Una mujer vive un día cualquiera marcado por atrasos, vecinos incómodos y una rutina agotadora. Pero una serie de mensajes extraños comienza a insinuar que algo imposible podría estar relacionado con su vida. Entre correos sospechosos, visitas inquietantes y documentos que parecen surgir de ninguna parte, la frontera entre lo cotidiano y lo absurdo empieza a desdibujarse. Lo que al principio parece una broma termina revelando una lógica perturbadora que insiste en abrirse paso en su departamento y en su mente. Con humor negro y una atmósfera inquietante, el relato explora qué ocurre cuando lo sobrenatural adopta la forma más temida: la burocracia.
Nº 57 | Narrativa | Terror | 1241 palabras | Chile
LA RENUNCIA
MANUEL ZÚÑIGA TRIER
Un minuto antes de salir. Justo un minuto antes de salir, recordó los platos del almuerzo. Salió con cinco minutos de atraso. La primera micro no paró; la segunda iba a pasar en veinte. Miró el Uber. Después de cargar, la app estimaba que el conductor se iba a demorar diez minutos. ¡Diez minutos!
Cuento corto: llegó atrasada y sopeada a una sala vacía. Solo estaba el profesor, quien, levantando la vista del WhatsApp, le dijo:
—Hola. Jaja. Un segundo —y volvió al celu por un buen rato.
Terminó la clase. El sudor se había ido, pero había dejado un ectoplasma que le heló los riñones todo el santo rato, como decía su tía. Le iba a entrar algún bicho, seguro.
Volvió con el contador de viejos asquerosos en números verdes. Suspiró de espaldas a la puerta mientras la cerraba, con las manos entre la puerta y el poto.
Se volteó, puso llave y se paró en puntillas. Ahí estaba el del 41, sin embargo, acercándose al otro lado de la mirilla, rascándose. No le iba a contestar, aunque supiera que él sabía que estaba en la casa. Ahora era menos tonta.
Se puso los lentes frente a la lista infinita de correos. Se sacó los lentes y acercó más la cara al monitor. Últimamente le funcionaba mejor.
Un arduo escrutinio y unas cuantas notas ilegibles sobre el reverso de la comunicación de vecinos morosos después, se dispuso a pinchar el último correo de la lista.
Justo al tiempo que seleccionaba la línea, un mensaje nuevo llegó, interceptó su clic y se abrió sin previa presentación ni consentimiento.
—Pfff.
Leyó el par de líneas de cháchara del inicio y luego algo sobre un demonio, cómo su familia había hecho un pacto hace unas cuantas generaciones atrás y cuán ilegal era que las personas obtuvieran beneficios especiales por estos medios en la actualidad.
WTF, se dijo. Nunca le había llegado una cadena así, ni siquiera cuando estaban de moda. Le pareció creativo, sí. Si hasta pensó que pudo incluir una queja del SII por impuestos evadidos con tanta suerte gratuita que supuestamente estaba recibiendo.
Pero más rato el asunto dejó de ser gracioso.
En un acto de traición a sí misma, contestó uno de esos números 600 que últimamente se rajan llamando. Le dijeron que debía renunciar al legado satánico familiar si no quería enfrentar cargos.
O sea. ¿Cómo te explico?
Colgó y se fue a dormir, si a dormir se le llama sobrepensar hasta caer inconsciente.
Si a dormir se le llama que en medio de la noche te toquen la puerta.
No estaba el cripi del 41, sino una señora mayor con gorro corporativo que la hizo susurrar “¿qué chucha?”.
—Amor, lo siento —le dijo la señora, como si no reconociera la existencia de la puerta y la hora que era—. La dejé en su mesita.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué?
Efectivamente, “lo que dejó” estaba en frente del sillón, sobre el cholguán que tenía por mesa. Sin embargo, la señora ya no estaba frente a la mirilla cuando volvió a mirar. No había nadie, salvo que el del 41 comenzaba a abrir su puerta, así que se aseguró de que el seguro estuviera puesto, corrió a agarrar el paquete del living y salir del rango de visión, tanto de las viejas fantasma como de los vecinos psicópatas. Cagada de miedo, y pensando cómo la mina pasó conserjería y se metió en su depa, se rindió por el día. Estaba más que chata.
Se despertó con la alarma al día siguiente, con el labio superior pegado a la encía y toda gota de saliva chupada en la funda de la almohada. El sobre en la mano le demostró que nada había sido un sueño.
Se fue a mojar la boca, la entrepierna y el ala.
Dejó pendientes el mail fallido y el resto del aseo personal. Tenía unos quince para su match de lucha libre contra el pantalón y para ver de qué se trataba este asunto de la señora Houdini. Y si las gallinas mean, el sobre no tenía una carta que hablara sobre demonios y favores.
Perfecto para empezar el día pateando la superperra. Con ese nudo doble garganta-estómago. Lo único que sentía suelto era el esfínter rectal y las riendas de la ansiedad.
¿Qué es esto? ¿Desde cuándo se habla de demonios? ¿Qué tiene que ver ella? ¿Y desde cuándo su vida era tan favorecida? Ya, estaban pasando weás raras, pero para creer en demonios, de partida, debía haber tenido que creer en Dios. Además, si fuera verdad, puta, el demonio culiao penca.
Dejó todo atrás, dando el portazo de salida de su vida. Un ojo la miraba desde el 41 por una puerta endeble y entreabierta. Se guardó hoyúo, soltó una lágrima que no cayó.
Hizo otro día idiota y, por suerte, normal. Hasta que más tarde, camino a casa, una amiga se le acercó a la salida del metro y le insistió e insistió hasta que le enchufó un flyer, que de puro estúpida no terminó de rechazar. Pero —qué paja igual— empatizó. Pobrecita, pega de mierda.
Mientras avanzaba al paradero, no le tincó que, dado el mal rato, estuviera de más echarle una ojeá y leyó las letras con fuente pésimamente escogida. Acto seguido, miró alrededor con el pulso a mil. Se devolvió solo para encontrar que no quedaba ningún repartidor de flyers en el metro. Se dio unas cachetadas que asustaron a algunes transeúntes. Arrugó el papel que exigía su renuncia al pacto diabólico hasta que le pinchó las palmas.
Llegó en tiempo récord al depa. Algo color celofán yacía destellando en algún lugar del suelo.
Con ganas de arrugar que nunca en su puta vida, descubrió que era una lámina hecha de algo que la cortó cuando rozó los bordes apenas al recogerlo. Entre dorado, plateado y como aguado. ¿Aguado? ¿Agüero? ¿Aguístico? ¿Ya estaba chalá?
La, llamémosle hoja, absorbió con su magia la sangre del corte y, en el mismo color, comenzó a revelar caracteres arcanos. Se convirtió en una versión fancy de un formulario de mierda.
En un texto ultraamarillista decía que, según el artículo nosecuánto de la ley nueva esa de la que jamás había escuchado oír, se estaba cagando a medio mundo al estar bajo el favor de un demonio (que, dicho sea de paso, tenía un nombre que saca al menos un escupo al decirlo). Le ofrecían un nuevo plan de beneficios prácticamente idéntico y totalmente legal en reemplazo, por una módica suma mensual, y dejaban una línea a su disposición sobre la que firmar cómodamente.
Tiritando, agarró un lápiz y, en los reflejos del techo y paredes de esta lámina tan tornasolada, se vio escrito su nombre, rut —pa’ que corten su weá— y fir…
El lápiz se detuvo.
Se escucharon pájaros y bocinas. El silbato del afilador de cuchillos. Unos tacos percutiendo los adoquines. La chicharra del portón cediendo el paso. Pasos rebotando en las paredes del pasillo. Puertas crujiendo.
Con los dedos tensamente extendidos, resopló y dejó el lápiz rodar al suelo.
Dejó al basurero emitiendo chisporroteos psicodélicos; se prometió cambiar la bolsa al día siguiente. Se fue a acostar dopada en 20 de clotia y cruzó los dedos para despertar viva al día siguiente.
Se dedicó desde entonces a ignorar activamente todo suceso extraño que le pidiera su firma para cancelar cualquier supuesto pacto.
Nosotros seguiremos intentando.

Manuel Zúñiga Trier nació en Santiago de Chile y fue criado entre Talagante, Chiloé y Tasmania. Biólogo de profesión y masoterapeuta por pasión. Esgrima histórica, vocalizaciones extrañas, animación y escritura son hobbies que se pelean su tiempo. Afín a las artes que lo dejan triste, pensativo y babeando. Escribe, por lo tanto, cosas extrañas e incómodas, ojalá terroríficas.