómo llegó y de qué está compuesta. Sus efectos causan mayor euforia que la pasta y se ha convertido en la droga de mayor consumo en las calles y en las poblaciones de la zona central. Algunos dicen que atrae demonios. Yo estoy seguro de que aquello es verdad.
Prender un cigarro, echar la ceniza sobre el aluminio agujereado y pegado con una bolsa de plástico al codo de bronce que forma una pipa artesanal, moler las piedras de cera amarillenta, verterla sobre la pipa, derretir la cera, oír el chirrido de la sustancia al contacto con el fuego, vaciar los pulmones, fumar de manera suave y profunda, procurando que solo la parte anaranjada del fuego esté en contacto con lo que se quema. Aguantar el humo el mayor rato posible, expulsarlo despacio. Sentir estallar tu cabeza, sentir cómo el dolor se convierte en vida, sentir cómo la lucidez se transforma en luces que bailan, sentir cómo el pene se llena de sangre, sentir cómo es volver a sentirte alguien, sentir el poder, sentir que tu locura ya no es tan grande.
El Cabro Chico ve cómo las hojas de los matorrales bailan en coreografías diseñadas solo para él. También ve sombras. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ven”, canta la voz de su madre dentro de su cabeza. “Mejor caminar”, piensa el Cabro Chico. Se levanta de la banca y comienza a deambular por el Parque Forestal en dirección a Baquedano. Las luces aún titilan, las hojas de los árboles aún bailan, los demonios lo siguen.
Camina revisando si hay algún viejo que le ofrezca algo de dinero por chupárselo, algunas viejas costumbres nunca cambian, pero solo se encuentra con otros como él. Apura el paso, cruza Baquedano en dirección a Providencia y llega a su ruco, escondido entre algunos matorrales del Parque Balmaceda. Su compañero, el Rucio, lo espera ansiosamente. El Cabro Chico sonríe, le entrega su parte y ahora ambos realizan el ritual del humo.
Prender un cigarro, echar la ceniza sobre el aluminio agujereado y pegado con una bolsa de plástico al codo de bronce que forma una pipa artesanal, moler las piedras de cera amarillenta, verterla sobre la pipa, derretir la cera, oír el chirrido de la sustancia al contacto con el fuego, vaciar los pulmones, fumar de manera suave y profunda, procurando que solo la parte anaranjada del fuego esté en contacto con lo que se quema. Aguantar el humo el mayor rato posible, expulsarlo despacio. Sentir estallar tu cabeza, sentir cómo el dolor se convierte en vida, sentir cómo la lucidez se transforma en luces que bailan, sentir cómo el pene se llena de sangre, sentir cómo es volver a sentirte alguien, sentir el poder, sentir que tu locura ya no es tan grande.
Se bajan los pantalones hasta la rodilla, se masturban, se miran los penes duros, se ríen. Ninguno de los dos se identifica como maricón, pero bajo ciertas circunstancias pueden serlo. Todos podemos serlo. Otro pipazo.
Llega un hombre afuera del ruco, es el José. El Cabro Chico le dice que pase. El hombre pasa y se instala en medio de los dos muchachos. Saca una bolsita de cera y la reparte entre los tres, quienes proceden a fumar al mismo tiempo. José se baja el pantalón, agarra el pico de sus compañeros y los masturba, aguanta el humo, acerca su boca al pene del Cabro Chico y expulsa el humo en su miembro. Luego procede a mamar descaradamente, mientras que con su otra mano sigue jugando con la entrepierna del Rucio.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las heridas en la piel.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… te haces caca.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las manos sucias… negras, con cicatrices y costras.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… el olor a basura.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… las sombras que observan.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… tu mamá cantando dentro de tu cabeza.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… la piel brillosa, aceite, piel frita.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… pipazo feliz.
Fumar, fumar, fumar, fumar, fumar… algo te come.
El Cabro Chico es humo. José y el Rucio no se percataron cuando el Cabro Chico desapareció, estaban muy ocupados en lo suyo. El Cabro Chico los observa desde el aire, ve a través de las frazadas que cubren el ruco. Las partículas de humo se unen. El Cabro Chico tiene alas y ojos felinos rojizos. Su cuerpo es rugoso y amarillento y su cara no tiene forma alguna. Es como un ovillo de lana que varía de tamaño, es como un remolino que gira y gira sin cesar, es como un montón de líneas circulares que se revuelven en sí mismas.
El Cabro Chico ya no es el Cabro Chico. Trata de hablar, pero gruñe. Trata de moverse, pero solo mueve las hojas de los árboles. El nuevo Cabro Chico está eufórico, ahora es un demonio de cera. No necesita fumar, él es la bocanada cancerígena, él es la maldad hecha carne y tiene un poco de hambre. Otros seres como él se congregan alrededor del grupo a observar el espectáculo. “Mucho cuidado con los cocodrilos, vienen despacio y nunca los ven”, recuerda una vez más el nuevo Cabro Chico, y sabe que esa será la última vez que recuerde esa frase, porque ahora él es un cocodrilo.
Los otros seres se comunican con él telepáticamente y le dan la bienvenida. El nuevo Cabro Chico se siente parte de un todo, de algo inmensamente grande que desea descubrir. El placer es inmenso, está más allá de cualquier sensación que haya experimentado en su forma humana.
Sus compañeros son la mentira, son la ilusión de alegría fugaz, son las arañas gigantes que vio alguna vez caminar sobre el puente Condell, son las capas voladoras que vuelan sobre la ciudad, son el vicio hecho sombra, son las llagas en la piel de los adictos, son las hojas de los árboles que bailan y las luces que brillan durante la noche cuando solo hay oscuridad. Ellos son la herida en el alma de los adictos.
El nuevo Cabro Chico siente que adquiere más poder mientras el Rucio y José continúan fumando. En ese momento, un ser negro, más oscuro que la noche y sin forma alguna, ataca y toma el cuerpo del Rucio, levantándolo violentamente. Se lo lleva hacia la copa de un árbol y lo devora sin emitir ruidos. El hombre no gime ni grita, el hombre está eufórico por la cera hecha carne que se lo come vorazmente. Los restos del cuerpo que caen por el árbol no alcanzan a llegar al suelo porque, mientras caen, otros demonios aprovechan de comer y limpiar el lugar sin dejar huellas.
José, volado, paranoico, perdido y asustado, trata de salir gateando del ruco, pero una criatura en forma de ciempiés gigante se alza detrás de él y envuelve su cuerpo con sus mil patas. Lo asfixia lentamente, comienza a beber todos sus jugos y quiebra sus huesos. El hombre, antes de morir, experimenta un placer absoluto. Muere feliz, muere agradecido. Otros seres se unen al festín. El ex Cabro Chico observa la escena con satisfacción y siente cómo su hambre va siendo calmada. Los demonios no dejan huellas, comen colchas con manchas de sangre y semen.
El ex Cabro Chico se siente tocado por Dios o por el Diablo, viene a ser lo mismo en este caso. Otros vagabundos desaparecidos, a nadie le importa. Ellos temen. Nosotros llenamos las micros. Los automóviles causan tacos en Andrés Bello, los primeros deportistas salen al parque a trotar y algunas personas pasean sus perros. Las mantas, cartones y tablas que conformaban el ruco están tiradas en el pasto. Las ropas sucias y viejas están desparramadas alrededor.

Pablo Guerrero Videla es periodista experto en rock y música popular. Es lector empedernido. Ve al menos cuatro películas por semana. Sueña con publicar un libro antes de cumplir 45 años.