Camino

Trinidad Montalva


Escucho como la lluvia golpea los delgados vidrios de mi ventana, que pareciera que en cualquier momento se van a romper, salpicando por todos lados. Hace frío y aunque pasé una hora cubriendo cada rendija que había podido encontrar con guantes, gorros y bufandas, la temperatura seguía bajando y el viento se colaba igual, helado, por todas partes.

Resignada, saqué todas las mantas y chales que encontré, dejando mi cama vacía, y me envolví en ellos como si fuera un gusano en su capullo antes de salir convertido en una bella mariposa;  o al menos, antes de convertirme en una estatua de hielo. 

Korin se hubiese reído de mí: «tan exagerada que te pones con el frío… ¿no serás medio reptil en vez de medio Lobo?». Aunque cada vez que me decía eso discutíamos, esta vez no pude contener una sonrisa al acordarme.    

Avancé con mi capa de mantas y me instalé en la silla frente a la chimenea, buscando la posición exacta para poder mantener cada pedacito de mi cuerpo cubierto bajo mi nuevo capullo abrigador. Era mi lugar favorito en toda la pieza: esa silla vieja, grande y acolchonada frente a la pequeña chimenea. Casi siempre termino el día sentada aquí, leyendo, cantando, o simplemente mirando hacia fuera, contemplando la inmensidad de la ciudad que se esparce salpicada de luces en la oscuridad.

No puedo dormir. Estoy ansiosa, triste, como si esperase algo. Aunque por supuesto, puede ser solo una noche de insomnio, otra vez. No hay caso, el sueño me abandona. A veces viene, como si fuera un amante de una noche, tierno y cariñoso, y, del mismo modo, después me deja sin acordarse siquiera de mi nombre.

Korin se hubiera reído de ese comentario. 

Necesito hacer algo para bajar mi ansiedad; fumar siempre me ayuda. Por suerte tengo la pipa que me regaló Korin. La dejo siempre sobre la chimenea, porque es mi lugar favorito para usarla, especialmente en invierno. Me quedo mirándola, como si la descubriera por primera vez, el día en que me la regaló. Es una pipa hermosa: el diseño es detallado y rústico a la vez, una mezcla perfecta de mi propia personalidad, según él. Recorro su boquilla larga y estilizada hasta la pequeña cazoleta redonda, toda pintada de un color morado tornasol, igual a mi pelo. 

Korin y sus detalles.

Según él, estaba hecha de la madera de un árbol mágico que había habitado en los bosques de las afueras del Puerto hacía miles de años, así que era un amuleto protector que debía cargar conmigo para siempre; no sé si será cierto, la verdad es que siempre me pareció que era, más bien, su manera de decirme «acuérdate de mí». 

Saqué un poco del tabaco de hierbas que había hecho hace unos días. Puse tres pellizcos, apretando fuerte con el dedo para prensar bien y la encendí. El aroma floral inundó la habitación, cálido y dulce, y de inmediato me sentí un poco más calmada.

Con la vista fija en la ventana empapada por la lluvia, trato de distinguir las luces de la ciudad a lo lejos; veo miles de puntitos de colores, difuminados por las gotas, que se extienden hasta chocar con la inmensidad negra del mar. Imagino que este también está inquieto, con sus aguas turbulentas por la tormenta. Sostuve la vista en las luces que brillaban débiles en medio de la gran mancha; los barcos de los gordos. Bueno, Lobos. Les carga que les digan gordos, pero a mi no me molesta, después de todo, es mi otra mitad. 

¿Hasta cuándo estarán anclados en el Puerto?

Vuelvo a fumar un poco, mientras trato de distinguir cuántos barcos son, pero en la distancia y con la ventana húmeda por la lluvia, todas las luces se ven borrosas y parecen una sola amalgama brillante en medio de la oscuridad.

¿Cómo sería estar allá? ¿Sentiría vértigo? ¿Mareos? ¿Podría aguantar esa vida nómade, perdida para siempre entre aguas infinitas? 

Luego de mis años con la Tropa, una vida nómade no sería nada nuevo. Nunca he tenido una vida tranquila, una casa, un hogar fijo. En fin, «La maldición del artista», pensé encogiéndome de hombros.

Korin también se hubiera reído de eso. 

Pensando en él, di un par de fumadas y comencé a hacer figuras con el humo colorido. Aunque fue Korin el que me enseñó a hacerlo, la verdad es que yo lo hacía mucho mejor. Todavía lo recuerdo, con su ceño fruncido cuando se dio cuenta: «ay, no te enseño nada más», me había dicho entre enojo y risas. Empecé a jugar con el humo en mi boca y, haciendo una pequeña trompa con mis labios, lo fui soltando poco a poco. Esbocé una figura alargada de brazos fuertes, pelo largo y una enorme cola que batía mientras nadaba flotando por la habitación. Me quedé pegada mirándola, mientras se desvanecía con cada coletazo.

Según Korin, en el humo salen nuestros deseos más profundos. Siempre me decía que había que dejarlo fluir para ver cuál era el mensaje que nos estaba enviando nuestro inconsciente. Incluso, agregaba, había algunos que podían interpretarlos. Miré una vez más a mi criatura de humo, medio humana, medio marina, y preferí pensar que Korin no tenía idea de lo que hablaba. 

De pronto, sentí un escalofrío recorrerme entera. Busqué con la mirada si alguno de mis tapones se había caído, pero no había nada en el suelo, la pared seguía vestida de todas mis ropas. Fumé un poco más y recorrí la habitación con la mirada, buscando mi Viole. 

Que desorden. La cama estaba totalmente deshecha después de mi atraco a las frazadas, y el velador estaba cubierto de ropa medio usada. En la cajonera, veo asomarse pedazos de camisas y pañuelos desde sus cinco gavetas a medio abrir, y un montón de libros y cuadernos están apilados en el tope. Recorrí el suelo con la vista, lleno de libros y música agrupados en montoncitos, bordeando toda la pared contraria a la ventana hasta llegar a la puerta donde está mi pequeño perchero, ahora solo con el abrigo, y más abajo distingo, por fin, el estuche de madera apoyado a su lado. 

Dudé un rato si pararme o no, después de todo, había logrado un estado de comodidad y calor en mi rinconcito al fuego. Pero necesitaba distraerme, así que me levanté a buscarlo.

Al abrirlo, un olor a madera, a bosque y a música me envolvió, encendiendo de golpe mis recuerdos. Era la varita de Flores Rojas que guardaba en el estuche. Una costumbre que había aprendido de Marsella: recuerdo que ponía ramitos entre medio de mis partituras y dejaba siempre uno al lado de mi cama, para que durmiera mejor. “Espantan los malos sueños” me decía. Creo que de verdad creía en eso, pero nunca me explicó por qué. 

Siempre he tenido sueños extraños. Cuando era chica pensaba que si aun con la ramita de Flores a mi lado eran tantos, quizás cuanto peores serían sin ella. Después entendí que con o sin ramita, los sueños eran los mismos. 

Pero me gustaba el olor que tenía, y aunque no me ayudara a dormir, me daba cierta tranquilidad olerlo, así que guardé el último que Marsella me había regalado en el estuche y ahí lo dejé.

La echo de menos.

Saqué la Viole y revisé todas sus cuerdas para ver en que afinación la había dejado. Parecía la del Puerto, aunque la quinta cuerda estaba un tanto baja, para variar. Siempre la más mañosa. Moví con cuidado las pequeñas clavijas cónicas, pulsando con mi dedo la cuerda hasta llegar a la nota correcta. Para asegurarme, probé tocándolas en pares; los intervalos sonaban bien. 

Saqué el arco y la púa de sus bolsillos. No estaba segura de si iba a usarlos, pero prefería sacar los dos, después de todo, la inspiración es extraña y fortuita. Y la verdad, no quería volver a pararme y enfrentarme al frío de nuevo.

Tensé el arco, lo froté en Resina de Pino Gris y volví a mi lugar, lista para tocar un poco. Comencé punteado con los dedos, acordes tristes de recuerdos viejos.

Canta la ninfa en el bosque, canta
Se llena de flores el pelo
Las flores del pelo le hablan,
Le dicen que deje su duelo
Pero la ninfa lloraba, 
Lloraba sin poder parar
Un mar de lágrimas saladas
Y una laguna de cal
Que llore la ninfa que llore
Que con sus lágrimas bellas
Trae a las brujas del norte
Y a muchos secretos con ellas
Que llore la ninfa que llore
Que con su laguna de sal
Transforme a los Cazadores
En hermosas bestias de cal

De repente, me transporté al pasado. La música a veces me producía eso.

Vi a Marsella, sentada al borde de mi cama de niña, sonriéndome con su amor infinito. Yo estaba acostada y ella, a pedido mío, me relataba una vez más la historia de mi nombre. 

Siempre era lo mismo: «tu padre te había abandonado en el bosque a las afueras de Puerto Paraíso, pero por fortuna de las estrellas, los vagones de la Tropa justo pasaban por ahí. Qan y yo fuimos los primeros en bajar, al descubrir un pequeño montón de trapos que lloraba con un sonido agudo, que parecía más un canto, un lamento animal, que un llanto». Marsella siempre le ponía un poco de poesía. Cuando Qan me contaba esta parte, solo decía que lloraba fuerte. 

«Al tomarte nos dimos cuenta de por qué habías sido abandonada: tenías rasgos de dos especies, algo prohibido en la ciudad. Aunque apenas se notara, unas pequeñas pecas rodeaban tus mejillas, ahí donde en otra especie debían haber bigotes». En esta parte, siempre tocaba cada una de mis pecas con el dedo, como si las estuviese dibujando. «Y en tus brazos y piernas habían partes escamosas, que cambiaban de color, en contraste con la piel humana, que predominaba. Parte Lobo parte Humano. Era un crimen». Esa era mi parte favorita de chica, porque Marsella ponía una voz siniestra, casi susurrada y estiraba las letras al decirlo: criiimeeen. 

«Contigo aun en mis brazos, te nombramos Camino, pues ese era el lugar donde te habíamos encontrado».

Un brusco movimiento me despertó de mis recuerdos: me había quedado dormida y mi cabeza, pesada por el sueño, casi me hacía caer de la silla directo al fuego, que por suerte, estaba casi extinto. 

Me levanté arrastrando las mantas y me tiré a la cama, con la Viole aun en la mano. Sentía los pájaros que comenzaban sus cantos; la madrugada estaba cerca. Apoyé la Viole en el velador con cuidado y volví a mirar la ventana húmeda, que ahora mostraba los primeros signos de un tenue amanecer tormentoso. 

Cerré los ojos y escuché como la lluvia golpeaba mi ventana. 

Sonaba como si en cualquier momento fuera a romperse, salpicando por todos lados.



Trinidad Montalva
Santiago, 1987

Estudió Composición y Viola da Gamba en la Pontificia Universidad Católica de Chile, hizo un intercambio en la NYU, donde enriqueció su formación musical con clases como Música de Cine, Historia del Teatro Musical, Ópera. Después de terminar sus estudios musicales, regresó a la ciudad de Nueva York donde vivió 5 años. Ahí estudió actuación y teatro musical en la American Musical and Dramatic Academy, y luego comenzó su proyecto solista; participó en numerosos conciertos y producciones teatrales en Nueva York, ademas de tener la oportunidad de grabar con RAD y LeestaVall Records. De vuelta en Chile a continuado desarrollando su proyecto solista, ademas de participar en otros proyectos nuevos como la Banda Volante y Fama Animal.

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