La Doncella

Antonia Del Almendro


“Diosas: Kalfumalen, Artemisa, Medeina y Diana
que representan a las niñas que habitan en los bosques
y cuidan a los animales de los cazadores;
a la doncella salvaje y libre, guardiana de la Naturaleza.”
Pabla Pérez San Martín



Cuando sea grande voy a ocupar mi magia para viajar a los confines del mundo en un abrir y cerrar de ojos. Nunca más viajaré a pie, resolvió Armeria recostada en la barcaza mientras se rascaba el pecho y miraba las copas de los árboles pasar. En un comienzo, había visto la lentitud del viaje como una virtud, así no se perdería ningún detalle, pero con el pasar del tiempo, se había vuelto bastante desesperante. Ya había perdido la cuenta de cuántos días llevaba en esa embarcación dirigida por un animal similar a un anfibio, cuyo rostro estaba desprovisto de cualquier expresión. 

La criatura era un pequeño ser rechoncho. Su piel gruesa y gris estaba cubierta de una fina capa de sudor brillante y baboso, y de su boca ancha no salía sonido alguno. Armeria jamás había visto algo parecido, incluso se preguntó las primeras noches si era una estatua, pero ahora, después de tanto tiempo en este lado del Micelio, ya no llamaba su atención. Se había acostumbrado a su presencia y a una extraña comunicación a través del silencio. Tampoco era como que hubiese mucho que decir, después de todo, en estas tierras ninguna criatura se comunicaba tanto con los humanos. Incluso Drama, su acompañante felino, se mantenía en un mutismo absoluto, durmiendo gran parte del día recostado boca arriba. Al verlo en esa posición, Armeria no pudo resistirse a acariciar su panza peluda y recordó ese día en el que, sacando la basura, lo encontró desnutrido e irreconocible. El encuentro había coincidido con los días en los que le había comenzado a picar el pecho, tanto que estuvo excusada de trabajar en el hogar durante una semana porque no podía evitar rascarse en público. Hasta la ropa almidonada se le hacía insoportable, así que aprovechó esos días para pasearse a torso desnudo, cuidando de esta criatura que, con el tiempo, reveló su forma gatuna. 

Apenas supo que la enviarían lejos, no dudó en llevárselo con ella. Había logrado colarlo porque, en ese entonces, cabía dentro de su ropa, pero ahora se había vuelto una bestia azabache y majestuosa, con un pelaje azul tornasol como un mirlo. Era como si, por alguna razón, mientras más se adentraran en los manglares, más creciera. A esas alturas, parecía una pequeña pantera que ocupaba la mitad del inestable bote, mientras Armeria apenas ocupaba la otra con su menudo cuerpo y su escaso equipaje. El anfibio tenía su propio lugar como chofer de la embarcación en un altillo en la popa, y desde allí la manejaba sin moverse, como si su sola presencia bastara para conducirla a su antojo…

¡¿Acaso soy ciega?!, pensó Armeria y en un santiamén estaba erguida posando sus brilantes ojos oscuros en el serio animal. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Todo este tiempo creyendo que la embarcación se dejaba llevar por la corriente y que… Fugazmente desenfundó su libreta de mano y, sin dejar de mirarlo, se dispuso a anotar, pero, al instante de haber puesto la punta de su pluma en la hoja, la inspiración se desvaneció. ¿Él es mágico o será una barcaza mágica? ¿Y si es la suma de ambos? Derrotada volvió a tenderse. Su libreta se mantendría en blanco otro día más. Ningún atisbo de magia en todo el viaje. 

¿Cómo voy a aprender de magia si no puedo escribirla?, se lamentó. 

Armeria había pasado toda su vida rodeada de magia sin poder entenderla, añorándola desde que tenía memoria. Sin embargo, a pesar de haber nacido sin ella, buscaba con afán su explicación en todas partes. Se las ingeniaba para husmear en la biblioteca de la casa donde trabajaba, aunque fuera por un momento corto. Nunca había tenido tiempo de leer un libro completo, se contentaba con pasar un par de páginas, examinar los lomos de las enciclopedias, contemplar los mapas y manosear las herramientas de observación. Siempre había sido sigilosa —invisible, diría ella—, pero una noche en la que no podía dormir de tanto picor, no lo fue tanto y, ahora, después de un largo historial de desobediencias y pillerías, iba camino a ser reformada en la Escuela de Labores, el mejor lugar para convertirse en una empleada ejemplar. 

Todas las mujeres que trabajaban con Armeria en su antigua casa venían de allí, y se contaba que todas las niñas irían tarde o temprano. Pero a sus compañeras las habían enviado a temprana edad, pero nunca, ninguna, a los 13. Armeria había llegado a pensar que era distinta, que nunca abandonaría la capital, pero ahora estaba allí, atrapada en esa canoa, con un gato dormilón y un anfibio silencioso como única compañía. 

Las copas de los árboles parecían todas iguales, como si las hojas de los mangles se unieran en un único gran follaje: un cielo verde que se movía con el viento y dejaba ver el inicio del ocaso. Armeria solía imaginarse junto a Drama, versión miniatura, saltando de rama en rama, avanzando ágilmente a la par con la embarcación; a veces se detenían a batallar contra algún villano despiadado, aunque, por lo general, solo avanzaban velozmente, pero ya estaba aburrida de tanta imaginación. 

Con la mirada perdida en el bosque, comenzó a pasar entre sus dedos la credencial que llevaba colgada al cuello: «Menor no acompañada». Qué vergüenza, ni que fuera un paquete, pensó. Estaba a punto de quitársela para lanzarla lejos, cuando una sacudida de Drama la sacó de su ensimismamiento: se habían detenido en un muelle de palos podridos y la mirada del anfibio le indicó que este era el fin de la compañía mutua. 

Armeria sintió un vacío. Al fin había llegado ¿y ahora qué?.

Ansiosa, miró en distintas direcciones para saber hacia dónde dirigirse: todo era nuevo y confuso, muchos lugares desconocidos por explorar. Bajó del bote y volvió a mirar a su alrededor, hasta que encontró la mirada afable de una señora que la saludaba. Rápido, se volteó para despedirse, pero el anfibio ya se había adentrado de vuelta a los manglares, coronando la embarcación con su rostro inexpresivo. 

La señora caminaba lento, pero algo en su andar la delataba incómoda. Su mirada había cambiado al momento que Drama había bajado de la embarcación y ahora les guiaba a través de la caleta con rostro altivo. Antes de darse cuenta, estuvieron frente a una caseta marcada con un letrero que decía “Viajes para menores de edad”. 

—Vendrán pronto por ti —le dijo a Armeria en tono seco—. Los animales no están permitidos dentro de la oficina y tu no tienes permitido salir.

Armeria intenó poner en orden qué, de todo lo que le habían dicho, le molestaba más. Quiso decir algo, pero antes de poder emitir cualquier palabra, un empujón la obligó a entrar en la caseta y cerró la puerta tras ella.

¡¿Qué?!

Era el colmo.

¿Semanas de viaje para que nos traten así? ¡Ni siquiera nos dejaron recorrer el puerto! 

Indignada, abrió la puerta para gritarle a la señora algo que aún no sabía bien, cuando se percató que ésta ya se había ido, así que se sentó refunfuñando en el umbral de la puerta a observar cómo Drama se revolcaba feliz en la tierra aprovechando los tenues rayos de luz solar.  Aún no lo sabía, pero la ira se le estaba volviendo una emoción cada vez más recurrente. 

La gente que trabajaba en la caleta era distinta a la de su ciudad natal, caminaban sin prisa, al ritmo de la humedad, cargando y descargando sacos, barriles y baúles de los pequeños botes encallados en tierra. Era un pueblo de humanos sin magia, igual que ella. 

Estaba pensando en eso cuando la silueta de una capa esbelta llamó su atención. Parada a un costado, había una chica que parecía un poco mayor que ella y que la miraba atentamente. Con el corazón latiendo rápido, Armeria notó que llevaba el uniforme de la Academia, aquel que había anhelado tantas veces en los escaparates de la capital: una capa negra con un lazo rojo al cuello y zapatos redondeados, negros, con un lustrado perfecto. Aunque esta vez, otra sensación la tomó por sorpresa.

La chica la observaba con sus bellísimos ojos dorados, almendrados, dibujando una pequeña sonrisa con su boca. Tenía la piel trigueña y el cabello negro, que se ondulaba en una melena de risos perfectos. Armeria se fijó que de su cuello también colgaba la credencial «Menor no acompañada», y comprendió que la sonrisa ladeada era una manera amable de pedirle que se corriera para poder entrar. Rápida y torpe, Armeria se levantó pidiendo disculpas y ambas entraron a la caseta. 

Al entrar se mantuvieron en silencio, cada una en un grupo distinto de asientos. Armeria sentía que iba a explotar, quería preguntarle tantas cosas sobre la magia, además de observarla en detalle, analizar su ropa, su cara, su pelo; pero solo podía mirar el suelo sin comprender este arrebato de timidez. Quiso hablarle, pero la enmudeció el temor de que su voz se hubiese vuelto ridícula después de tanto silencio. 

¿Y si le escribo una nota? ¿Por dónde empezar? ¿Siempre ha sido tan difícil hablar con alguien?… Eehh… «¿Vas a la Academia?» No, qué tonta. «¿Eres Bestial?» Armeria, qué estúpida. «¿Haces magia?» Uff, de verdad te esfuerzas por hacer preguntas patéticas. 

Respiró hondo para poder relajarse. 

Bueno, ¿partir con un «hola»?

Le sudaban las manos, estaba a punto de decir cualquier cosa cuando Drama comenzó a maullar afuera causando un griterío. La chica se alzó a mirarlo por la ventana.  

—Parece que tu gato tiene hambre  —dijo, divertida. 

En pánico, Armeria se acercó a mirarlo también. En uno de los puestos, un cesto de pesca estaba desparramado por el suelo y, en medio del bullicio, Drama se comía los peces de un lengüetazo, casi jugando, sin darse cuenta de que uno de los comerciantes estaba cargando un arpón. En cuestión de segundos, Armeria corrió a detenerlo, era tan veloz que el hombre no se dió cuenta en qué momento el cuerpo escuálido de la niña se interpuso entre ambos.

—¡Esa bestia no puede estar aquí! —exclamó el hombre—. Es un peligro para todos  

—No es una bestia —dijo Armeria, con su voz más severa—, es mi compañero. 

Los hombres del mercado comenzaron a reír. 

—Esa no es mascota para una niña humana -se burló el hombre—. Después de comerte de una mordida, vendrá por toda nuestra pesca. 

—No es una bestia, señor Anzuelos  —intervino una voz dulce—. Es un gato común.

Armeria no se había percatado de que la chica la había seguido. Su túnica de hechicera le daba un estatus tácito entre las personas de la caleta.   

—Mi amiga no creía que yo dominara la transformación así que decidí volver a su gato gigante para demostrarle que sí —mintió con una sonrisa radiante.

El tono con que hablaba calmó a la gente en cosa de segundos, era imposible no creerle. 

—Observe. 

Con gracia, la chica se acercó al gato y comenzó a acariciarlo mientras éste la toreaba a la altura de la cadera. A vista de todos, Drama se comenzó a encoger quedando reducido a un tierno cachorro precioso, de un negro opaco, infinitamente más bello que su pasado de basural. Armeria, anonadada, lo recogió sin decir palabra, observándolo con ojos muy abiertos, mientras Drama se analizaba así mismo, sin comprender.

—Tampoco le daremos sobras —se terminó de mofar el hombre. 

Sin contestar, pero con una gran sonrisa en el rostro, la chica dio por terminada la conversación, tomó a Armeria de la mano y se la llevó de allí con Drama en brazos. 

¿Siempre he tenido las manos tan sudorosas?.

Los puestos no eran muy variados, había venta de muchos alimentos, aunque estaba cubierto de bebedores de upyana jugando sobre barriles una apuesta rápida de puklla. Era día de descanso, pero aún así Toda la calma que Armeria había visto en su llegada había sido reemplazada por el ajetreo de pasajeros que estaban volviendo a sus hogares o partiendo a sus escuelas o trabajos, marcando con ello el fin de las vacaciones de verano. Armeria pudo diferenciar pequeños grupos de distintas razasque avanzaban sin separarse, y pudo distinguir también a quienes estudiarían en su escuela, con sus ropas de lino blanco, planchadas e impecablemente aburridas. 

—Para la próxima, me gustaría defenderme sola  —dijo enojada. Llevaban un tiempo paseando en silencio y las palabras salieron solas de su boca. A pesar de la fascinación, algo en el actuar de la chica le había molestado. 

—Lo siento —respondió tranquila la joven—. Solo interferí por él. Los manglares son un lugar superticioso, aquí los felinos grandes y el color azul son de mal augurio. Imagínate el pobre. 

Drama caminaba con su cola erguida y fabulosa, siguiéndoles apenas el paso con sus piernitas cortas. 

Su voz tenía un ritmo tal que el enojo se desvaneció de súbito, tal y como había empezado. No tenía sentido enfadarse, la magia de la chica era admirable y su presencia la congelaba. Le generaba una sensación extraña, desconocida, reconfortante. Se parecía al sentimiento que le provocaban esos objetos preciosos que recolectaba en la capital y que repartía en secreto dentro de las bolsas de los compradores del Mercado. Le gustaba pensar en la cara que pondrían las personas cuando vieran entre sus compras una piedra traslúcida, una caracola, una canica, una pluma, una hoja verde de manzano. Ahora que lo recordaba mejor, se parecía más a la sensación de esos tesoros que terminaban en el compartimiento secreto de su velador dentro de su caja de lata. Además, el olor de su cabello le recordaba a la gaveta donde guardaban los ingredientes para hacer pasteles de invierno.

Mientras oscurecía caminaron por los puestos hasta llegar a uno que a Armeria le pareció horroroso. En una tineta, decenas de criaturas pequeñas se encontraban hacinadas y a la venta, como si fueran un souvenir. Eran unos anfibios diminutos, de caparazón cristalino, que competían entre ellos por huir. Asqueada, miró dentro de la tienda, donde había una persona ofreciendo varios otros animales vivos y muertos. 

Infeliz. 

De pronto, Drama comenzó a olfatear algo a sus pies: una de las criaturas habia logrado escapar de la tineta, pero había quedado boca arriba y no podía moverse. Pensando que nadie la veía, Armeria le dió un suave empujón con el pie y la lanzó de vuelta al río salado.

Un día vendré a liberarlas a todas —no se dio cuenta que pensaba en voz alta—. Ya verán. 

Unos pasos más adelante, la otra chica la analizaba concentrada, sin decir palabra.   

A pesar de haber sido un paseo corto, Armeria había logrado hacerse una idea de este lugar, que la acogería por un tiempo. Era un pueblo pequeño, antes de darse cuenta ya estaban de regreso en la caseta, esta vez, sentadas en el mismo grupo de asientos. 

—¿Sabes que ahora tu gato podrá cambiar de tamaño a  su antojo, cierto? —le preguntó la chica. 

Armeria miró a Drama  sorprendida.

—¿Cómo es eso? 

—Pareciera que es un tipo de felino descendiente de las primeras fieras —respondió la chica concentrada, intentando recordar—. No recuerdo su nombre ahora, pero puedo preguntarle a mis profesores y traerte mucha información cuando regrese. ¿Hasta cuando te quedas?

Armeria intentó esconder su vergüenza y se encogió de hombros.

—Yo vuelvo en cuatro semanas, para el cumpleaños de mi mamá. ¿Nos vemos? 

—Sería genial –respondió sonrojada y se dio cuenta que la otra chica sonreía, también tímida.  

—Cómo sea, creo que el hechizo activó su magia. Mira ¿Puedes intentarlo, por favor? —dijo dirigiéndose a Drama. 

Drama asintió en actitud solemne y con los ojos cerrados pasó de ser un pequeño cachorro a una hermosa bestia azulada. Al verlo, Armeria no pudo evitar abrazarlo y hundir su cara en su pecho peludo, iniciando una batalla de llaves y mordidas. Estaban en eso, cuando la misma señora de momentánea sonrisa afable volvió a entrar por la puerta haciendo que Drama se volviera pequeño de puro susto. 

—Aster —dijo dirigiéndose a la chica—, llegó tu barcaza. Apúrate.  

Ambas se miraron y durante un momento ninguna se movió. 

—¿Me acompañas? —preguntó la chica a Armeria. 

Armeria sintió por un segundo que el estómago se le salía e intentó disimularlo poniéndose de pie mientras asentía con la cabeza. 

Los manglares eran un lugar oscuro, pero la caleta estaba iluminada casi por completo por pequeñas lámparas de aceite, que le daban a todas las superficies una apariencia ululante. Una barcaza estaba detenida en el muelle podrido, y  Armeria recordó su propio viaje. Quiso sorprender a la chica contándole que el anfibio manejaba la barca con magia, pero, ¿había sido realmente así o lo estaba mezclando con su imaginación? Apenas podía saberlo, la mala costumbre de magnificar los recuerdos era algo difícil de dejar.

—Gracias por volver a Drama mágico —se conformó con decir—. Mi nombre es Armeria. 

—Gracias por hacerme compañía esta tarde. Mi nombre es Aster — respondió la chica y estiró la mano, formal. 

Armeria se la estrechó sonriente. 

—Te lo voy  decir ahora que ya sabemos nuestros nombres —comenzó Armeria—: creo que tus zapatos son fabulosos. Y no sé cómo aguantas  —agregó aputando la bolsa de libros que llevaba Aster—, yo ya los hubiese leídos todos. 

  Sabía que no era cierto, probablemente los hubiese olvidado a medio empezar para irse a jugar, pero al menos lo hubiese intentado. 

Aster rió y comenzó a mirar en todas direcciones para ver si alguien las estaba observando. Cuando se aseguró, se arodilló y comenzó a vaciar la bolsa como si estuviera buscando algo, era pequeña, pero los objetos salían y salían. Pronto hubo un desorden a su alrededor. 

—¿Se te perdió algo? —preguntó Armeria. 

Aster le indicó con un gesto que se acercara mientras seguía buscando. Armeria lo hizo, se arrodilló junto a ella. Sólo en esa cercanía y en ese intercambio de risas tímidas se atrevió a observar su rostro, su nariz perfilada, sus pestañas largas y un lunar cerca de su ceja. Era bellísima, pero Armeria no supo qué era lo que le provocaba, solo sentía muchas ganas de pasar tiempo a su lado. 

—Toma —dijo Aster de pronto—. Para que tengamos de qué hablar a mi regreso. 

En sus manos tenía un libro pequeño y delgado. Armeria lo abrió con cautela, tocándolo como lo más delicado que hubiese sostenido en su vida. Estaba impreso en tinta, encuadernado a mano y su tapa era verde, atercopelada y con incrustaciones doradas. Dentro contenía una serie de ilustraciones y descripciones de la fauna bestial de los Altos Manglares. 

—Habla de distintas criaturas, como los watkus —dijo Aster orgullosa. 

—¿Wat-kus? —intentó decir Armeria.

—Watkus, ese animalito transparente que tiraste al río. Qué mala suerte que sean de agua dulce. 

Armeria se congeló por un momento. 

—¡¿Lo maté?! – preguntó horrorizada. 

Aster se echó a reir sin que Armeria entendiera nada. 

—Es una broma, lo hiciste muy bien. Bueno, no puedo hacerle esperar más  —agregó apuntando el bote— ojalá verte en unos días más. 

A modo de despedida, Aster posó su mano en el brazo de Armeria, tocando su piel justo donde terminaba su polera manga corta y empezaba su brazo flacuchento. Armeria, inmóvil, sintió cómo el estómago se le encogía, el corazón le daba un vuelco y un calor rojo abrasaba las mejillas de su rostro, hasta ese momento,  congelado; su mano era suave, un poco fría, refrescante para ese calor húmedo que parecía estar en todas partes. Las palmas comenzaron a sudarle y recordó el libro aterciopleado. Quiso agradecerle de alguna forma, pero ninguna palabra salió de su boca. Aster ya le había dado la espala y se encontraba llegando a la canoa, donde, tras saludar al conductor y sentarse en la barcaza, se volteó para despedirse con una sonrisa ladeada. 

Así, parada en el muelle, Armeria la vió adentrarse en los manglares, subida en una embarcación coronada por un anfibio de rostro implacable. La observó perderse en la oscuridad del río salado, mientras se limpiaba las manos en el pantalón,  imaginando embobada ese reencuentro en cuatro semanas más. 


Antonia Del Almendro
Santiago, 1994

Su nombre es Antonia Del Almendro, oriunda de una casita de Buin.
Estudió cine, adentrándose en ambientación y guión, y antes de la pandemia jugaba roller derby.
Le gustan las plantitas, la fantasía, los animales, cocinar y comer.

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