Rita, punk de un pueblo violento, huye de su familia criminal para llegar a la capital con ayuda de Gina. De noche, disparos. Un caniche le “habla”: los perros fueron creados por Ellos para vigilarnos y controlar mentes. Estalla el caos, Gina cae, y un ejército de perros avanza. Rita quizá no escape.
Nº 49 | Narrativa | Ciencia ficción | 3582 palabras | Lana Morales | Uruguay

Tiene el bolso colgando de su hombro y su mano sujetándolo. Es de noche. No hay nadie en el pueblo. Todos están adentro de sus casas, cuyas chimeneas indican que tienen la estufa prendida. Hay tanto olor a humo que pareciera que el cielo va a quedar del mismo color que sus uñas: negro (aunque el negro de sus uñas está muy desgastado).
Tan solo espera que sus padres no noten su ausencia, no por esta noche, ya que esperar que no noten que se fue en la mañana es completamente imposible (es invisible, pero no tanto). Lo último que quiere es ver a alguien que conoce. No quiere encontrarse con su familia… No con ellos. Si alguien ve su cara, entonces notaría que algo la está comiendo por dentro. Ni la capucha sobre su cabeza ni la campera de nylon arriba de su ropa pueden disimular quién es. Eso es lo más terrorífico: tener que ser ella todo el tiempo. Por eso es que no va a tomar el ómnibus: vería tantas caras conocidas, tantos drogadictos y gente turbia con la que no le convendría cruzarse. Hoy no se puede permitir ser turbia, hoy tiene que agachar la cabeza y pasar tan desapercibida como un anciano. No puede ser punk, como su primo una vez la llamó. Hoy tiene que…
El sonido de un disparo la descoloca completamente. El pueblo es tranquilo en teoría, pero no en práctica. Solo los punks como ella saben lo que pasa de noche. Solo los punks como ella escuchan los disparos cuando, a las cuatro de la mañana, los demás duermen tranquilos y pacíficos como una señora sedada por muchas pastillas para dormir. Ella apura el paso en un intento fallido de pasar desapercibida. Ahora, pasar desapercibida es tan solo un anhelo tan lejano como ir a pie de Uruguay hasta China (e igual de difícil, también). No puede permitirse ser vista, al igual que no puede permitirse estar en el pueblo y al igual que no puede permitirse ser amada.
El pueblo es peligroso, se repite a sí misma una y otra vez. No es tu culpa.
Pero Rita sabe que no es el pueblo en sí lo que es peligroso.
Se detiene en seco al escuchar otro disparo. No tiene tiempo para dudar ni dejar que el cuatro en su celular se convierta en un cinco. Porque la persiguen y no están jugando. No es una advertencia, pues ojalá lo fuera. Esto es real. Vienen por ella y no van a dudar cuando la bala tenga que atravesar su ojo, y ese ojo (digamos que el derecho) termine siendo nada más que carne.
Por más tentador que sea, Rita no puede permitirse pensar en pedir ayuda, porque ella misma, más de una vez, ha estado en el bando equivocado. No voluntariamente, pues no tenía otra opción, pero a la vez recuerda esa inquietante y terrorífica frase: Siempre hay otra opción.
No, piensa ella inmediatamente. En mi caso no la había.
Se apura a cruzar la calle, un pasito más cerca de donde se encuentra el auto (si es que Gina le dice la verdad). Pues nunca se puede confiar plenamente en una persona del pueblo, por más punk que sea. Una vez le dijo a Gina que, si la traicionaba, entonces iba a volver con su familia (aunque sea lo que menos quiera en el mundo) y ordenar que la eliminen. Rita nunca haría eso, aunque fue bastante creíble, pues nadie extrañaría a una punk como Gina; al igual que nadie extrañaría a una punk como Rita (pero dejó ese obvio detalle afuera al momento de la amenaza, pues Gina tenía que sentir que caminaba en la cuerda floja).
Rita nunca se acercó demasiado a nadie. Es difícil acercarse a la gente cuando tu familia lastima de tal modo. El pueblo tiene marginados y luego tiene asesinos, personas cuya marginalización está justificada por sus acciones y no por su identidad. El negro en las uñas de Rita hace que sea fácil identificarla como (además de la asesina que es) una marginada, dos verdades que no se interponen sino que conviven.
No soy una asesina, jura ella. Tan solo nací de las personas equivocadas.
Pero, aunque haya nacido de las personas equivocadas, y aunque ella nunca quisiera hacer daño y que a lo mejor sea una santa…, Rita sabe cómo hacer daño, porque lo ha hecho cuando no tenía otra opción y porque ha matado cuando sí la tenía.
El cuchillo está en tu mano. Tenés la opción de hacer lo que quieras. ¿Qué elegís?
No. Él se lo merecía. No puede torturarse por eso, ella lo sabe. Pero la come por dentro porque, aunque sería muchísimo más fácil si no, ella tenía una opción. Tenía la opción de acuchillar a su padre y usar su intestino como guirnalda. Pero decidió hacerle caso, como lo ha hecho toda la vida. Decidió matar al hombre que su padre quería, por mucho que se lo mereciera. Eso debió haberle dado una falsa sensación de seguridad, de que su hija nunca iba a escapar en el medio de la noche mientras cada uno de ellos dormía con un arma en mano, incluso los más pequeños.
Marca el número de Gina en su celular mientras se asegura de que no hay nadie en derredor, escuchándola (aunque, si algo sabe bien, es que nunca se puede estar muy segura). Ella tarda un poco en contestar, pero al final atiende con aire de impaciencia.
—¿Por qué no estás acá?
—Estoy caminando.
—Más te vale que te apures, o nunca vamos a llegar a la capital. Lo más probable es que nos agarren.
—Con esa actitud nos van a agarrar, seguro.
—Te apurás.
Le llega una sensación de vacío cuando Gina corta el teléfono. Se siente sola y azul. Pero no puede permitir sentirse así. No cuando hay cosas tan importantes en juego. Llegar a la capital representa una oportunidad, aunque su familia pueda llegar a encontrarla en cualquier momento. Ellos no dudarían al acariciar su garganta con un cuchillo de cocina. Porque ellos no tienen piedad ni remordimiento. Ellos son la muerte y escapar representa vida. No quiere llegar a sus setenta y estar como Mary, cuya piel pálida y voz ronca hacen que parezca salida de una película de terror. Hay que jugar el juego, chica, le dijo una vez mientras acariciaba su rostro con una mano adyacente a una pasa de uva. Pero ella no quiere jugar el juego. Ella no quiere haber nacido en una familia tan infrecuente. Ella es consciente de que nadie sabe acerca de los asuntos ilícitos en los que participa su familia (mi familia, no yo), y los que sí saben, deciden ignorarlo como quien ignora un trauma familiar. No hables, no preguntes.
Otro disparo. Esta vez está más cerca del auto de Gina.
Papá, ¿por qué matamos personas? Él la miró con esos ojos que no demostraban alma ni un poquito de cariño, aunque Rita solo era una pequeña. Hay personas que miran, esperando toda su vida por un placer que nunca va a llegar. Después hay otros, como nosotros, que hacemos, que obtenemos ese placer. No somos muchos, pero hacemos una diferencia. Y luego se rió de manera tan… cruel, como si ni él mismo se creyera lo que estaba saliendo de su boca. Pues la única diferencia que hacen es reducir la población.
Siente que un auto se aproxima, y es ese sonido propio de un motor fallado y cutre lo que la hace darse cuenta de que se aproxima su familia. Queriéndola. Te queremos demasiado como para soltarte. O, más bien: Te odiamos demasiado como para soltarte.
La chica pega su espalda al árbol más cercano en la superficie de la acera en la que camina. Respira tan fuerte y la corteza parece querer atravesar el nylon. Las luces del auto iluminan el afortunado negro de su campera, que se pierde en el negro de la noche. Está a un paso en falso de quedar completamente expuesta. De regalarse a una dolorosa muerte. Quizá me degüellen, piensa. Porque una cosa importantísima acerca de su familia es que no hay un código sobre no traicionar a los suyos… No si él te traiciona primero.
Siente sus lágrimas a punto de salirle de adentro como una cascada. No podés llorar, le dijo su padre una vez, porque si llorás, entonces sos como una de ellos: débil. Así que Rita contiene sus lágrimas como quien contiene un estornudo.
Eventualmente, luego de pasar muy lentamente, como si ellos supiesen que ella estaba ahí, el auto pasa. Aunque todavía siguen a una distancia bastante corta, considerando la distancia a la que le gustaría tener a su familia. Ella no se atreve a salir de su escondite, que ni siquiera es un escondite, ya que cualquiera que pase por la acera puede verla frente a frente.
Su celular empieza a sonar muy fuerte. Es Gina. Rita declina la llamada. El auto para de repente y Rita se mueve con la espalda pegada a la corteza, hasta que le da la espalda a su familia, no su costado. Ella le pide a quienquiera que esté dispuesto a responder, que por favor el auto no retroceda hasta dar con ella. Porque así tendría que salir corriendo y ellos traen armas. Ellos aman hacer doler (tiene tantos ejemplos que dar uno solo sería quedarse corta). Como cuando le rompieron el brazo a ese hombre: era un padre soltero cuya exesposa tenía un nuevo amor. A ese nuevo amor no le parecía muy bien que él (no recuerda su nombre) tuviese la custodia de la pequeña de su novia, así que acudió a su familia. Recuerda cuando el teléfono sonó y su padre tan solo respondió: «El trabajo será hecho», con esa ausencia en su voz que nunca dejaba de sorprenderla. Poco tiempo luego de eso, su familia fue a la casa del padre soltero en el mismo Chevrolet Captiva Sport negro en el que ahora la buscan. Se metieron a su casa mientras él y su hija dormían, pusieron su cabeza dentro de una bolsa de tela que usaban para hacer mandados y lo metieron dentro del auto.
Perdón por no poder darte de comer.
Además de su brazo roto, también lo mataron de hambre, aunque ni siquiera fuese necesario; pues lo que tenían que hacer era eliminarlo del plano, y ellos decidieron hacerlo de una forma cruel e inhumana.
Por eso estoy huyendo. Por esa niña que se quedó sin padre.
El auto vuelve a arrancar y Rita sale de su escondite. Prende su celular y ve esa llamada perdida. Ella no se siente completamente segura de volver a llamarla, ya que hacer ruido significaría ser escuchada. Mejor no, piensa. Pues Gina la va a ver de todos modos cuando llegue a la Calle Petricor. Pero ¿y si se va? No lo cree, pues Gina necesita irse tanto como ella. Sus padres son adictos.
La joven resume su caminata con más rapidez… Hasta que se da la cara contra el suelo. La caída es dolorosa, metálica, y le deja la nariz sangrando un poco. No sabe ni dónde está.
¡Uy! Perdón por eso.
La voz es de un hombre, como de un actor de doblaje. Rita levanta su cabeza lentamente del suelo. Un grueso hilo de saliva va desde la acera hasta su boca, que sigue abierta. Se ve que el hombre no sintió mucho remordimiento ya que, cuando ve alrededor, no hay nadie.
Pero hay un pequeño, adorable perro caniche mirándola fijo.
Ella se levanta y (a duras penas) sigue caminando. El caniche le pareció tierno, aunque con su familia suelta, el chiquito no debería andar por la calle. Nadie debería andar por la calle. Da un suspiro y le agradece a quienquiera, ya que no se lastimó. Todavía está entera.
¡Te hablé!, dice de nuevo el desaparecido hombre.
Rita se da vuelta y no hay nadie en la acera ni en la calle.
—¡Okey, tarado! ¡Salí de donde estás escondido!
Rita (nuevamente) resume su caminata. Pero la voz la vuelve a llamar. Habrá sido que estaba alerta, ya que, antes de que el hombre termine de hablar, la chica se da vuelta.
Yo no soy ningún tarado.
Es raro, ya que la voz viene de enfrente suyo, pero enfrente suyo no hay nadie, solo el caniche.
Rita se da cuenta de lo que está sucediendo.
—¡Estás atrás del árbol!
Ella va corriendo hasta donde ella misma estaba escondida hace unos segundos. Gracias al entorno donde ha vivido toda su vida, se le hace difícil sentir miedo, y dicho sentimiento es reemplazado por una fuerte duda. ¿Será alguien que mandó su familia? ¿La descubrieron?
—¡Te tengo!…
Pero atrás del árbol no hay nadie, solo el aroma de su propio perfume, una de las pocas cosas que su padre le ha comprado en toda su vida. Le tiene un cariño agrio, así es como lo llama. Pues, por un lado, su padre nunca le compraba nada, ya que decía que las cosas materiales nos inhiben (cosa que es muy rara viniendo de él, teniendo en cuenta que no tuvo ningún problema al comprarse la última PlayStation), pero, por el otro…, es lo único que su padre le ha comprado. Cada vez que Rita veía esa maldita PlayStation, sentía unos palpitantes celos. Como si esa máquina valiera más de lo que ella jamás podría llegar a valer.
El caniche la sigue mirando fijo, como si en sus ojos hubiese un filete. Da miedo, pero a la vez llega a ser adorable.
La chica siente que nunca va a llegar a Calle Petricor cuando vuelve a caminar. Afortunadamente, recibe una llamada de Gina. Esta vez está desesperada… y enojada.
—Nos tenemos que ir ahora mismo, porque, si no, tu familia de desquiciados me va a encontrar y no nos vamos a poder ir. ¡Vení ahora mismo! ¡Y no…!
No lo tendría que haber dejado entrar, como lo hizo antes de que Rita la llamase. Pensaba que no tenía hogar y quería llevarlo de viaje con ellas (si es que Rita decide aparecerse, piensa). Pero ahora, sentada en el asiento del conductor, siente que su cabeza va a explotar. Quizá lo haga.
Nosotros no descendemos de los lobos. A nosotros nos trajeron Ellos para vigilarlos a ustedes. Piensan que somos adorables, ¡algunos incluso inofensivos! Observamos cuando piensan que no estamos mirando: cuando se cambian de ropa, cuando hacen cosas que no deberían. Nosotros no decimos nada, pues es parte de nuestra misión. Nos instalan una cámara al nacer, antes de mandarnos a la tierra…, y Ellos ven absolutamente todo, todo en tiempo real. Cada crimen e injuria de la que ustedes son parte, en la que nos tienen a su lado y confían en nosotros porque ¿por qué no?, si somos tan extremadamente adorables…, Ellos ven y nosotros también. Muchos de ustedes piensan que Ellos no son reales, pero Ellos nos crearon.
Gina siente como si su cabeza se fuera a partir en dos. No solo es lo que dice, sino también un zumbido constante y un dolor de cabeza desde que empezó a hablar. Pero ¿siquiera está hablando? Lo único que tiene cien por ciento claro es que, cuando ese maldito le transmite palabras (¿será mentalmente?), ella no puede hablar. Quizá es porque el dolor de cabeza y el malicioso zumbido es tan, pero tan fuerte, que sería estúpido querer abrir la boca (es imposible). O quizá es imposible porque el maldito no se lo permite… Quizá…, solo quizá, él puede controlar mentes. Y solo quizá, hay cientos de millones de ellos.
La llamada se corta de repente y Rita sabe muy bien lo que está pasando. Como tanto temía, su familia la encontró. Ahora no puede hacer nada más que desear que el caos se desate, pues eso es lo que ha deseado por tanto tiempo: que su familia se deje de salir con la suya. Que por fin paguen por todo lo que han hecho. Pero sabe que eso no pasará. Sabe muy bien que el cuerpo de Gina terminará enterrado en alguna tierra descuidada en la que nadie notaría si hay olor a putrefacto.
Se saldrán con la suya.
La mujer que vive en la casa que se encuentra al lado suyo (tiene ruleros y un camisón de símbolos color lila) sale corriendo de su casa, gritando… y sin su mano. De su muñeca, de donde debería empezar su mano derecha, chorrea sangre como si de una rabiosa fuente se tratara.
¿Cómo llegaron hasta ahí? ¿Cómo están en todos lados?
Rita se plantea la posibilidad de que, a lo mejor, esto no sea obra de su familia.
Pero… no puede permitirse estar en una escena del crimen. Quizá eso la haga una mala persona, incluso una asesina. Pero, para poder mejorar, necesita escapar de las garras de su maliciosa familia. No va a poder hacerlo si la retienen en el pueblo. Quizá eso la haga tan maliciosa como ellos.
Ella sale corriendo de la mujer sin su mano y del olor a la única cosa que su padre le ha comprado.
Corre hasta que sus pies se le cansan, hasta que sus dedos de los pies se retuercen, hasta que le agoniza el pecho. Corre hasta llegar a Calle Petricor, donde las puertas del auto de su amiga están abiertas. Es cautelosa al caminar por la acera, ya que no quiere encontrarse con lo que va a encontrarse. Perdió su inocencia hace rato, pero, por un momento, un pequeño momento, llega a sentir que este es su último momento en el que va a poseer un gramo de esta misma. Lo que encuentra luego es a su amiga con la cabeza apoyada en el volante, en una posición indicadora de que su cabeza habrá estado tocando la bocina un rato antes de haberse deslizado un poco. Si ser hija de su padre algo le ha enseñado, es que su amiga no está viva, así que no llama por su nombre.
Siente un grito visceral y mira para su costado. Ve a un hombre que corre vestido en nada más que su bata. Pero luego la chica mira hacia arriba…, a su rostro…, y ve que le falta la piel de su cara. Sus ojos y sus dientes contrastan por su blancura contra el rojo de su carne. Está bronceado. Supone que su rostro también está bronceado…, dondequiera que esté. Lo esquiva cuando pasa corriendo con sus manos alzadas, al igual que la voz de sus gritos sucesivos.
De repente ve al Chevrolet Captiva Sport negro viniendo hacia ella. La están viendo, de eso no hay duda. Con las luces del auto prendidas, que cargan tal intensidad, sería imposible no hacerlo. Lo único que puede hacer es esperar que lleguen hasta ella, que el dolor se termine más rápido. Fui tan estúpida al pensar que podía irme, piensa. La emoción que tenía por irse se disipa como el vapor. Estoy acabada.
Pero el auto sigue de largo con tal velocidad que es imposible no pensar que… están huyendo de algo. Pero ¿de qué? ¿De qué huirían ellos? ¿Si son los asesinos a sueldo más importantes de todo el país? Y de repente lo ve… Ve a un pequeño chihuahua que persigue al auto de sus padres. Eventualmente se detiene, como si pensara que no valen la pena, de todas maneras, y da la vuelta para caminar lenta y tranquilamente hacia otro lugar.
¿Por qué huirían de un chihuahua?
El pequeño la ve mientras lo mira y, como si fuera el momento perfecto, en su cabeza escucha una voz:
¿Qué mirás?
Es como si el chihuahua le hubiese hablado directamente a ella.
Si fuese verano, entonces ya hubiera amanecido. Pero no es verano y ella no tiene más cartas que jugar. Se le acabó para ella. Parece que va a haber un apocalipsis: gente sin su rostro y sin su mano, corriendo asustada. Pero a Rita le parece de lo más normal, pues es lo que ha visto durante toda su vida. Lo que realmente le afecta es que se va a quedar en este pueblo. Se siente confundida: ¿Por qué sus padres no se detuvieron? Ya ni importa. Fui estúpida, piensa. Fui estúpida.
Sentir pena por sí misma no dura mucho, ya que, a continuación, ve a un ejército de perros aproximarse, ocupando toda la calle y la acera, derribando los postes de luz. Lo más raro es cómo los más pequeños están al frente y los gigantes detrás. Se organizaron…, pero ¿cómo? Vienen hacia ella. La van a derribar como si de un tsunami se tratase. La van a llevar con ellos.
Empieza a correr en la otra dirección como si no hubiera un mañana, porque probablemente no lo haya. No hay salvación. De repente todo empieza a cobrar sentido: la gente sin partes de su cuerpo, el «hombre» que le hablaba y, especialmente, el chihuahua que perseguía a su familia. El caniche…, él era el hombre que me hablaba.
Tampoco tiene tiempo para formular ningún pensamiento, ya que de repente puede sentir su cabeza partirse del dolor y…, un zumbido, un maldito zumbido que no la deja pensar, acompañado de diferentes voces que hablan a la vez.
Maldita humana.
Matar. Matar.
A Ellos obedecemos.
Rita se lleva las manos a la cabeza. El dolor es demasiado como para correr, pensar o gritar. Te inmoviliza. Cuando se meten en tu cabeza, es imposible escapar. Solo esperar…, esperar…, esperar.

Lana Morales es uruguaya y tiene quince años. Quedó en primer lugar en un concurso literario, en su respectiva categoría.