Tras la muerte de su amiga Ramona, una niña queda atrapada en una inquietud que no sabe nombrar. Antes de desaparecer, Ramona le había repetido una frase extraña, como una advertencia que nadie más escuchó. Con los años, entre mudanzas, terapias y amistades frágiles, el recuerdo de esa voz se vuelve una presencia persistente que contamina su forma de mirar el mundo.
Nº 58 | Narrativa | Fantástico | 1284 palabras | Uruguay
OTROS NOMBRES
LANA MORALES
No diría que fue trágico, pero sí triste. No recuerdo cómo se sentía tener doce años. Supongo que, con lo que me pasó, no fueron los típicos doce. Mi amiga, Ramona, me decía que ya no iba a estar al cabo de una semana, lo que yo entendía como que se iba a mudar. Me lo dijo durante dos años; por tanto, no le creí. Debería haberlo hecho, porque una semana antes de su muerte fui a merendar a la casa de su abuelo, que se encontraba en el campo. Me llevó a lo más profundo de la pradera, a la orilla de un lago, me agarró de las manos y me dijo exactamente lo mismo que las otras veces.
Le respondí que tenía suerte de poder mudarse. Aunque dije lo que sentía a medias, pues a lo que en serio me refería era a que yo no tenía la posibilidad de mudarme, siendo tan pobre. Ella me dijo que no se iba a mudar.
—¿Entonces? —le dije yo.
Ella tan solo me observó.
No vi a su familia luego de que murió. Pero a ella sí la volví a ver.
En la escuela se hablaba entre susurros sobre la muerte de Ramona. Los niños fueron un poco crueles. Inventaron un verso y todo, el cual cantaban mientras saltaban la cuerda. A los doce años no quise decirle a nadie sobre las advertencias de Ramona, pues creía que, de alguna manera, me hacía culpable saber tanto. En los años posteriores, traté de tener nuevos amigos en pos de olvidarla. Traté de pensar que la pradera detrás de la casa del abuelo de Ramona fue una fantasía, al igual que sus manos sobre las mías mientras me decía que no iba a estar al cabo de una semana.
Pasé de año y tuve nuevos amigos. Doce pasaron a ser trece. El dolor aumentó a medida que crecía y menos me lograba entender. La muerte de Ramona representó una tristeza enorme para el pueblo y una incertidumbre tremenda para mí, que no entendía nada de lo que estaba sucediendo.
A medida que fui creciendo, mis padres me mandaron a terapia, donde, al contarle por primera vez a alguien sobre las advertencias de Ramona, la terapeuta me preguntó si recordaba haber ido a su casa alguna vez. Yo le dije que sí, y los recuerdos llovieron como granizo. Su padre era violento, y no solo con su madre. Ahí, mi terapeuta me preguntó si creía que alguna vez su padre la pudo haber amenazado, y yo le dije que sí. Lo comprendí por mi cuenta. Ella temía por su vida.
Trece pasaron a ser catorce. Me mudé a otro pueblo, lejos del campo, donde nadie sabía de Ramona, mi secreto mejor guardado. Hice amistades nuevas, pero ninguna fue muy significativa. Me acuerdo de ellos, pero dudo que ellos se acuerden de mí. Las amistades se sentían obligatorias; ni nos conocíamos tanto. Porque, en la ciudad, nadie me conocía. No era como en el maldito pueblo. Ahí nos conocíamos entre todos. En la ciudad me sentía libre y deprimida.
Yanice, una de las amigas que hice, me invitó a su apartamento. Conocí a sus padres y a su hermanita pequeña, Sara. Pero ahí, viva de nuevo, se encontraba Ramona. Le pregunté varias veces si su nombre era realmente Sara y si, de hecho, era su hermana. Me quedó mirando raro. Me sentí como una intrusa, ahí hurgando en las vidas de mis amigos, que sí eran merecedores de una existencia digna y de tener otros amigos. Yo era tan solo la amiga de Ramona, a quien nunca pude olvidar y que al frente mío se encontraba. Me despedí de Yanice, quien me miraba como lo que era y lo que siempre fui: una de afuera, una fisgona.
Catorce fue un buen año porque pude fingir que todo estaba bien. No sé si pasó lento o rápido. No recuerdo nada, además de que no tuve fiesta de quince; viajé a mi pueblo y fui a la casa del abuelo de Ramona. Fue incómodo, pues el viejo estaba muy triste, y la tristeza me incomoda. Fue el primero de la familia de Ramona que vi luego de su muerte. No hubo momento especial ni frase que me dejara pensando. Solo incomodidad. Incomodidad pura y pena, que sentí por el pobre viejo. Extrañaba mucho a su nieta. Luego de hablar con él por un rato, le pregunté si podía ir a la pradera, al costado del lago. Me dijo que sí.
Seguí yendo a la casa de Yanice y seguí viendo a Sara, quien en realidad era Ramona, pero nadie lo entendía. Era un secreto feo. Cómo podía nadie, ni siquiera mis padres, ver que eran la misma persona era lo que no me entraba en la cabeza. A lo mejor nunca la habían mirado demasiado. Pero nunca hablé porque no me iban a creer.
Ramona arruinó mi vida.
Cumplí dieciséis y mi amistad con Yanice no fue más. Me dijo, implícitamente, que era muy extraña para ella. Quizá también notó que miraba a su hermanita con mucha intensidad. A ese punto, no me quedaban otros amigos. Los otros se fueron yendo, separando, desgarrando de mí como si fuesen partes de mi cuerpo. Me quedé sola y Ramona permaneció más presente que cualquier amistad que había tenido recientemente.
Volví a mi pueblo para mi cumpleaños número diecisiete, lo que, para ese momento, se había convertido en mi plan de cumpleaños. Fui de nuevo a la casa del abuelo. No se encontraba tan triste como se encontraba derrotado. No era aceptación, era angustia. En ese momento até los cabos y me di cuenta de que el abuelo era el escape de Ramona de su realidad violenta. Por eso, como recordé mientras estaba sentada a la mesa del abuelo, ella pasaba su tiempo libre en el campo. Era la zona libre de violencia. Con solo verlo, me di cuenta de que el abuelo lo sabía. Cargaba con la culpa de haberse quedado con la boca cerrada.
En la ciudad permanecí sola.
La segunda vez que vi a Ramona presentándose como otra persona fue cuando vinieron a visitarnos unos amigos de mis padres y su hija. La niña tenía doce años. El tiempo no pasaba para Ramona. No me molesté en preguntar si realmente era su hija y si realmente se llamaba Marta. Sabía que no. Se presentaba con otros nombres, pero seguía siendo Ramona. La misma edad y la misma voz finita. Nunca volví a ver a Marta. Ni a Sara, ya que estamos.
Pensé en decirle a mis padres sobre las advertencias de Ramona: “No voy a estar al cabo de una semana”. Nunca se los dije. Sabía que no me convenía.
Decidí ir a mi pueblo antes de mi cumpleaños número dieciocho. Iba a estar muy ocupada para entonces. De nuevo pasé por la casa del abuelo, pero ya no había nadie adentro. Preferí no preguntar a nadie, pero era obvio lo que había sucedido. Entonces, decidí adentrarme en la pradera, a la orilla del lago. Una semana después de que Ramona me comunicó la última advertencia, a los doce años, nos encontrábamos en este mismo lugar. Mientras estaba parada frente al lago, sola, recordé algo que hablé en terapia sobre mis celos hacia Ramona porque ella sí tenía una casa linda y se podía comprar ropa y juguetes.
No fue trágico, porque nadie se enteró. Pero sí fue triste, porque mis manos reaccionaron por sí solas cuando la tiraron al lago, y su joven cuerpo se hundió en el agua como si fuese contaminación. Lo cual Ramona era para mí en ese entonces.
Estoy convencida de que sigo pagando el precio.

Lana Morales es una escritora uruguaya de quince años, residente en San Jacinto, Canelones. Le apasiona la escritura, especialmente la creación de mundos ficticios y la exploración de lo imaginario. Fue publicada por primera vez en la compilación de textos ganadores del concurso literario de Ganesha Libros. Más tarde, su cuento de ciencia ficción fue incluido en la revista IMAGI.