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A qué van los extraños a una barra

Es una de esas tardes en las que no queda otra opción razonable más que ir a la taberna. 

Ya anoté todas mis observaciones en mi cuaderno de investigación y leí lo que podía leer.

Así que voy a la taberna y me siento en la barra, cerca de Joqu. Le pido que no permita que mi vaso esté vacío en ningún momento.

Doy un vistazo a mi alrededor:

  • A mi espalda, al fondo del salón está Detin, un quiltro mercenario poco amistoso que alterna su vida entre la cerveza y la espada.
  • En una mesa del centro, Yinsh y Tzaar juegan una partida de puklla, al parecer bastante reñida, como la mayoría de las veces. 
  • En la mesa del lado, Firda y Camot ¡quién de les dos más belle!, aunque, qué pena para mí, ella está muy enamorada de él y él está muy enamorado de ella.
  • En el otro extremo de la barra un extraño (la verdad, bastante atractivo) pero sin interés aparente por interactuar con nadie que no sea su bebida.

Ningún rostro de los presentes me parece tan conocido o atractivo como para que valga la pena acercarme a conversar.

Parece que está noche no me entregará ninguna memoria más que la de mi vaso.

Ya siento el efecto del licor de raíz. Está más dulce de lo que me gustaría, pero es lo mejor que se puede obtener en este pueblo.

Luego de un rato Joqu cumple su mandato y me llena el segundo vaso antes de tener que pedírselo.

—De nuevo sola, Serina.

—Siempre he sido mi mejor compañera, Joqu.

—Así veo —ríe—, ¿supiste lo que pasó en Tihuaca?

—No, he estado todo el día encerrada estudiando.

—Capturaron a otro.

—¿A otro bastardo?

—Sí, pobre, pero se lo tienen merecido.

—Nadie merece ese trato Joqu, menos por haber nacido.

—Lamentablemente Serina, no se puede hacer nada cuando se nace maldito.

A mi lado se sienta un extraño e interrumpe nuestra conversación. Lo vi llegar al pueblo más temprano. Se alojaba en la posada de Tir. Según nos enteramos va de camino a Paraíso, aunque es extraño que haya tomado este desvío. La visión de sus ojos dorados genera un susurro que se extiende por todo el pueblo: nos visitaba un observador. 

—¿Sabes para qué se sienta la gente en la barra? —me pregunta.

—Para que te rellenen la jarra más rápido, supongo.

—Yo creo que es para conversar. Uno se sienta en la barra para conversar. Si quieres estar solo para eso están los asientos del fondo. ¿O no camarada? —pregunta, interpelando al extraño del final de la barra, quien nos dedica apenas un vistazo para luego seguir bebiendo. 

No está de acuerdo, pienso. 

—Creo que puede ser así —le respondo—. Es una interpretación posible.

—No hay otra interpretación que acepte. Pedro es mi nombre, ¿y el suyo? 

Es normal que los observadores se cambien de nombre por uno del Mundo Antiguo, como Pedro, Juan o Diego.

—Serina.

—Un gusto, Serina —luego gira la cabeza hacia la Joqu–. Oiga señor tabernero, deme de tomar lo mismo que ella, por favor, y un plato de estofado, con harto pan.

—La comida saldrá en unos minutos —le responde Joqu mientras le sirve un vaso de licor—. Serían tres monedas de cobre, señor viajero.

—Le pago al salir.

—Necesito que me pague ahora, por favor.

—Al salir —responde Pedro y lo mira a los ojos.

Aprovecho de observarlo con mayor detención:

  • Más allá del color amarillo, su mirada no me llama la atención ni expresa mucho.
  • Tiene una quijada firme, notoria aún a través de su barba espesa.
  • Sus labios son su mejor cualidad.
  • Si no fuera un observador, dejaría que me hiciera compañía esta noche. 

—No me gusta que se desconfíe de los viajeros, Serina. Me muevo todo el tiempo, pero exijo que me respeten en todas partes.

—Lo entiendo.

—No eres muy buena para conversar la verdad, tal vez deba cambiarme al otro lado de la barra —dijo, mirando nuevamente al extraño, quien no se dio por aludido. 

Llega su plato de comida, humeante, con cuatro trozos de pan, el doble de la ración habitual. 

Joqu vuelve a llenarme el vaso.

—Gracias Joqu.

—Si hay algo que no me molesta de viajar es la comida —me cuenta Pedro—, aunque me ha tocado probar los platos más sabrosos. En el desierto preparan un cactus frito que ni te imaginas. Detesto el pescado, por eso aprovecho de comer harto cuando ando fuera del puerto.

Evalúo mis opciones:

  • Podría seguir callada, tal vez deja de molestarme y se dedica a hacer otra cosa
  • Podría continuar la conversación, si no voy a llevármelo a la cama al menos puedo alimentar la imaginación.

—¿Y por qué viajas tanto?

—Soy un observador, Serina. Si nos quedamos quietos se nos atrofia la vista, hay que posar los ojos sobre cosas distintas.

Terminó de comer y usó lo que le quedaba de pan para limpiar el plato.

—Estaba muy sabroso Joqu, aunque la zanahoria me gusta menos cocida -dice Pedro, mientras se ponía de pie—. Katipar, vámonos —le ordena al extraño del fondo de la barra.

El extraño levanta la vista asustado. 

Toda la taberna se pone en alerta.

Pedro es un cazador de la Orden.

Katipar salta sobre la barra y hace girar su cuerpo de manera que pareciera estar levantando algo muy pesado desde el suelo con sus manos. Una columna de humo oscuro se manifiesta subiendo del suelo a sus manos, propulsandose en dirección a Pedro. En los ojos de Katipar no hay ni un ápice de dorado. Katipar es un observador bastardo.

Pedro inhala todo el humo mientras cruza las manos sobre su pecho, apoyando sus palmas en sus clavículas. Su pecho se hincha hasta alcanzar dos veces su tamaño.

Katipar corre sobre la barra y patea el plato vacío hacia el cazador, que libera todo el aire de su pecho en su dirección. Katipar vuela y se estrella contra la pared reventando una docena de botellas de vidrio.

Joqu está escondido en la cocina.

La pareja de jugadores y la pareja de enamorades se protegen en un rincón, esperando la oportunidad de poder escapar. Detin el mercenario observaba atento, con una mano sobre su espada. 

Yo evalúo si intervenir o no:

  • Podría defender al bastardo:
  • Si somos dos contra el observador, de seguro Detin se nos une, para cobrarnos luego.
  • Difícilmente Pedro es tan fuerte para poder con les tres.
  • Pero si intervengo, me mostraría tal como soy:
  • Una bastarda.
  • Pondrían una recompensa por mi cabeza.
  • Sería el fin de mi viaje, de mi misión.

Katipar golpea sus manos contra el suelo y al levantarlas salen disparados los vidrios rotos de las botellas en dirección al cazador. Pedro se cubre el rostro con los brazos, aunque los vidrios logran cortarle en algunas partes del cuerpo. 

Sangran sus muñecas, codos y frente.

Detenidamente posa su palma derecha sobre su mano izquierda. Sus dedos se endurecen y sus uñas crecen en forma de pequeñas cuchillas.Pedro tiene el poder de transmutar su cuerpo.

Repite el mismo procedimiento con su otra mano.

El cazador pasa frente a mí, corriendo hacia su presa.

Podría defender al bastardo. Pero si intervengo me mostraría tal como soy. Tendría vivir escapando. No podría salvarla.

Pedro se abalanza sobre Katipar, que lo esquiva dando un salto a la barra, no sin antes recibir un corte por las garras en su brazo. Al aterrizar sobre la madera pone sus manos alrededor de su cuello y sus venas desde el esternón hasta la frente se inflaman y se tornan violeta. De su garganta emana un rugido casi visible en dirección al cazador. El sonido es agudo, como mil cuchillos rasgando un vidrio, y grave, como si una montaña se arrastrara sobre la tierra.

En el suelo, tras la barra, Pedro tirita intentando taparse los oídos inútilmente. Sus manos y uñas se encogen, su pecho vuelve a su tamaño normal y la luz dorada de sus ojos se atenúa, titilando. Hasta que el ruido se ahoga.

Desde el anverso de las rodillas de Katipar salpica un chorro de sangre mientras la espada de Detin avanza rompiendo sus tendones. 

Katipar intenta incorporarse pese al dolor, pero es muy tarde, Detin ya tiene la espada apoyada contra su cuello, que sangra de a poco en la parte donde el filo de la hoja se encuentra con la piel.

Pedro se levanta y saca de su bolso una cuerda con la que ata las manos del bastardo tras su espalda.

—La Orden agradece la colaboración de todos ustedes para atrapar a este pecado. Serina, gracias por la compañía, fue un agrado.

Detin avanza hacia la puerta arrastrando al capturado, imposibilitado de caminar por las heridas.

Desde el suelo Katipar me mira.

Sus ojos negros asustados chocan con mis ojos negros apenados.

El cazador se dispone a salir tras ellos. 

Sobre la barra deja una moneda de oro mientras mira a Joqu.

—Le dije que siempre pago al salir.


AUTOR
Jovi

Jovi, 27 años. Del sur de chile, actualmente dedicado a la escritura y el desarrollo de juegos de mesa. Participa como diseñador en la editorial de juegos Circoctel y como editor en la Revista la Marraqueta. Estudió sociología y le gusta escribir textos que inviten al juego y la interacción entre el lector y las palabras.

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