Arturo se prepara para su cita con Lili, con quien ha iniciado una conexión prometedora. Durante una tarde íntima, ella le propone verse, un acto que permite a las parejas compartir sus recuerdos más íntimos como prueba de confianza. Arturo acepta, y al cerrar los ojos, su mente se convierte en una pantalla: traumas de infancia, inseguridades, celos y actos de control desfilan sin censura. Lo que debía ser un gesto de amor se vuelve una revelación aterradora.
Nº 36 | Narrativa | Fantasía | 2565 palabras | Camila Brito Berríos | Chile

Arturo se abrochó la camisa hasta el tercer botón para que se le viera el pecho. Quería parecer ordenado, informal, pero no aburrido. Le gustaba cómo le quedaba el azul marino y sabía que le contrastaba bien con el color de su piel. Si alguien le viera la mente, sabría que temía combinar mal la ropa. Se echó un poco de perfume en el cuello y otro poco dentro del pantalón, se acomodó el pelo con las manos, respiró profundo tres veces y salió a la calle.
Cuando estuvo en la vereda, se puso los audífonos para hacer más entretenida la caminata hasta las callecitas cercanas al metro Salvador. Aceptó una playlist que le recomendó el mismo algoritmo y, listo, de pronto la ciudad palpitaba al ritmo del reggae latinoamericano. Era mediados de enero, con días frescos como no los había habido en muchos años. La brisa le despeinaba los rulos, se le metía por el cuello y le daba cosquillas. La letra de una canción hablaba de saborear a su amante, de comérsela con ganas. A Arturo le pareció gracioso; se lo contaré a Lili cuando la vea, pensó.
Cuando ya se estaba acercando al edificio donde vivía Lili, trató de calmarse. El estómago se le había hecho un revoltijo de puros nervios. Tocó el citófono, se anunció proyectando la voz más profunda que pudo y abrió la puerta de la entrada principal con una mano temblorosa. Subió las escaleras de dos en dos, agarrando coraje, con ese subidón de testosterona de cuando iba al gimnasio. Lili lo esperaba descalza afuera del 504.
—Me pillaste terminando de trapear —le dijo riendo, levantando las manos con un dejo de disculpa.
A Arturo no le importaba. Se acercó, la abrazó y sintió el olor de su cuello, de su pelo, del limpiapisos, todo en una ráfaga de tres segundos. Ansioso, le dio un beso en la boca y pasaron al departamento.
El sol empezaba ya a retirarse mientras Arturo dibujaba formas de animales en la piel de la espalda de Lili: un elefante, un tigre, un cocodrilo, una serpiente. La serpiente se movía enredándose con el pelo largo de ella, con sus ondas castañas desteñidas que le llegaban casi a la cintura. Por fin se decidieron a comer algo. Se suponía que la invitación era para almorzar, rieron. Lili se levantó y trajo de la cocina una bandeja con dos cervezas, pan, tomate, media palta molida y el salero.
—Para quitarnos el hambre por mientras —dijo, destapando su botella, desnuda al borde de la cama.
Arturo la miró dar un trago largo de la botellita que los rayos del sol hacían ver dorada, brillante, para luego pasarse el dorso de la mano por la boca para limpiarla. Lili suspiró de gusto y empezó a echarle tomate a una de las marraquetas. Quiso seguir mirándola, tomarla y traerla hacia su cuerpo.
—Lili, ojalá esto no te incomode —dijo Arturo.
Lili estaba ocupada comiendo, pero quitó los ojos del pan por un momento y lo miró con curiosidad. Él se incorporó sobre su codo, porque quería mirarla bien a los ojos, pero ojalá en una posición que se viera relajada.
—Lo paso muy bien contigo. Me gustas mucho. Demasiado. Creo que me puedo estar enamorando.
Lili había dejado de masticar y tenía los ojos muy abiertos.
—No, no, por favor, no te asustes. Quiero que sepas que no estoy viendo a nadie más, y que me gusta mucho esto. Nosotros.
La postura de Arturo había dejado de ser recostado relajado. Se había terminado incorporando y estaba tieso, con un pie asomando de la cama, listo para pararse.
Lili hizo una pausa para tragar y ayudarse con un sorbo de cerveza, igual de largo que el primero. Los segundos de silencio que siguieron le provocaron a Arturo un calor súbito que le invadió la cabeza. Quizás era demasiado pronto. Quizás estaba siendo ansioso como siempre. Quiso ponerse de pie, pero no sabía si para arrodillarse y pedirle que olvidara la conversación, si ir a sentarse al baño o salir corriendo de ahí. Temió el rechazo en un segundo que duró la vida entera. Lili no levantaba la mirada.
—Arturo, no quiero arruinarlo. No quiero decir nada que arruine esto.
Estaba bien, lo entendía. Sabía que ella llevaba menos de un año fuera de una relación larga, con un hippie con el que convivía y tenía planes de mudarse a Chiloé. Ella había vuelto al mundo de las citas con varios intentos, varios hombres, entre ellos Arturo, a quien conoció por una app. Se gustaron por fotos, conversaron un par de días y, como al parecer tenían temas en común, se juntaron en un bar. Lo primero que a él le llamó la atención de ella fue su risa estruendosa, como una catarata que no se controlaba. Lo que a ella le llamó la atención de él fue que, mientras esperaban sus micheladas, Arturo no dejaba de tocarse la oreja derecha como un niño chico nervioso. Desde el comienzo ella aclaró que necesitaba tiempo, relajarse, conocer gente, antes de iniciar una relación seria con alguien. Luego de la cuarta cita, Arturo supo que Lili le gustaba. No solo juntarse y pasarlo bien; antes de dormirse se quedaba pensando en ella, en el calor de su cuello, en cómo trataría de reírse despacito en la oscuridad, pero de todas formas saldría una carcajada ruidosa.
—Tranquila, no tienes que decir nada ahora —dijo Arturo, rompiendo esos largos segundos de silencio.
Su estómago seguía agitado y ahora además tenía la sensación de que le hubiera llegado ahí un golpe sordo. Lili apartó la bandeja, se subió a la cama y lo abrazó, le acarició el pelo y lo besó. Varios de los besos fueron en las sienes y en la frente, lentos, delicados. Arturo le acarició la espalda y el pelo que caía, interminable como el silencio, que ella rompió proponiéndole que terminaran de comer y vieran una película en el sofá.
Afuera estaba oscuro cuando, recostados en la penumbra, con sus siluetas iluminadas por la pantalla de la tele, Lili se sentó y le puso pausa.
—Arturo —dudó antes de seguir—. Te dije que no quería arruinarlo. Pero quiero verlo. Quiero verte. ¿Me dejarías?
A Arturo se le retorció el estómago otra vez. Ver. Ver los recuerdos asociados al miedo que tuviera la otra persona. Cuando dos personas formaban un lazo, un vínculo, podían dejarse ver por la otra a modo de plena confianza. Él no se lo esperaba aún. Esa tarde, mientras comían desnudos en la cama, y justo antes de confesarle lo que sentía, sopesó que estaba la posibilidad de que esto ocurriese tarde o temprano. El ver a la otra persona por lo general tomaba tiempo, algunos meses de relación, un plan de estabilidad. Al menos así había sido para él con sus parejas anteriores, lo mismo que sus padres cuando se conocieron, o sus amigos más cercanos. Era la costumbre, pero la sociedad estaba cambiando. Quizás tenía que abrirse y dejarse llevar. Por algo ella se lo estaba pidiendo.
—Bueno. Hagámoslo —dijo él, con las manos de Lili en las suyas, mirándola a los ojos—. Me da cosa, se me apretó un poco el estómago, de hecho.
Ella se rió y le hizo cariño en la cara. Arturo asintió. Estaba listo. Apagaron la tele, abrieron un poco las cortinas para que entrara luz de la calle y pusieron un disco de Miles Davis en la tornamesa. Se sentaron con las piernas cruzadas frente a frente en el sofá, se tomaron las manos, respiraron profundo, cerraron los ojos y acercaron las cabezas. Las frentes se tocaron, la de él un poco húmeda, la de ella con el pelo desordenado encima. Ambos podían sentir el calor de la piel del otro. De sus mentes.
Al cabo de un par de minutos, solo acompañados por el jazz y el susurro de sus respiraciones, Arturo comenzó a visualizar unos puntitos blancos, uno a uno, que fueron aumentando en remolino, hasta que todo se hizo luz. En aquella blancura comenzó a proyectarse la porción de una imagen. Si bien Arturo tenía los ojos cerrados, sentía que tenía que echarse hacia atrás para alcanzar a contemplar el cuadro entero, inmenso, con todos los detalles. Una vez que lo consiguió, era como si le diesen play, porque la escena echó a andar, nítida, en unos colores tan intensos que tenía que entrecerrar los ojos, o la mente, o lo que fuera.
Su madre, con casi treinta años menos, le acariciaba las manitos y le cantaba “sana sana, potito de rana”, mientras le limpiaba las lágrimas de las mejillas. La escena cambió a la sala de clases de kínder, donde la miss les decía a todos que tenían que aguantarse de ir al baño hasta que sonara la campana. Luego, a los juegos con sus hermanos mayores en la casa de la abuela, donde todos trataban de no pasar frente al retrato del bisabuelo porque decían que el hombre te cerraba un ojo.
Cuando caminaba por el borde de la piscina de su abuela, resbaló y cayó al agua; Arturo sintió el corte brusco de la respiración, el pánico animal que se apoderó de él, el ardor en los pulmones, los brazos fuertes de su tío que lo sacaron a la superficie de un tirón y que le palmearon la espalda para que escupiera.
Luego estaba en el colegio, disertando sobre los lobos frente a cuarenta compañeros, todos hombres; los de atrás se reían, le hacían muecas, se paraban y se agarraban la entrepierna, a espaldas de la profesora, que con la mirada lo estimulaba a seguir, pero Arturo sudaba y se le trababan las palabras. Se sentía tan tonto, tan aburrido. Se tocaba la oreja derecha mientras se aguantaba las ganas de llorar.
Ya era adolescente, con una cerveza en la mano, a la luz de las estrellas en el mirador del cerro. Él y otros chicos y chicas compartían en la noche de verano, entre risas y besos entre algunos de ellos, cuando un rubio alto agarró por la cintura a Claudia, su amiga de la que estaba enamorado desde hacía tiempo y que nunca se lo pudo confesar. A ella pareció gustarle el gesto y se le apegó al cuerpo.
Arturo de pronto estaba terminando la universidad y estudiaba para el examen de grado, que sería al día siguiente. Lloraba en el escritorio, con los apuntes desparramados, imaginando la decepción que sentiría su mamá si lo reprobaba. La vergüenza frente a los compañeros. No sabía por qué lo habían dejado llegar hasta último año.
En la escena siguiente, iba sentado en un avión, cruzando la cordillera a Buenos Aires. Por altavoz avisaron que al pasar sobre las montañas se producían turbulencias, normales, por los fenómenos de los vientos y las presiones, pero estas parecían paseos en una montaña rusa, que él odiaba. Unos niños de algunas filas más adelante se reían, levantaban los brazos y gritaban, mientras que Arturo tenía los ojos fijos en el respaldo frente a él, con las manos agarrando su asiento, como garras, sin circulación, apretando todos los músculos posibles, con la respiración entrecortada.
Luego estaba en casa; su ex acababa de irse con un bolso lleno de pertenencias, como ropa, el cepillo de dientes, algunos libros y otras chucherías que habían estado repartidas por el departamento. Arturo se tendió de espaldas en la cama, tan grande, fría. El silencio del lugar le apretaba los tímpanos. El pecho se le encogía y parecía que quería atravesar el colchón hasta el suelo. No sabía qué hacer y si iba a poder seguir respirando. Le dio angustia saber que al día le quedaban tantas horas aún. Que a su vida le quedaran tantas, tantas horas.
De pronto tenía el pelo más largo y un poco de barba, con el celular en la mano, en una app de citas. A algunas chicas las arrastraba con el dedo hacia la derecha, a otras hacia la izquierda. Era algo que ya venía haciendo desde hace unas semanas, e incluso ya había concretado algunos encuentros. Cuando vio a “Liliana, 29 años”, la arrastró hacia la derecha y la pantalla le avisó que era un match. Se metió a su perfil para ver sus fotos, la mayoría de ellas en medio de la naturaleza, con el pelo suelto, largo y salvaje; en una con un perro con la lengua afuera, en otra con un ukelele en las piernas, en otra aprendiendo a surfear.
Él empezó la conversación por el chat, algo de qué canciones sabía sacar en el ukelele. Siguieron hablando por un par de días hasta que se juntaron en el bar. Arturo la pasó muy bien y, cuando volvió a su casa, se metió a las redes sociales de ella para ver más fotos. ¿Con quién estaba en esa foto de marzo? ¿Quién era ese que le comentó las tres últimas? ¿Ese tal Juanjo sería amigo, primo o algo más? Ella era rica, buena para hablar, inteligente, chistosa. Quería conocerla más, pero no tener competencia.
En la tercera cita se besaron, en la cuarta durmieron juntos. Siguieron viéndose cada vez más seguido, con tardes de película, noches de disfrutarse en la cama, Lili cantando con el ukelele y Arturo cocinando para ella.
Una noche, ella se levantó al baño y Arturo aprovechó para tomarle el celular y revisarle los mensajes, los chats de todas las aplicaciones, las llamadas perdidas. Sudaba sin darse cuenta, tenía el estómago revuelto, no quería encontrarse con nada que derrumbara esto grandioso que estaba pasando. Se apuró, por si Lili salía del baño. Por favor, por favor, quiero ser el único, quiero que me quiera a mí, por favor.
Lili iba a juntarse con unas amigas, y Arturo la observaba desde la otra esquina. Sabía de sus planes y había ido a asegurarse de que fuera verdad, que no hubiera ningún otro hombre en el grupo. Cuando se vieron unos días después, Arturo aprovechó que ella bajó a comprar para instalarle una app de rastreo en el celular, para mirar que sus trayectos al trabajo y a la casa así lo fueran.
Las imágenes se alejaron, se desdibujaron, se fragmentaron, justo antes de volver a la oscuridad del departamento de Lili. Ella había alejado su frente de súbito, mientras sonaba Miles Davis de fondo. Arturo quedó aturdido, sin fuerzas y viendo chispas de colores. Cuando pudo abrir bien los ojos y enfocar, Lili tenía una expresión de decepción absoluta. Y miedo. Se veía aterrada. Comenzó con frases cortas, ahogadas, hasta que fue subiendo la voz y de seguro los vecinos ya oían los gritos.
—¿Qué te crees, loco de mierda? ¡La confianza! ¡La confianza! ¡La confianza!
Pese a las disculpas de Arturo, a sus “Lili, perdóname, no es lo que parece, siéntate y te explico bien, por favor, Lili, por favor, escúchame”, ella se levantó, abrió la puerta principal, lo agarró del brazo y, a tirones, lo echó al pasillo. Desde la ventana le lanzó a la calle los pantalones, los zapatos y el celular. Arturo se vistió bajo la mirada atenta de los vecinos que se asomaron y se retiró en un trote de humillación.
Lili se sentó en el suelo de la cocina, limpiándose las lágrimas. La respiración se le calmó cuando se dio cuenta de que, menos mal, Arturo no alcanzó a verla a ella.

Camila Brito (Santiago de Chile, 1987) es hija de una dueña de casa y de un ingeniero metalúrgico, este último torturado durante la dictadura de Augusto Pinochet. Creció en un entorno marcado por el período postdictadura y estudió enfermería, profesión que ejerce hasta el día de hoy. Asiste de forma regular a talleres de creación literaria desde los 24 años y, en 2025, fue ganadora del Fondo Nacional de Fomento al Libro y la Lectura, en la línea de Creación Literaria. Su mayor referente literario en la actualidad es Samanta Schweblin. Camila es autista, diagnóstico que recibió a los 36 años.