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Si termino mis días aquí

Era la cuarta vez que ponía la olla al fuego. Había calentado tantas veces el guiso que ahora tenía que incorporar caldo para que no quedase seco. A ratos salía y miraba por el balcón buscándolos, pero en el horizonte no había ningún rastro de ellos. Ulver y las niñas habían ido temprano a pescar, él les estaba enseñando cómo aguantar la respiración por largos periodos y pasaban todo el día en alta mar. Pero hoy algo había sucedido, tardaban mucho más de lo habitual y el sol ya estaba a punto de tocar la cordillera. No podía reconocer esta nueva sensación humana en mi, pero supongo que estaba nerviosa. 

Aquí, en los apartados Manglares del Sol, la tranquilidad y seguridad que respiraba durante las horas del día desaparecía estrepitosa tras el ocaso. Hoy un viento frio y húmedo llenaba el ambiente con una pesada niebla cargada de tenebrosos presagios y, en un arrebato, salí a buscarlos.

Bajé rápida por la escalera de cuerda y palo adosada al retorcido tronco del mangle. Al tocar el suelo, las olas de la marea me mojaron los pies desnudos. Fui corriendo hasta la orilla de la playa y grité sus nombres mirando hacia el mar sin respuestas, como si pudieran encontrar el camino a casa solo escuchando mi voz. 

De pronto, la noche caía como un manto pesado, lleno de figuras oscuras que susurraban mi nombre. Sucumbí al miedo y algo antiguo dentro de mi me dijo que huyera pero era demasiado tarde. Desde las sombras vislumbré una figura alta y delgada que se dirigía hacia mí. Cuando la penumbra me permitió ver bien, grande fue mi asombro al encontrarme de frente con una muchacha marcada con la cicatriz de las brujas. Sin decir nada, abrió su mano y sopló sobre mi cara. Sentí  pequeñas gotitas de agua tocar mi piel, mientras veía como mi cuerpo se desvanecía partícula a partícula hasta desaparecer. 

Desperté con la luz de la mañana, estaba sola y desnuda, recostada en medio del maldito bosque de semayawis, en el bosque azul de las brujas. Quise creer que estaba en uno de los tantos sueños de infancia que me traían aquí, pero nadie me despertó esta vez. Sabía que me observaban y me puse de pie buscando un camino para huir, una referencia, pero los árboles eran tantos que no supe como ubicarme. Caminé por largo tiempo hasta llegar a un claro. En el centro estaba la laguna colgante. No podía creer que la había olvidado. De lo alto caían cascadas plateadas que al surcar el aire parecían un espejo. Me acerqué, bebí un poco de agua, contemplé mi reflejo en la fuente y me acaricié la cicatriz en la mejilla.

Cuando se toma el agua de la fuente, todos los hechizos y maldiciones son curadas. Eso lo recordé cuando el hechizo de olvido que yo misma había puesto sobre mi se quebró. La presión en el pecho me quitó el aire y el dolor de cabeza no me dejó abrir los ojos. Sentí los recuerdos inundar mi cabeza y supe que estaba de vuelta en el lugar donde tanto me había costado huir. Lloré, primero de pie y luego acostada, hasta quedarme dormida.

Desperté en una cama rodeada por ancianas que no reconocí, todas brujas con la misma cicatriz que desfiguraba sus caras. Algunas me observaban moviendo la cabeza de un lado a otro con un tono de desaprobación y murmurando frases para sí mismas; las otras me miraban conmovidas, tomadas de las manos o tocándose el pecho, también alzaban los brazos hacia el cielo y cerraban los ojos en señal de agradecimiento. 

—Toma, bebe un poco —la más vieja de todas me ofreció un vaso con agua.

Guardé silencio.

—Llevas cuatro días durmiendo, te hemos dado pequeños sorbos en la boca pero es probable que estés deshidratada. Tienes que tomar —insistió.

Estaba confundida, sentía mi garganta apretada y seca y terminé aceptando. 

—También tenemos pan y mermelada —me dijo sonriendo otra bruja.

Comí con ganas.

—Sobre la mesa hay ropa para ti. Te dejaremos para que te puedas vestir tranquila. Te esperaremos en la sala —dijo otra. Todas salieron y la última me sonrió cerrando la puerta.

Una vez sola, me vestí rápido y busqué la manera de escapar. Traté de abrir las ventanas pero estaban selladas, pensé en romperlas, en hacer un hoyo en la pared, pero todo era inútil y grité sin gritar. 

Respiré hasta calmarme y salí de la habitación

Me esperaban en una pequeña sala. Ahora estaban calladas y serias. Dos brujas se acercaron y me vistieron con una gruesa capa verde que me cubrió de la cabeza a los pies. Salimos de la casa y me guiaron por el bosque hasta llegar a los pies de un semayawi de tres copas. Sus raices parecian un nido donde cada anciana tomó su lugar. Todas parecían estar sentadas en un espacio perfecto para sus formas. Yo estaba de pie mirándolas de frente como en un juicio en el que no tenía argumentos para liberarme y me largué a llorar.

—¿Por qué lloras Nora Tesellata? ¿No estás feliz de volver a tu hogar? Soy Lia, ¿acaso no me recuerdas? –—la más arrugada de todas habló en represetación de las ancianas.

La recordaba y mi pena empezó a pasarse. Comencé a intercalar periodos de hipo y suspiros con un llanto agónico. Mi voz era un pequeño lamento que desaparecía a ratos. 

—Tranquila hija mía, no te sientas culpable, no es trabajo de nosotras juzgarte. Entendemos que el aislamiento a veces nos hace fantasear sobre lo que podemos encontrar fuera del bosque, pero todas sabemos que sólo aquí podrás sobrevivir. Lo que queremos es que nos cuentes como fueron las cosas, te hemos estado observando todo este tiempo pero queremos saber tu versión de la historia — sentenció Lia, buscando tranquizarme. 

Permanecí callada llorando en silencio. No podía hablar sin ahogarme. De a poco me comencé a tranquilizar y el llanto se transformó en un sollozo imperceptible que dio paso a las primeras palabras. 

—No. No es que yo me quisiera escapar. Fue un error, un descuido. Yo salí y no supe volver. Afuera es distinto, nadie te ayuda. No, no me miren así. Ulver era un desterrado y el que es rechazado por su familia siempre está perdido. Yo estuve desorientada muchos días y luego nos encontramos —sentí como mi voz se quebraba y guardé silencio hasta calmarme y continué—. ¿Acaso ustedes saben lo que es el amor? El me ofreció la mortalidad ¿entienden? Algo que jamás pensé tener. Prometí olvidarme de todas ustedes y del bosque. Me convertí en mujer y tuve dos hijas. Decidimos vivir en los Manglares. Construimos una casa en lo más alto, justo frente al mar y desde ahí contemplábamos en el horizonte el amanecer todas las mañanas. Ambos sabíamos lo frágil de nuestra  felicidad y por eso nos alejamos de todo, solos entre los peces y las aves. 

Permanecieron inmóviles, parecían ansiosas de saber más.

—Tengo dos hijas, ustedes deben saberlo. Niza y Nat. Son apenas unas niñas. ¿Quién las va a cuidar? Sólo les pertenezco a ellas. Yo no puedo volver a vivir aquí. Olvídenme, ustedes son cientos. ¡Déjennos vivir en paz!

—No te preocupes. Podemos darte algo para la memoria, hacer que las olvides —interrumpió una de las ancianas —¿tú sabes de eso no?

Su insinuación me ofendió.

—¿Cómo?,  ¿que no me preocupe? ¡Son mis hijas! ¡Mi familia! Lo que me pides es que olvide MI historia individual. ¿Eso es fácil para ti? Pensé en que mis hijas no se olvidarían de mí, que vivirían pensando que las abandoné ¡Prefiero la muerte! —pronuncié tajante.

Me miraron horrorizadas. Aquellas eran palabras prohibidas para una bruja.

Otra de las mujeres se levantó ágil de su asiento y dio dos pasos hacia mí. Levantó su bastón y me golpeó en la cabeza tirándome. 

—¡Insensata! No te das cuenta que el bosque nos necesita. No puedes ser tan egoísta. Ya olvidaste lo que nuestras hermanas debieron pasar. ¡Tienes el deber de honrar a tu raza! ¿Acaso la cicatriz que llevas en tu mejilla no significa nada para ti?

Lia la detuvo antes que me diera otro golpe y le ordenó que volviera a su lugar.

—Querida Nora, no hables así —me dijo Lia con cariño—. El morir no es una decisión que te competa, somos las semillas de los semayawis y nuestra vida solo les pertenece a ellos. Si cometes la gran afrenta de morir, el bosque morirá contigo.

Mi decisión era clara. Si habían ido por mí después de tantos años, mis hijas correrían el mismo destino y ellas tenían derecho a tener una vida que les pertenezca. Me puse de pie. La cicatriz me ardía. 

—Si no puedo volver con mi familia. Si estoy condenada a quedarme aquí. Todas ustedes se arrepentirán. Prefiero morir y que muera el bosque junto a mí —les dije sin miedo y vi como Lia cruzó los brazos perdiendo el gesto cariñoso de sus ojos.


AUTORA
Mavi Kralica
Santiago, 1990

Escritora, geógrafa, influencer y artista de variedad. 
Socia fundadora de la colectiva @apocaliptiart
Su genero literario favorito es el terror.

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